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Fecha: mayo, 2016
Humoristas en el congreso
Javier Menéndez Llamazares 15-05-2016 | 11:55 | 0

Que a los españoles nos aburre la política es un tópico que parece tener los días contados; después de décadas bostezando en los debates sobre el estado de la nación o cambiando de canal cuando llegaban las noticias políticas, en Ciudadanos han dado con la solución: meter un poco de humor en el congreso de los diputados.

Y es que, desde que nos dejara Labordeta, la verdad es que puñaladas y mala leche hay a raudales, pero lo que se dice diversión…

Pues a esa sosura va a poner remedio la formación naranja, que ha decidido colocar de cabeza de lista por nuestra región a Félix Álvarez, ‘Felisuco’. Y a pesar de que al principio muchos sospechabamos que era una noticia de ‘El mundo today’, resulta que la broma iba completamente en serio.

De las capacidades políticas de Félix Álvarez no sabemos demasiado, pero su talento y valía para el mundo del espectáculo lo puede juzgar todo el mundo porque está a la vista, o lo ha estado en los últimos años, cuando salía en televisión en programas de gran audiencia.

Cada uno sacará sus conclusiones, pero lo cierto es que su candidatura coloca no ya a Cantabria, sino a la misma España en la gran tradición democrática de buscar el voto con cualquier recurso, siempre que no tenga nada que ver con la política. Así que ya podemos sacudirnos los complejos: si en Italia votaban en masa a Berlusconi y hasta Cicciolina llegó a tocar pelo en las elecciones; si Clint Eastwood es alcalde de su pueblo y Arnold Schwarzenegger gobierna California, ¿por qué no vamos a tener nosotros como representante al protagonista de ‘La cena de los idiotas’?

Ya que, como se gritaba hace justo cinco años en todas las plazas españolas, «no nos representan», al menos que nos diviertan. Y para eso, qué mejor que recurrir a profesionales, claro.

Aunque, puestos a buscar humor de verdad, tal vez la de Félix Álvarez no sea una apuesta demasiado segura; si la cosa va a ir de humoristas, bien podrían haber repescado a Antonio Ozores, cuyo discurso no tiene nada que envidiar al de muchos políticos; en el fondo, se les entiende lo mismo. A Luis Piedrahita, el rey de las cosas pequeñas, lo pueden poner a encabezar el grupo mixto, y Eva Hache bordaría el antipático papel de jefe de la oposición. Y a la hora de redactar leyes, qué mejor que resucitar a Tip y Coll, inspirándose en sus surrealistas instrucciones para llenar un vaso de agua.

Pero, puestos a elegir, lo que a mí de verdad me hubiera gustado es que fueran al congreso Faemino y Cansado. Y no importa por qué lista se presentaran: yo les votaría, sin dudarlo. Y no me perdería ni un pleno. Porque iban a estar mucho mejor allí dentro, que en la calle delinquiendo…

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La gran decepción
Javier Menéndez Llamazares 08-05-2016 | 11:35 | 1

Juanito diría lo que quisiera, pero donde noventa minutos son ‘molto longos’ de verdad no es en el Bernabéu, sino en campos como A Malata. Allí pueden convertirse en una eternidad. Noventa y cuatro minutos, en realidad, que más bien parecieron una sesión continua de ésas que ponían en los cines de barrio, donde primero proyectan una de risa –con el primer gol del Racing–, después un telefilme de sobremesa –tras el empate ferrolano–, luego te echan ‘Qué bello es vivir’ –con el 1 a 2 de Granero–, pero de pronto el proyeccionista se equivoca de rollo y lo que era una de suspense a lo Hitchcock, con un gol sobre la bocina se transforma en una de Bruce Lee, ensalada de tortas incluida. Y al final, despedida y cierre con un dramón de los de echar la lagrimita. Vamos, la historia completa del Racing abreviada en un solo partido, ese eterno remar ilusionados para morir en la orilla.

Me tendrán que disculpar, pero mientras escribo estas líneas aún no me he quitado la camiseta verdiblanca; pero lo peor no es la que se lleva por fuera, sino que la otra, la mental: ésa es imposible quitársela.

Después de subir y bajar de las nubes un par veces –qué sabrán Sabina y el resto de colchoneros lo que es sufrir–, lo que más eché de menos durante el partido fue una de esas bolsas de papel que se pone uno en la boca para evitar la hiperventilación en los ataques de ansiedad. Porque el partido no fue para menos. Sobre todo, para los racinguistas de fe quebradiza, que nos hacemos sin dudar cuatrocientos y pico kilómetros confiados en celebrar una tarde histórica, pero en cuanto se nos tuerce la cosa lo más mínimo ya empezamos a ver resurgen todos los fantasmas del fracaso.

Es el sino de nuestro club, qué vamos a hacerle. Lo tuvimos todo a favor, y hasta fuimos por delante en dos ocasiones. Ya hasta lo estábamos celebrando desde que Borja colase ese gol imposible. Pero hay ocasiones en las que no sirve de nada luchar contra el destino. En el duelo de Racings, el campeón de la mala fortuna volvió a ser el original, el nuestro, ese Real Racing Club que lleva un siglo y pico perdiendo con la mayor de las elegancias por todos los campos de España. Y es que, pese a quien pese, en todos los manuales de estilo se aclara que ‘el Racing’, a secas, es el cántabro. Los demás tienen que llevar apellido.

El Racing de Ferrol, por su parte, es un buen equipo, y su afición respondió a la perfección, pero sobre el césped no fue superior; eso sí, en cada ataque nos metía el miedo en el cuerpo. Y si además consiguen marcar uno de los mejores goles de la temporada, con un trallazo de dibujos animados, poco más se puede hacer. Porque el Racing, el nuestro, jugó un gran partido; todo lo brillante que un rival de entidad le permitió. De hecho, en el minuto ochenta y cinco muchos ferrolanos abandonaron el estadio resignados ante la derrota. Y su empate in extremis resultó una sorpresa. Una de las más crueles. Claro que en este club ya estamos acostumbrados: algo similar nos ocurrió el año pasado, cuando estuvimos salvados durante noventa minutos y en el descuento se nos vino el mundo abajo. Debe de ser nuestra maldición particular.

En fin, ya sólo podemos lamentar lo que pudo ser y no fue. Durante muchos minutos fuimos campeones, frente a un palco simbólicamente semivacío, y silenciando a un estadio en el que se había metido a presión media ciudad de Ferrol.

Lo siguiente será esperar a que se nos pase el disgusto, y volver a echar las cuentas de la lechera: si ellos pierden en Astorga y nosotros… Es la rueda de siempre, la de ilusionarse y luego… ya veremos. En todo caso, nuestra guerra es otra: la del ascenso. Y tenemos quince días para resurgir de nuestras cenizas.

Así que lo que toca es reinvidicar a Manolo Preciado, ése que ahora nos diría que «mañana volverá a salir el sol». Pues eso.

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Libros para la hoguera
Javier Menéndez Llamazares 08-05-2016 | 10:00 | 0

Las redacciones de periódicos tienen algo especial; entre tanta adrenalina y bajo la tiranía de los plazos, parece increíble que condensen tanta vitalidad e inventiva. Yo siempre había creído que tenía que ver con el olor a tinta, que esos vapores debían de ser alucinógenos, pero lo cierto es que hace una década las rotativas se independizaron para no volver, y sin embargo las redacciones siguen siendo los mismos hervideros de siempre.

El caso es que el viernes, al salir del periódico cargado de libros, el gran Remartínez me ha recomendó emular a Pepe Carvalho, pero no en la mala vida, que también, sino en esa afición de alimentar su chimenea con aquellas novelas que, a su juicio, merecían las llamas. Y hasta bromeamos acerca de una futura sección que se podría titular ‘La chimenea de Javier’.

Y la verdad es que tanto como sueños húmedos no, pero sí debo admitir que durante un rato he paladeado la posibilidad de poner a caldo algunos libros que seguramente lo merezcan, y hasta de liberar a ese crítico implacable y sanguinario que todos llevamos dentro.

Sin embargo, a medida que el asunto se iba caldeando, y empezaba a pensar cuál quemaría primero, poco a poco me fui dando cuenta de que tampoco son tantos los libros que realmente he detestado, que ojalá que no se hubieran escrito.

Claro que hay libros malos, por supuesto. Libros horribles, incluso. Pero, por muy mal escrito que esté, por muy poca razón que tenga o por mucho que nos aburra –pura objetividad, ya ven–, es casi imposible no encontrar algún detalle, alguna línea, algún pensamiento que no nos resulte aprovechable, o al menos interesante.

Y recordé una estúpida conversación de juventud, en la que mi amigo Alejandro López, un pintor que solía tener novias espectaculares, se burlaba de las chicas que me gustaban. Sin embargo, yo sigo pensando que todos tenemos nuestro atractivo; que si no es la mirada es la sonrisa, el carácter, la figura o hasta los andares. Siempre hay algo que vale la pena. O, como decía mi hermana, hasta los hay que, de tan feos que son, resultan guapos. Igual que con los libros.

Otra cosa bien distinta, claro, sería que me dejaran poner a caldo aquellos discos que detesto. Esas canciones que me hacen daño en los oídos y desasosiegan mi espíritu: los montajes comerciales, la música de ascensor, la ‘monserga africana’… Ahí sí que sería despiadado. Aunque ya no me valdría lo de la estufa; más bien me decantaría por colgar unos cuantos cedés, a manera de espantapájaros, para que frían a reflejos a ese maldito mirlo que se me come las fresas que planto en la terraza. Y para ese hit-parade sí que tendría cientos o miles de artistas candidatos. Lo que no tengo, ahora que lo pienso, es ninguno de esos discos. Por fortuna, nunca llegué a comprarlos.

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Invasión en Ferrol
Javier Menéndez Llamazares 07-05-2016 | 10:34 | 0

«Vamos a llevarnos bien, porque si no ‘van’ a haber hondonadas de hostias aquí, ¿eh?», dice en la película ‘Airbag’ el gallego Pazos, un mafioso ‘mu’ profesional. Y ese ‘conceto’ lo defiende nada menos que en un campo de fútbol, que en realidad con un campo de batalla no debería compartir más allá del primer sustantivo y la preposición.

Aún así, llueva lo que llueva, lo de esta tarde en Ferrol es para no perdérselo. Porque después de pasarnos toda la temporada convencidos de vivir una tragedia, al final la situación ha dado tal giro que resulta que los verdiblancos van a brindarnos hoy toda una epopeya. Para los once de Munitis, el ‘paso de A Malata’ significa convertirse en héroes del racinguismo, en un partido para el que valen todos los tópicos: es una final, vale mucho más que tres puntos, nos jugamos toda la temporada a una carta… Es lo apasionante de este deporte, tan previsible en teoría como sorprendente y caprichoso en la práctica.

Esta vez no está en juego un título, ni el ascenso, pero tiene la vitola de las grandes tardes de fútbol, con todos los protagonistas conjurados para regalarnos un recuerdo que atesorar para siempre en la memoria.

En la grada seremos mil, pero son muchos más los que empujarán desde la distancia, y que habrían venido si pudieran. Porque no hay racinguista que no lleve toda la semana con mariposas en la tripa, que no haya viajado con el corazón o con la imaginación.

A Malata se nos va a quedar pequeño: ¡de Ferrol al cielo! Ese cielo verde con forma de ascenso.

 

 

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Indecisos
Javier Menéndez Llamazares 01-05-2016 | 7:33 | 0

Como tiene que haber de todo, seguro que más de uno se está frotando las manos con todo este asunto de la legislatura interruptus que nos han encasquetado nuestros políticos. Y es que, entre que unos van a hacer su agosto en julio con las campañas publicitarias, y otros se ríen a lo Confucio por aquello de las vueltas que da la vida y la paja en el ojo ajeno; se trata de la ‘competencia’ catalana –al menos, así se definía hace unos días en las ondas un parlamentario autonómico independentista–, que a pesar de haber sido el blanco de los dardos más irónicos de todos los opinadores, al final sí que logró formar gobierno, y sacar los colores a sus homólogos nacionales, aunque fuera ‘en diferido’.

Para el resto del país, en cambio, más bien resulta un engorro. Ojo, que no es que esté mal eso de la burbuja electoral, que es como mudarse a vivir a un anuncio de la tele; de hecho, la precampaña ya ha arrancado y con mucha fuerza: el gobierno en funciones promete una tasa de paro del 14 por ciento en el 2017. A ver quién supera eso. Sobre todo, porque el día anterior el paro pasó del 20 al 21 por ciento, y subiendo. O piensan que somos gilipollas, o es que realmente lo somos.

Es de suponer que lo de no ponerse de acuerdo, aparte de que las urnas de diciembre conformaron, más que un parlamento, un rompecabezas de muy difícil encaje, se debe al cálculo electoral. Claro que, en realidad, más que de tecnología de alta precisión, esas artes suelen parecerse más a las antiguas prácticas de poner una vela al santo preferido y esperar que se cumplan nuestros deseos. Porque, a poco que uno compare las expectativas y encuestas con los resultados electorales, enseguida se da cuenta de que, por mucha ciencia que se le quiera echar, fallan más que una escopeta de feria.

El caso es que, a estas horas, seguro que todos tienen ya echadas sus cuentas –las de la lechera, en concreto–, y andan buscando dónde rascar algún nuevo voto. Como sucede que en nuestro país, queramos reconocerlo o no, la mayoría nos tomamos la política de la misma manera que el fútbol, como si de una religión se tratara, es bastante improbable que se produzcan grandes cambios en el reparto de votos. Cuando uno elige a ‘su’ partido, ya pueden esquilmar el país, desplumarte, dejarte en la ruina o hasta azotarte en plaza pública: a los tuyos les vas a perdonar todo. De hecho, ni siquiera los casos de corrupción van a pasar mucha factura al gobierno de turno; ya no hay una generación del baby-boom que propicie un vuelco, como en 1996.

Así que ahora serán esos misteriosos ciudadanos, los indecisos, los que tengan la palabra. Gente que puede oscilar entre la derecha de toda la vida y los revolucionarios con rastas. Que no son diestros ni zurdos. Que no son ni del Madrid ni del Barça, ni de Antena 3 o de la Sexta. Gente muy extraña, infiltrados entre nosotros.

Esperemos que acierten.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es