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Fecha: abril, 2016
El club de los cantantes muertos
Javier Menéndez Llamazares 29-04-2016 | 3:06 | 0

 

Pues a mí Prince no me gustaba. Pero nada. Y me da igual todo lo que digan en la tele, los homenajes en las radios indies y el torrente de tinta en papel prensa: nunca me interesó su música. Ni un poquito. De hecho, creo que si en vez de la dulce y áspera Sinéad hubiera cantado él mismo su ‘Nothing compares to you’, también habría detestado esa canción.

La verdad, no sé si era un genio o no, si revolucionó la música de verdad o si más bien fue un filón económico para una industria acostumbrada a fabricar mitos, cada década más inconsistentes.

El que me ha dado pena es el otro músico que se nos ha ido, Manolo Tena. Seguro que el single con peor fortuna comercial de Prince vendió el triple que Tena en sus cuarenta años de carrera, pero no cambiaría ni toda la discografía del americano en mp3 por cualquiera de los vinilos de Alarma que tengo en mi estantería.

Muy lejos de la imagen que nos ha vendido en las últimas semanas la televisión, Manolo Tena fue el paradigma del fracaso. Hasta cuando tocó el éxito, lo hizo perdiendo: su mánager y su discográfica le estafaron, y los millones que debería haber ganado en royalties se los llevaron otros. A él sólo le quedaron las deudas. Las deudas y una adicción insuperable, la lacra de los primeros ochenta que acabó diezmando a toda una generación.

Aunque no fue esa su mayor derrota. Lo verdaderamente trágico fue que se pasara media vida haciendo el mejor rock en castellano que uno puede imaginar –los incrédulos pueden desempolvar esos viejos discos de Alarma, y quien no los tenga que me los pida–, sin lograr nada más que buenas críticas y muy poca repercusión real entre el público, y sin embargo triunfase con aquellas otras canciones en las que más bien parecen caricaturas de sí mismo. Un Tena domesticado, que escribía cosas tan populistas como «pasión gitana y sangre española cuando estoy contigo a solas», seguramente no se sentía demasiado a gusto consigo mismo. Por mucho que le llamaran poeta.

Y no es que sus grandes éxitos no sean buenas canciones, que tal vez lo sean; pero es que la versión comercial de sus años olímpicos –circa 1992, vamos– no es ni un pálido reflejo de aquellos demoledores himnos para minorías absolutas que fueron ‘Frío’, ‘Colgado de ti’ o ‘Preparado para el rock and roll’ –de ‘Todo por tu dinero’ mejor hoy no hablaremos–, que siguen manteniendo intacta toda la energía rompedora con que surgieron hace tres décadas.

Me da igual si fusiló a Springsteen y hasta que participara con la cara acartonada en programas ñoños de la tele. Una canción suya puede salvar una tarde; incluso salvarte la vida. Menos mal que ya no se morirá nunca más. Se dice que siempre se van los mejores, pero no es verdad. Se van todos. Los Princes y los Manolos Tena. Los buenos y los malos. Y hasta los regulares. Pero a algunos merece la pena recordarles para siempre.

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La nueva picaresca
Javier Menéndez Llamazares 24-04-2016 | 9:58 | 0

Cerca de mi casa, a la puerta de un supermercado, hace un par de años que ‘trabaja’ un joven. Es un muchacho alto, fornido, que rondará los treinta. No parece tener ninguna discapacidad física ni intelectual que le haya conducido a la indigencia. Eso sí, su oficio parece tomárselo muy en serio. Porque seguramente no ha estudiado marketing, pero siempre recibe con una sonrisa y un sonoro ‘hola’ a todos los clientes de la tienda. La visibilidad, claro, es importante. Hacer que te vean, que reparen en ti. Nunca tiene un mal gesto; incluso conversa con algunos clientes habituales. No importa que no le des nada, sabes que está ahí cuando el cambio te tintinea en el bolsillo al salir, cuando recuperas la moneda del carro.

Hace unos días, en cambio, no me saludó al entrar. Con la mano en la cabeza, parecía estar hablando solo. Había que fijarse bien para darse cuenta de que tenía escondido el teléfono bajo el gorro. Un gorro de lana gruesa, ideal para el invierno, en plena semana de viento sur. Hasta su postura parecía cuidadosamente estudiada, como si quisiera disimular que estaba hablando. ¿Será algún tipo de pecado que los indigentes hablen por teléfono? Hasta que, en un descuido del muchacho, el motivo quedó a la vista: llevaba un móvil de esos por los que más de uno suspira.

La imagen pública, claro, es fundamental. Y cada detalle del muchacho está tremendamente estudiado, desde su vestimenta humilde hasta la manera en que agradece cada dádiva. Pero por mucho que el conjunto sea perfecto, seguramente nadie iba a soltarle un duro a alguien a que gasta un cacharro que cuesta cuatro o cinco veces más que el que uno mismo lleva.

Esto me recordó un viejo rumor de mi ciudad natal, que aseguraba que la mujer que pedía a la puerta de San Isidoro tenía en realidad un piso en el centro y dos millones en la cuenta corriente; ya saben, aquello de un amigo de un amigo que trabaja en la caja de ahorros… Leyendas urbanas, claro,  pero después de ver brillar las cromados dorados del mendigo del súper de Muriedas, uno siente temblar el suelo bajo sus pies.

Es tremendamente desalentador comprobar que, precisamente ahora que tantas personas están tan necesitadas, reviva la más rancia picaresca, para rascar el bolsillo de aquellos que todavía necesitan sentirse generosos para poder confiar en un futuro mejor. Al final, claro, es un negocio. Si nos fijáramos un poco más, sería fácil conocer el código callejero de estos ‘trabajadores’ de la caridad. Pero mejor no saber nada de esta profesionalización de la mendicidad que, más que una mafia de baja intensidad, es una afrenta para todos aquellos que realmente necesitan ayuda. Para eso, entre otras muchas cosas, existe el estado, ese mismo que ahora sólo se preocupa de calcular mayorías y rechazar pactos.

No creo que vuelva a darle una moneda a ese muchacho, no vaya a ser que también sea suyo el porsche que, sospechosamente, siempre está aparcado a la vuelta de la esquina.

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Una cuenta en Panamá
Javier Menéndez Llamazares 17-04-2016 | 10:12 | 0

Hace tres o cuatro generaciones, el sueño dorado de los españoles era tener un tío en América. La cosa tenía su lado oscuro, desde luego, porque para que el asunto llegase a buen puerto el pariente ultramarino tenía que palmar sin descendencia, y así el sobrino llegaba a la felicidad económica sin sufrir demasiado el duelo de la pérdida. Como en la lotería, el ‘spanish dream’ pasaba por montarse en el dólar sin esfuerzo, o más exactamente, con el sudor del de enfrente.

Hoy día nos hemos modernizado de tal manera, con tanta globalización y tanta contabilidad creativa, que se diría que estamos a años luz de aquella España de indianos. Pues no tanto. Ahora mismo, lo que mola de verdad es tener una cuenta en Panamá.

Lo dejaba claro hace unos días mi amigo José María Gutiérrez en su Facebook: «Yo no estoy en los papeles de Panamá. Por lo visto, no creo que seamos muchos, así que me alegra compartir esta tremenda noticia». Pero lo cierto es que, por mucho que él se felicitara, la realidad es que si no estás en la trama panameña, no eres nadie. Porque, visto lo visto, no nos engañemos: a los que no nos han pillado escaqueando divisas a un paraíso fiscal ha sido, sencillamente, porque no tenemos un duro. Y lo más que uno tiene en Panamá es algún amigo, como el escritor Álvaro Valderas, del que poco vamos a heredar. Así que eso de ser honrados a la fuerza, además de pobretones de solemnidad, tampoco es que sea como para sacar mucho pecho.

La cuestión es: de haber tenido pasta, ¿habríamos pasado por el aro de Montoro, o habríamos recurrido a la ‘banca privada’, como parece que ha hecho en pleno toda la élite económica del país? Es decir: ¿somos honestos sólo porque somos pobres? Y es que, después de ver cómo el expresidente Aznar –y exinspector de hacienda, no lo olvidemos– aplicaba toda la ingeniería financiera a su alcance para apañar su declaración de la renta, ¿será que la picaresca es algo genético, contra lo que no sirve de nada luchar? ¿O será más bien parte esencial de la condición humana? Porque esto mismo viene sucediendo desde hace décadas con Andorra, con Liechtenstein, con Mónaco, con las Islas Caimán y hasta con la pérfida Gibraltar. La presión fiscal sobre los trabajadores aumenta sin parar, mientras se toleran las sicavs, sin que nadie se sonroje siquiera. La solidaridad, al parecer, es solamente para los pardillos.

Ahora, tras el escándalo, el rodillo de Hacienda caerá sin piedad sobre todos los empapelados en el caso Mossack Fonseca, pero uno debe admitir que la lástima, la verdadera pena, es no haber tenido los millones de todos ellos para verse en esa tesitura. Porque si a uno le dicen que hay un país de Oceanía donde dan los duros a cuatro pesetas… En fin, que menos mal que somos decentes.

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Salteadores de caminos
Javier Menéndez Llamazares 10-04-2016 | 10:20 | 0

Poco nuevo bajo el sol; los bandoleros son típicos de nuestro país desde mucho antes de Curro Jiménez; de hecho, ya en época romana se quejaba Tito Livio de los salteadores de caminos de la provincia bética, aquí al lado. Y lo de hacerlo con el beneplácito de la autoridad está inventado desde que a reyes europeos se liasen a conceder patentes de corso, un oficio no sólo lucrativo sino tan respetable que algunos corsario llegaron incluso a la nobleza, como en el caso de Sir Francis Drake.

Lo novedoso que nos ha traído el siglo XXI, no obstante, es ese toque anónimo e impersonal de las nuevas tecnologías, que permiten dar el sablazo a distancia y sin posibilidad de que la víctima se revuelva. Además de los sibilinos mecanismos de autojustificar hasta las medidas más impopulares, dándoles la vuelta hasta convertir una recaudación encubierta en un programa altruista y de alta conciencia social.

Y es que estos días nos han vendido el nuevo sistema de multas instalado en Santa María de Cayón como ‘el radar solidario’, lo último en beneficiencia y lo más de lo mas en buenos sentimientos y espíritu redistributivo de la riqueza. Parece ser que, hartos ya de que nadie respetara un semáforo de velocidad, han instalado un chivato electrónico que, cada vez que un conductor se salta el disco en rojo, le envía inmediante una foto a la autoridad sancionadora. Y luego la pasta se la reparten entre la DGT –un diez por ciento–, el ayuntamiento –un cuarenta–, y la parte del león, el resto, que se lo lleva una empresa privada que ha aportado los setenta mil del ala que costaba el sistema de espionaje. Por el momento, en los dos primeros días ya habían recaudado más de trece mil euros, así que todo pinta a que en dos semanas la inversión la tendrán más que amortizada.

Por su parte, y suponemos que para lavar conciencias, el ayuntamiento ha anunciado que su parte se destinará a las familias sin recursos del municipio. Una iniciativa muy loable, pero es que para eso ya tenemos todo un sistema de recaudación de impuestos, basado en el nivel de renta y no en los despistes de los vecinos que aún no se hayan enterado del asunto.

Cierto que en Cayón tenían un problema, y que los ciudadanos, en cuanto tocamos volante, nos convertimos en auténticos energúmenos, pero ¿no había algún otro sistema de reconvenir al personal que no fuera metiéndole directamente la mano en la cartera?

Porque, de prosperar iniciativas semejantes, no nos extrañemos si de pronto, como se hacía en la edad media, los vecinos necesitados de muchos barrios y pueblos empiezan a poner barricadas en las carreteras o a cobrar peajes informales por cruzar puentes y túneles. Porque para saltear en los caminos nunca hizo falta licencia municipal.

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La banca siempre gana
Javier Menéndez Llamazares 03-04-2016 | 10:27 | 0

Sorpresas te da la vida: el Banco de España avisa de una ‘desaceleración’ de la economía en este año, y resulta que uno se pregunta cuándo pasó aquello de que la economía se acelerase… Porque lo que es en el entorno inmediato, lo único que uno ha visto desde hace más de un lustro es desempleo, recortes, miedo al futuro, inseguridad y, sobre todo, mucho rechinar de dientes. Vamos, que para que la crisis volviera, el primer y máximo requisito sería que se hubiera ido alguna vez, y eso, o mucho nos falla la memoria, o no ha ocurrido más allá de los espejismos electorales que nos vendieron a finales del año pasado.

Sin embargo, en estos largos años de penurias la banca no ha dejado de obtener beneficios, a pesar de que su aportación a la sociedad no ha sido precisamente memorable.

Hace ocho años, mi caja de ahorros tenía en Cantabria cinco oficinas, y el director me saludaba por mi nombre. Hoy, sólo queda una y las colas para la caja salen hasta la calle, y mientras aguardas en las interminables esperas puedes percibir el nerviosismo de unos empleados que además de tener que soportar los EREs, están en un sinvivir ante los incesantes rumores de reducción de plantilla. Y lo más curioso es que la caja de ahorros ni siquiera había dado pérdidas hasta el año pasado.

Por desgracia, la economía es así: los beneficios lo justifican todo. Poco importa que se agotaran los huevos de oro de las hipotecas descontroladas: si ya no hay flujo de ingresos por intereses, se inventan mil comisiones de dudosa catadura moral –hasta por cobrar tu propio dinero hay mordida– que la administración autoriza sin pestañear, con la misma manga ancha con la que Zapatero y Rajoy rescataron a la banca mientras aplicaban el puño de hierro para ahogar a una ciudadanía exprimida hasta la última gota de su cuenta corriente.

El último recurso para maximizar beneficios, la nueva moda de los altos ejecutivos, es el viejo truco de reducir los costes salariales. Después de décadas de colonizar cada esquina de nuestras calles, acaparando los mejores locales en cada pueblo y ciudad, acostumbrando a los clientes a tener un trato personalizado y cercano en la sucursal de tu propio barrio, la banca parece haber decidido unilateralmente que los españoles estamos ya maduros para el cambio a la banca digital, y si no lo estamos, más vale que nos vayamos haciendo a la idea.

El asunto comenzó sibilinamente, con horarios exiguos para tareas comunes como el pago de recibos. Otra estrategia fue obligar a usar los cajeros automáticos para cantidades pequeñas, toda una jugarreta para los clientes de edad avanzada. Ahora, directamente, se anuncia el cierre de las sucursales más pequeñas, además de la ‘reforma estructural’ de las plantillas, que sólo en nuestra región pondrá en la calle a más de quinientos trabajadores. Así, normal que la banca siempre gane.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es