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Fecha: marzo, 2016
El espíritu del Vaquilla
Javier Menéndez Llamazares 27-03-2016 | 10:41 | 0

Hubo una época en la que esta España esforzada y doliente, la patria de los recortes y la resignación, era más bien una inmensa página de sucesos, una edición de El Caso martirizada por mil y un desmanes, en un mundo que ya no era en blanco y negro pero tampoco completamente en color, y en que los ‘grises’ acabarían convirtiéndose en ‘maderos’.

Aquel país que dio lugar al cine quinqui, y que hizo célebres nombres como el Vaquilla o el Jaro, hace mucho que ya no existe, pero de cuando en cuando asoma su negra faz; a veces nos enseña los dientes, alimentando las más negras crónicas, y otras nos trae un ‘déjà vù’ casi nostálgico, ahora que se lleva tanto lo retro, pero que nos confirma que cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor.

Y es que estos días, al leer aquello del chaval de once años que afanó una moto en Puertochico, cuesta evitar el recuerdo de aquella época de tirones y puentes de motor, de macarras y pandilleros, y hasta consejos de seguridad ciudadana que en realidad no servían de nada.

Claro que lo ocurrido en Santander no es sino un reflejo descafeinado de aquella jungla de asfalto en la que nacimos a la democracia, cuando los coches se robaban para dar el palo a una farmacia o huir a tiros de la policía. Cierto que para muchos todo parecería un juego –como probablemente para los niños que daban vueltas a la manzana sobre la moto robada –, pues eran poco más que unos críos, y además muy aficionados a lo que entonces se llamaban ‘drogas recreativas’, pero aquella época dejó cicatrices en la memoria colectiva que tardarían años en borrarse.

Aquella violencia esencialmente callejera hoy es sólo un mal recuerdo, pasto de exposiciones y mesas redondas sobre la España de la transición; por supuesto que el crimen continúa existiendo, pero también ha entrado en la modernidad, y la delincuencia se ha vuelto invisible. Es algo que siempre sucede lejos, o a otros. Ya no interesa ni para alimentar estadísticas. Pero ahí está.

Sólo nos afecta de modo indirecto, en nuestro balance de impuestos, en las primas de seguros que asumen el fraude como inevitable, en los precios hinchados de los centros comerciales para compensar las pérdidas por hurto. Algo que no existe hasta que nos sucede directamente, hasta que un chaval, o no tan chaval, se larga con nuestra moto.

Cuando hace un par de años, mi querida gilera desapareció de la puerta del Complejo para no volver jamás, en el cuartelillo casi parecía que se cachondeaban de mí: «¡Si ya no se roban motos!», me decía un agente, para corregirse a renglón seguido: «Bueno, ya nadie viene a poner la denuncia». Tal vez sea eso lo que nos pasa, que más que la inocencia, lo que hemos perdido es la esperanza.

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Indulto para Pancho Cossío
Javier Menéndez Llamazares 20-03-2016 | 10:30 | 0

A vueltas con la memoria histórica, no se sabe si con espíritu de ecuanimidad o simplemente por puro revanchismo, la comisión de expertos que estudia el cambio de las calles santanderinas cuya denominación alude a la guerra civil o la dictadura ha deslizado, entre otros, el nombre de Pancho Cossío.

Triste destino para el pintor, a quien parece que no se le valora por toda una vida dedicada a la creación, sino por una ideología que, guste más o menos, tenía todo el derecho a elegir él mismo, e incluso a defenderla.

Y es que ahora resulta que Cossío era de derechas. Muy de derechas, incluso. Vaya. Como una gran parte de la ciudadanía de Santander en su momento, que también era de derechas. Incluso muy de derechas. ¿Pero sólo porque era de derechas? Porque no hay noticia de un solo desmán del que pueda culpársele. No hay manos manchadas de sangre, ni tampoco borrones bochornosos en su expediente. Sólo una adscripción ideológica, todo lo vehemente que se quiera.

Sí, claro que Cossío fue falangista. Y ni siquiera queda el recurso de culpar de todo a la juventud y sus extravíos, porque el pintor ya rozaba la cuarentena cuando abandona su vida de artista parisino para regresar a una España convulsa en plena II República, y que el ascua a la que se arrima es el nacional-sindicalismo de Ramiro Ledesma, llegando a participar en la fundación de las JONS santanderinas. Sin embargo, tener una posición política –y de eso todos tenemos, no seamos fariseos– no es motivo suficiente para meter a un artista en el mismo saco que a los dictadores, los golpistas, los pistoleros, los del tiro en la nuca y los fusilamientos de madrugada, verdaderos destinatarios de esa demanda de justicia que hemos dado en llamar ‘memoria histórica’. Pero pensar, creer y hasta militar en un partido nunca pueden ser delito, ni ningún tipo de inmoralidad.

Pesará, desde luego, su retrato de Primo de Rivera. Pero si hasta hace nada podía contemplarse en la tercera planta del MAS, seguro que no lo colgaron por cuestiones políticas, sino por tratarse de una pieza artística, y además notable técnicamente, que es en lo que consiste eso de los museos. Del mismo modo, que su nombre luzca en una placa del callejero o se le erija un busto en Pombo no tiene nada que ver con la política, sino con sus méritos pictóricos, o incluso como fundador del Racing.

Estaría bien que diferenciásemos, por una vez, entre las opiniones y la persona, entre el artista y las ideas que pueda y quiera tener. Y ya de paso, estaría todavía mejor que nos dejáramos ya de parcelar el mundo en partidarios y enemigos, y de mirar el color político de cada cual a la hora de juzgar su trabajo o su valía creativa.

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Los noventa de Carlos Bribián
Javier Menéndez Llamazares 13-03-2016 | 10:53 | 0

Soplando velas, nada menos que noventa, se ha pasado esta noche Carlos Bribián, el vecino más singular que nunca haya tenido; y es que en los años noventa, justo cuando yo me instalaba en mi apartamento de estudiante, en los primeros números de la Aachener Strasse, en la ciudad alemana de Colonia, el prestigioso cronista se jubilaba y abandonaba su casa, al final de la misma calle, tan sólo unos mil trescientos números más allá.

¿Qué no le conocen? Si le presentara como un periodista retirado, les estaría engañando, porque lo cierto es que los periodistas, los de verdad, no se retiran nunca. Y es que, en las dos décadas que Bribián lleva viviendo en Ontoria –cerca de Cabezón de la Sal–, no se ha alejado de la actualidad ni lo más mínimo.

Tras una carrera de futbolista profesional y entrenador, dedicó a la información más de tres décadas, en las que trabajó para el ABC o el diario Pueblo, mayormente desde la corresponsalía en ese país que ya no existe, la República Federal Alemana. Publicó cuatro novelas, cubrió varios juegos olímpicos, escribió en periódicos de medio mundo y hasta tiene un cajón de la mesita lleno de condecoraciones y medallas.

Lector voraz e infatigable, observar a Carlos Bribián ocuparse de la prensa es todo un magisterio, porque el viejo periodista no ‘lee’ los periódicos: los desmenuza, los analiza, los critica y luego devora lo que encuentra de provechoso y deplora todo lo censurable. Y hasta los corrige, imagino que por deformación profesional, porque para quien cada errata es como una ofensa personal, resulta inevitable sacar el lápiz rojo y liarse a enmendarlas.

Y luego lo anota todo, como marcan las reglas de la vieja escuela, en unas libretas que a saber cuántos secretos del oficio guardan. Más tarde, en el momento oportuno, cuando coincide con el redactor, no se cortará un pelo en sacarse de la manga un recorte y cantarle las cuarenta a quien haya deslizado un disparate gramatical o una tontería solemne. O en felicitarle con la mayor efusividad, porque una de las mayores y más escasas virtudes es la de saber reconocer el talento ajeno.

Claro que a Bribián hay que conocerlo, y para eso no hay mejor camino que a través de la palabra. Hay que leer sus novelas, y no estaría de más que alguien rescatara sus crónicas alemanas, o las magníficas semblanzas de grandes deportistas que publicó los sesenta y hoy son piezas de colección en las subastas de internet. Pero también conversar con él, o simplemente escucharle, es un auténtico deleite; por escrito o de viva voz, con su estilo a un tiempo elegante y juguetón es capaz de meterse a cualquier audiencia en el bolsillo. Y además, ¿no sabía más el diablo por viejo que por periodista?

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Palabras cargadas
Javier Menéndez Llamazares 07-03-2016 | 11:02 | 0

Año y medio de prisión le ha costado a un joven llamado Aitor Cuervo publicar una serie de tuits algo más que controvertidos, y que la Audiencia Nacional ha considerado apología del terrorismo. Son varios, pero el más ilustrativo es uno que dice: «A mí no me da pena lo de Miguel Ángel Blanco, me da pena la familia desahuciada por el banco».

Desde luego que su opinión –o sus versos; no por la rima sino porque Cuervo es autor de una decena de libros de poesía, en su mayoría autopublicados– no podría resultar más desafortunada; sobre todo, porque probablemente su intención no era menospreciar la memoria del malogrado concejal de Ermua, sino poner el acento en la trágica situación de emergencia de tantas familias de nuestro país, en uno de los momentos más aciagos de la crisis.

Pero lo cierto es que no podía haberlo hecho peor, y poco importan las intenciones cuando los resultados son tan nefastos. Igual da que más tarde, en el juicio, intentara explicar que no le apenaba porque «no lo conoció personalmente», o que en su facebook argumente que no pueden obligarle a sentir nada, ni juzgar sus sentimientos. Por mucho encaje de bolillos dialéctico que queramos echarle, la mención a Miguel Ángel Blanco fue una bochornosa equivocación.

Y es que todos nos equivocamos, pero no es lo mismo que unos versos nefastos terminen en la papelera de nuestro escritorio, o que vaguen por las redes sociales eternamente. Es lo malo de estos tiempos, que nuestros errores de juventud –Aitor tenía veinticuatro años cuando lo escribió– no sólo son públicos y notorios, sino que ni siquiera tienen fecha de caducidad.

Cada uno es libre de gobernar como quiera sus sentimientos, faltaría más, pero a mí lo que realmente me apena es que a un muchacho como Aitor Cuervo no le conmueva la muerte de un inocente; cualquier muerte, cualquier injusticia, en realidad. Me da pena que alguien pueda pensar que se puede hacer política con las manos manchadas de sangre. Que no todas las vidas valen lo mismo, y que unas tragedias justifiquen otras.

Pero, además, me da muchísima pena también que, por muy erráticas que sean las palabras, hayan quien las persiga, las combata y las condene, y no con las penas del infierno sino con brigadas informáticas, grilletes y tribunales. Todo lo que Aitor Cuervo pudiera escribir sobre el terrorismo es y debe ser rebatible desde la palabra, pero con razones y no por la fuerza de las armas; no hace falta que, para protegernos, nos acabemos convirtiendo también nosotros en ‘los malos’, y utilicemos la violencia para reprimir discursos que, por mucho que nos disgusten, no pasan de ser ideas. Contra la intolerancia, no hay otro remedio que educación, y una fe infinita en la capacidad humana de enmendar los errores propios.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es