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Fecha: diciembre, 2015
Los francotiradores de Munitis
Javier Menéndez Llamazares 02-12-2015 | 9:16 | 0

Si algún día a un caricaturista le da por inmortalizar a Munitis como entrenador de este Racing en segunda B, seguramente tendrá que dibujarlo con casco y chaleco antibalas. O, al menos, así debe de verse él mismo, a juzgar por las palabras de despedida en la sala de prensa de Tudela, cuando le preguntaba si iba a sacar pecho tras la victoria: «Como para asomar la cabeza… ¡Está lleno de francotiradores!», le dijo con un guiño al periodista Jaime del Olmo.

Cierto que Munitis no goza del don de la elocuencia; más bien lo suyo fue siempre expresarse sobre el césped, y mejor con hechos que con palabras. Consecuentemente, tampoco se le ve demasiado cómodo entre micrófonos, aunque parece que los largos años como jugador de élite le han enseñado a abstraerse del ambiente. Y es que hace falta una enorme fortaleza mental para soportar la presión del rival, pero mucho más para afrontar el ‘fuego amigo’ que le ha venido cayendo encima desde que arrancase la temporada. Y es que practicar el tiro al blanco con el míster de un equipo que no acaba de arrancar suele ser un deporte de escaso riesgo, muy practicado en tiempos sobre todo en tiempos de vacas flacas, cuando todo vale con tal de captar audiencia.

A pesar de todo, no le falta razón al míster: no es momento de sacar pecho. Poco importan las tres victorias consecutivas, el haber pisado por primera vez en desde 2014 la zona noble de la tabla o que al fin se haya conseguido revertir la imagen paupérrima de equipo en decadencia que iba dejando el Racing allá por donde pasaba. Es lo que tiene este deporte, donde los tópicos nunca fallan: una buena racha, tres victorias seguidas, te encumbran a los altares, pero si encadenas varias derrotas te acabarán tirando a la bahía. Y la valoración de los entrenadores fluctúa más que la bolsa.

Quién sabe qué pasará por su cabeza, pero desde luego que, últimamente, no es precisamente la viva imagen de la felicidad. Seguramente siga amando este deporte, pero hará ya demasiado tiempo que sabrá que el fútbol profesional tiene muy poco de romántico y más bien mucho de juego de intereses de todo tipo, desde lo económico al simple afán de poder. Es discutible si Munitis estaba o no preparado ya para ocupar el banquillo del Racing –sobre todo, porque nos empeñamos en negar la realidad y no asumimos que estamos en segunda B; al contrario, nos seguimos sintiendo un grande, o al menos uno de los grandes clubes humildes–, pero para lo que a buen seguro no estaba preparado era para convertirse en un artista del alambre, caminando sin red sobre el abismo. Lo realmente meritorio es que no se haya ido, porque ¿qué necesidad tenía él de soportar semejantes presiones?

Munitis ha corrido más peligro que el toro de la Vega, con tanto lancero presto a ensartarlo, pero la risa va por barrios. Ahora, desarmados a fuerza de victorias, los mismos voceros acusan de jugar al ventajismo a quienes se preguntan dónde están ahora los que pedían su cabeza. Y ahora se subirán al carro, como siempre; porque no deja de ser una virtud eso de ponerse a favor de la corriente para vender que es uno el que rema.

Pero no engañan a nadie: ahí siguen, agazapados en sus cubiles cibernéticos, mascando con rabia unos y ceros u ondas hertzianas y estudiando cada movimiento de su presa, en espera de volver a lanzarse a su cuello. Y, como decía Ferlosio: vendrán tiempos peores y nos harán más ciegos.

 

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el martes 1 de diciembre de 2015]

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Einstein, ese incomprendido
Javier Menéndez Llamazares 01-12-2015 | 11:47 | 1

Einstein mola. Será por los cabellos revueltos, por ese aire de rebelde irreductible o por las fotos sacando la lengua, pero el caso es que el tal Albert hace muchas décadas que pasó de ser un particular a convertirse en un icono del siglo XX, a la altura de Marilyn, el Che o Elvis Presley. Porque mola. Lo que ya no está tan claro es por qué nos mola tanto.

Y es que ya nos molaba hace casi un siglo, cuando en 1923 le dio por visitar España, en parte por hacer una tournée y en parte por poner tierra de por medio con su Berlín, donde ya empezaban a hostigar a los judíos, por muchos premios nobel que tuvieran. El caso es que cuando al físico le dio por pasearse por la España de Primo de Rivera, se confirmaron todos los tópicos. El primero, el del sabio despistado: a Einstein se le olvidó confirmar su llegada, y en la estación no había ni comité de bienvenida ni nadie esperándole. Así que tuvo que pasar su primera noche en una pensión del barrio chino, como si tal cosa.

Su acogida, sin embargo, resultó espectacular –en cuanto se enteraron de que estaba aquí, claro–: auditorios repletos de público, recepciones oficiales y hasta vítores por las calles. Fue famosa la anécdota de la castañera que le jaleó diciendo: «¡Viva el inventor del automóvil!». Pero, sobre todo, lo que fue dejando a su paso era un enorme rastro tanto de admiración como de incomprensión, a partes iguales. Y es que el hombre se empeñó en ir exponiendo por ahí su teoría de la relatividad, esa que estos días cumple cien años, y el resultado no podía ser más desalentador. Según contaban los cronistas de la época, apenas un cinco por ciento del público podía seguir sus explicaciones, y no se trataba de un problema de traducción, sino de la dificultad intrínseca de la materia. Aún así, las salas de conferencias estaban siempre abarrotadas, y las ovaciones al terminar eran estruendosas.

El caso es que, a pesar del centenar de años transcurrido, las cosas no han cambiado demasiado. Seguimos convencidos de que Einstein era un genio, tal vez el mayor de nuestra época, aunque no sepamos muy bien por qué. Y es que todo eso del espacio-tiempo, que si es elástico o loncheado, y el e es igual a emecé al cuadrado debe de ser para muy inteligentes, porque algunos no acabamos de entenderlo ni aunque nos suban a youtube vídeos de dos minutos con la explicación para torpes. Tampoco yo, aunque me pase treinta y cinco horas a la semana en la mismísima calle Albert Einstein –léase, PCTCAN–. No entiendo a Einstein. Ni jota. Pero claro, eso no quita para que me siga molando. ¡Qué genio!

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el domingo 29 de noviembre de 2015]

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es