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Fecha: noviembre, 2015
Cainismo verdiblanco
Javier Menéndez Llamazares 24-11-2015 | 1:35 | 0

Algo pasa con el racinguismo, que no es capaz de disfrutar ni en los días buenos. Y es que de lo ocurrido el domingo frente al Cacereño se podrán hacer muchas lecturas deportivas, pero lo sucedido en la grada es como para replantearse si no nos haría falta que, en lugar de solamente a la plantilla, el bueno de José Antonio Bonilla nos aplicara un poco de terapia a toda la afición.

Para empezar, por mucha derecho a la libre opinión que queramos tener, cuando tu equipo va ganando por goleada a lo mejor no es el momento de silbar a tu entrenador. Para continuar, tal vez tampoco sea una idea demasiado buena el convertir un partido en juego en un plebiscito sobre si nos gusta el míster o no; incluso, aunque se vaya ganando. Pero, sobre todo, que una parte de la afición racinguista abuchee a otros aficionados porque están vitoreando a Munitis no sólo resulta desconcertante, sino que parece un auténtico síntoma de esquizofrenia.

Cierto que el equipo visitante resultó manso, muy manso; además, los goles tempraneros suelen resultar fatales –véase, si no, el desastre en el Reino de León tras la tragada monumental de Sotres, a la que el equipo no pudo sobreponerse–, pero también resultó evidente que el Racing esta vez no sólo fue superior en calidad sino en entrega y lucha, y que, aunque no lograse un juego muy brillante, el resultado esta vez sí que fue absolutamente contundente. ¿Qué más queremos del equipo? ¿Qué se muevan como bailarinas? ¿Que hagan acrobacias y piruetas? ¿Qué sean más guapos y elegantes? Cierto que el rival no era de champions, pero poco más se le podía pedir al equipo en la jornada del domingo.

Aún así, hay quien debe de llevar dentro mucha rabia acumulada, y parecen molestarle hasta las victorias, si sospecha que de ellas se puede beneficiar alguien a quien han puesto ya en el punto de mira. Si no, no hay manera de entender la actitud de una pequeña parte del público –muchos menos de los que ellos se piensan, porque al final se oye más a dos que hagan ruido que a treinta que callan– al abroncar a La Gradona porque animaban a Munitis.

Nos guste más o menos, Pedro Munitis es el entrenador del equipo, y los continuos esfuerzos por derribarle a cualquier precio sólo sirven para enrarecer y tensar el ambiente, por mucho que algunos se empeñen en revestirlo de buena fe y racinguismo responsable. El razonamiento de que es mejor perder ahora para evitar futuras derrotas ya no es que sea una lógica falaz, es que es pura palabrería de barra de bar. ¿Cómo va a ser mejor perder con tal de ver rodar una cabeza? Lo que hay es mucho veneno y mucho colmillo retorcido, seguramente alimentado por las campañas de algunos voceros empeñados en erigirse en adalides de la afición, y cuya cruzada no esconde sino los más prosaicos intereses personales: medrar ellos mismos.

¿Qué tremendo pecado ha cometido Pedro Munitis? Su trabajo en el banquillo nos podrá merecer una mejor o peor valoración, pero broncas como la de ayer van más allá de lo deportivo: si hasta cuando gana quieres echarle, es que hay algo personal. Hasta la fecha, no sólo ha sido uno de los mejores defendiendo esta camiseta, sino que además se ha dejado un buen montón de dinero apoyando al club; no sé si muchos de sus críticos mediáticos pueden decir lo mismo. Pero claro, desde el odio y el insulto siempre se vende más. Tal vez vaya siendo hora de plantearnos qué tipo de personas copan nuestros púlpitos, y por qué se empeñan en bajar a otros de los altares.

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el martes 24 de noviembre de 2015]

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¿Sobran estudiantes?
Javier Menéndez Llamazares 24-11-2015 | 1:30 | 0

Al ministro de Educación le parece que en España «va demasiada gente a la universidad». Es lo que tiene ser el señor Méndez de Vigo y Montojo, barón de Claret, y llevar subido al coche oficial desde 1984: una perspectiva privilegiada, siempre mirando desde arriba.

Claro que, cuando uno se dedica a un negocio, y sobre todo cuando le pagan por preocuparse de que funcione, lo primero que tiene que hacer es conocer la situación real de lo que se trae entre manos. Para empezar, el verdadero problema de la universidad española en este momento es justo el contrario: faltan alumnos. Peculiaridades de un país que apostó por la descentralización, si en todos los pueblos, por pequeños que sean, hay una iglesia, en toda ciudad que se precie tiene que haber una universidad. Nos puede parecer o no una política acertada, pero el hecho es que existen cincuenta universidades públicas; la gran ventaja, al menos para la clase media de provincias, es que la enseñanza superior ya no es un artículo de lujo: se puede hacer, casi siempre, en tu propia ciudad, o muy cerca, minimizando gastos. La contrapartida es que existen departamentos que cuentan con casi más profesores en nómina que alumnos matriculados. Pero esto es ya política.

Y a nuestros gobernantes la política parece que les importa más bien poco, porque esto mismo con lo que ahora se despacha el ministro del PP lo dijo hace cinco años su predecesor del PSOE; a Ángel Gabilondo no sólo le parecía excesiva la cantidad de universitarios de nuestro país, sino que aseguraba que había «más estudiantes de Derecho en Madrid que en todo el Reino Unido». Hipérboles aparte, lo cierto es que muchos de esos estudiantes, una vez titulados, tienen que marcharse precisamente a las Islas Británicas para poder conseguir un empleo; que seguramente no será exactamente de lo que han estudiado, pero que al menos les garantiza un salario, algo que a ningún gobierno español de la presente década ha parecido preocuparle lo más mínimo.

Pero, ¿por qué estudian los jóvenes españoles? ¿Sólo para descuadrar las cuentas de sus inocentes gobernantes? Respuestas habrá muchas, desde el que prefiere ser encargado y no peón hasta quien aspira a mejorar socialmente, a vivir aunque sea la mitad de bien que un ministro cualquiera.

Pero, por desgracia, hay una gran cantidad de jóvenes que estudian, simplemente, porque no hay otra cosa que hacer, porque en nuestro país, encontrar un empleo es casi misión imposible. Eso sí es un verdadero drama, porque nuestros titulados no emigran porque no encuentren algo ‘de lo suyo’, sino porque, simplemente, no hay trabajo. Al menos, no de ese que permite pagar todas las facturas.

Señor ministro: en los treinta y un años que lleva en política, ¿ha hecho usted algo para solucionar este problema? A ver si los que sobran de verdad van a ser políticos…

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS  el domingo 22 de noviembre de 2015]

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Once munitis
Javier Menéndez Llamazares 17-11-2015 | 2:57 | 0

Parece mentira que los racinguistas llevemos dos días celebrando como locos una victoria en Guijuelo como si nos hubiéramos clasificado para la UEFA, pero tal estaban las cosas hasta el domingo, bendito milagro el sucedido en tierras charras, que puede suponer no sólo la recuperación del equipo sino la resurrección de una afición que, si no muerta, estaba pidiendo ya cuidados intensivos.

Y es que, a fuerza de desengaños, cada vez iban siendo menos los que se atrevían a acompañar al Racing en sus desplazamientos, porque lo de ir hasta Salamanca es muy bonito, y se pone uno tibio a jamón y todo lo que quieras, pero el problema últimamente suele ser volver con el gesto amargado por el enésimo tropiezo del equipo, con esa rabia del decir ‘lo tuvieron en la mano y lo perdieron ellos solos’. Pero es la ley de la paparda, y se falla lo mismo que se da la campanada: sin avisar.

La historia de este fin de semana parecía escrita: jugar un gran partido para acabar palmando por algún fallo puntual, o víctimas de la incapacidad de marcar. No era un final muy digno, pero parecía el más acorde con la era Munitis, en la que el juego, con sus irregularidades, ha ido mejorando, pero los errores clamorosos acaban por echar abajo todo el trabajo colectivo.

Y sin embargo, cuando ya nadie daba un duro por el míster, cuando ya hasta en los mentideros se especulaba con si la plantilla se dejaría ir, para forzar el cambio de timonel, aparece por fin el Racing que llevábamos esperando desde la jornada uno. Un equipo que muerde, que presiona arriba, que lucha como si sobre el campo hubiera once munitis. El gesto que define verdaderamente este partido, el que demuestra que todo ha cambiado, es la carrera de Granero cruzando medio campo para coger de las orejas a compañero despistado que se había ido a beber agua y llevarle a rastras a su puesto. Así sí se juegan los descuentos, y así, desde luego, se evitan muchos de los errores sonrojantes que nos han enviado a un noveno puesto, inimaginable en pretemporada.

Podemos criticar hasta lo indecible al entrenador, sus tácticas, su cambio de sistema, su obsesión por el pie cambiado o si lleva o no chándal, pero la falta de espíritu de algunos jugadores no era responsabilidad directa de Munitis. Alinearles, sí. Ha bastado el regreso de Borja Granero para dar mordiente al equipo, y el de Caneda para ordenar una zaga que hasta hace dos jornadas parecía comandada por Groucho Marx.

Otra cosa es lo que ha ocurrido en la portería o en el lateral izquierdo; sentar a Sotres ha tenido que ser una decisión muy dolorosa para el míster, pero no tomarla a tiempo ha significado renunciar a muchos puntos, que no nos sobran, precisamente. Y repescar a Borja Docal, aparte de resultar un acierto, nos lleva a preguntarnos los motivos por los que el lateral ha visto tantos partidos desde la tribuna principal, porque Iñaki brilló en su regreso pero sólo para apagarse de inmediato, sumido en una indolencia desesperante.

Esperemos que Munitis sea consciente de que esto es sólo un avance, pero todavía nos resta mucho por mejorar. Y de que no es ningún deshonor mirar hacia la cantera; si estamos sin lateral derecho y todo el mundo habla maravillas de Axel, el jugador del Racing B, ¿tanto cuesta darle una oportunidad?

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El lenguaje de la pólvora
Javier Menéndez Llamazares 15-11-2015 | 3:26 | 0

El horror en forma de terrorismo ha vuelto a golpear a Europa por sorpresa, pero lo sucedido el viernes en París no es nuevo; se parece demasiado a lo que ocurrió hace dos años allí mismo, a lo que antes había pasado en Madrid y Londres o a los atentados de Nueva York. Cambian los detalles, pero el trasfondo el siempre el mismo: lo que algunos entienden por guerra santa, que más bien parece un invento demoníaco.

Según la versión oficial, todas estas masacres son perpetradas por fanáticos religiosos, pero ¿qué clase de religión puede predicar que un mundo mejor se construya a sangre y fuego? Otra cosa es que utilicen las creencias para lavar cerebros, porque la única forma de convencer a alguien de inmolarse parece ser la devoción extrema. Probablemente, los dementes que llevan a cabo estas atrocidades lo hagan convencidos no sólo de su heroísmo, sino incluso de su buena fe. De que luchan por una causa justa, de que obran bien dentro de su lógica perversa. De hecho, no descarten que antes de empuñar sus armas se hayan entregado a la oración con total sinceridad. Pero no hay mejor caldo de cultivo para esas fantasías redentoristas que la injusticia. Y en el mundo árabe no debe de escasear, precisamente.

¿Cómo combatir entonces contra estos enemigos? ¿Cómo convencer a todos los que los alientan y apoyan de que ese no es el verdadero camino del bien, de que no se puede apelar a la justicia divina con un kalasnikov en la mano? Durante décadas, la estrategia ha sido apoyar a caciques con o sin corona, a los que convertimos en multimillonarios aliados de Occidente a cambio de que sujeten con mano de hierro a los insurgentes, pero parece que eso ya no basta.

Porque detrás de los impresionantes despilfarros de Oriente Medio, de las ciudades sobre el mar o los oasis artificiales en medio del desierto, hay una gran masa de personas que abrazan los más belicosos extremos de la religión como única esperanza para sus vidas miserables, atrapados en un mundo de tecnología punta pero con un reparto social peor que en la Edad Media. Y mientras aquí sólo nos preocupemos de mantener a raya el precio del barril de crudo, mientras sigamos midiéndolo todo con balances contables, no nos quedará otra que alimentar la espiral de combatir el fuego con el fuego.

El poder bélico de Occidente ya lo conocen de sobra; lo que desde luego no les hemos exportado han sido los beneficios de ser un ciudadano libre en un estado de derecho. En lugar de exportar coches y tornillos, exportemos educación, riqueza, democracia. Únicamente así podremos luchar contra la barbarie; de otro modo, lo que haremos es alimentar el odio de aquellos que sólo entienden el lenguaje de la pólvora.

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En el Día de las Librerías
Javier Menéndez Llamazares 14-11-2015 | 5:10 | 0

En una ocasión, hace muchos años –ni siquiera se habían puesto de moda los días mundiales, imaginen…–, me quedé encerrado en una librería. No, no se trata de una pesadilla de Kakfa ni de un guiño a Borges, ése de las ciruelas y las nueces de California; esto me ocurrió en mi ciudad natal, cuando tenía unos diecinueve años y estaba convencido de que la felicidad consistía en rastrear palabras impresas sobre papel offset.

La librería se llamaba Padre Isla, y pertenecía a un buen amigo de entonces, Jaime Torcida, un santanderino emigrado por esas cosas del escalafón paterno y la región militar, que había sido hippie o pasota o rojo quién sabe si algo más peligroso, pero que ya se había cortado las greñas y regentaba un negocio más que decente, en pleno centro de León.

Claro que su idea inicial había sido abrir una librería de ciencias sociales, pero la vida de provincias no da para tantas alegrías, así que el negocio floreció cuando descubrió el filón de los temarios de oposiciones, en aquellos años en que los socialistas ataban a los votantes con longanizas, en forma de convocatorias de empleo público masivas, y el resto de la librería lo dedicaba a la entonces naciente edición independiente: Anagrama, Tusquets, Mario Muchnik…

A pesar de tratarse de un comercio moderno, la suya tenía un secreto, como aquellas legendarias librerías de la posguerra, con su trastienda oculta en la que se despachaban libros prohibidos por la censura, se imprimían pasquines en ciclostil o se reunían células revolucionarias de esas que gustaban mucho más de la palabra que de la acción. La de Torcida, más que una trastienda, era un sótano, doscientos metros cuadrados llenos de libros que conformaban un auténtico museo de todo lo impreso en la transición; desde los primeros libros políticos –recuerdo un ‘Qué son las izquierdas’, de Tierno Galván– a la poesía experimental de Francisco Pino, pasando por los diccionarios chelis o los manuales musicales como ‘De qué va el rrollo’, de Jesús Ordovás.

Era aquel todo un mundo subterráneo en el que el librero me dejaba husmear a mis anchas, con la ventaja añadida de que los precios eran también de época: por cien o doscientas pesetas podías llevarte lo que quisieras, cuando una novedad entonces ya pasaba del millar. Un mundo en el que el tiempo parecía transcurrir a otra velocidad. Tanta distinta a la real, que un día ocurrió lo inevitable: se olvidaron de que estaba allí, y cerraron la librería sin percatarse del polizón que aún estaba en la bodega, curioseando en las entanterías.

Hubo, por supuesto, final feliz, con rescate antológico y las consiguientes tomaduras de pelo, pero supongo que hay experiencias que marcan de por vida; hasta el punto de que, muchas veces, aún pienso que, en mi mente, todavía sigo en aquella librería, que no podía ser sino una sucursal del paraíso.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es