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Fecha: julio, 2015
En paro
Javier Menéndez Llamazares 26-07-2015 | 2:08 | 0

Hemos asistido esta semana al reparto de medallas –al estilo de aquel mago, o humorista, que no está claro, el catalán Màgic Andreu, que se las prendía él solito de la pechera cada vez que un truco le salía bien–, a cuenta del último recuento de parados en nuestro país. Y las cuentas, de momento, salen a pedir de boca de los gobernantes, porque hasta los relojes parados aciertan con la hora un par de veces al día. Así que, como siempre por estas fechas, los portavoces sacan pecho presumiendo del medio millón de empleos que han creado en el último trimestre, y los demás miramos hacia otro lado, como si no nos supiéramos ya el cuento aquel del empleo estacional y lo que sucede cada vez que comienza la temporada turística, que hace que mientras unos disfrutan tomando cañas, otros trabajen sirviéndoselas. Un intercambio que no está del todo mal, pero que debería colar como el gran milagro de gestión política que, año tras año, intentan vendernos. No debería, pero parece ser que cuela. Sobre todo, con las elecciones a la vuelta de la esquina, con lo que se hace imprescindible, para unos, que todo vaya extraordinariamente bien, y para otros, que estemos al borde del colapso.

La realidad, en cambio, sigue sus propios derroteros. Sobre todo, para aquellos ciudadanos que nos ocultan las estadísticas. Porque debajo de esos fríos números, tan profesionales, tan contrastados, tan útiles electoralmente, que sirven como arma arrojadiza para que los aspirantes a llevarse el mayor trozo del pastel los utilicen contra el enemigo, detrás de todo eso hay una realidad crudísima que habla de un país depauperado, en el que una inmensa minoría sobrevive no se sabe cómo y una gran mayoría viven sin vivir en sí, porque cualquier día les puede pillar un ere y acabar como Ada Colau antes de que le tocase la lotería electoral: de patitas en la calle y sin perro que les ladre.

Estábamos acostumbrados a que el paro fuera un simple dato económico, un indicador más, una luz en un panel que servía para poco más que para reprochar las políticas de unos y otros. Durante tres décadas hemos convivido con cuatro millones de parados como si fuera lo más normal del mundo, y nos hemos endurecido hasta la insensibilidad. Tal vez por eso esta crisis resulte todavía más dura, porque la solidaridad ya no es más que un difuso recuerdo de tiempos pretéritos, cuando todavía existían lo obreros y el mundo no se dividía entre ninis y emprendedores.

Que la hostelería vuelva a rescatar a unos cuantos españoles del paro siempre será una buena noticia, sobre todo para esas familias que podrán respirar durante el verano. Pero que los gobernantes se limiten a felicitarse por ello, y que ahí se acabe su guerra contra el desempleo, es una auténtica desgracia nacional.

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Torrellas
Javier Menéndez Llamazares 19-07-2015 | 2:07 | 0

En este mundo de apariencias y asesores de imagen, si algo llamaba la atención en la vida cultural santanderina era la camiseta de Pessoa que le gustaba lucir a César Torrellas. Sobre todo, porque su sentido iba mucho más allá de la mera estética, y venía a simbolizar una manera singular de hacer política, muy alejada de lo habitual en casi todos los concejales del ramo.

Y es que si en la mayoría de los casos se diría que se aplica aquel dicho hiriente de ‘el que vale, vale, y el que no, para cultura’, la labor de Torrellas en las últimas legislatura al frente de la concejalía santanderina se ha caracterizado por una cercanía inusitada y, sobre todo, por una presencia constante y respetuosa que merece reconocimiento.

En estos años, su figura ha sido un clásico en lecturas de poesía, recitales líricos, conferencias, presentaciones de libros, inauguraciones de exposiciones y cualquier acto cultural que se realizase en la ciudad. Cierto que aún no cuenta con el don de la ubicuidad, y la explosión de actividades en esta década le hacía imposible estar en varios eventos a la vez, seguro que habrá quien asegure haberle visto en dos actos simultáneamente. De hecho, se podría decir que ninguna actividad cultural era un éxito si faltaba el concejal. Y eso que, últimamente, en ninguno ya se convida a los asistentes a un vino español.

Lo especial del caso, lo que otorga a la actitud de Torrellas un valor incalculable, es que cuando asistía a los actos lo hacía a título particular, y no como ‘munícipe’. Es decir, que no era de los que se colocan para la foto, o exigen un micrófono en la mesa de oradores porque han subvencionado el evento. Torrellas no. Él se colocaba detrás de sus lentes de intelectual y se aplicaba en prestar toda la atención posible, con su política de estar sin figurar, de apoyar sin mediatizar. Tanto, que para aquellos que lo desconocieran sería bastante difícil averiguar que ocupaba un cargo público. Impertérrito, incluso cuando la sesión se prolongaba o resultaba de todo menos amena –tampoco vamos a negar que, para los profanos, muchos saraos culturales pueden ser absolutamente soporíferos–, jamás se le escapó ni una mala palabra, sólo admiración por el talento y el trabajo ajeno.

Claro que lo que es una virtud para la vida cotidiana, la discreción y el respeto, en política parece resultar toda una rémora. A lo largo de casi dos décadas, Torrellas ha cultivado un estrecha relación con los creadores y la gente de la cultura, pero en cambio su carrera política se ha terminado sin una explicación convincente. A buen seguro que su sucesora logrará estar a la altura, pero lo cierto es que César Torrellas merecía mejor pago por sus desvelos.

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Adiós a Julio
Javier Menéndez Llamazares 12-07-2015 | 2:03 | 0

Se llamaba Julio Pérez y le gustaba conversar; hablaba de todo y con todos, aunque disfrutaba especialmente cuando la charla derivaba hacia la cosa pública. Era vigilante de seguridad, y cuando le tocaba el turno en el Instituto de Biomedicina enseguida se notaba su presencia, porque a pesar de su prudencia no era precisamente de los que pasan desapercibidos. No, Julio no; él nos conocía a todos por el nombre y pegaba la hebra con los más madrugadores, a ser posible en inglés.

Apasionado pese a su actitud serena, sufría con el Racing y con la temporada en blanco madridista, aunque sus intereses eran tan variados que la conversación podía derivar hacia la política, el cine, la ciencia o cualquier tema de actualidad.

Y es que su gran afición era la lectura; en su oficio, cada cual combate las largas horas de tedio como puede, generalmente arropado por la electrónica. A Julio, en cambio, no le interesaban demasiado las pantallas, como no fuera para ponerse al día con la prensa. Él prefería los libros, y más que leerlos los devoraba. De dieta omnívora, lo mismo disfrutaba con Umberto Eco que con Pérez Reverte; la cuestión era leer, alimentar la mente. Retenía en la memoria centenares de lecturas, que luego comentaba y hasta le gustaba entresacar alguna cita. Le gustaba la ficción histórica y el thriller, pero también el ensayo o la crónicas de ‘Caballo de Troya’. Y era un lector desacomplejado, que había desarrollado su propio criterio literario, muy alejado de las modas mediáticas. Tras muchas conversaciones, llegué a regalarle algún libro mío, aunque nunca sabré si disfrutó con la lectura. Y es que se fue tan deprisa, en un suspiro… Una de esas desapariciones en las que no hay tiempo para la despedida.

De extraordinaria fortaleza y piel cetrina, cualquiera hubiera dicho que Julio era la viva imagen de la salud. Además, aún le faltaban un par de años llegar a los cuarenta, así que costó dar crédito a la noticia de que su páncreas había fallado, y de que el mismo hombre lleno de vitalidad y simpatía que veinticuatro horas había cumplido su turno en la universidad con absoluta normalidad ya nunca volvería. Que, cuando el jueves una voz extranjera sonase en el teléfono no estaría para atenderle, porque le encantaba practicar inglés y contar cómo su padre le había metido el gusanillo desde la adolescencia.

El viernes nos presentaron a un nuevo compañero de seguridad, porque el mundo es y siempre ha sido así. Nos vamos y nos reemplazan por alguien más alto, más fuerte, más joven. Julio no volverá, claro, pero tampoco se irá nunca, porque ya es parte de nuestra memoria. Y seguro que, donde quiera que esté, estará leyendo. Salud.

 

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Pasar por caja
Javier Menéndez Llamazares 11-07-2015 | 2:26 | 0

Que el racinguismo es algún tipo de enfermedad sentimental viene a demostrarlo, además del sufrimiento nuestro de cada jornada, el hecho insólito de que es el único caso en el que hay gente que no sólo paga sin rechistar lo que le pidan por un abono, sino que encima pide que le suban el precio. Y lo de contribuir y colaborar está muy bien, es la base de nuestro éxito como especie y tiene tantos efectos beneficiosos que no sólo nos hace sentirnos mejores personas sino que nos brilla más la cara y hasta se nos cae menos el pelo, pero incluso la generosidad debería tener sus límites. Porque el Racing, de momento, aunque sea patrimonio sentimental de sus aficionados, sigue siendo una empresa privada, por obra y desgracia de la Ley del Deporte.

Acaba de lanzarse la nueva campaña de abonos, y como ya se barruntaba en la última junta de accionistas, la próxima temporada el descenso de categoría se notará mucho en el campo pero muy poco en el bolsillo, porque no solamente no bajan los precios del abono sino que incluso se incrementan. Y eso que, en segunda B, no sólo habrá menos partidos sino que el valor real del ‘espectáculo’ ya vimos hace dos años que está bastante por debajo del precio que quieran ponerle.

Desventajas de ser clientes cautivos, desde luego que al final todos pasaremos por taquilla a retratarnos, incluso sabiendo que pagaremos ‘muy por encima de nuestras posibilidades’, e incluso muy por encima de lo que vamos a recibir, estímulos morales aparte. Pero con la situación económica actual, en plena época dorada de los bazares chinos de baratillo y las webs de outlet, es como si nos empezasen a cobrar el verdejo a precio de Dom Perignon. Que sí, que al final te embolinga igual, pero como que no es lo mismo, y desde luego no debería costar lo mismo.

Más desazonador aún resulta que no se incluyan en el abono las eliminatorias de ascenso. Cierto que, de clasificarnos, supondrá un buen espaldarazo a la maltrecha economía del club, pero se diría que a la hora de fijar precios se calcula con la más fría lógica matemática, pero cuando toca pedir se apela directamente al sentimiento.

Podríamos aplicar otra lógica, aún más fría incluso, la del capitalismo que dice que es mejor bajar los precios para buscar más clientes. Los alemanes lo hacen, y tienen estadios llenos; en Inglaterra, por ejemplo, el fútbol es un deporte popular, aquí, en cambio, es más bien un artículo de lujo.

Sin embargo, preferimos aferrarnos con el núcleo de irreductibles, que seguirían al club aunque estuviera en regional, porque está claro que el racinguista, más que no mirar los precios, intenta no verlos. Hace como que no se entera de que una camiseta de su equipo cuesta diez veces más de lo que vale, porque para él su valor es incalculable. Pero el problema es que no se puede exprimir constantemente al mismo colectivo, porque llegará un momento en que esa fuente se agote. No hablamos de grandes capitales, sino de simples aficionados para los que los desembolsos suponen un sacrificio, y todo por ayudar a su equipo. Racinguistas que hacen como la coletilla esa del SAD no existiera.

Hace apenas unos meses, esos mismos aficionados realizaron un esfuerzo inmenso, contribuyendo en una ampliación de capital que más bien parece una subvención a fondo perdido, y cuyo gancho eran los descuentos en los abonos de los próximos años. Encarecer esos abonos no parece la mejor manera de expresar agradecimiento por todo ese esfuerzo.

 

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Ruinas griegas
Javier Menéndez Llamazares 05-07-2015 | 2:05 | 0

«Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», decía el antiguo padrenuestro cuando todavía íbamos al colegio y todos disimulábamos como si en el mundo lo único importante no fuera exclusivamente Don Dinero.

Y es que las deudas, como el dinero y la propiedad, no son más que las convenciones sobre las que hemos edificado esta sociedad en la que todo tiene dueño; puro artificio, pues, como bien se preguntaba el jefe indio Seattle, ante la oferta de los rostros pálidos de Washington para adquirir sus tierras en 1855: «¿quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros ¿cómo podría alguien comprarlos?». Seguramente sus palabras sean apócrifas, claro, pero en el mundo civilizado continuamos actuando exactamente igual que entonces: vendiendo hasta nuestra alma. Véase, si no, lo que está sucediendo estos días con Grecia.

Si a cualquiera de nosotros nos plantearan la famosa pregunta de «¿Qué sabes de mi país?» –aquella impertinencia de un embajador ruso en un certamen de belleza–, pero referida a la Grecia actual, seguramente quedaríamos aún peor que Miss Melilla… Nos costaría salir del ‘jroña que jroña’, el Aris de Salónica y que le echan ajo y pepino a los yogures y lo llaman txatxiki.

No obstante, quienes hemos tenido la fortuna de conocer a algún griego –yo compartí piso y años de estudiante con Dimitrios Mourvakis, hoy día un químico que trabaja en una universidad alemana y no puede volver a su país porque la investigación científica está igual de arrinconada que en España– sabemos que no difieren mucho de nosotros, que les gusta hablar alto en los bares y discutir de fútbol y política, que padecen a sus gobernantes con una resignación similar a la nuestra y que Grecia es, qué razón tenía la melillense, «donde vive gente maravillosa» pero que sufre mucho más de lo que se merece porque, entre otras cosas, le ha tocado ser el pariente pobre en la Europa de los mercaderes. Igual que nosotros, los griegos sobrellevan como pueden la desgracia estar encuadrados en el insultante grupo PIGS –Portugal, Italia, Grecia y ‘Spain’–, furgón de cola en constante amenaza de descolgarse de la locomotora europea. La apisonadora de Bruselas les ha pasado a ellos por encima, pero bien podríamos haber sido nosotros sus víctimas, que también coleccionamos deudas como si fueran cromos.

Pero, ¿qué sucedería si Grecia, o cualquier otro país, no pagase? Si se colapsa un estado como el griego, ¿tendría que liquidarse? ¿Y después, qué sucedería? Seguramente las grandes potencias europeas, con sus ejércitos de abogados y fuerzas del orden, podrán expoliar la economía helénica –el patrimonio ya se lo llevaron hace siglos–, pero ¿qué harán con los ciudadanos? ¿Les embargarán también? ¿O aceptaría Europa una dación en pago?

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es