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Fecha: junio, 2015
Pachanga
Javier Menéndez Llamazares 28-06-2015 | 2:02 | 0

«Hay algo que no puedo soportar… Odio los pasodobles», cantaba Jorge Ilegal en los años ochenta con cara de energúmeno. A mí, aunque con bastante menos saña e insultos, me ocurría entonces más o menos lo mismo. Y es en que aquella época, con todo el resplandor de la nueva ola, con los descamisados en el gobierno y con Lolo Rico y Jesús Ordovás convirtiendo la televisión y la radio en un aparatos mágicos, convivían varias realidades paralelas, con su poquito de modernidad y su mucho de caspa y España cañí. Vamos, que mientras los chavales nos repartíamos en las diferentes tribus urbanas, eligiendo entre imperdibles, mallas o tupés, el país seguía moviéndose al ritmo hortera que marcaban, en invierno, la radiofórmula, y en verano, las discotecas móviles. Vamos, que lo mismo disfrutábamos con el ‘Enamorado de la moda juvenil’, el ‘Ayatola’ de Siniestro o la ‘Embrujada’ de Tino Casal, que nos tocaba aguantar la típica ‘spanish pachanga’, ese amasijo de canciones de Karina, Aguilé, la Carrá, Georgie Dann y demás pesadillas con que nos torturaban a los jóvenes de pelo extraño en aquellas insoportables verbenas de los ochenta, en las fiestas de pueblo o en las bodas; en general, en todos aquellos saraos de los que era imposible evadirse, a no ser anestesiando cuerpo y alma con aquellos garrafonazos que tanto abundaban en la época.

Lo cierto es que, entonces, yo albergaba la secreta esperanza de que algún día todo eso acabaría. Que seríamos un país moderno, sin señoras bailoteando juntas el «una mané en el culé del compañeré», sin amigas que se empeñan en enseñarte los tres pasos de la rumba –«¡Que es muy fácil, tonto!»; «¿Y a mí qué me importa»–, y hasta sin fumadores de farias y camisa de legionario, y demás fauna a la que tanto parece atraer ese sonido. Convencido estaba de que el paso del tiempo acabaría con la pachanga, simplemente porque la lógica del crecimiento vegetativo haría que los aficionados al tostón verbenero irían pasando a mejor.
Sin embargo, han pasado treinta años y no sólo no hemos mejorado nada, sino que incluso hemos ido a peor. Ya no sólo es que se hayan fosilizado todas las viejas melodías, es que hasta las canciones nuevas parecen viejas. Pero no precisamente viejas en plan molón, vintage o retro, qué va… Viejas que se diría que todavía vivimos en aquella España de hoguera y pandereta, en el país quinqui de la transición.

Resulta curioso cómo cada sociedad produce sus manifestaciones culturales; en los países anglosajones, lo que gusta a los abueletes es Bob Dylan o los Beatles. Aquí, todavía bailamos ‘La Ramona’, de Esteso. Y lo que nos queda.

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Juego de despachos
Javier Menéndez Llamazares 23-06-2015 | 2:19 | 0

El pasado domingo, tras resolverse la liguilla de ascenso a primera, al comunicar mis condolencias a un buen amigo zaragozano y zaragocista, me sorprendió su entereza al admitir que el equipo maño no merecía el ascenso. Y es que en el fútbol, como en el deporte en general y hasta en casi todos los órdenes de la vida, lo de los méritos está muy bien, pero lo que cuenta realmente son los resultados. Es decir, que si el Racing este año se hubiera salvado, desde luego que no nos hubiéramos preocupado demasiado en si lo merecíamos o no. Y si, finalmente, nos salva un golpe de despacho, bastante nos va a importar lo justo o injusto que resulte.

En cualquier caso, lo que resulta más habitual es perder sin merecerlo, pero no tengo noticia –aunque excepciones hay para todo– de ningún caso en el que el ganador de un torneo se haya despedido confesando que lo había hecho sin ningún merecimiento y pidiendo que se concediera la victoria al rival. Y es que, por mucho que te sonría la fortuna, para ganar siempre es preciso, como poco, ponerse a tiro.

¿Mereció el Racing el descenso esta temporada? Cierto que este juego no es una ciencia exacta, y pese a que resulta mucho más sencillo analizar a posteriori que pronosticar lo que ocurrirá en el futuro, la realidad es que, aunque el equipo estuvo a punto de salvarse hasta la última jornada, nunca salimos del furgón de cola. Se cuajaron algunos buenos partidos, e incluso muchas derrotas resultaron aún más dolorosas por la sensación de que los nuestros podrían haber hecho más. Pero cuando se suceden los resultados nefastos no puede ser una simple cuestión de suerte. Es más, cualquier espectador capaz de observarlo sin el prisma del forofo nos habría advertido que el desastre se veía venir.

Son los peligros de construir un equipo alrededor de una estrella. Y es que, paradójicamente, lo que todo club necesita, en el fondo puede acabar con él. Y nosotros lo teníamos. Se llamaba Koné, y no sólo nos sirvió para ascender a segunda sin el menor sobresalto, sino para convencernos de que había futuro en este Racing, diseñado a la medida de un velocista intratable, que por fin había afinado la puntería. Tanta era la confianza generada, que hasta él mismo se contagió, y ensayaba en pleno partido regates imposibles y jugadas de dibujos animados. Tenía sus cosas, sí –ese carácter colérico, siempre dispuesto a entrar al trapo a la menor provocación–, pero era nuestro hombre. Y en el Racing también lo vieron claro: apostaron por él manteniendo un bloque que funcionaba con un objetivo tan simple como efectivo: robar el balón y dárselo a Koné. En ocasiones, el fútbol es así de fácil. Paco Fernández lo sabía, y sobre esa piedra edificó su iglesia. Claro que no hacía falta ser Nostradamus para predecir qué pasaría si, no lo quiera Dios, Koné se lesionaba. ¿Y qué pasó? Pues que Murphy nunca falla. Y cuando el ariete se rompió, en la caja no había más que telarañas. Y el gol, en cualquier categoría, es un artículo de lujo.

Esta temporada, en cambio, estrenamos ilusiones. Tenemos un nuevo Racing sin necesidad de habernos deshecho de nuestro querido viejo club. Pero las cosas hay que hacerlas de otra manera, y el primero en verlo claro ha sido Munitis, reclamando que sea un grupo de expertos quien confeccione, junto a él, la plantilla. Seguramente, esta temporada tampoco estemos para demasiadas alegrías financieras, pero hacer las cosas bien es tan barato como hacerlas mal. El plan, si no ganar, tiene que ser, al menos, merecerlo. Manos a la obra.

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Dimitir a medias
Javier Menéndez Llamazares 21-06-2015 | 1:58 | 0

Tras ver pelar las barbas del fugaz concejal de la cultureta madrileña, algunos nos hemos tirado toda la semana rebuscando entre los miles de entradas y post publicados en blogs, los cientos de estados del feisbuk y los cuatro tuits que nos se han ido escapando en los últimos años. Pero después de sacar la tijera, el tipex y la goma de borrar y enredarse con centenares de columnas y artículos, al final no queda más que un leve desencanto; porque tonterías las puede escribir cualquiera, y hasta firmarlas, pero dar la campanada, aunque sea por la vía chunga –un ‘epic fail’, que dicen ahora los más enrollados–, no es tan sencillo.

Total, que textos que esconder bajo la alfombra, todos los que quieras, pero ni aunque sumes tanto desliz y tanto bocachanclismo, que lo hay, ni así le alcanza a uno para que le condene el Frente Popular de Judea o la mismísima convención de Ginebra, así que ya de lo de dimitir ni hablamos. Lo dicho: hasta para liarla hacen falta inspiración y fortuna. Que a trending topic no llega cualquier tontá, que va…

Pero la tormenta zapatista, aparte de seguir demostrando cómo el sistema se defiende de los que quieren cambiarlo desde dentro, también debería servirnos para comprender de una vez que, por mucho ciberespacio en que nos movamos, no todo está permitido. Una tontería es una tontería en la calle o en la red, pero el respeto hay que observarlo exactamente igual allá y acá.

Llevamos años tan entretenidos haciéndonos los listillos en cada post y comentario, que al final hemos sacrificado las normas elementales de convivencia simplemente para demostrar nuestro ingenio. Y al final insultamos igual que si estuviéramos acodados en el bar, sólo que no es lo mismo. El humor es un arte, pero reírse de los demás, aparte de consecuencias nefastas, no tiene ni puñetera gracia.

Vamos, que Zapata se pasó con los chistes, pero seamos justos: ¿cuántos de los que le critican con saña feroz no se desternillan con chistecitos machistas, racistas y homófobos? ¿Cuántos chistes crueles y humillantes se hacen del aficionado rival o contra el enemigo político? A lo mejor lo que sucede no es sólo que el semidimisionario concejal se pasó de frenada, tal vez va a ser que los españoles, en general, deberíamos hacérnoslo mirar.

Eso sí, de entre todas las lecturas que pueden hacerse de este asunto, la más decepcionante es que, en la política española, el verbo dimitir sigue conjugándose sólo en imperativo, aquel ‘quítate tú pa’ ponerme yo’ de toda la vida de Dios.

Irse a medias es más bien quedarse, como ha hecho el todavía concejal Zapata. Lo inconcebible es que su partido, que exige depuraciones a los demás, tolere el espectáculo de ver cómo quien prometía renovación se aferra a su cargo con uñas y dientes, como un político cualquiera.

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La hostia de Higuera
Javier Menéndez Llamazares 15-06-2015 | 2:18 | 0

La junta de accionistas del domingo ha resultado trascendental por muchos motivos, pero desde luego que tal vez el menos importante ha resultado ser, como poco, memorable. Nos referimos, cómo no, a la expresividad del nuevo presidente, que se ha saltado todos los protocolos para manifestarse de tal forma que nadie pueda dudar ni de su postura ni de su determinación a la hora de defender al Racing: hay determinados personajes de la historia negra del club a los que, como asomen por las instalaciones, los va «sacar a hostias», ha dicho en castellano viejo.

Para empezar, seguramente ha sido un calentón, que alguien del temple y la inteligencia de Manuel Higuera no defenderá fuera del acaloramiento del momento. Vamos, que quiso decir que empleará toda la autoridad que su legítimo cargo le otorga para mantener a los enemigos del Racing lo más alejados posible. Otra cosa es que, por mucha flema que uno quiera echarle, después de cuatro años bregando para rescatar al club antes de que lo esquilmasen por completo, en cuanto a uno le mientan la bicha pues la sangre se le calienta. Lógico. Lo preocupante sería lo contrario, la indiferencia, el ‘ya veremos’ o el ‘estamos trabajando en ello’, mientras el edificio centenario se derrumbaba ladrillo a ladrillo.

Sin embargo, y a pesar de las palabras gruesas y las formas un tanto impetuosas, el mensaje que lanza no podía resultar más contundente; de sobra sabíamos ya que la afición, el racinguismo de a pie, está concienciado y dispuesto a movilizarse para salvar a su club. Lo que nos faltaba, en cambio, era constatar esa firmeza desde dentro, desde la cúpula de la propia institución. El aviso a navegantes de Higuera es un puñetazo sobre la mesa que viene a borrar de un plumazo cualquier resquicio de un pasado vergonzante, que ya nunca podrá repetirse. Por supuesto que a nadie se le va a propinar el menor golpe, ni se va a ir más allá de lo dialéctico, pero tampoco vamos a negar que esta nueva filosofía en el Racing conecta con el sentir de buena parte de los aficionados. Estaremos en la división que nos toque, y con todos los problemas del mundo, pero seguimos siendo el Racing. Un respeto.

Eso sí, la advertencia iba para Eugenio Botas, que a fin de cuentas no es más que un actor secundario. Ni pensar quiero que les reservaría, de pretender asomar por los Campos de Sport, a Harry, a Berdejo o al mismísimo Pernía. ¡Respira hondo, Manolo!

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Pitadas
Javier Menéndez Llamazares 14-06-2015 | 1:58 | 0

Hace unos veinte años, los políticos alemanes andaban de lo más atareados con uno de esos asuntos banales que, como es costumbre, acaban adquiriendo una importancia tan capital como inexplicable. La cuestión, en concreto, consistía en qué poner en los sellos postales, tras la reunificación. Porque el país, oficialmente, se llamaba República Federal Alemana, pero en aquella época de la naciente corrección política no parecía de muy buen gusto recordar ni por asomo la antigua división entre la República Federal y la República Democrática. Hasta que, en medio del intenso debate, surgió la cordura y alguien cayó en la cuenta que igual sería mejor echar un vistazo al mundo real, ése en el que vivían los ciudadanos del país. «¿Qué canta la gente en los estadios cuando juega la selección? Desde, luego, no cantan ‘República Federal Alemana’, ¿no?», se preguntó el más avispado. Así que, sea o no una leyenda urbana, en los sellos alemanes ya sólo pone ‘Deutschland’, porque eso es lo que se grita en los campos de fútbol.

En España, en cambio, se gritan tantas cosas en los estadios que difícilmente cabrían en un sello. Y la mayoría de ellas casi mejor sería no transcribirlas; unas porque rebosan bilis, y otras porque son naderías carentes del menor interés, fuera del acaloramiento del momento.

Sin embargo, cada vez se producen más expresiones en los estadios que acaban abriendo debates sociales. Aunque no está muy claro si es que tienen tanto eco porque cada vez son más frecuentes, o si –la gallina y el huevo– se han puesto de moda debido a la amplificación mediática que reciben, por aquello de la necesidad de rellenar tanto espacio de información ‘deportiva’, y a la extraña y compulsiva obsesión que padecemos por replicar todo aquello que vemos en la tele.

En cualquier caso, la realidad es que últimamente da la impresión de que los españoles donde más –y no se sabe si mejor– nos expresamos es en las gradas de los campos de fútbol. Y, sobre todo, mediante música de viento, que es lo más socorrido.

Las pitadas al himno, por ejemplo, son ya un clásico de las finales de Copa del Rey, pero la novedad ha sido lo ocurrido el pasado jueves en León, donde la afición de la selección española ha repudiado a Piqué como si hubiera sido el mismísimo Oleguer Presas. Sin descartar que, adictos como somos al bipartidismo hasta en el fútbol, buena parte de la bronca quizá sea de cuño madridista, mucha de la ojeriza que ha despertado el catalán tiene su origen en las simpatías independentistas que Piqué airea sin tapujos.

Claro que, en lugar de escandalizarnos tanto por quién silba a quién, ya va siendo hora de preguntarnos qué es lo que está diciendo la gente, aunque tenga que hacerlo a gritos y en un estadio. Porque, si no, al final lo que sucederá es que acabaremos perdiendo todos.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es