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Fecha: mayo, 2015
De mala nota
Javier Menéndez Llamazares 31-05-2015 | 8:48 | 1

No, nos referimos a los resultados de los partidos tradicionales en las elecciones del domingo –que se han llevado las calabazas de los votantes, como los malos estudiantes–, ni del espectáculo de regateo que va a convertir las casas consistoriales en zocos –yo te doy, tú me votas…– que lo mismo nos depara alguna sorpresa. ‘Pide cambio’, decían los carteles de Ciudadanos en Santander; a ver si ahora que tienen la posibilidad, eligen suerte o muerte, que para acabar igual que siempre tampoco hacía falta cacarear tanto cambio.

En cualquier caso, no es de los ayuntamientos de lo que más se habla estos días, sino de otra tipo de casas, las de malvivir. El truculento suceso de ‘La Selva Negra’, con su poquito de lenocinio, de violencia, de drogas y suponemos que hasta de rock and roll –o de rumbas, que vaya a usted a saber qué banda sonora le pusieron a la farra– se saldó con un muerto y dos detenidos, que a punto estuvieron también de perder el cuello. Uno de esos casos que vemos a diario en películas y series de televisión, pero que fuera del recinto de la ficción, y a tan pocos metros de nuestra propia casa, como que tienen mucha menos gracia. No es lo mismo, desde luego, el vicio en Las Vegas o Miami que en la recta de Heras; como que lo que en pantalla se nos hace glamuroso, y aquí lo vemos más bien lleno de roña y chinches.

Y sin embargo, esa realidad degradada y repelente la tenemos aquí mismo, aunque parece que no la viéramos. Debe de ser algún tipo de miopía selectiva el que nos impide percatarnos de que a nuestro alrededor existe un mundo invisible, cuyas verdaderas dimensiones desconocemos, en el que todo tiene precio. Basta con dar una vuelta en coche por el extrarradio de Santander para toparse con una decena de clubes, curioso eufemismo que ha terminado por convertir las casas de putas de toda la vida en los puticlús que pueblan nuestros chistes.

Aunque gracia, la verdad, tiene más bien bastante poca; se trata de un submundo al margen de la legalidad, un limbo que, a ojos de los buenos ciudadanos, ni siquiera existe, pero que por un lado mueve una ingente cantidad de dinero, y por otro suponen un auténtico martirio para las que se llevan la peor parte, las mujeres que se ven abocadas, cuando no forzadas, a trabajar allí. La cuestión moral es algo aparte, absolutamente personal, pero convertir hacer negocio con la degradación de los demás es algo por completo inadmisible en un mundo que busca la igualdad y la justicia.

Lo verdaderamente triste no son las reyertas y la crónica negra; lo deplorable es que aún existan los clubes de carretera. Por mucho humor con que queramos mirarlo.

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Sufringuistas
Javier Menéndez Llamazares 28-05-2015 | 12:24 | 0

«En vez de racinguistas somos sufringuistas», comentó ayer José Carlos Fernández en el chat de la Peña Cossío. Y la verdad es que el peñista acertó de pleno, porque ya me dirán que es la historia racinguista –pasado, presente y futuro–, sino un paño de lágrimas… Sufrimos ayer y sufrimos hoy, pero eso no es nada comparado con lo que nos queda por padecer el día de mañana; como poco, sufriremos de lo lindo el domingo ante la Ponferradina, que aunque queramos olvidarlo fue el equipo que nos selló el pasaporte a segunda B hace dos temporadas. Y sufriremos como perros en Albacete, porque parece que está en el ADN del Racing lo de mantener la tensión hasta el último instante, casi al borde ya del infarto.

Aunque claro, puestos a sufrir, que sea como el pasado domingo, que eso sí es ‘final feliz’ y no esas frivolidades que anuncian por ahí. Y es que, visto que no estaba el presupuesto como para viajar a Soria –y los precedentes tampoco animaban mucho, ya que el que suscribe cuenta este año sus desplazamientos por derrotas–, tocó ‘disfrutar del encuentro a la antigua usanza, es decir, pegado al transistor. O a lo que sea que lleven hoy día las radios, que más bien deben de ser bit o bytes.

El caso es que el partido lo vimos a través de la narración de Pedro López, y tuvo más emoción si cabe que el resto de la jornada electoral, que ya es decir. Y tenía todos los elementos para la épica racinguista: un viejo conocido como rival, espíritu de contragolpe y la necesidad imperiosa de victoria, porque estábamos como siempre con el agua al cuello. Nos guste o no, ése es nuestro sino, el de vencer sólo en las situaciones límites, reaccionar en el último momento, tras un sinvivir entre el ser y el no ser… Esos son los partidos del Racing, un equipo que cuando lo tiene todo a favor, la pifia, y cuando ya está todo casi perdido, resurge de sus cenizas. ¿Sufrimiento? Qué va: se dice ‘racinguismo’.

Al final, es una escuela vital: poco se aprende si se gana siempre. Los nuestros no levantarán copas, pero no hay nada comparable a la emoción de salvarse.

Lo que sí debería tener en cuenta el club es la entrega de los aficionados esta temporada, porque Machado y Jaime Urrutia escribirían y cantarían lo que quisieran, pero viajar a Soria no era precisamente un plan irresistible para un domingo de elecciones. Y aún así, con el equipo sobre el alambre, en medio de una crisis y después de vaciar los bolsillos de la hinchada con la ampliación de capital, todavía medio millar de incondicionales se plantaron en Los Pajaritos haciendo caso omiso de las dos derrotas consecutivas de los verdiblancos. Desde luego, si de algo puede presumir el Racing es de una afición de primera; si cualquier tarde en los Campos de Sport es un auténtico espectáculo, en cada partido como visitante dan el do de pecho, asombrando a propios y extraños. No estaría de más que, cuando termine la temporada y por fin podamos sacudirnos toda la tensión acumulada, el club agradeciera al racinguismo un apoyo que va mucho más allá de lo que se espera de los aficionados. Fórmulas habrá muchas, desde los homenajes a los partidos de presentación, pero lo verdaderamente importante sería tener cualquier detalle, un simple guiño que demuestre que la política del club, al fin, ha cambiado, y que lo primero vuelven a ser los socios.

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Deporte para todos
Javier Menéndez Llamazares 24-05-2015 | 11:46 | 0

Es innegable que hoy día el deporte está más de moda que nunca. Y es que ese invento de la Grecia clásica que el progreso del siglo XIX permitió rescatar ha pasado de ser el entretenimiento de los privilegiados a una realidad omnipresente, que lo mismo sirve para la formación de las nuevas generaciones que como inmensa caja registradora, en forma de moderna mutación del ‘pan y circo’ romano. Y es que además de llenar el ocio, llena estadios, pabellones y más de un bolsillo, aparte de copar buena parte de los espacios publicitarios, que no son sino otra forma de hablar de dinero.
En cualquier caso, lo cierto es que nos educan con el deporte como referencia moral –la entrega, la solidaridad y el esfuerzo como valores–, y hasta nos examinan de ello en edad escolar, pero llega un momento en el que, tras separar el grano de la paja, todos los que no damos la talla para profesionales parece que sólo servimos ya como público.

Y es que se cuida con mimo el llamado ‘deporte base’; se fomenta que los críos practiquen cualquier disciplina, y hasta se costean con dinero público recintos y equipamiento deportivo. Todo perfecto, obviamente, pero, ¿qué sucede cuando uno llega a la edad adulta?

Con el deporte estructurado en forma de escuelas, y todas las facilidades orientadas en exclusiva para ello, intentar hacer deporte a partir de cierta edad no sólo resulta complicado por la falta de oferta, sino además de lo más costoso. ¿Es que los cuarentones –o treintañeros, o cincuentones, o los jóvenes de todas las edades– no tienen derecho a hacer deporte? ¿Por qué no se les ofrece las mismas facilidades que a los más jóvenes?

Hace un par de semanas, un equipo amateur de baloncesto cántabro –‘Tres Son Pasos’– ha vencido en el Masters de Dublín. Les hemos visto en la prensa, sí, pero todo, desde los balones hasta los billetes de avión, se lo han costeado de su bolsillo Alberto Díaz, Juancho, Fernando Martín y compañía. Como si el deporte fuera un artículo de lujo.

Y es que el estado se preocupa mucho de que dejemos de fumar o no caigamos en la obesidad, pero se olvidan de que hay otras fórmulas mucho más sencillas de favorecer un buen estado físico de los ciudadanos.

Esta idea de apoyar sólo la práctica del deporte hasta ciertas edades parece esconder una concepción algo perversa, la de que lo que persigue no es contribuir a la salud y a la formación integral de los jóvenes, sino que sólo se busca descubrir y ayudar a los futuros deportistas profesionales. Es decir, que en lugar del deporte, favorecemos el negocio. «Money makes the world go round», cantaban no sin acierto en ‘Cabaret’. Aunque Quevedo lo decía con más gracia: «Poderoso caballero es don Dinero».

 

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Mil millones de naufragios
Javier Menéndez Llamazares 23-05-2015 | 1:10 | 0

A uno se le escapan muchas cosas por la boca durante un partido de su equipo, sí, pero últimamente los racinguistas parecemos la versión futbolera del Capitán Haddock, aquel inolvidable personaje de Hergé que se pasaba la vida maldiciendo, aunque lo hiciera con términos para todos los públicos. Pero el torrente de lamentos, maldiciones, tacos e imprecaciones los aficionados sólo era comparable a la tremenda cara de circunstancias que se nos quedó a todos en los Campos de Sport el jueves, mientras veíamos cómo el Betis daba la vuelta a un partido encarrilado, y nos endosaba una lluvia de goles, a pesar de que el Racing estaba jugando mejor y, sobre todo, mereciendo más que los visitantes.

Mil millones de naufragios, rayos y truenos y todo lo que se nos ocurra maldecir es poco, porque por mucho que sepamos que el fútbol es un deporte injusto, era ya la segunda vez en una semana en la que la realidad acababa haciendo añicos el cuento de la lechera del racinguismo. Y es que es difícil no lanzar las campanas al vuelo cuando ves a tu equipo arrinconar al líder, y hasta adelantarse en el marcador, desplegando el mejor juego de la temporada y demostrando que sí había otra forma de hacer las cosas. El equipo de Munitis y Colsa por fin funcionaba, y además de forma espectacular. Al menos, en ataque, y siempre que no tuviéramos en cuenta que lo importante no es crear muchas ocasiones, sino convertirlas.

Porque la noche era propicia; el ambiente, pese a no llegar a media entrada, inmejorable, con la grada animando como una caldera a punto de entrar en ebullición y el equipo poniendo en duda las matemáticas que aseguraban entre los dos contendientes, más que una treintena de puntos, mediaba todo un mundo. Y a punto estuvimos de ponerlo patas arriba, cuando Mamadou Sylla volvió a justificar su fichaje con un remate inverosímil que acabó en las mallas. Durante tres minutos casi enteros nos vimos salvados, bailoteando al son de esa canción que suena ahora en las no muy habituales ocasiones en que el Racing marca un gol. Qué grande fue el Racing durante esos tres minutos, los minutos de la fantasía, en los que las calculadoras mentales empezaron a funcionar a toda velocidad: «¿a cuánto está el Osasuna?» o «¿Llegaríamos a alcanzar al Tenerife?». Esos pensamientos cruzaban por muchas cabezas entonces, cuando estábamos virtualmente salvados.

Lástima, eso sí, que no fuera el rival adecuado. Porque todo lo ocurrido entraba dentro del guión. ¿Acaso esperábamos derrotar a un Betis que ya está prácticamente en primera, o a un Sporting cuyos jugadores parecían velocistas en comparación con los nuestros? Las últimas dos derrotas entran dentro de la lógica del fútbol, la que dice que el mejor tiene todas las papeletas para ganar. Otra cosa es que esto no sea una ciencia exacta, y que a veces la entrega y la inspiración pueda suplir cualquier otra carencia. Aunque hay quien prefiere creer en dinámicas, en la suerte, o en el mal fario de tener en tribuna –cosas de la campaña electoral– a los candidatos a la alcaldía de la ciudad.

En fin, que nuestro momento no era contra el Betis o en El Molinón, sino en Soria, contra la Ponferradina el próximo domingo o en el desenlace en Albacete. Esa sí que será la hora de la verdad. Y viendo cómo atacaba el Racing el jueves, el estado de gracia de David Concha, la conexión entre Quique y Sylla, el empuje renovado de Iñaki y, sobre todo, el impulso imparable de los hermanos San Emeterio, resulta más que evidente que el Racing va a conseguir salvar la categoría.

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Entre la rivalidad y la simpatía
Javier Menéndez Llamazares 18-05-2015 | 11:07 | 0

Camino de Gijón, la A-8 ya no se desvía hasta Llanes. Y es que durante la última década, lo que antaño había sido feroz rivalidad se había convertido en una balsa de aceite, con tanto hermanamiento y tanta devolución de favores que más que un derbi norteño parecía ya un acuerdo de no agresión, el tan sobado ‘Pacto de Llanes’ que tantos ríos de tinta hizo correr hacia el Cantábrico.

Pero nada es para siempre, y al final aquella obra que parecía interminable terminó como suelen terminar estas cosas, con cintas y fotógrafos y un político detrás de unas tijeras dando por inaugurada una red viaria que convertirá La Franca, San Roque e incluso Llanes en simples nombres apuntados en un cartel, divisados a toda velocidad en la autopista, sin llegar siquiera a ser lugares de paso.

Claro que, por mucho que aquel presunto ‘pacto’ esté cada vez más lejos, lo que no ha desaparecido en modo alguno es la corriente de simpatía que une a verdiblancos y esportinguistas, a racinguistas y rojiblancos, que parece que por fin han superado viejas rencillas centenarias. Obra y gracia, por supuesto, de Manolo Preciado, cuya estatua al pie del Molinón parece la meca del racinguismo; seguro que pronto aparecerá en las guías turísticas como uno de los puntos de Asturias donde más fotografías se toman los visitantes, junto a la estatua de Woody Allen en Oviedo. Claro que allí nadie lleva esos sentidos ramos de flores con los que El Astillero recuerda a su hijo perdido.

En cualquier caso, el milagro del hermanamiento entre aficiones está más vivo que nunca, y pudimos comprobarlo el sábado, con un fenómeno que muy pocas veces se produce: tras un encuentro tan disputado y con tanto en juego, los visitantes deseaban a los locales el ascenso –este año sí– a primera, y los gijoneses consolaban a los cántabros con un «vais a salvaros, seguro» que, aunque no sume puntos en la tabla, sí al menos serviría para endulzar un poco el amargo camino de vuelta.

Pero, ¿y si hubiera sido al revés? ¿Y si hubiera ganado el Racing? No sabemos si, de haber ganado, nuestros vecinos habrían resultado tan simpáticos, o si alguno de los nuestros se habría alegrado de alejar del ascenso a un enemigo eterno. Lo que sí sabemos es que, durante unos brevísimos cinco minutos, la victoria fue nuestra. Y también a principios de la segunda parte, mientras Concha y Álvaro galopaban una y otra vez hacia Cuéllar, los más optimistas llegamos a pensar que podríamos llevarnos el partido, a poco que acertásemos en una contra.

Es cierto que el Sporting en la tabla se muestra inalcanzable, y que sobre el césped sus jugadores parecía velocistas, con una superioridad física por momentos insultante. Que con su salida en tromba al comienzo del partido amenazaban con pasarnos por encima. Pero luego, a la hora de la verdad, la pizarra de Munitis funcionó razonablemente bien –quién iba a sospechar que un Samuel hipermotivado iba a abarcar tanto campo, destruyendo en el borde de su área y luego presionando al portero en la rival–; tanto, que los goles rojiblancos habría que repartirlos a medias, porque difícilmente va a recibir nunca Guerrero otra asistencia como la que le regaló Mario con su errático despeje de puños, ni encontrará Bernardo tantas facilidades para empujar un saque de banda desde el área chica como le dieron el sábado sus antiguos compañeros de vestuario.

En fin, no pudo ser, y de poco sirve seguir lamentándose. Lo que sí nos valdría aprender de Gijón es la enorme fuerza que irradia un estadio abarrotado. Ojalá el jueves estuviera así El Sardinero.

 

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es