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Fecha: abril, 2015
Por qué amamos al Racing
Javier Menéndez Llamazares 20-04-2015 | 1:59 | 3

 

Cuántas veces se pregunta uno qué demonios tendrá este equipo para hacer que, vaya mal o vaya peor, su afición sea inquebrantable. Porque, como pez chico que siempre –o casi siempre– ha sido, son innumerables los disgustos que produce este club abonado a la desgracia cotidiana, cuando no a la paparda inexplicable. Y sin embargo, pese a este sufrir nuestro de cada día, ahí están sus fieles, que permanecen incansables, esperando el milagro. Esos mismos fieles capaces de celebrar el gol del honor como si fuera una victoria, y una victoria como si fuera un título. Es el sino de este Racing: sufrir hasta en los triunfos; no en vano, nació perdiendo, y eso por fuerza tiene que imprimir carácter.

Precisamente por eso, por haber conocido los infiernos del fracaso, el sabor de la victoria es diferente para los racinguistas. ¿Qué es ganar para un culé o un merengue, sino pura rutina? Una mera costumbre, que deja el interés de cada jornada apenas en acertar lo abultado de la goleada de rigor. Y hasta de ganar se aburre uno; o al menos eso dicen, porque los verdiblancos, exceptuando algún paso fugaz por la segunda B o la tercera, apenas hemos podido experimentar esa sensación.

De perder, por el contrario, sabemos mucho más. De encadenar derrotas y del color del farolillo, de sacar la calculadora cuando se acerca el final de la temporada y hasta del cuento de la lechera. Hasta de ver aquel anuncio de los colchoneros en que el hijo le preguntaba al padre por qué eran del Atleti, y sonreírse pensando en qué sabrán ellos lo que es ser ‘el pupas’…

Así que cuando el Racing, después de esperar a estar contra las cuerdas, decide por fin sacar su grandeza en el momento más inesperado, lo hace para demostrar que la épica nunca pasará de moda. Que no importan todos los peligros, todas las ruinas y todas las amenazas de liquidación: hay sentimientos indestructibles.

Cuando David Concha, en la noche del sábado, consiguió rematar a la red el rechace del portero lucense, estaba haciendo algo más que marcar un tanto. Lo sabíamos los diez mil que saltamos como posesos al ver entrar el gol, lo sabían los racinguistas de corazón que no podían estar allí, y lo sabía el propio Concha: cuando entre lágrimas se fundió con La Gradona en un abrazo no celebraba su gol, estaba dando vida a una comunidad que necesita mantener sus señas de identidad para no renunciar a ser ella misma.

La imagen del partido, la que todos los redactores jefe encargaron a sus fotógrafos, estaba en los banquillos, con dos mitos del racinguismo, uno a cada lado. Si Quique Setién es el último romántico del fútbol, con una forma diferente de entender este deporte dentro y fuera del campo, Pedro Munitis es la entrega absoluta y el profesionalismo. El sábado estuvieron en bandos distintos, aunque apenas noventa minutos; nada más terminar el partido, Setién volvió a incendiar los corazones de los racinguistas, aunque no sabemos si llegó a tocas sus carteras, zona todavía más sensible.

Pero en la fiesta de los dos colosos se coló David Concha, tal vez para regalarnos una premonición, mostrándonos cómo podría ser el Racing del futuro: Quique Setién en la dirección deportiva, Munitis en el banquillo y Concha en el ‘prao’, llevando unos galones para los que cada vez hace más méritos.

El sábado noche, más que fiebre, hubo suspense; ese sufrimiento interminable del que sabe que perder es morir. Sin embargo, tocaba milagro, y no lo esperábamos. Sólo por estos momentos de gloria merece la pena.

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El ángel caído
Javier Menéndez Llamazares 19-04-2015 | 7:08 | 0

Cuando Rodrigo Rato, el hombre que pudo reinar, estudiaba en Berkeley lucía una frondosa media melena de leve regusto hippy, algo así como un precedente del peinado Aznar que tanto éxito tuvo entre el pijerío patrio hace una década. Nada que ver, claro, con esa frente despejada con la que se ganó la fama de rey Midas en los noventa, merced a un milagro económico que su partido se autoatribuyó, menospreciando la importancia de Elliot y sus ondas del ciclo económico.

Sea como fuere, el bueno de Rodrigo ha pasado de ser el rostro de la excelencia –él salvó la última crisis, o eso nos vendieron durante décadas–, a convertirse en el chivo expiatorio de la crisis y el blanco del lógico descontento popular, críticas y recochineo incluidos.

Durante mucho tiempo pensamos que el destino de Rato lo había torcido Aznar, con la famosa libreta azul en la que estaba escrito –imaginamos que con tinta de oro– el nombre de su sucesor. Claro que en las memorias del expresidente desvelaba que Rajoy sólo había sido la segunda opción, después de que Rodrigo, como Pedro en el calvario, le negara dos veces. A buen seguro, esperaba mejores destinos, y la Moncloa se te tiene que hacer poca cosa frente a la posibilidad de tocar la campana de Wall Street como si tocaras la ‘happy hour’ de la economía mundial. Claro que entonces no sabría que la dirección del FMI aparejaba algún tipo de maldición; la sufrió primero Köhler, que tuvo que dimitir como presidente de Alemania por exceso de sinceridad –dejó entrever intereses económicos en la intervención militar prevista en Afganistán–, y la sufriría más tarde Strauss-Kahn, por asuntos de bragueta. A Rato, por su parte, le acusan de fraude y alzamiento de bienes; delitos de cuello blanco, sí, pero que le van a suponer una temporada entre rejas, y quien sabe si la ruina económica. Triste final para el rostro del capitalismo, aunque podría haber sido peor: podrían haberle acusado de crear la burbuja inmobiliaria, de la congelación salarial, de la privatización de España, S.A., o incluso del tongo de las facturas de la luz. Pero de eso parece que va a librarse, no sea que la realidad haga desteñir el cuento de la edad dorada.

Lo curioso es que nadie se diera cuenta de que algo fallaba con Rodrigo; alguien capaz de sacarse el doctorado durante su mandato como ministro, o es un genio con el poder de multiplicar el tiempo, o es un fraude. Le salvaba, claro, su ‘ángel’. Tal vez haya sido el único político popular con verdadero encanto personal; lo que no sabíamos es que no sólo era pícara su mirada, sino que la picaresca también acabaría salpicando su propia biografía, hasta convertirle en el ángel caído del neoliberalismo.

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Sanidad
Javier Menéndez Llamazares 12-04-2015 | 11:08 | 2

 

Al final va a resultar que es verdad eso de que ponemos más empeño en quejarnos que en cualquier otra cosa, pero lo cierto es que, a pesar de todas las trabas que debe superar constantemente, los españoles disfrutamos de una sanidad por la que deberíamos sentirnos agradecidos.

Porque, las cosas como son, cada vez que por cortesía de la política de miseria que padecemos nos toca esperar tres o cuatro horas, o cuando nuestro padre se pasa un día en el pasillo por falta de habitaciones, todos echamos pestes del sistema, pero cuando la situación se pone realmente seria, ¿qué sería de nosotros sin nuestra sanidad pública? O, más exactamente, sin los profesionales que trabajan en ella, que no es exactamente lo mismo.

Hoy, por ejemplo, el doctor José Carlos Fernández, un cántabro que lleva casi dos décadas obrando milagros en forma de trasplantes en el Hospital de Oviedo, y otros quince compañeros de su equipo llevan todo el día renqueando de sueño, porque las donaciones llegan cuando llegan, y les tocó levantarse a las cuatro de la mañana para recibir un hígado que llegaba en avión desde Canarias. Personas que, cuando se quitan la bata de cirujanos, anestesistas, enfermeras, auxiliares o celadores, tienen una vida privada que disfrutar y, sin embargo, están dispuestas a cualquier esfuerzo, incluso cuando es más que probable que la administración nunca se lo reconozca ni agradezca.

Es más, casi se diría que el plan general fuera sabotear el sistema hasta lograr su colapso, y así dejar el campo libre a la iniciativa privada, en un ámbito en el que privatizar de golpe resultaría tremendamente impopular. Y es que, en apenas un siglo, los españoles podríamos pasar de la caridad a la asistencia universal, y vuelta a los tiempos de Dickens, donde impere la ley del más fuerte y del que tenga la cartera más grande. El pastel de los seguros y los hospitales privados debe ser grande y apetitoso, pero por mucho que deseen repartírselo, es intolerable el estrangulamiento al que someten tanto a los empleados como a los usuarios del sistema sanitario.

Es obvio que todo el entramado sanitario se sustenta gracias al presupuesto, pero no es menos cierto que, en un sector cada vez más castigado por la avidez de los políticos, que recortan sin piedad como si todos pudiéramos acceder a los mismos seguros privados de los que ellos disfrutan, de no ser por el valiosísimo capital humano de que dispone la sanidad española, las cosas no es que no funcionarían tan razonable bien como lo hacen, sino que incluso estarían completamente colapsadas.

Más allá de las estrecheces, nuestro bienestar se fundamenta en la enorme generosidad de muchas personas, a las que nadie les da la gracias nunca. Unos criticamos y otros les asedian, con intenciones de lo más sospechosas. Sin embargo, al final, estamos en sus manos. Y, por suerte, son las mejores manos.

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Pezones
Javier Menéndez Llamazares 05-04-2015 | 7:01 | 0

Afirmar que últimamente internet se ha llenado de pezones, más que escandaloso, podría resultar inexacto; basta con echar un vistazo a las estadísticas de visitas para saber que, muy por encima de las fotos de gatitos, el mayor tráfico de bits lo protagonizan archivos a los que hace medio siglo les habrían puesto varios rombos.

Sin embargo, lejos de las imágenes subidas de tono que tanto abundan, la fiebre de esta semana es publicar fotos de pechos femeninos, preferentemente propios. En concreto, de pezones, como parte de la campaña mundial ‘freethenipple’.

Aunque todo arranca con un movimiento social estadounidense, y un posterior documental que apoya la causa, la amplificación vía twitter les ha llegado cuando una diputada islandesa ha decidido unirse a la iniciativa con una instantánea de su pezón izquierdo que, según ella misma asegura, se ha hecho ya más famoso que su cara. Todo un éxito instantáneo, que ha provocado un aluvión de nuevas fotos de mujeres mostrando con orgullo esa parte de su anatomía, en una divertida mezcla de reivindicación y descaro.

Claro que no se trata de un paso más en la moda del ‘selfie’, sino que la idea consiste –al menos, en su origen– en llevar a primer plano una situación que consideran discriminatoria: que las mujeres no puedan mostrar sus pechos en público con absoluta libertad, igual que lo hacen los varones. En la web del movimiento incluso tarifican la pena: dos mil quinientos dólares cuesta la broma en Louisiana, y eso si la cosa no se pone seria, porque puede significar hasta tres años de cárcel.

Lo cierto es que tomar postura en este debate puede resultar de lo más delicado: declararse enemigo o defensor de los pechos femeninos, más allá del tono jocoso, es entrar en un terreno minado, en especial para un observador masculino. Resulta difícil entender que a alguien pueda ofenderle su visión, pero si uno admitiera que disfruta con su contemplación estaría caminando peligrosamente sobre el alambre del sexismo. Conseguir la igualdad entre hombres y mujeres en este aspecto va a resultar muy complicado; al menos, mientras los varones sigamos considerando excitantes las glándulas mamarias de nuestras compañeras de especie.

En cualquier caso, esté uno de acuerdo o no con el fondo del asunto, lo cierto es que las formas no podían resultar más idóneas, al menos para llamar la atención. ¿Qué mejor forma de acabar con la indiferencia general que recurrir al reclamo sexual? Desde el 68 para acá, no han sido pocas las ocasiones en las que se ha utilizado. Y siempre con éxito. De hecho, hace una década, una revista de curiosidades científicas publicó una portada, sin conexión con el contenido, en cuya portada sólo aparecía la palabra ‘Sexo’, en blanco sobre negro. Quintuplicaron las ventas. Y sin enseñar ni un pezón.

 

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es