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Fecha: marzo, 2015
Mochilas cargadas
Javier Menéndez Llamazares 29-03-2015 | 7:58 | 0

A medio camino entre la devoción y el papanatismo, los padres del siglo XXI nos hemos convertido en una especie de chóferes, pululando por las ciudades y colapsando el tráfico, para que nuestros adorados retoños no se pierdan ni un minuto de sus múltiples e interminables extraescolares, ésas que nos esquilman la cuenta corriente y además los chiquillos suelen hacer a regañadientes.

Será una especie de ley de la compensación universal, pero es gracioso que los niños del baby boom –o del ‘pollo frito’, que decían para reírse de Ramoncín antes de que se metiera en la SGAE– nos pasáramos el día desgastando suela de zapato, y ahora a nuestros hijos no les dejemos ni oler la calle sin vigilancia.

El problema, claro, es que tampoco tendrían tiempo; además del fútbol, el ballet, las clases particulares o lo que sea que se nos haya ocurrido para llenar sus tardes, el tiempo libre de los niños ha decrecido hasta casi esfumarse; un poco, lo que ocurrió con las familias numerosas, que hubo que hacer trampa reduciendo los requisitos, para que no pasaran a ser un recuerdo del pasado.

Y luego, para colmo, están los deberes. Esa pesada carga es hoy día más literal que nunca, porque hay que ver lo que pesa una mochila escolar; los pobres se ven obligados a arrastrar ese lastre a diario, como si la calidad de la educación fuera una cuestión de peso. Así, se pasan las jornadas transportando papel a sus espaldas, de casa a clase, del colegio a casa o la academia, y luego vuelta a empezar la tortura de Sísifo. Tiempo es ya de que, en medio de tanta ley protectora, se empiece a velar por las espaldas de los estudiantes, que aunque sea a regañadientes soportan toda la cultura humana condensada en unos volúmenes que pesan como piedras –y en muchas ocasiones resultan igual de aburridos–.

Su rebeldía, claro, es estirar las correas y bajar el punto de gravedad, que aunque estropee la columna, o precisamente por eso, tiene más ‘swag’ –que en traducción para los padres quiere decir que ‘es más vacilón’–, pero lo cierto es que cargan con tantos libros porque en los colegios les exigen demasiados deberes, como si no hubiera nada más que hacer en toda la tarde.

Personalmente, siempre he opinado que las tareas para casa, los odiados deberes, son sólo un indicio del fracaso educativo: si tienes que aprenderlo tú solo en casa, ¿qué demonios ha hecho el profesor durante una hora? ¿Perder tu tiempo y el suyo? Repasar y aplicar conocimientos está bien, pero esa prolongación del tiempo de aprendizaje se roba al ocio y a la vida familiar y social, que son tanto o más importantes que el desempeño académico. Esa es, tristemente, la evaluación continua: además de robarte las tardes: al final sigue habiendo exámenes. Una auténtica estafa.

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 29 de marzo de 2015]

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Desde un asiento vacío
Javier Menéndez Llamazares 24-03-2015 | 5:55 | 0

En cada partido en Los Campos de Sport, ante la aplastante mayoría de localidades vacías, siempre se pregunta uno qué podría estar haciendo a esas horas mejor que ir a sufrir en este templo sardinerino del casi, casi y del a puntito. Y no es cuestión de duda metódica, sino de la lógica de que, cuando ya has apoquinado una cantidad de euros más que respetable, ¿por qué no acudir?

Cuesta pensar que alguien compre unas entradas para el cine, o para un concierto, que tienen un precio parecido, y luego deje colgado al señor Grey con sus sombras o a Melendi echando humo. Con los encuentros del Racing, en cambio, sucede lo contrario: hay más absentismo que en los institutos y las facultades de mis años de estudiante, cuando muchos se sacaban la carrera desde el bar, jugando al mas y pidiendo a última hora apuntes prestados.

Claro que predicar es sencillo, pero cuando a uno le toca dar trigo… Y este fin de semana, dos de los asientos vacíos llevaban llevaban mi nombre y el de Esther, que no se pierde un partido desde que vino el Sporting y le cogió el gusto a eso de sufrir en las gradas racinguistas.

Es en casos como este cuando das en pensar que, a lo mejor, los ausentes no lo son por gusto, sino que a la fuerza ahorcan; entre los horarios de locura y los mil compromisos en los que todos estamos inmersos, a veces no hay manera de llegar tiempo de gritar el ‘presente’ que uno querría cuando pasan lista.

Y lo cierto es que lo pasa uno fatal en esos casos; con el carnet quemando en el bolsillo –porque dice eso de ‘personal e intransferible’, que nunca lo miramos, pero sí que lo pone–, te pasas toda la semana trazando mentalmente planes alternativos para tratar de librar el domingo y no perderte el partido; y cuando ya lo das por imposible, recurres a la televisión, bendita y maldita, a la que seguramente debemos buena parte de las dichas y desdichas del fútbol moderno.

Eso sí, demos gracias al invento de Kirchoff, porque gracias a esas invisibles ondas electromagnéticas y a las seiscientas veinticinco líneas el domingo a las doce el que suscribe podía estar comiéndose las uñas como el que más, sólo que en lugar de en su asiento roto de El Sardinero estaba en un butacón del San Francisco, en Guardo, tomando caldo castellano y croquetas de jamón. Que sí, que no es lo mismo que sentir cómo el estruendo de la Gradona te hace vibrar los tímpanos, ni sirve de nada abroncar al árbitro como si fuera Rajoy dando una rueda de prensa por el plasma, pero lo que es nervios los pasas como el que más.

Si, de paso, tienes un buen amigo del Zaragoza, y te pasas el partido comentando las jugadas por mensaje, un poco se te espanta la pena de no haber podido fichar como manda el reglamento. Lo difícil, claro, viene cuando la televisión enfoca la grada, y ves que donde deberías estar tú, sólo hay vacío.

Eso sí, para lo que pasó sobre el verde, para eso no hay consuelo. Mi amigo Ignacio, desde la resignación, se lamentaba de que traían más titulares que suplentes, y en la primera cantada colectiva de defensa y guardameta ya se empezaba uno a relamer, porque no había manera de distinguir qué equipo estaba en descenso y cuál aspiraba a liguilla.

Claro que luego vendría lo inevitable, el error estúpido de un gran portero y un buen defensa, y la inoperancia de cara a puerta. Un clásico racinguista… Porque cuando uno piensa en lo poco que rascó aquí el pichichi Rubén Castro, o que al Juanmi fallón de 2013 le ha llamado Del Bosque, cuesta creer que no nos persiga alguna maldición bíblica. Y, al final, como a los malos estudiantes, nos toca pedir prestado y apurar a última hora, a ver si conseguimos aprobar aunque sea en septiembre.

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Monopoly
Javier Menéndez Llamazares 22-03-2015 | 7:18 | 0

Seguro que más de uno hemos recibido con alborozo la noticia del próximo lanzamiento de la versión cántabra del Monopoly, ese juego de partidas interminables que los mayores llamaban ‘el palé’ y que nos retrotrae a una época en la que más tecnológico que conocíamos eran las máquinas de petaco, que tenían lucecitas de colorines que se prendían al golpearlas la bola.

En cualquier caso, la alegría no viene de que la casilla de la cárcel vaya a poner ‘El Dueso’, sino porque esta va a ser la única manera en la que podamos hacernos con una propiedad inmobiliaria en Santander, porque por mucha crisis y mucho pinchazo de la burbuja que haya, lo de comprarse un piso entre el Pesquero y Cueto para el común de los cántabros viene siendo poco menos que imposible en la última década.

Y desde luego, soñar no es exactamente gratis, pero por las cuatro perras que costará el juego –a menos que saquen la versión ‘Nostalgia’, con caja de madera y quién sabe si billetes con la cara de Revilla o Nacho Diego–, cómo no fantasear con mudarse a una choza resultona… Cada uno tendrá, obviamente, sus preferencias; tal vez La Magdalena o en la primera del Sardinero, o incluso el Palacete del Embarcadero, para los más marineros. O la terraza de Manolo Arce en Barlovento, justo frente al Puntal, o incluso el piso de habitó Germán Gullón en El Muelle.

Claro que el que suscribe se conformaba con cualquier cosa que no fuera un sexto interior y sin ascensor, siempre que se lo dejaran pagar con billetes del Monopoly. Y es que Santander, más que elitista, se ha vuelto impagable; no es de extrañar que no deje de perder población, pero no porque los jóvenes prefieran descubrir la provincia, ni porque hayan mejorado las comunicaciones, sino porque tenemos precios alemanes y salarios griegos.

Eso sí, si cuaja esta curiosa tendencia de revertir lo global hacia lo local –el Monopoly siempre había sido centralista, sólo con calles de Madrid, hasta que el bipartidismo ibérico propició una edición catalana–, no estaría mal que se hicieran versiones montañesas de otros juegos de éxito; por ejemplo, cuando a uno le dan cita a once meses vista para un especialista, que menos que consolarse con un ‘Operación’ que tenga en las sábanas del paciente el logo ese raro de Valdecilla, porque es lo más cerca que va a estar del hospital ese año. Un ‘Trivial’ con preguntas pasiegas, un tragabolas ambientado en el Parlamento regional, un ‘Intelect’ en el que las terminaciones en ‘u’ puntúen triple, un ‘Quimicefa Solvay’, o un ‘Cluedo’ para saber quién está matando al Racing.

Aunque esta temporada lo que más apetece es un ‘Quien es quién’, a ver si por fin  nos enteremos de quiénes serán los candidatos de Podemos en Santander.

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Cigarrillos de marca blanca
Javier Menéndez Llamazares 15-03-2015 | 7:38 | 0

Mucho se habla de la fe del converso, pero a muchos de los que nos despedimos prematuramente del vicio del pitillo, más que el espíritu de Torquemada, lo que nos invade de cuando en cuando es una tremenda nostalgia de cuando nos perfumábamos con aromas de rubio de Virginia, de negro canario o incluso de habano con vitola. A mi tío Ángel Córdoba, por ejemplo, desde que le hicieron dejar de fumar lo que más le gustaba en el mundo era que alguien a su lado prendiera un buen cigarro; por un Montecristo, era capaz de caminar detrás del fumador durante manzanas enteras. Sería, claro, humo de segunda mano, pero no dejaba de resultarle una bendición para los sentidos.

Otros, en cambio, nos conformamos con soñar que fumamos –incluso, cartones enteros–, y disfrutamos con gesto pecaminoso el olor de una cajetilla recién abierta. No falta, incluso, quien se sorprende cogiendo el bolígrafo como si fuera un cigarrillo, o echando mano al bolsillo en busca de sus ‘trujas’, incluso cuando hace una década que ese bolsillo está, invariablemente, vacío.

Y mira que lo teníamos casi olvidado, pero esta semana se ha vuelto a hablar de tabaco en los medios de comunicación y, como siempre, para dar coba a la mano dura que se ha vuelto norma en las últimas décadas. Al parecer, a los británicos les van a imponer la misma restricción extraña que ya inventaron en Australia: eliminar todo diseño de los paquetes de tabaco, que sólo llevarán por fuera maldiciones gitanas y fotos de los desmanes y quebrantos con que los adictos a la nicotina aumentan las estadísticas del gasto sanitario.

Que no es que vaya a defender uno el derecho de cada cual a aspirar el humo que le apetezca –que tampoco estaría de más recordar que la libertad no es sólo privilegio de las empresas–, pero al menos una lanza habrá que romper por la estética… ¿Es que acaso el plan de los antitabaquistas es que los incondicionales del Malboro o el Camel acaben desistiendo del vicio, a fuerza de equivocarse y tragarse Habanos y BN por error?

Que los colorines son un gran reclamo lo descubrió hace un siglo la cocacola, y hace menos un banco español, que parecen querer patrimonializar el color rojo; pero también ocurrió hace tiempo algo parecido, cuando la fábrica de Chesterfield se quedó sin color verde –restricciones de la guerra mundial–, y su cajetilla descolorida se convirtió en un icono mundial.

En esta época de genéricos y marcas blancas, podrán dejarnos sin color, incluso sin diseño, pero, más que acabar con el tabaquismo, con lo que van a acabar es con los fumadores, pero por puro aburrimiento.

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El efecto Munitis y Colsa
Javier Menéndez Llamazares 09-03-2015 | 7:06 | 0

Imaginar la irrupción de Munitis y Colsa la semana pasada en el vestuario verdiblanco tiene que ser lo más parecido a un seísmo, uno de esos capaces de abrir fallas en la corteza continental y provocar más de una erupción volcánica.

Si para los aficionados fueron nuestros modernos prometeos –aquella vaselina a Casillas en El Sardinero y la posterior celebración, o el gol antológico de Colsa en París son el mayor alimento de los sueños racinguistas de este siglo–, para los jugadores la sensación tiene por fuerza que multiplicarse: ¿qué mejor guía podrían tener en el banquillo?

Más allá del tópico –a nuevo entrenador, victoria segura–, en esta ocasión no basta con recurrir a la fortuna para explicar que un equipo que hace una semana parecía condenado al desastre, el domingo renaciera con fuerza suficiente para arrollar al rival sin que apenas llegara a inquietarle. Poco importa que enfrente estuviera un Osasuna en hora bajas –que también buscaba un revulsivo con el cambio de entrenador, por cierto–; lo cierto es que el Racing saltó al campo con una actitud bien distinta, transmitiendo un fe absoluta en sus posibilidades y dispuesto a doblegar a cualquiera que se le pusiera por delante. Lo curioso es que la nómina de titulares fuera prácticamente la misma que el resto de la temporada ha ido naufragando partido tras partido. ¿Qué pudo haber motivado esta metamorfosis, radical y casi milagrera?

Durante casi una década, Gonzalo Colsa y Pedro Munitis imprimieron al Racing su impronta de entrega y humildad. Tal vez ellos no acaparasen los titulares y los flashes de los fotógrafos, ni firmasen la estrategia, pero si hubo una constante en los mejores años en la élite del club fue la presencia indiscutible de un tándem que no sólo resultó imprescindible, sino que hizo que todos los entrenadores que fueron sucediéndose terminaran por modificar sus sistemas de juego para adaptarse al estilo impuesto por las características especiales del ocho y el diez, dos jugadores que constituían la columna vertebral de un equipo que, más que al talento –que lo había–, se encomendó siempre al trabajo incansable y la voracidad por el triunfo.

Algo tienen, desde luego, estos dos jugadores, que les permitió en su día seducir a la grada, y ahora desde el banquillo conectar con unos futbolistas que hasta ayer parecían no creer en sus posibilidades. Tal vez saberse bajo la batuta de dos grandes, dos históricos, produzca esa espiral de confianza que permite afrontar cualquier reto. Pero también el especial carácter del tándem puede tener mucho que ver.

Estamos acostumbrados a ver a un Munitis irreductible, luchador hasta la extenuación y competitivo hasta más allá de imaginable. De Colsa siempre se habló como un diésel, de arranque lento pero incansable y de fiabilidad más que alta. En la distancia corta, sorprende la tranquilidad que irradian; especialmente el delantero, de carácter volcánico sobre el verde, resalta por su tranquilidad, por su gesto pausado y, una vez superadas la barreras de la timidez, su cercanía, poco habitual en un futbolista verdaderamente de élite. Claro que eso no engaña a nadie: en sus ojos brilla la picardía incendiaria de los apasionados. Colsa, por su parte, destaca por su espíritu analítico y una inteligencia que le permitía ser una especie de entrenador sobre el campo mucho antes de ocupar los banquillos.

Que su influencia ha resultado decisiva para variar el rumbo del equipo parece evidente. Ahora sólo hace falta que la fe del vestuario se expanda, como una especie de guerra santa, hacia la grada –que a pesar de la tristeza por Paco, apoyó sin fisuras el nuevo proyecto– y, sobre todo, hacia una sociedad que no debería dejar morir al Racing.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es