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Fecha: febrero, 2015
La fiebre Grey
Javier Menéndez Llamazares 22-02-2015 | 11:03 | 0

Por mucho empeño que uno ponga en el intento, estos días ha resultado imposible abstraerse del fenómeno comercial de la temporada, la llegada a los cines de la primera entrega de las ‘sombras de Grey’.

Lo cierto es que, si ya causó su revuelo hace un par de años la explosión editorial del llamado ‘porno para mamás’, era evidente que la maquinaria promocional de la fábrica de sueños californiana iba a despertar la mayor de las expectaciones en torno a una cinta que prometía ser tórrida hasta derretir al más tibio de los espectadores. O espectadoras, porque en este caso el reclamo morboso no estaba en el público masculino, objetivo habitual de las producciones subidas de tono, sino en el femenino; está claro que la igualdad, como en el reparto de la pobreza, se  construye desde abajo. En este caso, desde las más bajas pasiones.

Sin entrar a valorar demasiado lo paradójica que resulta una época en la que por un lado se plantea la liberación de la mujer de los roles impuestos por el machismo, mientras que a la vez se nos vende como el sumun del erotismo la sumisión más absoluta, con grilletes y fusta de por medio, lo cierto es que la industria ha vuelto a dar con esa conexión subconsciente que consigue avivar el deseo hasta tocar la fibra más sensible de los espectadores, que en realidad no está en el corazón, como erróneamente creíamos, sino más bien en la cartera, que es la que en definitiva pretenden abrir los productores de la película, como quien pone agua a hervir para que se abran los bivalvos.

Así, el San Valentín más caliente de los últimos tiempos llenó los cines como en los tiempos de ‘El último tango en París’, con idéntico reclamo lúbrico pero con resultados artísticos muy diferentes. Y es que la tremenda ola de calentones que ha despertado la saga Grey, por muy simpático que pueda resultar imaginarse a media población en sus ensoñaciones erótico-festivas, lo único que nos demuestra es el escaso nivel de exigencia que tenemos como público.

Poco importa lo nimio de la historia o lo tópicos que resulten los personajes: en el arte todo vale, mientras conecte con el espectador. Claro que, para ello, hace falta que éste sea tan virgen como la señorita Steel, al menos literariamente. Quien haya disfrutado con ‘El lector’ o con ‘En brazos de la mujer madura’ –o con ‘El amante’, me apunta mi amiga Cinta– difícilmente podrá ver en Grey algo más que folletín y atrezzo pomposo. Eso sí, si sirve para que algunos pisen una librería por primera vez en años, bienvenidos sean Grey y toda la pirotecnia del marketing.

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Lo que es gratis
Javier Menéndez Llamazares 15-02-2015 | 11:00 | 0

Hace unos días se presentaba en Santander un nuevo fanzine, Spaceship Magazine, y aparte de la sorpresa de que a los más jóvenes, más que el digital, les ‘pone’ el papel, conversar con Adrián Alegre, el editor, supuso confirmar que hay cosas que nunca cambian. En concreto, el espíritu rabiosamente aventurero de una edad en la que es obligatorio, si no cambiar el mundo, sí al menos intentarlo.

Y es que, como si no quisiera apearse de esa nave espacial en forma de revista, Adrián aseguraba que los colaboradores de este primer número cobrarían por su trabajo, aunque fuera poco. Claro que, en estas cosas, la cantidad es lo de menos: lo realmente estratosférico, de otra galaxia realmente, sería que alguien cobrase. Porque hay ciertas actividades que no se hacen por dinero, o más bien que se hacen aunque nadie te pague por ello, pero eso no significa que, como a veces tendemos a pensar, en realidad no valgan nada.

Circula estos días por la red un microcómic en cuatro viñetas en la que un cliente encarga diseñador resuelve con tres trazos un logotipo, y el cliente asombrado le pregunta que cómo va a cobrarle tanto por apenas diez minutos de trabajo. El diseñador, no sin desdén, tiene que explicarle que para poder hacerlo ha necesitado previamente diez años de formación técnica y estética. Y se diría que es una cuestión de Pero Grullo, pero la opinión de que ciertos trabajos, directamente, ‘no valen nada’ está de lo más extendida. Sucede con la labor de lo que hacen la música que nos pasamos de unos a otros, desde que inventó el casete nada menos; con las imágenes que tomamos de internet sin ni siquiera plantearnos que tal vez sean de alguien y que le costó un esfuerzo realizarlas, o con textos que copiamos con la misma delicadeza que un pelotón de fusilamiento. Sucede algo así como con los amigos informáticos, a los que siempre les pedimos “favores” pero luego jamás les preguntamos qué les debemos.

Y es que, en una interpretación demasiado generosa del derecho a la cultura y a la información, hemos acabado entendiendo que por encima de la autoría está la libertad del espectador, y acabamos por ver lo que antes era arte –fuera música, literatura, cine o cualquier otra expresión creativa– como un mero “contenido”, palabra maldita que cosifica la creación hasta convertirla en pura mercancía carente no ya de alma, sino incluso de valor. Se diría que exigimos una especie de barra libre de cultura, como si otro fuese a pagar la factura. Antes, cuando el mundo parecía funcionar, la costeaba el estado. Tal vez fuera entonces cuando nos acostumbramos, cuando empezamos a pensar que todo era gratis. Curioso, en un mundo donde pagamos por la vivienda, por la ropa y hasta por la cerveza, que lo único que creemos gratuito sea lo que no se puede producir a máquina.

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El ayudante del ayudante
Javier Menéndez Llamazares 08-02-2015 | 10:58 | 0

Se diría que todo vale en estos tiempos de sequía laboral, más pertinaz aún que aquella a la que se achacaban las hambrunas en los años más grises del pasado siglo. Claro que, con tanta moda retro, el pasado regresa con fuerza, y lo mismo que las nevadas parecen competir con el relato mítico de las batallitas familiares –el ‘aquellos sí que eran inviernos’ de padres y abuelos–, también el triste sino de ganarse el pan de cada día se empeña en helarnos el corazón resucitando fantasmas que creíamos desterrados.
En esta España que, dicen, se recupera, parece que se ha instalado a perpetuidad el paro crónico y la precariedad, de manera que ya ni sabe cuál será guatemala y cuál guatepeor. Mi compañero de mesa, por ejemplo, sufre el infortunio de conocer desde el primer cuándo expirará su contrato. Y no es que prefiriera la felicidad de la ignorada, que seguramente también, pero es que vivir con fechas de caducidad –con ‘líneas de muerte’, que dicen muy expresivamente y sin arrugarse los anglófonos– más que motivarle le produce un estrés que ni Damocles en su trono.

Así que, mientras Juanjo se mentaliza para cambiar su estado a ‘en búsqueda activa de empleo’, como se dice ahora en linkedin, se dedica a repasar las ofertas –no demasiadas, que tampoco hay que exagerar– de empleo que le llegan desde la Agencia de Desarrollo de Ampuero, que se lo trabaja con tanta pasión como si no hubiera crisis.

El problema, claro, es que vivimos bajo la oferta y la demanda, y los empleadores de sobra saben que donde mejor se pesca en el río revuelto de la desesperación. Así que, veinte años después de que la publicidad nos tomase el pelo con aquellos anuncios de ‘JASP, jóvenes aunque sobradamente preparados’, resulta que lo único que consigue echarse a la boca la generación de españoles con más titulitis de la historia son unos irrisorias ofertas en las que se buscan ingenieros para ocupar puestos de peones. Y es que haciendo de la desgracia oportunidad, qué mejor que aprovecharse de un país donde los licenciados sueñan con una plaza fija de barrendero, y así contratar a auxiliares de diseño gráfico, que harán la tarea un diseñador senior pero cobrarán un tercio de su sueldo. Aprendices, pero a los que exigimos titulación y experiencia. También en infojobs piden ayudantes de camarero, y probablemente haya también mucho futuro en los puestos de asistente del becario del pasante. Claro que en mundo laboral hay que empezar desde abajo, pero si como sociedad admitimos este horizonte, ¿qué sentido tiene derrochar miles de millones de dinero público para sobrecualificar a una generación abocada al infraempleo? ¿Realmente es ese el mundo que queremos?

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La pista griega
Javier Menéndez Llamazares 01-02-2015 | 10:48 | 0

Desde la caída de Constantinopla no se asustaba tanto Europa por lo que ocurría más allá de Los Balcanes. Claro que, por entonces, cuando se empezó a gestar la batalla de Lepanto, eran otros tiempos. Una época en la que las diferencias se dirimían por tierra o por mar, con la espada o el arcabuz en la mano, y cara a cara.

Eso si, entonces, como ahora, lo que ocurra en el confín de Occidente afecta sin remedio al resto del continente, y de qué manera.

Y es que viendo las remojadas barbas de los partidos tradicionales, a los neoconservadores y socialdemócratas de toda Europa les está entrando un tremendo tembleque, no sea que prenda también la mecha del descontento en el resto de ‘paraísos neoliberales’ de la Unión.

Porque, lo miremos como lo miremos, la UE se ha cebado con Grecia. Y no con sus poderes políticos, con sus agentes económicos o con sus grandes fortunas –que quién sabe, e importa bastante menos–, sino con sus ciudadanos, que son lo que se esconde detrás de cualquier topónimo grandilocuente, por mucho que lo adornemos con himnos y banderas. Los ‘ajustes’ de la temida troika más bien consistían en apretar las tuercas de la miseria a un sociedad angustiada por el fantasma de la bancarrota. Los despidos masivos, los salarios del hambre y la incertidumbre frente a un futuro cancelado desde Berlín –por mucho que fuera vía Bruselas– convirtieron a todo un país en una especie de laboratorio de pruebas macroeconómicas, que sólo han servido para confirmar la escalofriante sospecha de que el neoliberalismo, más que asimetría, produce básicamente pobreza, con el efecto secundario de engordar hasta la obesidad mórbida a los peces ya gordos. Las recetas de los sabios de la economía, de los salvadores de los privilegiados, han conseguido mantener el crecimiento sostenido de los que ya dominaban el mundo; en cambio, no habían previsto que detrás de las estadísticas, debajo de cada muesca en las listas del paro, había un ser humano. Personas que sufren, que tienen familias y necesidades, y que gracias a un invento griego de hace tres milenios y a varias revoluciones sangrientas tienen derecho a votar y a elegir, en la medida de lo posible, cómo se organiza el mundo en el que viven.

La Europa del capital quiso triturar a toda una sociedad, para que encajase en sus parámetros contables. Tras un lustro de padecimientos, los ciudadanos han decidido desmontar el sistema, con la fuerza de la democracia. Seguramente, su camino estará lleno de emboscadas, y es posible que no logren cambiar demasiado pero, aunque todo salga mal, habrá sido el último atisbo de romanticismo en este mundo de unos y ceros.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es