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Fecha: diciembre, 2014
Feliz whatsapp
Javier Menéndez Llamazares 28-12-2014 | 9:24 | 0

Si, como reza la canción, el vídeo acabó con la estrella de la radio, lo que como el viento se llevó el whatsapp fueron las felicitaciones navideñas, esas que en el siglo pasado colapsaban los servicios de correos y las centralitas telefónicas cada vez que llegaban ‘estas fechas tan entrañables’, que decía aquel.

Lo de las tarjetas –los ‘crismas’, como los llamaban los esnobs de la tele– no dejaba de tener su encanto; lo normal era tirarte una tarde entera, entre hacer la lista, escoger la felicitación, garabatear el mensaje de paz y amor y culminar el rito con el ensalivado del sobre, que era la parte más amarga del asunto, sobre todo por el regusto que te dejaba en la lengua.

Cada uno tendría las suyas, claro, pero en mi casa siempre enviábamos las postales de Artis Muti, la ‘Asociación de Los Artistas Que Pintan Con la Boca y Los Pies’, que aunque suene un poco macabro, en realidad eran unas miniaturas fabulosas de las obras que salían en los manuales de arte de la EGB, y de paso servían como labor social en una época en la que todavía no se habían inventado las oenegés.

Pero la gracia, sobre todo, estaba en abrir el buzón y descubrir cuántos amigos y familiares se habían acordado de ti, y habían tenido la paciencia de dedicarte un poco de su tiempo.

Claro que, igual que antes de nevar chispea, el teléfono había ido mermando bastante el tráfico navideño de parabienes. Incluso en una época de restricciones, cuando a telefonear al tío de Alemania se le decía ‘poner una conferencia’, las llamadas de nochebuena o año nuevo eran sagradas. Igual que, detrás de las uvas, nos tragábamos el primer anuncio –generalmente, de Coca Cola–, a todos nos encantaba hacer la primera llamada del año, que iba dirigida a un buen amigo, al primo favorito o, los más afortunados, al novio o la novia. Eso sí, después de esperar un ratillo, porque las líneas enseguida se saturaban.

Pero todo se transforma, sin remedio, y ahora que vivimos entre redes, nubes y realidades aumentadas, acabamos haciendo lo mismo de antes, pero con muchos más botones y lucecitas de colores. Porque estos días no dejan de pitar los móviles, que parece que haya atascos masivos en la autopista de la información. Guapetonas con gorro de papá Noel y en bikini, videomontajes con tus parientes disfrazados de elfos o las consabidas rimas sobre por dónde nos las van a dar todas en este año que acaba en cinco, pasan estos días de pantalla en pantalla, con los inevitables villancicos como soniquete de fondo. Todo tan vistoso y tan moderno; tan fácil y accesible con apenas un par de clics, que a veces no sabe uno si el futuro realmente merecía la pena.

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 28 de diciembre de 2014]

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Sálvame
Javier Menéndez Llamazares 22-12-2014 | 8:04 | 4

Sálvanos, señor, de las tardes de tedio y de las horas perdidas frente al televisor. Sálvanos del inmenso patio de vecinos digitalizado y retransmitido vía satélite; de los cotilleos de escalera amplificados por obra y gracia de los inventos de Kirchoff. Sálvanos de una programación soporífera, de los dardos mortíferos que disparan en sus corrillos, sálvanos de acabar incinerados por esa hoguera de vanidades, de asfixiarnos con tanto trapo sucio, con tanto rumor a medio ventilar.

Sálvanos de un televisor que se ha convertido en el peor de los electrodomésticos, en un tubo de rayos nada católicos que acabará por dañarnos irreparablemente. Sálvanos de los grandes hermanos y de los pequeños nicolases –aunque salva, esa sí, a La Pechotes–. Del paternalismo de los presentadores y del morbo insufrible de los talk-shows; de la paja en el ojo, del ‘y tú más’ y del ‘andreíta, cómete el pollo’; de los ‘tú dijistes’ y del ‘te voy a meter una demanda’. Sálvanos de ese pequeño infierno en el que arde cada tarde lo peor de cada casa.

Sálvanos de Jorge Javier y su barbita recortada, de los peinados de última moda, de los guiños golfos y los colmillos retorcidos. Sálvanos de sus novelas y de sus prédicas, de su deluxe y del petardeo patrio más recalcitrante.

Y sálvanos, también, de sus tertulianos; de la maldad intrínseca, de la lengua viperina, de la rancia vulgaridad de una España que no cambiará nunca; sálvanos de caer en las garras de una vampiresa ajada como Mila Ximénez, o de que hable de nosotros Kiko Hernández –que sólo lo hará para mal–; sálvanos de la amenaza de Matamoros, que a saber cómo ganó su apellido; sálvanos de Carmele, que no callará, y de toda esa corte que angustia las tardes españolas, a golpe de veneno convertido en euros; sálvanos de esa aristocracia de cortadores de trajes, de los campeones olímpicos del vilipendio, de los artistas del libelo televisado, de estos héroes de la nada a los que medio país cumplimenta cada tarde, como si fuera fiesta de guardar. Sálvanos de una sociedad que califica como educativa la telemorralla.

Sálvanos del espanto de contemplar cómo se moviliza cielo y tierra para mantener en la parrilla ese trampantojo carpetovetónico, que sólo tendría sentido como homenaje a Valle Inclán. Sálvanos de caer en las redes del amodorramiento y de convertirnos en un zombi más, en otro cerebro lobotomizado por los píxeles de mediaset y sus análisis de audiencia. Sálvanos de esa caricatura del mundo que juega a celebrar actos de fé y levantar hogueras en la plaza pública; sálvanos de los juguetes rotos y los escándalos guionizados, sálvanos del inmenso aburrimiento del que disfruta con las miserias ajenas.

Sálvanos, señor, de ‘Sálvame’.

 

[publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el domingo 21 de diciembre de 2014]

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Piratas
Javier Menéndez Llamazares 14-12-2014 | 10:11 | 0

«Tengas juicios y los ganes», reza una vieja maldición, a la que por desgracia parece que nunca le va a llegar la obsolescencia. Después de gastarse en abogados diez millones de euros, toda la fortuna amasada en años de honrado fomento de la piratería, algo así pensará Kim Dotcom, el excéntrico alemán que saltara a la fama cuando en 2012 el FBI cerró Megaupload. Al parecer, el juguetito infringía todas las leyes de propiedad del mundo mundial –en especial, la estadounidense ley SOPA, por supuesto–, hasta el punto de haber causado, supuestamente, unas pérdidas de quinientos millones de dólares a las diversas industrias que desde California se dedican a combatir el aburrimiento mundial con sus películas y su música pop.

Claro que el modo de cuantificar esas pérdidas resulta, cuando menos, discutible; no está claro que exista algún logaritmo capaz de calcular cuántos deuvedés o entradas de cine deja de comprar alguien que se baja las pelis de tres en tres. Cierto que mucho no va a contribuir al desarrollo de la industria, pero probablemente, aunque no hubieran descargado nada tampoco habrían pasado por caja o por taquilla a retratarse. Lo de pagar por contenidos no es algo que funcione demasiado bien, al menos en nuestro país, y en aquellos que se nos parecen. Nos guste o no, lo queremos todo gratis. Podemos apoquinar cien euros sin despeinarnos por unos vaqueros o fundirlo en copas, pero ¿por algo que se puede conseguir por la cara? ¿Estamos locos? Pues más o menos así es como funcionamos cuando nos ponemos el traje de consumidores de productos culturales. Y, aunque no lo parezca, tiene su lógica.

Para empezar, durante décadas se nos han ‘regalado’ unos contenidos que ahora resulta que tenían detrás autores, y además autores que pretenden cobrar por su trabajo. El ejemplo más claro es la radiofórmula, que lleva desde que se inventó el rockandroll ofreciéndonos gratis música día y noche. Claro que eso lo hacían para que acabásemos, cómo no, comprando el disco. La cosa empezó ya a torcerse con el invento del radiocasete, que tanto hizo por los noviazgos en los años ochenta, pero sonaban mal, se rompían y hacía falta mucho boli bic, para rebobinar y para rotular las cintas. El cedé, mucho más cómodo, dejó tocada a la industria con sus versiones ‘manta’, pero la llegada del mp3 y las redes acabaron con aquella vieja manía de pagar dos mil pelas por un disco. ¿Para qué?

Hoy día han cerrado casi todas las tiendas de discos, pero hay quien ha ganado mucho dinero con la revolución del mp3, mucho más que el tal Dotcom. Claro que con los proveedores de internet es mejor no meterse.

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 14 de diciembre de 2014]

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El buen paño
Javier Menéndez Llamazares 07-12-2014 | 10:13 | 0

Algo tienen los vaqueros de Wang que los hace especiales, un auténtico objeto de deseo; y no precisamente por su corte, por el tacto sensual del tejido o por nada que tenga que ver con la prenda, qué va. Lo cierto es que se lo deben todo a los anuncios con los que la firma ha pasado esta semana del reducto de los súper expertos al gran público lector o, más bien, devorador de imágenes.

El truco de Wang, que como su propio nombre hace sospechar es de origen asiático pero ha crecido mamando los principios de su California natal –‘in gold we trust’–, ha sido el más clásico que pueda imaginarse: recurrir al reclamo sexual, lo más explícito posible. La verdad es que en sus anuncios los vaqueros no se ven mucho, pero se compensa con la desmesurada cantidad de centímetros de piel que muestran sus modelos, y las más bien descaradas poses que ensayan, con juegos de manos incluidos que más que sugerir muestran a las claras que los pantalones seguramente sean lo mejor para el invierno, pues calientan mucho más allá de lo imaginado.

El caso es que nos creíamos ya inmunes al veneno publicitario, como un virus cualquiera que desarrolla resistencia a los medicamentos, y sin embargo no hacemos más que atragantarnos una y otra vez con los cada vez más burdos requiebros comerciales, que siguen funcionando de manera tan perfecta como lo hacían en el mundo antiguo, como nos demostraron los grafitis de Pompeya. Y es que aquello de que el buen paño se vende hasta en un arca no era exactamente como nos lo contaron; más bien lo que sucede es que, con la publicidad adecuada, nos compramos hasta el más infame de los trapos, y además a cualquier precio.

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 7 de diciembre de 2014]

Cuando hace unos años arrancaba eso que llamaron crisis y que ahora parece ya el estado normal de nuestro mundo, el pan nuestro de cada día, el descenso de publicidad en los medios de comunicación resultó tan alarmante que incluso aparecieron anuncios en televisión defendiendo a los propios anuncios. La publicidad es necesaria, decían. Que no digo yo que no sea necesaria, o incluso imprescindible, para aquellos que se ganan la vida con ella, desde los actores y modelos hasta el pobre maquetador, los maquilladores o los agentes comerciales. Incluso está bien conocer qué nuevo juguetito electrónico podemos comprar este invierno o qué película ir a ver al cine. Pero sucede que en este mundo en que todo está a la venta, hay de todo y en demasiada cantidad. Hay tantas marcas, tantos productos, tanta oferta, que no hay más remedio que recurrir a la publicidad –la ‘propaganda’, que decían los abuelos–, y cuanto más impactante, mejor. ¿Pero es que no vamos a aprender nunca?

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es