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Fecha: noviembre, 2014
Black Friday
Javier Menéndez Llamazares 30-11-2014 | 2:15 | 0

El gran invento de este otoño, al menos en lo que a animar el cotarro en los comercios se refiere, ha sido ese ‘black friday’ que nadie ha dado en llamar ‘viernes negro’. Ni siquiera ha habido protestas por el préstamo de la lengua inglesa, que canta lo suyo.

Claro que tiene su lógica: si de lo que se trata es de llenar las tiendas de compradores ávidos de gastar, mejor recurrir a un término que en castellano dice más bien poco, que no quedarnos con ese ‘viernes negro’ que más bien evoca asuntillos criminales y jaleos variados. Nos importa poco, la verdad, pero lo del black viene de que ese día de rebajas anticipadas sirve para poner en negro los números rojos de muchos negocios que ese día hacen su agosto aunque esté acabando ya noviembre.

Y en nuestro país, tan dados como somos a adoptar cualquier costumbre bárbara, siempre que tenga su gracia –vean, si no, qué rápido hemos cambiado el Día de Difuntos por la noche de Halloween, o los años que llevan nuestros campos de fútbol llenos de hooligans, mucho antes de aprendiésemos la palabra–, una idea como el viernes de marras tenía que acabar triunfando, más temprano que tarde. Y así fue, un completo éxito, que acabó por llenar la tiendas de compradores a los que les importan más sus propios créditos que los préstamos lingüísticos.

Aunque, en el fondo, sucede como con la música pop: lo mismo nos da lo que diga la letra, mientras nos guste el soniquete. El ‘guachiguá’ que cantaban los ‘No me pises que llevo chanclas’, en su genial inglés inventado, en el fondo nos encanta, porque nos permite cantar cualquier cosa sin preocuparnos de aprender idiomas. Tengamos en cuenta, claro, que estamos en el país del footing, una palabreja incomprensible en el resto del mundo, que se empeñan en llamar ‘jogging’ a la manía esa de correr sin que nadie te persiga.

En cualquier caso, hay cosas que tal vez sea mejor no traducir, porque en el idioma propio acaban perdiendo ‘glamour’ y ya no son tan ‘chic’. Desde luego que mola mucho más una party que un guateque, y un hipster no puede ni compararse a un triste gafapasta; nos vuelven locos los cáterings y soñamos con los trendtopic, y vamos de indies locos por el vintage. Y eso, manejando lo justito esa lengua de la Gran Bretaña que, en realidad, supuso la pesadilla escolar de las generaciones que cursamos el BUP.

En definitiva, no está claro qué sería de nosotros sin esas palabras robadas al inglés… Los puristas podrán decir lo que quieran, pero sin anglicismos, ¿cómo íbamos a llamar al Racing?

 

[Publicado en  El Diario Montañés el 30 de noviembre de 2014]

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El Candy
Javier Menéndez Llamazares 30-11-2014 | 12:00 | 0

Parece ser que a Celia Villalobos le gusta el Candy, o al menos, la pillaron echándose una partidita en plena sesión del congreso. El pitote que se ha montado, claro, es más que lógico: ¿cómo se le ocurre, en lugar de escuchar la prédica de su jefe de filas, Mariano, encender la tableta y ponerse a juntar golosinas? ¿Es que no había otra cosa mejor que hacer? Sobre todo, existiendo el Farm, que es mucho más molón y tiene además las herramientas y esas pantallas de animalitos que luego te van dando recompensas. ¡Celia, por favor, actualízate!

Y es que el Candy tiene ya su tiempo y va quedando demodé, como sucedió en su día con el spectrum y el msx. Lo que parece que no va a acabar nunca es el vicio de los videojuegos, que nos persigue desde hace ya tres décadas. La cosa empezó con aquellos cajones inmensos de las salas de recreativos, las máquinas de Namco que acabaron con los billares y los petacos como el video con las estrellas de la radio. Fueron los años del Prince of Persia y el Kung Fu Master, y demás juegos de baja resolución pero altísimo nivel de adicción.

Personalmente, mi perdición siempre fueron los marcianitos; en concreto, el Galaga aquel del ‘Ensamble cohetes’. Claro que las monedas de cinco duros no eran infinitas, así que nos cuando llegaron los primeros ordenadores personales pasábamos horas esperando a que el cassette dejara de pitar y se cargase al fin el juego de Buck Rogers, aburridos ya del Pong, que se conectaba a la tele y te dejaba jugar a un tenis minimalista. Con el 386 llegaría una auténtica bomba, el Tetris, que aunque viniera del otro lado del telón de acero debió de resultar todo un negocio, algo así como el cubo de Erno Rubik, pero con joystick. Era tan adictivo, que incluso en sueños uno seguía tratando de formar líneas. O los dos mejores inventos de Microsoft, los únicos que nunca acaban sacando las pantallas azules de la muerte: el buscaminas y el solitario. A saber cuántos millones de horas hemos invertidos los humanos del cambio de siglo en dar cancha a estas dos obras maestras de la ingeniería.

Otros, claro, preferían los dispositivos personales, esos cacharros japoneses que sirvieron de niñeras para nuestros hermanos pequeños. La evolución natural, obviamente, era que saltaran a esas pantallas que ahora todos llevamos siempre encima, y que lo mismo sirven para palmar una pasta en las apuestas que para echar carreras ilegales –virtuales, claro– en San Andreas.

Nos han sisado, sí, los viejos placeres de la conversación, pero a cambio, ¿quién es capaz de aguantar un debate sobre el estado de la nación sin echarle una miradita al Candy? Eso sí, Celia: cuando puedas, ¿me mandas una vida, por favor?

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La vida resuelta
Javier Menéndez Llamazares 23-11-2014 | 10:26 | 0

‘Los ricos también lloran’, aseguraba el viejo culebrón mexicano. Y seguro que es cierto, porque aunque se pueda replicar aquello de ‘la penas con pan…’, a nadie se le escapa que lo de comer pan es de pobres; al menos, la barra esa chiclosa que hornean a medias en el supermercado. Que vamos, sufrir sufrirán lo suyo, pero si lo del dinero fuera un castigo no andarían todo el mundo tan afanado en conseguirlo, como si no hubiera otra cosa.

Los ricos lloran, sí, y cosas peores. Lo hemos visto esta semana con la celebérrima duquesa de Alba: por mucho mármol y maderas nobles con que lo revistas, al final acaban igual que los pobres, como en aquella explicación de Jorge Manrique de los ríos que van a dar a la mar, y en llegando son iguales. Claro que a los que trabajamos con las manos –o con la punta de los dedos, algunos–, lo del desemboque nos importa algo menos que el recorrido, que lo que para unos son dulces meandros para otros son cataratas y rápidos, o más bien carreras y apreturas para llegar a fin de mes.

Es decir, que si algo había que envidiar a la señora Cayetana Fitzjames Stuart no era su rizo acaracolado ni su salero en las sevillanas. Ni que llenase más páginas del corazón que los de Gran Hermano. Qué va. Lo que da envidia de verdad es eso de nacer con la vida resuelta.

Ahora nos abrumarán con las reposiciones de reportajes y biopics de la sucesora de la ‘maja’ goyesca, en la que la veremos sufrir horriblemente, y luchar por la felicidad contra viento y marea. Como si fuera una mujer normal. O casi. La duquesa era el resultado de siglos de mayorazgo y la endogamia aristocrática, con un patrimonio desorbitado que, a fuerza de grandezas de España, dio lugar a la leyenda urbana de que hasta la reina de Inglaterra debería saludarla con reverencia. Pero para sufrir, lo que se dice sufrir, salgan a la calle o entren en cualquier casa de los humildes mortales y ya verán como hablamos de universos distintos. Porque, por mucho marketing que le echen, no es lo mismo Pertegaz que Zara. Ni el jamón de bellota que el chóped.

En nuestra España sin revolución burguesa, y con más despotismo que ilustración, la duquesa de Alba encajaba a la perfección. Más que envidia, lo que despertaba en el común era admiración: qué afortunados aquellos que pueden hacer lo que les da la gana. La gana, que no es lo mismo que la real gana, a ver si nos entendemos. Ojalá algún día todos pudiéramos, también, tener la vida resuelta.

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 23 de noviembre de 2014]

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Mario ha vuelto
Javier Menéndez Llamazares 18-11-2014 | 11:11 | 1

Julio Tagle, que aprendió el oficio de guardameta embarrándose en aquellos campos de manguerazo con las bases de los postes pintadas de negro, explicaba hace poco en una tertulia la gran diferencia entre los porteros clásicos y los actuales a la hora de afrontar un cara a cara. Hasta Arconada, más o menos, el cancerbero tenía que ser valiente, casi un loco, pues lo que exigía el guión era que se lanzara a los pies del atacante para arrebatarle la pelota. El estilo moderno, en cambio, es más de achique, o posicional, que dirían los estetas del asunto. Se trata más bien de cerrar ángulos, de cubrir todo el espacio posible, pero sin jugarse el físico.

Qué resulta más eficaz no está muy claro pero, en estos tiempos en que se contabilizan hasta los gestos de rabia, seguro que si hoy día se enseña así a los porteros será porque alguna estadística lo respalda. A los aficionados, en cambio, nos va más la épica, y lo de ver volar a un guardameta para robar un balón de los pies del rival no tiene precio. En este fútbol tan marcado por lo físico y maniatado por las tácticas, se echa de menos esa pizca de heroísmo que tanto ha alimentado los sueños de cualquier chaval que disfruta peloteando en la calle o en un descampado, pero sintiéndose en Maracaná.

Y eso, sólo eso, bastó para salvar el partido del domingo. Sería un partido horrible, de los que acaban con la afición, pero cuando mediada la segunda parte el lucense Lolo Pla pisó el área con el balón controlado y levantó la vista para fusilar la portería verdiblanca, a todos los racinguistas algo se nos atravesó en la garganta. A todos menos a Mario, que voló desde el área chica para salvar aquel disparo a bocajarro que en el Ángel Carro ya estaban festejando desde antes de que golpeara Pla.

No era Arconada, era Mario Fernández. Demostrando, tres décadas más tarde, para qué sirve un portero.

Con tradición y modernidad, el arranque del arquero fue a la vez una defensa y un ataque, lanzándose hacia el balón y al tiempo cubriendo la puerta hasta hacer imposible que el delantero lograra su objetivo. Una jugada que hizo bueno todo el encuentro.

Claro que tenía que firmarla Mario, el mismo que se partió literalmente la cara defendiendo su portería. Tanto se especuló, durante su lesión, sobre si volvería a ser el mismo, sobre si se lo pensaría dos veces la próxima vez que el riesgo fuera grande, y ahora todo aquel debate suena caduco y extraño, puro papel mojado. Que Pedro Alba sea tu maestro tiene por fuerza que imprimir carácter, pero lo que este jugador aporta es algo que se trae de serie. Y es que valoramos tanto lo bueno que tenemos arriba que a veces olvidamos que atrás también tenemos un portero de primera.

Lástima que el resto del partido no resultara tan espectacular; enfrentarse a Quique Setién y a Jonathan Valle debería haber resultado aliciente de sobra para cualquier racinguista, pero parece que va siendo urgente ‘cantabrizar’ de nuevo al equipo. Y el camino es bueno: por fin el lateral diestro fue para Borja San Emeterio, y cumplió más que sobradamente, demostrando que es tiempo ya para el relevo. Y es que la presencia de los canteranos es fundamental, tanto como su ausencia. En la falta de David Concha, por ejemplo, tal vez deberíamos fijarnos para explicar qué ocurrió en Lugo, y por qué no brillamos en ataque como suele ser habitual en las últimas jornadas.

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el martes 18 de noviembre de 2014]

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Científicos perdidos
Javier Menéndez Llamazares 16-11-2014 | 1:23 | 0

Si, como descubrieron hace ya dos siglos, escribir en España es llorar; ¿qué será investigar? Claro que Larra era un romántico, y prefirió dejar un bonito recuerdo, a lo James Dean, pero en plan lánguido. Hoy día, sin embargo, aunque ya no se lleve la absenta, a los jóvenes se les sigue avinagrando la vida, y a muchos –a los mejores, como siempre–, no les queda otra que pensar en cruzar el mundo, del uno al otro confín…

Estos días se ha celebrado la Semana de la Ciencia, y los estudiantes de los institutos han podido conocer de primera mano cómo y dónde trabajan nuestros científicos, los de verdad. Los que investigan en nuestro país, contra viento y marea, o más bien contra los embates de un sistema que por una lado saca pecho con la ‘marca España’ y por otro niega el pan y la sal esos mismos de los que se supone que presume.

Resulta, pues, verdaderamente descorazonador motivar a los jóvenes que se acercan a los centros de investigación para que emprendan una carrera cuya meta no se sabe muy bien dónde está, si es que existe. Porque el camino resulta arduo e interminable, y si tras los largos años de estudio, de grados y postgrados, de horas invertidas en laboratorios y de cientos de páginas de tesis, si después de sobrevivir con becas que no dan para casi nada, luego no hay recompensa, no es de extrañar que nuestros jóvenes investigadores se identifiquen con esa etiqueta de ‘precarios’ que ya debería de añadirse al diccionario de la RAE, junto a otras como mediomileurista o preemigrante.

Y es que ya no se trata del ‘que inventen ellos’, ni mucho menos. Ya sabemos que los científicos españoles están a la altura de los de cualquier otro país, y muchos de ellos regresaron pensando que podrían trabajar aquí; lo hicieron cuando vivíamos en Jauja y creíamos que el bienestar iba a durar para siempre, pero la realidad es que muchos se han visto atrapados por el martillo neoliberal, y están viendo pasar años que podrían ser fructíferos y apenas contarán como sexenios exiguos, tan apretados en el presupuesto que acabarán por expulsarles de su propio país.

Pero no sólo se trata que se corte la progresión de investigadores ya consolidados, sino de que vamos a tener toda una generación perdida para la ciencia. La mayoría de los estudiantes de bachillerato que visitaron los centros científicos esta semana saben que más les vale aprender inglés, porque en su país no van a poder trabajar si optan por la investigación. Y los mejores lo harán, no tanto por ‘espíritu aventurero’ como por vocación. Seguro que en un par de décadas les vamos a echar mucho de menos.

 

[publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el domingo 16 de noviembre de 2014]

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es