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Fecha: septiembre, 2014
Música para adultos
Javier Menéndez Llamazares 28-09-2014 | 8:09 | 0

Lo malo de las desgracias no suele ser tan solo el hecho en sí, sino las penosas consecuencias que traen consigo, en ocasiones absolutamente peregrinas, pero firmemente fundamentadas en el buenismo y la imbecilidad –no siempre incompatibles– de aquellos que nos gobiernan.

La tragedia del Madrid Arena, por ejemplo, nos ha legado una insoportable resaca de proteccionismo en ocasiones rayando con la estupidez. Y es que la ‘mano dura’ de tan infausto recuerdo –y que tan poco se aplica con las cuestiones realmente importantes, esas de los sobres y las comisiones y demás lindezas que nos trajeron estos lodos– resulta que ahora se aplica a rajatabla con los accesos de menores a locales de ocio; en concreto, a locales nocturnos donde se despache alcohol. Y no es que la medida en sí resulte buena o mala, sino que, en plan daño colateral, impide que los jóvenes puedan disfrutar de los conciertos de rock que –oh, sorpresa– suelen ofrecerse en bares y pubs que viven precisamente de eso, de que se mueva la barra. Por si fuera poco, ni siquiera se tolera que los menores puedan entrar acompañados por sus padres. Vamos, que da la sensación de que la música pop se equiparase a algunos vicios también exclusivos para los mayores de edad.

¿Qué tendrá la música para que sólo pueda ser un placer adulto? Hace apenas tres décadas, antes de que el puritanismo neoconservador se impusiera, de haberse impuesto una medida semejante, se habrían cargado de un plumazo toda la nueva ola, lo que llamamos en su día ‘la movida’; no sólo se habría perdido buena parte del público, sino que muchos músicos no habrían podido tocar porque no les dejarían entrar al local. ¿Y es que no tienen derecho los jóvenes de quince o dieciséis años a disfrutar de sus banda favorita en directo? Aún más: ¿por qué los menores no pueden acceder a una sala de conciertos, y sin embargo pueden entrar libremente en cualquier cafetería donde se sirven todo tipo de licores?

La hipocresía, como no, sigue siendo deporte nacional; mientras los adultos seguimos identificando alcohol con ocio y diversión, nos empeñamos en ocultarlo convenientemente con reglamentos y ordenanzas las más de las veces absurdas. Como si no supiéramos que los jóvenes no necesitan entrar a ningún bar para beber, que hace ya tiempo que están de moda los botellones.

Lo que, desde luego, no es de recibo, es proscribir la música a una actividad marginal, como si asistir a un concierto implicase algún tipo de conducta ilegal, o incluso socialmente peligrosa. O tal vez haya algo de eso, y en las mentes paternalistas de ciertas lumbreras aún pervivan los fantasmas que identifican el rock con la rebeldía y los instintos revolucionarios. Ojalá fuera así, pero parece que, por desgracia, las autoridades puede seguir bien tranquilas.

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Todos somos escoceses
Javier Menéndez Llamazares 21-09-2014 | 8:06 | 0

Para unos será por Walter Scott y para otros por Duncan Dhu, pero en el fondo todos tenemos algo de escoceses. Y no precisamente porque anhelemos vestir falditas a cuadros, que alguno habrá, sino porque vivimos en la permanente encrucijada de la elección entre la pertenencia y la independencia. En realidad, no hace falta ser escocés para sentir esa dislocación entre la realidad y el deseo; ni siquiera ser catalán. A todos nos persigue cierta relación de amor y odio por el lugar en que vivimos, o en el que nacimos. Yo mismo recuerdo como penosos los largos años escolares, y más tarde universitarios, deseando abandonar mi ciudad natal a toda costa; cuando lo conseguí, sin embargo, pasé una década anhelando volver. Es la misma obcecación del que detesta el wasabi y sin embargo sigue probando un poquito más, o la paradoja de algunas amistades que más que disfrutar, sufrimos y sin embargo nos negamos a romper.

A los españoles, en general, nos sucede algo parecido. Somos capaces de sostener en la misma conversación el cliché de ‘como aquí no se vive en ningún sitio’, y a renglón seguido lamentarnos de que ‘este país de pandereta no cambiará nunca’. Tal vez ahí esté nuestra grandeza, en las contradicciones. Como en Escocia, queremos y no queremos ser lo que somos; casi mitad y mitad. Claro que nosotros, más castizos, somos de cuarto y mitad: sobrellevamos con resignación la suerte y la desgracia de ser españoles. Ya se sabe: los paquetes de ducados, las películas de Pajares y Esteso, la picaresca o la tortilla de patata. Puede ser hermoso, sí, pero a veces duele. Un país en permanente tormenta centrífuga, en el que es de mal tono lucir su bandera si no está jugando selección. Un pequeño milagro que inexplicablemente sobrevive desde que a los Reyes Católicos se les ocurrió unir sus herencias. Una realidad que parece completamente inamovible, pero que sobre todo existe en nuestras cabezas. ¿Qué ocurriría si en nuestro país se celebrasen consultas populares como en Escocia? Porque no sólo las comunidades ‘históricas’ tienen sus reivindicaciones; en mi pueblo, por ejemplo, los del barrio de la iglesia no se llevan con los del barrio de la escuela. Seguro que, de poder pronunciarse, iniciarían su propio proceso secesionista. Y es que cualquier frontera no deja de ser una línea imaginaria, y si lo dudan véanse el clásico ‘Pasaporte a Pímlico’.

En cualquier caso, en tiempos de la dictadura se explicaba, con mucha gracia, que España era ‘una’, porque si hubiera otra nos iríamos todos allí. Pero claro, de no ser españoles, ¿qué otra cosa podríamos ser? ¿Celtíberos? ¿Castellanos? ¿Franceses del sur o marroquíes del norte? ¿Alegres austrohúngaros? No, seguramente seríamos escoceses, en permanente día de referéndum sobre la independencia.

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La primitiva
Javier Menéndez Llamazares 14-09-2014 | 9:21 | 0

Lo de la envidia sana es un invento, un cuento chino para descargar las malas conciencias, porque lo cierto es que, sana o enfermiza, la codicia del bien ajeno es y será el más practicado de todos los pecados capitales. Piensen si no en ese pobre vecino que esta semana se ha echado al zurrón los tropecientos mil euros esos de la primitiva, lo que tiene que estar sufriendo… el muy puñetero.

¿Qué no le dice nada la cifra? ¿Qué le deja un poco frío? Claro, es que eso de los euros estará muy bien para el carrito del supermercado, pero para las cosas serias no hay como las pesetas. O, más bien, los millones de pesetas. Porque llevarse trescientos mil euros como que no está mal del todo, pero trincar cincuenta millones… eso sí que es una pasta.

Y cincuenta millones es lo que se ha metido en el bolso el anónimo afortunado; vale que no es un premio tan espectacular como los de antaño –la crisis recortado hasta los sueños–, con tanto cero que acababa uno aborrecer las matemáticas, pero no me negará que tanto usted como yo hay semanas que no ganamos tanto; unas cincuenta y dos al año, más o menos.

Lo de la envidia, desde luego, no viene de la cantidad –que por mucho que digan lo que digan, en estos casos claro que importa–, sino más bien del modo. Porque claro, ganarse cincuenta kilos deslomándose por esos mundos de Dios, en algún trabajo de los de dejarse la piel, como que tiene mucha menos gracia. Lo bonito es que te llegue sin hacer nada, sin merecerlo siquiera. Como antes, cuando se heredaba de los tíos de América, que era una de esas formas tan castizas de estar en el mundo. La otra es la de fiarlo todo a la fortuna, e invertir en juegos de azar, que además de entretener de lo lindo incluso podrían llegar a hacerte rico. Y, si no ganas, al menos puedes disfrutar con las ensoñaciones. Porque, ¿quién no ha tenido delirios de riqueza? ¿Acaso no tenemos derecho a soñar con vivir como un banquero o un subsecretario, por mucho que nos pasemos el día encadenados al teclado de nuestra oficina?

Vale que cincuenta millones tal vez no alcancen para retirarse del mundanal ruido, pero no me negarán que, como decía algún bon vivant, para darse algún capricho sí que llegan. O, al menos, para tapar agujeros, ese deporte tan nuestro y en el que nunca llegamos a perfeccionarnos.

En fin, que es enterarse de que la fortuna le ha sonreído a otro y ya se nos ponen los dientes largos. Y es que en estos tiempos descreídos, la poca fe que se conserva la dedicamos a lo verdaderamente fundamental: a esperar que nos toque la lotería.

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El calentón del espíquer
Javier Menéndez Llamazares 07-09-2014 | 9:05 | 0

Lo antológico, diga lo de diga Handke, no es el miedo del portero ante el penalti, sino el terror del ‘speaker’ ante el silencio. Algo sólo comparable al temor ante la página en blanco que sufren quienes tienen por profesión llenar esas hojas de palabras.

¿Qué tiene el silencio para aterrar de tal manera al orador, hasta el punto de ser capaz de decir absolutamente cualquier cosa, de rellenarlo con lo que sea? Por más irracional que resulte, lo escuchamos demasiado a menudo, en la radio, en las retransmisiones deportivas de televisión, en los debates parlamentarios… La última muestra, rayana con el ridículo, se vivió en uno de los partidos del mundial de baloncesto, cuando al espíquer encargado de animar el cotarro se le escapó hasta el micrófono un deseo salido directamente del subconsciente. Despedía a unas animadoras de lo más resultón, las Dreamcheers, y sólo se le ocurrió hilar el sueño con el dormitorio y exclamar algo así como »quién pudiera pasar una noche con una de ellas».

Cierto que después se ha armado una borrasca monumental con todo este asunto, azuzado por los comentarios airados de una bloguera deportiva que, desde luego, nada tiene que ver las deseadas chirliders, y que no tardó en disparar con bala de cazar elefantes al locutor, al que rebajó poco menos que a la categoría de troglodita. Y que no es que le falte razón, que tal vez la tenga, pero lo irónico de todo esto es que estamos tan hechos a la doble moral, que cuando el más mínimo detalle rompe el statu quo nos rasgamos las vestiduras como si viviéramos en la mayor de las inocencias.

Y es que el espíquer, ciertamente, podría haberse ahorrado el comentario estúpido; puestos a rellenar, siempre es mejor decir tonterías o incoherencias, al estilo de las canciones de relleno de los elepés, que no intentar hacerse el gracioso y coronarse. Esto ocurre, claro, porque preparar un pequeño guión suele ser un trabajo demasiado arduo, y es más cómodo fiarlo todo a la improvisación. Claro que, en muchas ocasiones, los lapsus linguae nos pueden llevar al desastre.

Por supuesto que el hombre, un varón adulto, con aspecto sanote e inclinaciones evidentes, puede desear sin mayor problema pasar la noche con una mujer, por muy bailarina que sea. Lo que quizá no deba es expresar ese anhelo en voz alta, y mucho menos por la megafonía de un pabellón. Pero no porque pueda ofender a alguna de las personas presentes, como fue el caso de la bloguera enemiga de los instintos humanos. Qué va. No se debe decir, básicamente, por cierta urbanidad. Todos sabemos cómo funciona el mundo. Por qué cada uno está donde está. Por qué de fondo suena una canción del verano que repite una y otra vez »quiero pasar contigo una noche loca». Todos sabemos que el sexo vende. Sólo que cuando se hace de un modo tan evidente, pierde toda la gracia.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es