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Fecha: agosto, 2014
Desconectado
Javier Menéndez Llamazares 24-08-2014 | 8:42 | 0

Esta semana me asaltó uno de los más espantosos terrores modernos: mi móvil parecía haber perdido las constantes vitales. Después de una noche enganchado a la red, el pobrecillo sufrió un desvanecimiento inexplicable, del que no había manera de que se recuperase, ni pulsando los botones de emergencia ni aplicándole cuidados intensivos. ¿Sería la batería? ¿Un virus? ¿O unas fiebres tifoideas? Un drama tremendo, imagínense. Mi chiquitín, quien siempre me acompaña, el amor de vida, me iba a abandonar en medio de un viaje, en tierra extraña, completamente desamparado, hasta el punto de que no sabía si romper a llorar por la pérdida o buscar unas pompas fúnebres y encargarle unas exequias a la altura de las circunstancias.
Ahora nos hace sonrojarnos, pero hace algunos años, cuando comenzaban a popularizarse, todo eran bromas: que si sonará en el momento más inoportuno, que si ni escaquearse con disimulo iba a poder uno… El móvil había dejado de ser un zapatófono sólo al alcance de los yuppies para convertirse en el juguete favorito de todas las generaciones, que lo mismo servía para sacar pecho marcando estatus que para romper relaciones por sms. Al final, hasta los peores presagios se cumplieron, hasta el punto de que el teléfono parece un apéndice más del organismo humano, en una hibridación entre la teoría de la evolución y las pesadillas ciberpunk que solía protagonizar Schwarzenegger a finales de los ochenta. Dentro de nada, los niños nacerán con una manzanita en la sien y la capacidad extrasensorial de piratear cualquier cosa simplemente utilizando la corteza cerebral.
Entretanto, los tristes homínidos de comienzos del siglo XXI nos arrastramos en busca de wifis libres, de enchufes o de una cobertura decente, y nos ensimismamos en un silencio solo roto por el traqueteo de los pulgares, ignorando con elegancia a quien tengamos al lado mientras publicamos nuestros más secretos sentimientos en las redes sociales. Y cualquier día engrosaremos esa fría estadística de los accidentes inexplicables, la de los conductores que se estrellan en una recta sin motivo aparente. Uno más de los accidentes del whatsapp.
Al final, y contra todo pronóstico, mi chiquitín revivió; todo se debía a un problema circulatorio, algún tipo de trombosis en el cable de alimentación o un colapso del cargador. Al ver lucir de nuevo el logotipo del fabricante el color volvió a mi rostro, y nunca había introducido el pin con tanto deleite. Mis contactos, mis fotos, la mitad de mi vida social seguía dentro de ese pequeño engendro demoníaco sin el que ya sería muy difícil sobrevivir.

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El sueño eterno
Javier Menéndez Llamazares 17-08-2014 | 6:31 | 0

Esta semana nos ha dejado Lauren Bacall. O, más bien, ha fallecido Betty Joan Weinstein Perske, porque Lauren Bacall jamás podría morir: ella vive entre celuloide desde que tenía veinte años, suspendida en un tiempo que nunca transcurre. Aún más: ella habita ese territorio ansiado por cualquier artista, que no es otro que el imaginario colectivo, un lugar repartido en la memoria de todos los que han disfrutado de su magia irresistible.

Poco importa el más de medio siglo transcurrido desde que, bajo el nombre de Vivian, tonteaba con Philip Marlowe, que llegaba a ofrecerle unos azotes. Aún menos importan los estragos del tiempo, en una vida que no tuvo que resultar sencilla. Lauren Bacall será por siempre la mujer fatal por excelencia, y bastará con que se produzca de nuevo el pequeño milagro de las reposiciones para que los nuevos cinéfilos caigan en sus redes y de paso reavivar la llama en su legión de adoradores.

Su llegada al estrellato, en los años cuarenta, no resultó tan fácil como podría augurar su presencia espectacular. Construirse a sí misma: ése fue el secreto de la Bacall, a cuya mirada felina sólo le faltaba acompañarse de una voz con el mismo poder de seducción. Cuenta la leyenda –o el marketing de Hollywood, que es la verdadera fábrica de leyendas contemporáneas–  que Howard Hawks estuvo a punto de contratarla, casi adolescente, para una de sus películas, pero su timbre excesivamente agudo arruinó esa primera oportunidad. Bacall, lejos de arredrarse, se empeñó en modularlo, con tanta fortuna que en apenas dos años no sólo logró seducir definitivamente a Hawks, con quien debutaría en ‘Tener y no tener’, sino que se ganaría para siempre el sobrenombre de ‘La voz’, gracias a un tono exageradamente grave que combinaría a la perfección con el de su compañero de reparto y futuro marido, Humphrey Bogart. En España, sin embargo, no pudimos disfrutar de ese placer oscuro: la perfección del doblaje convierte en un portento hasta al intérprete menos talentoso, pero como contrapartida nos priva de algunas maravillas sólo accesibles mediante cronista interpuesto.

A falta de héroes modernos, el cine fabrica nuestra mitología. En blanco y negro o tecnicolor, resulta imposible escapar al influjo de estos seres de luz y nitrato de plata, que acaban resultándonos mucho más cercanos que si vivieran en la puerta de al lado. En un tiempo en que valoramos más el continente que el contenido, al intérprete que al personaje, nuestros mitos, simplemente, no pueden morir. Cierto que Lauren Bacall no aparecía en ‘El halcón maltés’, pero a ella mejor que a nadie se le podría aplicar la emblemática frase que cierra el clásico, pues estaba hecha «del material con que se forjan los sueños».

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Aleluya [racinguista]
Javier Menéndez Llamazares 11-08-2014 | 12:56 | 0

A falta de títulos, se diría que los racinguistas nos conformamos con celebrar las victorias dos veces: una cuando se logra sobre el césped, y otra cuando se ratifica en los despachos.
Y es que lo vivido en las últimas semanas, con el ascenso en entredicho y el fantasma de la desaparición asomando tras las fauces de Hacienda, parece digno de un guión del mejor Hitchcock, encantado de disfrutar con el sufrimiento ajeno. Con malos de libro –esa inspectora non grata a la que ya le ha salido un apodo castizo–, villanos que se vuelven aliados –el mismo Tebas que antes nos prometía los fuegos del infierno–, una multitud de víctimas inocentes y hasta un puñado de héroes capaces de obrar un milagro inesperado, el caso es que el suspense se ha mantenido hasta el último minuto, justo cuando ya parecía que el asunto se volvía imposible.
Claro que para comprender cómo se ha solventado el problema hace falta un máster en contabilidad creativa, porque el embrollo ese de convertir la deuda de corto a medio plazo suena más o menos como aquello de multiplicar panes y peces. Menos mal, eso sí, que esta vez los ‘listos’ han estado de nuestro lado, y esta vez el consejo de administración ha estado de matrícula de honor, solventado una situación de alto riesgo.
En cualquier caso, algo pasa con este club, cuando lo que debería ser un simple trámite –la inscripción en Segunda– se convierte en un gran calvario, capaz de amargar medio verano a más de uno. Eso sí, al final uno no sabe ya si el Racing juega al fútbol o al tenis, con tanta ‘bola de partido’ que tiene que salvar continuamente. Lo que está claro es que la afición a lo que se abona es a las emociones fuerte, incluso al límite, porque en cada uno de estos embites lo que está en juego, desde hace casi un año, no es otra cosa que la supervivencia del propio club, que a pesar de contar con el apoyo cada vez más multitudinario de los suyos –la marcha por el paseo Pereda resultó espectacular–, ha quedado malherido tras la gestión de los nefandos Pernía y Lavín. Tanto, que parece moverse en un campo minado, donde cada semana aparece una nueva amenaza.
Porque, mirando el calendario, lo que en realidad tocaba era protestar por los fichajes, aquello de con lo que hay ni para mantenernos y todos esos clásicos de cuando nos iba bien y no lo sabíamos. Qué tiempos…

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Guerra al tráfico
Javier Menéndez Llamazares 10-08-2014 | 6:28 | 0

Después de Lealtad –el último recurso para girar a la izquierda que, irónicamente, le quedaba a Calvo Sotelo–, se anuncia que el ‘progreso’ llegará en breve también a la calle Rubio, uno de los últimos reductos del centro de Santander donde todavía podía sonar la flauta de dar con una plaza de aparcamiento. Y es que aparcar, un verbo que en la capital cuesta conjugar, si no es con la típica mueca de disgusto del que intuye el sangrante sablazo del parquímetro. Claro que, de continuar la tendencia, lo más práctico será regalar el coche, porque en breve lo de ir gastando alegremente gasolina por nuestra ciudad va a ser un recuerdo del pasado.

Que no es que esté mal lo de recuperar las calles para los peatones, que ya está bien de tanto humo y tanto ceder a la voracidad automovilística, pero una cosa es humanizar la ciudad y otra es proscribir a los que sufren la desgracia de pasarse media vida sobre las cuatro ruedas. Sobre todo, en una ciudad que se ha empeñado en expulsar a sus jóvenes al extrarradio, a base de precios inalcanzables, condenando a varias generaciones a una trashumancia perpetua desde la periferia al centro, donde siguen concentrándose gran parte de los servicios. Un tránsito del que quedará a salvo el centro, claro, diezmada no sólo su capacidad de absorción sino hasta la posibilidad de cruzarlo si no viaja uno en vehículo oficial.

Mientras la ciudad crecía en falso, presumiendo de barrios de lujo que en realidad son despoblados, sus ciudadanos han tenido que migrar dolorosamente, forzados a integrarse en esta cultura de miseria y gasolina que es el mileurismo de provincias. Y es que los nuevos pobres no sólo tendemos a la obesidad y el consumismo desmedido; también somos esclavos de nuestras posesiones, mientras soñamos con futuro lleno de rebajas y plazas de aparcamiento sin ola. Somos tan pobres que ni siquiera nos hemos dado cuenta todavía. Porque la verdadera riqueza de nuestros días no consiste en tener un automóvil más caro que el del vecino, sino en poder permitirse ir caminando por la ciudad, y no tener que sufrir el tráfico como el neoproletariado. Conducir es más que nunca de pobres.

Haría falta, al menos, un gesto de benevolencia para volver a soñarnos clase media, como favorecer los trenes de cercanías, pero día a día vemos cómo se descompone parte de lo poco que funcionaba bien en la región: la antaño impecable Feve parece sin embargo tener los días contados en su nueva vida de hijastra indeseada. Cualquier día, peatonalizarán hasta las vías estrechas.

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Más que fútbol
Javier Menéndez Llamazares 03-08-2014 | 1:41 | 0

Nunca dejará de sorprendernos hasta que punto el fútbol, o más bien la identidad y el sentimiento de pertenencia que genera, puede arraigar en nosotros. Estos días, por ejemplo, la estampa es toda una región cariacontecida, con gesto compungido y conversación obsesiva y monotemática en torno a qué ocurrirá con el centenario Racing y si finalmente sobrevivirá a las mil lanzadas que le llegan desde todas las direcciones –a perro flaco, ya se sabe; y Pernía y sus saqueadores no han dejado más que pulgas, y bien molestas–. Como, además, el estío es temporada propicia en lo informativo para serpientes veraniegas y hasta culebrones enteros, el folletín de la supervivencia da un nuevo giro cada día, se cargan los tintes más dramáticos, hasta el punto de que llega a mascarse la hecatombe. Después de años de lucha sin cuartel, y de la entrega más generosa por parte de los aficionados, dándole lo que no tienen, una triste decisión administrativa podría significar su fin.

En medio de la flaqueza de los noticiarios, la lucha agónica de los racinguistas para evitar que Hacienda firme el parte de defunción trasciende hasta conmover la fibra sensible del resto de aficionados del país. «Yo también andaría llorando por las esquinas», me escribe Martínez de Pisón tras ponerse al día de nuestras desgracias, y con ello certifica esa solidaridad entre sufridores que, en realidad, condensa toda la grandeza de una sociedad curtida en la adversidad, y que funciona muy a pesar de sistemas y políticos. Porque el fútbol, el deporte, no deja de ser un reflejo de nuestra sociedad, tanto de lo cultural como de lo sociopolítico. Más que válvula de escape o excusa para descargar adrenalina, como se defendía en otros tiempos carentes de libertades, el fútbol es una pasión que apelando a lo irracional irradia casi todos los ámbitos de la vida, hasta el punto de que para comprenderlo es más necesario recurrir a sociólogos o incluso antropólogos que a expertos en el arte del balón, que en realidad es sólo una pequeña parte de un juego más amplio y complejo, que comienza en un terreno de juego normalizado y bajo un ritual estricto pero luego trasciende hasta los usos de intercambio de toda una sociedad.

Que el jueves diez mil cántabros tomaran la calle para pedir que su club no desaparezca explica bien a las claras la importancia que tiene el Racing en la vida de la región. Algo que va mucho más allá del deporte, y que entronca con una manera de sentirse en el mundo, con cómo nos definimos y con qué símbolos nos identificamos. Porque ese club forma parte ya del patrimonio cultural de Cantabria, un patrimonio inmaterial pero con una fuerza de movilización innegable, que entre todos debemos proteger.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es