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Fecha: julio, 2014
Vivir la radio
Javier Menéndez Llamazares 13-07-2014 | 2:39 | 0

Los pasillos de las redacciones y emisoras, más que lugares de paso, suelen ser puntos de encuentro, donde puedes coincidir con la gente más variada e interesante. En los de Radio Santander, por ejemplo, de vez en cuando me cruzo con Benjamín Prado, cuando interviene en las tertulias nacionales desde los estudios del Pasaje de Peña. Conversando con él, me contó que se pasó años sorprendido de la repercusión de sus manifestaciones públicas, de que alguien le leyera o escuchara pero, sobre todo, me confesó que siempre tuvo el temor de que en cualquier momento descubrirían que en lugar de un gran escritor tan sólo era un impostor, y acabarían por condenarle al ostracismo.

Algo parecido me sucede a mí desde 2009, cuando Beatriz Grijuela me llamó para colaborar en su programa con una sección sobre libros y su irresistible entusiasmo acabó por contagiarme sin remedio. Y es que la oferta no podía resultar más tentadora: la mejor técnica, periodistas enamorados de su trabajo y además el magazine de referencia regional en el fin de semana. Para mí, que venía de las estrecheces de las radios municipales, el A Vivir Cantabria se convirtió en uno de los momentos más placenteros de la semana y la Cadena SER Cantabria en mi casa durante las mañanas de los domingos.

A lo largo de cinco temporadas, por mi sección ‘Letras en red’ han desfilado escritores de primera línea en la literatura española, desde Ignacio Martínez de Pisón a Manuel Rivas, de Julio Llamazares a Clara Sánchez. Pero también autores incipientes, como Use Lahoz. Y han presentado sus libros casi todos los escritores y poetas de Cantabria, de Manuel Arce a Martín Bezanilla y de Adela Sainz Abascal a Mónica Gutiérrez Serna, y hemos dado voz a proyectos colectivos como Absenta, Maisontine o CTRL.

Claro que llenar de novelas, poesía, historia, ilustraciones o cuentos infantiles las mañanas de la radio no hubiera sido posible sin la voluntad de los diferentes profesionales que han sucedido a Beatriz en la dirección del programa, como las excelentes periodistas Marta Bustamante y Tamara Hernández. Caso aparte, desde luego, es Alfonso Pérez, un compañero de viaje con el que resulta imposible no entenderse, como bien saben su oyentes. Alfonso siente pasión por el trabajo bien hecho, y sobre todo desprende esa química tan especial que facilita cualquier tarea y acaba convirtiendo una relación profesional en verdadera amistad.

Hoy domingo, como cada año, se cierra el curso radiofónico, al menos para mi sección literaria. Así que, mientras me despido de las grandes voces que uno tanto admira –Pedro Aresti, Fermín Mier, Roberto González, María Gutiérrez, Miren Azcue y Conchi Castañeda– no puedo evitar sentirme igual que se sentía Benjamín Prado, y preguntarme si esta vez descubrirán mi impostura, y esta temporada será la última.

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Ateneo Centenario
Javier Menéndez Llamazares 06-07-2014 | 7:12 | 0

Anda estos días el Ateneo de Santander de tiros largos, celebrando que lleva ya cien años dando voz y asilo a la Cultura con mayúsculas en nuestra ciudad. Y lo hace, además, en el Palacete del Embarcadero, uno de los recintos más coquetos que puede ofrecer esta ciudad de pitiminí a la que algunos ateneístas renombraron, no sin ciertas ínfulas, la Atenas del Norte, en los años más oscuros del siglo pasado.

Ha pasado ya un siglo desde que unos entusiastas del diálogo se empeñasen en la arriesgada apuesta de crear una casa para el debate, el arte, la ciencia y todo aquello que menosprecian las estrechas miradas que todo lo pesan en la balanza de la rentabilidad económica, en el beneficio inmediato. El Ateneo, entre tanto, ha sabido mantenerse en su sitio, ganando con el tiempo el encanto de lo atemporal, y consiguiendo, en lugar de envejecer, convertirse en un clásico de la vida social de la ciudad.

Con mayor o menor frecuencia, cualquier ciudadano inquieto acaba recalando en sus butacas tarde o temprano. De la misma manera, quien no ha presentado allí su libro no es nadie en las letras españolas, por ejemplo. Porque poco importaría la historia si no siguiera sirviendo de polo de atracción para todos aquellos que tienen algo que decir y mucho que aprender. Y de eso sí que puede presumir: no sólo suelen abrirse las cortinas que hacen la sala más ‘acogedora’; también cuelgan de vez en cuando el cartel de ‘aforo completo’, algo insólito en esta ciudad con centenares de actos y apenas decenas de espectadores. En la última ocasión, fue Álvaro Pombo quien tuvo el honor de conseguir el cerrojazo.

Yo recuerdo aún mi ‘primera vez’ como visitante del Ateneo; corría 2004 y acababa de instalarme en Santander. Asistí un curioso y enconado debate en el que políticos regionales de primera fila debatían sobre la identidad de Cantabria. En el turno de preguntas, un caballero defendió que la provincia habría estado mejor en la comunidad de Castilla, y uno de los ponentes, con inusitada rapidez de reflejos, repuso que fuera a la provincia de León a preguntar qué tal les había ido a ellos en la misma unión. En medio del fuego cruzado se forjó mi imagen del Ateneo como una institución impagable, que deberíamos mimar entre todos porque nos hace mucho más civilizados y, además, mucho más felices.

Después, he vuelto con frecuencia, a escuchar a Manuel Arce o Ramón Viadero y a tantos otros oradores como han lustrado esa tribuna. Aunque debo confesar que lo más me gusta de cada visita es conversar un rato con Ángel, uno de los empleados. Lo que tiene que saber ese hombre, tras toda una vida aprendiendo en el Ateneo.

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El síndrome Iznogud
Javier Menéndez Llamazares 01-07-2014 | 12:58 | 0

La fama se la ha llevado toda Astérix, pero donde realmente lo clavó Reneé Goscinny, que para algo era un genio, fue con Iznogud, el malicioso visir que reconoce sin ambages que quiere «ser califa en lugar del califa». Y es que, por mucho que tenga de caricatura, así es en ocasiones la naturaleza humana, empeñada en conseguir lo que el prójimo tiene, o creemos que tiene, y tanto nos gustaría tener a nosotros.

La grandeza de Goscinny radicó en demostrarnos que, por mucho que uno tiende a pensar que la envidia y las maniobras maquiavélicas son males inherentes al pequeño círculo en que uno se mueve, el mundo fuera no es más grande ni menos insolidario, sino que sigue lleno de gente que se pasa la vida jugando al entretenido deporte de moverle la silla al vecino para ver si se pueden sentar ellos.

Más bien al contrario, con Iznogud comprobamos que la envidia trasciende el provincianismo, y más bien debe tener que ver con la condición humana, y sobre todo con la de ciertos individuos de ambición desmesurada y un sentido del autoanálisis –aquello de la paja en el ojo– bastante menos desarrollado.

Cuando las más aceradas censuras recaen sobre, por ejemplo, Del Bosque, porque «lo ha hecho fatal», no hace falta expresarlo, pero la frase concluye en la mente de quien la pronuncia con un «con lo bien que lo habría hecho yo». Cuando la chica más rompedora de la clase se echa novio, enseguida alguien comenta: «¿Pero cómo puede salir con ese?», y se sobreentiende el »estando yo aquí», que es lo que realmente da sentido a su frase, pero se omite por vergüenza torera. Algo así ocurre en todos los órdenes de la vida, con gente que se corroe pensando en el coche del vecino, en su agenda de contactos o en su

Lo mismo, o aún peor, sucede por ejemplo entre los escritores –o los que se autotitulan como tal, que de todo hay en este mundillo–, que muy a menudo nada tienen que ver con esas poses románticas que venden, sino que se pasan el día mirando de reojo dónde escribe la competencia y si tiene más o menos éxito que uno.

Podemos darle muchas vueltas dialécticas al asunto, pero en el fondo de la crítica interesada suele esconderse el viejo ‘quítate tú para ponerme yo’, que tanto marca la filosofía secreta de algunos.

Claro que de poco sirve tanta necia conjura, que en el fondo sólo genera una profunda insatisfacción, porque igual da lo alto que llegues: siempre habrá alguien más arriba, al que el ‘iznogud’ de turno querrá derribar a toda costa, para lograr ser califa en lugar del califa.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es