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Autor: latentaciondelmundial
Nueve memorias de un Mundial airado
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Igor Paskual | 16-07-2014 | 5:45| 0

1. El mordisco. Este Mundial no será recordado por el mordisco de Luís Suárez a Chiellini sino por el que le da la FIFA al uruguayo con esa sanción desmedida. Recordemos que Matuidi rompió la tibia y el peroné del nigeriano Onazo y sólo recibió una amarilla. Y que Zúñiga quebró la vértebra de Neymar sin tarjeta. El presidente de la República Oriental del Uruguay definió de modo breve y elocuente lo que pensaba sobre la Federación Internacional de Fútbol. Valdano no lo hubiese dicho mejor.

2. La suerte. El azar marcó parte del Mundial. Alemania mereció ganarlo con justicia, pero Argentina bien pudo ganar esa final. El error de Kross podría haber sido uno de los más graves de la historia de las finales pero, un segundo después, Higuaín cometería otro que le pesará por mucho tiempo. Aún dudo si Neuer debió ser expulsado o si Höwedes mereció la roja. O si el golpe de Garay a Kramer o de Agüero a Schweinsteiger fueron sancionables de un modo severo. El devenir de un partido también depende del día que tenga el árbitro. La fortuna es atributo de los campeones. Napoleón ya lo sabía: “traedme generales con suerte”, decía.

3. El cambio de Van Gaal. No era la primera vez que se cambiaba a un portero para afrontar la tanda de penaltis. Lo hizo Schuster en un Ramón de Carrranza en el 2007 y le salió mal. Tras quitar a Casillas en el 91, a Dudek le colaron un gol dos minutos después. Al final, no hubo penaltis. Pero a Van Gaal le salió de maravilla, fue un golpe maestro. Un arma psicológica que afectó a Costa Rica y a su excelente portero.

4. La fase de grupos. Casi todos los goles, excepto los de la semifinal Brasil-Alemania, se produjeron en la fase de grupos y en los octavos de final, es decir, justo cuando en el campeonato aún estaban las selecciones de menor renombre pero mayor descaro. En esos compases iniciales se dieron los partidos más vibrantes. Chile, México, Irán, Argelia, EEUU, Colombia, Uruguay y, por momentos, Croacia, merecieron algo más. De la misma firma merecieron ser escogidos como mejores jugadores otros muchos antes que Messi. Sin duda, el argentino, que no es ni un 20% de lo que puede ofrecer de sí mismo, sintió arcadas al recoger el trofeo. Fue un robo a Robben.

7. La huella de Pep. No se le vió, pero estaba. Los viejos campeones (España) basaron su equipo en el Barcelona que él dirigía y los nuevos vencedores (Alemania) nutren su selección en el Bayern que él entrena. No es sólo mérito de Guardiola, ya que Luís Aragonés fue el arquitecto de la ‘Roja’ europea y el propio Joaquim Löw lleva trabajando de esa forma con Alemania desde hace casi una década. Triunfó el amor por el juego de toque y el proyecto constante armado con coherencia y determinación.

8. Las canciones. No pasará a la historia ni una sóla. El Waka-Waka era una tomadura de pelo, pero tenía la virtud de ser facilona. Ésta ni eso. No hablemos de la que se hizo para la selección española. Si algo bueno trajo su eliminación, fue que no volvimos a saber más de esa vacuidad.

9. Hasta Rusia con amor. De la corrupción del hemisferio sur a la corrupción del hemisferio norte. De la samba al kasachov. De la alegría de carnaval entre los botes de humo de la policía a la seriedad rusa entre nuevos ricos del petróleo. Habrá que repasar a los viejos maestros como Tolstoi o Dovtoeivsky y consultar terribles capítulos de su historia. No olvidemos recitar a poetas como Yevtushenko, en su tiempo ídolo de multitudes. Nos vemos dentro de cuatro años.

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Falsos mitos sobre Alemania y Argentina
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Igor Paskual | 14-07-2014 | 6:56| 0

 

Beckham y uno de sus hijos conversan con Kaká.

Beckham y uno de sus hijos conversan con Kaká.

¿Por qué los artistas, actores y músicos preferían que ganase Argentina antes que Alemania? Existen dos razones, pero la principal es porque los artistas son, como todo el mundo, bastante interesados. Aunque Argentina viva en una crisis perpetua, aún sigue siendo un país muy culto y es un destino laboral excelente para actores y cantantes. Éstos, sabiendo de la pasión descomunal de los argentinos por el fútbol, no dudan en vincularse con la albiceleste para caer en gracia al público de allí. Así que, en cualquier entrevista pública sobre sus preferencias futboleras, siempre van a decir que valoran más a Argentina que a Alemania o que un trozo de corazón suyo reside en La Boca. Y después añaden algún tópico más sobre el apasionado espectador argentino.

Todos en España dicen lo mismo. Milongas. Y, cuidado, yo también tengo un trozo de mi corazón en Argentina y, por tanto, con Argentina. He ido a Buenos Aires como nueve veces, he tocado allí y colaborado en estudio con bandas como Los Primitivos, Fede Kempff o, ahora, Motorama. Y pienso volver, volver, volver, todas las veces que pueda. Por mil y una razones maravillosas. Pero jamás hay que hacerle la pelota al público. No nos engañemos, la mitad de los que hablan maravillas del fútbol argentino se mearían de miedo en un estadio de allí. Preferirían uno alemán. Y se irían de paseo a las tres de la mañana antes por Berlín que por su Boca querida.

Pero, claro, saben que a Alemania no van a trabajar ellos, sino los ingenieros o los D.J’s. Y, en términos estrictamente futbolísticos, no hubiese sido injusto que Argentina ganase una final librada de poder a poder, pero sí que ganase el Mundial. Alemania apostó por una idea de juego hace casi una década. Pese a las derrotas, nunca dejó de creer en lo que hacía. Sabía que estaba en el camino correcto.

Los alemanes dejaron atrás los viejos ropajes y se construyeron una identidad nueva. ¿Hay algo más romántico que la Alemania de este Mundial? Practicaron un estilo que está en contra de la actual corriente conservadora que rechaza el balón, el pase y la belleza. Sin embargo, en el imaginario popular, todavía se considera que Alemania es un ejército de diplodocus rubicundos con menos imaginación que un notario. Pese a que esto no es así, los artistas, tan reacios a cambiar de prejuicios, siguen creyendo que Alemania representa al poder establecido. De ahí procede también su apoyo a la selección argentina, a la que asocian con la lucha contra el sistema. Maradona y su discurso embriagador y, a veces, maniqueo, ha tenido mucho que ver con esta imagen. Por ejemplo, su gol injusto a Inglaterra con la mano es “la mano de Dios” pero, cuatro años después, el penalti injusto que sufre Argentina en la final de Italia 90 es una venganza de la FIFA.

Y es que Argentina ha sabido vender su idiosincrasia caótica y vibrante como si fuera una expresión de su alma de artista. Viven ‘hacia afuera”. Alemania, por el contrario, pese a todo el arte y la filosofía que nos ha dado, no se hace notar como una nación de poetas románticos (que lo fueron) sino como un pueblo de trabajadores sin alma. Viven “hacia dentro”.

Dejémonos de engaños. Aunque en el terreno de la pasión y el balonpié no nos gusta que se rompan nuestros estereotipos, hace mucho tiempo que los papeles clásicos del teatro del fútbol se invirtieron o se mezclaron. Enhorabuena a los finalistas, pero no se fíe de los artistas.

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La deuda
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Igor Paskual | 13-07-2014 | 5:39| 0

Robben agradece el apoyo de su afición tras acabar el Mundial en tercera posición, / Afp

Robben agradece el apoyo de su afición tras acabar el Mundial en tercera posición, / Afp

Dicen que el fútbol tiene una deuda con Holanda. Y no es cierto. Hubiese sido un oprobio para Rinus Michels, el Ajax y la selección naranja que fascinó durante la década de los 70, que esta Holanda ganase. El buen fútbol no es patrimonio de nadie, ni está en el ADN de ningún país. Es un arte común.

Otorgar una bandera a una determinada forma de jugar es un ejercicio de nacionalismo inútil. De hecho, hemos llegado a ver a una Alemania que toca el balón como lo hacía España que, a su vez, tenía la posesión como la antigua Holanda en la que perfectamente podía haber jugado el italiano Pirlo. Italia está iluminada por la gracia de Pirlo. El influjo de Holanda ha pasado como una antorcha de mano en mano, como un balón de pie en pie, a través de jugadores, entrenadores y aficionados que aplaudían esa forma de jugar. Pero premiar a una selección que ya nada tiene que ver con aquella es como felicitar a un nieto por los méritos de su abuelo. Por otro lado, decir que los jugadores de Brasil han ensuciado la bandera nacional o la honra de un país, es mucho más que una exageración. Ellos son fruto de una serie de circunstancias, de un trabajo mal hecho y son hijos del trauma no superado de la eliminación de Brasil en el Mundial 82. En lugar de reflexionar y sacar conclusiones de los errores que cometieron en aquel partido para remediarlos, decidieron negar su juego bonito y encaminarse hacia el fútbol plomizo y aburrido de algunas selecciones europeas.

El caso es que Brasil, depués de ese Mundial, ganó dos Mundiales más, pero nadie recuerda con ilusión esas victorias ni apenas a los futbolistas que las lograron. Ya no eran el faro que iluminaba el mundo. Los títulos son importantes, pero nada es comparable a ese combinado amarillo que en España conquistó los corazones, las almas y las videotecas de todo el planeta. Brasil dejó de enamorar hace años, así que no me parecen tan graves sus derrotas recientes. Lo grave fuenquen ganasen un Mundial como el del 94 o el 2002 con ese fútbol.

Como vemos, los estilos y las formas de jugar al fútbol no son de los países sino de las personas. De hecho, estoy convencido de que Sócrates o Zico hubiesen preferido jugar con Iniesta y Xavi antes que con Hulk o Fernandihno. Y creo que Klose se llevaría mucho mejor en el césped con un croata como Modric que con un alemán como Effenberg. Ya no tiene ningún sentido hablar de venganzas entre selecciones por oprobios sufridos hace décadas. Que si Alemania contra Francia, que si Holanda contra Alemania, Argentina contra Holanda, o Alemania contra Argentina. Están formadas por personas muy distintas y juegan de forma diferente. Lo único para lo que sirve ese entorno bélico en el fútbol, es para poner sobre los hombros de los jugadores una responsabilidad nacional que no les corresponde.

Resultó especialmente triste escuchar a la grada brasileña cantar consignas contra Dilma Rousseff, la presidenta, según avanzaban los goles alemanes. Como si las victorias tapasen la pobreza, la corrupción o los muertos. O como si el equipo fuese un ejército simbólico. Se considera a los jugadores como parte de una cosmogonía donde son héroes o dioses caídos y eso no es beneficioso ni para el fútbol, ni para el país. Nuestras identidades son múltiples y encajonarnos con los traumas del nuestro país esvadir nuestras reponsabilidades. Robben no es Cruyff ni Neymar es Pelé. Son tan dististintos como el país que les tocó vivir. Aunque sea el mismo.

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El Mundial es para los niños
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Igor Paskual | 08-07-2014 | 4:13| 0

Los niños de mi generación aprendimos nuestra escala de valores con el catecismo y Barrio Sésamo. Ahí comprendimos que había cosas buenas y malas, otras que estaban arriba y abajo, y también distinguimos lo que estaba dentro y fuera. Sin embargo, ahora es el fútbol el que se encarga de la educación de los niños. Su presencia descomunal en todos los ámbitos de la vida cotidiana hace que los futbolistas, locutores y entrenadores sean los nuevos profesores. De hecho, cada vez que un futbolista comete un acto reprobable, es una multitud la que exclama al unísono: “Cuidado, que esto lo están viendo los niños”. Es decir, se sabe que el fútbol, más allá del mero deporte y negocio, ofrece unas pautas de comportamiento que serán imitadas. Da igual lo que diga un profesor en la escuela si, después, un imbécil en pantalón corto le pega un codazo a otro, le parte la tibia, la vértebra o simula un penalti. O si se arbitra como Mark Geiger o Velasco Carballo.

De hecho, el fútbol, la FIFA y los comentaristas sacan a los niños a colación cada vez que quieren lavar un poco su imagen. Hasta entonces los niños son lo de menos. Me recuerda a un antiguo compañero de grupo. El tipo en cuestión era un animal de las fiestas que volaba de francachela en francachela. Un día estábamos en una reunión negociando el dinero de una nueva grabación y la gira que venía después. Para hacer frente común decidimos negociar colectivamente. El caso es que sus malos modales y su falta de diplomacia nos estaban haciendo perder lo que, sin duda, hubiéramos conseguido sin esfuerzo. Cuando vio que se escapaban sus peticiones, hizo como la FIFA, los locutores y los columnistas: sacó a los niños a escena. Dijo: “Mis hijos, esto lo hago por los niños, mis niños tienen que comer, ¡es el sueldo de mis niños!”. Nos quedamos de piedra. No sabíamos ni que tenía hijos. Nunca hablaba de ellos, nunca le vimos llamarlos, aunque pasábamos con él todo el rato. Como el fútbol, cuando se quiere justificar algo, se mete a un niño por el medio. Pero, quizá sea mejor que los niños aprendan valores con el fútbol y la FIFA. Así se ahorrarán disgustos y desencantos posteriores. También pueden prepararse mejor para el futuro. A través del fútbol vemos el mundo tal y como es y no como nos gustaría que fuese. Sabrán que puedes salir impune de muchas atrocidades si estás en el bando correcto. Y que todo vale si ganas. Que no siempre vence el mejor. Que el esfuerzo no siempre tiene recompensa. Y así podremos explicar la razón de que se haya pasado del fútbol esperanzador y vibrante de la fase de grupos y los octavos de final a los partidos plomizos y áridos de los cuartos de final.

En las semifinales ya están los de siempre, haciendo lo de siempre, dejando en la cuneta a los equipos nuevos con ganas de ofrecer al fútbol lo que las selecciones con más solera hace décadas que no dan. Los equipos de la semifinal son viejos políticos de profesión asustados ante una nueva hornada de gente que piensa. Las selecciones que han quedado son los directivos de toda la vida dando codazos a los nuevos empleados con ganas de hacer las cosas de forma distinta para que no les quiten su puesto. Quizá la próxima vez ganen Suiza, Argelia, Chile o Méjico y el mundo amanezca distinto. Si la FIFA no lo impide. Y, si no, siempre pueden hacerse una foto más con los niños. Es por ellos.

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La insoportable crueldad del Mundial
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Igor Paskual | 03-07-2014 | 3:37| 0

Todas las emociones del ser humano se han condensado este este Mundial enloquecido entre cuyos extremos queda resumida la vida. Hemos visto dosis de esperanza, lucha y recompensa, pero también han salido a la palestra cantidades ingentes de crueldad, dolor y cierta injusticia… aunque en el fútbol no existe lo justo o lo injusto, sino tan sólo la realidad empírica del gol. No se asciende por los méritos, sino por el acierto. El fútbol está causando dolor, mucho dolor, a algunas selecciones que jugaron bien, que hicieron todo posible por ganar, que acumularon un buen puñado de ocasiones y ahora están fuera del Campeonato. La crueldad se cebó con Chile, como si fuese un país condenado a sufrir cuando la esperanza empieza a saludarles desde el cielo. También fue dolorosa la maldición de los últimos minutos llovidos sobre México. O sobre Suiza. Por no hablar de Argelia. O, en un momento dado, incluso Nigeria. Obviamente, ni Brasil, Holanda, Argentina o Francia sentirán que la vida ha sido injusta. Ellos representan la otra cara de la vida, la del indulto llegado en el último minuto. Ellos, además, cuentan con un elemento inmaterial que juega a su favor: la Historia.

Es como si el aire del paso soplase y les llevase en volandas hacia una victoria improbable en los peores momentos. Las selecciones más novatas aún han de llevar el machete en la mano y abrirse paso entre el retorcido y limitado camino del destino. Las selecciones que han ganado algún Mundial (excepto Inglaterra) o que han sido finalistas, avanzan por un sendero que ya ha sido pisado por sus antepasados. Klose sabe que puede ganar porque ya lo hizo Beckenbauer. Igual que Benzema cuenta con el precedente de Zidane. Por no hablar de Messi, que tiene a Kempes o Maradona llemándole desde el Olimpo para que se sume al club. No es casualidad que a Italia e Inglaterra les eliminara Uruguay, una doble campeona. Ese peso cuenta y, no en vano, se han clasificado todas las campeonas de grupo. Es algo más que suerte. Pero tampoco se puede negar que hay cierta condena sobre estos vencedores. Argentina es un país que vive, siente y respira de forma absolutamente extrema y tiene el peso de recuperar su pedazo de cielo. Dios es argentino y el solio papal está teñido de albiceleste. Sería inexplicable para ellos no volver con el título, por romo que sea su fútbol. Además, es un país en perpetuo conflicto consigo mismo y han de buscar dioses en casa y enemigos fuera. Si en el 86 los malos fueron los ingleses, ahora es el FMI. Por otro lado, los anfitriones tienen la enorme responsabilidad de hacerse con el triunfo para que se esfume el olor de los muertos, las protestas y los favores arbitrales. Tienen todo a favor para que la FIFA sonría con la bolsa llena y sigan impunes sus flamantes casos de soborno. La presión es exagerada. De todos modos, las dos máximas estrellas del Mundial, Messi y Neymar, están en plena forma. Se han paseado todo el año por el césped del club que tan generosamente les paga, reservando fuerzas para el Campeonato. Cristiano Ronaldo, en cambio, llegó fundido tras una temporada extenuante con su club. Una actitud profesional que le honra. Robben jugó en su club y en su selección, consciente de que el fútbol le debe a Holanda un título Mundial por su aportación al arte. Aunque ahora mismo, junto con Brasil, son el calvinismo, el nulo disfrute y goce en el campo y la efectividad máxima. Juegan como el Madrid de la Décima.

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Sobre el autor Igor Paskual
El guitarrista y escritor Igor Paskual desvela su especial visión del fútbol y del Mundial

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