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La ética del fuego
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Igor Paskual | 24-06-2014 | 17:44

Noche de San Juan, fecha clave del año para los amantes de los rituales y las celebraciones con aroma ancestral. El fuego, en San Juan, no es sinónimo de destrucción sino de regeneración. Y esa fue la función del partido frente a Australia. Mudar de piel de la mejor manera posible. No es fácil, cuando todo se derrumba, mantenerse en pie con el uniforme planchado. Y la Selección y, en especial, su entrenador, ardieron con bastante más estilo de lo que se dice en los mentideuros futbolísticos. Ellos no son culpables de ese calendario atroz que los ha dejado inermes.

También las bandas de rock se quedan exhaustas cuando llevan seis años grabando discos y haciendo giras sin descanso.  Y la Selección es como una gran banda de rock. La “roja” creó una obra de primera calidad que, además, logró ser éxito de ventas. Las canciones nacían veloces y sin apa-rente esfuerzo, como los pases de los centrocampistas. Pero nada es lo mismo tras los millones, los discos de oro y el mundo en constante alabanza. La elevada exigencia desgasta como el cin-cel que golpea un bloque de mármol. Y cuando, por fin, la derrota te obliga a detenerte para re-flexionar, te das cuenta de que necesitas hacer una hoguera. El fuego destruye los malos espíritus y los corazones cansados se alivian del yugo que los oprime. Es obligado reconocer que la Selec-ción no jugó bien, pero jamás perdió las formas. Y no es fácil que un grupo de multimillonarios jóvenes y adulados hasta la náusea mantengan la cordura y la convivencia como han hecho ellos. Conozco bandas de rock que, con mucha menos fama, son incapaces de estar cinco horas juntos sin sacarse los ojos.

La única fractura que se produjo en el ecosistema de la selección española no la causaron un grupo de holandeses o chilenos, sino un portugués de Setúbal. Del Bosque tuvo que lidiar con una bomba de relojería que él no había puesto y no sólo se ganó el cielo, sino también una plaza como profesor en cualquier escuela de diplomacia. También tuvo errores pro-pios de un humano que, como todos, tiene sus debilidades: la más hiriente fue su querencia irra-cional por Torres. Villa es, de largo, mucho mejor delantero, con más instinto goleador y bastante más aguerrido a la hora de presionar.

Vi el partido en Segovia, en el hotel, horas antes de nuestro concierto de esa misma noche y de la hoguera. Mientras trataba de calmar mis nervios previos a la actuación, España sacaba el viejo repertorio que la hizo famosa y, por momentos, revivimos los días de gloria, con menos velocidad que hace unos años, pero demostrando que no hay gozo en el balompié comparable a un pase interior de Iniesta. Es cierto que existen muchas formas de ganar, pero a mí me emocionan más unas que otras. Por eso fue un placer recibir la visita de Mi-kel González, de la Real Sociedad, antes del concierto (a diferencia del resto del mundo, los de-portistas pasan por el camerino a saludarte antes de tocar y no después).

Fue emocionante que un tipo que aún vive en Mondragón y a quien le gusta el rock crujiente nos desease suerte, porque sus ánimos nos empujaron a dar uno de los mejores conciertos de la gira “El Creyente”. Mikel es uno de esos jugadores que querrías para tu equipo. Uno de esos que está ahí en la lluvia y en el barro. De los que siente los colores con primas o sin ellas. Además de estética, necesitamos ética. Esa es la gran lección de Del Bosque.

Sobre el autor Igor Paskual
El guitarrista y escritor Igor Paskual desvela su especial visión del fútbol y del Mundial