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Categoría: Baloncesto
Los jornaleros de la gloria

No nos engañemos: el triunfo de la selección española de baloncesto es una flor de final de verano, muy bonita, emocionante y que ha proporcionado mucha audiencia a la tele amiga que ofreció la final una tarde de domingo. Nada más. La cruda realidad de todos los deportes considerados por los grandes medios como minoritarios -y el baloncesto, por desgracia, como muchos otros, es minoritario- es que tienen que conseguir una proeza para poder disfrutar de un poquito de visibilidad, rácana, mínima y, por supuesto, perenne. O ganas un campeonato de Europa o no existes para la misma tele que ahora presume de ser el talismán de los Chicos de oro. Tan injusto como cierto. No nos engañemos. Este martes comienza una nueva jornada de Liga que nos llevará al jueves, para enlazar con la siguiente jornada y tengamos una semana completa de fútbol. Menos el lunes que, por fortuna, ha quedado libre para que los campeones de Europa pudiesen tener su cuota de pantalla para la foto institucional de rigor. Ya se sabe que también la clase política se apunta a la foto solo cuando hay medalla de por medio. La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana. Napoleón dixit. No nos engañemos. La vida periodística deportiva vuelve a sus miserias cotidianas, a si Cristiano desborda mucho o poco, si Benítez es amarrategui o un poeta del juego ofensivo; si Messi es el mejor jugador del mundo, el por qué Valencia pita siempre a sus entrenadores, o el síndrome Champions del Sevilla. Todo ello aderezado por el producto de temporada, como la ruina del fútbol catalán en caso de independencia de Catalunya o el desafío del Barça a la FIFA a cuenta de Ardá. Hasta el próximo título europeo o mundial de los supervivientes a las páginas de polideportivo, ese cajón de sastre en el que viven los jornaleros de la gloria del deporte.

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Justicia poética

Vísperas de la gran final de la Euroliga de baloncesto entre Real Madrid y Olimpiakos. Un periodista con toda su mejor o peor intención, vaya usted a saber, preguntaba a Pablo Laso si pensaba que el baloncesto era el rescatador del Madrid tras un año en blanco del fútbol. La respuesta del entrenador de Vitoria fue políticamente correcta, obviamente, y el reportero se quedó con las ganas de un buen titular, una buena ’rajada’ de Laso reivindicando su trabajo, muchas veces ninguneado por el club, maltratado por una directiva que le hizo pasar un verano, el último, de infierno, despidiendo a sus ayudantes y dejando al propio entrenador en un limbo extraño. Algún gurú ya había pronosticado la llegada de Djordievic al banquillo madridista y la salida de Laso para ser seleccionador de España. En definitiva, un episodio más del largo desencuentro entre la dirigencia y la sección más laureada del Real Madrid. La propaganda se encargó de convertir una gran acontecimiento deportivo como es la Final Four en una tabla de salvación a la que agarrarse para salvar un año aciago. Muchos y buenos aficionados al baloncesto del Real Madrid se preguntaban si tan inusitado interés por el baloncesto se hubiese producido si el equipo de fútbol se encontrara a esa hora de la tarde del domingo jugándose el título de liga. Al final, todos contentos: el Madrid volvía a ganar veinte años después la Copa de Europa; el equipo de fútbol ganaba en Barcelona, aunque de nada sirvió el triunfo; y el personal se distraía con estos fuegos artificiales mientras el Barça ganaba la Liga en el Calderón. Del mal, el menos. A partir de ahora, nos vamos a entretener con filtraciones interesadas, cortinas de humo y especulaciones variadas para pasar cuanto antes página y entretener el personal, que el verano es muy largo. Se queda Ancelotti por descarte, se marcha Ancelotti porque quiere volver a Inglaterra, peor clima, pero más tranquilo que por aquí; que viene De Gea, se marcha Casillas (o le invitan a irse, que también cabe esta opción), y qué hacemos ahora con Keylor Navas (Dios, qué follón con la portería…), ¿se vende la BBC del todo o en trocitos?… Menos mal que llegó Laso y ganó un título. Aunque fuese de baloncesto. Al menos, pasará un verano tranquilo. Justicia poética.

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Siempre quedará el baloncesto

El Real Madrid tiene un tesoro escondido en un pequeño rinconcito en la inmensidad de este enorme club. Es un tesoro que ha proporcionado al club durante su larga historia muchos títulos y muchos días de gloria. Y no ha sido sencillo. La sección de Baloncesto del Real Madrid siempre ha vivido en complicadas circunstancias por su papel de hermana pequeña e incomprendida, bajo la larga sombra del equipo de fútbol, con la amenaza de cierre por defunción y sin demasiado entusiasmo por parte de unos dirigentes que, no por falta de ganas, nunca se atrevieron a dar el paso definitivo de acabar con ella. Ironías del destino, el el baloncesto el único que puede salvar el Annus horribilis del Real Madrid en la Final Four que se celebra este fin de semana en la capital de España. En condiciones normales, si el equipo de fútbol hubiese eliminado a la Juve, el baloncesto seguiría ocupando su habitual papel de actor secundario en la película madridista. La catástrofe del Bernabéu ante los italianos ha pillado a muchos con el pie cambiado, obligados a volver la mirada a Pablo Laso y los suyos en lugar de ocuparse preferentemente del viaje frustrado a Berlín o las remotas opciones de entrar en el tren de la Liga en el último momento. El sino del baloncesto blanco. La única isla desierta en la que el presidente del club puede encontrar refugio tras el doloroso fracaso de un año sin títulos. Han pasado más de 24 horas desde la eliminación y el guión de la derrota es el previsible. Encuestas entre aficionados para confeccionar la lista de responsables del batacazo y  crear el ambiente propicio para la siega de cabezas; perfil bajo en las declaraciones institucionales y escasa autocrítica para señalar qué y quiénes han podido fallar en un año sin títulos. Nueve temporadas bajo el mismo mando presidencial con un balance de una Liga, una Champions y dos Copas. Escaso premio para los miles de millones de euros invertidos. Pero que nadie se apure, siempre quedará el baloncesto.

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Las derrotas huerfanitas

Dos verdades verdaderas para analizar la dura derrota de la selección de baloncesto: después de tanto atracón de caviar, el regreso a la modesta pero nutritiva lenteja es duro. Y dos: la victoria tiene mil padres. La derrota es huérfana. Salvo que tengas a una cabeza de turco para que se coma el marrón. Orenga, dimisión y todos tan felices. Así arreglamos el fracaso de anoche ante los franceses y a otra cosa, mariposa, que ya hemos dedicado demasiado tiempo a historias menores y tenemos prisa por volver a la rutina de siempre, que aquí lo que de verdad interesa al personal es que Sergio Ramos tiene que jugar de lateral en el derby. Lo demás, con perdón, chorradas.

Seguramente el guión de esta película que huele a decepción y fracaso terminará con la lapidación pública de Juan Orenga y poco más. Total, hasta el año que viene no se hablará de nuevo de baloncesto a gran escala, por lo que tampoco merece la pena emplear más esfuerzo. Una lástima, ya que se perdería una magnífica ocasión para que todos los padres del batacazo de ayer se retrataran de cuerpo completo y asumieran, sí, bonito verbo, asumieran su responsabilidad, que aquí hay para todos y todos tenemos nuestra parte alícuota de culpa en la humillación de anoche. Por partes.

José Luis Sáez, presidente de la Federación. El Rey Sol. En su haber, rescatar de la ruina a una entidad condenada a la penuria permanente; gestionar a la mejor generación de jugadores de toda la historia del baloncesto y devolver a este deporte al lugar que por derecho le corresponde. En su contra, el enorme ego que la laminado toda la actividad de la selección y de la Federación. El pernicioso virus del dirigente-protagonista, que no admite que nadie eclipse su figura. Si Orenga, Pepu, Scariolo, Aito, no valen como seleccionadores, puede que el problema sea la persona que los elige. Mal final para un personaje clave en los éxitos de este deporte.

Juan Orenga. Tan buen tipo como relaciones públicas. El mejor entrenador para el concepto Sáez de lo que tiene que ser un seleccionador: alguien que no plantee problemas.  Filosofía muy en la línea de los dirigentes que creen que un grupo excepcionalmente bueno de jugadores no necesita a nadie que los dirija. Por ello no era necesario tener experiencia, ni siquiera conocimientos técnicos exhaustivos sobre dirección de juego. Bastaba con no incomodar demasiado a las estrellas o a la dirigencia. Ideal para el puesto, salvo que te aparezca una Francia peleona en un partido y te caigas con todo el equipo, como sucedió en Madrid.

Jugadores. Negar a la mejor generación de todos los tiempos lo que han logrado sería una necedad mayúscula. Gracias infinitas por lo que nos han hecho disfrutar, vibrar y vivir durante estos años. Sin embargo, es de muy mal deportista soltar, como anoche hiciera Navarro, que el equipo no preparó bien el partido ante Francia, hábil manera de quitarse el marrón de encima, volcar la porquería hacia el entrenador y salir, como casi siempre, libres de cualquier responsabilidad. Orenga habrá gestionado pésimamente el partido, pero el seleccionador no es responsable de los 2/22 en triples, los 8 rebotes ofensivos o los 20 rebotes defensivos de las estadísticas. Entre otras cosas feas que se vieron en la cancha.

Aficionados y prensa. Unos por desconocimiento, otros por soberbia, decidieron que este equipo iba a disputar la final contra los americanos casi sin sudar sobre la pista. Tal cual. La prepotencia se paga caro y la idiotez de la ÑBA, feliz ocurrencia de un responsable de marketing, va a tener una complicada digestión. Como dijo aquel, que cada palo aguante su vela aunque, mucho nos tememos, pasará lo de siempre.

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Sobre el autor @TabernaMou
¡Bares, qué lugares! Tres cosas tienen en común estos templos del saber: la ensaladilla fosilizada, una buena estaca disuasoria para los simpas y las apasionadas discusiones deportivas. Esto quiere ser la Taberna de Mou, un lugar de encuentro para hablar de deporte sin límite de edad, sexo y condición. Bienvenido, te estábamos esperando

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