img
Las gafas de la justicia
img
Francisco Apaolaza | 11-12-2014 | 12:47

Yo no entiendo cómo este país consigue administrar justicia, por eso me gusta pasear por los pasillos de los juzgados, esas trincheras de carpetas de colores hasta los techos. Adoro caminar perplejo por los divertículos intestinales de esa maquinaria que no se sabe cómo no explota. A veces intuyo en ella la magia y juego a que los juzgados de Instrucción de Plaza de Castilla son un acceso a un mundo paralelo, luminoso y al tiempo siniestro, como el Diagon Alley de Harry Potter en el que vuelan lechuzas con expedientes en sus garras y los jueces dictan sentencias con mazas talladas en astas de unicornio. Mi santa, que se llama Elenita, que es abogada, y no cualquiera, en ocasiones, cuando habla de lo suyo usa predicamentos aristotélicos que me resultan cercanos a lenguajes bárbaros de origen caucásico. A veces creo que entre recurso y jurisprudencia va a perder su angélico mirar, va a recitar un conjuro y hacer volar al perro.

No entiendo de derecho, pero quizás no haga falta ser padre de la Constitución para darse cuenta de que están mangoneando y retorciendo la ley por encima de lo razonable. Hay un fiscal asumiendo la defensa de una exinfanta y un juez que investiga a un partido es relevado por unos señores muy respetables a los que designaron gentes de ese mismo partido. Eso es como si el árbitro fuera el padre del delantero, que no es algo que haya que vigilar, sino que sencillamente no debería de poder ocurrir. Se alargan unos procesos que interesan, se acortan otros que no interesan y se pone coto a jueces e instrucciones. No sé cuál es el precio de meter en la cárcel al cuñado de un rey, pero la ley es cada vez más débil con el fuerte y más fuerte con el débil. En este sistema diseñado para poner grilletes a los ladrones de manzana, lo moral y lo legal, que en algún momento debieron de ser lo mismo, se han separado tanto que ya ni se escriben. Las cárceles están llenas de yonkis y las calles de tipos insolventes con cuentas en Delaware. Miren indultos, tasas, aforados, la justicia universal cercenada, los recursos interminables a la primavera, ciento cincuenta mil retruécanos legales interpuestos a la lógica de los hombres y la larga mano de la ley, que ya no sabemos en qué bolsillo está. Le han puesto gafas a la justicia, que era ciega y ahora ve mejor que un búho.

Sobre el autor Francisco Apaolaza
Nací en 1977 en San Sebastián. También me llaman Chapu. Soy observador profesional por cuenta ajena en las páginas de los periódicos de Vocento. Como García Márquez, ascendí con esfuerzo por las diferentes áreas de un periódico hasta llegar a lo que soy: reportero raso. Antes, jefe de Área de Cultura y Sociedad en ‘La Voz de Cádiz’, hoy parte del equipo de la sección V de reportajes. Aquí, columnista. @chapuapaolaza

Categorías