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Gordos
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Francisco Apaolaza | 27-11-2014 | 11:37

Hace tiempo que sabemos que una parte del mundo se muere de hambre y la otra palma por comer demasiado. Ahora empezamos a no saber cuál es cuál. A base de sustituir carnes y pescados por alimentos más baratos, los españoles más pobres están engordando. Como los extremos alimentarios también se tocan, antes nos poníamos fondones por vicio; ahora por necesidad.
Hoy hay varios tipos de gordos. La mayoría son ex, porque casi todos, llegado un momento, nos pusimos a correr. Hasta los que nos creíamos inmortales y aplicábamos a las barrigas las teorías de la cabeza: dos piensan mejor que una. Todos pasamos tarde o temprano por esa tienda francesa donde se compra material deportivo por encima de lo razonable y nos vimos en un espejo con mallas y pinta de chuflilla. En el parque de debajo de mi casa me siento como en la villa olímpica. Se han puesto a entrenar hasta los toreros y los golfos que nos tomábamos la dieta como Francisco Nicolás Gómez Iglesias la vida: “Venga, dale y todo p’alante”.
Luego están los gordos obligados, que no son nuevos en esta selva, pero que han aparecido en masa cuando creíamos que no habría ya más obesos, pero tampoco más hambre. Son una sorpresa. Se atiborran de lo que pueden, lo que llena más y lo que sacan de esas bolsas que les dan en las colas, en su mayor parte arroz, pasta y legumbres, sin morcilla, ni carne, pues a nadie se le ocurre dejar en las recogidas de alimentos chuletones de buey viejo de Tolosa.
Nadie les dice nada de su físico porque nadie les dice nada en general. Son toneladas de gente sin importancia. Antes su vida valía menos que la bala que los mataba y ahora menos que un entrecot. Ayer estuve con un tipo de 34 años que lleva desde los 31 sin comerse un filete porque no tiene con qué pagarlo. Pollo, si hay suerte y las lentejas, lavadas. Le falta de todo menos hierro, quizás por eso sonríe como un tipo duro en la trasera de una calle de Vallecas en la que no para de llover y donde transitan fantasmas con latas de cerveza en la mano. Se le están cayendo los dientes, así que no considera el peso un problema. Los parias del hambre en España y los niños de bocadillo imaginario no están flacos, quién nos lo iba a decir. El futuro.

Sobre el autor Francisco Apaolaza
Nací en 1977 en San Sebastián. También me llaman Chapu. Soy observador profesional por cuenta ajena en las páginas de los periódicos de Vocento. Como García Márquez, ascendí con esfuerzo por las diferentes áreas de un periódico hasta llegar a lo que soy: reportero raso. Antes, jefe de Área de Cultura y Sociedad en ‘La Voz de Cádiz’, hoy parte del equipo de la sección V de reportajes. Aquí, columnista. @chapuapaolaza

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