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Pies
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Francisco Apaolaza | 14-09-2014 | 16:44

Surtido de pies en el Metro de Madrid. Pies sobre los que camina la crisis. Zapatos derruidos en imitaciones de cuero gastados hace tanto. Pies de no tener para vestirse por los pies. Los pies del sueño, los pies de la incertidumbre, siempre escoltados por una mano que sujeta una carpeta con méritos excesivos y ausencia de futuro. También hay pies de kilometraje, de uniforme de camarero, de chancleta y uña negra de polvo asfáltico. Pies de vivir en El Cairo.
Presiento el pie arqueado del veinteañero que traquetea los ritmos de su música, el pie estático del ejecutivo, y el pie volcado del viajero vencido por el cansancio. Veo pies apresados, pies maltratados, pies expresionistas de juanete y tirita embutidos en sandalias imposibles que al final no dieron de sí. Pies diligentes, pies vagos, pies planos y pies hinchados de asistentas y dependientes. Pies de babucha antisistema y pies con zapato de rejilla brillante de abuelo y tacón de señora impecable camino de los toros. Pies adolescentes relucen por la noche cuando cacarea la hormona. Estos son pies arreglados y apestan a perfume, a mirada, a cacería, a cercanía de beso húmedo y caliente, a revolcón de pie y ropa interior en el suelo. De amanecida, tiznados aún por la grasa negra del suelo de la noche conviven con pies de carrera, zapatilla de pronador y baño de réflex. En verano hasta se pueden ver pies de cangrejera gaditana, fuera de todo contexto aquí, tan lejos del mar.
Hay pies negros y descomunales, que otros pies evitan pisar, y pies diminutos, orientales y duros, embarcados en minúsculas bailarinas de tercera. Pies de marquesa, de jugadora de pádel y pies de toda alcurnia, excepto pies de prostituta, pues en Madrid las putas se mueven en taxi.
Obvio torsos y caras. No consigo adivinar el impulso que mueve esos pies, si pertenecen a un santo o un asesino y si el camino que les queda es largo o corto. Si hay algo en ellos que les haga ser pies vascos, catalanes, judíos, pies de Cristo o de Alá. Si aún de vez en cuando cambian el paso en pequeños brincos entusiasmados o ya solo arrastran su esperanza en el vacío.

Sobre el autor Francisco Apaolaza
Nací en 1977 en San Sebastián. También me llaman Chapu. Soy observador profesional por cuenta ajena en las páginas de los periódicos de Vocento. Como García Márquez, ascendí con esfuerzo por las diferentes áreas de un periódico hasta llegar a lo que soy: reportero raso. Antes, jefe de Área de Cultura y Sociedad en ‘La Voz de Cádiz’, hoy parte del equipo de la sección V de reportajes. Aquí, columnista. @chapuapaolaza

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