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Un váter a orillas del Mara
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Francisco Apaolaza | 08-09-2014 | 15:30

En la orilla norte del río Mara, en Kenia, se erige una tienda de campaña abierta a un río poderoso hecho de sangre vieja que recorre aquella tierra como una herida que prende. Al frente, flotan entre dos aguas un par de hipopótamos como submarinos rosados que imagino rellenos de tres toneladas de jamón cocido.
Suenan las llamadas de pequeñas aves que sorprenden con voces graves y huecas de pajarón y desde el río arriba llega el siseo de los rápidos junto a los que Brutus, un enorme saurio de cuatro metros, espera que pase flotando su ración de cadáveres con la frialdad metódica un ejecutivo en un sushi bar. Corre una brisa ligerísima y pese a que la habitación no tiene paredes más que de tela, todo lo que sucede allí dentro, ya sea chapuzón de bala de cañón lanzada al agua o chorrito abundoso y percutiente, toda esa melodía incómoda queda discretamente tapada por fondo acústico del torrente.
Huele a hierba cortada, seca y vuelta a mojar, a suelo fermentado, a mantequilla de la buena, a fuego y a estiércol diluido. Huele a pelo y a césped, que es como huele el Mara. Está limpio como una patena y siempre hay papel. A la izquierda, una bacinilla, una jarra con agua y un espejo colgado del ramaje de un crotón de hoja naranja como simpático y lujoso atrezzo.
Es el trono perfecto para que allí planten las duquesas, los mendigos, las modelos, los ancianos y los emperadores. Resulta también ideal para reflexionar y trazar ocurrentes mapas mentales sobre los viajes de la materia en el interior de los humanos, los paraísos perdidos de Rilke o la pirámide de Maslow, a la que el propio inodoro pone en solfa como un rebelde blanco y reluciente, pues es mezcla ocurrentísima entre lujo y llaneza.
Detrás de la curiosa cabaña hay una lanza masai que basta clavar en la tierra para que otros humanos no rompan tan pastoril escena, pero el aviso no tiene ningún efecto sobre la fauna local que, como imaginan, es rica, diversa e indiscreta. Por poner un ejemplo, ronda el servicio un macho joven de elefante, un pibe adolescente hecho de músculo y hormona que podría parecer travieso aunque en realidad no haga otra cosa que agilizar el tránsito digestivo del usuario del servicio gracias al batir de sus orejas, a sus cargas simuladas y a algún trompetazo a bocajarro. Es sin duda uno de los mejores váteres del mundo.

Sobre el autor Francisco Apaolaza
Nací en 1977 en San Sebastián. También me llaman Chapu. Soy observador profesional por cuenta ajena en las páginas de los periódicos de Vocento. Como García Márquez, ascendí con esfuerzo por las diferentes áreas de un periódico hasta llegar a lo que soy: reportero raso. Antes, jefe de Área de Cultura y Sociedad en ‘La Voz de Cádiz’, hoy parte del equipo de la sección V de reportajes. Aquí, columnista. @chapuapaolaza

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