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Café con Cañete a más de 250 kilómetros por hora

2014 May 12
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Un café con leche y un Donut, para ser exactos. Son las diez y media de la mañana y la cafetería del AVE que hace el trayecto Madrid-Alicante está poco poblada, pero la gente reconoce al ‘ministro Cañete’, pero Cañete ya no es ministro, sino candidato a las elecciones europeas. Asegura que, en esta ocasión, su salida del Ministerio de Agricultura ha sido mucho más amable que en 2004. Su sustituta, Elena Espinosa, no le miró ni una sola vez durante el intercambio de cartera. Además, abandonó el edificio en una Vespa propiedad de la que diez años después se iba a convertir en su sutituta, Isabel García Tejerina, porque nadie le ofreció (“ni yo lo pedí”) mantener su escolta. Confirma que su teléfono suena menos desde que ya no es ministro, pero que no se ha quedado mudo.
Charlar de manera informal con Cañete, pese a los vaivenes que produce viajar a más de 250 kilómetros por hora, es una experiencia que apuntala su imagen de hombre bonachón, de buen compañero de una tarde de vinos y cañas. Se marcha del Ejecutivo como el ministro más valorado. “Papá, no te vengas arriba, que has sacado un 3,17”, le recuerda en tono irónico su hijo. A Cañete tampoco le dice nada esa posición de privilegio. Es un hombre que le gusta tener los pies en el suelo. Rápidamente ofrece otro dato: siempre estuvo en el pelotón de los ministros peor valorados durante los gobiernos de José María Aznar.
Guarda las formas para evitar lo políticamente incorrecto, pero está claro que Cañete quiere ser Comisario Europeo y dejar la portavocía y el control del Grupo Popular en el Parlamento a Esteban González Pons. Eso son los planes de Rajoy, “pero para eso tiene que ganar el PP en toda Europa”.
El cabeza de cartel del PP asegura que, pase lo que pase, dentro de cinco años dará un paso atrás. No quiere eternizarse en política, aunque tras casi tres décadas, es uno de los viejos rockeros de su partido. Amigo personal de Mariano Rajoy y uno de los pupilos más fieles de José María Aznar, se ha convertido en un improvisado medidador entre los dos gigantes del PP. Nunca se decantará por ninguno de los dos y achaca los problemas logísticos a que ha llegado tarde a la precampaña. Al final, le planteo que los tiempos de Rajoy pueden provocar daños colaterales en el partido. Me responde con una pregunta, qué si me gustan los coches. A él sí, sobre todo los antiguos, su gran pasión. Y a partir de ahí, ya sin café y sin Donut, comienza otra charla.

Síndrome de campaña

2014 May 5
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Una de las pocas cosas que tienen en común los músicos, los políticos y los periodistas que se dedican a la información política es que, en determinada época del año, se convierten en aves de paso y se echan a la carretera. Eso sí, los primeros en busca de éxitos; los segundos, de votos y los terceros, porque no les queda más remedio.

La semana pasada, conversando con dos veteranos periodistas, Manolo Sánchez (histórico de El Mundo, ahora en eldiario.es) y José Luis Ramos (referente de Europa Press, ahora jefe de prensa del presidente del Congreso), me recordaron una anécdota que casi se merece una novela.

Sánchez recordaba cómo una madrugada de la campaña de 2004, mientras viajaban en autobús a algún aeropuerto, Ramos lanzó la siguiente perla: “uno sabe que tiene el síndrome de campaña electoral cuando, tras pasar varias noches en hoteles, vuelve a dormir en su casa y lo primero que hace por la mañana es llevarse del baño de su propia casa los jabones, el champú y el peine).

Ya no hay marcha atrás. Desde hace algunos años, siempre que acaba una campaña electoral, los dirigentes del partido político de turno, vaticinan que será la última. Argumentan que en la era de las nuevas tecnologías y de las redes sociales ya no tiene sentido organizar mítines en plaza de toros o polideportivos para que aplaudan los acólitos. Un augurio, que una vez más no se ha cumplido.

Miguel Arias Cañete se enfrenta al reto de movilizar a los miles de desencantados con algunas de las decisiones de Mariano Rajoy. Elena Valenciano cuenta con la rémora de que la campaña de las europeas es, a la vez, un laberinto de disputas internas en busca de posicionarse de cara a las primarias de noviembre.

En esta ocasión, los 15 días finales tienen un cariz más decisivo que en anteriores citas electorales. Más de 46% de la población aún no sabe a quién votará o si va ir a votar. La desafección hacia la política aumenta, pero eso no entra en el examen del día 25 y los grandes partidos sólo buscan sacar un voto más que el contrario para proclamarse vencedor.

Más atrás, lo llamados emergentes sueñan con el ocaso del bipartidismo. Una sensación que hace apenas tres meses parecía más real que ahora, en el que la maquinaria de los dinosaurios se ha puesto en marcha y apenas dejan espacio a los partidos pequeños para hacer propuestas. Proponer, para eso idearon las campañas electorales. Pero, por lo visto en la atípica precampaña, los insultos y los reproches volverán a ganar por goleada.

Otros tienen pesadillas más humildes. Los hay que temen que su pareja vuelva a meter en casa decenas de jabones de hotel.

¿Un Monago o un Fabra para el PP andaluz?

2013 August 26
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    María José García Pelayo, alcaldesa de Jerez de la Frontera, irrumpe con fuerza en la lista de candidatos para sustituir a Zoido

  • El PP deambula por Andalucía sin timonel intentado digerir el diabólico techo electoral que logró Javier Arenas en las elecciones autonómicas de 2012. Sin mayoría absoluta, su título honorífico de candidato más votado se diluyó como un azucarillo en la vorágine de la política andaluza. Ya nadie se acuerda de la gesta que acabó en decepción crónica. El nombramiento de Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla, como presidente de los populares andaluces, cerró en falso una crisis interna que, de no ser por el escándalo Bárcenas o por la dureza de los planes de ajustes del Ejecutivo de Mariano Rajoy, hubiera tenido más atención por parte de Génova.
  • La dimisión de José Antonio Griñán, en un momento muy bien medido por el presidente socialista, ha dejado al descubierto todos los flancos débiles del PP-A. Los socialistas están haciendo una delicada e histórica transición sin apenas desgaste, porque sus rivales están más pendiente del futuro que del presente.Zoido, y eso le honra, dejó claro desde el principio que él quería seguir siendo lo que es: alcalde de Sevilla; Arenas intenta capitanear, una vez más, la transición en Andalucía; los ocho presidentes provinciales se impacientan porque la falta de líder lastra sus propias expectativas electorales. Todo fuego de artificios.  El futuro de los populares andaluces se decidirá en Madrid. María Dolores de Cospedal quiere poner fin al ‘arenismo’, ardua tarea en un territorio que el veterano político de Olvera ha zurcido durante años a su imagen y semejanza, con gran sacrificio personal.
  • Mariano Rajoy, juez principal en esta contienda, sabe que su futuro en la Moncloa depende en buena parte del botín andaluz, una comunidad con ocho millones de habitantes. El líder del PP firmaría con los ojos cerrados cualquier solución que no abriese un nuevo frente en su díscola tropa. Se antoja que, en esta ocasión, la demora en tomar una decisión ha podido ser contraproducente.El PP tiene arriesgar si quiere tener opciones de ganar y gobernar en Andalucía. Debe decidir si quiere a un José Antonio Monago, que rompió con todos los estereotipos que atenazaban a los populares extremeño y que ha sido capaz, incluso, de mostrar en público sus discrepancias con Mariano Rajoy, o apuesta por un Alberto Fabra, que se dedica a recomponer los mil pedazos en los que estalló el PP valenciano, tras el tortuoso relevo de Francisco Camps. Eso sí, Fabra ha dado menos quebraderos de cabeza a Madrid que Monago o que Ignacio González. El presidente del PP de Madrid ha llegado a votar incluso en contra de la propuesta de reparto de déficit asimétrico que ideó el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro.
  • El PP andaluz necesita ideas del siglo XXI. La legítima obsesión por descubrir qué hay detrás de los EREs irregulares tendrá menos impacto frente a Susana Diaz, la inminente presidenta de la Junta de Andalucía, que estaba muy lejos del Gobierno andaluz cuando presuntamente se urdió la trama. Las primeras pistas hacen pensar que la opción será conservadora. Mariano Rajoy, poco partidario de experimentos, corteja sin éxito a Miguel Arias Cañete.
  • El ministro de Agricultura, a punto de cumplir los 63 años, no se ve recorriendo los miles de kilómetros de carreteras andaluzas pidiendo el voto. La presión es fuerte, pero Cañete es un hombre de recursos y tiene su propia apuesta: María José García Pelayo, alcaldesa de Jerez de la Frontera y parlamentaria andaluza, lo que resulta una combinación perfecta para esta cruzada: experiencia de gobierno y un escaño en el hemiciclo desde donde poder enfrentarse a su rival Diaz cada semana.Su nombre irrumpe con fuerza en una lista de candidatos en los que ya están por méritos propios José Luis Sanz, número dos de Zoido, Carmen Crespo, delegada del Gobierno en Andalucía o Juan Manuel Moreno Bonilla, el preferido de los que abogan por la fórmula de savia nueva para una tarea añeja: ganar al PSOE en Andalucía.

 

 

Rajoy no hace footing, su ritmo es otro

2013 August 19
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Mariano Rajoy, en contra de esa extendida teoría que florece cada verano, no hace footing ni mucho menos ‘running’. Lo suyo es caminar, pero debe ser que resulta más ‘in’ decir que el jefe del Ejecutivo sigue la estela de Obama, Putin, Cameron o, incluso, de Zapatero. Los pantalones de lino que emplea Rajoy para este ejercicio, al que dedica la primera hora de su jornada, muestran una estampa muy distante de la de un corredor tipo.  Con constancia y paso marcial, pero sin levantar los pies del suelo.  A buena parte de  su parroquia le gustaría, añorando los versos de Machado, que el presidente del Gobierno siempre hiciera kilómetros de camino a andar, pero su ritmo es otro. Y no sólo a la hora de hacer deporte.

El escándalo Bárcenas marchita la flor de Rajoy mucho más rápido de lo que sus gurús se atrevieron a vaticinar. Una de las medidas que se atojan inevitables para intentar recuperar la iniciativa política es una doble crisis: en el Gobierno y en la dirección del PP. A la sombra de esta evidencia, el runrún quinielas sobre sustitutos y sustituidos comienza a vagar por las mermadas redacciones de los medios de comunicación en este nada tedioso agosto.

“Si quieres que algo no se sepa, ni lo pienses”. La frase es de Mariano Rajoy, que suele repetirla en esas raras ocasiones en las que conversa en tono distendido con los periodistas que habitualmente le acompañan por el mundo. Todo un manual de intenciones que deja en evidencia las predicciones sobre cualquiera de sus movimientos: de entrada, no los comparte con nadie. Llegado el momento, lo transmite a su círculo de confianza en el que, pese a toda la tormenta judicial, siguen reinando Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal.

Rajoy, además, predicó a los cuatro vientos que sería un presidente previsible. Una letanía que quedó herida con sus incumplimientos electorales, en especial en el área impositiva. Si partimos de la base de que al líder del PP no le gustan ni los saltos al vacío ni las sobreactuaciones, todo hace indicar que sus cambios en el Gobierno e, incluso en el partido, gravitarán en torno a las elecciones al Parlamento Europeo, que se celebrarán el año próximo.

Hace cinco años, Rajoy anunció la candidatura europea el 6 de enero. Repetir plazos, con los chuzos de punta que han caído, caen y caerán en los próximos meses sobre los endebles tejados de Génova y Moncloa, puede tornarse en una eternidad con inciertas consecuencias electorales. Otra fecha a subrayar en rojo será la de la Convención Nacional, que el PP tenía previsto celebrar en octubre. Un cónclave que aún está por cerrarse, tal evz oprque el PSOE tampoco acaba de anclar el suyo.

Si Rajoy se mantiene fiel a sí mismo, los cambios serán mínimos. Si hace caso a las encuestas y riega con savia nueva algunos ministerios quemados como Educación, Sanidad, Defensa, Asuntos Exteriores o Hacienda, o simplemente si acaba con el muro de acero que ahora separa al Gobierno del PP, el presidente tendrá que iniciar una revolución interna de gran calado. Quién sabe, tal vez esta vez denosté la marcha nórdica y se convierta en un velocista.  

Hay nombres que pitan más que otros. A Miguel Arias Cañete, el ministro mejor más valorado dentro del suspenso general de este Gobierno, ya le han colocado como candidato a tres presuntos destinos: Vicepresidente del Ejecutivo, para evitar la sobreexposición de Soraya Sáenz de Santamaría al desgaste semanal de las ruedas de prensa posterior al Consejo de Ministros; como Comisario Europeo, un puesto al que aspira desde hace años e, incluso, como candidato a la presidencia del PP a la Junta de Andalucía, un terreno cenagoso que no quiere pisar bajo ningún concepto.

En boca de muchos, pero por motivos muy distintos, está Javier Arenas, último baluarte -junto a Mariano Rajoy-  de la vieja guarda del PP. Muchos le dan por amortizado a raíz del caso Bárcenas, pero su caía de la cúpula del partido puede tener lecturas inquietantes. Hasta hora, el armazón de la tesis de Rajoy (y del PP) es que el partido no ha cometido ninguna irregularidad y que tanto las cuentas en suiza como los apuntes opacos en la contabilidad del partido son responsabilidad únicamente del extesorero. Pero su echan a Arenas, la interpretación será otra bien distinta.

Una tercera vía, nada disparatada a tenor de los antecedentes, será la de remodelar la dirección nacional del PP por adición, es decir, sumando nombres que en el día a día asuman el verdadero poder interno.

El Alcaide de Brubeker advertiría a Rajoy de la caducidad de las herencias

2012 November 20
brubaker

La escena me llamó mucho la atención. Robert Redford se había hecho pasar por un preso para conocer por dentro la cárcel que iba a dirigir. Después del baño de realidad, dio el paso y se plantó en la oficina del Alcaide para hacer oficial su relevo. El detalle que más me impactó fue que el viejo, y corrupto director de la prisión, sacó de la caja fuerte dos cartas cerradas y aconsejó a Brubeker, que así se llamaba tanto el personaje que interpreta Redford como la película en sí, que hiciera lo mismo.
No recuerdo el diálogo textual, pero el Alcaide le vino a decir que escribiera en la primera carta una acusación contundente contra su antecesor en la que le responsabilizara de cualquier error en sus primeros meses de gestión. Sólo la debía utilizar una vez.
La segunda misiva sólo la debería usar si se producía un segundo escándalo. ¿Y que debía escribir? Pues, sencillamente, su renuncia.
Ni Mariano Rajoy ni ninguno de sus colaboradores podrá leer de una tacada los incontables resúmenes que se han escrito sobre el primer aniversario del aplastante triunfo del PP en las elecciones del 20 de noviembre.
Luces y sombras, según el barrio, de un mandato en el que, como el Alcaida de Brubeker, Rajoy ha empleado la dura herencia económica que le dejó José Luis Rodríguez Zapatero para intentar justificar prácticas repudiadas por el PP mientras estuvo en la oposición como la subida de impuestos o los históricos tijeretazos asestados a tres de los principales pilares del estado del bienestar: educación, sanidad y dependencia.
Tal vez, en un gesto nostálgico, a Mariano Rajoy le de por releer su Discurso de Investidura. Sí lo hace, se encontrará con este párrafo: “En la política, no existe la herencia a beneficio de inventario. Sabíamos, y sabemos, lo que nos espera. Y sabemos que se nos juzgará por lo que consigamos, y no por lo que intentemos, o por cómo nos hayamos encontrado las cosas”.
Más allá de contradicciones endémicas, nadie duda en el Ejecutivo que las herencias caducan. La memoria es frágil y dentro de no muchos meses, el nombre de Zapatero resultará añejo. El presidente del Gobierno sabe que, arrancada la hoja de su primer año del triunfo electoral, todo lo que el Ejecutivo logre, malogre o deje de hacer llevará su nombre y apellido.
El PSOE, con Alfredo Pérez Rubalcaba o sin él, aguarda con impaciencia este momento en el que desaparezca del imaginario colectivo lo malo de la ‘era Zapatero’. Y es que si al PP le pesa el legado económico de Zapatero, al PSOE lo atormenta tanto como el pecado original. Los del puño y la rosa, lejos de remontar, sigue en caída libre. Y sólo gracias a esta perspectiva, los casi nueve puntos que ha perdido el PP en intención de voto son tan sólo una anécdota.

En la política, no existe la herencia a beneficio de inventario. Sabíamos, y sabemos, lo que nos espera. Y sabemos que se nos juzgará por lo que consigamos, y no por lo que intentemos, o por cómo nos hayamos encontrado las cosas