Skip to content

El túnel fue la víctima oficial número 17

2012 febrero 5

Los compañeros de Amador Vilches, fallecido el 30 de abril de 1959 por un desprendimiento dentro del túnel, escoltan el féretro del peón desde la clínica hasta la iglesia. FOTO GARCÍA PELAYO

 

La empresa Portolés reconoció en mayo de 1959 que habían muerto 16 trabajadores durante la perforación de la galería de La Engaña que unía Burgos con Cantabria

 

TERESA COBO / SANTANDER

Dieciséis nombres de trabajadores muertos iban a figurar en una placa colocala en un lugar destacado del túnel de La Engaña. Era el homenaje que la empresa Portolés y Compañía quería rendir a los obreros que se dejaron la vida en la perforación de la galería. Nunca llegó a instalarse, porque la dictadura franquista condenó al túnel a una muerte lenta pero segura. La misma que padecieron cientos de operarios que contrajeron la silicosis. La placa se quedaba pequeña para esos otros hombres y para aquellos que escaparon al recuento oficial porque no fallecieron en el acto.

El túnel de La Engaña terminó de horadarse en la madrugada del 26 de abril de 1959. El Diario Montañés dio la exclusiva para toda España en su edición de esa misma fecha. Setecientos hombres trabajaron a destajo día y noche desde ambas bocas, “en un esfuerzo titánico”, recogía el periódico, “para rematar la gigantesca obra”. El 9 de mayo, el periodista Julio Poo San Román informaba de la inauguración oficial del “famosos túnel de La Engaña, que, con sus siete kilómetros de longitud, era el obstáculo principal que se oponía a la construcción del ferrocarril Santander-Mediterráneo”.

La comitiva formada por autoridades civiles y militares del Movimieto en Burgos y Santander, por cargos de la Dirección General de Ferrocarriles e ingenieros y directivos de Renfe se dirigió primero a la boca norte, en Vega de Pas, y después, a la boca sur, en Valdeporres. Concluidos los actos protocolarios, la caravana partió desde Santelices hasta Villarcayo, donde la constructora Portolés y Cía ofreció un banquete en el que se pronunciaron discursos que, recobrados de la hemeroteca 53 años después, arrojan luz sobre algunos de los capítulos más oscuros de la historia del túnel y del abortado Santander-Mediterráneo.

Piedad de mármol

A los postres, tomó la palabra Carlos Portolés, director gerente de la constructora zaragozana Portolés y Compañía. El cronista Julio Poo recoge su intervención, en la que “dedica un recuerdo emocionado y piadoso a las dieciséis víctimas que han caído durante la perforación en el cumplimiento del deber y solicita del director general de Ferrocarriles autorización para colocar una placa de mármol con sus nombres en un lugar adecuado del túnel”. El aludido, Lorenzo Ochando, que habló en último lugar, “consideró acertadísima la piadosa idea de colocar una lápida por los que cayeron en el trabajo”.

La losa sobre sus tumbas fue lo único que al final obtuvieron aquellos trabajadores. Una lámina de mármol con los nombres grabados habría sido de gran ayuda para rescatarlos del olvido, aunque ese homenaje dejaba fuera a los 560 presos políticos republicanos obligados a trabajar en el tramo Santelices-Yera entre 1941 y 1945, cuando estaba a cargo de las obras la compañía Ferrocarriles y Construcciones ABC, y no hacía justicia a los cientos de obreros que contrajeron la silicosis por aspirar polvo de sílice cristalina dentro del túnel y que murieron años después, víctimas de esa enfermedad laboral.

¿Quiénes eran aquellos obreros que dejaron su vida en el túnel? De las hemerotecas podemos recuperar algunos de aquellos nombres que iban a figurar en la lápida conmemorativa. Muchos eran jóvenes inmigrantes del sur de España que huían de la penuria de los campos de Andalucía o Extremadura para contribuir al sustento de sus familias en una obra en la que, a cambio de soportar unas condiciones laborales extremas, estaba garantizado el jornal y el contrato. La construcción de la línea para el ferrocarril llevó riqueza y empleo a Valdeporres y al Valle de Pas, pero los que entraban a perforar eran casi siempre de fuera. Los había también de Cuenca, Murcia, Aragón, Asturias, Galicia.

Muertos jóvenes

José Morante González trabajaba en la boca norte, al ritmo que se impuso a partir de 1954, cuando ya se construían tres metros lineales de túnel al día y los obreros realizaban turnos extenuantes de doce horas. El 16 de abril de 1955 hubo un derrumbre en la zona de avance desde Vega de Pas. Parte de la bóveda se desplomó sobre Morante, que quedó sepultado bajo los escombros. Sus compañeros lograron extraerlo y lo llevaron hasta la clínica habilitada en una de las viviendas construidas para los ingenieros, cerca de la estación de Yera, donde ingresó ya cadáver. Tenía 19 años. ABC publicó una brevísima nota sobre el suceso.

Manolo Mateos Giménez, de 76 años, en las ruinas del poblado de la boca sur, en la Merindad de Valdeporres (Burgos). FOTO T. C.

No era extraño que las víctimas fueran jóvenes. Algunos de los peones, palistas y barreneros eran incluso menores de edad. Manolo Mateos Giménez, que hoy tiene 76 años, comenzó con 16, porque falsificaron los papeles para que figurara en el contrato con 18 años. Su prudencia le libró de ser una de las víctimas del túnel en la boca sur, la burgalesa. El granadino se negó a barrenar en una zona sin apuntalar sobre la que pendía una enorme roca. El capataz de aquel turno, llamado Dionisio, le quitó la barrena de las manos y, apenas la metió en la pared, quedó sepultado sin que le diera tiempo a ver la mole que se le venía encima. Murió reventado y Mateos no olvida lo penoso que fue el proceso de recuperación de los restos.

José Tomás Calixto Espín abandonó su Andújar natal para ganarse el pan en las obras del túnel y se convirtió en vecino de Vega de Pas. Miguel Conejo Sanguino llegó con el mismo propósito desde el pueblo de Burguillos del Cerro, en Badajoz. El 2 de octubre de 1957 se afanaban en el ensanchamiento desde la boca norte cuando una piedra se desprendió de la parte alta de la galería y los alcanzó a ambos. El andaluz, José Tomás, tenía 25 años y murió en el accidente. A Miguel, el extremeño, de 30 años, lo rescataron con vida, pero fue trasladado en estado muy grave a la Casa de la Salud de Valdecilla. Sufría heridas múltiples en la cabeza y en la región escapular izquierda. El Diario Montañés recogía el suceso en su edición del 3 de octubre.

¿Sobrevivió Miguel? Su rastro se pierde en las hemerotecas. ¿Qué fue de él? ¿Qué fue de otros compañeros heridos por las grandes rocas planas que se desprendían? “Aquí en la Vega cayeron varios por los lisos, pero de los que marchaban en muy mal estado no volvíamos a tener noticia. No sabíamos si morían en Valdecilla o qué se hacía de ellos”, dice Manolo Pelayo Revuelta, de 87 años, que empezó a trabajar con 17 en las obras, pero nunca en la perforación. “Los de aquí no queríamos meternos en el túnel, con ese polvillo del que luego murieron tantos”, recuerda. Manolo tenía nueve hermanas y cinco hermanos. La finca con las cabañas pasiegas de sus padres estaba cerca del túnel de La Engaña y hoy la atraviesa uno de los cuatro túneles pequeños al que dio nombre esa tierra, el de El Empeñadiro.

Manolo Pelayo Revuelta, de 87 años, con Manolo Mateos, en la boca norte del túnel de La Engaña, en Vega de Pas (Cantabria), durante la grabación de un reportaje para El Diario. FOTO T. C.

Un joven paisano de Vega de Pas, Adrián Miguel Martín, sí se aventuró a trabajar dentro del túnel. El 25 de febrero de 1957, cuando tenía 20 años, resulto herido de extrema gravedad. Los médicos de guardia que le atendieron en la Casa de Salud Valdecilla diagnosticaron “intenso shock traumático y fracturas de la pierna derecha y del cúbito”. Las crónicas se olvidaron después de él. El 16 de marzo de ese mismo año, la explosión de un barreno alcanzó a Higinio Méndez García, de 34 años, y Carlos Fernández Joja, de 26. El primero ingresó en Valdecilla con graves heridas en una pierna y en las manos, y el segundo, con la femoral seccionada y con fractura de muñeca. De la evolución de los lesionados no volvía a informarse.

El último de la lista

La última víctima reconocida del túnel, la número 16, fue Amador Vilches López. Murió el 30 de abril de 1959. El túnel ya se había perforado y estaba previsto inaugurarlo, si cuadraban las agendas, el 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores. Pero la víspera ocurrió el accidente mortal durante las labores de ensanche y los actos se aplazaron definitivamente al 8 de mayo. El periodista José Medina Gómez se había desplazado desde Madrid para realizar un reportaje que se publicó en la revista Blanco y Negro el 9 de mayo. Describía así la atmósfera que se respirada dentro del túnel: “Ni una canción; ni una risa; sólo las órdenes tajantes del capataz y la confidencia del compañero que tiene algo de testamento; y en el recuerdo, el cuerpo deshecho del pobre Amador Vilches, de 30 años de edad, con mujer y cuatro hijos, muerto por la mañana cuando cargaba una carretilla, rota la columna vertebral por un trozo de piedra desertora del techo”.

El Diario Montañés narraba que las piedras desprendidas alcanzaron a Vilches en la cabeza y le causaron “gravísimas lesiones”, entre otras, una fractura en la base del cráneo. Los compañeros lograron sacarlo y llevarlo hasta la clínica de La Engaña, en Yera, pero falleció momentos después. Amador fue enterrado al día siguiente en el cementerio de Vega de Pas, cuando la noticia de su defunción aún no había llegado al pueblo granadino de Pampaneira, donde permanecían, ajenos a la desgracia, su esposa y sus hijos, que habían quedado allí a la espera de que él pudiera regresar o reunir el dinero suficiente para podérselos llevar a Cantabria. Los trabajadores escoltaron el féretro del peón desde el hospital hasta la iglesia, hoy desaparecida, que se levantaba en la explanada que hay entre los túneles de El Empeñadiro y El Majoral.

Manolo López Azcona, de 76 años, junto a la boca sur del túnel de la Engaña, en Valdeporres. FOTO T. C.

En la memoria de los supervivientes que trabajaron en La Engaña quedan otros nombres de obreros que también murieron aplastados por rocas. Manolo López Azcona aporta dos testimonios. “Recuerdo a Herrerías. Lo llamábamos por el apellido. Era un buen encargado. Lo pilló otro liso y lo mató en el acto”. López Azcona, de Pedrosa de Valdeporres, empezó de aprendiz en los talleres, con 15 años, y trabajó en las obras de la boca sur, pero rara vez tenía que entrar en el túnel. “Había un gallego al que llamábamos ‘Ferrol’. Le cayó encima un liso que se desprendió de la bóveda. Vi cómo lo sacaban. Salió muy fastidiado, pero consciente. Lo llevaron a la clínica, que estaba en el edificio de la estación, pero duró muy poco. Su última voluntad fue que Mari Carmen, la enfermera, le diera un beso y ella accedió. Le pusieron morfina. Enseguida falleció”.

Aunque los lisos que caían de la bóveda fueron la principal causa de las muertes dentro del túnel, uno de los accidentes más graves se produjo por una explosión en 1957, en la parte burgalesa. En el avance y en el ensanche del túnel se utilizaban pegas eléctricas para detonar los cartuchos de dinamita. Tres golpes de luz avisaban de que había que desalojar la zona. En aquella ocasión, el equipo de ensanche olvidó dar la señal y los del avance se vieron sorpredidos por la carga. Los testimonios no son coincidentes. López Azcona afirma que fallecieron cuatro obreros. Mateos Giménez sólo recuerda que murieron dos, quizá por los vínculos que le unían a ellos: uno, de nombre Torcuato, era el suegro de su hermano. El otro era uno de sus amigos: Ignacio.

En estas líneas no podemos recogerlos a todos, pero donde sí están grabados, sin faltar uno, los nombres de los muertos del túnel de La Engaña es en la memoria de quienes los quisieron y los perdieron. Ahí permanecen, cincelados en un lugar mucho más cálido que el mármol. Y sin necesidad de placas, todos los difuntos están representados por la víctima oficial número 17: el propio túnel, que a falta de cualquier otra utilidad, sirve para recordar a quienes lo abrieron.