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Travesía bajo tierra por La Engaña

2012 enero 9

Ascenso por el montículo del gran derrumbe en el punto kilométrico 2.500 del túnel de La Engana. T. C.

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Recorremos a pie los 17 kilómetros de la vía ferroviaria fantasma entre Santelices y Yera, incluidos los 7 del túnel

Impresiona pasar por encima del montículo formado por el gran derrumbe del punto kilométrico 2.500

TERESA COBO / SANTANDER

Enero de 2012. Vamos a cruzar el túnel de La Engaña antes de que nuevos derrumbes conviertan nuestro propósito en imposible. El empeño es imprudente, pero puede más el desafío de recorrer a pie, sin saltarnos un palmo de terreno, los 17 kilómetros del trazado del ferrocarril Santander-Mediterráneo entre Santelices y Yera, incluidos los 6.976 metros de la oscura galería, cada vez más inestable, que atraviesa la Cordillera Cantábrica. Sorpresa, emoción, belleza, historia y reivindicación están muy presentes en esta ruta.

Nueve mil hombres rotaron por las obras del tramo ferroviario de La Engaña entre 1941 y 1961. La perforación del túnel se cobró cientos de vidas, una veintena por accidentes y la mayoría, por silicosis. Fue en vano. El tramo más costoso y difícil del Santander-Mediterráneo, entre Valdeporres (Burgos) y el Valle del Pas (Cantabria), nunca entró en funcionamiento. La dictadura franquista suspendió el proyecto antes de que llegara a instalarse la vía, y el tren que salía de Sagunto para enlazar con Calatayud jamás llegó a Santander.

Nuestro recorrido empieza en Santelices, desde la antigua línea Calatayud-Dosante. Este ferrocarril se cerró al tráfico el 1 de enero de 1985 y el tendido fue desmantelado a partir de 2003. Una señal vertical que ha soportado los embates del tiempo y de los hombres, y en la que aparecen grabadas estas cifras: 0/1.358, nos sirve de punto de partida. Pero es otra señal, arrancada y semienterrada en el suelo, la que indica que estamos en el punto kilométrico 363,5 de la desaparecida vía que venía de Zaragoza. Por la izquierda, la explanación, cubierta aún por el balasto sobre el que se asentaban los raíles y las traviesas, prosigue dos kilómetros hasta la última estación del Santander-Mediterráneo, en Dosante, hoy abandonada. A la derecha del mojón y de frente, arranca el ramal fantasma de La Engaña que llega hasta Yera, aunque, sobre el plano dibujado por los ingenieros, continuaba por Selaya hasta Santander.

A cielo abierto

Son las 10.30 horas cuando echamos a andar. Apenas dejamos atrás la bifurcación, nos econtramos sobre el viaducto de Santelices, cuya plataforma mide 159 metros de longitud. Lo sustentan vigorosos pilares fabricados en piedra de sillería y mampostería. Pero la barandilla de cemento se cae a pedazos y la maleza se abre paso entre las grietas del firme de hormigón. Un agujero en la bóveda del más pequeño de sus diez arcos da testimonio de la desidia de las instituciones, que prefieren mirar hacia otro lado mientras se viene abajo este trozo de la historia de la posguerra española. Más de 560 presos republicanos fueron obligados a trabajar en las obras del trazado durante los primeros años.

Pasamos por delante del edificio de la estación de Pedrosa, rehabilitado como albergue por el Grupo Espeleológico Merindades, rebasamos la nave que estaba llamada a ser el almacén de mercancías y, después, las viviendas adosadas de los ingenieros de la obra. A la altura de la entrada a Pedrosa, encontramos el hito del kilómetro 6 de la Vía Verde del Santander-Mediterráneo en el tramo de La Engaña. En realidad, para nosotros es el kilómetro 1, ya que hacemos el recorrido a la inversa. Ese sendero natural habilitado sobre la antigua caja de la vía parte del túnel y nosotros caminamos hacia él. Nos quedan 5 kilómetros para llegar hasta las antiguas casas de los ingenieros y medio kilómetro más hasta la boca sur.

Al paso por Rozas, después de tres kilómetros, encontramos, a la derecha, la torre cubierta de hiedra de la antigua iglesia del I conde de la Revilla. En invierno, es visible desde la explanación la muralla que rodeaba el conjunto que, en los siglos XVI y XVII, formaba la iglesia con la casona, el cadalso y el cementerio del llamado ‘conde de horca y cuchillo’. Un kilómetro más allá, la cantera de Valdeporres, con su maquinaria y los tajos que rebanan el monte, irrumpe a la izquierda como una patada propinada con saña al paisaje.

Aceleramos el paso para perder de vista la explotación picapedrera y nos adentramos en el tramo más boscoso de la senda. Al oeste, la prodigiosa luz de este invierno resalta con brillos de plata los troncos de las hayas desnudas. Bajo el sol, las hojas que resisten en los quejigos parecen de bronce bruñido. El musgo no puede estar más verde, y también resplandecen los brezales sin flor. Más a la izquierda, el valle por el que discurre el río Engaña, que hoy baja con brío renovado por la crecida de la víspera, está cubierto por las copas de los árboles, desprovistas de hojas, pero tan prietas que forman un vaporoso lienzo entre ceniciento y parduzco.

Son las 11.48 horas cuando entramos en el poblado de La Engaña, tras una tranquila marcha de seis kilómetros. A la derecha, nos reciben, taciturnas y vacías, las antiguas casas de los jefes de obra. Unos metros más allá, están los edificios de la estación y del almacén, gemelos de los de Pedrosa, pero abandonados y decadentes. La cruz de la ruinosa iglesia-escuela se recorta contra el cielo. Al fondo vemos la boca negra por la que entraremos en las entrañas de la Cordillera Cantábrica. Las verjas que colocó el Ayuntamiento de Pedrosa cuando comenzaron los derrumbes están abiertas de par en par. Nos detenemos en las mesas de madera del área de descanso de La Engaña, frente al túnel, para pertrecharnos como corresponde.

Bajo tierra

Es el momento de guardar las botas de montaña en la mochila y calzarse las de agua. Nos enfundamos una prenda impermeable, los guantes y el gorro. Una luz frontal en la cabeza y una linterna adicional en una mano. En la otra, la vara que, si hasta ahora ha sido complemento prescindible, a partir de este momento será una útil herramienta de guía y apoyo. A las 12.05 horas, franqueamos la boca sur del túnel de La Engaña.

La entrada está totalmente inundada y el agua alcanza mayor altura en el centro, hasta la pantorrilla. Enfilamos por una de las dos estrechísimas aceras que recorren las dos márgenes del túnel, en este caso, por la de la derecha. Unas veces sobre las losas de cemento, otras sobre el bordillo para sortear los agujeros, pisamos con cuidado y avanzamos sin grandes dificultades.

Las distancias están marcadas en números en la pared izquierda del túnel de cien en cien metros. Superados los 500, el suelo deja de estar inundado, aunque hay grandes charchos. Llegados a los 600, optamos por guardar las botas de agua y recuperar las de montaña. Decisión precipitada, ya que encontraremos todavía bastante barro. Pero es mucho más cómodo caminar por el centro de la galería.

A estas alturas, deberíamos ver la salida en forma de puntito luminoso, ya que, después de trazar una curva en los primeros 400 metros desde Valdeporres, el túnel es totalmente recto, aunque con un desnivel entre sus dos bocas. La entrada sur se sitúa a una cota de 748 metros sobre el nivel del mar y la norte, en Cantabria, a 632. La diferencia de altitud es, por tanto, de 116 metros. Hasta los años noventa, la boca cántabra se distinguía a más de seis kilómetros y medio de distancia. Pero eso era antes de los desplomes.

Por encima de la bóveda

En el punto kilométrico 2.200 nos escontramos con el primer desprendimiento, a la derecha. No es muy grande y no supone ningún obstáculo. Trescientos metros más allá, las linternas permiten atisbar un paredón fantasmagórico que sobrecoge en medio de la oscuridad. Nos acercamos y lo alumbramos los cinco a la vez: es el gran derrumbe. El techo se vino abajo en 1999 y un nuevo hundimiento en el mismo lugar en 2005 acabó de partir el túnel en dos. Lo que tenemos delante, entre el punto kilométrico 2.500 y 2.600, es un montículo de cemento y roca de más de seis metros, ya que supera la altura de la bóveda. Ya no estamos en un túnel, sino en una gruta.

Tras coronar la colina de escombros y piedra, las tripas de la montaña quedan al descubierto sobre nuestras cabezas, con sus imponentes formaciones rocosas. Al otro lado de la loma hay un agujero, que, al acercarnos, se agranda en forma de media luna. Es la bóveda del túnel, que ahora está a nuestros pies. Al descender por el boquete, nos envuelve la corriente, hasta ahora ausente, al cortar el derrumbe el flujo de aire entre las dos bocas. Es el momento más delicado de la travesía, ya que hay mucha piedrecilla suelta, y las rocas asentadas en el talud son resbaladizas. Aquí se agradece el palo con el que hemos cargado. Bajamos sin novedad y, de nuevo sobre el suelo del túnel, proseguimos la caminata. Ahora sí vemos al fondo, a lo lejos, justo en el centro, una lucecita radiante: la salida.

En el punto kilométrico 2.700 hay un nuevo derrumbe, pero de escaso tamaño. Y en el 2.800 topamos con otro, bastante grande, aunque no llega a cortar el paso, ya que sólo afecta a la mitad derecha. Sonará extraño, pero es un desplome bonito. Sobre la elevación que forman los escombros, dos grandes rocas han quedado colocadas en posición vertical y se asemejan a dos monolitos que apuntan hacia arriba. Allí donde señalan, ha quedado un gigantesco desconchón. Circundado por el hormigón de la bóveda, el boquete muestra todas las vetas de la roca con sus diferentes tonalidades. Es como si la montaña rindiera homenaje, con este singular monumento, al esfuerzo de los hombres que la horadaron.

En los puntos kilométricos 3.400 y 4.800 hay desplomes, pero de escasa envergadura. Sí impresiona observar algunas placas de cemento despegadas que amenazan con desprenderse. No llevamos casco, pero de poco habría servido de habernos caído encima lo que cuelga a seis metros de altura.

La monotonía del túnel no sólo la rompen los hundimientos. Cada cincuenta metros, hay un pequeño apartadero y, cada mil, uno mucho más grande, con una respetable capacidad de almacenaje. Entre el punto kilométrico 4.200 y el 4.300, permanecen los dos grupos de arcos de hierro que se colocaron en los años setenta para reforzar la bóveda y prevenir derrumbes en ese tramo. En la construcción del túnel se prescindió del forjado metálico.

Intermitencias

Sólo en el último kilómetro del túnel caminamos por territorio cántabro. Los seis kilómetros anteriores pertenecen a Burgos. A las 14.15 horas, asomamos por la boca norte. El cielo vuelve a estar sobre nuestras cabezas. La lluvia del día anterior nos regala unos vistosos saltos de agua que caen por las rocas hasta el río Yera, a la derecha del túnel. Arriba, nubes y claros, y una luz que sienta muy bien al paisaje pasiego, no tan intensamente verde como acostumbra, pero con las agradables tonalidades de este invierno. Entre valle y valle, cruzamos otros cuatro túneles: El Majoral (285 metros), a cuya izquierda se levantan los restos de la antigua hospedería para los trabajadores; El Empeñadiro (130 metros), El Morro (263 metros) y El Morrito (43 metros).

Hemos recorrido alrededor de kilómetro y medio desde la salida del túnel de la Engaña hasta la de El Morrito, y ahora andamos otro tanto por un encharcado camino hasta llegar a la estación de Yera, donde se deterioran edificios iguales a los que ya hemos visto en La Engaña y en Pedrosa. En buen estado se conserva el muro de contención de 32 arcos de hormigón sobre el que se sostiene la estación y sobre el que caminamos ahora.

Desde los andenes, continuamos a duras penas por una descuidada senda, hasta donde muere la antigua caja de la vía, medio kilómetro más allá, a los pies del monte Aján. Desde allí debía prolongarse la explanación hasta Selaya, con más túneles, y enlazar con el tramo Sarón-Boo de Guarnizo, que llegó a construirse, incluido el túnel de Obregón (267 metros). Pero nunca se retomó el proyecto. Ante la ladera del Aján se pararon los hombres y las máquinas, y aquí nos detenemos nosotros, a las 15.20 horas de este 7 de enero, con hambre canina.

 

Ficha de la travesía

Grupo de senderistas: Ignacio, Saúl, Mirián, Eva y Teresa. De entre 55 y 46 años.

Ruta: 17 kilómetros entre Santelices, en Valdeporres (Burgos), y Yera, en Vega de Pas (Cantabria), por la explanación del ferrocarril Santander-Mediterráneo. Incluye 7,70 kilómetros de recorrido subterráneo por cinco túneles. El más largo es el de La Engaña, de 6.976 metros.

Fecha: 7 de enero de 2012.

Tiempo de recorrido: alrededor de cuatro horas y media.

Equipamiento: botas de montaña y botas de agua, prenda impermeable sobre sudadera. Linternas de cabeza y de mano. Recomendable: gorro, guantes, casco y una vara.

 

 

  • giovani

    Felicitaciones a los aventureros….precioso paisaje…que pena…..bonito reportaje.
    Reflexión…
    Segunda parte:….. creo que les debía de haber acompañado el sr. Revilla…., lo digo sin recochineo, ……defensor de…..?????, por encima de mi cadaver no se hará el Corte….Englissss…, y todo lo demás, esta es nuestra España, entre el dictador, que nos la lió, trabajo perdido….y los posteriores….que queda…la vergüenza de una Comunidad desatendida, con políticos mediocres, este es un claro ejemplo, de lo que son las obras faraónicas que más gustan….como este ferrocarril, aunque este tenía mucho sentido….aeropuertos que no funcionan, aves que no vuelan, edificios singulares sin uso, “mamoneos en la city”….suma y sigue.

  • cristians

    Excelente Reportaje!!! y enhorabuena al Diario Monañes, por “mantener vivo” la historia de este Tunel y este Ferrocarril que nunca llegue a Santander, por nuestros politios y otras circunstancias, al menos, para que sirva de homenaje a la 20 de personas que murieron en la construcción y las otras docenas que fallecieron por Silicosis, tiempo despues.

  • israel

    Yo he tenido la oportunidad de pasar el tunel haya por el 98 antes del grna derrumbe aunque ya se mostraban cascotes y demas. En la salida a burgos para quitarnos un poco de agua tomamos un desvio que debia ser una salida de emergencia o de empleados o algo asi y me di un pequeño coscorron.

    Otro pequeño incidente que tampoco paso nada es que al regresar en vez de ir andando por el centro que habia ya barro nos pusimos a caminar por los laterales que tenian como un pequeño sistema de alcantarillado tapado con baldosas por donde pisabamos y una de ellas se rompio y cedio y quedo mi pie en el aire.

    Que buena aventura.

    Y que bueno que gracias a estos periodistas podamos volver a recordarla.

    Una pena que este gran trabajo, sacrificio de muchas personas y vidas sea ahora un lugar tan abandonado.

  • 3488591

    Gran obra que nunca llegó a finalizarse, prisioneros republicanos que murieron y fueron explotados para construir una obra que ni siquiera sirvió para algo. Ya se ve lo listo que era Francisco Paquete Franco.

  • manolo47

    Para el proyecto del AVE sería bueno aprovechar el antiguo trazado del ferrocarril SANTANDER- MEDITERRANEO por las MERINDADES DE BURGOS, con llegada a Burgos capital y allí se enlazaría con el AVE a Madrid y con el de VALENCIA. Tendríamos Madrid y el Mediterráneo a un paso.
    Por cierto que no se olviden los simpatizantes de Franco, por cierto muchos en Cantabria, que fue el régimen derechoso de este personaje el que paró y suprimió este gran proyecto cuando apenas quedaban una treintena de Km para finalizar la obra.

  • marusi

    Ya se que tenias muchas ganas de esto, conseguido!!!!
    Un reportaje precioso, la verdad es q el sitio impresiona: por su grandiosidad, por la dejadez q ha permitido q este como esta; echando x tierra el trabajo no remunerado de tantos “obreros”, porque cuando llegas a la salida de Cantabria te quedas con la boca abierta….. y sobre todo xq desde la estacion de Yera, con la tripa llena y con esa maravilla de paisaje nos toco hacer el recorrido a la inversa… Consecuencias de la improvisacion!! la vuelta es mas aburrido, ya lo has visto todo, bueno descubrimos el tunel de mantenimiento que hay en la salida.
    Me alegro de haberte dejado la puerta abierta, jeje y aupa la militronchi de pelo rojo!!! jajaja

  • historiaabierta

    Marusi fue el revulsivo para que mis arrojadas hermanas se animaran a acompañarme en la travesía, pese a encontrarnos en el mes de enero, que, a priori, no es el más indicado, aunque este ha sido muy suave y templado. Estamos los cinco encantados con el recorrido de 17 kilómetros, pero no podemos recomendarlo porque quien lo emprende asume un riesgo por posibles desprendimientos en la galería. Mi intención con el reportaje es contarlo todo después de haberlo vivido en primera persona y en el presente. Esta nueva entrega sobre La Engaña sirve para que quienes cruzamos el túnel hace ya muchos años, cuando no era ningún peligro, recordemos todo aquello y, para que quienes nunca lo hayan pasado sepan lo que es. Disfrutamos mucho al repetir la experiencia el 7 de enero de 2012, pero sería irresponsable animar a la gente a imitarnos. La ruta verde entre la boca sur del túnel y el viaducto de Santalices es preciosa y el paisaje al otro lado, en la boca norte, es espectacular, aunque urge acondicionar la antigua caja de la vía.

  • Chuchi_246

    Me gustaría saber si todavía se puede atravesar el tunel aunque sea muy peligroso gracias