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Pecado mortal
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Guillermo Balbona | 09-01-2018 | 09:05| 0
Que baje dios y lo vea  
 2018 España. Dirección y guion: Curro Velázquez.
Música: Fernando Velázquez.
Fotografía: Unax Mendia. Reparto: Karra Elejalde,  Alain Hernández,  J.M. Montilla «El Langui»,  Macarena García, Tito Valverde,  Joel Bosqued,  Paco Rueda,  Txema Blasco.
Género: Comedia Salas: Cinesa y Peñacastillo

Lo malo no es solo su tono de decadencia, sino su anacronismo, su vulgaridad y su comicidad chistosa de andar por casa…, al menos por la casa de Dios. Un argumento sin gancho, simplista, tedioso y rutinario. Si se trataba de levitar desde la comedia, la cosa no da ni para un rezo. Comulgar con este cine de corte televisivo, basado en el chascarrillo y en la gracieta fácil, da grima. ‘Que baje Dios y lo vea’, que se asemeja a uno de aquellos artefactos de la transición entre ‘Las autonosuyas’ o los interpretados por Ozores, Pajares y Esteso, deambula como un zombie con sotana por un supuesto enredo de seminaristas y fútbol. A lo mejor los artífices de este esperpento, encabezados por el guión y la dirección de Curro Velázquez, se lo han pasado celestialmente bien, pero para el espectador este pecado de comedia mortal discurre entre lo insulso y el aburrimiento. Un monasterio en quiebra, una ‘ingeniosa’ Champion Clerum (aunque al parecer la idea ya está explotada) y una congregación muy poco cinematográfica, en definitiva, a la espera de que el espectador otorgue su bendición en taquilla. Como en buena parte de las series y las fuentes televisivas de las que mama este adefesio el reparto es lo único destinado a la salvación pero ni el efecto Karra Elejalde ni una galería de secundarios notable puede redimir mucho la situación. Comedia blanca hasta lo invisible (ni blasfemias ingeniosas ni patadas provocadoras), con personajes vacíos y escasa solidez, el filme deambula sin sentido y cambia su simpatía inicial por un vaivén insustancial de humor grueso, facilón y convencional. Las escenas de los enfrentamientos deportivos y el vínculo de la tentación entre el seminarista dubitativo y la joven atractiva huele a bobería rancia. Con todo, lo más lamentable es la falta de riesgo, la monotonía del relato, su escasa habilidad para la empatía que demuestra el director que no aplica ninguna diferencia entre su largometraje como debutante y su ‘Chiringuito de Pepe’ televisivo. Frailes y fútbol chutando al aire entre provocaciones intrascendentes e intentos de divertimiento, la ópera prima lo único que demuestra es su inconsistencia, cuando no su propia existencia. El costumbrismo sin acidez ni entrega, su voluntariosa pero simplona puesta en escena no logran levantar el vuelo de la sotana en ningún momento. No contentará ni a los comulgantes a los que les vale todo ni a los apóstatas de comedias melifluas. Repasar  todo el catecismo canónico del género sería inútil. La cosa es imposible de enderezar.
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Repóquer de inteligencia
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Guillermo Balbona | 08-01-2018 | 09:57| 0

Molly´s game  

2017 141 min. EE UU Dirección y Guion: Aaron Sorkin.
Música: Daniel Pemberton. Fotografía: Charlotte Bruus Christensen.
Reparto: Jessica Chastain,  Idris Elba,  Kevin Costner,  Michael Cera.
Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

 Desprende una naturalidad espídica. Una corriente alterna nerviosa y un diapasón, a modo de latido y soniquete, que a algunos puede parecer insoportable pero que resulta preciso, sonoramente vital, como la musicalidad invisible pero necesaria de un poema. ‘Molly´s game’ es un filme falsamente discursivo, siempre atractivo, que nunca baja la guardia de la coherencia y que cuando Aaron Sorkin, su demiurgo (más guionista que director) se mira el ombligo ahí está Jessica Chastain, la Circe de la interpretación, para revelar un rastro de mágica intensidad y abrir una fisura de aire fresco en el bucle de la historia. ‘Molly´s game’, supuesto retrato de la joven esquiadora estadounidense que acabó convertida en la princesa del póquer, hubiese sido un simple biopic pretencioso y vacío en manos de muchos cineastas actuales. Pero en el debut en la dirección del afamado guionista resulta un golpe bajo incómodo sobre una mujer en un mundo de hombres y un repóquer de inteligencia en torno a ese entramado muchas veces invisible de poderes, manipuladores y manipulados, de un sistema que juega con las cartas marcadas y una banca siempre ganadora. ‘Molly´s game’ es, en ocasiones, el reverso verbal de ‘Casino’ o de ‘El lobo de Wall Street’ de Scorsese. Salvo excepciones y excepcionales montajes alrededor de la mesa de juego, Sorkin subraya y asienta su historia en la palabra, a través de un frenético toma y daca de personajes enfrentados, especialmente el desigual ‘cartas boca abajo y boca arriba’ que se marcan el personaje de Molly Bloom (como la heroína del ‘Ulises’ de Joyce) y su letrado, del que sale siempre victoriosa Chastain frente a un afectado Idris Elba. El alma creativa de ‘The Newsroom’ y de ‘El ala Oeste de la Casa Blanca’ sabe cómo contar una historia pero a veces lo remarca con tal entusiasmo que algo se resiente en la caja torácica de su planificado pulmón y corazón narrativos. Torrencial, más juguetón que sus personajes sobre el tapete con sus dobles parejas y tríos, Sorkin desprende aliento y rotundidad cuando el filme se detiene en la descripción de hechos y, como es lógico, en el comportamiento de su juguete femenino (en sus manos). Y, sin embargo, se torna algo vacío y atolondrado cuando se trata de explicar, empeñado en justificar, conductas y formas. Sin virtuosismo visual pero con golpes de ingenio el cineasta socava cualquier estado de normalidad y hurga en los entresijos del sistema. No puede evitar un exceso de soliloquio ególatra a la hora de trazar un cuento moral sobe el éxito y el fracaso con muchos padres, en el enésimo acercamiento a la estafa americana. Una obra entretenida, potencialmente imparable, irregular y coherente. Un filme con trampas, seductor y, a veces, falsamente didáctico y simplista. Al margen de los tópicos de Hollywood, Sorkin se detiene en los perfiles de su particular heroína y traza una mitología sobre una reinvención personal, la de su personaje y la suya propia. Y, sin embargo, uno mantiene la respiración para no levantar sus propias cartas y ser el perdedor de una timba vital que apuesta por contar una historia, acaso el mayor de los juegos.
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Cerradura sin engrasar
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Guillermo Balbona | 08-01-2018 | 09:23| 0

Insidious: La última llave 

Insidious: The Last Keyaka  2018 103 min. EE UU. Dirección: Adam Robitel.
Guion: Leigh Whannell. Música: Joseph Bishara. Fotografía; Toby Oliver.
Reparto: Lin Shaye,  Angus Sampson, Leigh Whannell,  Josh Stewart,  Caitlin Gerard, Kirk Acevedo.
Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo

La parapsicóloga Elise Rainier se va mereciendo una serie propia, al estilo de ‘apariciones sin resolver’. O quizás un puesto fijo en la plantilla de Cuarto milenio. El resto, es decir, el cine, ya tiene poco razón de ser en ‘Insidious’, otra de esas sagas mutantes  que tira de adeptos propios y que se ha convertido ya en una tímida caricatura de sí misma y en otra de esas agotadoras entregas en que siembran y, más rellenan, el cine actual. Ahora el también actor Adam Robitel, cineasta de ‘The taking of Deborah Logan’ dirige con desgana la cuarta entrega con el epígrafe añadido de ‘La última llave’ que no será, seguramente, si no la enésima vuelta de tuerca de un combinado poco agitado de casa encantada, dosis sobrenatural y fantasma a este y al otro lado del espejo. En este caso la excusa es un viaje a los recuerdos y una incursión espectral en la infancia de la protagonista. Dicho así la cosa prometía. Pero lo de destripar los cadáveres familiares, hurgar en el morbo de las entrañas de los personajes supone demasiada ambición para este catálogo ikea de lo sobrenatural donde no faltan los sustos de marca, las sorpresas que dejan de serlo y la atmósfera viscosa envasada y con fecha de caducidad. La ambigüedad y y el tono difuso no ayudan a abrir la cerradura sin engrasar de esta entrega. Una vía humorística mal encajada; confusión en la narración de los hechos; y cierta desidia a la hora de generar un cierto ambiente que permita alentar la curiosidad suficiente como para mirar por el ojo de esa cerradura que muestra el más allá. El juego de dimensiones, la falta de carisma y la diversidad de tonos no casan y la sensación de batiburrillo entre sustos y trucos se diluye en la vulgaridad y la monotonía. Lin Shaye está en su sitio y es lo único que permite mantener la atención. La paradoja, el verdadero enigma, es cómo puede resultar intrascendente un filme que habla de la trascendencia. A su lado nunca acaba de funcionar esa pareja de cazafantasmas que chirría en un conjunto con acumulación de ingredientes pero poco fino en el suspense. Precuela de precuela, es lo mismo, escasea la imaginación y el filme se limita a cumplir con la fórmula y a dosificar los nombres del mal. La rutina impide dar vuelo a lo extraño y el filme se acomoda en la primera y se diluye en lo segundo. Huérfano del verdadero terror, abandonados a espíritus y demonios que parecen parientes que regresan por Navidad, solo queda aferrarse a la doctora Elise, la única humana y empática de este supermercado del susto todo a cien. Una entrañable profesional, como actriz y su personaje, que propicia de su mano cruzar tímidamente al otro lado para atisbar algo de cine.
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Demasiados ingredientes, escaso sabor
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Guillermo Balbona | 02-01-2018 | 10:33| 0
La Cena
2017 120 min. Estados Unidos. Dirección: Oren Moverman.
Guion:Oren Moverman (Novela: Herman Koch). Música: Elijah Brueggemann.
Fotografía: Bobby Bukowski. Reparto: Steve Coogan,  Laura Linney,  Richard Gere,  Rebecca Hall, Chloë Sevigny.
Género: Drama. Salas: Peñacasatillo

Ese menú de lujo con platos de interminables términos sirve precisamente de simbolismo para definir las sensaciones del filme. Demasiados ingredientes en juego, mala digestión y tropezones varios. ‘La cena’ funde a dos matrimonios emparentados por cuestiones familiares y morales que se citan en una velada convulsa y de final incierto. Pero el cineasta de ‘Invisibles’, Oren Moverman, pese a los dilemas sociales inquietantes que plantea su cenáculo, a modo de drama de cámara, se muestra un restaurador varado a la hora de dar fluidez al ejercicio de alta cocina moral que plantea su adaptación de ‘La cena’ del novelista holandés, residente en España, Herman Koch. La disolución de la familia, el precio político, la hipocresía y los mimbres de la construcción social se entrelazan en este encuentro salpicado por algunos flash backs y subtextos paralelos, sostenido básicamente por las actuaciones eficaces del reparto. El director de ‘Rampart’, que ya adaptaba una historia dura de James Ellroy, agita en su particular fogón una serie de factores como la ambición política, la violencia física y verbal, el clasismo, la reputación, las apariencias, las miserias, las mentiras íntimas y las oficiales… ‘La cena’ es una cinta interesante pero débil en sus discursos cruzados. El desequilibrio, el exceso, cierto tono solemne y artificial, además de teatral, perjudican esa mezcla de relatos, incluyendo ese eje sobre la historia de Estados Unidos que envuelve de forma bastante afectada y desmesurada la encrucijada de afectos y decisiones que se expone sobre el mantel de esta cita a cuatro bandas. Es uno de esos filmes-catarsis de reunión de amigos o parientes, convertidos en casi un subgénero, en el que asoman las heridas del pasado, los sentimientos de culpa y los secretos mal guardados. Hay sobreactuación en ocasiones y pequeñas representaciones dramáticas mal engarzadas en ese irregular descenso a los inviernos de dos hermanos y sus familias que no logran zafarse de tanto relato solapado: el de los jóvenes que atacan a un mendigo (basado en el caso real que se vivió en un cajero en Barcelona); el de la carrera política; el del profesor pasado de vueltas de tuerca en su visión de la historia y de la enseñanza; el de las colisiones generacionales; o, en fin, el conflicto entre padres e hijos. Falta esa salsa sorpresa que sirva de argamasa con sabor, frente a tanta batalla y enfrentamiento particular y plural que ensordece y no deja discernir las esencias. Que los platos y el servicio del restaurante sean la columna vertebral narrativa ni es novedad ni aporta nada al pulso dramático. Al contrario, el filme va perdiendo su fortaleza argumental, esa enjundia bélica de emboscadas y guerrillas emocionales, para parapetarse en una barricada superficial, falsamente esteticista e impostada. Después de tanta puesta en escena uno se da cuenta que el poso es tan liviano que los bocados de trascendencia se han quedado atorados en la garganta profunda de un drama mayor con muchas huérfanas tragedias menores.
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Una vida a lo grande
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Guillermo Balbona | 02-01-2018 | 10:31| 0

Cuando el tamaño importa

Downsizing 2017 135 min. Estados Unidos.

Dirección: Alexander Payne. Guion: Payne, Jim Taylor.

Música: Rolfe Kent. Fotografía: Phedon Papamichael. Reparto
Matt Damon, Christoph Waltz, Hong Chau, Kristen Wiig, Jason Sudeikis. Laura Dern.

Género: Ciencia ficción. Salas: Peñacastillo y Cinesa

Discurre simpática, incluso cálida, entre el juego distópico y la fábula apocalíptica. Es ciencia ficción aunque a lo mejor dentro de cuatro días…ya saben. La imagen, metáfora y símbolo de la que echa mano Alexander Payne recuerda a la maravillosa ‘El increíble hombre menguante’, pero aquí lo fantástico es lo de menos. La reflexión social y humana parte de una idea genial convertida en discurso distópico que va derivando hacia el cuento moral, como si Capra se hubiera metido dentro de una historia de Philip K. Dick. Cuando ‘Una vida a lo grande’ se mantiene en los primeros márgenes acotados por el qué será de una sociedad perfectamente imperfecta, el interés y el equilibrio es total. Después la comedia humana con mensaje finalista pierde gas y ni participa de la tímida acidez inicial ni encuentra su mensaje coherente. Son dos películas en una a las que les hubiera venido bien aplicar la propia idea de reducción que sostiene genialmente el argumento de estos hombres pequeños en busca de la sostenibilidad del planeta. Payne siempre hace un cine interesante, incómodo, desde ‘A propósito de Schmidt’ a ese maravilloso poema que es ‘Nebraska’. La suya es una mirada humanista que también está presente en ‘Downsizing’, una comedia dramática con esos ribetes de cine fantástico que, sin embargo, no ata bien ninguna de sus costuras. Una reducción celular que le sirve para abordar su propio ‘mundo feliz’ entre la ecología new age, la burbuja tecnológica y la desigualdad, sea cual sea el tamaño. El filme muestra tintes inteligentes cuando deja al descubierto las trampas de una sociedad ideal llena de fisuras. Es incisivo y mezcla con clase géneros y miradas. Pero la película se vuelve dispersa y se diluye cuando el personaje que encarna Matt Damon toma contacto con otras tramas y subtramas a las que se dedica mucha atención y poca garra. Dos personajes, el de un pícaro parásito y el de una vietnamita represaliada, adquieren tanta atención que reduce la intensidad y la cinta evoluciona hacia ninguna parte. El cineasta de ‘Entre copas’ construye su particular Lilliput social, más atractivo cuando apuesta por el humor socarrón, con cargas de profundidad, mostrando su escepticismo por esas sociedades ideales que viven sumidas en la hipocresía y en la trampa. Pero el vaivén de géneros y su ambiguo relato van desmayando la acción. Una travesura, a veces divertida y otras desconcertante, juguetona y con cierto aire de conducta didáctica. Payne, como en toda su filmografía, hace un cine de personas y son ellas las que salvan la historia cuando se pierde en el cruce de caminos y géneros. Una obra curiosa y atractiva que, pese a su dispersión, logra generar una satírica historia sobre lo diminutamente grande que se revela en lo humano y la agigantada banalización de la sociedad que lo envuelve. Sin chirridos ni demasiadas aristas Payne firma una tregua que nos sirve de refugio crítico.

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Leer la vida
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Guillermo Balbona | 11-12-2017 | 12:20| 0
La librería 
The Bookshop (La librería) 2017 115 min. España.
Dirección: Isabel Coixet. Guion: Coixet (Novela: Penelope Fitzgerald).
Música: Alfonso de Vilallonga.Fotografía: Jean-Claude Larrieu.
Reparto: Emily Mortimer,  Patricia Clarkson,  Bill Nighy,  Honor Kneafsey,  James Lance, Harvey Bennett,  Michael Fitzgerald,  Jorge Suquet.
Género. Drama  Salas: Peñacastillo. Y Filmoteca (V.O.S.) desde el día 13.

 

Cada uno tenía su pasado encerrado dentro de sí mismo, como las hojas de un libro aprendido por ellos de memoria; y sus amigos podían leer sólo el título». Las palabras de Virginia Woolf, la habitación propia, el eterno femenino, la libertad de escritura y la lectura pueden enmarcar la atmósfera de esta mirada sutil que se posa sobre la vida como se lee una última página de un  gran libro: con algo de placer consumado y melancolía por lo que definitivamente ha concluido. En ese equilibrio de exaltación de vida y sombra de muerte, de libertad y opresión se mueve esta historia en femenino singular enfrentada a una estructura coral cargada de poder, intolerancia y prejuicios. Isabel Coixet, cuyo cine ha venido mutando con aparente facilidad sin que ello haya perjudicado la esencia de una cineasta de caligrafía personal e intensa sobre la que no cabe andarse con medias tintas, ha abordado tras varios cortos y proyectos documentales una adaptación pulcra, meticulosa y compleja bajo la pátina de sencillo y estético retrato. Esa mezcla de naturalismo e impresionismo, su incursión y diálogo con el paisaje, el de la naturaleza y el humano, y la colisión del deseo y el sueño personal frente a los obstáculos de una comunidad instalada en la superficialidad y las etiquetas sociales y morales, conjuga una delicada y hermosa celebración de la libertad y un elogio de la lectura como viaje, descubrimiento y estancia pasional. La directora de ‘Mapa de los sonidos de Tokio’ que, en los últimos tiempos, ha realizado proyectos tan dispares como ‘Ayer no termina nunca’ y ‘Nadie quiere la noche’, despliega en ‘La librería’ una lección de sensibilidad encajada en una puesta en escena que acentúa esa simbiosis entre la apariencia y el mundo interior, la libertaria fuerza de la naturaleza y el ruido de la vulgaridad, la complejidad de las emociones y la defensa del buen gusto o el respeto al otro. La estética british de esta adaptación de la obra de Penelope Fitzgerald se filtra con una mirada sobre el mundo que se expande de lo pequeño -el pueblo- a lo universal, los libros y su invitación permanente. En su tono aparentemente comedido y austero late una vibración emocional que recorre las entrañas de este cuento de mujer con libros, de coraje y deseo de ser libre. Es ese juego de contrastes, la red de afinidades y complicidades entre algunos personajes y esa constante sensación de ir posándose sobre las cosas. El lenguaje de ‘La librería’, con su gramática propia, ofrece sugerencias, construye castillos en el aire que pueden sentirse y abre cínicas defensas frente a la amargura y los enemigos de la libertad. Entre libros anda el juego. Entre ‘Crónicas marcianas y ‘Lolita’, entre miradas, silencios, querencias y vínculos. Una película que es una cartografía humana para leer personas y acceder a los capítulos existenciales, conscientes de que nunca terminaremos la lectura. Sugerencia y conmoción como marcapáginas de instantes donde fluye la vida.
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Sangre de Fargo
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Guillermo Balbona | 11-12-2017 | 12:19| 0
Suburbicon 
2017 105 min. Estados Unidos. Dirección: George Clooney.
Guion: Ethan y Joel Coen, George Clooney, Grant Heslov. Música: Alexandre Desplat.
Fotografía: Robert Elswit.
Reparto: Matt Damon,  Julianne Moore,  Óscar Isaac,  Glenn Fleshler,  Noah Jupe, Michael D. Cohen,  Steve Monroe,  Gary Basaraba,  George Todd McLachlan, Carter Hastings.
Género: Noir. Salas: Cinesa y Peñacastillo 

Hay más, mucho más de los Coen que de Clonney en esta comedia negra, entre la sátira, los autohomenajes, la metáfora ácida y el intento de parábola política con Trump al fondo. Los hermanos, aquí sólo guionistas (siempre lo fueron y mejores que en labores de dirección) se ponen a las órdenes del actor y director de ‘Los idus de marzo’. La marea negra arrastra al espectador como el chapapote de una sociedad sucia donde bajo la apariencia de lo impoluto asoma toda la hipocresía, crueldad y vulgaridad posibles. Como casi siempre en los cineastas de ‘Arizona baby’, ‘Suburbicon’ tiene algo de cuento simbólico, de fábula social y juguete diabólico. El proyecto donde Clooney y los Coen, viejos colaboradores, intercambian sus papeles, posee el sello de la casa, rezuma mala leche, engancha por sus resortes mecanizados y cuenta con unas interpretaciones perfectas. El filme responde a un antiguo guión de los hermanos y lo cierto es que esta historia de estafadores y asesinatos, cruzada por un episodio de violencia racial, exuda los tintes sociales de esa obra maestra llamada ‘Fargo’ y, sobre todo, ese arrebato en rojo y negro que fue su excelente ópera prima, ‘Sangre fácil’. Con la fachada de los años cincuenta y el decorado de una ciudad ideal, modelo de sociedad perfecta, el mundo que describe ‘Suburbicon’ tiene el aroma estético de ‘Mad men’, el idílico manto ajardinado y vecinal de ‘Terciopleo azul’ y esa sucesión de cargas de profundidad, entre la mentira , la muerte, la amenaza, el engaño, o la doble cara que componían la sinfonía de la resucitada ‘Twikn Peaks’. Los Coen vuelven a demostrar su querencia por el cartoon que Clooney aplica con una mirada más sobria, pero sin que todo el filme no deje de antojarse una historieta seria de animación con estilete crítico pero apelación constante al divertimento: La normalidad monstruosa, la decencia inmoral, el paso no tan difícil entre la convención y la transgresión, el retrato del inocente/culpable manipulado y manipulador, el fracaso…y, por encima de todo, como el antídoto de supervivencia, el humor teñido de sangre y el noir animado que los Coen introducen en el seno de esa sociedad aséptica, ordenada y limpia en la que late el fascismo. El filme sin llegar a la rotundidad de otras obras de los tres cineastas, y amparados en sus virtudes y defectos, en su complicidad creativa y crítica, destila un atractivo innegable, desde la puesta en escena a la caricatura de muchos de sus personajes, la picaresca de su radiografía estilizada entre la disección y la conmoción, y la posibilidad abierta de que ‘Suburbicon’ se pueda visionar de muy diferentes maneras. Comedia negra, sí pero también juego de intriga, misterio y asesinatos, o historia iniciática de niño (en los Coen siempre hay una infancia física o moral) que descubre la permanente falacia en la que discurrre el universo adulto.
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Desestructurar el cine
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Guillermo Balbona | 09-12-2017 | 19:55| 0
Dos padres por desigual   
Daddy’s Home 2 2017 100 min.Estados Unidos.
Dirección: Sean Anders. Guion: Anders, John Morris. Música: Michael Andrews.
Fotografía: Julio Macat. Reparto: Will Ferrell,  Mark Wahlberg,  Linda Cardellini,  Mel Gibson,  John Lithgow, Scarlett Estevez, 
Género: Comedia.  Salas: Cinesa y Peñacastillo.

A esta farsa suprafamiliar, grotesca y bufonesca, pero siempre decantada hacia el lado feo, le faltan dos o tres escenas más para convertirse en la peor película del año, o para especular de forma radical con la chirigota superficial y burda de ta modo que podría tomarse como una mirada paródica de los clanes y las familias desestructuradas. Pero ‘Dos padres por desigual’, entre el ridículo, lo zafio y vulgar y la corrección política como escritura dominante pisotea el cine y desprecia al espectador. Por si fuera poco la coartada navideña de fondo le permite exprimir el buenismo más tontorrón, la caricatura bobalicona y su empalagoso tono para llamar a la puerta de los sentimientos más primarios. Ese coro/karoke de criaturas atrapadas en un cine es tan conmovedor que dan ganas de pedir el libro de reclamaciones por falta de autenticidad. Comedia vacacional con hijos más inteligentes que los padres es un buen exponente de cómo algunos actores caen en lo risible y agrandan su curriculum con estas mediocres aportaciones. Wahlberg y Ferrell, «yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos», compiten no tanto en decir naderías, sino en cómo exponer con más claridad la estupidez. Aquí se doblan padres e hijos con la misma facilidad con la que se duplica lo grotesco hasta una declaración de amor navideña que serviría de postal para reivindicar un atentado a la inteligencia. El abuso del slapstick facilón, el histrionismo rampante y la sucesión de vergonzosos gags con un decadente Mel Gibson al frente convierten la comedia en un estruendo de arquetipos, convenciones y lugares comunes. Pueril más que graciosa, reiterativa y previsible, competirá ahora en vulgaridad con el estreno su hermana boba, ‘desmadre de madres’, que amenaza con convertir la cartelera navideña en un estado bélico de absurdos jocosos y dislates sentimentaloides. Ruidosa y aparatosa en ritmo y en acumulación de memeces y gansadas, ‘Dos padres por desigual’ es tan absurdamente paternal que sus gracietas asustan. Salvo algunos gags físicos de enredo con máquinas y confusión o engaño el filme de Sean Anders, al que le va la marcha de las secuelas desde ‘Desmadre de padre’, es una pseudocomedia que degrada el cine y, sin ironía ni mirada crítica, convierte la confrontación generacional en un tratado guasón carente de materia gris.
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Más catenaria que alta velocidad
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Guillermo Balbona | 07-12-2017 | 09:48| 0
Asesinato en el Orient Express
Murder on the Orient Express 2017 116 min. EE UU.
Dirección: Kenneth Branagh. Guion: Michael Green (Novela: Agatha Christie).
Música: Patrick Doyle. Fotografía: Haris Zambarloukos.
Reparto: Kenneth Branagh,  Penélope Cruz,  Willem Dafoe,  Judi Dench,  Johnny Depp, Michelle Pfeiffer,  Daisy Ridley.
Género: Intriga.Salas: Cinesa y Peñacastillo.

El traqueteo comercial ha puesto de nuevo sobre la vía una de esas adaptaciones tan prescindibles como insulsas. ¿Alguien esperaba en la estación de la cartelera al Orient Express? Es cierto que no pasa el tiempo por la historia de Agatha Christie y que posee cierto encanto y magnetismo ese halo coral de intriga, enigma y empatía. Pero la apuesta se antoja innecesaria. Incluso los posibles valores de este renovado trayecto se vuelven insuficientes para justificar el viaje: los subrayados de paisaje (incluyendo lo virtual), lo escrupuloso y respetuoso del tono y el equilibrio entre lo escénico, teatral y claustrofóbico de la inmersión en el juego aseado de inocentes y culpables. Kenneth Branagh, que en los últimos tiempos ha pasado de Shakespeare a ‘Jack Ryan’, de ‘Thor’ a ‘La flauta mágica’, echa mano de la vía clásica más que la estrecha pero ello no garantiza ningún itinerario emocional. Todo suena aséptico, de postal y coche cama, resbaladizo, y junto con la acumulación de intérpretes estrellas asemeja la cinta a una lujosa revista de viajes. La intención del actor y director es de tren de Alta Velocidad pero las decisiones del jefe de estación se muestran endebles y caprichosas. No sólo es el protagonismo megalómano y algo irónico de Hercules Poirot, sino que la inclusión de unas gotas de acción se revela incapaz de otorgar personalidad a esta especie de remake, regreso y pasaje ocioso. Hay espectacularidad, sombras de disturbio y mucha pretenciosidad con la cámara. Pero la catenaria de lo inane detiene el ferrocarril del ingenio en demasiadas ocasiones. Preludios, distracciones, mucho material impostado, elegancia afectada y excesos ególatras que no aportan lucidez ni ritmo a ese latido de sospechas, razones e intenciones que componen la cuenta atrás de un viaje con cadáver dentro. Del Orient Express de Sidney Lumet en 1974 al Branagh mas tecnológico, se gana en apariencia pero se pierde en sutilezas. Los retratos e interpretaciones de esta versión resultan desiguales, fríos y distanciados (salvo Michelle Pfeiffer) y cierta atmósfera visual epatante alejan definitivamente el destino exótico y diluye ese vagón señorial que pierde por el camino el equipaje negro de sus pasajeros. Pese a la pátina de trascendencia y al despliegue de medios, el whodunnit (‘¿Quién lo ha hecho?’) el filme no puede evitar el tedio como si todos esperáramos llegar a la estación central y un constante cambio de vía obligara a desviar la atención. No hay descarrilamiento porque la aventura carece de riesgo. Antes de romper el billete uno tiene la sensación de que hace mucho que había llegado a su destino.
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Trampa y estiramiento
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Guillermo Balbona | 07-12-2017 | 09:45| 0
Saw 8 
Jigsaw 2017 91 min. Estados Unidos.
Dirección: Michael Spierig,  Peter Spierig,  The Spierig Brothers.
Guion: Josh Stolberg, Pete Goldfinger. Música: Charlie Clouser. Fotografía: Ben Nott.
Reparto: Matt Passmore,  Callum Keith Rennie,  Clé Bennett,  Hannah Emily Anderson, Laura Vandervoort,  Tobin Bell,  Brittany Allen.
Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

De tanto estrangulamiento argumental el diálogo entre el sadismo y el terror lúdico de la saga ‘Saw’ ha descendido hace ya tiempo a la parodia y el retorcimiento un tanto irrisorio. La fórmula personas atrapadas, desconocidas entre sí, sometidas a una especie de juego de rol terminal de reglas intrigantes se ha convertido en un relato cansino pero igual de efectista. Lo cierto es que entre adeptos entregados a la causa y ese aire de reto que posee implícitamente ampliar la franquicia, los asuntos de Jigsaw alcanzan ya su octava entrega entre sangrientas venganzas e ingeniosas vueltas de tuercas físicas y morales. Esta vez los hermanos Michael y Peter Spierig, responsables de la séptima entrega, se afanan en prolongar esta especie de feria de los horrores y la tortura que envuelve sin remedio a una serie de personajes inmersos en sus particulares  y obsesivos mundos domésticos. En esta ocasión los cineastas, autores ‘Los no muertos’, optan por combinar la receta de los diferentes CSI tan en boga, como trama paralela y circundante del tradicional encierro. Sus criaturas deben afrontar, como en el resto de la saga, su ‘sanfermín’ sangriento privado y competitivo para salvar su vidas o condenar las de los demás. A ‘Saw 8’ le falta ritmo, potencia narrativa para enganchar más allá de los ingenios mecánicos y los sudokus  de thriller y gore que acompañan cada paso de los protagonistas. La enredadera de culpables, huellas e hipótesis de laboratorio es de manual y nunca acaba de soltar esa física y química engarzada en el horror vacui de un viaje hacia la muerte al que nunca se le exprime todo su verdadero jugo existencial. ‘Saw’ ha sido siempre más un juguete diabólico que un verdadero resorte para hacer saltar las entrañas del miedo y el vértigo de lo desconocido. Reboot, autoremake simplón o mera prótesis, esta nueva entrega carece de personajes carismáticos y explota la vía del truco, del engaño hasta engañarse a sí misma. Hay más repetición de lo previsible que reiteración del suspense. Entre la comicidad y el patetismo, la extremidad y lo extremo, la casquería tramposa de ‘Saw pide’ a gritos un boca a boca que la redima o le dé la extremaución. Por supuesto la traca final es manufactura de trampa y pirueta para que el juego de apariencias alcance el éxtasis. Y, sin embargo nada evita la sensación de lo innecesario de esta resurrección de la saga ni el rebuscado tedio letal que envuelve a la pesadilla.
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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.