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Y entonces… el tiempo
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Guillermo Balbona | 04-04-2015 | 15:16| 0

Quédate conmigo
2012 102 min. Canadá  Director: Michael McGowan Reparto: James Cromwell, Geneviève Bujold, Campbell Scott, Julie Stewart, Rick Roberts, George R. Robertson, Barbara Gordon, Jonathan Potts. Drama. Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo.

Es una película de actores. Y además de intérpretes que dejan ese poso adherido que va más allá de la huella humana de sus personajes. Con ello, pese a la demora de su proyección (han discurrido más de dos años desde su realización y los distribuidores la rescatan ahora) ‘Quédate conmigo’ es uno de esos filmes documento/testimonio que perfilan un estado existencial de la sociedad del presente.

Los mayores, el paso del tiempo, la reflexión sobre la vejez, la enfermedad degenerativa y la memoria tienen cabida en ‘Still mine’. Es también un retrato interesante del ciudadano frente al sistema reflejado en esa pareja de ancianos que se enfrenta a las autoridades para que les permitan construir la casa en la que pasarán sus últimos días. En época de desahucios, abusos y desprecios a la esencia de los fundamentos  sociales y a la dignidad esta historia transmite una indudable empatía.

El canadiense Michael McGowan otorga luz a la madurez y a la vejez y lo hace sin sentimentalismo a través de un cuento, nada amable, que respira y deja entrever las heridas, los sueños rotos y reclama un espacio digno. El cineasta de ‘One Week’ y ‘Saint Ralph’ crea un drama sólido que, a diferencia de otros retratos recientes, huye del telefilme y se apoya en una excelente banda sonora y en el trabajo de James Cromwell y Geneviève Bujold. La grandeza, incluso cierta compasión, que pueden desprender las criaturas necesitadas, despierta sensación de afecto tras los reflejos de ejemplaridad.

‘Quédate conmigo’, en cualquier caso, no es un hecho aislado en el cine actual. Junto a las relaciones paternofiliales, el segundo gran territorio visualizado por cierto cine de autor se detiene en la tercera edad, la sombra de la muerte, siempre tema tabú, y la decadencia física o la pérdida de la memoria. Lo de ‘basado en hechos reales’, como este caso, se queda en la anécdota. La piel dura de esta historia discurre por debajo de unos personajes que ven oponer al alzheimer y su deseo de construcción de un lugar en el mundo, antes de la despedida, los obstáculos y barreras materiales de una sociedad «moderna» que se desentiende y margina. Actores desmayados en su inmensidad elevan los detalles y aportan matices donde no llega la dirección. Un ejercicio de supervivencia y ternura, que quizás sea lo mismo, ilustrado por un filme pequeño pero que exuda respeto. Etica y serenidad, dos factores humanos casi en extinción, recorren el tono y la  entraña de esta obra de héroes pequeños, cotidianos y por eso más necesarios. Un susurro y una pausa para aprender de la vida a través de una película sin pretenciosas excusas ni envolturas. Como escuchar a dos personas que ya saben que la vida pasa, sigue pasando.

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Épica, química y lírica
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Guillermo Balbona | 31-03-2015 | 12:22| 0

Duelo en la alta sierra
1962 94 min. Estados Unidos Director: Sam Peckinpah Reparto: Randolph Scott, Joel McCrea, Mariette Hartley, Ron Starr, Edgar Buchanan, R.G. Armstrong Warren Oates.
Western. Salas: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Desde el miércoles día 1
Hay westerns mestizos, crepusculares, incluso reinventados hasta no reconocerse como tal. Este, ‘Duelo en Alta Sierra’, posee toda las señas de identidad de un monumento del género. Su rotundidad, exenta además de esa visceralidad y arrebato del Pekinpah de ‘Grupo salvaje’ acerca el filme a un clásico moderno antes de que el western empezara a agonizar. En realidad el filme tiene mucho de autohomenaje, de mirada hacia dentro de la esencia de una película del Oeste con toda su carga fundacional y sus viajes interiores y exteriores. Es una obra de cicatrices en el paisaje físico, geográfico y humano.

Dos actores y otros tantos estereotipos, una pareja de viejos lobos de aventura y cine, un cargamento de oro y toda la fotografía y el imaginario que se le presupone a la épica: Joel McCrea y Randolph Scott hacen de médium de una liturgia que convoca a los espíritus de una interpretación del género, la cual inaugura su camino hacia la caligrafía del ocaso. De otro modo el propio Pekinpah lo remató con esa inolvidable ‘balada de Cable Hogue’.

Entre la nostalgia fordiana, la mirada histórica y el retrato de admiración y melancolía sobre un tiempo mítico, este ‘Duelo’ rebosa carácter y lucidez, y es un innato catálogo de prueba de vida, de supervivencia y de estilo.

El filme rezuma esa piel cinematográfica inconfundible que retrata la amistad, las pasiones, la mirada sobre una forma de estar en el mundo. Vidas crepusculares y actores secundarios de lujo en la serieB se funden en el álbum del cineasta de ‘Quiero la cabeza de Alfredo García’ que tras sus incursiones en series televisivas, siempre a la sombra del western, empezaba una carrera que le llevaría a la cumbre por su estilo apasionado y contundente. Epica y paisaje se convierten en factores humanos de un argumento que vibra en un filme que el propio Peckinpah consideró como su obra más acabada. Esa atmósfera de decadencia y la nostalgia de otros tiempos conviven y contribuyen a dotar a la obra de un magnetismo especial. ‘Duelo en la Alta Sierra’ es  el relato de una odisea, como todo buen western, una tragedia de pistoleros que vuelven sobre sí mismos antes de una despedida definitiva, el simple adiós con la muerte al fondo.

Frente al idealismo de los personajes pioneros se revela una violencia y una falta de definición de una sociedad joven pero confusa. De la inmensidad a la claustrofobia, del trayecto sin meta a la intimidad del final inevitable. Destino y respeto. La mirada del héroe revela y rubrica la redención tras la pérdida. Al fondo, el paisaje, la vida.
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Estafa como puedas
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Guillermo Balbona | 31-03-2015 | 07:50| 0

Focus
EE UU. 2015. 104 m. (16). Comedia. Directores: Glenn Ficarra y John Requa. Intérpretes: Will Smith, Margot Robbie, Rodrigo Santoro, Stephanie Honore. Salas: Peñacastillo y Cinesa.

Todo desprende un aire entre afectado y sofisticado. Se impone un lenguaje de anglicismos posmodernos y la transparencia de las imágenes revela las costuras de un guión de gente que pasaba por allí. ‘Focus’ es puro look, pero no mirada sino apariencia, engaño, superficialidad, catálogo soft, batallita cool de gente guapa enredada en dinero. Si fuese metáfora el conflicto de chico/chica entre engaños y mentiras daría para un culebrón moderno de estafadores y timadores en busca de un último recurso ingenioso. Pero el filme con sobredosis de pareja protagonista no funciona ni como comedia y romance prolongado en el tiempo –en el que el amor parece otra mercancía más, codiciada por carteristas de lujo– ni como juguete a lo ‘Oceans’ o casino urbano sometido a un constante juego sobre lo falso y lo verdadero.

Precisamente la verosimilitud es lo más débil de ‘Focus’ que, además, fractura el argumento en dos claras partes, tan diferenciadas y poco justificadas (del supuesto aprendizaje al reencuentro maestro) que parecen dos películas distintas. Will Smith y Margot Robbie juegan a una especie de Sinatra y Ava Gardner y la cosa se deshace por mucho que los subrayados musicales de night club y paradise artificial y el contraste entre ciudades, Nueva Orleans, primero, y Buenos Aires, después, aporten un cierto microclima de cine con personalidad visual. Pero Glenn Ficarra y John Requa, responsables de la interesante ‘Crazy, Stupid, Love’ y antes de Phillip Morris ¡Te quiero!’, firman un globo hinchado que pierde aire a medida que busca altura. La elegancia, que la hay, se acaba confundiendo con la ligereza. Todo es alado y el endeble perfil de personajes y situaciones se muestra contrario al supuesto encanto de las criaturas que pululan por un terreno resbalizado, y en cada tramo, más publicitario.

Se busca la vuelta de tuerca, el truco invisible, el as en la manga. Pero uno vuelve del juego de mesa cansado de tanto mostrar y no ver nada. Todo es efervescente pero hay más agua con gas que hechizo mágico. Smith gira y gira. La actriz australiana, que siempre gana la partida, se empeña sin embargo en subrayar su belleza, aunque no lo necesite. Y los duelos estafadores huelen a trampa. El guante blanco está en la dirección. Nos engaña pero no duele. ‘Focus’ estira su idea traviesa, entre el atraco imperfecto y el romance aplazado, entre el simulacro y la mentira. El entretenimiento, no obstante, entra y sale de escena como un invitado inesperado o  equivocado de fiesta. Personas y escenarios son carne de diseño. Solo es piel, superficie, toque, lucimiento. Debajo nada parece de verdad. Si uno no araña la pantalla hasta puede que  caiga en la trampa.
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La horma del cuento
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Guillermo Balbona | 30-03-2015 | 17:07| 0

Cenicienta
EE UU. 2015. 112 m. (TP). Fantástica. Director: Kenneth Branagh. Intérpretes: Lily James, Cate Blanchett, Helena Bonham Carter, Stellan Skarsgård. Salas: Peñacastillo y Cinesa.

Oscila entre la recreación exenta de artificio y la ilustración despojada de Disney pese a realizarse bajo su marca. Se pretende cercana y familiar y a veces resulta empalagosa, relamida y distante.  Kenneth Branagh, cuya fimografía cambiante ha saltado de su obsesión por Shakespeare al fantástico de los dioses de ‘Thor’ o a recobrar a Jack Ryan, afronta una tarea tan inocente como inútil, tan doméstica como inane: busca un hueco entre  Perrault, los Grimm y la iconografía Disney que se apoderó del relato oral /fundacional entre las narraciones populares. Pero a esta ‘Cenicienta’ le falta definición, radicalidad de estilo y fuerza en su apuesta. El propio actor y cineasta toma en su mano la horma del cuento y busca el pie cinematográfico que se ajuste mejor a su pisada visual. Pero fracasa en el intento.

El filme no hace daño ni incomoda pero tampoco enciende. Se contempla, más que se saborea. Exprime un lado lateral artesanal que acaba convertido en sofisticación colateral. Es tan rigurosamente esquemático con los perfiles como obligadamente cursi en muchos pasajes, como ese interminable baile en palacio. Incluso la proyección precedida de un cortometraje delicioso de ‘Frozen’ no solo no evita, sino que subraya y acusa la sombra de una gran operación comercial entre la tradición y el guiño con la última taquilla de la factoría.

Branagh se inclina por la ilustración directa, sin aparentes artificios, a veces sin brillo ni ritmo, con desequilibrios en el sentido del humor y tampoco mostrándose claro cuando tiene que dar protagonismo a la fantasía de los animales o a las criaturas humanas. A veces también es un filme gritón que tan pronto se vuelve paródico y caricaturesco como extremadamente sobrio. Cate Blanchett, cómo no, en una mezcla de Bette Davis y Dietrich, se muestra sublime. Se lleva la función con estilo, con una caracterización de madrastra que encarna la maldad y la venganza sin trazo grueso.

El vestuario de Sandy Powell y el diseño de producción de Dante Ferretti sí aportan un toque de diferencia alejado de la afectación. Si la tarta del cortometraje que le precede es contundente, esta ‘Cenicienta’ es un pequeño pastel al que no se le encuentra del todo el sabor. Incluso el director de ‘La huella’ y ‘La flauta mágica’ se queda a medio camino a la hora de haber convertido su versión en un musical más o menos encubierto. Branagh se ahoga en su propia ambientación y todo resulta impersonal como de reciclaje y encargo. La horma del cuento sigue a la espera. Más barrocamente kitsch que recargada, estamos ante un bombón helado de preciosista envoltura donde solo nos detenemos ante la imagen fija de Cate Blanchett. El resto es un ambiguo trayecto entre el quiero y no puedo, de animación y cartoon y más hueso que carne. Entre hechizos y latidos, carroza y calabaza van juntas

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Más allá de Orión
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Guillermo Balbona | 30-03-2015 | 08:29| 0

Blade runner
EE UU. 1982. 123 m. (12). Ciencia-Ficción. Director: Abel Ferrara. Intérpretes: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah. Salas: Peñacastillo. (V.O.)

Es una obra desbordada por su propio imaginario. En ella caben desde el hallazgo formal más deslumbrante a la pretenciosidad  más apabullante. Su iconografía, en este sentido, ha ahogado en muchas ocasiones su ejercicio estético. Es un filme de excesos medidos, de una planificación que busca de forma permanente un plano oblicuo, demasiado subrayado y no siempre bien encajado. La revisión de un clásico moderno, y ‘Blade runner’ lo es, está siempre justificada. Más allá de Orión y de la taquilla –y no es preciso acudir a argumentos estúpidamente comerciales como vender un ‘montaje final del montaje final’ del director digno de los Hermanos Marx– es un criterio que debería ser casi norma en la salas para acercar títulos esenciales a las nuevas generaciones.

Ridley Scott que firmó una ópera prima excelente, ‘Los duelistas’, no demasiado conocida, y que acaparó las miradas con la magistral ‘Alien’, dirigió en 1982 esta distopía amparada en la novela de Phillip K. Dick, en la que diseñó con personalidad visual de cine clásico y recargados guiños de estética publicitaria un retrato futurista de megalópolis, metáfora y trasfondo noir. Cuando el filme discurre en las calles la claustrofobia, la oscuridad como elemento narrativo, la opresión del discurso onírico, futurista e inclusos visionario (con todos los guiños a ‘Metrópolis’ posibles) toda la confusa marejada urbana con su latido interior gana en intensidad y atrapa en una tela de araña tenebrosa. En algunos interiores, por contra, ‘Blade runner’ se torna a veces pedante, presa de un formato y del propio mensaje casi subrayado hasta la saciedad antes de que nos llegue la propia expresión visual y emocional. Pero reencontrada ahora para unos, descubierta por otros, no puede ponerse en duda su influencia, su referencia de culto y su poética embargada en ocasiones por un exceso barroco de etiquetas en torno a la condición humana.

Triunfa el diseño, la envoltura sobre la narración pero es innegable esa mirada hipnótica, ese sentido trágico de fondo que nunca llega a desgarrar pero que se enuncia como una poderosa sombra. Hay equilibrios sobrios asombrosos entre la fragilidad de Sean Young, lo primario y  salvaje de Daryl Hannah y la extrañeza que transmiten muchas criaturas secundarias  y Ford y Hauer logran una química perfecta de opuestos y complementarios. Entre la melancolía y la reflexión, se cuela a voces una sensación de asistir a un onírico agujero negro como un viaje interminable.  Eliminada la narración en off, suprimido el final impuesto por la Warner, lo cierto es que el reeestreno del reestreno no deja de ser una excelente excusa para bucear en este conglomerado sugerente y debatir cerca de la Puerta de Tannhäuser sobre el presente y el futuro, soñando con ovejas eléctricas.

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Ikea emocional
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Guillermo Balbona | 27-03-2015 | 09:16| 0

Obsesión
EE UU. 2014. 124 m. (16). ‘Thriller’. Director: Rob Cohen. Intérpretes: Jennifer Lopez, Ryan Guzman, Kristin Chenoweth, John Corbett, Bailey Chase.  Salas: Peñacastillo y Cinesa.

Es una de esas del subgénero ‘mírame y no me toques’  o ‘las apariencias engañan’. Ya saben vecino/a agradable, de atracción indudable, aunque fatal, y embaucador…hasta que aflora el monstruo que lleva dentro. ‘Obsesión’, título original donde les haya, se encarga de encauzar este subproducto que convierte el conflicto generacional, el deseo sexual y el drama de pareja en un ikea emocional, de mueble bar y baldas de quita y pon que sonroja por tópico y por superficial. Lo malo no es solo su formato de telefilme desmayado, sino su descarado guión de medio pelo al servicio de la actriz protagonista, una megaestrella que nunca lo fue en el cine y que se asegura la posesión de la cámara al ser la productora de este bodrio sobre mujer madura conoce a chico atractivo.

Un manual de psicópata acosador mezclado con gotas de erotismo de revista de decoración, algo de ironía en los perfiles de marido e hijo, e irrisorios perfiles vinculados a la gestión educativa. Hay secuencias ridículas donde lo previsible supera lo absurdo. En este sentido, puede provocar incluso alguna carcajada por su empeño en tomarse en serio a personajes que no resisten un test de primaria. El filme puede inquietar mucho pero no por la lógica de su trama sino por su pésima calidad y por la extravagancia de su intento de vuelta de tuerca de ‘Atracción fatal’. Cualquier amago de profundidad psicológica acaba en el fango.

Exenta de ironía la película es una sucesión de naderías desencadenadas por acciones tan racionalmente estúpidas que da grima. Rob Cohen, cineasta de ‘La momia 3’ y ‘En la mente del asesino’, reproduce errores y se instala en el lugar cómodo de esos espacios conservadores del cine más comercial, que recitan sabiondos el vocabulario y la gramática básica pero con soniquete de listillos. Quizás como única baza a su favor es que ‘Obsesión’ procura evitar el ejercicio efectista. Los sustos facilones, cercanos al género de terror, la hipérbole argumental son desterradas por el filme y se agradece. Pero a cambio acumula toda la colección de estereotipos en torno a vecindades incómodas y tensiones de patio escolar.

Ryan Guzmán y Jennifer Lopez parecen invitados a un juego de mesa de seducción. El chico de la puerta de al lado, título original, bebe de la moda de los noventa que tuvo en títulos como ‘La mano que mece la cuna’ y ‘De repente, un extraño’ a sus exponentes más sólidos a la hora de meter miedo a las ansias de adulterio y a las aventuras eróticas con marcha atrás. Falta intensidad, desgarradura, algo volcánico que haga creíble tanto roce y rechazo de folleto de aventura extramatrimonial y escándalo social con instituto de por medio. Es un cine repetidor, de examen de septiembre. Pero sabemos cuál será la nota final. La lección se aprendió de memoria pero alguien se olvidó lo básico: entretener y emocionar.

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Actor, personaje, persona
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Guillermo Balbona | 26-03-2015 | 09:24| 0

El quinto poder

País y año: EE UU (2012). Director: Bill Condon. Reparto: Benedict Cumberbatch, Anthony Mackie, Carice Van Houten, Stanley Tucci, Laura Linney. Duración: 124m. Trhiller político.  Salas: Náutica. Filmoteca Universitaria. A las 20 horas.

El biopic de actualidad con mayor o menor rigor formal y documental ha sustituido al retrato profundo, un cine político y de investigación cada vez más relegado a hallazgos ocasionales de autor. El universo de WikiLeaks, la plataforma que ha permitido filtrar de forma anónima información secreta que pone al descubierto la turbiedad política de los grandes gobiernos del mundo y los crímenes de las multinacionales, era un bocado muy goloso como para no atraer su desembarco en pantalla. ‘El quinto poder’ logra un acercamiento nada desdeñable entre el espionaje, el thriller político y el perfil de personaje oscuro.

El filme, que rescata ahora la Filmoteca Universitaria en su último ciclo del presente curso, es como una gran puerta a un mecanismo complejo, una invitación a revelar los entresijos que conducen a las cloacas. El tráfico de información clasificada condiciona el ritmo de la película que a veces resulta tan atractivo y pegadizo como caótico.

El guionista Josh Singer (‘El ala oeste de la Casa Blanca’), se pone a las órdenes de Bill Condon, cineasta de la excelente ‘Dioses y monstruos’ que también ha deambulado por producciones muy comerciales en las que parece haber sacrificado su estilo como ‘Crepúsculo’, y ‘Candyman 2’. ‘El quinto poder’ es también una película de actor, Benedict Cumberbatch dando vida a Julian Assange, tras su celebrada encarnación de Sherlock Holmes y su reciente papel de Alan Turing en ‘The imitation game’. Falta serenidad, miguitas de reflexión para detenerse a pensar qué camino seguirá la información tras la revolución del caso WikiLeaks. A menudo se deposita la fuerza en impulsos y latidos que permitan avanzar la acción pero a costa de perder atracción, de dejar en segundo plano la historia con claridad y potencia. Lo mismo sucede con el tratamiento que oscila entre entre la búsqueda de un cine espectáculo cosmopolita, y supuestamente imparcial, y el producto de telefilme.

Hay demasiado esfuerzo (el del actor es lógico, además en duelo con Daniel Brühl) por parte de Condon en retratar a Assange y se diluye su energía a la hora de profundizar en el corazón de la política y en el hecho fundacional de WikiLeaks. Se agradece el esfuerzo pero no convencen los mimbres más allá de la actuación de estudio del protagonista.

La frialdad global se quiere contraponer a un drama intimista entre los factores humanos. Nuevas tecnologías, apabullante intercambio de imágenes, caudal de soportes y pantallas, ante las que el espectador muchas veces exhausto cede al torbellino pero sin lograr un asidero. Iluminado, visionario, planificador frío, revolucionario, artífice y médium de un cambio inevitable en el tráfico de la información. Del perfil de Cumberbatch obtenemos todos esos matices, pero del relato solo obtenemos una oscura superposición de realidades.

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Reivindicativa pero naif
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Guillermo Balbona | 25-03-2015 | 08:32| 0

Pride
RU. 2014. 120 m. (7). Comedia. Director: Matthew Warchus. Intérpretes: Ben Schnetzer, Monica Dolan, George MacKay, Bill Nighy, Imelda Staunton.  Salas: Peñacastillo

Cruza subtramas, es tan reivindicativa como festiva, lúdica y curiosa por dentro y por fuera en muchas de sus fases pero muere en la orilla por dispersión y por ambición. Colectivos sociales, sectores sometidos o marginados conviven en este retrato social que lleva con demasiado etiquetado el modo ‘Full Monty’ en su ADN. Con Margaret  Thatcher siempre al fondo de la noche, las huelgas de mineros y las reclamaciones de derechos de lesbianas y gays se funden en un singular canto coral solidario con el que es fácil simpatizar pero no tanto empatizar debido al tono naif del filme que persigue más la simpatía que la verdadera conmoción.

Hay honestidad pero falta ardor guerrero, alegría combativa entre tanta superficialidad. Son las interpretaciones las que ponen el contrapunto cuando la ligereza impone su ley. Actores y actrices, como manda el canon británico, que consiguen un perfil muy definido dentro de la pluralidad de voces.

El cineasta de ‘Círculo de engaños’ y director teatral, Matthew Warchus, construye un microclima coral, colorista y entusiasta. Todo adquiere un tono de marcha de banda municipal y a los acordes de la amistad y la solidaridad uno puede dejarse llevar con una apuesta divertida, con su toque social, procurando no ofender y subordinando casi siempre cualquier situación incómoda a las ganas de agradar. Dominic West se lo monta en plan baile en un contexto inusual, la comunidad galesa en la que se ubica este retrato de unos hechos históricos, entre bendiciones cómicas y un optimista discurso. Sentido del humor, buen rollo, amabilidad, contrastes a los que se podría haber exprimido más jugo social, crítica y acidez, frente al disparate y las ganas de diversión. Con notas y partitura cinematográfica a lo ‘Tocando el viento’ y nostalgia de las comedias de la Ealing, ‘Pride’ nunca llega a desentonar pero tampoco logra instalar sus imágenes de tono pegadizo en el imaginario colectivo del retrato social más comprometido.

Los actores aportan más verdad que el discurso argumental y visual de una historia deseosa de agradar. Al tiempo los conflictos, los problemas, el desorden dramático se va diluyendo en busca de la risa para que el público muestre su complicidad. A veces el filme va pidiendo a gritos un coro conjunto, una especie de ‘viva la gente’ con Ken Loach de fondo sumándose al ejercicio de canto. Con cierto aire a lo ‘Billy Elliot’ se busca con pragmatismo, pero no siempre con lucidez, el equilibrio entre lo reivindicativo y lo lúdico. Lo mismo sucede como el ritmo y la narración que avanza desde ciertos distanciamiento al tono de celebración. A coro, ‘Pride’ suena a algo conocido pero llevadero. Un sonajero que muestra las heridas y las cicatriza con un eco familiar.

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Shakespeare en sus manos
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Guillermo Balbona | 24-03-2015 | 11:30| 0

Otelo
1952 91 min. Marruecos Director: Orson Welles. Reparto:Welles, Suzanne Cloutier, Micheal MacLiammóir, Robert Coote, Fay Compton, Hilton Edwards.  Salas: Bonifaz. Esta semana. Proyecciones y  Cine Club. Filmoteca de Cantabria.

Carne para desalmados con pretenciosas ideas. Marca de prestigio para tapar otros vacíos. O simplemente argumentos desafiantes para traslación de lenguajes en osados proyectos. La obra de William Shakespeare ha tentado a unos y otros y, por ende, ha propiciado auténticas barbaridades y, en menor medida, reinterpretaciones y acercamientos lúcidos. Las empresas casi siempre desmesuradas y con toques de genialidad de Orson Welles, al margen de su mirada funcional clave con ‘Ciudadano Kane’, tuvieron en el dramaturgo universal a un referente esencial.

El personaje de Otelo ha sido uno de los más golosos y sus adaptaciones a la pantalla se remontan al cine mudo. En el caso del cineasta de ‘Campanadas a medianoche’, su incursión es uno de los iconos míticos y uno de los documentos de cabecera: la conjunción entre escenografía, interpretaciones y ambientación conforman un ejemplo de excelencia y creatividad. No obstante, el filme ya pasó a la historia por las dificultades del rodaje, uno de esos tour de force cuyas vicisitudes hubieran dado lugar a otra película paralela. El moro de Venecia pasó por diversas manos entre ellas las de Laurence Olivier o Laurence Fishburne o una curiosidad como ‘Doble vida’, en la que George Cukor dirige a Ronald Colman interpretando a un actor de teatro que está representando ‘Otelo’.

Extraña coproducción que fue perdiendo las banderas de apoyo por el camino, el filme huérfano de producción reconocida ganó, sin embargo, el Festival de Cannes. Welles, como casi siempre, tuvo que aceptar papeles alimenticios y trabajos nada desdeñables que ayudaran a sacar adelante la financiación de su proyecto –entre ellos ‘El tercer hombre’ de Carol Reed– hasta que United Artists la distribuyó en Estados Unidos tres años después de triunfar en Europa obligando a Welles a hacer numerosos cambios. La lectura del actor y director combina sutileza a la hora de ahondar en el texto original, suma de talentos e imaginación para solventar los grandes problemas a los que se enfrentó. Su capacidad visual y dominio del montaje fueron factores determinantes para dar unidad a una recreación inevitablemente dispersa entre parones de rodaje, cambios de escenografía en el tiempo, localizaciones dispares y disparatadas, e incógnitas de futuro y claros obstáculos que cercenaron sucesivamente sus medios. Frente a Macbeth, más ‘teatral’, Welles imprime en ‘Otelo’ todo su barroquismo visual, un tenebrismo y expresionismo inconfundibles, entre angulaciones y ese elogio de la oscuridad, el juego entre luces y sombras que subraya caracteres y perfila el dramatismo. Emociones e inquietudes, tormentos y pesadillas se alternan con un permanente desasosiego.

El cineasta de ‘Sed de mal’ se apropia tanto de las carencias como de los hallazgos, desnuda su identificación con Shakespeare, araña y muerde visualmente cada palabra y construye en el tiempo uno de esos edificios artísticos que contienen tanto temblor como hondura y desgarradura.
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Flipar y flipar
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Guillermo Balbona | 23-03-2015 | 17:26| 0

Puro vicio
EE UU. 2014. 148 m. (18). Policiaca. Director: Paul Thomas Anderson. Intérpretes:  Joaquín Phoenix, Owen Wilson y Benicio del Toro. Salas: Cinesa

En su cine siempre late una desmesura fundacional, marca de la casa. Como si el ritmo cardíaco de sus personajes y el pozo sensorial de sus historias estuvieran sometidas a otro tempo. Tras la magistral ‘The master’, Paul Thomas Anderson busca un retorcido terreno en el que procura lanzarse al pasatiempo de los descarrilamientos y firma en ‘Puro vicio’ un juego de mesa peligroso, siempre al borde de las fronteras entre el exceso, la impostura y la locura con controles de avituallamiento.

El filme tiene mucho de carrera de fondo y si uno no acepta al principio que se enfrenta a muchas y diferentes etapas, a puertos y escaladas, a anodinos metros y a sorpresas delirantes difícilmente podrá llegar a meta. El cineasta de la maravillosa ‘Magnolia’ propone un mosaico de personajes, anécdotas y situaciones que tan pronto son mera frivolidad rupturista como golpes de genialidad. No se trata solo de la combinación de géneros, recurso posmoderno  ya manido en otros cineastas, ni siquiera la caligrafía trasversal, sino esa mirada libre que Anderson posa sobre sus criaturas y traslada con una extraña naturalidad. Con un reparto de fieles, actores fetiche y sorprendente eficacia coral, ‘Puro vicio’ oscila entre lo surreal y el subrayado de estilo, la psicodelia y el bebedizo de los setenta, el investigador privado y el flipe en colores.

La película, como casi todo su cine, no puede dejar margen para términos medios. O irrita y te deja cansino o te apabulla y te arrastra hacia un vértigo de metáforas, estados y monstruos exteriores e interiores. Hay sátira y desgarradura, melodrama y loca academia humana. Con la novela ‘Vicio propio’ de fondo, solo apta para puristas de Thomas Pynchon, la película de Anderson es un tiovivo con Joaquin Phoenix haciendo de caballito, mientras todos giramos entre la contracultura, la pérdida de identidad, el delirio y la sobredosis.

El sueño americano, la California setentera, todo con un humor paródico, de pastilla y marihuana. A veces hay cordura metamorfoseada y otras ocasiones locura con apariencia de coherencia narrativa. Nadie pude negar la originalidad, el deslumbrante material entre el desparpajo y el ingenio. Negación del sueño americano, retrato ácrata, intento de traslación de una caligrafía literaria peculiar a otra visual, o compleja y barroca simpleza. Al cabo, un alucinógeno de momentos letales y colisiones mentales. Parodia y homenaje con banda sonora de lujo y un actor a modo de gurú que nos invita a una fiesta de la que nunca sabremos si llegamos a entrar o hemos salido definitivament

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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