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Vale tronco, vale
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Guillermo Balbona | 11-05-2015 | 15:44| 0

A cambio de nada

España. 2015. 95 m. (12). Drama. Director: Daniel Guzmán. Intérpretes: Miguel Herrán, Antonio Bachiller, Luis Tosar, María Miguel, Antonia Guzmán. Cinesa

De calle y distancias cortas. Todo se mira desde abajo. Y la cosa huele a asfalto, desprende algo de barro y transparenta un realismo próximo que se impone,    más que se mastica. ‘A cambio de nada’ no busca la poética de lo cercano ni pretende redescubrir el neorrealismo. Daniel Guzmán se da un homenaje de barrio, juega en casa y maneja lo familiar, los sonidos, la memoria, la adolescencia, la supervivencia como campos minados pero conscientes de ser pisados una y mil veces. Con actores excelentes su baza es la autenticidad y, más allá de la anécdota, el filme, que triunfó en el reciente festival de Málaga, es tan bienintencionado como eficaz a la hora de desbrozar los tópicos o de driblar los clichés con su sensación de verdad. Se nota que el actor/cineasta está a gusto, en su salsa, y que la suya es una falsa ópera prima construida en casi una década de intentos y clara prolongación de su celebrado cortometraje ‘Sueños’. Pero bajo esa capa de confort narrativo, de buenas intenciones y de retrato nada desdeñable, a su pretendida bofetada le falta denuncia social, mayor frescura y, sobre todo, cierto desgarro para ir más allá de la fibra de unos personajes buscadores/perseguidores a los que se les ve la piel pero nunca la entraña. ‘A cambio de nada’, los 400 golpes de Guzmán, es un filme de colegas en la periferia de casi todo, la de la ciudad, la del sistema, la de la propia vida. Sin llegar a quemar ni a la combustión, su relato juega con material inflamable, se posa sobre la superficie de lo vulnerable, de la fatalidad, de la confusión y con los Herrán, Bachiller y García Vélez invita a un paseo por los márgenes que entre los deseos y los golpes bajos es donde el filme gana en entereza. A cambio de nada es arrabalera, popular que no populista, cercana y se mueve con soltura entre lo generacional y lo sencillo, en busca de emociones directas, sin recreaciones visuales ni tampoco ese cine de autor, sobre todo francés, que retrata los conflictos de la nueva/vieja Europa. Lo de Guzmán es un sincero álbum íntimo pero colectivo, cercano, reconocible, en el que pululan padres separados, abuelas jóvenes, colegas que nunca te traicionarán, deseos y mucha prisa por llegar a ninguna parte. Hay más nostalgia que amargura, y una inteligente combinación de tragedia y comedia, de risas y diálogos muy bien encajados que se alternan con las zonas cero, con las sombras, con el dolor adherido a ese extrarradio que a veces parece el cielo y otras una jaula inevitable. Es un filme honesto y esa es la mejor carta de presentación y su textura de lo cotidiano, sin lirismos relamidos, es palo y zanahoria, fragmento de vida y un sincero despojamiento adolescente. En su modulación de comedia y drama, aflora el equilibrio de un costumbrismo nada impostado, entre intuiciones y revelaciones. Algunos encuentros entre los dos amigos y el paseo en motocarro con la abuela bastan para compartir con complicidad ese territorio de las distancias cortas.

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Inmersión en lo extraordinario
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Guillermo Balbona | 09-05-2015 | 15:25| 0

Aguas tranquilas
2014 110 min. Japón Directora: Naomi Kawase. Reparto: Nijiro Murakami, Jun Yoshinaga, Makiko Watanabe, Hideo Sakaki, Tetta Sugimoto, Miyuki Matsuda, Jun Murakami, Fujio Tokita. Drama. Bonifaz. Filmoteca de Cantabria.
Es una obra de iniciación y construcción de un imaginario sobre lo extraordinario. Un documento estético sobre la fuerza de la naturaleza y visión japonesa que propicia una inmersión seductora. La cineasta Naomi Kawase, cuyas raíces se sitúan en el documental, se mueve entre la fábula, la contemplación y la poética pero elude el mero esteticismo con una apuesta por el misterio de la vida. La directora de ‘Chiri’ –el cineasta Isaki Lacuesta abordó una colaboración con ella– se enreda en una historia de amor y muerte entre la imaginería rural y una extraña hondura que juega con los enigmas y el asombro que discurre por la superficie de las cosas esperando que alguien descubra territorios desconocidos. La directora nipona firma un filme sereno, entre el idealismo y una espiritualidad poética nada artificiosa.

Se ha comparado su historia con ‘El árbol de la vida’ de Malick, pero hay mucha más ambición estética en el director de ‘La delgada línea roja’. Kawase apela a los sentidos, avanza de lo pequeño a la grandeza como si fuese una invidente que debe palpar su entorno hasta encontrarse. Quizás es irregular, algo endeble el guión, pero ‘Aguas tranquilas’ posee muchos remolinos, un profundo respeto en su acercamiento a la naturaleza y cierto manierismo y pomposidad. El paisaje se postula como protagonista pero en realidad lo es el mapa humano, el visible y el invisible, el que revela la verdadera piel de este relato. Ante tanta apelación grandilocuente, el filme se puede ver como una postal emocional, frágil y a veces fascinante. Pero también se puede juzgar como un fragmento de realismo mágico que quizás se regodea demasiado en ese área de confort trascendente como si fuese una coartada para no arriesgar más en lo puramente narrativo. Juventud y experiencia, aprendizaje y dolor, temores y vueltas de tuerca, ‘Aguas tranquilas’, con influencias de  Ozu, busca el equilibrio sin ansiedades.

La directora de ‘El bosque del luto’, tras una experiencia personal dolorosa, se mueve en la frontera y el tránsito entre el sueño y la realidad, entre la vida y la muerte. Delicadeza y sombras interiores se combinan con especial dulzura. El enigma, la naturalidad, la sencillez son factores que con mayor o menor intensidad asoman por los resquicios que dejan las miradas de los jóvenes protagonistas. Puede ser discutible el tempo utilizado, o puede echarse de menos un guión más consistente. Pero la escena de despedida, el adiós coral y poético, eleva la superlativa definición de esta película y gana terreno su textura de la diferencia. La muerte como un relato accidental. Es entonces cuando triunfa este catálogo de afectos.

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Realismo sucio y sombrío
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Guillermo Balbona | 07-05-2015 | 10:32| 0

Calabria, mafia del sur
2014 103 min.Italia Director: Francesco Munzi. Reparto: Marco Leonardi, Peppino Mazzotta, Fabrizio Ferracane, Anna Ferruzzo, Barbora Bobulova. Coproducción Italia-Francia. Drama  Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo.

Hay más ceremonia que intensidad. Un realismo seco, hondo, pero despojado de esos guiños de thriller dramático que ha acompañado todo retrato de la mafia en el cine. En ‘Calabria’, geografía y ciudad, sentimiento y turbiedad, tradición y peso familiar, conviven como parte de la esencia antropológica, paisajística y patrimonial. El filme de Francesco Munzi, ‘almas negras’ es su título original (mucho más coherente), es falsamente austero, una especie de documental del revés donde la autenticidad, el verismo lo proporcionan las colisiones entre unos personajes, profesionales y lugareños sumados al rodaje, que transmiten autenticidad, y el entorno. Más sombría que desgarrada, la obra del cineasta de ‘Saimir’  logra cercanía pero se muestra irregular en el ritmo y no puede evitar ciertos baches. No hay ornamentos en ‘Calabria’.

Tráfico de drogas, ecos y reminiscencias de sangre y familia, devociones y lealtad, miedos y poder. Exento de los modismos de género, busca con insistencia una atmósfera propia, diferenciadora, que se postula alejada de las miradas convencionales o de esa iconografía demoledora de los Scorsese y Coppola. Esta mirada italiana, endógena,  antropológica, arriesgada e introspectiva resalta sobre todo por su valor intrínseco, su vuelta de tuerca interior. Desde el Matteo Garrone que adaptó a Roberto Saviano para lanzar su retrato a tumba abierta sobre la Camorra napolitana, reflejo de ‘Gomorra’, no había vuelto a presentarse otra incursión de tono tan crudo. La ‘Ndrangheta’, bañada en los beneficios de la droga, vertebra de fondo este perfil de clanes, con ovejas negras y alguna blanca, con muchos lobos y pastoreo y postureo humano, entre  el honor , la venganza y la muerte.

Munzi usa el drama pero también se desentiende de él. En realidad concede más importancia a la geografía física, al ritual que a la anécdota. Y el ritmo es el mecanismo comercial que sostiene todo el andamiaje de una familia sostenida en el enredo ordenado de los negocios sucios y criminales. La historia va dejando atrás los mecanismos de defensa acomodaticios y revela los mundos, subterfugios y el ecosistema de un cine hecho de muchos lugares comunes para el contaminado ojo del espectador. Pero como en ‘Los Soprano’, el filme de Munzi crea una envolvente de códigos y evita que exista algo magnético y seductor. Al contrario, el sonido es el del vacío, la vacuidad existencial, la renuncia, lo inevitable, el destino sordo y negro. ‘Calabria’ se resiente  de un latido irregular pero saca la cabeza en su afán por dibujar un mapa geológico de la identidad, las raíces y la entraña de la mafia, su ADN primitivo y atávico.

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Patético videoclip
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Guillermo Balbona | 05-05-2015 | 15:13| 0

Walking on sunshine
 Reino Unido. 2014. 93 m. (TP). Musical. Directores: Max Giwa y Dania Pasquini. Intérpretes: Greg Wise, Joelle Koissi, Leona Lewis, Annabel Scholey. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Es tocarse y empezar a cantar sin ton ni son. Bueno con el ton de tontorrona y el son ochentero como justificación nostálgica y vitalista. Ni parodia, ni riesgo, ni agitación. Una meliflua y patética prótesis que convierte a algunos videoclips en obras maestras. La vulgaridad es la melodía de ‘Walking on Sunshine’, un veranillo musical de quita y ponte camiseta y biquini, con pseuotomatina festiva de por medio, y mucha postal vergonzante. Por si fuera poco lo de tratar al espectador de parvulito ya es norma: al menos se subraya tres o cuatro veces en apenas dos minutos que la acción, es un decir, se desarrolla en Puglia.

El sur, aunque sea el de la Europa de segunda y tercera velocidad, también existe. Sin una buena coreografía que echarse a los ojos y la coartada pop de hits de los 80, reproducida sin más adimento, el filme no es un musical sino un comediscos que traga y expulsa canciones y bailes como quien consume un helado antes de ser derretido por el calor. A su lado ‘Mamma mía’ parece un tratado de musicalidad cinética.  Como todo discurre en la superficie, nada de lo que se cuenta resulta consistente y la textura de una época o el supuesto espíritu que desprenden los temas elegidos es inexistente. Aquí lo único que brilla es la estupidez, la banalidad, bajo el aire empalagoso y ligero.

Tercer largometraje rodado en tándem por Max Giwa y Dania Pasquini, artífices de dos entregas de ‘Street Dance’, este supuesto enredo amoroso de vodevil que sirve de endeble eje está adobado con los mandamientos musicales del pop británico. La justificación de lo juvenil no es suficiente. La puesta en escena colegial, sin credibilidad ni fuerza, desde la primera secuencia en el aeropuerto, certifica la nadería del proyecto que ni siquiera opta por lo paródico ni por exprimir el sentido kitsch que hubiese propiciado una cabalgata jubilosa y colorista. Por el contrario todo resulta anodino, insípido e incluso en algunas ocasiones ridículo. Pese al esfuerzo de Annabel Scholey, la única que pone belleza exterior e interior y algo de talento entre tanta mediocridad, los pretendidos números musicales son pegotes y pastiches. No tienen vida propia y salvo su alma de correcalles de karaoke nunca constituyen un factor narrativo que aporte personalidad y pueda corregir este desafinado proyecto.

Este jolgorio playero de botellón y despedida de soltero y de camisetas mojadas no pasaría el casting de un anuncio de desodorantes, compresas o calzoncillos. Zafia y previsible, da más ganas de gritar que de cantar. Un carrusel de historias mínimas que difícilmente podría dar vida a una promoción de prendas juveniles de grandes almacenes.

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De dimensiones y vitaminas
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Guillermo Balbona | 04-05-2015 | 08:38| 0

Vengadores: La era de Ultrón
EE UU. 2015. 141 m. (7). Fantástica. Director: Joss Whedon. Intérpretes: Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Aquí todo es grande, sobredimensionado hiperacelerado. Pónganse en modo recepción y acumulen imágenes. La secuela de los ‘Vengadores’ gana por acumulación, por exceso bien entendido, por ese juego solapado de dimensiones, vitaminas, coreografías estratosféricas, idas y venidas tan apabullante que zarandea al espectador hasta que se sienta domesticado por este rizo y escorzo de superhéroes. Hay anécdotas familiares, filosofía zen y de la otra, acción a borbotones, del epicentro a la periferia, argumentos cruzados, colisiones entre intrigas parciales y totales y mucho exhibicionismo digital, virtual, de viñeta y ordenador, en una especie de gran caos ordenado.

Joss Whedon sabe lo que maneja y se limita a mover fichas. La Viuda Negra, Ojo de Halcón, Iron Man, Hulk, solo falta la Merkel en este intercambio de naipes que vuelan sobre el tapete con soltura e incesante vitalidad para tratar de salvar al mundo, y a otros, aunque sea a costa de destrozarlo todo. Lo importante es mostrar músculo y no pararse a pensar. Durante más de 140 minutos se solapan los protagonismos y se compite en aventuras que alimentan la aventura central.

‘La era de Ultrón’ es una colmena donde la miel se extrae de lo abultado, de exprimir la marca Marvel hasta zumbar el cielo a través de una historia que son muchas, y donde todo exuda desconcierto, espectacularidad y sobrecarga, entre la ingenuidad, lo oscuro y lo pomposo. Que nadie espere sorpresas. El director de ‘Serenity’, con la lección aprendida, no deja resquicios. Abre su cofre, tras agitarlo, y la invasión está garantizada. Un blockbuster de superhéroes que no solo no reniega de su imperio franquicia, sino que se permite gotas de autoría, sofisticados guiños de fugaz reflexión sobre el presente y el futuro, gotas de humor bien encajado y una complejidad superficial pero eficaz a la hora de envolver la agitada vida de estos profesionales de la acción. En realidad la caligrafía, el trazo y la oferta de estos ‘Vengadores’ se mantiene en el friso del cine de hoy: consumo, exceso y mucho ruido. La ecuación hiperbólica solo tiene un objetivo: aturdir. Uno sale noqueado de tanta exhibición y de ese pulular de épica y mamporro, efecto y triple salto inmortal, de pirueta y combinado de géneros. Del plano secuencia digital a la sensación permanente de estar asistiendo, desde la puerta o como integrante del fenómeno fan, a una gran maquinaria imparable en la que héroes y dioses, casi todos distantes, manipulan la retina hasta dejarte ciego.

Entre tan ego revuelto y tanta demostración de fuerza, la digital y la otra, se cuela alguna lengua afilada, algún diálogo con chispa y ese pasajero cuento de la bella y la bestia que asoma entre la sofisticada fortaleza. Una sombra humana en el paraíso de este desfile de atronadora voracidad efectista, de gigantismo y monstruosidad abrumadora. Y por si hubiese alguna duda, el grafismo de los títulos de crédito finales, a modo de declaración de principios, certifica la sobredimensión.

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Denuncia con vistas
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Guillermo Balbona | 30-04-2015 | 10:45| 0
Citizenfour
Año: 2014, 114 minutos, Estados Unidos
Directora: Laura Poitrás
Imágenes con Edward Snowden, Jacob Appelbaum, William Binney, Glenn Greenwald
Documental: Salas Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Y Los Ángeles


Entre Garganta Profunda y el Gran Hermano orwelliano existe una frontera 
difusa que mira siempre hacia un precipicio intersminable en el que cabe 
la indefensión, el control, la vigilancia, el abuso de poder, la 
paranoia. En esa tierra de nadie, salvo del poder y sus armas, se mueve 
este documental que parece un thriller, una narración con carga 
existencial que da miedo. 

La directora Laura Poitras comenzó a recibir 
correos electrónicos cifrados firmados por un tal ‘Citizenfour’ (título 
del filme). A partir de ahí se suceden los programas de vigilancia 
ilegales, se solapan las agencias de inteligencia y la aparición de 
Edward Snowden, y el periodismo en un microcosmos que va adquiriendo una 
entraña viscosa y siempre extraña. 

Al contrario de esa tendencia a documentar de manera fría, rigurosa pero sin emoción, ‘Citizenfour’ le 
echa un par de efectos bien entendidos a la cosa y la historia asciende 
de tono. Laura Poitras se aferra a la esencia, a la identidad, a la piel 
de las obsesiones, a la persecución, a los delirios de grandeza. Muestra 
y explica, lo cual es casi inaudito. El documento es periodístico, al 
margen del formato. Se trata de contar algo y hacerlo bien. O sea, lo 
realmente importante. Hay denuncia y discurso, peripecia y anécdota. 

El filme vive el peso de la actualidad, se mueve en la pesadilla del 
vértigo, aporta una mirada sofisticada que no artificiosa y transmite en 
todo momento esa atmósfera de que existe una amenaza latente, es decir 
como en los mejores thrillers o en el suspense cuyos mandamientos fueron 
revelados por el maestro Hitchcock. La directora y la figura de Snowden 
compiten en protagonismo y conjugan una simbiosis muy efectiva que 
fusiona opiniones, datos, debate. 

Queda la duda de si la intensidad del documento es mero ejemplo puntual y quedará mediatizada por la 
fugacidad y la propia caducidad de los hechos, no de sus significados. 
Poitras y el periodista Glenn Greenwald son como arquitectos que dibuja 
el edificio vigilante de EEUU y su mecanismo perverso. Sin privacidad el 
discurso del miedo cruza el documento, en toda regla, de la cineasta de My Country, My Country’. Con la referencia siempre presente del 11-S, 
el filme es como una mirilla abierta al espectador para que se convierta 
en testigo de cargo, o no, de una denuncia conocida. Filtraciones, 
depuraciones, lucidez y transparencia. El juicio vendrá después, o no 
será. El filme es como una alerta. Cabe internet y el dato, la 
intimidad y la globalización, lo invisible y el miedo. ¿Quién vigila al 
vigilante? Con las Torres Gemelas se derrumbaron muchas libertades y se 
edificaron muchos temores.

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Las entrañas de la verdad
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Guillermo Balbona | 29-04-2015 | 13:57| 0

Todos los hombres del presidente
1976 136 min. Estados Unidos  Director: Alan J. Pakula. Reparto: Robert 
Redford, Dustin Hoffman, Jason Robards, Martin Balsam, Hal Holbrook, 
Jack Warden, Jane Alexander. Intriga. Sala: Náutica. Filmoteca  UC. 
Jueves, a las 20 horas.



Si cuento hasta diez y no cuelgas es que sí», rezaba el guiño y la clave
que los periodistas del Watergate utilizaban para hablar con su fuente
sin necesidad de ser más explícitos. Ningún poder mayor que el del
conocimiento. Y de eso se trata. De conocer, de saber, de viajar hasta
las entrañas de la verdad. Periodismo es gente que le dice a la gente lo
que le pasa a le gente. Y de eso va todo, ni más ni menos. 
El filme de
Alan J. Pakula, ‘Todos los hombres del presidente’, es un thriller
político minucioso y eficaz  que casi reinventó ese subgénero sobre el
periodismo de investigación y la tensión entre política y periodismo.
Nunca viene mal acercarse a este desnudo integral, fechado en los
setenta, pero cuyas esencias y raíces permanecen vivas. Ahora la
Filmoteca Universitaria, tras un intenso curso de ciclos que se abrieron
en octubre, culmina mañana su programación con el filme que
protagonizaron Redford y Dustin Hoffman y sirvió de catalizador para
despertar vocaciones y llenar las facultades de periodismo durante años,
hoy simples fábricas de parados a la espera de un gabinete de prensa.
Carl Bernstein y Bob Woodward, del ‘Washington Post’, más famosos que
Fred Astaire y Ginger Rogers, construyen un intrincado camino tras las
pistas que desembocarían en el caso Watergate, que acabó con la
presidencia de Nixon. 

El guión de William Goldman es un ejercicio de
rigor y detalles y el cineasta Alan Pakula logra, sin más efecto que el
contar las cosas con ritmo y destreza, mantener la tensión y narrar con
pulso sin que decaiga la atención. Filme influyente, su mezcla de
fascinante intriga y lucha de David contra Goliat proporciona una
agitada e inquieta reconstrucción a través de una enredada madeja. Pese
a la complejidad el cineasta de ‘La decisión de Sophie’ busca resquicios
en los que el espectador se enfrente a los hechos pero también sea capaz
de sentir ese estado de fatiga, angustia y vértigo de los reporteros.
Jason Robards, siempre magistral, destaca entre los intérpretes
secundarios. 

La atmósfera documental no está reñida con el thriller
político ni éste con esa fractura del sistema que asoma entre mentiras,
falsas verdades y relaciones convulsas. Fruto del excelente montaje y
unos diálogos que permiten masticar la acción, el filme de Pakula bombea
la búsqueda de la verdad con lúcido sentido narrativo entre bibliotecas,
redacciones, reuniones y conversaciones. El cine como Garganta Profunda
grita su verdad en esta obra sobria y austera, que en su esencia, la del
compromiso, la libertad de expresión y la búsqueda de la verdad, sigue
intacta y mantiene su trascendente necesidad.
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Resacón de agencia de viajes
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Guillermo Balbona | 28-04-2015 | 08:24| 0

Cómo sobrevivir a una despedida
España. 2015. 97 m. (16). Comedia. Directora: Manuela Moreno. Intérpretes: Natalia de Molina, Úrsula Corberó, José Lamuño, Celia de Molina. Salas: Cinesa y Peñacastill0

En esta juerga coral de humor turista y tumor paródico, esa prótesis con el cine de la gran industria que algunos se empeñan en replicar, se nota más lo que pudo haber sido que lo que pretende y muestra: muy poco y fallido. No funciona esta comedia que ni es desopilante ni desmadrada. Apenas un chiste suelto bien encajado y algunas actrices echándole carácter donde solo hay vulgaridad y trivialidad.

El viaje a Canarias, la despedida con todos los tópicos y la frivolidad como norma, constituyen los mimbres de este resacón en Maspalomas en un guión que parece el catálogo ingenioso de una agencia de viajes. ‘Cómo sobrevivir a una despedida’ tiene espíritu de cortometraje, terreno en el que la directora Manuela Moreno se ha desenvuelto con fluidez, pero la ópera prima de la autora de ‘Camas’ no encuentra su sitio ni logra que su historia cuaje como exponente generacional: mileuristas o menos, becarias, relaciones sin compromiso…. todo se enuncia pero también todo se diluye con idéntica fugacidad y frivolidad.

La etiqueta de película joven solo luce en la apariencia. No hay frescura, algunos diálogos sonrojan y su sentido del humor suena rancio y falsario. Aunque la apuesta por lo comercial es decidida y lícita no acaba de apoyarse o justificarse en un tono coherente. Ni existe la parodia ni la personalidad visual suficiente para pensar que estamos ante un filme generacional, coherente y provocador. Por contra, todo discurre con ese aire de que sus protagonistas pasaban por allí. Sin la provocación necesaria y un gamberrismo mal entendido, esta versión en femenino plural del ‘Resacón en las Vegas’ de  de Todd Phillips, no pasa de la ecuación fiesta/pasatiempo y verborrea banal.

La historia de estos cinco jóvenes con hambre de sexo y juerga, cuatro amigas y su amigo gay, nunca alcanza un tono transgresor por mucho que se hable de sexo abiertamente. Todo se detiene en el chiste fácil, directo, sinsorgo, pese a que la atmósfera desinhibida no está reñida precisamente con la agitación. A lo ‘Despedida de soltera’ y  ‘Chicas malas’ el filme se refleja más en las versiones americanas de la cosa que en preocuparse por dotar a la historia y su contexto de una identidad sólida de la sociedad española y, en especial, de las connotaciones generacionales que presuntamente retrata. El grupo de jóvenes intérpretes, con las hermanas Molina a la cabeza, acaparan lo mejor de la cinta con una defensa más que honesta de sus respectivos papeles, dada la carencia de fuerza y lo deslavazado de los perfiles psicológicos. El costumbrismo y la lúcida mirada satírica, que habitaban con brillo en algunos de los cortometrajes de la directora, apenas son pinceladas esbozadas tras una complicidad coral.

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Zahorí de hijos y tierras
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Guillermo Balbona | 27-04-2015 | 08:31| 0

El maestro del agua
Australia. 2015. 111 m. Drama. Director: Russell Crowe. Intérpretes: Russell Crowe, Olga Kurylenko, Jai Courtney, Isabel Lucas, Damon Herriman, Jacqueline McKenzie, Cem Yilmaz, Ryan Corr, Dan Wyllie, Deniz Akdeniz. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Entre cierta grandilocuencia y academicismo, ‘El maestro del agua’ está rodado con el piloto automático puesto. Es una ópera prima algo pretenciosa e irregular que pretende ese equilibrio solo reservado para los grandes, como David Lean, entre la épica y lo íntimo, entre la historia pequeña y la historia con mayúsculas. Russell Crowe, como tantos otros actores, ha acabado tentado por la dirección y firma y protagoniza, casi acapara, esta historia de un padre zahorí que busca a sus hijos desaparecidos en la batalla sangrienta y cruel de Galípoli. Un conflicto bélico que ya llevó al cine de manera magistral Peter Weir en el debut de Mel Gibson. Ahora Crowe se estrena en la dirección con este drama rimbombante – a veces cree estar haciendo su particular Doctor Zhivago- confuso y revuelto, que abarca mucho más de lo que realmente puede contar. Entre el tópico y la mala dosificación de factores, géneros y elementos emocionales, ‘El maestro del agua’ se ahoga en un pozo sin fondo en el que caben la memoria histórica, el compromiso, el romance, la reflexión sobre el hombre y su vínculo con la tierra, todo en un ritmo que mezcla la pausa injustificada, la demora que persigue subrayar un estilo, que en realidad no cuaja, o, por contra, la aceleración de los hechos para salir del paso. Entre tanta presumible intensidad humana sobran flashbacks, falta emoción y el filme se enreda en el ego de su autor al que la empresa le viene grande. Superficial y convencional, al debutante Crowe no le hubiese venido mal un poco de humildad y de serenidad. El filme discurre entre la gravedad de los acontecimientos históricos, el perfil biográfico del granjero empeñado en sacar adelante su deuda con el pasado y la escasa fe con la que se cuenta. Subrayados musicales, confusas vueltas de tuerca a las trincheras y las batallas y una superflua y forzada historia de amor, a modo de adorno, para contentar a otros públicos. Hay más mermelada que infierno, esteticismo rutinario que desgarradura, afirmación de narcisismo, que voluntad narrativa. La dureza de la guerra, el drama humano, la retórica sobre reconciliación, perdón y redención pedían más sensibilidad que el caramelo, bien fotografiado, que  Russell Crowe desenvuelve con más nombre que carisma. La dimensión épica llega a confundirse con la vanidad del director/actor. Es entonces cuando uno piensa que la oportunidad es evocar el filme de Weir, sin salir de Australia, porque la historia y el cine se merecían algo más que este catálogo que empieza y termina siempre (como un zahorí engreído) en la propia imagen de su autor, pomposo, hinchado, como el material sensible que maneja y nunca llegamos a sentir.

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Vuelo raso de silencios y voces
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Guillermo Balbona | 26-04-2015 | 18:13| 0

La familia Belier
Francia. 2014. 105 m. (TP). Comedia. Director: Eric Lartigau. Intérpretes: Louane Emera, Karin Viard, François Damiens, Roxane Duran, Mar Sodupe. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Es un filme simpático que se queda en la superficie de las cosas. Pero su tacto amable, su facilidad para no desvirtuar su tono y su coherencia de comedia humana convencional y sin aspavientos la acerca al espectador. Su riesgo reside en el hecho de que sus protagonista son una familia de sordomudos y quien vertebra la acción y el enredo es precisamente alguien que por el contrario tiene en la palabra y, sobre todo en la canción, en la voz, su inesperado objetivo de vida.

‘La familia Belier’ vuela raso, sobrevuela las cuestiones más comprometidas, pero lo hace con cierto encanto y sencillez, sin pretenciosidad ni imposturas. A ello añade unos intérpretes excelentes, la mayoría de los cuales debieron aprender el lenguaje de signos. Lástima que el tráiler del filme que ha precedido a su estreno fuera tan transparente y eficaz en su capacidad de síntesis que  acabara por contar y desvelar la mayor parte de la trama de esta historia de familia, de comunidad pequeña, que juega con el costumbrismo y las cosas entrañables, entre la campiña, la fabricación de quesos y las reflexiones leves sobre las segundas oportunidades, el fracaso y el éxito.

La cinta alza su voz apelando al lenguaje universal del amor, entre lo emotivo y el propio sentido del humor. Y lo hace sin disturbios ni elementos impostados, gracias sobre todo a unos intérpretes excepcionales que corren con el peso de la anécdota y aportan leves matices donde no llega la mano de su director, Eric Lartigau.

El filme se tiende por la fragilidad de las cosas, emotivo y con un gran sentido de la sencillez, para crear una de esas atmósferas de fábula a lo Capra que envuelve esta mezcla de amago de musical, cercana y emotiva. Una combinación entre la ternura, medida, y lo sensorial, insuficiente, que ni resulta vulgar ni agrede, aunque nunca logra traspasar ni transgredir, ni mostrar una verdadera personalidad. Su secreto, como el de esos quesos que rodean la identidad de la familia protagonista, reside en la mezcla dosificada de todos los ingredientes caseros y reconocibles.

La impostura y las relaciones padre e hijos, el choque generacional y las colisiones entre mundos tradicionales y núcleos familiares en peligro de extinción son algunas de las cuestiones de fondo que se diluyen en el ecosistema de esta obra anecdótica pero nada desdeñable. Una puesta en escena más personal, quizás incluso una arriesgada querencia por convertir el equilibrio entre un universo sordo y otro sonoro en un musical imperfecto, hubiera dotado a la comedia de un hecho diferencial cualitativo. Mención aparte para Emera, ganadora de la versión francesa de la televisiva ‘La Voz’, cuyo carisma y naturalidad elevan el tono humano, cuando las palabras requieren silencios o, por contra, cuando los sentimientos reclaman ser escuchados.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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