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Rotundas, clonadas pisadas sin huella
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Guillermo Balbona | 15-06-2015 | 11:28| 0

Jurassic world
EE UU. 2015. 117 m. (12). Drama. Director: Colin Trevorrow. Intérpretes: Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Omar Sy, Jake Johnson, Vincent D’Onofrio. Salas: Peñacastilloy Cinesa y Autocine

La tiranosaga rex ha entrado definitivamente en el parque temático y en el museo de la ciencia de sí misma. A esta dinoaventura de acción desbordante y emoción clonada le sobra la vigilancia intensiva de su padre creador y le falta que la imaginación sea un verso libre. A ‘Jurassic world’ en su intento de mezclar fidelidad, guiños al pasado, en su deseo de contentar a todo tipo de público y, en especial a uno en concreto, diluye su historia y acaba por disolver la identidad, mientras uno trata de llevar la cuenta de la catalogación de dinosaurios, el inventario surgido de una genialidad surgida hace un cuarto de siglo y devorada por su propio afán de marca.

En este cuarto rugido todo es híbrido: su propio protagonista atávico; su héroe hecho de retazos de muchos personajes de Spielberg; su escenario entre el parque de atracciones, el museo interactivo y el zoo Cabárceno de laboratorio; su mezcla de miedos primarios, espectacularidad de sofisticada atracción de feria y cierto intimismo sentimental y humor pequeño de raíces indies que rezuma el filme cuando se detiene el mecanismo de la persecución. ‘Jurassic world’ es redundante, algo retórica, eficaz, pero también algo cansina en sus subrayados de franquicia. Como si fuese incapaz de traicionarse ni de volar independiente frente al peso del pasado. Ni siquiera esa capa de ingenuidad y romanticismo, que se opone a la piel dura de los animales supervivientes, otorga definitiva personalidad a un filme que parece tan planificado como miedoso.

Colin Trevorrow, director de ‘Seguridad no garantizada’, decide someterse y su aventura nunca despega. El excelente gag de la pisada fuerte con la que arranca ‘Jurassic world’ quizá sea premonitorio de una historia que busca apoyarse en los ritos de la iniciación y se fragmenta en las diversas atracciones de la superficie de ocio hasta que llega la hora de cerrarlo. Su puesta en escena es deslumbrante pero también lo es su frialdad. Esta resurrección suma pero no añade. Es loable su constante homenaje a la película fundacional de una saga que revolucionó muchos detalles de los efectos especiales y del propio entretenimiento. En este sentido la hibridación continúa cuando no sabemos si Trevorrow, director, y Spielberg, productor, intercambian sus roles o se funden en un abrazo generacional. En realidad la idea que sostiene la resucitada ficción, esa biotecnología artificial clonada y perfeccionista, en aras de un gran artefacto industrial de negocio es un claro reflejo de la industria del cine del presente. La megalomanía reside en ese encuentro entre el ADN engordado por la pirotecnia y esa domesticada y, a veces, anestesiada infantilización del entretenimiento.

Los rugidos son frecuentes y oportunos, las dentelladas definitivas, el gigantismo es rotundo. Pero la melodía no suena diferente, la película se devora a sí misma y sus patas gigantes asombran tan fugazmente que apenas dejan huella.

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No me chilles que no te veo
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Guillermo Balbona | 15-06-2015 | 08:53| 0

Dale duro
EE UU. 2015. 100 m. (16). Comedia. Director: Etan Cohen. Intérpretes: Will Ferrell, Kevin Hart, Alison Brie, Dan Bakkedahl, Mariana Paola Vicente. Salas: Peñacastillo

Entre el histerismo y la sobredosis cansina de gracietas insípidas esta comedia roza la degradación del género. Se busca el roce químico al oponer a dos comediantes diferentes; se parte de un argumento que tan solo cuenta con una buena idea de base, y se diluye la posible ventosidad cómica en escenas carentes de imaginación. ‘Dale duro’ vuelve al esquema de ‘buddy movies’ tan apegado a los ochenta con cierto aire televisivo y con Will Ferrell y Kevin Hart intentando que el endeble artefacto no se les vaya de la mano, lo cual es prácticamente imposible. La vibración surgida de una anécdota fundamenta su posible estabilidad en el trabajo de ambos actores.

La peripecia parte de un millonario acusado de un delito que no ha cometido, quien contrata un delincuente habitual para que le enseñe cómo ha de comportarse para sobrevivir en la cárcel. La vulgaridad manda y la reiteración, los elementos machacones, las situaciones forzadas solo tienen una traducción: todo es una solemne tontería. Una especie de ‘My fair man’ entre estereotipos y naderías. La farsa pierde gas en su falta de fuerza narrativa. Etan Cohen debuta como director con escaso pulso y menor ingenio.

En realidad con ‘Dale duro’ hay que tener mucha paciencia y tratándose de una comedia eso dice muy poco de ella. Si mezcláramos algunas de las interpretaciones por separado de la pareja de actores podría resultar un híbrido cercano a lo que es esta ópera prima: agítese ‘Hermanos por pelotas’, combínese con ‘Juerga hasta el fin’ y añádase algún pacto con ‘Papá canguro’. A partir de ahí el detonador cómico se desinfla como un souflé. Las comedias de Ozores de la transición no son muy ajenas a este exabrupto con zafias provocaciones sexuales que por bobas ni siquiera resultan ofensivas.

La homosexualidad se presenta en el centro de la diana de esta historia de iniciación en la supervivencia que juega con el chiste anal, retuerce el lubricante del humor y acaba en un cansino correcalles verbal y de situaciones manidas. No puede hablarse de gags exactamente, sino de ocurrencias. El objetivo limitado desemboca en un festival de burradas punzantes psero poco finas como corresponde a una peli en pelota picada que no resiste un chequeo riguroso. Más cerca de ‘Dos tontos, muy tontos’, el filme no logra elevar el absurdo y la astracanada. Carente de regularidad y chispa, lo más molesto es ese sonido monocorde que atraviesa la historia como un moscón que incordia más que distrae. Hart se come a veces a Ferrell como si estuvieran en película distintas y los sentidos, el mayor de ellos el del entretenimiento, pierden la noción y el humor ya no tiene gracia.

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Pura calderilla
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Guillermo Balbona | 11-06-2015 | 08:27| 0

Negocios con resaca
EE UU. 2015. 91 m. (12). Comedia. Director: Ken Scott. Intérpretes: Vince Vaughn, Tom Wilkinson, Dave Franco, Sienna Miller, James Marsden, Nick Frost, June Diane Raphael, Ella Anderson. Salas: Peñacastillo

Buenas intenciones para pésimos logros. Hay un latido en el pálpito fundacional de esta comedia transformado luego en mero ruido. Correctos intérpretes, referencias alocadas al subgénero del desmadre y alguna carga de profundidad con pólvora malgastada en lo escatológico. El resacón de la crisis daba para muchos dolores de cabeza y ataques con muchos decimales. Sin embargo la peripecia de este trío negociador, que viaja a Europa con ínfulas de empresarios innovadores, maltrata el metraje y acaba con los bolsillos cinematográficos absolutamente vacíos.

Ver a Tom Wilkinson fuera de sus casillas, o más bien de las nuestras, es lo poco que da carácter. En el resquicio de los grandes nombres se cuela inocente Nick Frost que acapara el índice bursátil de las reiterativas bromas ‘espontáneas’. Pero salvo esas excepciones puntuales ‘Negocios con resaca’ es una comedia que arrastra el lastre de un pésimo arranque y un lento y poco eficaz desembarco en la transgresión. El aire gamberro, las manidas situaciones provocadoras no resultan eficaces y además esconden una cierta moralina vergonzante. Ken Scott, autor de ‘joyas’ como ¡Menudo fenómeno!  y ‘Starbuck’ decide sustituir Las Vegas por Berlín, mostrar un fondo supuestamente satírico sobre los cadáveres y resurrecciones que abona la crisis y esa patina de incorrección política que en el fondo es una impostura para subrayar el moralismo más superficial, con canto familiar de fondo. Vince Vaughn repite esquemas de sus papeles habituales para encabezar este desfile entre la autosuperación, el desmadre y el emprendimiento cachondo.

Los tres perfiles de estas víctimas del sistema económico, opuestas en situación y en necesidades, exponentes de otras tantas generaciones sometidas por un mismo caos, hubiera proporcionado un juego irónico y una mirada demoledora desde una ficción nada extraña. Pero al cineasta solo le interesa la parábola paródica, limitada en su comicidad, aferrada a ese aire de fiesta estudiantil desaforada, en una mezcla de periplo de pirados y moraleja en el camino hacia el éxito. En realidad la cinta es un viaje de estudios de emprendedores, en plan loca academia empresarial con parada germana, como si fuese la juerga de un partido de casados y solteros con final en la madrugada. No arregla mucho la cosa esa sucesión de tópicos comunitarios, como decorados europeos enumerados por un reportaje de la CNN, enmarcando a los personajes de esta sociedad limitada en busca del contrato de su vida. Y aunque asoma en muchas situaciones una alentadora denuncia del acoso y humillación que recorre buena parte del escenario social de nuestros días, ni el humor ni la energía del filme lo tiene en el centro de su frívola diana

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Educar en la Habana
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Guillermo Balbona | 10-06-2015 | 08:25| 0

Conducta
Cuba. 2014. 108 m. (12). Drama. Director: Ernesto Daranas. Intérpretes: Armando Valdés Freyre, Alina Rodríguez, Silvia Águila, Yuliet Cruz, Amaly Junco. Salas: Peñacastillo

El vuelo de cámara de apertura sobre los tejados de La Habana define la apuesta visual de este retrato entre la iniciación, la educación y el sistema, con sus injusticias y caprichos. Un niño, una veterana maestra y la escuela como ecosistema. Las hermosas imágenes a vista de pájaro del desencanto, de la decadencia, de la identidad de la capital cubana envuelven esta historia. El pulso de un paisaje de ciudad con su singularidad es el pilar que vertebra la ficción en torno a Chala, un niño de once años cuya vida transcurre en un ambiente de violencia.

Las capas melodramáticas son predecibles y lo que de verdad funciona es ese magma emocional que discurre entre los nombres y las vicisitudes de una clase marcada por las leyes del folletín. Pero ‘Conducta’, al margen de etiquetas, resalta por el cuidado interpretativo de niños y adultos y la particularidad intensa del guión, aunque los aspectos técnicos dejen mucho que desear. Ernesto Daranas no se aparta de cierto ejercicio clásico, empuja a los niños actores con pulso y mezcla esa iconografía de La Habana, que rubrica con caligrafía excelente, con el drama cotidiano quizás demasiado lastrado en lo narrativo por lo convencional y lo rutinario.

Una filmografía que apenas se asoma por estos lares deja ahora de pronto esta incursión singular sobre el valor de la educación, de ortodoxias y heterodoxias y de cierta vocación de cine social y comprometido. No es una historia redonda ni un filme de factura acabada pero posee cierta atmósfera popular nada desdeñable. El director de ‘Los dioses rotos’ extrae deslumbramientos inesperados de esa fricción entre el debutante Armando Valdés Freire y la veterana Alina Rodríguez. Sin ser su objetivo prioritario la obra sí muestra algunas estrías y tatuajes sobre los cambios que se viven en la isla.

El cine de las calles y el que sube al tejado es el más aferrado a un humanismo que desvela la miseria. En el fondo ‘Conducta’ habla de coherencia, de sentido poco común, de eso tan grave y que ha sido tan manipulado, llamado autoridad moral, y de supervivencia de la educación como un fundamento de dignidad. La mirada plural e intergeneracional concede intensidad cuando se debilita la historia. La emoción hace el resto. Yaoni Sánchez la conocida bloguera cubana, ha asegurado que ‘Conducta’ «va más allá de un simple retrato realista, para convertirse en una radiografía que llega hasta los huesos del asunto. Una Cuba donde apenas quedan asideros morales para un niño y que se ubica a años luz de ese entorno ideal para la infancia que narran los medios oficiales». Lo cierto es que la radiografía social cruzada por momentos emocionales eleva su realismo más allá de la lectura política.

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Sean penn entra a matar
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Guillermo Balbona | 09-06-2015 | 14:57| 0

Caza al asesino
2015 115 min. Reino Unido Director: Pierre Morel.Reparto: Sean Penn, Idris Elba, Javier Bardem, Ray Winstone, Mark Rylance, Jasmine Trinca. Salas: Cinesa

El periplo argumental mezcla lo humanitario y lo criminal con extrema dureza pero también ligereza. El itinerario geográfico comienza en Kinsasa y acaba en Barcelona, con puente en Londres, como si se tratase de una agencia de viajes multiusos.  Y en lo que al género se refiere el thriller se reviste de denuncia política, pasa a la acción violenta y la cosa gira hasta hacer el paseíllo en una plaza de toros, en un tour de force que ni El Juli mejoraría. Sean Penn se pone el mundo desordenado por montera, se hace acompañar de un sobreactuado Javier Bardem, cual picador, y entra a matar para resolver un problema de cuernos.

La buena factura del filme y la solvencia del director no impiden que todo sea previsible, manido y aferrado a la vulgaridad. La cuestión central se mueve entre organizaciones tapaderas, hipocresías estatales y juegos de diplomacia contaminados de mensajes superficiales. ‘Caza al asesino’ ya hubo varias, aunque esta vez se ha decidido de manera caprichosa que no existía otro título para una historia trillada que se zarandea sin gancho ni garra. Pierre Morel es un cineasta que se ha movido con soltura en este terreno con filmes tan eficaces como la ‘Venganza’ que impulsó a Liam Neeson como héroe de acción maduro, y ‘Desde París con amor’, con John Travolta mutando en John Travolta. Pero en esta ocasión se le ve rendido a exigencias y, probablemente, encorsetado por la producción europea que parece obligar a pisar determinados escenarios y a forzar los territorios argumentales hasta llegar a lo patético. Sean Penn, un excelente actor que no encuentra su sitio desde hace años, hace lo posible para dotar de carácter diferenciador a lo que no es más que estereotipo. Y en su esfuerzo se le notan todas las máscaras.

Uno pasa del hastío a la indiferencia con tanta facilidad como su personaje se ve envuelto en traviesas matanzas cosmopolitas de Africa a Europa. Todo parece grave y trascendental –al menos así lo refleja la intensidad  de la cara del actor– aunque la frivolidad general lo desmiente hasta llegar a un tramo final casi ridículo y caricaturesco. Busca un guiño a aquellas espectaculares tramas de espionaje de los setenta con enredos resueltos en ensalada de tiros urbanos, pero ‘Caza al asesino’ se mueve confusa, encadenando tópicos, insípida y con el chip de conciencia social puesto. Adaptación de una novela de Jean-Patrick Manchette, que ya protagonizara en pantalla Alain Delon, uno de los desastres de la nueva visión es que se ha perdido el encanto noir para dar paso a ese thriller de aroma multinacional tan de moda que recurre a moldes y convencionalismos. Entre sicarios y espías, mercenarios y asesinos con conciencia de culpabilidad a los adalides de la cosa no les ocurre otra cosa que cerrar el clímax con decorado torero. La Monumental de Barcelona resucita, atiborrada de banderas de España y alguna que otra de Madrid, de tal modo que monosabios, callejones y toros se cruzan para alegría de la tauromaquia, que no del cine, con estrellas de la interpretación sin estoque, ni traje de luces, ni capote. El espectador o se ríe o acaba pidiendo la oreja de Penn
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Marcaje al muerto
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Guillermo Balbona | 08-06-2015 | 18:29| 0

Insidious capítulo 3
EE UU. 2015. 97 m. (16). Terror. Director: Leigh Whannell. Intérpretes: Dermot Mulroney, Lin Shaye, Hayley Kiyoko

Aquí el más allá está tan habitado que deja de tener encanto. Y las incursiones en su territorio parecen la pizarra digital de uno de esos entrenadores modernos cuya sofisticación les hacer olvidar el vocabulario primario, primitivo y original. En esta secuela que es precuela, o sea un preludio más ruidoso que sinfónico, el efecto es tan básico y el argumento tan insípido y manido que ni contenta a los yonquis del género ni alienta a los curiosos que decidieron meter la patita en algún armario con algo más de ropa y en una habitación con cama supletoria al infierno. Combinado de casa encantada, posesión infernal exorcismo y tráfico de trascendentalidad, ‘Insidious’ alcanza su mayoría de edad, que no su madurez, con una tercera entrega, o capítulo, devoto del susto e inmerso en la vulgaridad. Con escaso entusiasmo y poca fe el director Leigh Whannell afronta el encargo de su amigo James Wan, alma del cotarro sobrenatural, que le deja los trastos parapsicológicos y se limita a la producción, como si este nuevo episodio fuese una cosa de trámite.

El marcaje al muerto es constante. A falta de una buena línea defensiva el duelo con el lado oscuro se antoja desigual. Con respecto al resto de la supuesta saga no hay fichajes, así que se las ve y se las desea para ahuyentar fantasmas. El juego sucio está garantizado. Frente al susto, algo así como el ‘jogo bonito’ del género, los muy vivos recurren a los empujones, a los estirones y a una banda sonora tan incómoda que debería ser razón suficiente para eludir la visita de espíritus. Hay poca sutileza, por no decir abiertamente que lo burdo es la norma, en este manual de supervivencia espiritista encabezado por una anciana (Lin Shaye es lo mejor del filme) a la que solo le confiaría las recetas de croquetas caseras. No se pregunten por las razones de los espectros y, aún peor, ni siquiera por las de los vivos, porque entonces les entrarían dudas sobre el metraje del partido paranormal. El ejercicio está garantizado. El trajín entre áreas de uno y otro lado de la realidad es incesante. Con más energía negativa que estrategia de género el astro rey es el susto de todos los colores. Habrá prórroga porque lo exige la ley de la oferta y la demanda pero la sesión espiritista, el salvoconducto para cruzar las líneas enemigas apenas requiere negociación. ‘Insidious’ no es ni viscosa ni traumática. Su colección de sustos a precio de saldo resulta triste, convencional y rutinaria.

El visitante remuerto no tiene personalidad y los vivos resultan cadáveres. Además es tan insistente en cómo se ceban todos en la joven protagonista que el perfil psicológico no invita a ser optimista con la condición humana. Uno desea ser espectador zombie y buscar otro capítulo antes de que lleguen los penaltis de la noche más oscura.

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Cosas que nos hacen diferentes
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Guillermo Balbona | 08-06-2015 | 11:03| 0

Requisitos para ser una persona normal
España, 2015. Comedia. Directora: Leticia Dolera. Guión: Leticia Dolera. Protagonistas: Leticia Dolera, Manuel Burque, David Verdaguer, Núria Gago, Carmen Machi, Alexandra Jiménez, Silvia Munt . Salas: Peñacastillo y Cinesa

Bajo la apariencia de dulce caramelo naif esta comedia resultona esconde algunas bombas de relojería. Uno se deshace del envoltorio y empieza encontrarse con capas y capas de ironía, algún desgarro y un detonador que aunque nunca llegue a la explosión siembra el camino de minas. Leticia Dolera se hace un selfie juguetón, lúdico y fresco al que solo le estorba el abuso protagonista musical y ciertos subrayados de estilo, por otra parte lógicos en una ópera prima.

‘Requisitos para ser una persona normal’ es un juguete con chica pizpireta y gordo pelirrojo dentro y decorados de Ikea al fondo, que nos restriega muchas verdades por la cara y huye con delicioso encanto de los estereotipos, lugares comunes y compartimentos estancos. Dolera se mira al espejo, y nosotros con ella, y apunta los mandamientos sociales y hace los deberes para desnudar con una sinceridad alada esas mentiras oficiales instaladas en lo cotidiano. Es una comedia antisistema emocional que busca apagar y encender la realidad para tomar perspectiva de uno mismo y de los demás. Y lo hace con uno de esos formatos sencillos, como unos apuntes de clase bien ordenados, como un diario necesitado de confesión, al que le faltasen las únicas hojas que hablan de uno. A Dolera, que ha escrito, dirigido y protagonizado el filme, se le notan las costuras de sus trabajos de cortometrajista y sus gustos personales con una ambientación que a veces se acerca al Rohmer de ‘El amigo de mi amiga’, esa especial querencia por la arquitectura urbana y por hacer dialogar a sus personajes con el entorno mediante un naturalismo nada afectado. Simplicidad pero también cierta vocación de innovación formal aunque con la etiqueta de indie demasiado colgada de los fotogramas.

Una cinta que recuerda en ocasiones al primer Hart Hatley, a Anderson, a ‘Amelie’, o a algunos modismos en el trato de los personajes de Isabel Coixet. En su caso Leticia Dolera persigue un poso generacional, el de los treintañeros perdidos entre las secciones para uniformarse de Ikea, en la necesidad de reírse de uno mismo, en el higiénico ejercicio del inconformismo. Pero donde reside la fuerza y el sello de esta insólita incursión neófita en un panorama cinematográfico demasiado estancado y uniforme, estriba en el elogio de la diferencia que define y reivindica ‘Requisitos…’.

Dolera mira de frente y a los lados y decide inventariar esas cosas que nos hacen diferentes. La cosmología pop, el colorido, el cuidado y a veces exceso de diseño de libro resulta en el fondo un acicate para ver/verse en esta comedia romántica, saltarina, religiosamente suya, de seria comicidad y simpático encantamiento. Un filme que muerde desde su extraña dulzura y que provoca cosquilleo en la mirada. Una obra que augura futuro a su actriz directora. Una historia para hacer pasar lista a nuestras formas de nombrar el mundo cotidiano. Como ese poema de Elena Medel: «He apagado las luces para no detenerme»

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De bellas postales vacías
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Guillermo Balbona | 08-06-2015 | 10:31| 0

El viaje más largo
EE UU. 2015. 139 m. (7). Romance. Director: George Tillman Jr. Intérpretes: Scott Eastwood, Britt Robertson, Alan Alda, Oona Chaplin, Lolita Davidovich. Salas: Cinesa y Peñacastillo

El romance parece cabalgar sobre una montura artificiosa, puramente comercial. El drama romántico se postula desde el equilibrio y los contrastes y pierde credibilidad cada vez que se ajusta el traje a medida. Vaquero él y estudiante ella, con aspiraciones a sumergirse en el arte, ofrecen un choque propicio de sensibilidades estereotipadas en busca de un chispazo de incendio y fibra óptica de enamoramiento que de tan usada funde sus fusibles sin apenas medir la corriente. La manipulación emocional, pese a la envoltura cuidada, es un órdago constante teniendo en cuenta que su metraje obliga a retorcer la curiosidad del más osado y curtido espectador.

Todo resulta artificial, forzado, preso de una operación amparada en esa fábrica de historias insípidas y, a su vez, eficazmente rotundas de Nicholas Sparks. Scott Eastwood, que solo comparte con su padre, el cineasta y actor, el apellido, es el rostro gancho de este juguete roto más empalagoso e interminable que honesto y humilde. El tono previsible solo se ve contrarrestado por la excelencia de la fotografía que, en lugar de ser convertida en material narrativo, pasa a ser un factor más de esa postal impostada y superficial de ‘El viaje más largo’. George Tillman Jr., cineasta de ‘Hombres de honor’ y ‘Notorious’, se acoge al envase melifluo de ‘historia de amor’ con calzador y aquí con espuela y rodeo, que transpira mentira y bobería a partes iguales. Carolina del Norte sirve de geografía idílica para un melodrama de interpretaciones desiguales que arrastra la etiqueta de ‘bonita’ y que va mendigando lágrimas para justificar su falta de pasión más que la pena que llevan consigo los protagonistas. Tras el estreno reciente de ‘Lo mejor de mí’ (otro Sparks) se ha asomado este nuevo roce de amores que se creen totales e imposibles y garantizan un duelo con el destino tan caprichoso como vulgar.

En el lado bueno de la balanza emocional el rescate del veterano Alan Alda permite ofrecer algunos pasajes al pasado, mucho más intensos que ese bucle sentimentaloide de la pareja protagonista. Una exploración sobre el amor verdadero que hubiese merecido hondura y ternura con lo que se cuenta, frente a tanto lugar común. La gravedad de escaparate, solo enunciada, epata cualquier atisbo de pasión.

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Una historia entre rejas
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Guillermo Balbona | 05-06-2015 | 08:04| 0

Son of a gun
Australia. 2014. 108 m. (18). ‘Thriller’. Director: Julius Avery. Intépretes: Ewan McGregor, Brenton Thwaites, Alicia Vikander, Matt Nable, Damon Herriman. Salas: Peñacastillo

Es tan correcta como previsible. Con vocación de anteponer la narración sólida al riesgo este thriller navega entre dos aguas y se mantiene a flote gracias a un excelente reparto. ‘Son of a gun’ arranca como un drama carcelario y se pasa después al lado oscuro de las vidas perdedoras, las traiciones y redenciones. El debutante Julius Avery, tras una carrera prometedora en el campo del cortometraje, trata a sus criaturas con mano artesana y realiza una filme sin fisuras pero mil veces visto, al que le falta ese gancho personal que unas veces llamamos impacto y otras conmoción. Cinta que huele a traslación de Hollywood a Australia la historia se mueve entre la intriga, el juego de atracos entre cacos listos y mafias tontas, o al revés, y una acelerada historia de amor con la que calzar al personaje que trata de saltarse los renglones del guión.

Ewan McGregor encabeza la nómina de intérpretes dispuestos a ceder protagonismo cuando la acción lo requiere. A Avery se le ve cómodo y seguro pero la historia no se mueve ni un ápice de las reglas no escritas del género y de esos argumentos manidos con la evasión como norma y también coartada.

El filme está habitado por los tics para lo bueno y para lo malo. Su corrección, su equipaje convencional no le deja respirar y ‘Son of a gun’ busca salidas en algún detalle encajado con pinzas. Esos relatos de amistad y traición, amor y desesperanza que han atado y entrelazado vínculos y despedidas, entre el fatalismo y la huida hacia adelante, son sombras pasajeras en el filme australiano, filmografía con producciones en alza como ‘The Babadook’ o el regreso de Miller con ‘Mad Max’. Tensa y prometedora en su tramo carcelario y más bien plana y rutinaria cuando el filme sale de las rejas y se asoma a las tramas cruzadas de los buscavidas, la ausencia de matices y de detalles suculentos marcan la posible personalidad más allá de la caligrafía con buena letra y de saberse el abecedario entero del género.

Brenton Thwaittes y Alicia Vikander torean con algo más que honestidad los arquetipos y estereotipos que rodean a sus respectivos personajes en su deseo de emprender nuevas vidas. El vínculo emocional y paternalista entre el atracador con leyenda y el joven inteligente que busca redimirse por el peor camino no funciona nunca y el filme se resiente. El Avery director salva de la quema al Avery guionista. Hay una mano profesional resabiada en el segundo y una eficaz mirada en el primero. Entre tanto giro, no menos previsible, se escurre la historia y solo la solvencia de McGregor impide el hundimiento. Que nadie crea que estamos ante una especie de ‘Un profeta’ porque las concesiones comerciales convierten el verismo de prisión y el supuesto drama social de fondo en carne de tópico.

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Sueños de parque temático
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Guillermo Balbona | 04-06-2015 | 18:07| 0

Tomorrowland: El mundo del mañana
EE UU. 2015. 130 m. (7). Ciencia-Ficción. Director: Brad Bird. Intépretes: Britt Robertson, George Clooney, Hugh Laurie, Raffey Cassidy, Judy Greer. Salas: Peñacastillo y Cinesa

Se apela al entretenimiento pero se cae en la confusión. Este juguete de ciencia ficción familiar es un canto Disney a la necesidad de soñar y a la construcción de utopías, pero hacerlo desde la falta de emoción viene a ser como abrir un regalo de envoltorio espectacular y no encontrarse nada. ‘Tomorrowland’ es un azucarillo de puertas en el tiempo, viajes sobredimensionados y estética de parque temático. Un tobogán sin vértigo, con arquitectura de Calatrava al fondo, en el que se desciende a la velocidad del optimismo y se frena deslumbrados por la pereza y una atmósfera plana, en la que es imposible encontrar una sombra de pasión.

El viaje en el tiempo y el espacio posee esplendor visual y su motor es una intriga que pese a su interés inicial acaba por ser abducida por un agujero negro: el de la reiteración, cierta narrativa rutinaria y cansina y un enredo confuso que acumula ideas y deseos (todos buenos) mediatizados por una carga filosófica que huye del pesimismo. A Brad Bird le sobra talento y eficacia para deslumbrar con el juego visual pero las concesiones al formato disney, una mezcla entre la atracción de parque temático y el letrero luminoso constante que dice «el maravilloso mundo de…», acaba por momificar el imaginario personal del cineasta de esa obra maestra que es ‘Ratatouille’. El mensaje aquí está demasiado subrayado y se roza el moralismo y el buenismo de secta. La planificación, las buenas intenciones, la puesta en escena no están sujetas a los lugares comunes de las franquicias pero la película acaba amarrada por su escasa pasión. No hay coherencia sino demostración de poderío visual, de tal modo que este mundo del mañana se enreda en un laberinto de puertas, trayectos atrás y adelante y futurismos de excursión familiar que dinamitan la fantasía.

La colisión entre la imaginación y el tono, entre la inteligencia de la apuesta y la insustancial y monótona narración privan al espectáculo de alzarse a esos parámetros soñadores a los que apela y reivindica. Esta especie de ‘Minority report’ de pasaje luminoso y familiar, antidistopías, se ve también mediatizado por el exceso de ñoñerías sentenciosas que convierten la aventura y el desafío creativo, valiente y elocuente, en letra pequeña de un manual de instrucciones para la ilusión pueril.

El director de ‘Misión imposible: Protocolo Fantasma’ se recrea en el sentido de la maravilla, aporta la experiencia de sus incursiones en la animación y se ampara en Bradbury y Orwell y hasta logra la genialidad con algún hallazgo de ingeniosa perfección, caso del episodio que transcurre en la torre Eiffel. A lo ‘Chitty Chitty Bang Bang’ pero sin coche uno avanza por el camino de los sueños atrapados en un torbellino interminable. La construcción naif fundamentada en el sueño utópico urbanístico de Walt Disney se parece a un recinto ferial cuyo humanismo se diluye en su confusa pátina de spot de tesis.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.