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¡Qué merendilla!
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Guillermo Balbona | 19-05-2014 | 17:06| 0

Godzilla 3D

EE UU 2014. 123 m. Director: Gareth Edwards.Intérpretes: Aaron Johnson, Ken Watanabe, Elizabeth Olsen, Juliette Binoche, David Strathairn, Bryan Cranston, Sally Hawkins. Salas :Cinesa y Peñacastillo.

El monstruo eres tú, parece decirle poéticamente la criatura mitológica a la central nuclear con ojos poco cariñosos. Entre guiños a Hiroshima y mutaciones radioactivas, también cinematográficas, la temporada cuando ya desfallecen los apellidos vascos acoge el regreso recurrente del espanto. Entre el blockbuster y la pedagogía militarista, ‘Godzilla’ es un icónico y poco asustadizo bocado de fauces de engendros saurios, que mastican su viagra radiactiva y ya no se detienen en su afán de apareamiento devastador. Esta nueva versión, o quizás simple salida de armario, del monstruo y sus acompañantes es una mera distracción que avanza a velocidad de tópicos y sólo cuida su desfile destructor, de Honolulú a Las Vegas pasando por San Francisco. Mezcla algo más perversa de’ King-Kong’ y guerra de los mundos, el filme desprecia los dos únicos mensajes que podían darle consistencia propia: el debate eterno sobre el progreso, la nueva tecnología y sus usos y límites, y la lucha del individuo frente al sistema. Pero ‘Godzilla’, con gafas o sin ellas, es carne de parque temático y escaparate apocalíptico para recrear en una sucesión de secuencias, la solapada amenaza de tsunamis, edificios destruidos en cadena y miedos atávicos.  Pero ni siquiera en ese festival de pesadilla y muertes masivas la dirección de Gareth Edwards sabe extraer los jugos gástricos del pánico. Se alterna así alguna situación un tanto ridícula con recreaciones fabulosas –caso de las escenas de explosiones en el aeropuerto o las que discurren en el Golden Gate, el puente más cinematográfico del mundo. El filme prima la eclosión, el impacto, la onda expansiva sobre la amenaza, la sutil presencia del monstruo y el muy discutible uso de las situaciones límite, caso de la desaprovechada secuencia en el tren de Hawai. La desmesura radica en arrasar la civilización pero del drama humano apenas hay noticia. Con unos intérpretes mediocres y una psicología de manual, la catarsis así es la merendilla de rascacielos y píldoras radiactivas de Godzilla y su amigos de cuadrilla telúrica. De la explosión al rugido hay dos horas de efectos y muy poco temblor humano. De la pretendida vuelta de tuerca a ese subgénero que es el kaiju-eiga apenas hallamos algún destello en esa recta final tras un metraje cansino donde la épica es digital, la grandeza es ruido y el espectáculo es un despliegue de soldaditos tontorrones a lo 11-S pero con dinosaurios en lugar de aviones. El cineasta de ‘Monsters’ cede talento para priorizar la demolición y dejar en un plano secundario la evolución. Algunos contra más presupuesto manejan, el bicho que llevan dentro se les hace grande y el cerebro pequeñito. Entre salvas y fuegos artificiales y algún fugaz tenue rastro de melancolía disfruten de la merienda estruendosa y aplacen lo monstruoso para miedos más cotidianos. Una historia con más ruido que enigma que busca la gloria entre Fukushima y Cuarto milenio.

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Bucle nostágico
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Guillermo Balbona | 06-05-2014 | 11:34| 0

La vida inesperada

España. 2013. 105 m. (7). Comedia-drama. Director: Jorge Torregrossa. Con Javier Cámara, Raúl Arévalo, Carmen Ruiz, Tammy Blanchard. Peñacastillo

Con toneladas de nostalgia y algún kilo de melancolía construye el dúo Torregrossa /Lindo este álbum de desencanto y transfusión vital. Nueva York es el icono urbano, pero sobre todo un/el lugar en el mundo, aunque el corazón y sus latidos es la verdadera rapsodia in blue, a veces in ‘bluf’, de esta comedia emocional que pese a apelar a tanta intensidad solo encuentra textura y sensibilidad en el trabajo de sus actores. Ningún inquilino más inestable que el amor y nada más extranjero que el desamor. Entre ambas ecuaciones y coordenadas, trópicos y tópicos de cáncer y capricornio , se mueven y oscilan las criaturas entrañables pero también ex/estereotipadas de este filme algo afectado, que se deja ver y también pasar, pero que casi nunca logra instalarse en ese territorio de complicidad que reclama. ‘La vida inesperada’ exhibe el músculo de la escritura de Elvira Lindo, en ocasiones con demasiado descaro literario, y también muestra su textura de ligereza trascendente o, mejor dicho, de sentenciosa banalidad. El bucle nostálgico que propone el cineasta de ‘Fin’ tiene sus chirridos. Nunca hay ruido afortunadamente (como sucede en la mayor parte de comedias corales), ni estridencias superficiales, pero a ‘La vida inesperada’ le vence esa casi constante distorsión entre su voz literaria y su puesta en escena. Posee un encanto intrínseco: desde la fotografía de Kiko de la Rica, a modo de afecto más que de efecto, al juego entre lo reconocible y el escapismo, pero a esta historia sobre aceptaciones y rupturas le falta tacto y le sobra piel. Y, sin embargo, qué fácil desde una visión puramente narrativa es contar una historia cuando Javier Cámara, Carmen Ruiz y Raúl Arévalo (secundados por un fugaz rastro coral bien encajado en el cual aparece el cántabro Luis Carlos de la Lombana) forman parte de tus materiales humanos.

Los personajes dudan, vacilan, muestran sus indecisiones y miedos. Hay homenajes a Woody Allen y una huella de ese cine inmensamente cercano, sobre todo en lo que a actores se refiere, que firmara Fernando Fernán Gómez. Y, sin embargo, este relato que siempre acaba por dar un regate previsible para dulcificar la amargura no logra calar en hondura y veracidad. Quién sabe. Podría haber sido un musical latino para dar la vuelta al calcetín del sueño americano. O una comedia muy cinéfila con cierta atmósfera indie. El cuento de desesperanzas y supervivencia se revela insuficiente para convertir lo accidental en un fugaz pero perdurable temblor sobre las segundas oportunidades y las indecisas decisiones que trazan la vida, la propia y la ajena. Una de perdedores ‘españoles en el mundo’ con toque de gente corriente y marca soledad en la camiseta de barrio. Más necesaria que lograda.

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Padre Cantinflas con niña
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Guillermo Balbona | 06-05-2014 | 11:30| 0

No se aceptan  devoluciones  

México. 2013. 115 m. (TP). Comedia. Director: Eugenio Derbez. Intérpretes: Eugenio Derbez, Loreto Peralta, Jessica Lindsey, Daniel Raymont. Sala Cinesa.

Recorre todos los tramos más vomitivos de una impostada comedia familiar: falsa, superficial, amparada en una moralidad fundamentada en la apariencia, y vulgar, zafia y con muchas prótesis emocionales. La película apela al cariño pero no merece ni una caricia. ‘No se aceptan devoluciones’, convertida en un fenómeno taquillero mexicano tan interiorizado en su bandera como la ranchera, el picante y el terremoto, ha logrado ya la etiqueta de cinta latina más taquillera de Estados Unidos. Que todo posea un aire a lo Cantinflas rebautizado, con maquillaje de comedia familiar made in Hollywood, no es bueno ni malo en su esencia pero el filme se regodea en su manida propuesta, se justifica emocionalmente en sus referentes y ejercita el músculo de la superficialidad con sus coartadas más facilonas y su humor de posado. El humorista, actor y ahora director Eugenio Derbez, deja que el argumento del ligón y seductor hipotecado repentinamente por la aparición de un bebé a su cargo, discurra entre lo familiar con todas sus trampas, el trampantojo de un cierto humor crítico muy facilón y el intercambio de cromos repes tuneados como originales. El filme, de metraje tan estirado como exprimido y manipulado, es uno de esos juguetes donde parecen haberse divertido más sus creadores que sus destinatarios potenciales. Con libro de instrucciones ya sabido y todo el catálogo de sentimentalismo y guiños cómplices expuesto hasta el sensacionalismo más rancio, no cabe más medida visual que la que uno como espectador pueda aceptar, antes de las devoluciones, ante el trabajo de la pareja protagonista: Derbez y la niña Loreto Peralta. El universo  de la paternidad, de ‘Kramer contra Kramer’ a la maravillosa ‘Luna de papel’, es un vínculo adherido a la piel del cine pero solo enunciado en este viaje a Los Ángeles que revela toda su obscena simpleza. Lecciones sobre los golpes de la vida, entre un Disney cantinflero y un Benigni de guacamole, el filme se convierte en sí mismo en un cameo, apela a chistes y guiños de comedia televisiva. El ácido despunte inicial, el descaro de su punto de partida, los simulados giros a lo comedia gamberra, y la diversión ocasional, no son sino salsas picantes para decorar y acomodar lo que será un petardo amarillista de emociones prefabricadas que instalan el relato en una boba y simplista sucesión de tópicos. Más cursi y amanerada que naturalista, su salto lacrimógeno al vacío es tan solo esa caja de bombones que en lugar de sabor incluye como envoltorio un simpático manual de autoayuda. Todo por la taquilla.

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Una mirada fundacional
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Guillermo Balbona | 06-05-2014 | 11:28| 0

Te querré siempre (Viaggio in Italia) 

1954 Director: Roberto Rossellini  Italia-Francia. Reparto: Ingrid Bergman,  George Sanders, Maria Mauban, Paul Muller, Anna Proclemer, Leslie Daniels. Sala Bonifaz. Fimoteca de Cantabria. Cine Club. A las 17 horas.

En su mirada límpida pero extraña reside su seducción casi hipnótica. Es un Rossellini que parece un Bergman despojado del sentimiento trágico. Su magia consiste en declararse casi documental, algo intrínseco a la materia y la sustancia creativa del genio italiano y, sin embargo, el filme simula desdecirse, traicionarse para buscar disonancias visuales, rupturas, un alejamiento libertario de cualquier encasillamiento y etiquetado. ‘Viaggio in Italia’ (Te querré siempre) es un paseo existencial, una mirada sostenida que recorre las entrañas del paso del tiempo vertebrado por el errático pasaje/paisaje emocional de un matrimonio. Quizás trasunto psicológico de la relación apasionada que vivieron el cineasta italiano y la actriz Ingrid Bergman, el filme contiene una atmósfera especial, de contrastes y colisiones en ese viaje también interior de un matrimonio inglés para vender una villa que ha heredado cerca de Nápoles. Disección y radiografía sentimental, ni fue una ruptura con el neorrealismo que armó el maestro ni un canto por la ficción más desgarrada. Como ya sucediera con ‘Alemania año cero’ –aquí desde otro extremo– Rossellini parece buscar una mirada fundacional del cine. En su apariencia, todo resulta racional, pero tras los contrastes culturales y sociales desde esa primera ventanilla/ventana de la pareja protagonista en su automóvil, subyace un enigma, un misterioso recorrido que habita en los pasajes y vicisitudes de estas criaturas. ¿Por qué amar, por qué la necesidad de amar?, parece preguntarse Rossellini, si el tiempo es perecedero, si muta las conductas y los gestos, si estamos hipotecados. ‘Viaggio in Italia’ es un documento de experiencia que busca situarse en los márgenes de la pureza y la inocencia. Miramos y no sabemos nada. Aprendemos pero el mundo desmiente nuestra naturaleza. El filme es un fragmento de vida por el que discurren instantes, contemplación y observación, pero las pérdidas van mostrando las capas solapadas de una insensible rendición. Todo es fugaz, banal quizás, insustancial, aunque profundamente complejo. Rossellini mira el entorno desde la madurez y la hondura de un humanismo a través un riguroso periplo visual. La Filmoteca incluye un excelente texto, como todos los suyos, de José Luis Guarner en el que subrayaba: «bastará decir que si Paisà instaura en el cine una nueva forma de realismo, Viaggio in Italia ‘sólo’ siete añsos después impone otra que, por su exigencia ética y estética, anuncia el camino más importante quizás del cine moderno. (…) Todavía hoy aparece como una película de vanguardia».

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Exorcizar el cine
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Guillermo Balbona | 06-05-2014 | 11:18| 0

El heredero del diablo

Estados Unidos. 2014. 89 min. Terror. Directores: Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett. Intérpretes: Zach Gilford, Allison Miller, Robert Belushi, Kurt Krause. Salas: Peñacastillo

Sin semilla no hay diablo. y aquí el anticristo se anuncia mucho pero no llega ni sobre ruedas ni con demora abisal ni recado celestial. Pretender hacer una película – más bien fabricar en este caso– sin aportar una brizna de originalidad es tan absurdo como fatuo y comercialmente pretencioso. ‘El heredero del diablo’ ni siquiera busca la vuelta de tuerca efectista al manido planteamiento de la concepción del mal, al subgénero del malditismo y a la multirecreada llegada del apocalipsis.  Aquí tras este embarazo sorprendente tras una luna del miel olvidadiza, una trama fundacional y un ejercicio gimnástico y desgastado de cámara en mano, el terror viene de la indiferencia, vacío y caligrafía plana que envuelve a la historia de esta pareja con hijo indeseable dentro. Para afrontar el parto literal del filme, como engendro y como creación, es un decir, se necesita una dirección compartida, la de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, empeñados en que todo resulte desangelado. Ni con fórceps la criatura cinematográfica puede llegar a emitir un gemido. Su atmósfera pesada, carente de ideas, convierte lo inesperado y extraordinario, pilares sobrenaturales de todo relato instalado en lo fantástico, en un catálogo de previsible vulgaridad visual. El diablo no se hace visible ni en el susto, tradicional recurso para marcar el terreno acotado del mal y sus sombras. Es tan inocuo su sentido del miedo que el verdadero pánico no aflora de la pantalla sino de la distracción: uno se pone a pensar en gestores austericidas y  gobiernos del recortable y te entra  un temblor absoluto. Visualmente hay vídeos virales en la red de redes sociales y antisociales que dejan a este juguete diabólico en el libreto provisional de su falaz nadería. El denominado docu-terror, término solo apto para totémicos tomos enciclopédicos de cinefilia, es aquí una mera fachada esteticista para practicar el ritual de género y el aire de modernidad que huele a naftalina. Una fórmula tan agotada como el propio aliento del filme. Una maternidad paranormal con marido cabezón y ginecólogo díscolo que no pasaría el examen de oposición de enfermería. Si la función, o disfunción, llega a dar pataditas para que las sienta el espectador se debe a la pareja de protagonistas que hace serios esfuerzos por dar credibilidad a la representación de Lucifer. Una invocación de manual para exorcizar el cine un poco, muy poco, con este plato maligno con ajitos de vieja cocina.

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Hijos de Byron
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Guillermo Balbona | 28-04-2014 | 08:28| 0

Remando al viento
1988 96 min. España Director y guión: Gonzalo Suárez. Reparto: Hugh Grant, Lizzy McInnerny, Valentine Pelka, Elizabeth Hurley, José Luis Gómez, Virginia Mataix, Bibí Andersen. Náutica. Filmoteca Universitaria. A las 20 horas. Jueves 29

Byron, el poeta romántico por excelencia, le dice a Clara: «En el fondo del lago hay líquenes viscosos, pero si miras a la superficie solo ves tu propia mirada». Ese espejo entre lo diáfano y lo sombrío, lo superficial y lo profundo, es una de las esencias que late en un filme hermoso, que supuso un salto cualitativo en el engarce con el público para la carrera de Gonzalo Suárez. La Filmoteca Universitaria, ya en sus últimas citas del curso, revisa esta obra de reparto internacional con intérpretes españoles de hondo perfil teatral, caso de José Luis Gómez y  Josep María Pou. El cineasta asturiano recrea el encuentro nocturno, con toda su mitología y seducción, de Shelley, Mary, Clara, Polidori y el autor de Childe Harold en su mansión suiza, que alumbrara en noviembre de 1816 la creación literaria de Frankenstein. Gonzalo Suárez apuesta por el elogio de la imaginación, reconstruye la línea difusa e inasible entre ficción y realidad, y, sobre todo, logra con energía que lo exquisito, la estética y la atmósfera conformen un paisaje especial. Un cine con personalidad, quizás algo relamido, que se atreve con una producción plenamente europea y con un sentido artístico rotundo. Con el moderno Prometeo de fondo, ‘Remando al viento’ propone una travesía existencial, una vuelta de tuerca a lo trágico, y solo un cierto prurito de esteticismo y pretenciosidad evitan que el vuelo sea más alto y prolongado. El filme a veces parece estar demasiado perplejo, enredado en la grandeza de lo que cuenta y en la seguridad de su elegancia y olvida exprimir el jugo gástrico de unas personalidades y de unas situaciones que propiciaban una marejada de emociones e inquietudes. Late y vive la literatura en su seno y la corriente subterránea de lo romántico permite que la navegación sea más llevadera. Quizás sea esta la ocasión en que mejor confluyeron y se conjugaron la querencia del Suárez escritor y cronista con el creador de imágenes. Lo sensible adopta formas muy diversas entre las sombras de un mundo que se derrumba: palabras, juegos y amores cruzan de una orilla a otra con extraña fluidez. Quizás falta arrebato, cierto sentido de la locura. Además el filme se vio perjudicado por la cercanía en el tiempo y la coincidencia en el retrato de ‘Gothic’ de Ken Russell, desmesurada e histérica propuesta como casi todas las suyas. No obstante, el espíritu romántico, la complejidad de las pasiones discurren entre los fotogramas. «El objeto de nuestra existencia está en la sensación». dijo Lord Byron. Y la escritura del filme de Suárez no lo desdice y lo abraza cómplice.

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Mujer, madre, mundo
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Guillermo Balbona | 28-04-2014 | 08:27| 0

Madre e hijo
Rumanía. 2013. 112 m. irector: Calin Peter Netzer. Intérpretes: Luminita Gheorghiu, Bogdan Dumitrache, Florin Zamfirescu, Natasa Raab. Salas: Groucho

Contundente y, a su vez, de una delicadeza ruda este filme de mujer, madre y referente de vida es otro de esos posos de café cotidianos donde mirar el mundo con los que el cine rumano está construyendo un realismo social de personalidad propia. Uno de los nombres de ese mecano casi siempre edificado en clave de drama, seco, elaborado como una tela de araña que envuelve al espectador y le atrapa en las heridas, es Calin Peter Netzer, cuyo tercer largometraje, galardonado con el Oso de Oro, es este ‘Madre e hijo’. Un filme donde amor, posesión, redención y ética se entrelazan en sibilina madeja, unas veces, y con doloroso desgarro en otras. Y en este contexto creativo de un cine que poco a poco y, en ocasiones, con demasiado silencio se ha ganado un trono en el nuevo cine europeo, no debe olvidarse la mano del guionista Razvan Radulescu. En femenino singular, el perfil de esta madre posesiva que mece la cuna de todo aquello periférico, centralista o limítrofe que pueda afectar al territorio de propiedad, más que de afecto, de su hijo, configura a su vez una mirada sobre el sistema, sus carencias y su endeble entramado. Fría disección, se habla de sentimientos divergentes, cercanías distantes, e hipocresía con una higiénica y aséptica seriedad y severidad. Ayuda a ello la interpretación inmensa de Luminita Gheorghiu. El contraste lo pone la cámara. Un estilo tenso, de intromisión, que crea la sensación, entre el nerviosismo y el movimiento, de que el espectador es un invitado no esperado que ha tenido el privilegio ocasional de acceder por una mirilla a unas vidas ajenas nada deseadas. Fragmentada en diálogos largos, entrecortados por pausas extrañas, todo casi teatral, la madre de todas las situaciones gestiona la vida de los demás o, al menos, lo pretende. Esos encuentros con el resto de personajes componen una sinfonía de imposiciones, chantajes, burocracia, gestos amorales y diferencia de clases. Todo bajo el ojo de esa gran madre que vigila, anota y dispone como un estado orwelliano. La crítica sin aspavientos a esa clase ascendente, de nuevos ricos, traza a su vez un sólido trayecto dramático de formas implacables, sin descanso, y de planos claustrofóbicos. Apenas una fiesta de cumpleaños y un baile, que delata una atmósfera no menos cínica, permite hablar de celebración y dejar entrever alguna sonrisa. El resto es una tortuosa y asfixiante sucesión de planos donde asoma la ternura aplazada o mal expresada, el miedo, incluso el odio. Hasta ese aliento emotivo de la despedida, ‘Madre e hijo’ es un álbum amargo de exigencias, peticiones, querencias, sentimientos mal enfocados, recriminaciones, amores y desamores dictados. Y, en el fondo lo único inocente, una muerte infantil. Y en el corazón del filme una madre como una Godzilla que entiende el amor a su hijo como un interminable, lacerante y espinoso soborno emocional.

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De enredos y estilos enredados
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Guillermo Balbona | 28-04-2014 | 08:24| 0

Nueva vida en Nueva York
Francia. 2013. 117 m. Director: Cédric Klapisch. Intérpretes: Romain Duris, Audrey Tautou, Cécile De France, Kelly Reilly, Sandrine Holt, Flore Bonaventura, Jochen Hägele. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Como Hannah, Romain Duris tiene a sus mujeres. También pasea por Nueva York, aunque sea con rumbo incierto. Agitada a través de ese roce continuo entre la comedia romántica y dramática, la fricción y el tocamiento de géneros, ‘Nueva vida en Nueva York’ asoma como un agradable aunque algo superficial recorrido de un hombre y sus mujeres, tan forastero en la ciudad que elige en su itinerario como extranjero en lo sentimental. Con ligereza, sin el perfume pegadizo, el filme es una danza entre el optimismo vital, cierto excentricismo y un simpático pero insuficiente retrato de las relaciones. Duris, que esta temporada estaba también en ‘La espuma de los días’, acapara el trono, y las situaciones, anécdotas y diálogos giran a su alrededor como un travelling circular sobre el personaje y el actor. En realidad Cédric Klapisch firma una entrega más de una supuesta trilogía configurada por  ‘L’auberge spagnole’ y ‘Las muñecas rusas’. El mosaico está cuidado y combina con destreza lo delicado con la vuelta de tuerca aunque falta ese último aliento enérgico que imprime huella en hechos y criaturas. Los nuevos núcleos familiares, las distancias cortas y los kilómetros que a veces separan a los afectos, lo convencional y lo informal, y esa confusa red de emociones sobre la inmadurez tejen el territorio de un filme que acaba enredado en la aproximación de géneros. La ficción mantiene su coherencia, ese toque Erasmus entre el viaje entusiasta, el afán por descubrir y la alegría de vivir con la que nació este periplo de un joven estudiante, ahora escritor separado, que mira el mundo a través de sus mujeres. Quizás excesiva en su metraje, esta ‘nueva vida’ deambula no siempre con éxito por ese cubo Rubick particular o «rompecabezas chino», término del título original. El toque y la textura que más se incrustan en la piel responde a las excelentes interpretaciones y a ese aire de complicidad que reina en los pasajes y vicisitudes, como si constituyera una gran familia reconocible y cercana para el espectador. Klapisch, desde ‘Una casa de locos’, ha construido en doce años esta red vital que recuerda las coordenadas de la saga ‘Antes de…’, de Richard Linklater, aunque con resultados menores y menguantes. ‘Como en la española ‘La vida inesperada’,  con la que comparte un mapa físico, geográfico y sentimental similar, hay más intención que emoción. Como aquella, todo discurre con alturas y desfallecimientos, con secuencias que se asemejan a despojos de una serie televisiva y hallazgos de enredo con su particular personalidad. Entre tanto vaivén la sensación cansina se apodera, poco a poco, del vínculo con los personajes. Hay encanto pero uno se pierde en este laberinto del corazón porque deja de escuchar los latidos.

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Nostalgia de western
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Guillermo Balbona | 28-04-2014 | 08:21| 0

Una noche en el viejo México
EE.UU. 2013. 103 m. Director: Emilio Aragón. Intérpretes: Robert Duvall, Jeremy Irvine, Angie Cepeda, Luis Tosar, Joaquín Cosio.

Tras unos versos de Dylan Thomas, el filme arranca con una joya tan deslumbrante que ya no volverá a recuperarse: un monólogo en clave Shakespeare sobre la derrota, el fracaso y un enconado pulso sobre vivir o dejar de hacerlo, en el que Robert Duvall compone un inmenso fragmento dramático. Desde ese punto de partida esta pretendida balada, entre la nostalgia de western y la road movie crepuscular, ya no logrará recobrar esa visceral narrativa melancólica. Emilio Aragón opta por adentrarse en lo fronterizo, tanto en la ficción –en lo que no se cuenta como en los propios géneros que aborda,– pero el guión que maneja es endeble. La rendición a la veterana estrella, un actor de raza que deja momentos memorables, es tal que el filme se desangra y poco interesa de ese encuentro inesperado de un viejo y un joven en una encrucijada de pérdidas, fronteras y sueños rotos.  Con las huellas y tatuajes recientes de ‘Nebraska’ en la piel es difícil asumir un viaje de Cadillac con abuelo alcohólico y vaquero resistente en compañía de nieto dispuesto a empaparse de una veloz sucesión de experiencias con ansiedad iniciática. ‘Una  noche en el viejo México’ se deja mecer entre la interpretación de Duvall y esa atmósfera lírica pero demasiado hermética sobre las cosas perecederas y el destino. Las relaciones paternofiliales, sin duda el territorio que más ha pisado el cine en los últimos tiempos, es el trasfondo de este camino sentimental aderezado con una trama criminal de quita y pon y algunos perfiles secundarios muy debilitados. Emilio Aragón mantiene, no obstante, las constantes vitales de un cine de género, con la lección muy aprendida. El cineasta de la nada desdeñable ‘Pájaros de papel’ se apoya en el guionista William Wittliff para recrear ese ambiente de frontera, carretera, polvo, con melodía tarareada, con sombrero y al volante, por el gran Duvall. Hay más poses que estética, más escritura correcta que arrebatos de liberación y disidencia. La querencia y la devoción por su protagonista hace el resto. Aragón presenta un campo árido y minado, con una mirada demasiado blanda y meliflua. La épica amenazada del vaquero al que la especulación y la ambición inmobiliaria le condenan a la reserva, pedía desgarro y violencia contenida. Una mirada agradable que nunca provoca emoción ni estremecimiento. Solo un paseo por las entrañas de lo fronterizo.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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