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Ikea emocional
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Guillermo Balbona | 27-03-2015 | 09:16| 0

Obsesión
EE UU. 2014. 124 m. (16). ‘Thriller’. Director: Rob Cohen. Intérpretes: Jennifer Lopez, Ryan Guzman, Kristin Chenoweth, John Corbett, Bailey Chase.  Salas: Peñacastillo y Cinesa.

Es una de esas del subgénero ‘mírame y no me toques’  o ‘las apariencias engañan’. Ya saben vecino/a agradable, de atracción indudable, aunque fatal, y embaucador…hasta que aflora el monstruo que lleva dentro. ‘Obsesión’, título original donde les haya, se encarga de encauzar este subproducto que convierte el conflicto generacional, el deseo sexual y el drama de pareja en un ikea emocional, de mueble bar y baldas de quita y pon que sonroja por tópico y por superficial. Lo malo no es solo su formato de telefilme desmayado, sino su descarado guión de medio pelo al servicio de la actriz protagonista, una megaestrella que nunca lo fue en el cine y que se asegura la posesión de la cámara al ser la productora de este bodrio sobre mujer madura conoce a chico atractivo.

Un manual de psicópata acosador mezclado con gotas de erotismo de revista de decoración, algo de ironía en los perfiles de marido e hijo, e irrisorios perfiles vinculados a la gestión educativa. Hay secuencias ridículas donde lo previsible supera lo absurdo. En este sentido, puede provocar incluso alguna carcajada por su empeño en tomarse en serio a personajes que no resisten un test de primaria. El filme puede inquietar mucho pero no por la lógica de su trama sino por su pésima calidad y por la extravagancia de su intento de vuelta de tuerca de ‘Atracción fatal’. Cualquier amago de profundidad psicológica acaba en el fango.

Exenta de ironía la película es una sucesión de naderías desencadenadas por acciones tan racionalmente estúpidas que da grima. Rob Cohen, cineasta de ‘La momia 3’ y ‘En la mente del asesino’, reproduce errores y se instala en el lugar cómodo de esos espacios conservadores del cine más comercial, que recitan sabiondos el vocabulario y la gramática básica pero con soniquete de listillos. Quizás como única baza a su favor es que ‘Obsesión’ procura evitar el ejercicio efectista. Los sustos facilones, cercanos al género de terror, la hipérbole argumental son desterradas por el filme y se agradece. Pero a cambio acumula toda la colección de estereotipos en torno a vecindades incómodas y tensiones de patio escolar.

Ryan Guzmán y Jennifer Lopez parecen invitados a un juego de mesa de seducción. El chico de la puerta de al lado, título original, bebe de la moda de los noventa que tuvo en títulos como ‘La mano que mece la cuna’ y ‘De repente, un extraño’ a sus exponentes más sólidos a la hora de meter miedo a las ansias de adulterio y a las aventuras eróticas con marcha atrás. Falta intensidad, desgarradura, algo volcánico que haga creíble tanto roce y rechazo de folleto de aventura extramatrimonial y escándalo social con instituto de por medio. Es un cine repetidor, de examen de septiembre. Pero sabemos cuál será la nota final. La lección se aprendió de memoria pero alguien se olvidó lo básico: entretener y emocionar.

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Actor, personaje, persona
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Guillermo Balbona | 26-03-2015 | 09:24| 0

El quinto poder

País y año: EE UU (2012). Director: Bill Condon. Reparto: Benedict Cumberbatch, Anthony Mackie, Carice Van Houten, Stanley Tucci, Laura Linney. Duración: 124m. Trhiller político.  Salas: Náutica. Filmoteca Universitaria. A las 20 horas.

El biopic de actualidad con mayor o menor rigor formal y documental ha sustituido al retrato profundo, un cine político y de investigación cada vez más relegado a hallazgos ocasionales de autor. El universo de WikiLeaks, la plataforma que ha permitido filtrar de forma anónima información secreta que pone al descubierto la turbiedad política de los grandes gobiernos del mundo y los crímenes de las multinacionales, era un bocado muy goloso como para no atraer su desembarco en pantalla. ‘El quinto poder’ logra un acercamiento nada desdeñable entre el espionaje, el thriller político y el perfil de personaje oscuro.

El filme, que rescata ahora la Filmoteca Universitaria en su último ciclo del presente curso, es como una gran puerta a un mecanismo complejo, una invitación a revelar los entresijos que conducen a las cloacas. El tráfico de información clasificada condiciona el ritmo de la película que a veces resulta tan atractivo y pegadizo como caótico.

El guionista Josh Singer (‘El ala oeste de la Casa Blanca’), se pone a las órdenes de Bill Condon, cineasta de la excelente ‘Dioses y monstruos’ que también ha deambulado por producciones muy comerciales en las que parece haber sacrificado su estilo como ‘Crepúsculo’, y ‘Candyman 2’. ‘El quinto poder’ es también una película de actor, Benedict Cumberbatch dando vida a Julian Assange, tras su celebrada encarnación de Sherlock Holmes y su reciente papel de Alan Turing en ‘The imitation game’. Falta serenidad, miguitas de reflexión para detenerse a pensar qué camino seguirá la información tras la revolución del caso WikiLeaks. A menudo se deposita la fuerza en impulsos y latidos que permitan avanzar la acción pero a costa de perder atracción, de dejar en segundo plano la historia con claridad y potencia. Lo mismo sucede con el tratamiento que oscila entre entre la búsqueda de un cine espectáculo cosmopolita, y supuestamente imparcial, y el producto de telefilme.

Hay demasiado esfuerzo (el del actor es lógico, además en duelo con Daniel Brühl) por parte de Condon en retratar a Assange y se diluye su energía a la hora de profundizar en el corazón de la política y en el hecho fundacional de WikiLeaks. Se agradece el esfuerzo pero no convencen los mimbres más allá de la actuación de estudio del protagonista.

La frialdad global se quiere contraponer a un drama intimista entre los factores humanos. Nuevas tecnologías, apabullante intercambio de imágenes, caudal de soportes y pantallas, ante las que el espectador muchas veces exhausto cede al torbellino pero sin lograr un asidero. Iluminado, visionario, planificador frío, revolucionario, artífice y médium de un cambio inevitable en el tráfico de la información. Del perfil de Cumberbatch obtenemos todos esos matices, pero del relato solo obtenemos una oscura superposición de realidades.

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Reivindicativa pero naif
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Guillermo Balbona | 25-03-2015 | 08:32| 0

Pride
RU. 2014. 120 m. (7). Comedia. Director: Matthew Warchus. Intérpretes: Ben Schnetzer, Monica Dolan, George MacKay, Bill Nighy, Imelda Staunton.  Salas: Peñacastillo

Cruza subtramas, es tan reivindicativa como festiva, lúdica y curiosa por dentro y por fuera en muchas de sus fases pero muere en la orilla por dispersión y por ambición. Colectivos sociales, sectores sometidos o marginados conviven en este retrato social que lleva con demasiado etiquetado el modo ‘Full Monty’ en su ADN. Con Margaret  Thatcher siempre al fondo de la noche, las huelgas de mineros y las reclamaciones de derechos de lesbianas y gays se funden en un singular canto coral solidario con el que es fácil simpatizar pero no tanto empatizar debido al tono naif del filme que persigue más la simpatía que la verdadera conmoción.

Hay honestidad pero falta ardor guerrero, alegría combativa entre tanta superficialidad. Son las interpretaciones las que ponen el contrapunto cuando la ligereza impone su ley. Actores y actrices, como manda el canon británico, que consiguen un perfil muy definido dentro de la pluralidad de voces.

El cineasta de ‘Círculo de engaños’ y director teatral, Matthew Warchus, construye un microclima coral, colorista y entusiasta. Todo adquiere un tono de marcha de banda municipal y a los acordes de la amistad y la solidaridad uno puede dejarse llevar con una apuesta divertida, con su toque social, procurando no ofender y subordinando casi siempre cualquier situación incómoda a las ganas de agradar. Dominic West se lo monta en plan baile en un contexto inusual, la comunidad galesa en la que se ubica este retrato de unos hechos históricos, entre bendiciones cómicas y un optimista discurso. Sentido del humor, buen rollo, amabilidad, contrastes a los que se podría haber exprimido más jugo social, crítica y acidez, frente al disparate y las ganas de diversión. Con notas y partitura cinematográfica a lo ‘Tocando el viento’ y nostalgia de las comedias de la Ealing, ‘Pride’ nunca llega a desentonar pero tampoco logra instalar sus imágenes de tono pegadizo en el imaginario colectivo del retrato social más comprometido.

Los actores aportan más verdad que el discurso argumental y visual de una historia deseosa de agradar. Al tiempo los conflictos, los problemas, el desorden dramático se va diluyendo en busca de la risa para que el público muestre su complicidad. A veces el filme va pidiendo a gritos un coro conjunto, una especie de ‘viva la gente’ con Ken Loach de fondo sumándose al ejercicio de canto. Con cierto aire a lo ‘Billy Elliot’ se busca con pragmatismo, pero no siempre con lucidez, el equilibrio entre lo reivindicativo y lo lúdico. Lo mismo sucede como el ritmo y la narración que avanza desde ciertos distanciamiento al tono de celebración. A coro, ‘Pride’ suena a algo conocido pero llevadero. Un sonajero que muestra las heridas y las cicatriza con un eco familiar.

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Shakespeare en sus manos
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Guillermo Balbona | 24-03-2015 | 11:30| 0

Otelo
1952 91 min. Marruecos Director: Orson Welles. Reparto:Welles, Suzanne Cloutier, Micheal MacLiammóir, Robert Coote, Fay Compton, Hilton Edwards.  Salas: Bonifaz. Esta semana. Proyecciones y  Cine Club. Filmoteca de Cantabria.

Carne para desalmados con pretenciosas ideas. Marca de prestigio para tapar otros vacíos. O simplemente argumentos desafiantes para traslación de lenguajes en osados proyectos. La obra de William Shakespeare ha tentado a unos y otros y, por ende, ha propiciado auténticas barbaridades y, en menor medida, reinterpretaciones y acercamientos lúcidos. Las empresas casi siempre desmesuradas y con toques de genialidad de Orson Welles, al margen de su mirada funcional clave con ‘Ciudadano Kane’, tuvieron en el dramaturgo universal a un referente esencial.

El personaje de Otelo ha sido uno de los más golosos y sus adaptaciones a la pantalla se remontan al cine mudo. En el caso del cineasta de ‘Campanadas a medianoche’, su incursión es uno de los iconos míticos y uno de los documentos de cabecera: la conjunción entre escenografía, interpretaciones y ambientación conforman un ejemplo de excelencia y creatividad. No obstante, el filme ya pasó a la historia por las dificultades del rodaje, uno de esos tour de force cuyas vicisitudes hubieran dado lugar a otra película paralela. El moro de Venecia pasó por diversas manos entre ellas las de Laurence Olivier o Laurence Fishburne o una curiosidad como ‘Doble vida’, en la que George Cukor dirige a Ronald Colman interpretando a un actor de teatro que está representando ‘Otelo’.

Extraña coproducción que fue perdiendo las banderas de apoyo por el camino, el filme huérfano de producción reconocida ganó, sin embargo, el Festival de Cannes. Welles, como casi siempre, tuvo que aceptar papeles alimenticios y trabajos nada desdeñables que ayudaran a sacar adelante la financiación de su proyecto –entre ellos ‘El tercer hombre’ de Carol Reed– hasta que United Artists la distribuyó en Estados Unidos tres años después de triunfar en Europa obligando a Welles a hacer numerosos cambios. La lectura del actor y director combina sutileza a la hora de ahondar en el texto original, suma de talentos e imaginación para solventar los grandes problemas a los que se enfrentó. Su capacidad visual y dominio del montaje fueron factores determinantes para dar unidad a una recreación inevitablemente dispersa entre parones de rodaje, cambios de escenografía en el tiempo, localizaciones dispares y disparatadas, e incógnitas de futuro y claros obstáculos que cercenaron sucesivamente sus medios. Frente a Macbeth, más ‘teatral’, Welles imprime en ‘Otelo’ todo su barroquismo visual, un tenebrismo y expresionismo inconfundibles, entre angulaciones y ese elogio de la oscuridad, el juego entre luces y sombras que subraya caracteres y perfila el dramatismo. Emociones e inquietudes, tormentos y pesadillas se alternan con un permanente desasosiego.

El cineasta de ‘Sed de mal’ se apropia tanto de las carencias como de los hallazgos, desnuda su identificación con Shakespeare, araña y muerde visualmente cada palabra y construye en el tiempo uno de esos edificios artísticos que contienen tanto temblor como hondura y desgarradura.
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Flipar y flipar
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Guillermo Balbona | 23-03-2015 | 17:26| 0

Puro vicio
EE UU. 2014. 148 m. (18). Policiaca. Director: Paul Thomas Anderson. Intérpretes:  Joaquín Phoenix, Owen Wilson y Benicio del Toro. Salas: Cinesa

En su cine siempre late una desmesura fundacional, marca de la casa. Como si el ritmo cardíaco de sus personajes y el pozo sensorial de sus historias estuvieran sometidas a otro tempo. Tras la magistral ‘The master’, Paul Thomas Anderson busca un retorcido terreno en el que procura lanzarse al pasatiempo de los descarrilamientos y firma en ‘Puro vicio’ un juego de mesa peligroso, siempre al borde de las fronteras entre el exceso, la impostura y la locura con controles de avituallamiento.

El filme tiene mucho de carrera de fondo y si uno no acepta al principio que se enfrenta a muchas y diferentes etapas, a puertos y escaladas, a anodinos metros y a sorpresas delirantes difícilmente podrá llegar a meta. El cineasta de la maravillosa ‘Magnolia’ propone un mosaico de personajes, anécdotas y situaciones que tan pronto son mera frivolidad rupturista como golpes de genialidad. No se trata solo de la combinación de géneros, recurso posmoderno  ya manido en otros cineastas, ni siquiera la caligrafía trasversal, sino esa mirada libre que Anderson posa sobre sus criaturas y traslada con una extraña naturalidad. Con un reparto de fieles, actores fetiche y sorprendente eficacia coral, ‘Puro vicio’ oscila entre lo surreal y el subrayado de estilo, la psicodelia y el bebedizo de los setenta, el investigador privado y el flipe en colores.

La película, como casi todo su cine, no puede dejar margen para términos medios. O irrita y te deja cansino o te apabulla y te arrastra hacia un vértigo de metáforas, estados y monstruos exteriores e interiores. Hay sátira y desgarradura, melodrama y loca academia humana. Con la novela ‘Vicio propio’ de fondo, solo apta para puristas de Thomas Pynchon, la película de Anderson es un tiovivo con Joaquin Phoenix haciendo de caballito, mientras todos giramos entre la contracultura, la pérdida de identidad, el delirio y la sobredosis.

El sueño americano, la California setentera, todo con un humor paródico, de pastilla y marihuana. A veces hay cordura metamorfoseada y otras ocasiones locura con apariencia de coherencia narrativa. Nadie pude negar la originalidad, el deslumbrante material entre el desparpajo y el ingenio. Negación del sueño americano, retrato ácrata, intento de traslación de una caligrafía literaria peculiar a otra visual, o compleja y barroca simpleza. Al cabo, un alucinógeno de momentos letales y colisiones mentales. Parodia y homenaje con banda sonora de lujo y un actor a modo de gurú que nos invita a una fiesta de la que nunca sabremos si llegamos a entrar o hemos salido definitivament

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Crisis coral y televisiva
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Guillermo Balbona | 23-03-2015 | 09:49| 0

Perdiendo el norte

España. 2015. 102 m. Policiaca. Director: Nacho G. Velilla. Intérpretes:  Yon González, Julián López, Blanca Suárez, Miki Esparbé, José Sacristán, Úrsula Corberó, Malena Alterio, Javier Cámara, Carmen Machi, Younes Bachir, Arturo Valls.  Salas: Cinesa y Peñacastillo

Podría funcionar como un episodio de cualquier serie con pretensiones de comedia realista. Entre tópicos (no se guarda ninguno) y bien ajustado el protagonismo para que cada actor/personaje tenga su momento, este retrato coral de la crisis es tan elemental como vulgar.

El retrato de dos jóvenes sobradamente preparados convertidos en ‘españoles por el mundo’ ni llega a la categoría de sátira ni va más allá del elemental perfil guasón y chistoso. Nacho García Velilla tiene las ideas claras y no se complica la función. Costumbrismo sostenido por muchos lugares comunes, amparado en la complicidad de las frases hechas, en diálogos primarios que no resisten un examen  de excelencia de ingenio. Se trata tan solo de ser muy práctico. En ‘Perdiendo el Norte’ se busca tan solo la chispa del instante ocurrente y recurrente y en algunas situaciones solo faltan las risas enlatadas de fondo.

El director de ‘Que se mueran los feos’ se queda en la superficie y este viaje al Berlín de Merkel, entre la comunidad turca  y el retrato robot de los alemanes, simplemente parece un esqueje de ‘Aída’. No hay hechizo ni solidez de comedia clásica, salvo el esquema del enredo romántico.

El resto es una constante sucesión de landismo actualizado, una especie de ‘Vente a Alemania, Pepe’ pasado por el humor rancio y sujeto al formato de la pequeña pantalla. Sin riesgo y con el equipo de guionistas de cabecera en series como ‘7 vidas’, el cineasta de la estimable ‘Fuera de carta’ se desentiende de la letra pequeña, de la ironía y del doble sentido y se lanza con red en busca de la risa fácil.

El vodevil solo gana cuerpo en impulsos proporcionados por la inspiración de algunos actores pero no en la consistencia de una historia, o en el andamiaje que toda comedia debe construir, sino en un trasunto de monólogos que otorga protagonismo a cada intérprete. Julián López y Miki Esparbé, en este sentido, se llevan de calle las risas del espectador, mientras que las apariciones de José Sacristán aportan serenidad y dan cierto peso a la amargura social. Lo demás es oficio, mucha labia pero todo exento de refinamiento. Se echa de menos la acidez, ese humor directo a la yugular. Pero el ecosistema televisivo de serie se limita a reproducir de modo conservador el momento guasón, el chiste oportuno y la trama adelgazada. Del minijob a la dureza del idioma no falta nada, pero se pasa por encima de todo a la espera de la risa floja. El músculo coral hace el resto del esfuerzo y los actores se entregan.
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Perverso viaje al fin de la noche
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Guillermo Balbona | 18-03-2015 | 17:10| 0

Nightcrawler
2014 113 min. Estados Unidos Director: Dan Gilroy. Música: James Newton Howard Reparto: Jake Gyllenhaal, Rene Russo, Riz Ahmed, Bill Paxton, Kevin Rahm, Ann Cusack, Eric Lange. Salas: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Esta semana

Testigo de día. Periodista de noche. Hay algo morboso y perverso en este filme que se mueve sinuoso entre la parábola y la metáfora. Puede verse como la historia de un oportunista accidental pero también como una lectura simbólica de un tiempo líquido que adocena imágenes, frivoliza y comercia con el dolor y convierte casi todo en espectáculo de quita y pon con fecha de caducidad. De la fugacidad y de la necesidad de dar carnaza Dan Gilroy saca petróleo en su debut como director.  Su experiencia de guionista se vuelca en esta ‘Nightcrawler’, retorcida y extraña unas veces, manipuladora y repulsiva otras. Una especie de Cronenberg, el de ‘Crash’ por ejemplo, en atmósferas y en situaciones, cruzado por David Lynch y con personaje nocturno, solitario depredador como el Travis de ‘Taxi driver’.

La Filmoteca cántabra dedica gran parte de los espacios de proyección de esta semana a este documento encarnado con  magistral seducción por Jake Gyllenhaal, cuya aportación permite superar los problemas de credibilidad. A modo de pesadilla, de vuelta de tuerca urbana sobre el mal y sus  ramificaciones,  ‘Nightcrawler’ es ‘El gran carnaval’ de nuestros días, un Billy Wilder oscuro, satírico que sustituye la ironía del maestro y su elegancia por un bisturí con el que Gilroy  imprime un catálogo de perversidad nocturna.

Entre la espesura de monótonas e insulsas producciones esta película crece por su ansiedad paródica, su disección social y su desembarco sin tregua en los medios de comunicación y su papel de espejo de detritus, de la falta de reflexión subordinada al vale todo de un espectador que consume sin pararse a pensar. ‘Nightcrawler’ tiene mucho de implacable radiografía y aunque en ocasiones cae en cierta reiteración obsesiva, que no siempre funciona como mecanismo narrativo, consigue un ambiente fascinante. Esa imagen reproducida hasta la saciedad en miles de pantallas, la proliferación del soporte audiovisual crea un ecosistema entre lo pornográfico y lo cruel.  Hay cine negro, sátira, clima despiadado, caricatura, una itinerante soledad sin sentimiento que pulula entre la carroña como un buitre inteligente a la espera del último horror y la sangre en la que meter el pico. Una cinta inquietante, que casi denuncia sin querer, en un viaje al fin de la noche de periodismo ciudadano que puede llegar asustar por su impasible falta de ética.  Entre lo diabólico y lo grotesco, todo repta en esta historia de extraña amoralidad. Peligrosamente amarga, esta ronda sin más sereno que un vigilante de fábula nos pone ante el espejo para ver el deformado rostro de tanta miseria.
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Robocop hip hop
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Guillermo Balbona | 17-03-2015 | 08:59| 0

Chappie

EE UU. 2015. 120 m. (16). Ciencia-Ficción. Director: Neill Blomkamp. Intérpretes: Sharlto Copley, Dev Patel, Sigourney Weaver, Jose Pablo Cantillo.  Salas: Cinesa y Peñacastillo.

La inteligencia artificial se ha convertido en el último territorio de moda para el vale todo visual. Entre autocitas e intentos de llegar a más públicos el cineasta sudafricano Neill Blomkamp firma en ‘Chappie’ una fallida combinación de fantasía futurista pretenciosa, comedia robótica y aventura de acción urbana que tan pronto se pone demasiado seria como roza el sonrojo. El guion de esta especie de Robocop hip hop, un robot con  sentimientos, parece tener secuestrada la inteligencia. Pese a su sentido del humor y su alegato sobre las comunidades y familias disfuncionales, el filme se enreda en una confusa red de géneros, historias cruzadas y estereotipos que va disolviendo la buena idea inicial.

El director de la interesante ‘District 9’ ahonda en un universo y estética particular que ha recorrido su escasa pero atractiva filmografía: androides, artefactos, sociedades donde hombres y máquinas mantienen relaciones cuyo supuesto orden está sujeto a un clima de incertidumbre e inquietud, y algunas reflexiones presudofilosóficas. Pero ‘Chappie’ insiste en las reiteraciones, deja la historia en manos del mayor o menor encanto y capacidad de seducción del personaje, y la apuesta se detiene en mero envase de divertimento. El golpe inicial de inventiva se queda atorado y nada ni nadie engrasa las vicisitudes del niño robot en su etapa de aprendizaje rodeado de algunos humanos patéticos. Hay más titanio y chapa y pintura de diseño que verdadera personalidad de ciencia y de ficción.

El cineasta de ‘Elysium’ se desgasta en un exceso de confianza. Es cierto que su filme resulta inconfundible y enlaza con coherencia con su anterior cine pero desaprovecha el material, practica el ombliguismo con su pirotécnica puesta en escena y la originalidad se pierde en escenas cargantes, ruidosas, horteras, zafias a veces, arropadas en interpretaciones lamentables de Hugh Jackman y Sigourney Weaver. Blomkamp da una vuelta de tuerca (más bien de tornillo) equivocada y lo que su Distrito tenía de modestia e imaginación se torna aquí pretenciosidad y rutina. Este ‘Cortocircuito’ un tanto macarra pierde energía en la indefinición: tan pronto oscila hacia el blockbuster espectacular, que lo es, como pretende soltar guiños de autor y especialista en diseñar un nuevo campo minado para la ciencia ficción. Más allá de que el filme pueda ser una gran plataforma publicitaria para una multinacional de móviles ‘Chappie’ es  incapaz de traspasar la superficie de sus planteamientos al sacrificar el juego de verdades y mentiras, hombres y robots, cuerpo y conciencia, por unas batallitas callejeras y poligoneras que dan grima.

La mortalidad, la trascendencia, el amor, incluso la ternura, se enuncian pero la ecuación es imperfecta. El futuro director de la nueva entrega de la saga ‘Alien’ juega a Asimov y se queda en un Disney rapero.

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La zona cero de Nicolas Cage
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Guillermo Balbona | 16-03-2015 | 08:27| 0

Desterrado  
China. 2014. 94 m. Aventuras. Director: Nick Powell. Intérpretes: Hayden Christensen, Nicolas Cage, Liu Yifei, Andy On, Fernando Chien, Jawed El Berni. Salas: Peñacastillo.

Entre la grandilocuencia hueca y un barroquismo retórico y monótono esta leyenda con vocación de aventura total es un pastiche anodino. Montaje confuso y efectista, acumulación de clichés y la emoción olvidada entre los trastos milenarios. De la cruzada a los imperios orientales, queda claro que las superproducciones chinas van a proliferar en las carteleras al margen de su calidad.

En este caso, con dos supuestas estrellas al frente, ‘Desterrado’ presenta un combinado de excesos y leyenda todo a cien con caballeros, traiciones, aprendices, príncipes marginados (sin emperador que cobije tal afrenta), viajes y códigos y un cierto cosmopolitismo cultural de tarjeta postal y guía de turista accidental.

El opio que recorre las mentes y visiones de algunos personajes parece haber impuesto su ley sobre la escritura de un filme cuyo cuento avergüenza a algunas series B. Plano en su realización, sin capacidad de sorpresa, su director Nick Powell filma escenas de acción sobrecargadas, confusas en una mezcla sonrojante de artes marciales y hipervitamínica y sofisticada versión de la capa y espada que ahuyenta al más conformista. Hayden Christensen y Nicolas Cage se arrastran por el filme como estrellas apagadas y errantes en un ejercicio de vulgaridad y decadencia. Entre ciertas reflexiones pretenciosas de tono pacifista metidas con calzador, la muerte marca el ritmo de este cuento vulgar de mercenarios, luchas por el poder y samuráis que se deshace como un azucarillo  en cuanto uno intenta exigir un mínimo de personalidad visual. Cage, que hace mucho deambula entre interpretaciones patéticas y la asunción de un particular exilio comercial en su estatus de estrella, entra aquí en su particular zona cero. Un peluquín ridículo, un doblaje que agranda la debilidad de su presencia, el sobrino de Coppola se arrastra por las pantallas. Decir que su participación (ni siquiera como protagonista) en este debut como director del especialista Nick Powell es su peor trabajo, puede ser un dato muy significativo teniendo en cuenta sus profusos y descendentes pasos por producciones de nula consistencia. Al espectador se le abandona en este desastre épico, rodado con desgana, donde los personajes vagan entre la sombras de un guión que es puro camelo.

Cage, en su afán alimenticio, mientras sigue buscando financiación a costa de caer en el más absoluto de los ridículos, echa mano de la peluca y lanza un discurso de resonancias graves en un último intento por disfrazar un irrisorio catálogo de iconos previsibles. Un tosco, rutinario y desalentador  documento que certifica no ya la falta de rigurosidad sino el patético tono insultante de este aburrido periplo de un cine que es puro humo.

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Romper el hielo
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Guillermo Balbona | 13-03-2015 | 09:02| 0

Red army
2014 85 min.Rusia Director:Gabe Polsky Fotografía: Peter Zeitlinger, Svetlana Cvetko . Género: Documental. Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Hasta el dia 15 de marzo.

 

Geopolítica sobre hielo. Guerra fría y documento muy caliente. Aunque ya se desinfló, la casi moda del documental ha dejado un poso esencial. Pese a la irregularidad se siguen estrenando en salas comerciales, caso de ‘La sal de la tierra’, logran espacios destacados en festivales y programaciones y superan el lugar común de la especialización y los compartimentos estancos. ‘Red army’ es una valiosa y atractiva excepción que ha pasado por todos esos eslabones de la distribución y estos días es objeto de obligada dedicatoria por la Filmoteca cántabra. Michael Moore encabezó la querencia documental, y Werner Herzog y Wim Wenders la han otorgado autoridad y prestigio.

La Unión Soviética y el equipo de hockey sobre hielo, conocido como ‘El ejército rojo’, cruzan significado y destinos en este documento reconvertido en metáfora política, crónica inusual de un estado de la cuestión, utilización y manipulación del deporte y colisión del hombre y el sistema. El testimonio del ex-capitán del equipo, Slava Fetisov, a través de sus roles oficiales de héroe nacional, primero, y enemigo político, después, sirve de cauce por el pasado soviético, la decadencia y los cambios de una nueva Rusia. Es por tanto un grieta en la superficie helada de un fragmento de historia y también una forma de zambullirse en la amistad y en la constancia. Deporte e historia conviven y se enfrentan, dialogan y se repelen en esta mirada atrás muy ingeniosa, tras la que se revela la sombra de Werner Herzog quien aporta a su director, Gabe Polsky, ese tono virtuoso y la originalidad de todo su cine. Esa doble mirada entre épica y analítica, irónica y de retrato de época, aporta un juego que permite superar las reglas del género y las etiquetas.

Identidad nacional y canto comunista frente al capitalismo, material de archivo y giros eficaces se suceden en una selección de imágenes con sabor histórico y con interesante encaje. ‘Red Army’, siempre fruto de la presencia en la ‘producción’ del cineasta de  ‘Aguirre, la cólera de Dios’ o ‘Grizzly Man’, es una vuelta de tuerca a la propaganda, al oportunismo político, a la agudeza en la disección. Verosimilitud, lucidez, arte y deporte se combinan con inteligencia en una historia de análisis que tiene su mayor virtud en mostrarse más seductora cuanto menos documental parece. Las entrevistas aportan una extraña complicidad y convierten la política en una especie de ‘dream team’ del montaje subliminal, de los entresijos, malicias y juegos del poder. Una roja impresión de sensaciones que se sospechan y se daban por sentadas, entre la legitimación y el exhibicionismo deportivo, casi todo excepcionalmente atado.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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