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Parodia fina y desmadre tosco
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Guillermo Balbona | 03-03-2015 | 11:20| 0

Kingsman: servicio secreto
Reino Unido. 2015. 129 m. (16). ‘Thriller’. Director: Matthew Vaughn. Intérpretes: Colin Firth, Taron Egerton, Samuel L. Jackson, Michael Caine. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Un ‘my fair gentleman’ de traje y puntualidad británica, tan pulcro y eficaz como divertimento como fallido en sus ambiciones de estilo. Una de espías entre la mentalidad cachonda y la parodia fina que desemboca en un torbellino de media hora final tan desbordante como excesivo. Adaptación del cómic de Mark Millar y Dave Gibbons, ‘Kingsman’ es un diálogo lúdico entre maestro y pupilo con un caudal de ironía en su primera hora que sube la adrenalina de la elegancia y del humor paródico más sutil con fondo pigmalion.

Los encuentros entre Colin Firth y Michael Caine poseen esa fricción magistral de los intérpretes con clase. Diálogos que dejan huella y subrayados sobre las clases sociales y la marginalidad que echan chispas.

Divertida y juguetona, la cinta de Matthew Vaughn, cineasta de ‘Stardust’ y ‘X-men primera generación’, entre otras, es una miscelánea entre un joven y zarandeado James Bond pasado por el filtro de ‘Kick-Ass, listo para machacar’ y el homenaje a ‘Los vengadores’. Cuando hay equilibrio entre la parodia y el gamberrismo en torno a la seriedad y lo opaco de algunas tramas de espionaje, el filme gana en personalidad y lucidez y es fácil dejarse llevar. Precisamente pierde energía en su tramo final por su desmesura y su obsesiva mirada de captación de los espectadores juveniles. Dos secuencias fracturan el filme en esos otros tantos frutos y emociones: la desenfadada, fresca y sutil parodia de la entrada en acción del personaje de Colin Firth en el pub y, en contraste, su interminable combate sangriento durante la ceremonia de fanatismo religioso. Ambas marcan las distintas atmósferas y pretensiones de una historia que primero busca la excelencia y cierta originalidad y frescura, y después se decanta por contentar a todos desvirtuando la médula espinal de una obra que empezaba a asentarse en la diferencia.

Vaughn evita el infantilismo, se marca incluso algunos guiños referenciales nada banales sobre la cultura popular al hacer hincapié en las virtudes que debe tener un caballero, más allá de la apariencia, pero tira de manual a la hora de las resoluciones, entre Tarantino y el efectismo de película juvenil combinada con un Austin Powers satírico, a veces hasta cruel. Precisamente lo que logra su interesante guión de película comercial arriesgada, con diálogos despiadados y ultraviolencia, lo niegan unas imágenes irritantes y con tendencia a la pirotecnia facilona.

Un Casino Royale a modo de superhéroe a su pesar. Gags divertidos y ocurrentes y, en general, una obra simpática que busca vueltas de tuerca entre los lugares comunes, construyen la ilustración en su trasvase del cómic a la pantalla. Ahora la mirada juzgará ante esta doble visión: la de una comedia ‘british’ de ingenio y paraguazos; o la de una comedia de caballeros de mesa redonda callejera y sastrería, entre la acción y la nobleza, haciendo concesiones al cada vez más superpoblado ecosistema de superhéroes.
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Del Lego Oscar al condón de Iñárritu
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Guillermo Balbona | 23-02-2015 | 11:53| 0

A González Iñárritu le bastaron unos segundos para demostrar que puede haber vida inteligente sobre la alfombra roja: su comentario sobre las fronteras entre el éxito (spoiler) y el fracaso eran como un soplo de frescura frente a las sobadas y manidas sentencias ilusionantes de las estrellas y sus delirios de grandeza. Huérfanos de selfi en el patio de butacas la ceremonia tuvo algo de bucle. De mexicano a mexicano el Oscar pasó del mariachi interestelar de ‘Gravity’ 2014 a la ranchera sobre la identidad actoral de ‘Birdman’ 2015, o sea en un vuelo de trascendencia espacial a otro más telúrico.
La cosa pedía a gritos un guiño facilón: así que Neil Patrick Harris salió en calzoncillos, a lo Michael Keaton en la película del mexicano, mientras más de uno podía pensar que Dani Rovira se había colado directamente desde los Goya. En un año cinematográfico sin clase media, y casi sin espectáculo, la autoría había alzado la cabeza con orgullo. Lástima que ‘Boyhood’, ese poema sobre el tiempo, que es la esencia del cine, se quedara en la gloria de las retinas de miles de admiradores. Tan solo una reivindicativa Patricia Arquette levantó la estatuilla y el ánimo de los admiradores de Linklater.
Salvo la lluvia en Los Angeles todo fue tan previsible en los destinatarios de los galardones como en su ceremonia muy musical y cantarina pero carente de ingenio y de chispa. Habría que hurgar en los discursos para extraer acidez, lucidez y algo de emoción entre tanta vulgaridad. La Lego película de los Oscar siguió el guión sin saltarse un renglón e incluso el francotirador Eastwood parecía estar a punto de disparar al primero que se saltase la letra pequeña. El primero en subir a recoger premio, J. K. Simmons, mejor actor de reparto por ‘Whiplash’, se puso tan didáctico pero mucho menos duro que en su papel de profesor musical obsesivo y perfeccionista en la película: «Decidles a vuestros padres que les queréis y mostraros agradecidos y escuchadles siempre». Aquello parecía ‘Cómo entrenar a tu dragón 2’.
Del alzheimer al ELA, de los derechos de igualdad social y salarial para las mujeres al recuerdo de los hombres negros en los correccionales pasando por la inmigración mexicana, las reivindicaciones fueron la verdadera coreografía de la gala. Hace tiempo que la competición primordial parece haberse trasladado a la moda. Las estrellas, cual estatuillas de lego diseño, de Tom Ford a John Galliano, de Calvin Klein a Hedi Slimane, director creativo de Saint Laurent, desfilaron por la alfombra para someterse a la disección rigurosa de las miradas más puristas.
Entre Sonrisas y lágrimas, con Lady Gaga angelical, y las extravagantes carantoñas de Travolta, las 50 sombras de Grey flotaban como fantasmas de la industria pero el único rastro de erotismo recorría la espalda descubierta de Emma Stone. Entre la nómina de premiados, Julianne Moore y Eddie Redmayne disfrutaron de su justo pasaporte histórico recurriendo al humor. A falta de soluciones salomónicas ‘Birdman’ triunfó con la marcha en punto muerto, mientras en ‘El Gran Hotel Budapest’, del mimado y siempre diferente Wes Anderson, se alojaron los premios técnicos, que llaman menores, y el mundo del glamour se dejó la poética generacional de ‘Boyhood’ en un limbo de sensaciones desvanecidas. El cine intenso, arriesgado, visionario quizás tenga que esperar esos doce años, en los que discurrió el rodaje intermitente de la maravillosa obra maestra de Linklater, para adoptar la gloria.
La reflexión, entra tanto polvo de estrellas y tanta hoguera de vanidades, la volvió a poner Iñárritu: «El miedo es el condón de la vida que no te permite hacer lo que quieres». Probablemente el mismo temor que algunos mostraron al otorgar sus premios sin tener en cuenta que todo, en especial el cine, es un combate contra el paso del tiempo.

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Últimas voluntades, primeros deseos
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Guillermo Balbona | 08-10-2014 | 07:23| 0

Ahí os quedáis

EE UU. 2014. 103 m. Comedia. Director: Shawn Levy. Intérpretes: Jason Bateman, Tina Fey, Adam Driver, Rose Byrne, Corey Stoll, Kathryn Hahn, Connie Britton. Salas: Cinesa y Peñacastillo

En esta comedia de soplidos, más que de suspiros, exagerada en su desmayado planteamiento, sólo breves apuntes amargos desvelan el juego de claroscuros tras un funeral. ‘Ahí os quedáis’ parte de una idea tan buena como agotada: la convulsión, la acotada colisión grupal o tribal tras una celebración o ritual. Recuérdense casos memorables e imitados como el ‘Reencuentro’ de Kasdan, o la casi moda de recurrir a los enlaces matrimoniales en el último cine, como la reciente cita familiar de Daniel Sánchez Arévalo, ya presente en sus cortometrajes. En este caso un funeral sirve para la catarsis, pero también para satirizar los convencionalismos y lugares comunes, caer en algunas parodias, no siempre logradas, y buscar el retrato generacional.

El problema es que  Shawn Levy no maneja con destreza sus recursos ni gestiona los tiempos de un relato coral de historias entrecruzadas y muchas pérdidas y recuerdos bajo la piel de los personajes. El tono de esta congregación en torno al patriarca fallecido pero reunida a los pechos de Jane Fonda –un chiste que se convierte también en un chirrido– no acaba de cuajar. Hay escenas epatantes y pequeños retablos que se asientan en la reiteración. El mosaico de matrimonios rotos, últimas voluntades, primeros y primarios deseos y desmesuras emocionales parece inagotable pero sustentados en el arquetipo. A las irregulares interpretaciones le siguen vaivenes de unos personajes a veces desasistidos, otras náufragos, el filme se resiente de la escasa atención que algunos perfiles merecían y se ahoga en la insistencia en otros.

Entre compulsiones y tensiones, chistes fáciles y salidas de tono, destila a partes iguales simpatía y rechazo. Al embarazo que no llega, la soledad emocional y la oveja negra, le siguen el fracasado y la arrepentida, de modo que  abundan los clichés en el armario familiar. Lo sardónico, satírico y ácido y lo dramático no logran encajar en este guión que a veces parece tender hacia un humor negro que solo se asoma de puntillas cuando pedía ser despiadado con el entorno. El luto de este encuentro familiar disfuncional es, en realidad, el de las miserias, cuentas pendientes y piedras en el camino de cada miembro, pero al cineasta de la saga ‘Noche en el museo’ y de ‘Los becarios’ le falta finura y elegancia y osadía para dibujar un retrato excesivamente superficial, cómodo y convencional. Demasiada complacencia y discreción de tono televisivo. A este velatorio le falta esa tensión incómoda que posee todo espacio marcado por el peso del pasado.

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Arquitectura fundacional
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Guillermo Balbona | 06-10-2014 | 07:39| 0

El corredor del laberinto
EE UU. 2014. 110 m. (12). Ciencia-Ficción. Director: Wes Ball. Intérpretes: Dylan O’Brien, Kaya Scodelario, Will Poulter, Thomas Brodie-Sangster. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Hay más idea que frutos. Y alguien detrás más preocupado en subrayar que habrá una segunda entrega que en contar la primera. Entre la fábula de supervivencia y la aventura distópica, este relato de adolescentes varados en su confusión posee una atractiva premisa que especula sobre la sociedad perfecta y la convivencia. ‘El corredor del laberinto’, que era propensa a la claustrofobia y que juega con la tensión sin exprimir del todo ambos parámetros, posee en sus entrañas una mezcla de El señor de las moscas y ‘Los juegos del hambre’. El problema es que pese a las interpretaciones nada desdeñables y una puesta en escena atractiva a la que tampoco se le saca todo el partido, esta historia de huida hacia adelante no profundiza en la fábula y en la metáfora futurista, ni es capaz de consolidar uno de esos pantagruélicos juegos de rol sobre la identidad y la condición humana. Más allá del grado de entretenimiento, ‘El corredor del laberinto’ tiene todas las trazas de que se quedará en un documento hábil y funcional para seminarios de recursos humanos y ejercicios visuales en cursos de psicología. La osadía, la capacidad de iniciativa, el liderazgo, la solidez del grupo, la autocompasión, la toma de decisiones conforman un entramado de colectivo en riesgo, ideal para análisis  de grupos humanos.
Pero la ficción solo se desnuda como un largo preludio para anunciar que habrá una segunda entrega y, por supuesto, para entonar el canto de la nueva y taquillera franquicia. Wes Ball, hasta ahora ligado a la animación y los efectos visuales, se contiene en su caligrafía a la hora de adaptar la exitosa trilogía de James Dashner. Atendiendo más al experimento, ‘Cube’, que a lo sensorial, ‘Perdidos’, del laberinto al 30, el cineasta no puede evitar en ningún momento la sensación de dèja vu. La arquitectura fundacional que expide el relato nunca logra envolver la alquimia de intriga, emoción y elogio de lo diferente. Casi todo resulta convencional y catalogado por los antecedentes del género de moda: la utopía negativa. La dirección artística no saca provecho del laberinto y el simbolismo de orden, civilización, nueva sociedad y rebeldía se resiente. Más amnesia que corazón, más proyección que latido.

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Actriz y coartada
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Guillermo Balbona | 14-08-2014 | 07:27| 0

Francesha

2012 86 min. Estados Unidos Director: Noah Baumbach. Reparto: Greta Gerwig, Mickey Sumner, Adam Driver, Michael Esper, Grace Gummer. Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo. Estreno. V.O.S.

Es una película de actriz. Greta Gerwig. Ella es arte y parte. Su juego cómplice con la cámara recorre esta fábula urbana sobre gente que habita emocionalmente en otra gente, sobre el hábitat cotidiano, sobre habitaciones y estancias, sobre espacios solapados o que se suceden. Si uno acepta el juego, ‘Frances Ha’ tiene mucho de nouvelle vague y free cinema, lo cual son palabras mayores pero también una coartada tramposa y afectada y quizás tan exigente que se vuelve en ocasiones en su contra. Noah Baumbach dirige con muchas claves cinéfilas, numerosos resortes de cinefilia y un diálogo contante entre imagen, música y ciudad. Nueva York, cómo no. El cineasta, compañero de la actriz Jennifer Jason Leigh, responsable de filmes como  ‘Una historia de Brooklyn’ y ‘Margot y la boda’, opta por el blanco y negro, otra complicidad con la atmósfera, la forma de narrar, la memoria de ‘Manhattan’ y es probable que a modo de rúbrica entre lo espontáneo y lo absolutamente medido. Parte de la magia de esta película pequeña, que no menor, radica en esa mezcla de juego existencial, libertad y baile interior. Que director y actriz escribieran el guion juntos propicia el ejercicio de luminosidad sobre esta joven que vive y sobrevive, enamora y rechaza, danza torpe pero sin caer sobre la cuerda floja de la vida, mientras cruza hacia lo adulto no dejando que la extrañeza se apodere de su relación con el mundo. ‘Frances Ha’ tiene algo incómodo, de sabidilla y modernilla, pero el encanto intrínseco de la actriz acaba superando toda duda. Es agridulce, simpática y melancólica, sencilla en su exposición aunque compleja en su sentido. Quizás algunos subrayados impidan que el filme eleve su personalidad visual hacia territorios más elocuentes y con más peso que sus deudas con referentes mayores. El lado afectado del filme es quizás su demasiado visible etiqueta generacional, esa pretensión de reinventar el Allen de los 80 con una Annie Hall y una ciudad del revés. No obstante, triunfa la escritura y, sobre todo, el personaje y la interpretación, con lo que es fácil embarcarse y dejarse seducir por ese presente del indicativo con el que el filme conjuga las señales de nuestro tiempo. Hay pose sí, pero también cierta amargura sincera en el retrato de una amistad que no termina de serlo, en las conversaciones cercanas pero vacías, en la aceptación de que para encontrar ese lugar en el mundo, pequeño y frágil, el camino queda sembrado de renuncias.

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Sabor a ti
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Guillermo Balbona | 12-08-2014 | 08:37| 0

Chef
EEUU. 2014. 115 m. Comedia. Director: Jon Favreau. Intérpretes: Jon Favreau, Sofía Vergara, John Leguizamo, Scarlett Johansson, Oliver Platt, Bobby Cannavale, Dustin Hoffman, Robert Downey. Salas: Peñacastillo y Cinesa.

Ratatouille’ adquiere apariencia humana y acaba encarnándose en Jon Fravreau. El actor y director hace tanto de cocinilla como de restaurador mediático, dentro y fuera de pantalla, pues como un Allen/Ferran Adrià él se lo guisa y se lo come, al apropiarse de todas las funciones de la película, desde la producción al protagonismo interpretativo. ‘#Chef’, al margen de sus guiños a las redes sociales y al nuevo escenario de Internet como gran hermano, podría haber asumido la etiqueta de otro ‘chef’ cinematográfico reciente: ‘la receta de la felicidad’. El nuevo filme del polifacético y singular Favreau, cuya trayectoria entre el caos y el éxito, al menos, es peculiar, se mueve entre la fritanga y la leche eléctrica que hace vibrar los labios, o el bocadillo de falso tartufo y la trufa de pistacho. Es ligera y simpática, a ratos vitalista y perfumada, y reivindica más el bocata familiar, íntimo y cercano que la burbuja sofisticada. No obstante como aderezo que acaba por ser el perejil de todas la salsas, la música de la banda sonora toma el mando de cada escenario y situación. A la hora de la verdad el filme tiene más sabores musicales, a la carta latina, que degustación culinaria. La historia del cocinero de autor herido por una mala crítica es para el cineasta de ‘Iron man’ y ‘Cowboys & aliens’ una excusa para meter con calzador, perdón con cuchara de palo, conflictos sentimentales, ternurismos varios de ternera de la buena y una convulsa relación paternofilial, muy poco hecha, pero que siempre entra bien por los ojos a todo tipo de comensales/espectadores. Favreau firma una obra amable y, pese a ser mucho menos arriesgada, curiosamente comparte complicidad y empatía emocional con ‘Begin again’, ahora también en cartelera. ‘Chef’ es más tapa que plato hondo, menú sin sorpresas que alta cocina. En este sentido, uno saldrá de la sala exento de digestiones pesadas pero sin huella en el paladar. Con inteligente y eficaz reparto, los ingredientes se utilizan sin empacho (una Scarlette Johansson morena, un Dustin Hoffman tan sobrio como fugaz, tres minutos de gloria para el gran Robert Downey Jr., y el toque latino de Sofía Vergara, aunque en el postre es John Leguizamo quien se come a todos) y el fast food hollywoodiense está servido. Del restaurante de moda con pretensiones al camión de bocadillos cubanos que recorre el filme, existe la misma distancia que entre una película de autor y esta comedia familiar aliñada con salsa indie. Mucha guarnición innecesaria y sabor fugaz. ¿Habrá segundo plato?

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Hiperventilación visual
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Guillermo Balbona | 07-07-2014 | 09:02| 0

Open Windows
España. 2014. 100 m. (12). ‘Thriller’. Director: Nacho Vigalondo. Intérpretes: Elijah Wood, Sasha Grey, Neil Maskell, Adam Quintero, Ivan Gonzalez.Cinesa y Peñacastillo.


Todo está hipervigilado, megaconectado y supracomunicado, pero estamos solos. Las multipantallas a las que Nacho Vigalondo invita a asomarnos en un thriller, a veces enérgico, otras vibrante, casi siempre metafórico de esa maravillosa ventana indiscreta que es el cine, supone un ejercicio de hiperventilación visual de gran destreza y pirueta nada frívola. El cineasta cántabro ha educado su mirada en la jungla de la tecnología sofisticada, en los solapados artefactos de una carrera por llegar a la meta de la aplicación interminable y a cual más inesperada. El director de la interesante pero fallida ‘Extraterrestre’ ha regresado con una cuidada y reflexiva ópera cibernética que tiene en el propio lenguaje a su particular macguffing y que, bajo las capas de cebolla de una sucesiva utilización de cámaras paralelas, desnuda la esencia del cine. En ‘Open windows’, todo es mirada: la nuestra, la de los personajes que miran a sus pantallas y, por ende a nosotros, las de móviles, ordenadores, cámaras de seguridad, webcams, y entre todas ellas Elijah Wood como un Frodo en busca del ciberanillo hipertecnificado. Y, por supuesto, la mirada que posee el propio filme como una especie de gran hermano y retina permanente que envuelve, arropa y a su vez amenaza y nos atenaza. El thriller argumental, lineal, el de un joven admirador de actriz –con un arranque deslumbrante que certifica la maestría de Vigalondo para el cortometraje– tiene algo de amor fou, un ‘al final de la escapada’ virtual con pareja imposible, amor idealizado y sexo virtual. Pero ‘Open windows’ es sobre todo un alarde de narración, intriga, búsqueda del punto final e indagación. Al director de Cabezón, como ya sucediera en su excelente ópera prima, ‘Los cronocrímenes’, le interesa la exploración narrativa más que el aparente experimentalismo, y su alma cinéfila, su amor al cine vence cualquier tentación de instalarse en lo acomodaticio. Siempre trata de sortear lo convencional y pese a algún desequilibrio y reiteración en el tramo final, su tercer largo, el primero rodado en inglés, representa en ocasiones un prodigio de lucidez visual en busca de lo que el lenguaje del cine supone en nuestras vidas. ‘Open windows’ es una casa de muñecas que habitamos todos pero que también miramos desde la casa de enfrente como vecinos invitados. Internet, la red mayor y las redes invisibles se enfrentan, colisionan en un desafío narrativo, siempre intenso, cansino en lo físico, estilizado y abigarrado al final. De aparatos y aparatoso. Voyeurs todos. Hay un punto de vista universal: el espectador frente a la pantalla pero en el filme de Vigalondo todo es multipantalla y, a su vez, cada una abre otros puntos de vista en una web que nos convierte a la vez en mirones, espías, hackers, soñadores, vigilantes y vigilados. Audaz y también en ocasiones efectista, travieso y juguetón, tenso y desconcertante, arrebatador y confuso. El ingenio está asegurado, falta cierto poso y consistencia en esa carrera final hacia ninguna parte. Un gran artefacto que obliga a mirarnos. De haber ahondado más en algunas de sus pantallas, que son todas la misma, la vida, hubiese sido una obra maestra.

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El pelo y el grito de Cage
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Guillermo Balbona | 01-07-2014 | 09:27| 0




Ese plano central de Nicolas  Cage, más gritón que desgarrador, ante la impotencia por la muerte de su hija, revela que el actor no tiene límites. Caricaturista de sí mismo, reiterativo y machacón en sus papeles, a buen seguro que su tío, el cineasta Francis Ford Coppola, le hubiese castigado al rincón tras ver su nueva incursión actoral. El thriller de venganza que ha dirigido Paco Cabezas se mueve entre la serie B, el tono grandilocuente y la caricatura visceral. ‘Tokarev’ tiene potencia narrativa pero transmite una sensación de impotencia casi permanente por sus tópicos y contornos demasiado previsibles. Los giros de carácter, la intensidad del director de ‘Carne de neón’ salvan la función con ese aire de decadencia, de destino trágico que incluso se aferra a la propia textura del filme. Cabezas imprime ritmo, dota de potencia a las escenas de acción, pero todo es tan esquemático y vulgar que solo sus salidas de tono ultraviolentas despiertan y rompen el espejo de telefilme. De todo modos, ahí está Cage, omnipresente, sin medida, apostando por sí mismo y rompiendo cualquier ecuación sobre el género. Así las cosas, por un lado, el director español en su salto a Hollywood se empeña, a veces con acierto, en exprimir el thriller y en emerger con energía de manera esporádica con la intención de subrayar una vocación de estilo. En el otro extremo Cage libera toda la carga de sobreactuación y sobredosis gestual y uno no sabe si tomarse a risa o demasiado en serio este perfil de un criminal rehabilitado que se pregunta por las opciones que le depara la fatalidad. En ‘Tokarev’ Cabezas gana en demostración de medios, pero pierde aquel golpe cercano, certero, directo, como un tatuaje de cine que se masticaba y se apoderaba de su documento criminal español. El cineasta de ‘Aparecidos’ cae en la trampa de conceder algunos monólogos y diálogos de excesiva duración y que no aportan ninguna trascendencia al juego de matones y reformadores. El guión no permite sutilezas como las de ‘Una historia de violencia’, de David Cronenberg,  ni siquiera la solidez  argumental de ‘Venganza’. La apuesta reside en saber si el desmesurado protagonista, entre Woo y Tarantino, superará el listón de  sus profusas y recientes entregas  como ‘Bangkok dangerous’, o de ‘Furia ciega’. Con todo, más funcional que coqueto, el filme es una opereta entre el histrionismo y el pelo de Cage y la solemne escritura visual de un director que tendrá mucho que decir en la entrañas de la industria.

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De gárgolas y gárgaras
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Guillermo Balbona | 24-06-2014 | 17:40| 0

Yo, Frankenstein
EE.UU. 2014. 93 min. Fantástico. Director: Stuart Beattie. Intérpretes: Aaron Eckhart, Bill Nighy, Yvonne Strahovski, Jai Courtney, Miranda Otto, Kevin Grevioux, Steve Mouzakis, Aden Young, Deniz Akdeniz, Virgine Le Brun. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

 

Aquí no se libra nadie. La criatura por excelencia surgida de la noche del romanticismo, con Byron al fondo, ha sido zarandeada con mayor o menor acierto y convulsión. Pero la presunta originalidad del último acercamiento al mítico monstruo daña la línea de flotación de su esencia. Entre el cómic mal entendido, una trascendencia sin ironía ni sátira y una sensación de pastiche carente de espíritu el filme deambula herido de muerte por su propio delirio. El cineasta Stuart Beattie abre su fallida y, a veces, irrisoria función con un obligado recuerdo para Mary Shelley pero la grandilocuencia, la falta de carácter y de sutileza convierten al filme en un zombi de corta y pega que pulula con mucha ceremonia, apariencia y alma de puzle. Entre modernos prometeos, mitología de manual, guiños a los ‘inmortales’, reiteraciones y mezclas de géneros varios,  ‘Yo, Frankenstein’ se asemeja a un anuncio de combustión endemoniada con mucho Lucifer de discoteca sulfúrica y gárgaras de ácido entre gárgolas marchosas. Y entre tanta confusión apocalíptica e infernal un buen actor como Aaron Eckhart confunde contención y máscara. No hay latido sufriente ni elogio de la marginalidad. Este monstruo, más prefabricado con parches que nunca, se postula como un superhéroe de acción entre criaturas aladas de fuego y batalla celestial, todo ello con escasa solvencia. El director de ‘Mañana, cuando la guerra empiece’ opta más por los efectos especiales, la levitación y el desmadre a partes iguales. Y aunque todo procura ser aderezado con una pátina de severidad muy sentenciosa, con frases para hacer temblar al mundo, este ‘Underworld’ superficial oscila entre la manipulación genética y la violencia de cinta de artes marciales. Sectas y comunidades autónomas del mal se sitúan y postulan en este litigio territorial festivo y festivalero, de novela gráfica y viñeta sin depurar, pero sin el mínimo atractivo para hallar un matiz que justifique tanta rabieta de modernidad empastada e impostada. Guionista reputado Stuart Beattie precisamente se equivoca a la hora de dar cuerpo a una historia dispersa que busca contentar a todo tipo de públicos con un cajón de sastre que parece el propio cuerpo de la criatura. En este caso un modelo inmortal con mucha cicatriz y escasa psicología. No hay delicadeza en la oscuridad y la supuesta espectacularidad es completamente afectada, de burdo maquillaje. Vence no el mal, sino la tosquedad de una aventura hecha de apropiaciones inapropiadas.

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No somos ni Romeo ni Julieta
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Guillermo Balbona | 22-06-2014 | 20:39| 0

Amanece en Edimburgo
RU. 2013. 100 m. Comedia. Director: Dexter Fletcher. Intérpretes: George MacKay, Kevin Guthrie, Jane Horrocks. Salas: Cinesa

No se puede decir que, a excepción del género documental, las lógicas sorpresas y, por supuesto, el campo más híbrido de la animación, el género musical haya deparado últimamente grandes ficciones. Ahora, paradójicamente, casi en silencio, recala en esta cartelera asfixiada por el capricho de los distribuidores el miedo al mundial y el calor, la atractiva cinta británica ‘Amanece en Edimburgo’. Una curiosa mezcla de guerra, amistad, amor y familia, a modo de partitura dulzona. En este caso, además frente a otros musicales que depositan su inspiración en la banda sonora y su peculiar encaje, aquí son las interpretaciones las que garantizan ese añadido final de personalidad. En el interior de esta comedia musical late algo reconocible y familiar que permite una mayor y más facilona empatía del espectador.
El eje musical es una declaración de amor a la ciudad que preside la historia. Una pegadiza atmósfera es su valor máximo, lo que permite al filme evitar otros terrenos más rigurosos o puristas del género. El filme pierde algo de sintonía visual en su falta de esplendor, como si no acabara de creer en sí mismo. En realidad este ejército de sonidos vuelve a adoptar la fórmula tan recurrente del referente pop de moda para trasladarlo a la pantalla incluyendo a actores no habituados al género. Como ya ha sucedido con Queen o ABBA, o Mecano, ‘Amanece en Edimburgo’ aflora desde las entrañas de un musical de éxito en Gran Bretaña, con el dúo escocés The Proclaimers como fondo.
Tres parejas que representan campos minados generacionales y sentimentales constituyen el eje de esta serie de presencias y ausencias, encuentros y desencuentros entre pubs, escenas familiares, bailes y una vitalidad que rezuman muchas de las secuencias. El cineasta Dexter Fletcher dirige su particular orquesta con bastante equilibrio musical y sentimental en un álbum de tradiciones y nuevas direcciones modernas, de colisiones emocionales y explosiones de vida. No busca el glamour sino la coherencia. Y no deja que lo deslumbrante ataque a lo intimista.
El regreso a la realidad cotidiana de dos soldados, en este caso tras su paso por Afganistán, puede sonar a tópico, pero el filme elude, apoyado en el reparto, con Peter Mullan al frente, y aportando más carne argumental a los hechos, el peligro de lo excesivamente ligero. Una coreografía elegante viste este trayecto sobre la temperatura del amor con una singular estética documental.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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