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Marcaje al muerto
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Guillermo Balbona | 08-06-2015 | 18:29| 0

Insidious capítulo 3
EE UU. 2015. 97 m. (16). Terror. Director: Leigh Whannell. Intérpretes: Dermot Mulroney, Lin Shaye, Hayley Kiyoko

Aquí el más allá está tan habitado que deja de tener encanto. Y las incursiones en su territorio parecen la pizarra digital de uno de esos entrenadores modernos cuya sofisticación les hacer olvidar el vocabulario primario, primitivo y original. En esta secuela que es precuela, o sea un preludio más ruidoso que sinfónico, el efecto es tan básico y el argumento tan insípido y manido que ni contenta a los yonquis del género ni alienta a los curiosos que decidieron meter la patita en algún armario con algo más de ropa y en una habitación con cama supletoria al infierno. Combinado de casa encantada, posesión infernal exorcismo y tráfico de trascendentalidad, ‘Insidious’ alcanza su mayoría de edad, que no su madurez, con una tercera entrega, o capítulo, devoto del susto e inmerso en la vulgaridad. Con escaso entusiasmo y poca fe el director Leigh Whannell afronta el encargo de su amigo James Wan, alma del cotarro sobrenatural, que le deja los trastos parapsicológicos y se limita a la producción, como si este nuevo episodio fuese una cosa de trámite.

El marcaje al muerto es constante. A falta de una buena línea defensiva el duelo con el lado oscuro se antoja desigual. Con respecto al resto de la supuesta saga no hay fichajes, así que se las ve y se las desea para ahuyentar fantasmas. El juego sucio está garantizado. Frente al susto, algo así como el ‘jogo bonito’ del género, los muy vivos recurren a los empujones, a los estirones y a una banda sonora tan incómoda que debería ser razón suficiente para eludir la visita de espíritus. Hay poca sutileza, por no decir abiertamente que lo burdo es la norma, en este manual de supervivencia espiritista encabezado por una anciana (Lin Shaye es lo mejor del filme) a la que solo le confiaría las recetas de croquetas caseras. No se pregunten por las razones de los espectros y, aún peor, ni siquiera por las de los vivos, porque entonces les entrarían dudas sobre el metraje del partido paranormal. El ejercicio está garantizado. El trajín entre áreas de uno y otro lado de la realidad es incesante. Con más energía negativa que estrategia de género el astro rey es el susto de todos los colores. Habrá prórroga porque lo exige la ley de la oferta y la demanda pero la sesión espiritista, el salvoconducto para cruzar las líneas enemigas apenas requiere negociación. ‘Insidious’ no es ni viscosa ni traumática. Su colección de sustos a precio de saldo resulta triste, convencional y rutinaria.

El visitante remuerto no tiene personalidad y los vivos resultan cadáveres. Además es tan insistente en cómo se ceban todos en la joven protagonista que el perfil psicológico no invita a ser optimista con la condición humana. Uno desea ser espectador zombie y buscar otro capítulo antes de que lleguen los penaltis de la noche más oscura.

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Cosas que nos hacen diferentes
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Guillermo Balbona | 08-06-2015 | 11:03| 0

Requisitos para ser una persona normal
España, 2015. Comedia. Directora: Leticia Dolera. Guión: Leticia Dolera. Protagonistas: Leticia Dolera, Manuel Burque, David Verdaguer, Núria Gago, Carmen Machi, Alexandra Jiménez, Silvia Munt . Salas: Peñacastillo y Cinesa

Bajo la apariencia de dulce caramelo naif esta comedia resultona esconde algunas bombas de relojería. Uno se deshace del envoltorio y empieza encontrarse con capas y capas de ironía, algún desgarro y un detonador que aunque nunca llegue a la explosión siembra el camino de minas. Leticia Dolera se hace un selfie juguetón, lúdico y fresco al que solo le estorba el abuso protagonista musical y ciertos subrayados de estilo, por otra parte lógicos en una ópera prima.

‘Requisitos para ser una persona normal’ es un juguete con chica pizpireta y gordo pelirrojo dentro y decorados de Ikea al fondo, que nos restriega muchas verdades por la cara y huye con delicioso encanto de los estereotipos, lugares comunes y compartimentos estancos. Dolera se mira al espejo, y nosotros con ella, y apunta los mandamientos sociales y hace los deberes para desnudar con una sinceridad alada esas mentiras oficiales instaladas en lo cotidiano. Es una comedia antisistema emocional que busca apagar y encender la realidad para tomar perspectiva de uno mismo y de los demás. Y lo hace con uno de esos formatos sencillos, como unos apuntes de clase bien ordenados, como un diario necesitado de confesión, al que le faltasen las únicas hojas que hablan de uno. A Dolera, que ha escrito, dirigido y protagonizado el filme, se le notan las costuras de sus trabajos de cortometrajista y sus gustos personales con una ambientación que a veces se acerca al Rohmer de ‘El amigo de mi amiga’, esa especial querencia por la arquitectura urbana y por hacer dialogar a sus personajes con el entorno mediante un naturalismo nada afectado. Simplicidad pero también cierta vocación de innovación formal aunque con la etiqueta de indie demasiado colgada de los fotogramas.

Una cinta que recuerda en ocasiones al primer Hart Hatley, a Anderson, a ‘Amelie’, o a algunos modismos en el trato de los personajes de Isabel Coixet. En su caso Leticia Dolera persigue un poso generacional, el de los treintañeros perdidos entre las secciones para uniformarse de Ikea, en la necesidad de reírse de uno mismo, en el higiénico ejercicio del inconformismo. Pero donde reside la fuerza y el sello de esta insólita incursión neófita en un panorama cinematográfico demasiado estancado y uniforme, estriba en el elogio de la diferencia que define y reivindica ‘Requisitos…’.

Dolera mira de frente y a los lados y decide inventariar esas cosas que nos hacen diferentes. La cosmología pop, el colorido, el cuidado y a veces exceso de diseño de libro resulta en el fondo un acicate para ver/verse en esta comedia romántica, saltarina, religiosamente suya, de seria comicidad y simpático encantamiento. Un filme que muerde desde su extraña dulzura y que provoca cosquilleo en la mirada. Una obra que augura futuro a su actriz directora. Una historia para hacer pasar lista a nuestras formas de nombrar el mundo cotidiano. Como ese poema de Elena Medel: «He apagado las luces para no detenerme»

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De bellas postales vacías
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Guillermo Balbona | 08-06-2015 | 10:31| 0

El viaje más largo
EE UU. 2015. 139 m. (7). Romance. Director: George Tillman Jr. Intérpretes: Scott Eastwood, Britt Robertson, Alan Alda, Oona Chaplin, Lolita Davidovich. Salas: Cinesa y Peñacastillo

El romance parece cabalgar sobre una montura artificiosa, puramente comercial. El drama romántico se postula desde el equilibrio y los contrastes y pierde credibilidad cada vez que se ajusta el traje a medida. Vaquero él y estudiante ella, con aspiraciones a sumergirse en el arte, ofrecen un choque propicio de sensibilidades estereotipadas en busca de un chispazo de incendio y fibra óptica de enamoramiento que de tan usada funde sus fusibles sin apenas medir la corriente. La manipulación emocional, pese a la envoltura cuidada, es un órdago constante teniendo en cuenta que su metraje obliga a retorcer la curiosidad del más osado y curtido espectador.

Todo resulta artificial, forzado, preso de una operación amparada en esa fábrica de historias insípidas y, a su vez, eficazmente rotundas de Nicholas Sparks. Scott Eastwood, que solo comparte con su padre, el cineasta y actor, el apellido, es el rostro gancho de este juguete roto más empalagoso e interminable que honesto y humilde. El tono previsible solo se ve contrarrestado por la excelencia de la fotografía que, en lugar de ser convertida en material narrativo, pasa a ser un factor más de esa postal impostada y superficial de ‘El viaje más largo’. George Tillman Jr., cineasta de ‘Hombres de honor’ y ‘Notorious’, se acoge al envase melifluo de ‘historia de amor’ con calzador y aquí con espuela y rodeo, que transpira mentira y bobería a partes iguales. Carolina del Norte sirve de geografía idílica para un melodrama de interpretaciones desiguales que arrastra la etiqueta de ‘bonita’ y que va mendigando lágrimas para justificar su falta de pasión más que la pena que llevan consigo los protagonistas. Tras el estreno reciente de ‘Lo mejor de mí’ (otro Sparks) se ha asomado este nuevo roce de amores que se creen totales e imposibles y garantizan un duelo con el destino tan caprichoso como vulgar.

En el lado bueno de la balanza emocional el rescate del veterano Alan Alda permite ofrecer algunos pasajes al pasado, mucho más intensos que ese bucle sentimentaloide de la pareja protagonista. Una exploración sobre el amor verdadero que hubiese merecido hondura y ternura con lo que se cuenta, frente a tanto lugar común. La gravedad de escaparate, solo enunciada, epata cualquier atisbo de pasión.

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Una historia entre rejas
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Guillermo Balbona | 05-06-2015 | 08:04| 0

Son of a gun
Australia. 2014. 108 m. (18). ‘Thriller’. Director: Julius Avery. Intépretes: Ewan McGregor, Brenton Thwaites, Alicia Vikander, Matt Nable, Damon Herriman. Salas: Peñacastillo

Es tan correcta como previsible. Con vocación de anteponer la narración sólida al riesgo este thriller navega entre dos aguas y se mantiene a flote gracias a un excelente reparto. ‘Son of a gun’ arranca como un drama carcelario y se pasa después al lado oscuro de las vidas perdedoras, las traiciones y redenciones. El debutante Julius Avery, tras una carrera prometedora en el campo del cortometraje, trata a sus criaturas con mano artesana y realiza una filme sin fisuras pero mil veces visto, al que le falta ese gancho personal que unas veces llamamos impacto y otras conmoción. Cinta que huele a traslación de Hollywood a Australia la historia se mueve entre la intriga, el juego de atracos entre cacos listos y mafias tontas, o al revés, y una acelerada historia de amor con la que calzar al personaje que trata de saltarse los renglones del guión.

Ewan McGregor encabeza la nómina de intérpretes dispuestos a ceder protagonismo cuando la acción lo requiere. A Avery se le ve cómodo y seguro pero la historia no se mueve ni un ápice de las reglas no escritas del género y de esos argumentos manidos con la evasión como norma y también coartada.

El filme está habitado por los tics para lo bueno y para lo malo. Su corrección, su equipaje convencional no le deja respirar y ‘Son of a gun’ busca salidas en algún detalle encajado con pinzas. Esos relatos de amistad y traición, amor y desesperanza que han atado y entrelazado vínculos y despedidas, entre el fatalismo y la huida hacia adelante, son sombras pasajeras en el filme australiano, filmografía con producciones en alza como ‘The Babadook’ o el regreso de Miller con ‘Mad Max’. Tensa y prometedora en su tramo carcelario y más bien plana y rutinaria cuando el filme sale de las rejas y se asoma a las tramas cruzadas de los buscavidas, la ausencia de matices y de detalles suculentos marcan la posible personalidad más allá de la caligrafía con buena letra y de saberse el abecedario entero del género.

Brenton Thwaittes y Alicia Vikander torean con algo más que honestidad los arquetipos y estereotipos que rodean a sus respectivos personajes en su deseo de emprender nuevas vidas. El vínculo emocional y paternalista entre el atracador con leyenda y el joven inteligente que busca redimirse por el peor camino no funciona nunca y el filme se resiente. El Avery director salva de la quema al Avery guionista. Hay una mano profesional resabiada en el segundo y una eficaz mirada en el primero. Entre tanto giro, no menos previsible, se escurre la historia y solo la solvencia de McGregor impide el hundimiento. Que nadie crea que estamos ante una especie de ‘Un profeta’ porque las concesiones comerciales convierten el verismo de prisión y el supuesto drama social de fondo en carne de tópico.

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Sueños de parque temático
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Guillermo Balbona | 04-06-2015 | 18:07| 0

Tomorrowland: El mundo del mañana
EE UU. 2015. 130 m. (7). Ciencia-Ficción. Director: Brad Bird. Intépretes: Britt Robertson, George Clooney, Hugh Laurie, Raffey Cassidy, Judy Greer. Salas: Peñacastillo y Cinesa

Se apela al entretenimiento pero se cae en la confusión. Este juguete de ciencia ficción familiar es un canto Disney a la necesidad de soñar y a la construcción de utopías, pero hacerlo desde la falta de emoción viene a ser como abrir un regalo de envoltorio espectacular y no encontrarse nada. ‘Tomorrowland’ es un azucarillo de puertas en el tiempo, viajes sobredimensionados y estética de parque temático. Un tobogán sin vértigo, con arquitectura de Calatrava al fondo, en el que se desciende a la velocidad del optimismo y se frena deslumbrados por la pereza y una atmósfera plana, en la que es imposible encontrar una sombra de pasión.

El viaje en el tiempo y el espacio posee esplendor visual y su motor es una intriga que pese a su interés inicial acaba por ser abducida por un agujero negro: el de la reiteración, cierta narrativa rutinaria y cansina y un enredo confuso que acumula ideas y deseos (todos buenos) mediatizados por una carga filosófica que huye del pesimismo. A Brad Bird le sobra talento y eficacia para deslumbrar con el juego visual pero las concesiones al formato disney, una mezcla entre la atracción de parque temático y el letrero luminoso constante que dice «el maravilloso mundo de…», acaba por momificar el imaginario personal del cineasta de esa obra maestra que es ‘Ratatouille’. El mensaje aquí está demasiado subrayado y se roza el moralismo y el buenismo de secta. La planificación, las buenas intenciones, la puesta en escena no están sujetas a los lugares comunes de las franquicias pero la película acaba amarrada por su escasa pasión. No hay coherencia sino demostración de poderío visual, de tal modo que este mundo del mañana se enreda en un laberinto de puertas, trayectos atrás y adelante y futurismos de excursión familiar que dinamitan la fantasía.

La colisión entre la imaginación y el tono, entre la inteligencia de la apuesta y la insustancial y monótona narración privan al espectáculo de alzarse a esos parámetros soñadores a los que apela y reivindica. Esta especie de ‘Minority report’ de pasaje luminoso y familiar, antidistopías, se ve también mediatizado por el exceso de ñoñerías sentenciosas que convierten la aventura y el desafío creativo, valiente y elocuente, en letra pequeña de un manual de instrucciones para la ilusión pueril.

El director de ‘Misión imposible: Protocolo Fantasma’ se recrea en el sentido de la maravilla, aporta la experiencia de sus incursiones en la animación y se ampara en Bradbury y Orwell y hasta logra la genialidad con algún hallazgo de ingeniosa perfección, caso del episodio que transcurre en la torre Eiffel. A lo ‘Chitty Chitty Bang Bang’ pero sin coche uno avanza por el camino de los sueños atrapados en un torbellino interminable. La construcción naif fundamentada en el sueño utópico urbanístico de Walt Disney se parece a un recinto ferial cuyo humanismo se diluye en su confusa pátina de spot de tesis.

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Gallo y chillido
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Guillermo Balbona | 04-06-2015 | 07:27| 0

Dando la nota aún más alto
EE UU. 2015. 115 m. (7). Comedia. Directora: Elizabeth Banks. Intérpretes: Anna Kendrick, Brittany Snow, Hailee Steinfeld, Rebel Wilson, Anna Camp, Skylar Astin, Ben Platt, Elizabeth Banks. Salas: Peñacastillo y Cinesa

El juego coral es tan lúdico como superficial. La primera entrega mantuvo el ritmo suficiente para implicar a un público poco exigente que se enganchó a la fórmula competición, música, complicidad y hermandad. Ahora llega la segunda entrega, secuela previsible, revestida de enredo en busca musicalidad propia. En realidad la acumulación de subtramas, solapadas y reiterativas constituyen su trampa. ‘Dando la nota’ desaprovecha personajes, solapa situaciones y todo pasa a ser un gallo o un chillido cinematográfico.

Las Barden Bellas tiene pocas partituras para convertirse en una comunidad de referencia. A excepción de Anna Kendrick, actriz en ascenso que debería escoger mejor sus papeles, y la comicidad innata de Rebel Wilson, los excesos son constantes y la historieta de este coro a capella se postula como un insípido y reiterativo divertimento coral. Escasamente imaginativo a la hora de combinar los números musicales, el humor sarcástico se diluye entre tópicos universitarios.

Elizabeth Banks, una actriz limitada, que aquí se queda con el papel de locutora, se pasa a la dirección tras una serie de breves incursiones, y firma una historia con pulso débil, sustentada en las actuaciones corales, irregulares interpretaciones y sin lograr exprimir la comedia. Su logro reside en esas breves y fugaces muestras efectistas pero eficaces en su comicidad. Su etiqueta de película de chicas como si se tratase de un documental destinado a entretener a un internado femenino, es su propia trampa. Al filme le falta soltarse la melena y respirar algo de mala baba entre tanto lugar común.

El cine fórmula que lleva dentro no lo deja respirar, más bien cantar, sin la coreografía suficiente. Hay más descaro que irreverencia y ello le resta fuerza y credibilidad. Si hubiese sido el episodio piloto de una serie no presentaría dudas. Un argumento manido que solo encuentra melodía cuando precisamente se aparta de lo orquestal. ‘Dando la nota’ explota ese ritmo rotundo entre personajes para perseguir una polifonía que nunca es posible. El humor se fundamenta en la sucesión de chistes escatológicos y pueriles, mientras que el choque argumental competitivo entre lo americano y lo europeo y el toque feminista superficial y básico no ayudan a alzar la voz. Pese a algún esporádico acierto tonal y algún estribillo propicio a la carcajada la consistencia de ‘Dando la nota’ es tan endeble como uno de esos video clips repasados en una lista de éxitos. No hay riesgo y por ello la sintonía se antoja vulgar y reiterativa. Nos sabemos la letra y habrá quien se entregue a corear el competitivo canto. Pero la historia discurre reposada sobre el colchón de la comodidad argumental que le proporciona su precedente y anclada en esa simpatía de rebelión en las aulas y travesura de novatos. Casi todas dan el cante pero muy pocas elevan la voz para dotar de musicalidad a esta ópera pop en femenino plural desafinado.

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Mondar la paz
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Guillermo Balbona | 28-05-2015 | 08:36| 0

Mandarinas
2013 83 min.Estonia Director: Zaza Urushadze Reparto: Lembit Ulfsak, Giorgi Nakashidze, Misha Meskhi, Elmo Nüganen, Raivo Trass. Drama bélico. Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo.

Conciliación, pacifismo y convivencia se aúnan en un filme de mensaje pero nada panfletario ni complaciente. Con inteligente planificación, modestia y lucidez ‘Mandarinas’ elude la declaración de principios, el tono y el ejercicio de manifiesto. Conmoción y luminosidad humanista bastan para dotar al filme de verdad y alumbrar una zona cero de tregua y esperanza. Lo de menos es que se ambienta en el conflicto georgiano y el clima de guerra civil dentro de los países de la ex Unión Soviética, pues lo realmente trascendental es la atmósfera que persigue la universalidad a través de una sana labor de conmoción.

‘Mandarinas’, con una apuesta clara y segura, siendo consciente de sus limitaciones y dimensiones, avanza en clave humana y lo hace con prudencia, sin grandilocuencia gratuita ni ornamentos superfluos, con potencia comunicativa y una concisión valiosa, ya casi ajena a gran parte del cine del presente. Pero es gracias a los actores,  con Lembit Ulfsak a la cabeza, por lo que el filme de Zaza Urushadze adquiere una textura especial, entre la cercanía y el tempo necesario para ahuyentar los fantasmas de la simplicidad y la ingenuidad. Su grandeza pequeña o su leve pero necesario destello reside en el ajuste que transmite entre sus medios y talento y su contenido moral y objetivos. Que su denuncia y reclamo estén fundamentados en la cordura, la sensatez y la calma revela que este es un relato hecho desde la austeridad y la conciencia de sencillez. ‘Mandarinas’ se decanta por ese territorio que es zona de nadie y de todos, esa trinchera humana que elude el conflicto desde la tregua de lo cotidiano, desde el ritmo de esas pequeñas cosas que unen casi sin querer. No hay bandos o si se presienten asoman en un segundo plano.

Al cineasta le interesa desvelar lo humano como se toca la piel del fruto, para abrirlo y extraer el jugo. Genera y propone una zona de nadie que no supone neutralidad inane ni pacifismo de salón, sino un espacio singular en el que confrontar razones y sensaciones, ritmos y voces, miedos y querencias. El hogar no ya como refugio, sino como esa hoguera universal ante la que contar relatos a salvo de verdades absolutas, banderas, reivindicaciones territoriales y estrategias. Un lugar en el mundo cuya medida tiene como parámetro el tiempo que transcurre en mondar una mandarina mientras se escucha al otro.

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El perfume de la aventura
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Guillermo Balbona | 27-05-2015 | 16:28| 0

El jardín del diablo
1954 96 min. Estados Unidos Director: Henry Hathaway. Reparto: Gary Cooper, Susan Hayward, Richard Widmark, Hugh Marlowe, Cameron Mitchell, Rita Moreno.
Western. Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Desde hoy.

Asoma el mar. Como en la nada desdeñable ‘El rostro impenetrable’ de Brando. Y eso en un western son palabras mayores. Decir aventura es sinónimo de Hathaway, y viceversa. Simplicidad y sencillez, que es no contrario ni incompatible con lo complejo, envuelven una trama singular de una mujer entre hombres, un portentoso dominio del paisaje y una banda sonora de  Bernard Herrmann que corta el hipo. Con estos materiales creativos ‘El jardín del diablo’, elogio del cinemascope fundacional, contrapone acción y aventura en una intensa historia protagonizada por Gary Cooper, Susan Hayward y Richard Widmark, que el pasado año cumplió su sesenta aniversario.

Henry Hathaway firma una geografía épica, de sueño dorados al fondo, mundos indómitos y cierta decadencia. De mitologías como la que contiene este western emocional se han servido muchos cineastas. La reciente resurrección de ‘Mad Max’ es buena prueba de ello. La amistad, la coherencia, la fidelidad a una idea, la perspectiva del héroe anónimo son los tatuajes de este cuento donde cada criatura busca su tesoro particular y esconde otro. El calificativo de artesanal suena pequeño cuando la mirada se agiganta ante un filme de tono y factura enormes que posee todo el vigor y el pulso de los grandes relatos. Desde lo iniciático a lo insólito, pasando por los tópicos que arropan el diálogo entre el azar, el destino y la voluntad confluyen en ‘El jardín del diablo’, un fresco sobre los rigores y riesgos del trayecto y las incógnitas de un tránsito a lo desconocido. Hay viaje y avatar, abismo y fragilidad. Una historia de sacrificio y dignidad, ambición y renuncia. El amor contenido y el desbordado, el drama de los aventureros a los que va llegando la muerte inexorable.

Un filme hermoso, desconcertante a veces, con algunas imágenes imborrables e icónicas por el desfiladero y el salto del caballo, o la persecución final. «Si el mundo estuviera hecho de oro, los hombres se dejarían matar por un puñado de tierra». La sentencia pone voz a la desgarradura interior de una obra iluminada por la capacidad del cineasta de ‘Valor de ley’ para alumbrar una atmósfera primitiva y salvaje. Quemados por el ocaso los personajes, y nosotros con ellos, quedan a la intemperie, huérfanos de aventura. Como en buena parte de su filmografía aflora esa extrañeza, ese lirismo que impregna como un perfume atávico las conductas y los hechos. Por eso mismo buena parte de las aventuras del cine de hoy nos parecen afectadas, artificiales y desfallecidas.

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Ecosistema y magisterio
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Guillermo Balbona | 26-05-2015 | 14:40| 0

National gallery
2014 180 min. Estados Unidos Director: Frederick Wiseman. Fotografía: John Davey Documental Coproducción USA-Francia-GB Pintura.Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Esta semana.

Una mirada que pide serenidad en tiempos de celeridad. Una contemplación reflexiva en un presente donde prima la inmediatez. Frederick Wiseman propone una cámara tranquila, exenta de urgencias, que invita a descubrirnos como espectadores, pero no como meros juguetes pasivos sino como activos espejos de nuestra propia condición. ‘National Gallery’ es fruto de la madurez de un cineasta que desde los años sesenta ha frecuentado  series, incursiones televisivas y sobre todo una trayectoria documental intensa, magistral en muchos casos. La última de las aportaciones del veterano director es un paseo reposado pero no menos hondo por las salas  de la National Gallery de Londres. Una vivencia, a modo de itinerario vital, que disecciona y desnuda la forma de enfrentarse a una obra de arte y el reflejo en la pintura de nuestras experiencias. Una pinacoteca con más de 2.400 obras que supone una enciclopedia, un álbum humano que comprende casi siete siglos de esa ingente galería de pasiones, historias y  mundos.

Lo que se ve y lo que subyace traspasa la cámara de Wiseman en esta disección que viaja del detalle a lo general con extraña y contagiosa facilidad. Lo fundamental es que la curiosidad sincera y sin artificios se adentra en el corazón de esta galería global, una wikiconografía humana sin eludir los entresijos del funcionamiento de este espacio museístico entre el rigor y el bisturí incisivo. Al cineasta de ‘Crazy Horse’ y ‘La última carta’ le interesa tanto el modo en el que el visitante se enfrenta a las dimensiones simbólicas de un museo colosal como el funcionamiento de un organismo vivo, sus pulsiones y latidos.

A Wiseman le da igual el escenario como ha demostrado en sus últimas elecciones selectivas. Su cámara, su ojo público revela y desvela por igual los entresijos de una sala de espectáculos, una universidad o un museo, como en este caso. Una indagación e inmersión que es plácida en apariencia, nunca inocente, y que aborda todas las secciones, aristas, espacios y ecosistemas posibles de un órgano palpitante que puede ser visto y analizado a través de muchos puntos de vista. De la restauración a la exhibición, del escaparate a la intimidad de un territorio oculto que funciona como resorte estético. Wiseman, tras cerca de medio centenar de documentales, persigue un retrato colectivo y personal, privado y público. El cineasta de ‘Belfast, Maine’  extiende su análisis durante tres horas de mirada compartida, reflexión y acción visual que plantea la colisión entre lo grave, ceremonioso y monumental y el descubrimiento libre del visitante.

‘National Gallery’ es montaje y encuadre, luz desde el pasado y potencial presente. La propia historia de la institución y la identidad del museo como criatura de futuro atraviesan las luces y sombras de un documento con clase y magisterio.

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Ya están aquíííí…aunque nunca se fueron
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Guillermo Balbona | 25-05-2015 | 17:33| 0

Poltergeist
EE UU. 2015. 91 m. (12). Terror. Director: Gil Kenan. Intérpretes: Kennedi Clements, Sam Rockwell, Rosemarie DeWitt, Kyle Catlett, Jared Harris. Cinesa y Peñacastillo

Ya están aquíííí. Aunque en realidad nunca se fueron. De lo superfluo, y la mayor parte de las veces absurdo, que supone afrontar un remake, está el cine lleno de explícitos e insoportables ejercicios de ego, cuando no de oportunistas operaciones crematísticas para reavivar a la industria. En este caso la idea deslumbrante de Spielberg que inauguró su carrera paralela, no menos exitosa y en ocasiones genial, de productor, es retomada con alegría, frivolidad, ligereza y cierta despreocupación. Muchas veces el filme se limita a seguir paso a paso la historia y las soluciones visuales del referente madre de Tobe Hooper. Y cuando trata de despegarse de él apenas revela algún signo  que permita removernos en la butaca.

Gil Kenan apuesta por el fenómeno global y estruja las sutilezas más delicadas del filme al que trata, supongo, de homenajear, para transformarlas en grandilocuencias de casa encantada, en cita supraparanormal. El fondo de armario de la niña está más habitado aquí que el camarote de los hermanos Marx y ya se sabe que con los angelitos negros no se juega. No faltan payasos inquietantes con sus risas de líderes políticos cuando les han pillado en medio de una jugarreta a escondidas; pelotitas capaces de hacer un túnel a Messi y una colección de sustos para llevarse a casa en el estuche de los spoilers. Con semejante bagaje al remake se le escapa la única idea que apunta y no se atreve del todo con ella: la sustitución de la televisión como caja tonta, metáfora visual y amenaza por los nuevos artefactos y dispositivos electrónicos bajo la fotografía de Aguirresarobe.

Nuestros nuevos fantasmas regresan como incómodos inquilinos y se dan un festín de electricidad sobrenatural y virtual a través de móviles, tablets y pantallas, incluso no podía falta el señor dron de cacería, GPS y espiritistas 2.0. Aunque es posible  que este domingo Iker Jiménez esté invitado a analizar los fenómenos paranormales de las urnas, su presencia en esta vuelta de tuerca aportaría más credibilidad que algunas estúpidas situaciones que envuelven al icono de las manos sobre la pantalla y al armario empotrado en el más allá. La parte inteligente de la cosa reside en el acierto del reparto, con Sam Rockwell a la cabeza, al que su personaje de parado y padre de familia, marcado por la incomprensión, la fatalidad y la impotencia le convierten en el verdadero exponente de poltergeist masculino de nuestros días.

Lo demás es un continuo toma y daca de telequinesis, tópicos y latigazos inquietantes entre un niño listo, una niña con más poderes que Obama y una adolescente ante la que todo espectador acaba deseando que se la lleven los espíritus. Como paréntesis juguetón esta revisitación insustancial del cineasta de ‘Monster House’ puede pasar el corte pero apenas hay dos o tres ‘apariciones’ de talento y sorpresa. Sin riesgo, Kenan cubre el expediente X de su voluntariosa incursión de médium pero se olvida de esa energía amarga que convierte a lo desconocido en una dulce pesadilla. Hay chispazo en su fotocopia pero no da calambre.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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