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Algo más que golpes bajos
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Guillermo Balbona | 22-04-2015 | 23:13| 0

Una noche para sobrevivir
EE UU. 2015. 114 m. (18). ‘Thriller’. Director: Jaume Collet-Serra. Intérpretes:Liam Neeson, Joel Kinnaman, Ed Harris, Vincent D’Onofrio. Cinesa y Peñacastillo

Clint Eastwood hubiese exprimido las esencias de redención con las que Jaume Collet-Serra perfuma esta nueva colaboración con Liam Neeson. Quizás Sam Mendes habría teatralizado la contundencia implacable de unos personajes enérgicos. Por su parte, el director español afincado en Hollywood desde hace más de dos décadas no se distrae. Lo suyo es un constante, eficaz y duro ejercicio en el que bajo sucesivos golpes imprime un cuidado trazo de personajes, una seca contundencia emocional y un ritmo frenético. Quizás no hay sorpresas pero el tándem Neeson/Collet Serra es como una apisonadora urbana que aplica solidez narrativa e interpretativa para allanar el camino de un thriller rotundo. El cineasta de ‘Sin identidad’, en su sexta película, tercera de ellas con Neeson como actor fetiche, no deja resquicios ni fisuras.

Sabe que el espectador más adicto al género es exigente y no perdona la transgresión banal y gratuita. Collet-Serra se dedica a contar lo que tiene entre manos y lo hace bien. Mueve con destreza una viscosa trama de mafias, temores, venganzas, puntos de fuga y cuentas pendientes y antes de ser devorado por el tópico, o derrotado por la acumulación, se juega el talento con un arranque que ya no deja que el espectadosr se relaje. Hay vigor en la dirección y la baza interpretativa la agarra por las extremidades y ya no la suelta. Los encuentros entre Neeson y Ed Harris echan chispas. Es cierto que el filme no se aparta de ‘Non Stop (Sin escalas)’ pero tampoco pretende experimentos extraños.

El veterano intérprete decidió hace ya casi una década convertirse en una especie de renovado Charles Bronson interpretando historias de expiación, de perdedores y pesadillas. El guión es  tenso, la textura noir está bien ajustada y el ritmo de la acción nunca decae. Entre la sobriedad y el relato sólido, en ‘Una noche para sobrevivir’ asoman las sombras de tragedia y drama, los temblores de la redención, siempre entre retazos de Sidney Lumet y mucho cine de los setenta en la retina. El relato trepidante está a veces cortado por cierto manierismo de estilo en el que el cineasta se regodea en su suerte. Pero vence el pulso y el sucesivo acercamiento de voces del pasado, el poder de la sangre, la sagrada familia, la lealtad y la traición. El particular viaje al fin de la noche está fundamentado en la claridad de los hechos y en su mezcla equilibrada de sangre, muerte y venganza. La efectividad en la fatalidad casan en este thriller que nunca se abandona ni se va por carreteras secundarias. Entre persecuciones y asesinatos, fluye el celuloide sin pérdidas narrativas irreparables. Es una película solo ajada por alguna precipitación que pese a consumirse como un bebedizo reconocible, uno se empapa con facilidad de su violencia y precisión.Un western urbano que se mueve en la noche como pez en el agua.

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Homo homini lupus
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Guillermo Balbona | 21-04-2015 | 08:01| 0

El último lobo
China. 2015. 121 m. (7). Aventuras. Director: Jean-Jacques Annaud. Intérpretes: Feng Shaofeng, Shawn Dou, Ankhnyam Ragchaa, Yin Zhushengn. Cinesa y Peñacastillo

Entre el naturalismo, la mirada documental y la reivindicación ecologista Jean Jacques Annaud regresa con otra entrega sobre el diálogo hombre naturaleza. En  ‘El último lobo’ los animales actúan mejor que las criaturas humanas. Son las estrellas de un filme al que, en ocasiones, solo bastaría escuchar de fondo la voz de Félix Rodríguez de la Fuente para que nos parezca muy familiar, y en otras se revela una clara indefinición. Como en ‘El oso’ y ‘En busca del fuego’ el cineasta se mueve difuso entre la recreación documental, el canto a lo telúrico y primario y el retrato riguroso, todo ello fruto de uno de esos proyectos ambiciosos y desmesurados rodado en tres dimensiones. El paisaje, el de las estepas de Mongolia, en los años convulsos de la Revolución Cultural china, según una novela de Jiang Rong, es el gran protagonista de este filme hermoso, irregular, quizas endeble y descuidado a la hora de transmitir emoción.

El cineasta de ‘El nombre de la rosa’ invita al espectador a imbuirse de un territorio ilimitado y hostil, y pretende abarcar demasiadas historias que confluyen en la figura omnipresente del lobo: la relación atávica y simbólica entre animales y pastores, las colisiones de civilización entre la vida tradicional y las novedades, o la convivencia entre quienes aprenden de la naturaleza o crecen en los libros.

El director de ‘El amante’ rueda de manera contemplativa y hermosa la inmensidad del paisaje pero el esteticismo carece de intensidad. Hay belleza en muchas ocasiones, a modo de postal, aunque la mirada no logra traspasar la mera fábula ecologista o el perfil de un modo de vida. Muy pocas veces Annaud logra aunar la conjunción y la armonía entre animales y humanos, entre la acción y la contemplación. Las escenas desgarradas que protagonizan los animales constituyen el verdadero latido de este relato, mientras el drama humano de la aparición de la muerte, la mística, las creencias, una forzada historia de amor y los conflictos cotidianos– se diluyen como anécdotas adheridas al catálogo documental que las acoge. El cineasta de ‘Enemigo a las puertas’ logra secuencias impresionantes como la estampida nocturna de caballos acosados por lobos, las bellas escenas en el lago o los retratos cercanos, muy fisicos, con las manadas.

El filme evita caer en el mero exotismo y mantiene un pulso con los espacios abiertos y con la diversidad de lo natural. El pulso entre el animal y el hombre, lo puro y lo contaminado, la observación y la educación tratan de imponerse como materia prima primordial de ‘El último lobo’. Pero de nuevo aflora la ambigüedad, el trayecto insinuado y nunca recorrido del todo. Hay épica pero no desgarradura. Cabe el instinto de un cineasta puro y, sin embargo, asoma lo naif en demasiadas ocasiones. Se echa de menos más intensidad dramática a la hora de abordar el pulso entre lo salvaje y lo racional. Y uno persigue frustrado el equilibrio entre la ficción y el documento. El cine solo aúlla con el lobo.

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Elogio de lo inquietante
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Guillermo Balbona | 20-04-2015 | 07:54| 0

La invasión de los ladrones de cuerpos

1956. 80 min.Estados Unidos Director: Don Siegel. Reparto: Kevin McCarthy, Dana Wynter, Larry Gates, Carolyn Jones, King Donovan, Virginia Christine. Género Ciencia ficción. Ateneo. Lunes 20 de abri a las 19.30.

Subyace en su sencillez y estilizada depuración formal, una atmósfera que subyuga. Título mítico, clásico de la ciencia ficción y algo más, ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’ permite acceder a uno de esos privilegiados territorios creativos dotados por la genialidad. Con simplicidad, inteligencia y contundencia, el filme supera las etiquetas, los límites de los géneros y deja que el espectador viaje por lo extraordinario en apenas ochenta minutos rotundos. Hay mucha más espectacularidad humana en este elogio de lo inquietante, en la extrañeza, en el terror implícito de estas criaturas atrapadas en su ignorante condición, que en la mayor parte de artefactos efectistas y ruidos del mainstream actual. Don Siegel combina, agita y remueve los géneros, del fantástico a la ciencia ficción, del thriller negro al terror, y crea una textura única, sin resquicios ni fisuras, una parábola cargada de símbolos y metáforas que propicia temblores primarios y atávicos temores.

El filme relata un cuento inquietante pero es también una denuncia política, un bucle enredado y enredador de la paranoia anticomunista de los cincuenta. Mucho antes de que Don Siegel dirigiera, por ejemplo, a Elvis Presley, firmara obras magistrales como ‘Código del hampa’ y, por supuesto iniciara ese tándem contundente con Clint Eastwood (Harry el sucio o Dos mulas y una mujer), puso su talento para dirigir casi en el mismo año de producción, 1956, ‘Crimen en las calles’ y esta inquietante obras maestra que evoca hoy el ciclo del Ateneo santanderino. Con sobriedad y una facilidad para provocar ese asombro emocionante, subliminal, de las cosas inexplicables, ‘La invasión…’ es cine en carne viva. A través de flash backs el relato desvela una clonación, un magma de horror e ignorancia, de vértigo ante lo desconocido que empapa y contrasta con ese árido dramatismo que recorre la historia. Décadas después Kauffman realizó con corrección y honestidad un remake quizás superfluo pero nunca desdeñable.

En este siglo XXI no menos paranoico e inquietante, la vulnerabilidad ante un estado vigilante, las amenazas permanentes, el control de la mente inoculado por una fuerza invisible siguen siendo constantes vitales que este clásico transmite con eficacia y emoción, exento de fuegos artificiales. Sombras sobrenaturales para adentrarse en una historia sobre el otro, lo otro como una cotidiana pesadilla. Un filme enérgico, vibrante, directo, donde su director exprime lo esencial y nunca deja que la mirada se relaje. Alegoría o fantasía simbólica, lo cierto es que el filme es un tratado insuperable del desasosiego. Y, por ello, forma parte de todo catálogo que documente nuestros miedos y los de los demás.

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Gran hermano, gran prima
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Guillermo Balbona | 18-04-2015 | 07:31| 0

La serie Divergente: Insurgente
EE UU. 2015. 119 m. (12). Ciencia-Ficción. Director: Robert Schwentke. Intérpretes: Shailene Woodley, Theo James, Kate Winslet, Naomi Watts. Salas: Cinesa y Peñacastillo

De tanto ponernos distópicos, entre el rubor y el sarampión, con más miedo al futuro que otra cosa, estamos olvidando el sabor de la utopía.  Ahora entre sagas y franquicias replicantes asistimos a un salpicón de melifluas rebeliones juveniles con abrumadoras cargas virtuales. El cineasta de ‘Plan de vuelo’ y ‘Red’ opta, y es de agradecer, por un subrayado más oscuro en su entrega de la serie divergente, ‘Insurgente’, parábola endeble pero eficaz para espectadores y, antes lectores, menos exigentes.

El juego de tonos, pues la metáfora se mueve más en lo lúdico que en lo trascendente, presenta el enfrentamiento o la alianza entre castas, siempre con el punto de mira forzado y cierto complejo de secuela. De ahí que cuando se promete catarsis se queda en mero temblor, y cuando pide a gritos resolución se prolonga o se regodea en el artificio. Pese a que algunos de los principales personajes viven entre pasiones cegadoras, obsesiones de poder y vibraciones atormentadas, no hay ni sombra de Shakespeare en esta carrera de pruebas envuelta en sentencias que simulan gravedad. Frente a otras franquicias se revela un mayor cuidado estético y, especialmente, una solidez interpretativa. Por contra, esta nueva entrega peca de uniformidad, se obsesiona con el ritmo y provoca cierto hastío. Sin llegar a deslumbrar juega con energía con sus efectos especiales que ilustran su visión futurista, aunque el drama se muestra bastante inconsistente.

Shailene Woodley aporta una vitalidad natural  y con su presencia el filme gana en atracción, pero no lo suficiente como para hacer elevar la anécdota visual. La situación dramática puramente humana cojea y se debilita por momentos, de modo que ‘Insurgente’ solo adquiere textura cuanto más realmente virtual se postula. Quizás su principal hándicap radica en su solemnidad, en su exceso de seriedad que en casi ningún  momento se corresponde con los materiales humanos y filosóficos que destila. En algunos casos parece inevitable jugar también a las comparaciones odiosas con ‘Los juegos del hambre’. En realidad sale bien parada porque también aquélla se ha diluido y desmayado en sus respectivas y pretenciosas entregas. El juvenil entusiasmo interpretativo, equilibrado en las apariciones físicas un tanto juguetonas de las estrellas Kate Winslet y Naomi Watts, compensa el déficit de intensidades.

El director Robert Schwentke lanza al aire demasiadas bolas, solapa trucos y acelera tiempos y situaciones. Cuando ‘Insurgente’ se centra en su heroína propiamente dicha, que diría Valle Inclán, todo se enciende de manera natural. El resto es una apelación más a la aventura pero con tanta ligereza como cualquier videojuego. Gran Hermano o Gran Prima la saga se vigila a sí misma pensando más en una próxima entrega que en otorgar licencia narrativa y artística a su actual comparecencia.

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Inmaculada restitución
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Guillermo Balbona | 17-04-2015 | 08:40| 0

La dama de oro
Reino Unido. 2015. 107 m. (7). Drama. Director: Simon Curtis. Intérpretes: Helen Mirren, Ryan Reynolds, Katie Holmes, Daniel Brühl, Tatiana Maslany. Salas: Cinesa y Peñacastillo

La pintura, el cuadro, es la excusa, casi el macguffin. Detrás del lienzo y el icono se halla el peso del pasado y la levedad de la memoria. Demasiado equipaje para una valija tan endeble. La obra es todo menos profunda, una condición que demandaba un sensible viaje a la restitución.  Sin embargo, apenas roza la gravedad, pasa por encima del conflicto verdadero y no deja ver las costuras de la memoria. Es más un telefilme amable y convencional, débil y blando, que un documento dramático con la intensidad que pedía la mirada a un tiempo de humillación, pesadilla y horror.

‘La dama de oro’ desaprovecha los múltiples territorios que pisa, se abona a lo más fácil, rueda con rutina y una candidez contemplativa alarmantes y pasa de puntillas por casi todos los espacios humanos sembrados de alambradas. Si se salva del olvido casi inmediato es gracias a Helen Mirren, una de esas actrices totales que se expone, impone y matiza, que registra y abre o llena escenas en función de las necesidades. En realidad, ella asume los riesgos y cubre las carencias de la dirección de Simon Curtis. El cineasta de ‘Mi semana con Marilyn’,que ha desarrollado prácticamente toda su carrera en el medio televisivo, traza un retrato vulgar de una mujer con carácter, Maria Altmann, una judía que durante la segunda guerra mundial huyó de Viena a EEUU y que regresa sesenta años después para reclamar las propiedades que los nazis confiscaron a su familia, entre las que se encuentra el célebre ‘Retrato de Adele Bloch-Bauer I’, de Gustav Klimt.

La única dama del filme, sin embargo, es la actriz y solo los dorados del famoso cuadro reflejan destellos en esta historia muy atractiva pero anclada en la prosa. A estas alturas tratar el Holocausto con cierta ligereza edulcorada y sentimentalismo superficial no es de recibo. La restitución aquí es inmaculada, una redención de quita y pon los cuadros, sin carga de profundidad ni inteligencia para cuajar tanta masa dispersa. Ni el conflicto humano, ni la peripecia judicial, muy mal narrada, ni los viajes al pasado alcanzan o muestran alguna señal que permita elevar estética o dramáticamente la historia. Curtis se ampara y se refugia en lo conmovedor, apela a los cambios emocionales de los personajes en función de sus viajes al pasado y al presente, pero la historia se le diluye y apenas intuimos el complejo cruce de miedos, culpas, recuerdos y deseos. Entonces Helen Mirren acude al rescate. El trayecto narrativo, impulsado por uno de esos personajes comodín sin matices ni explicación plausible, discurre plana y se fuga casi sin querer. Nos queda apenas la silueta, la mirada y la iconografía plástica de una de las grandes obras maestras del arte.

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Los colores del dinero
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Guillermo Balbona | 16-04-2015 | 07:50| 0

Felices 140
España. 2015. 98 m. (12). Drama. Directora: Gracia Querejeta. Intérpretes: Maribel Verdú, Antonio De La Torre, Eduard Fernández, Nora Navas. Salas: Cinesa

La forma es coral pero el espíritu de su epicentro es la declaración de un síntoma y una sensación social. Combina reflexión, mixtura de géneros y una radiografía atinada y lúcida que a veces cae en la hipérbole y otras en el hallazgo azaroso, aunque siempre con una capacidad intensa para desvelar y alumbrar el presente.  Pese a su arranque dubitativo ‘Felices 140’ posee todos los rasgos de una personalidad muy definida en el estilo de su directora, Gracia Querejeta, y su sólida narración. Hay trampas, claro, y algunas piedras en el camino, aunque la historia anda casi sola y a ciegas iluminada por la turbación y la incertidumbre, revelando esa identidad de lo que somos y no creemos ser, y viceversa.

Al inicio parece un cortometraje de excelente idea que busca prolongarse entre el artificio y el manejo sutil de los tiempos, caso de los resortes entre perfiles y personajes y la demora del doble factor sorpresa que desencadena la catarsis. Del mismo modo, el filme arrastra una sombra, tampoco incómoda, la de que esta historia podría haber sido una excelente obra de teatro. Pieza de cámara, en cualquier caso, la historia de estas criaturas fundidas entre la amistad y los lazos familiares, cuyos nexos se agrietan con un escenario inesperado, gana en verdad y en calidad de retrato social en una última media hora enérgica, más convincente, que sortea con inteligencia los excesos y desnuda a cada personaje.

En apariencia no se aparta del esquema habitual de la cineasta, coherente y bastante rígida en sus planteamientos, pero en este caso diluye sus opciones entre lo dramático, la comedia negra y la tragedia. Sin descuidos graves, como un latido constante en su cada vez más visible mecanismo de relojería, ‘Felices 140’ logra desde una idea certera, nada forzosa, retratar los rostros menos evidentes de la crisis, sus conductos y caudales para adentrarse en las entrañas de la sociedad y sus herramientas de defensa. Aunque desigual en tono y logros, la obra de Querejeta recurre de nuevo a colisiones generacionales, caso de su anterior ‘15 años y un día’, y en la superficie traza un filme cómplice del ya casi clásico ‘Reencuentro’ de Kasdan.

Otro acierto, claro pilar de sus efectividad, reside en la elección de actores y actrices, y la magnífica dirección de los intérpretes, casi todos modulados en ritmo y presencia, en protagonismo y en trascendencia. Maribel Verdú y Eduard Fernández, especialmente, pero también Antonio de la Torre y una inmensa Marián Álvarez contribuyen a afilar el bisturí de una película que singulariza la pluralidad y ofrece un retrato despiadado de esa condición, también humana, muy humana, entre la codicia y la cobardía. No dejará con la boca abierta pero dará que hablar.
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Cruce de cables
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Guillermo Balbona | 05-04-2015 | 14:19| 0

Fast & Furious 7 (A todo gas 7)
2015 137 min.Estados Unidos Director: James Wan. Reparto: Vin Diesel, Paul Walker, Dwayne «The Rock» Johnson, Jason Statham, Michelle Rodriguez, Tyrese Gibson, Elsa Pataky. Acción. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Hay más cruces de cables que de carreteras. Uno se sienta en la butaca como podría alojarse en el tambor de la lavadora a esperar el centrifugado. Toretto y los suyos son como una familia de trapecistas que desafían la ley de la gravedad, cada vez están más cerca del cartoon y no tienen tiempo de lamerse las heridas. ‘Fast and furious’ recurre casi más al cielo a que al asfalto porque la tierra se le ha quedado pequeña a este artefacto-franquicia apabullante, ruidoso, arrollador, imparable y desbordante. Hay cuerpos que parecen carrocerías y carrocerías más inteligentes que sus pilotos.

Los diálogos, es un decir, se enuncian como sentencias pretenciosas dispuestas a cambiar el mundo cada vez que se toman decisiones. Con tal equipaje a uno solo le queda pensar que se encuentra ante una comedia sin recambios y con marcha atrás. Viajera y errante el cambio de escenarios y el más difícil todavía sostienen el armazón entre colisiones mentales. Hay un afán de coches de choque y carrera de autos locos hacia ninguna parte donde triunfa la chapa y pintura.

El largo pero virtuoso pasaje por las montañas del Cáucaso haría las delicias de todos los talleres del mundo. Todo es ampuloso y mayúsculo, grandilocuente y ruidoso. No hay interés en detenerse a pensar. La hipérbole es tunear la realidad, la memoria y la muerte, echarle velocidad a la vida y rubricar una versión de esteroides, anabolizantes, violencia y acción. Un Bond y Misión imposible juntos en su versión/visión poligonera. El espectáculo escapista no está sujeto a radares.

El juguete macarra, rodado con un sofisticado cuidado técnico, incorpora a Jason Statham como hacedor de todos los enemigos y muertes posibles, y sitúa al frente al cineasta de ‘Saw’ y ‘Expediente Warren’ que se encarga de llamar a la grúa de la excentricidad para volar aún más alto. Camino de la despedida de Paul Walker, fallecido durante el rodaje, aquí todo se acelera entre sudor, grasa y subidones de adrenalina. Vehículos como armas de destrucción masiva, saltos y asaltos a rascacielos, precipicios que nunca tienen fin. Vin Diesel reparte estopa y habla como si golpeara a Shakespeare. No hay engaño. Se cruzan las líneas siempre por arriba como si esta saga de acción fuera a levitar al meter esta séptima marcha a través de una sucesión de disparatadas escenas de acción que se solapan y abofetean al personal que termina cansino de un culebrón bélico informático entre cuerpos de gimnasio.

Los protagonistas eligen escenario como un videojuego, de Abu Dabi a Los Ángeles, y se marcan una tras otra ‘set piece’ de acción, en un trayecto agotador envuelto en ritmos latinos, pop y hip-hop. Con las ideas claras y mientras quede gasolina la franquicia se da un homenaje, empatiza consigo misma y se mira el ombligo, perdón el motor, como si no hubiese meta alguna.
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Y entonces… el tiempo
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Guillermo Balbona | 04-04-2015 | 15:16| 0

Quédate conmigo
2012 102 min. Canadá  Director: Michael McGowan Reparto: James Cromwell, Geneviève Bujold, Campbell Scott, Julie Stewart, Rick Roberts, George R. Robertson, Barbara Gordon, Jonathan Potts. Drama. Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo.

Es una película de actores. Y además de intérpretes que dejan ese poso adherido que va más allá de la huella humana de sus personajes. Con ello, pese a la demora de su proyección (han discurrido más de dos años desde su realización y los distribuidores la rescatan ahora) ‘Quédate conmigo’ es uno de esos filmes documento/testimonio que perfilan un estado existencial de la sociedad del presente.

Los mayores, el paso del tiempo, la reflexión sobre la vejez, la enfermedad degenerativa y la memoria tienen cabida en ‘Still mine’. Es también un retrato interesante del ciudadano frente al sistema reflejado en esa pareja de ancianos que se enfrenta a las autoridades para que les permitan construir la casa en la que pasarán sus últimos días. En época de desahucios, abusos y desprecios a la esencia de los fundamentos  sociales y a la dignidad esta historia transmite una indudable empatía.

El canadiense Michael McGowan otorga luz a la madurez y a la vejez y lo hace sin sentimentalismo a través de un cuento, nada amable, que respira y deja entrever las heridas, los sueños rotos y reclama un espacio digno. El cineasta de ‘One Week’ y ‘Saint Ralph’ crea un drama sólido que, a diferencia de otros retratos recientes, huye del telefilme y se apoya en una excelente banda sonora y en el trabajo de James Cromwell y Geneviève Bujold. La grandeza, incluso cierta compasión, que pueden desprender las criaturas necesitadas, despierta sensación de afecto tras los reflejos de ejemplaridad.

‘Quédate conmigo’, en cualquier caso, no es un hecho aislado en el cine actual. Junto a las relaciones paternofiliales, el segundo gran territorio visualizado por cierto cine de autor se detiene en la tercera edad, la sombra de la muerte, siempre tema tabú, y la decadencia física o la pérdida de la memoria. Lo de ‘basado en hechos reales’, como este caso, se queda en la anécdota. La piel dura de esta historia discurre por debajo de unos personajes que ven oponer al alzheimer y su deseo de construcción de un lugar en el mundo, antes de la despedida, los obstáculos y barreras materiales de una sociedad «moderna» que se desentiende y margina. Actores desmayados en su inmensidad elevan los detalles y aportan matices donde no llega la dirección. Un ejercicio de supervivencia y ternura, que quizás sea lo mismo, ilustrado por un filme pequeño pero que exuda respeto. Etica y serenidad, dos factores humanos casi en extinción, recorren el tono y la  entraña de esta obra de héroes pequeños, cotidianos y por eso más necesarios. Un susurro y una pausa para aprender de la vida a través de una película sin pretenciosas excusas ni envolturas. Como escuchar a dos personas que ya saben que la vida pasa, sigue pasando.

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Épica, química y lírica
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Guillermo Balbona | 31-03-2015 | 12:22| 0

Duelo en la alta sierra
1962 94 min. Estados Unidos Director: Sam Peckinpah Reparto: Randolph Scott, Joel McCrea, Mariette Hartley, Ron Starr, Edgar Buchanan, R.G. Armstrong Warren Oates.
Western. Salas: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Desde el miércoles día 1
Hay westerns mestizos, crepusculares, incluso reinventados hasta no reconocerse como tal. Este, ‘Duelo en Alta Sierra’, posee toda las señas de identidad de un monumento del género. Su rotundidad, exenta además de esa visceralidad y arrebato del Pekinpah de ‘Grupo salvaje’ acerca el filme a un clásico moderno antes de que el western empezara a agonizar. En realidad el filme tiene mucho de autohomenaje, de mirada hacia dentro de la esencia de una película del Oeste con toda su carga fundacional y sus viajes interiores y exteriores. Es una obra de cicatrices en el paisaje físico, geográfico y humano.

Dos actores y otros tantos estereotipos, una pareja de viejos lobos de aventura y cine, un cargamento de oro y toda la fotografía y el imaginario que se le presupone a la épica: Joel McCrea y Randolph Scott hacen de médium de una liturgia que convoca a los espíritus de una interpretación del género, la cual inaugura su camino hacia la caligrafía del ocaso. De otro modo el propio Pekinpah lo remató con esa inolvidable ‘balada de Cable Hogue’.

Entre la nostalgia fordiana, la mirada histórica y el retrato de admiración y melancolía sobre un tiempo mítico, este ‘Duelo’ rebosa carácter y lucidez, y es un innato catálogo de prueba de vida, de supervivencia y de estilo.

El filme rezuma esa piel cinematográfica inconfundible que retrata la amistad, las pasiones, la mirada sobre una forma de estar en el mundo. Vidas crepusculares y actores secundarios de lujo en la serieB se funden en el álbum del cineasta de ‘Quiero la cabeza de Alfredo García’ que tras sus incursiones en series televisivas, siempre a la sombra del western, empezaba una carrera que le llevaría a la cumbre por su estilo apasionado y contundente. Epica y paisaje se convierten en factores humanos de un argumento que vibra en un filme que el propio Peckinpah consideró como su obra más acabada. Esa atmósfera de decadencia y la nostalgia de otros tiempos conviven y contribuyen a dotar a la obra de un magnetismo especial. ‘Duelo en la Alta Sierra’ es  el relato de una odisea, como todo buen western, una tragedia de pistoleros que vuelven sobre sí mismos antes de una despedida definitiva, el simple adiós con la muerte al fondo.

Frente al idealismo de los personajes pioneros se revela una violencia y una falta de definición de una sociedad joven pero confusa. De la inmensidad a la claustrofobia, del trayecto sin meta a la intimidad del final inevitable. Destino y respeto. La mirada del héroe revela y rubrica la redención tras la pérdida. Al fondo, el paisaje, la vida.
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Estafa como puedas
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Guillermo Balbona | 31-03-2015 | 07:50| 0

Focus
EE UU. 2015. 104 m. (16). Comedia. Directores: Glenn Ficarra y John Requa. Intérpretes: Will Smith, Margot Robbie, Rodrigo Santoro, Stephanie Honore. Salas: Peñacastillo y Cinesa.

Todo desprende un aire entre afectado y sofisticado. Se impone un lenguaje de anglicismos posmodernos y la transparencia de las imágenes revela las costuras de un guión de gente que pasaba por allí. ‘Focus’ es puro look, pero no mirada sino apariencia, engaño, superficialidad, catálogo soft, batallita cool de gente guapa enredada en dinero. Si fuese metáfora el conflicto de chico/chica entre engaños y mentiras daría para un culebrón moderno de estafadores y timadores en busca de un último recurso ingenioso. Pero el filme con sobredosis de pareja protagonista no funciona ni como comedia y romance prolongado en el tiempo –en el que el amor parece otra mercancía más, codiciada por carteristas de lujo– ni como juguete a lo ‘Oceans’ o casino urbano sometido a un constante juego sobre lo falso y lo verdadero.

Precisamente la verosimilitud es lo más débil de ‘Focus’ que, además, fractura el argumento en dos claras partes, tan diferenciadas y poco justificadas (del supuesto aprendizaje al reencuentro maestro) que parecen dos películas distintas. Will Smith y Margot Robbie juegan a una especie de Sinatra y Ava Gardner y la cosa se deshace por mucho que los subrayados musicales de night club y paradise artificial y el contraste entre ciudades, Nueva Orleans, primero, y Buenos Aires, después, aporten un cierto microclima de cine con personalidad visual. Pero Glenn Ficarra y John Requa, responsables de la interesante ‘Crazy, Stupid, Love’ y antes de Phillip Morris ¡Te quiero!’, firman un globo hinchado que pierde aire a medida que busca altura. La elegancia, que la hay, se acaba confundiendo con la ligereza. Todo es alado y el endeble perfil de personajes y situaciones se muestra contrario al supuesto encanto de las criaturas que pululan por un terreno resbalizado, y en cada tramo, más publicitario.

Se busca la vuelta de tuerca, el truco invisible, el as en la manga. Pero uno vuelve del juego de mesa cansado de tanto mostrar y no ver nada. Todo es efervescente pero hay más agua con gas que hechizo mágico. Smith gira y gira. La actriz australiana, que siempre gana la partida, se empeña sin embargo en subrayar su belleza, aunque no lo necesite. Y los duelos estafadores huelen a trampa. El guante blanco está en la dirección. Nos engaña pero no duele. ‘Focus’ estira su idea traviesa, entre el atraco imperfecto y el romance aplazado, entre el simulacro y la mentira. El entretenimiento, no obstante, entra y sale de escena como un invitado inesperado o  equivocado de fiesta. Personas y escenarios son carne de diseño. Solo es piel, superficie, toque, lucimiento. Debajo nada parece de verdad. Si uno no araña la pantalla hasta puede que  caiga en la trampa.
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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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