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Celebración del deseo
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Guillermo Balbona | 30-01-2018 | 08:52| 0
Call me by your name 
2017 130 min. Italia. Dirección: Luca Guadagnino.
Guion: James Ivory, Guadagnino. Música: Sufjan Stevens.
Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom
Reparto: Timothée Chalamet,  Armie Hammer,  Michael Stuhlbarg,  Amira Casar,  Esther Garrel, Victoire Du Bois.
Género: Romance. Salas: Peñacastillo

Cuando muestra el combate cuerpo a cuerpo en la lucha entre los prejuicios y el deseo el filme de Luca Guadagnino alcanza sus momentos más intensos y personales. Cuando transcurre por las apariencias, la postal, lo social, le vence de algún modo cierta afectación y pedantería, que no pretenciosidad. Pero ‘Call me by your name’ es, no obstante, una atractiva visualización de la celebración del amor y del deseo, más allá de las citas y más acá de algunas poses éticas discursivas. La iniciación, la escuela del deseo, el aprendizaje, la experiencia, la sensualidad, el misterio, incluso, de lo desconocido tienen cabida en un filme que recorre trayectos de Bach a Praxíteles, de Heráclito a Franco Battiato, pero que bajo la pátina de coartada intelectual e isla sensorial de verano, asoma un viaje sutil sobre el placer y el descubrimiento del otro. El cineasta de ‘Melissa P’ de la mano de James Yvory firma su particular (des) habitación con vistas, su ‘Retorno a Brideshead’, su ‘Maurice’, a través de la relación entre un maduro joven adolescente y un seductor americano en uno de esos encuentros azarosos pero destinados a perdurar en el tiempo. El filme encadena detalles, fugaces elipsis y guiños subliminales para transparentar ese preludio de deseo y sexo, todo rezumado por un sentido del humor que empapa el rubor, los temores, la educación sentimental, la moral oficial y el juego de apariencias y estancias. En el vínculo formal de libertad, en la creación de una atmósfera es donde mejor se desenvuelve la identidad de la película: los bañadores colgados tras una erección; las camas desordenadas; los cigarrillos compartidos; los libros, siempre abiertos de forma cálida sobre las hamacas; el melocotón y el cuerpo retorcido buscando su identidad; el piano, la radio o los sonidos de la campanas y ese relato culturalista, de la arqueología al vitalismo de una frase o de una partitura. Una obra, muchas veces contemplativa, exenta de esas urgencias que han convertido muchos géneros en estropajos de usar y tirar y material de reciclaje. Un canto a la vida en cuya aparente sencillez reside y se revela toda su complejidad. Lo importante es mostrar la belleza y su caducidad inevitable, los golpes de vida y su fugacidad. El secreto, la privacidad, los perjuicios e hipocresías ante la homosexualidad subyacen pero no son relevantes. Donde la película hace hincapié y triunfa es en esa reivindicación con levedad, que no superficialidad, sutileza y sensibilidad de un espacio de libertad. El cineasta de ‘Cegados por el sol’ elude el esteticismo facilón y el revestimiento ornamental y se decanta por una honda paciencia visual. Una excelente manera de pronunciar una máxima que debería estar siempre presente «No sentir nada por miedo a sentir algo es un desperdicio». (Una vez más la dictadura del doblaje roba y adultera la visión de un filme. El absurdo y el disparate en este caso alcanzan proporciones surreales. Cuando los personajes hablan en francés e italiano la peícula recurre a los subtítulos; cuando lo hacen en inglés, se dobla).
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Sin freno de mano
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Guillermo Balbona | 29-01-2018 | 08:39| 0
El pasajero (The Commuter)
2018 105 min.EE UU. Dirección: Jaume Collet-Serra.
Guión: Byron Willinger, Philip de Blasi. Música: Roque Baños.
Fotografía: Paul Cameron. Reparto: Liam Neeson,  Patrick Wilson,  Vera Farmiga,  Sam Neill,  Jonathan Banks, Clara Lago. 
Género: Thriller Salas: Cinesa y Peñacastillo

No es sólo un AVE de vía estrecha y sin freno de mano, este tren cinematográfico tiene un jefe de estación con las ideas muy claras, gran parte del trayecto recorrido de antemano y varios supervisores de confianza. No importa si usted ya conoce el billete y el destino. Lo mejor que puede hacer es elegir asiento, esperar el zarandeo, la agitación o el golpe de efecto. Los tiquismiquis y quejicas mejor se abstengan. ‘El pasajero’ no busca la excelencia, sino la precisión. No se detiene en las ideas y los detalles, que los hay, sino en trazar un permanente juego donde el cambio de vía, la parada o el paisaje pueden provocar adicción o mareos. Jaume Collet Serra y Liam Neeson, ya pareja de hecho, regresan por cuarta vez con ese tándem, cineasta/actor, que ha encontrado un filón en un cine fórmula que no sólo no ha pinchado, sino que ha mantenido las espadas en alto. Desde su aparición emergente con ‘La casa de cera’, el español instalado en Hollywood ha alternado las series televisivas con reapariciones muy taquilleras, caso de la inteligente ‘Infierno azul’, un gore húmedo revestido de serie B. Desde ‘Sin identidad’, que abrió en 2011 su particular apuesta por Neeson como aparente ciudadano dispuesto a emprender una nueva vida y al que siempre se le tuercen los planes, el cineasta ha ido salpicando la década con estos thrillers personales, muy planificados, de acción contundente y sembrados por connotaciones sociales y políticas nada amables. En ‘El pasajero’ las alusiones, el legado y los rescoldos de la crisis vertebran la trama aparente: ese recorrido ferroviario, de rutina y pasaje anodino, convertido en un castillo de trampas, apariencias, vueltas de tuerca y solapadas decisiones en un viaje a ninguna parte. Quien busque las cartas marcadas, que las encontrará, debería quedarse en el andén. Este es un Hitchcock de suspense domesticado en un estudio, que alterna el ingenio con la velocidad, narrado siempre con solidez y apenas descuidos. La historieta de este representante de la clase media, que se mueve entre aseguradoras y cuenta con un pasado oscuro, no pide poso ni pose. Mezcla de complot, opresión, claustrofobia, policíaco con prisas, el filme y la propia trama ganan en las distancias cortas, en la celeridad controlada por una puesta en escena muy potente en un espacio cerrado, y pierden eficacia cuando la espectacularidad se convierte en una pequeña dictadora que obliga al déjà vu. Collet abraza su ya subgénero construido junto al actor con la tradición de los trenes, uno de los iconos de la historia del cine. Al montar en este Orient Exprés de cercanías, con guiños a lo ‘Diez negritos’ y un agitado y convulso intercambio de papeles entre el suspense, la sospecha constante y la acción, el entretenimiento está asegurado. A este ‘con el tren en los talones’ se le puede achacar algunas cosas, como reiteraciones y trucos, pero la solvencia, la sorpresa (esos planos en continuidad del arranque), su irónica manera de provocar lo inesperado en la rutina son suficientes razones para no mirar el reloj. Además está Vera Farmina. El destino puede esperar.
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Pandemia de franquicias
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Guillermo Balbona | 29-01-2018 | 08:37| 0
El corredor del laberinto: la cura mortal
 2018 142 min.EEUU. Dirección: Wes Ball.
Guión: T.S. Nowlin Música: John Paesano.
Fotografía: Gyula Pados.Reparto: Dylan O’Brien, Kaya Scodelario, Katherine McNamara, Thomas Brodie-Sangster, Nathalie Emmanuel,  Barry Pepper.
Género: Ciencia ficción. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Arranca imitando los asaltos al tren de muchos de los western que forjaron el género. Acaba en un asalto a los cielos que plagia la retórica dramática del ‘Titanic’ de Cameron. Es lo que tienen las franquicias, la gran pandemia del cine de nuestros días, que empiezan imitándose a sí misma y acaba replicando lo que encuentran. La enésima entrega del corredor y el laberinto –hace mucho un mero bucle melancólico que ha dejado sin fuerza el discurso distópico y se ha enredado en la acción pura y dura– ni siquiera se molesta en recordar los antecedentes, o en mostrar flash backs arriesgados para trazar vínculos. Esta ‘cura mortal’, a vueltas con el virus universal y el hallazgo del suero salvador, es plana, carente de intensidad, retórica y muy pasada de minutos. Su vacua pretenciosidad, tanto de mensaje como visual, es tontorrona y resulta hierática en el perfil de los personajes monolíticos y en las situaciones límite que reinventa para que siga el argumento, siempre pendiente de un estúpido mcguffin. Se dice que la humanidad está en peligro como si voceara que los pajaritos cantan. A nadie en la ficción le importa y por lo visto a los fabricantes de la franquicia, basada en las novelas de James Dashner,  tampoco. Lo que verdaderamente interesa, de este y de ese lado, es un resorte de agitación para seguir estirando la presencia de una serie de personajes que corren de una lado a otro entre el peligro, la violencia y el combate físico. Las dudas morales, la textura de la gravedad, la conmoción existencial no existen. Ahora todo es una mayúscula travesía de la supervivencia entre refugios hipster, laboratorios de multinacional y una ciudad vertical donde sus ciudadanos visten mascarillas de diseño. Sin el conocimiento de las anteriores es casi imposible atar cabos, relacionar el vaivén de los personajes y justiciar determinados actos. Apenas importa. Wes Bell es el artífice de toda la saga, una supuesta trilogía que, desafiando la matemática, dudamos se quede en las tres que marca la ley. Esta especie de ‘señor de las moscas’ (cojoneras) con jovencitos reptando hacia las cumbres del poder, ha dejado enterrado en su tercera entrega cualquier atisbo de lucidez y las esencias de la supuesta parábola política, la epopeya sobre lo iniciático, la necesidad de la rebelión, la utopía eterna de la sociedad perfecta…, que asomaban en el fundamento de la saga y que se plantearon cuando existían los muros del laberinto, son ahora meros paisajes de postal mental para seguir metiendo monedas en la maquinita y que las criaturas correteen sin cesar hasta noquear al espectador. Sin originalidad, uno busca el antídoto en la sencillez clásica de aquellos aventureros, personajes y creadores, que anteponían la autenticidad de sus inquietudes y temores a la duración de sus hazañas.
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La piel dura
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Guillermo Balbona | 22-01-2018 | 08:25| 0

120 pulsaciones  por minuto

120 battements par minute 2017. 143 min. Francia.
Dirección: Robin Campillo
Guion: Campillo y Philippe Mangeot.
Fotografía: Jeanne Lapoirie. Reparto:
Nahuel Pérez Biscayart,  Adèle Haenel,  Yves Heck,  Arnaud Valois, Emmanuel Ménard,  Antoine Reinartz,  François Rabette.
Género: Drama. Salas: Groucho. 

Hay dos pulsaciones en los más de 140 minutos de este filme excitado, nervioso, enervante, a veces documental, otras militante, casi siempre poseído por unas ganas enormes de postularse como un retrato de solidaridad y denuncia. Por un lado se escucha la piel, la mancha social, el desgarro de un colectivo y, por otro, se visualiza el latido del dolor, el miedo, la pérdida, la crueldad de la enfermedad. Y si quizás hay exceso verbal en la tensión de esa demostración y expresión exterior y pública, su incursión intimista, en media hora final magistral, roza la perfección y una sinceridad insólita en pantalla. Robin Campillo, cineasta de ‘Chicos del Este’ pero sobre todo conocido como guionista (La clase) hurga en el movimiento activista que en los noventa buscó generar conciencia sobre el sida. El ‘oficio de ser seropositivo’, como confiesa uno de los protagonistas, la condición de la enfermedad, su asunción y rechazo, se verbalizan y visualizan en cada fotograma de una obra realista, didáctica, activista pero también emocional y vibrante. Conversaciones, debates, dudas, debilidades, colisiones, mensajes, voces abrazadas y confrontadas se suceden en un filme que muestra el combate sin manipulación ni falsas posturas. Hay una visión más superficial que es pensar que estamos solo ante un manifiesto (los entresijos de una asociación, Act Up, dedicada a organizar actividades que concienciaran a los ciudadanos sobre los peligros de la pandemia) en torno a la enfermedad letal en un tiempo histórico que pedía la implicación social y la conciencia científica. Pero no, ‘120 pulsaciones por minuto’ es sobre todo arrebato, visceralidad vital y alegato contra la muerte inevitable. Retrato colectivo de dignidad e inmersión intimista en el dolor, el filme posee una contagiosa fuerza surgida de su intensidad, empatía y fuerza. Pasa del susurro y la confesión a la arenga, al debate, y viceversa, con facilidad y extraña naturalidad. Cólera, resignación y fatalismo discurren en un flujo que se comparte de manera constante entre lo público y lo privado. Hay crónica, mirada política y perfil social en su indagación del París de los noventa. Pero, sobre todo contiene inteligencia y conmoción en esa mirada que pasa de las calles a la habitación del dolor, de la acción militante al cuerpo tembloroso. El filme sitúa en la cama de un hospital una de las secuencias de amor más conmovedoras del último cine. La ansiedad y la urgencia, normalmente malas compañeras, resultan aquí poderosas aliadas de una mirada agitadora, vital y radical. Un canto de supervivencia, también de amor, frente al virus de la ignorancia y la indiferencia.
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Tinta de libertad
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Guillermo Balbona | 22-01-2018 | 08:23| 0
Los archivos del pentágono 
The Post 2017 116 min.EE UU. Dirección: Steven Spielberg. Guion: Liz Hannah
Música; John Williams. Fotografía: Janusz Kaminski.
Reparto: Tom Hanks,  Meryl Streep,  Sarah Paulson, Jesse Plemons,  Bob Odenkirk, Matthew Rhys,  Michael Stuhlbarg.
Género: Crónica. Salas: Cinesa y Peñacastillo. 

Enérgica, abanderada, vibrante. La sangre sabia de su director se derrama por los fotogramas de esta película que ennoblece la esencia del periodismo y ensalza la capacidad inherente al cine de ser nuestro espejo contemporáneo. Y funde ambos en la necesidad de contar una historia y contarla bien. ‘Los archivos del Pentágono’ es ante todo una crónica con alas que sobrevuela el cielo quebradizo de la verdad, se asoma a los infiernos del poder y agita los cimientos donde se edifican las historias. Se ha hablado de encargo, celeridad y milagro. Lo cierto es que mientras maneja en perspectiva hasta cuatro filmes –estrena en verano ‘Ready player one’ y esperan otros tres, entre ellos el regreso de Indiana Jones– Steven Spielberg ha sumado este contundente retrato que a veces como un western de palabras y, en otras ocasiones, como un thriller político sin pausa, supone una lección de potencia narrativa, de eficacia visual y una declaración nada panfletaria, sino pasional, de la libertad de expresión en tiempos de amenazas, vendas, mordazas e interrogantes en torno a la propia identidad de la comunicación. El cineasta, muy cerca de la nada desdeñable ‘El puente de los espías’ y tras el bache de ‘mi amigo el gigante’, se acerca a las orillas del Watergate, convierte el conflicto de Vietnam y sus consecuencias en un vehemente y furibundo documento y muta el pulso de una editora y su director (Washington Post) con los poderes fácticos en una ventana de aire fresco antiTrump. A modo de tríptico no explícito, el filme se estructura en un preludio bélico breve pero necesario; una fase de desvelos y secretos, donde se convierte en una pista en sí misma, entre el suspense y la inquietud (los homenajes aquí a ‘Todos los hombres del presidente’, de Pakula, son obvios); y una tercera y vital entrega en la que la película se eleva entusiasta y potente (con Meryl Streep de hada madrina) y se entrega hasta el botón que pone en marcha la rotativa que muestra que la vida es un titular. Spielberg, inteligente y sin dejar nada al azar, visualiza el campo minado de reportajes, documentales y necesariamente manido, y lo devuelve carne de metamorfosis de su propio cine. Así cuando se detiene en la imagen de un fichero de documentos secretos estamos viendo la boca de su ‘Tiburón’; cuando ilumina una fotocopiadora es el mismo alumbramiento de ‘Encuentros en la tercera fase’; cuando el personaje de Tom Hanks abraza la exclusiva vemos en realidad a Indiana Jones sumergirse en la aventura; y, en fin, cuando recorre las entrañas de la redacción del Post, regresa el cineasta fundacional de ‘El diablo sobre ruedas’. Sin atropellos ni ansiedad, sin filigranas ni sorpresas, pero sí fogoso y expeditivo, el cineasta lanza sus golpes bajos con caligrafía de drama clásico, emocionante también, entre ritos y rizos narrativos. El director de ‘La lista de Schindler’ se recrea en la nostalgia y en lo heroico y en su fe en los valores de la democracia. Pero más que pomposo el filme se postula necesario, entre el canto y la reivindicación. En tiempos de noticas falsas, fakes y posverdades, bienvenida sea esta dinámica y emotiva celebración del periodismo. Una ‘Primera plana’, iluminada por la ‘Luna nueva’ del oficio de contar.
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Rumiar el pasado
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Guillermo Balbona | 18-01-2018 | 08:30| 0
El extranjero
The Foreigner. 2017 114 min. Reino Unido. Dirección: Martin Campbell. Guion
David Marconi. Música: Cliff Martinez. Fotografía: David Tattersall. Reparto:
Jackie Chan,  Pierce Brosnan,  Charlie Murphy,  Katie Leung,  Rory Fleck Byrne, Dermot Crowley.
Género: Thriller. Salas: Cinesa y Peñacastillo

El cine tiene estas cosas. Una, la de admitir en un mismo largometraje dos películas diferentes: el thriller casi político pretendidamente serio sobre el terrorismo, sus lacras, el pasado y la memoria; y la bufonada de acción y violencia, entre la venganza y la rabia. Ambas confluyen en fronteras tan graves y trascendentes como jocosas. La otra singularidad radica en cómo asumir un disparate: un sesentón solitario pone en jaque a toda una organización terrorista y a los servicios policiales y de espionaje de un país. Lo cierto es que Martin Campbell echa mano de oficio y vocación de autoría Bond (Goldeneye y Casino Royale) y encarna físicamente esta epatante ecuación argumental con la presencia de Pierce Brosnan y Jackie Chan en un aparente duelo. A la sombra del IRA, en una curiosa regresión, jugando con facciones y amenazas, ‘El extranjero’ se marca un tour de force que parece actualizar  Acorralado’ y, a su vez, instalarse en los márgenes de ‘Venganza’. Lo de tomarse la justicia por su mano ha dado numerosas filigranas y vueltas de tuerca, creíbles unas, sofisticadas otras, o simplemente entretenidas. Lo bueno de este regreso del cineasta de las entregas del zorro con Antonio Banderas, es que no se muestra pretencioso, pasa por la superficie de las cosas sin molestar y no engaña a nadie salvo a sí mismo. Porque, en realidad, Campbell no sabe qué hacer con su película. Si abordar con seriedad y gravedad las huellas de un legado terrorista como el acontecido en Irlanda o salir por la tangente con esta ‘Jackichanada’ entre tortas, golpes, estrategias militares, artes marciales, claro, y unas notas sentimentales para no perder la perspectiva. Ni que decir tiene que el equilibrio es imposible y que el filme se inclina por esta vía en una segunda parte tan predecible y plana que dan ganas de desertar o apuntarse a algún comando anti tomaduras de pelo. Brosnan, que hace de sí mismo, busca poner ese latiguillo de entereza británica, sutileza e ironía, pero resulta inútil tratar de superar el zarandeo emocional, entre golpes y aparatosas apariciones terminales. Lo del guerrero jubilado chanante triunfa con las escenas de acción que domina el director de ‘Linterna verde’ y se pierde en el suspense político terrorista, mediatizado por intrigas, traiciones y hasta atentados de cama. Además de incluir sorprendentes encuentros que no tendrían cabida ni en el manual de ficción-política más desconcertante. Como pompa de jabón, escurridiza y disparatada, la cinta admite una visión cómplice juguetona, de artefacto frívolo. Como reflexión sobre las fugas terroristas y sus ramificaciones todo resulta gaseoso y fugaz.
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Postales desde el filo
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Guillermo Balbona | 17-01-2018 | 08:07| 0

Thi Mai, rumbo a Vietnam 

2018 90 min. España. Dirección: Patricia Ferreira. Guion: Marta Sánchez.
Fotografía: Sergi Gallardo. Reparto: Carmen Machi,  Adriana Ozores,  Aitana Sánchez-Gijón,  Dani Rovira, Luis Bermejo.
Género: Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Lo cierto es que Hanoi podía esperar. Esta endeble, a veces disparatada ocurrencia argumental, con la adopción de fondo, discurre entre el déjà vu y el sonrojo. Lo malo no es la vulgaridad anecdótica que sostiene, es un decir, el periplo de unos personajes tan pretendidamente simpáticos como vacíos, sino que se haya desaprovechado el talento de unas grandes actrices en semejante cuento artificial. Chantajista en lo emocional, ramplona cuando algunos momentos pedían aliento dramático y absolutamente superficial en su propuesta de viaje con equipajes cargados de razones, ‘Thi Mai, rumbo a Vietnam’ es una historieta de guiños televisivos, sin atisbo de hondura y que sólo busca enganchar desde lo facilón y lo previsible. La restitución emocional, la manipulación sentimental, el toque racista y el exotismo de los contrastes y colisiones culturales para buscar la gracieta, además de ya vistos y exprimidos, resultan muy torpes, en algunos casos molestos. Patricia Ferreira, que nunca ha abandonado una veta de compromiso desde que debutara con la excelente ‘Sé quien eres’, sin renunciar al documental como en ‘Señora de’, y con incursiones comerciales interesantes como ‘El alquimista impaciente’, parece buscar aquí con todas las concesiones posibles, una clara apuesta taquillera que, además de fallida, nunca encuentra ni el tono ni la empatía mínima. De Pamplona a Hanoi como un sanfermín de tres mujeres y un guía accidental, en busca de una niña vietnamita en adopción, la cosa  se mueve entre estereotipos, tira de manual y ritmo funcional y se apoya en unos intérpretes que siempre están en su sitio pese a que el guion no  les permite torcer renglones ni acudir a los márgenes. La paradoja es que la supuesta comedia, siempre en la superficie, vulgar y tontorrona (episodios como el de la pareja gay o el de la comida vietnamita rozan el ridículo) la película escondía un drama nada desdeñable que aflora en dos o tres secuencias sostenidas y sólidas gracias al trabajo de Carmen Machi. Pero este ‘españolas por el mundo’ sin riesgo, tirando de tópicos, desdeña esa vía, la de los afectos para asentarse en un juego de postales vietnamitas desde el filo del exotismo cultural vomitivo, con poca gracia dicho sea de paso. La cineasta de la interesante ‘Los niños salvajes’ deposita todo su talento en dejar que la única verdad que exuda su película resida en sus tres protagonistas, que defienden lo indefendible gracias a su potencial porque a Machi se suma Adriana Ozores y Aitana Sánchez Gijón dando lecciones de saber estar pese al patetismo que, en muchas ocasiones, invade los respectivos ecosistemas de sus personajes encasillados y metidos con calzador, atorados en un perfil acomodaticio. Una lástima porque entre los pliegues de esta pseudocomedia adulterada y vulgar asoma su cabecita un drama femenino sobre la soledad y el dolor que hubiera necesitado de otro viaje y trayectos con un destino que probablemente no está en ningún mapa.
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Ira y redención
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Guillermo Balbona | 17-01-2018 | 08:06| 0
Tres anuncios en las afueras 
Three Billboards Outside Ebbing, Missouri 2017 112 min. EE UU.
Dirección y guion: Martin McDonagh. Música: Carter Burwell. Fotografía: Ben Davis:
Reparto: Frances McDormand,  Woody Harrelson,  Sam Rockwell, Peter Dinklage, John Hawkes,  Abbie Cornish.
Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es un hábitat de personajes desgarrados. Cada uno vive y convive con sus propias heridas. En la era de la tecnología, de internet y la comunicación más sofisticada, aflora con contundencia un relato de palabras secas, sílabas que  asoman como esputos de sangre, vallas, carteles, anuncios y cartas. Las palabras, a modo de desesperados dardos, se exhiben como animales en extinción en un mundo de imágenes. ‘Tres anuncios en las afueras’ es un filme mestizo y camaleónico. La comedia está disfrazada de drama, y viceversa. Uno puede regodearse en los tonos cruzados de sus criaturas y asentarse en la tragedia íntima donde sólo hay caricatura. O bien soltarse con una carcajada catártica donde sólo hay gestos deslumbrantes de amargura. Es la película de un dramaturgo y quizás eso se aprecia sin resultar molesto en su escritura y estructura de entreactos huérfanos pero también cosidos a fuego, sin fisuras. La historia de esta madre coraje instalada en la América profunda, como un drama de Ibsen donde la ira y la redención mantienen un constante tira y afloja, posee un salvajismo y una entraña de barbarie que se manifiesta con inquietante naturalidad. El cineasta de ‘Escondidos en Brujas’ revela su personalidad visual, su potencial narrativo, sus ganas de contar y su implacable descripción de unos personajes sin descuidar nunca la atmósfera, el retrato de la colectividad y la metáfora, siempre tentadora, de la América presente de Trump y su verborrea y torrencial demostración de racismo. Es cierto que el filme de Martin McDonagh es fácilmente asociable al mundo de los Coen, y ‘Fargo’ en particular, (teniendo  en cuenta que la inmensa actriz Frances McDormand, esposa de Joel Coen, es la protagonista arrolladora de ‘Tres anuncios…’) pero su uso de la violencia, el humor más descarnado y la desnudez salvaje que tensionan el filme se aleja de esa referencia con voz e imagen propias. Un cuento en rojo y negro con tres vallas, tres cartas y tres criaturas que vehiculan el dolor, sangran sus complejos y sueños y miran de frente al destino. Un artefacto que admite todas las etiquetas. Un híbrido de tonos y géneros con las ideas muy claras. Un western moderno que mantiene duelos con la comedia y el drama donde el equilibrio es la norma que dispara certeramente sobre el mundo. Ese pulso entre la rabia y la venganza, la ternura y el odio, la ignorancia y la violencia, el silencio cómplice y el monosílabo rotundo arropan este arrebato de crueldad y cabreo, sombreado por una amargura honda y letal. La cuarta valla y la cuarta carta las ponen los espectadores.
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La palabra en la batalla
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Guillermo Balbona | 17-01-2018 | 08:04| 0
El instante más oscuro
Darkest Hour 2017 125 min. Reino Unido.
Dirección: Joe Wright. Guion: Anthony McCarten
Música: Dario Marianelli. Fotografía: Bruno Delbonnel.
Reparto: Gary Oldman,  Ben Mendelsohn,  Kristin Scott Thomas,  Lily James,  Stephen Dillane, Richard Lumsden,  Philip Martin Brown,  Brian Pettifer,  Tom Ashley,   cke
Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

No es un biopic. Y sortea con distracciones, atmósferas y virtuosismo, el tono hagiográfico tan frecuente en estos perfiles. Es más bien una vibración, un latido político, un hombre en el laberinto de un agitado mes, que resulta ser una encrucijada decisiva tanto en su biografía particular como en la del mundo que lo rodea. Retrato o excusa, Churchill se mueve entre el látex del maquillaje que esconde al actor Gary Oldman para descubrir al primer ministro británico, y las imágenes sibaritas, entre filigranas y subrayados que imprime a la narración el cineasta Joe Wright. En tiempos de ‘Brexit’ reivindicar la figura del mandatario y rey de la oratoria resulta tan suspicaz como perverso. Si el nivel político actual de los dirigentes del Reino Unido fuera mínimamente cercano al del Primer Ministro británico, su marcha de la UE  sólo podría interpretarse de una manera: el que quedara aislado sería el continente. El director de ‘Expiación’ (últimamente imbuido en la serie ‘Black mirror’) obvia el análisis de actualidad y fija la atención en la superficie del popular político. El suyo es un filme de citas visualizadas a través de esa tendencia de Wright por el álbum de imágenes impecables, elegantes, de planos y movimientos de cámara que parecen buscar lo imposible. Vemos el mundo como una pecera a través del ojo de Churchill mientras transitamos por un tiempo convulso sin saber si llegaremos a la orilla.  Jonathan Teplitzky, con la interpretación de Brian Cox al frente, se acercó al mandatario en pantalla hace apenas unos meses y, de manera colateral,  ‘Dunkerque’ de Christopher Nolan retrataba el reverso: la victoria moral de una masa anónima. Curiosa y paradójicamente ‘El instante más oscuro’, pese a su destreza con las imágenes –las miradas del líder hacia el pueblo desde un vehículo, o el virtuosismo para evitar que tanto despacho y duelo verbal condicionen este thriller político–, alcanza sus momentos más emotivos y auténticos cuando vibra la palabra épica del discurso de Churchill, cuando en una escena afectada pero tremenda en su efectividad el político viaja en el metro con los ciudadanos y ratifica que lo importante es la lucha final contra el fascismo y no cabe la rendición. El resto es superficie, no hay hondura ni en el retrato del personaje ni de quienes le rodean, caso de la desaprovechada figura de su esposa, encarnada por la siempre intensa Kristin Scott Thomas. No obstante, el manierismo del cineasta y la brillantez del discurso, bien macerado por el guión, logran momentos atractivos. Oldman, mas allá de la máscara, consigue transparentar matices tras la piel y la gesticulación. Rabia, fuego, temblor y leyenda. Lo que huele a verdad, lo más necesario al cabo, es ese estremecido elogio de la palabra movilizada en la batalla, que construye la gramática esencial de la supervivencia y la épica de la utopía.
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Un acto de fe
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Guillermo Balbona | 11-01-2018 | 08:25| 0
The Disaster Artist
2017 106 min. EE UU. Dirección: James Franco.
Guion: Scott Neustadter, Michael H. Weber (Libro: Greg Sestero, Tom Bissell).
Música: Dave Porter. Fotografía: Brandon Trost.
Reparto: James Franco,  Dave Franco,  Seth Rogen,  Ari Graynor,  Alison Brie, Josh Hutcherson,  Zac Efron,  Jacki Weaver,  Sharon Stone,  Bryan Cranston.
Género. Comedia . Sala: Cinesa

 Al margen del culto al culto que exuda este ceremonioso, respetuoso, exaltado, divertido y entregado retrato de amor al cine,  ‘The Disaster Artist’ constituye una de las mejores  invitaciones a descubrir los entresijos de este lenguaje sí, pero sobre todo de esta manera de mirar y reflejarnos. Los espejos cinéfilos superpuestos y solapados que propone James Franco son una entusiasta singladura de cine dentro del cine, un acto de fe que discurre desde la comedia con una amargura honda e implacable. El éxito y el fracaso, la realidad y la ficción, los límites de la ambición, la honestidad, el talento y la propia capacidad para fabricar o crear son factores sembrados por este retrato en estado salvaje que el actor y director (hace mucho  tiempo que la desmesurada egolatría de James Franco se refleja en decenas de puntos de mira creativos) traza entre la celebración y sexto sentido crítico. Este ‘Ed Wood’ del siglo XXI – su incursión en el perfil de Tommy Wiseau, autor de un título ya de culto (la cual desde 2003 llena las salas estadounidenses como un ritual de reverencias )y que pasa por ser la peor película de la historia, ‘The Room’– muestra una gran diferencia con la mirada de Tim Burton. A este le interesaba sobre todo, como le corresponde, la rareza y la diferencia desde cierta poética, mientras que Franco se fija en el triunfo de la voluntad, en esa locura de amistad y canto al cine donde lo ridículo y lo encantador, lo sublime y lo amargo conviven con extraña naturalidad. En un determinado momento del caótico rodaje de Wiseau, reproducido por ‘The disaster artist’ (no se pierdan las maravillosas tomas paralelas finales) el grupo de personas, actores y técnicos, que se dan cita en el set durante un descanso, coinciden en vaticinar que el filme será un pésimo proyecto pero, a su vez, revelan su convencimiento de que solo dentro de él su vida tiene sentido. El cine como lugar en el mundo está muy presente en este desquiciado personaje, recreado con enorme lucidez por el actor/director, jugando con lo que transparenta y oculta, como resorte catártico de lo que ha sido y es Hollywood y como caricatura de un entrañable cantamañanas al que se le retrata no con compasión, sino con rotunda precisión. La otra gran arista que exprime Franco es que, más allá del cine, estamos ante el ecosistema de unos inadaptados. Sarcástica e inteligente, la cinta reflexiona sobre la representación, la copia, la demencia, la desesperación, lo falso y nuestra capacidad para asumir, rechazar o participar de todo ello. El delirio, como en esa toma repetida inútilmente 50 veces, y lo ridículo se aúnan en un homenaje a lo mal hecho y cutre desde la fascinación del asombro. Una declaración de amor apasionada sobre la pasión de un disparate. Sueños truncados, pero sueños.
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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.