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Pulso y contundencia
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Guillermo Balbona | 08-03-2016 | 07:17| 0

Cien años de perdón

España. 2016. 96 m. (12). ‘Thriller’.

Director: Daniel Calparsoro.

Intérpretes: Luis Tosar, Rodrigo de la Serna, Raúl Arévalo, José Coronado, Patricia Vico, Joaquín Furriel.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Nacido para contar. Daniel Calparsoro no se anda nunca por las ramas. Contundencia en la caligrafía formal. Factura visual intachable y poderosas razones para no dejar cabos sueltos. Muchos de sus filme son secos puñetazos en el estómago y demostraciones claras de que está dotado para el cine de género. Ahora el cineasta de ‘Salto al vacío’ une la frescura salvaje de sus inicios, como en la citada ópera prima, con la experiencia para firmar un contundente thriller de robos envuelto en un chaleco cargado de bombas de profundidad sociales. En apariencia ‘Cien años de perdón’ no busca la denuncia abierta pero Calparsoro tampoco renuncia a ella. Simplemente elude la manipulación y el mensaje facilón y deja que la historia del atraco con trasfondo político, muy bien narrada, fluya con destreza. El magma social, el desamparo ciudadano, las trampas del sistema, la voracidad de unos cuantos a costa de la mayoría…todo ello va empapando el discurso que subyace en la anécdota. El pulso de género, la facilidad para crear una atmósfera, la metáfora de los escenarios elegidos y la excelencia de un puñado de actores hace el resto. Adscrita a ese formato –de ‘Celda 211’ a la reciente ‘El desconocido’– que el cine español ha sabido abordar con energía y eficacia, el último Calparsoro tiene mucho de rabia bien administrada y de eficiente claridad formal. Desde ese primer barrido fugaz pero revelador por el patio de un banco –quizás el paisaje más emocionalmente apocalíptico de la última década sin necesidad de oropeles gore y artificios–  donde clientes desorientados y asustadizos muestran su desamparo e incomprensión ante la amenaza de la ruina o el desahucio, revela que el cineasta de ‘Pasajes’ no se va a quedar en la orilla. La crítica política de Calparsoro es obvia. Quizás incluso se antoja algo tímida pero probablemente se deba a que los acontecimientos de la realidad superan cada día la crónica de ficción que nos presenta el filme. A cambio, ‘Cien años de perdón’ nos propone casi un único escenario, tenso y visceral, con actores que enroscan la trama y las referencias del dentro /afuera con enérgica presencia. Jorge Guerricaechevarría escribe una historia de delincuentes y rehenes que sirve de parábola de actualidad política y crónica del mal de la crisis y la corrupción. Con Valencia (nada es casual) como decorado referencial, el filme mide sus dosis de violencia, su sentido del humor y su capacidad para el entretenimiento. Con ‘Tarde de perros’ de Lumet en el horizonte cinéfilo, el eficaz ejercicio está sostenido en el equilibrio entre el thriller en directo y la pesadilla turbulenta de poder, crimen y abuso que asoma entre los pliegues que subyacen al mero robo. Calparsoro conecta con esa realidad mediante la elaboración de un artefacto sin fisuras, que atrapa y seduce, que pude ser tan frenético como incisivo (en realidad solo hace una parada para sacarle jugo a sus dos actorazos principales, Rodrigo de la Serna y Luis Tosar) y encierra al espectador en una burbuja dentro de otra burbuja familiar, mientras el cine supura mala leche, juega con el quién roba a quién y, paradójicamente, desde la sobriedad pero la valentía golpea una y otra vez en la caja de seguridad del sistema mientras asomamos la cabeza por la ventanilla para reclamar por enésima vez, intentando vislumbrar esa claridad que alumbre los rostros de la corrupción.

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Egoyan se olvida de sí mismo
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Guillermo Balbona | 07-03-2016 | 09:45| 0

Remember

Canadá. 2015. 95 m. (18). Drama. Director: Atom Egoyan.

Intérpretes: Christopher Plummer, Dean Norris, Martin Landau, Henry Czerny, Jürgen Prochnow, Bruno Ganz.

Salas: Groucho

Su director la define como un ‘thriller geriátrico’. Pero lo cierto es que ‘Remember’ parece más bien un álbum de venganza y redención anclado en la ficción televisiva. La presencia imponente de Christopher Plummer y algunos destellos de atmósfera fugaz que evocan al gran cineasta que fue Atom Egoyan, salvan esta fábula sobre la memoria encarnada en un judío superviviente del Holocausto que a sus 90 años y con alzheimer busca a un criminal nazi. El absurdo de muchas situaciones, la banalización de la enfermedad degenerativa y, a veces, del propio genocidio, y el descuido formal que desprende el filme provoca que lo que hubiese sido una profunda mirada sobre las heridas y las cicatrices del dolor anclado en el tiempo, sea una superficial historieta de aires detectivescos con pretensiones de drama traumático. El peligro de trivializar mundos tan agrios y desgarrados pulula como una sombra por la médula espinal del nuevo filme de Egoyan. El cineasta de la excelente ‘El liquidador’, ya se había acercado a otro genocidio, el armenio, en ‘Ararat’, pero con una mirada más honda y reposada. Aquí el formato de road movie de jubilado vengativo parece epatar con la capacidad visual más sugerente y sutil que Egoyan demostró en su primera y añorada etapa con excelentes obras como ‘El viaje de Felicia’, ‘El dulce porvenir’ y, sobre todo, ‘Exótica’. Huérfana de estilo, ‘Remember’ se antoja una cinta de encargo que Egoyan trata al inicio de llevar a su terreno para convertirse después en un desganado documento donde el desasosiego, lo invisible e inasible tan propio de la textura de Egoyan, brilla por su ausencia. Solo el veterano Plummer, mucho actor para tan escaso y desaprovechado material, imprime ese poso inquietante de la memoria y sus ajustes de cuentas, que se desliza por la austeridad y aporta perturbación. En este sentido el filme se revela fallido,  flácido, con un tramo final bochornoso y los subrayados no ayudan a propiciar esa atmósfera poética que impregnaba la mayor parte de la creación del cineasta. Ese lado oscuro de la condición humana, tan sagaz y estilizado en ‘El liquidador’, ha desaparecido de su cine. ‘Remember’ se pasea desmayado entre el estreno TV comprometido y el thriller que busca la evasión, mientras sobrevuela la desidia y la falta de fe en su historia. Rutinaria y funcional es al tiempo sólida y necesaria pero la desmemoria del director canadiense sobre su cine la convierte en fría e impersonal.
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Muy, muy perdidos
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Guillermo Balbona | 07-03-2016 | 07:46| 0

El bosque de los suicidios

EE UU. 2016. 93 m. (16). Terror.

Director: Jason Zada.

Intérpretes: Natalie Dormer, Taylor Kinney, Yukiyoshi Ozawa, Eoin Macken, Rina Takasaki, Kikuo Ichikawa.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

Lo del mestizaje y la agitación de géneros es un juego de niños al lado de este pastiche de fantasmas, desaparecidos, tradiciones gore, leyendas urbanas, atávicos lazos emocionales y voces del más allá. Al final, un batiburrillo de bazar reducido a unos cuantos sustos y gritos. Un errar cansino conduce esta historia de gemelas con bosque al fondo que desconcierta al principio, promete en sus conexiones sensoriales y acaba por desquiciar con su turbamulta acumulativa de almas atormentadas y muertos con vocación de presentarse a la próxima olimpiada, dado su físico inquieto. Sus dudas internas, su ambigüedad hacen de ‘El bosque de los suicidios’ un manual de vulgaridades, sin matices ni sentido del misterio. Debuta Jason Zeda y su ansiedad por contar demasiadas cosas y una ambición muy mal enfocada culmina en una pesadilla donde lo psicológico es una mera excusa inicial para quedar embarrado el conflicto en un confuso cruce de caminos. Sin duda Natalie Dormer salva los baches con una doble interpretación más que notable que, al menos, sirve para mecer el fluido visual disipado del cineasta. El filme se postula al inicio como un thriller angustioso para girar al retrato paranormal y con referentes orientales como el bosque Aokigahara, al pie del monte Fuji. Todo está muy manido y el relato de fantasmas japonés abrazado con un aura occidental y mainstream a lo ‘Perdidos’ resulta más falso que una promesa electoral. Es curioso porque cuando la cinta se vuelve sobrenatural parece sumida en el convencionalismo, y precisamente cuando pretende bucear en el diálogo psicológico y la extrañeza entre hermanas el filme se torna sugerente en su enigma. El imaginario folklórico, los espíritus muy viajeros y sin dueño, la mitología manoseada no bastan para crear una atmósfera empática y resultona. Hay sobresaltos, premura, presión física, pero el desasosiego nunca asoma. Más que bosque, con todas las connotaciones fantásticas que la tradición del relato oral le concede, estamos más bien en un jardín de senderos que se bifurcan hasta que todo tránsito conduce a la desorientación absoluta. Al debutante los árboles de su ópera prima no le dejan vislumbra el claro necesario para ordenar la lucidez y el deslumbramiento que toda ceremonia emocional de terror conlleva: ese camino iniciático que supone la inmersión en lo insondable y desconocido. El director puso tantas miguitas en los senderos del bosque que se olvidó el motivo para el que se había adentrado en él.

 

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Alicia vive aquí
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Guillermo Balbona | 02-03-2016 | 08:14| 0

La habitación

Irlanda. 2015. 118 m. (12). Drama.

Director: Lenny Abrahamson.

Intérpretes: Brie Larson, Jacob Tremblay, Joan Allen, William H. Macy, Megan Park, Amanda Brugel.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

El universo de ‘La habitación’ está en ese refugio primario y maternal al que regresamos siempre. Su respiración es ese cuento que transcurre a este y al otro lado del espejo como en ‘Alicia’.  Y el resplandor lo pone la mirada del pequeño Jacob Tremblay. En este planetario íntimo el útero reside en la protección que una madre construye cada minuto para proteger a su criatura. El líquido amniótico es ese magma de amor en el que se mueven dos personajes entre la complicidad y un código de barras propio hecho de pequeñas cosas compartidas. Y, finalmente, el milagro aflora en esa comunicación, con palabras, gestos y deseos, que madre e hijo, Brie Larson y Tremblay, levantan con querencia fundacional y extraña naturalidad. Que nadie espere una historia explícita y sensacionalista a la que nos han acostumbrado algunos medios. ‘La habitación’ es un cuento donde la sordidez y el horror se intuyen, se instalan en las rendijas y detrás de las puertas, mientras la vida se asoma a través de una claraboya y lo iniciático se aprende nombrando las cosas por primera vez. En el filme de Lenny Abrahamson la ternura es un terreno acotado que persigue su propio ecosistema a salvo de la amenaza y de las sombras. Y el horror busca su intrahistoria desde los márgenes de ese territorio enigmático que es la vida imaginada por la infancia. Aquí el síndrome de Estocolmo se sitúa en ese extraño equilibrio entre la seguridad familiar del cobijo cotidiano y la fragilidad de la libertad.  El cineasta irlandés a partir de la novela de la autora afincada en Canadá, Emma Donoghue, logra en ocasiones transmitir un extraño equilibrio entre la ficción que construye la protección y su microcosmos y ese exterior duro, que desazona y no se comprende. ‘La habitación’, en este sentido, es fábula y magia pero también crónica del mal. Cabe en este espacio una coreografía poética, que no blanda, en continua expansión. Y bajo ese manto lúdico y soñador, discurre la desolación que revela todo su estremecimiento. Hay connotaciones que remiten a ‘La vida es bella’, de Benigni, pero contra la alegría de vivir del cineasta italiano, aquí se impone una burbuja etérea de juegos de amor frente al visible /invisible terror encarnado en el personaje del viejo Nick. El filme se desdobla también en su estructura: una primera parte interior y otra exterior y ambas se intercambian claridad y oscuridad. Sutil, elude lo obvio y se desliza entre los meandros invisibles donde asombro y miedo se abrazan y repelen. Cuatro metros cuadrados donde se alza el mundo desde el espanto. En realidad todo el cuento, con su paisaje primero infantil y protector y el adulto y psicológico posterior, es una metáfora sobre el desvalimiento y la fragilidad de eso que llamamos vida.

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Actriz de cámara
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Guillermo Balbona | 01-03-2016 | 08:34| 0

Brooklyn

  Irland/Canadá/Reino Unido/Irlanda. 2015. 111 m. (7). Drama.

Director: John Crowley.

Intérpretes: Saoirse Ronan, Emory Cohen, Domhnall Gleeson, Julie Walters, Jim Broadbent, Michael Zegen.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Hay algo academicista y elegante en este filme sin ruido por el que discurre, no obstante, una turbación de tocador y pieza de cámara. Una mujer entre Irlanda y Nueva York es el eje de un cuento impecable en su retrato al que, sin embargo, se le escapa ese punto sin retorno donde la intensidad y la vida adquieren otra textura. Dice Alejandro González Iñárritu, el cineasta mexicano que desde ayer habita en el Olimpo del cine, que «el miedo es el condón de la vida». Y en ocasiones el filme de John Crowley se muestra excesivamente cauto y desciende por un halo evanescente que suele acabar en la ilustración y el esteticismo. ‘Brooklyn’ es como un osito de peluche al que uno acabará abrazando. Tiene encanto y se postula adorable. Buena parte de sus hallazgos y de su poder de atracción reside en la presencia de Saoirse Ronan, en un año de grandes interpretaciones femeninas como demuestra la ganadora del Oscar Brie Larson o el duelo de ‘Carol’, Blanchett/Mara. El filme no ahonda en el desgarro, aunque tampoco cierra los ojos a ese lado oscuro donde los compromisos, el sacrificio y la pasión conducen del alumbramiento al temor, de la decisión a la pérdida. Película de época, amable, algo edulcorada, Nick Hornby adapta la adorable novela de Colm Tóibín con atmósfera intimista, sin resultar pretenciosa. Es simple pero emocionalmente lúcida, y explota un guiño especial entre el melodrama clásico, al que rinde homenaje, y la melancolía envuelta en una cierta calidez formal y sentimental. Lo sutil se torna azucarado, pese a que siempre es lo romántico, sugerido y planteado de forma impecable, lo que salva el filme. Crowley revela la luz primera de las cosas, pero el dramatismo es una sombra que cruza la historia con timidez pese a demostrar un tacto innegable. ‘Brooklyn’, entre despedidas y reencuentros, mezcla fuerza y sensibilidad gracias a su protagonista. El cineasta de ‘¿Hay alguien ahí?’ y ‘Boy A’ opta por la serenidad y el tempo un tanto melifluo pero sigue siendo una apuesta circular, muy perfeccionista en intenciones, inmaculado pero exento de sorpresa y de destellos. Consciente del peligro del melodrama abierto en canal, se muestra contenida y entonces sufre el mal del vacío.  Todo es hermoso, se desparrama sin cesar en una suerte de construcción cotidiana y  un buen ejercicio cinematográfico es comparar y enfrentar dos melodramas con sus respectivos materiales sugestivos en el fondo completamente diferentes: ‘Brooklyn’ y  ‘Carol’. Hay capacidad de retrato social, enganche en la superficie y seducción coral. Pero a diferencia de la cinta de Todd Haynes, la hondura dramática aquí permanece diluida, desfallecida y solo una actriz de cámara sostiene la posibilidad de que entre tanto bello cristal se reflejará la pasión.

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Entre la realidad y el sueño
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Guillermo Balbona | 24-02-2016 | 08:15| 0

Retorno al pasado (out of the past)

1947 97 min. Estados Unidos

Director: Jacques Tourneur.

Reparto: Robert Mitchum, Jane Greer, Kirk Douglas, Rhonda Fleming, Richard Webb. Cine negro. 

Sala: Bonifaz. Filmoteca. Desde hoy miércoles.

 

Jacques Tourneur dijo con claridad un pensamiento que podría a su vez certificar un síntoma del cine del presente: «Detesto las angulaciones extrañas, los objetivos deformantes. Así es muy fácil despistar al espectador. Mientras que permanecer muy cerca de los actores, no utilizar nunca trucos y, sin embargo, crear una atmósfera extraña, es mucho más difícil». Esa pureza visual, entre la iluminación, lo onírico, el uso del fuera de campo, la concisión y la atmósfera encuentran su mejor espejo en ‘Retorno al pasado’, cuya singularidad reside en la convivencia extraña pero serena de lo fantástico y lo negro. Sobre una novela de Daniel Mainwaring, el filme irrepetible, inquieto, ambiguo y fascinante nunca ha sido superado en clímax y en cercanía. En los ochenta, por ejemplo, Taylor Hackford realizó un remake, ‘Contra todo riesgo’, absolutamente prescindible. Poseedora de un tacto especial, la cinta de Tourneur combina fascinación, hechizo y ensueño. «Lo negro no es tan negro», escribió el poeta Paul Valery. Fantasmas y miedos se aúnan en el cine eterno de una película y un género eternos. Una obra mítica, donde romanticismo y fatalismo aportan un sello especial a las claves del género. El cineasta que firmara otras dos obras maestras, ‘La mujer pantera’ y ‘I walked with a Zombie’, subraya unos personajes rotundos y ambivalentes, entre los que destaca el impresionante perfil de femme fatale, encarnado por Jane Greer, en una historia alambicada, encendida de pasiones ocultas y enigmas. La complejidad narrativa que envuelve a este detective, víctima de los enredos de una temible mujer fatal que le involucra en un crimen, se posa sobre la irrealidad que construye Tourneur. La caligrafía impone poco a poco una luz especial, que cobija y a su vez rechaza, y que subraya el destino trágico  que envuelve al personaje encarnado por el mítico Robert Mitchum. Un actor, muchas veces denostado, pero cuya presencia en pantalla aporta ya una identidad diferenciadora. Entre sombras  e ironías, entre un gran flahsback  y la noche, entre la fatalidad y la pasión, entre la perdición y la mentira, todo es ensueño y abrazo de muerte. «Me preguntaba qué se había hecho de él, y pasando por aquí vi su nombre en el letrero. El mundo es muy pequeño. Sí, o algunos letreros muy grandes». La violencia latente, la desazón, la sombra negra, afilada y alargada, componen esta sinfonía como un golpe de sueño desasosegante que es sentimiento, que es cine, que, en definitiva, es vida.

 

 

 

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Deslenguado antihéroe
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Guillermo Balbona | 23-02-2016 | 09:23| 0

Deadpool

 EE UU. 2016. 106 m. (18). Acción.

Director: Tim Miller.

Intérpretes: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Gina Carano, T.J. Miller, Ed Skrein, Rachel Sheen.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

Exprimida la Marvel hasta la saciedad ya solo cabía que el incesante caudal de criaturas surgidas del cómic acabara en la autoparodia. En este contexto, ‘Deadpool’ es un piscinazo basado en la desmesura, la verborrea y la ampulosidad visual de las escenas de acción. Posee tanto desparpajo escatológico, deslenguado y furioso como desequilibrio en su catarata de dianas verbales. El filme, y su personaje, es más hábil con la lacerada y cáustica lengua que con sus catanas. Antihéroe sin sutilezas, más provocador que oscuro, el tono paródico es abrumador aunque pierde fuerza por su barroquismo. ‘Deadpool’ juega su mejor baza en el ritmo de los diálogos y en su acertada acumulación irónica y cínica de referentes del propio cómic y del cine. Retorcido, hiperviolento, juega más con los genitales que con el ingenio. Visualmente su mosaico es pop, excesivo, subversivo, el protagonista habla directamente a la cámara al espectador, interrumpe la ficción y cae en subrayados permanentes que perjudican su mensaje de singularidad y declaración de intenciones rupturista. De haber depurado su lado salvaje estaríamos hablando quizás de una incursión en el lado oscuro del héroe verdaderamente transgresora. Pero el resultado solo permite hablar de un filme simpático, cargado de ocurrencias, algún chiste bien encajado y mucha dinamita desmayada. Ryan Reynolds ha afrontado con desparpajo su apuesta canalla, aunque muchas veces lo soez y lo superficial y lo vulgar se apropian de las intenciones, y el gamberrismo cubre toda aspiración mayor. No obstante, se agradece que el actor y su director, el debutante Tim Miller (al que solo se le conoce algún desembarco en la animación) apueste por lo directo, sin camuflajes sobre la corrección e incorrección y busque ante todo reírse de casi todo y, especialmente, de sí mismo. Como comedia satírica anda sobrada de intensidad, pero la cosa merecía quizás una mayor serenidad en las formas para que se tradujera en poso más que en pose. Burlón y obsceno, lúdico y avasallador, el filme se enrosca en su afectada espontaneidad macarra y acaba por perder el sentido paródico y su personalidad. Tim Miller ironiza desde los propios títulos de crédito sobre la identidad y la trascendencia de la autoría y de la mirada crítica y ello merece un aplauso, aunque luego la irreverencia se le quede a medio camino. El retrato de este mercenario bocazas destaca cuando se regodea en el metalenguaje y en la parodia cínica, y se autopropone para la franquicia con descaro. Lástima que cuando la acción se apodera del filme, sea un juguete más de la Marvel y otro héroe más o menos camuflado en la confusión.

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Polvo de estrellas
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Guillermo Balbona | 22-02-2016 | 12:17| 0

¡Ave, césar!

EE UU. 2016. 106 m. (TP). Comedia.

Directores: Ethan y Joel Coen.

Intérpretes: Josh Brolin, George Clooney, Scarlett Johansson, Ralph Fiennes, Tilda Swinton, Channing Tatum, Frances McDormand.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

Hay muchas balas sin pólvora en este divertimento rebosante de cinefilia. Los Coen, como en ‘Barton Fink’, pero con más serenidad y cinismo, hacen una parada endógena, se sitúan en el Hollywood de los 50 y miran hacia dentro del cine con este aparato paródico más aparente y resultón que rotundo. El ingenio, y también el cinismo, están presentes en ‘¡Ave, César!’ como esos destellos de la causticidad y originalidad intrínseca que posee el ADN cinematográfico de estos hermanos. En el camino, ya más de treinta años, han dejado varias obras maestras y una ración de excelentes películas pero sin duda toda su filmografía está impregnada de aquella desazón de humor negro, rabiosa e inteligente, que  se respiraba en su ópera prima, ‘Sangre fácil’. Ahora, más lúdicos y sutiles, proponen un parque temático sobre las entrañas de la industria que apunta a muchos sitios pero al que, quizás, le vence su dispersión y su mosaico de viñetas diluidas y con escasa argamasa. Ello no impide momentos impagables como ese baile de coreografía marinera protagonizado por Channing Tatum, a modo de reencarnación de Gene Kelly y Donald O’Connor, o la aparición breve pero jocosa de Frances McDormand, su fetiche, en plena labor de montadora. ‘¡Ave, César!’ es una colorista fábula contada alrededor de un duro productor con sentimientos de culpabilidad, que actúa como demiurgo y padre de esa gran familia de actores fracasados, estrellas fugaces, oportunistas, arpías, sabandijas y pícaros en torno a rodajes grandilocuentes y producciones modestas. Los autores de ‘Muerte entre las flores’ y ‘El gran Lebowski’ parecen haberse divertido con esta comedia demasiado fría y calculadora, muy pensada y menos sentida, a la que le falta esa desgarrada comicidad humana que Joel y Ethan han posado sobre retratos inimitables como ‘Fargo’. Es verdad que caben momentos hilarantes y gags marca de la casa, como la escena del sofá con la estrella de westerns, o esa conversación a cinco bandas sobre la moralidad en la pantalla y sobre Dios y otros dioses y su presencia en la fábrica de sueños. El juego vertebral, esa reunión de guionistas marxistas, secuestradores de estrellas, no deja de transmitir la sensación de ser el principio de otra película que se ha colado como un extra mal ubicado en una escena callejera. Su filme es un ordenado ‘tetris’  de divas embarazadas, conspiradores, cronistas despiadados (todos los buenos lo son), y sueños rotos. En realidad es una ensalada que prueba los sabores dulces y amargos del propio pastiche de géneros del viejo Hollywood. Un viaje místico al fin de la noche laica e iconográfica de los decorados. Cristo y Marx, y, sobre todo, el cine para alumbrar la historia de cada uno. Es ligera y desigualmente divertida. Posee muchas dianas y quizás poco dardos. Pero cala su mensaje como un cobijo cómplice. Cuando la vida dice no, el cine nos salva.

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Recetario rutinario
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Guillermo Balbona | 22-02-2016 | 09:34| 0

La verdad duele (Concussion)

EE UU. 2015. 123 m. (7). Drama.

Director: Peter Landesman.

Intérpretes: Will Smith, Gugu Mbatha-Raw, Alec Baldwin, Eddie Marsan, Luke Wilson.

Salas: Cinesa y Peñacastillo 

 

Hasta el golpe al sueño americano es aquí carne de recetario. Mezcla de biopic y retrato de hombre contra el sistema, estamos ante un David y Goliat manoseado y muy manipulador. Con Will Smith ejerciendo de médico bendecido por la honestidad, el filme parece más la hagiografía de un defensor de causas justas que la crónica de una denuncia y, por ende, el relato subordinado de una investigación. Todo se antoja rutinario y convencional y Peter Landesman rueda al servicio del actor con vocación de telefilme made in usa, muy aferrado al mapa más cercano de la piel social estadounidense. ‘La verdad duele’, entre tópicos y situaciones lineales y superficiales, nunca logra empatía. Con ademanes un tanto efectistas, la gravedad de lo que se cuenta y cómo llega al espectador nunca poseen una correspondencia coherente. La ligazón entre la práctica del futbol americano y la encefalopatía traumática crónica, denuncia que desató la lucha del médico forense Benet Omalu contra el sistema, nunca traspasa las veladuras donde asoma la verdad más áspera, ni permite que se aprecien las texturas de lo oculto, del secreto a voces, de la gangrena social. El filme que presenta algunos paralelismos con lo que pretendía la poderosa ‘El dilema’ de Mann, se torna, sin embargo, un diluido e inexpresivo arañazo en la pantalla, entre estereotipos y exagerados ruidos de carácter. Desde ese Smith que se desliza bajo el acento nigeriano de su personaje, hasta la falta de matices y perfiles que muestren algo más que un catálogo andante de buenos sentimientos, íntegro y marmóreo. Previsible y exenta de orillas en las que sentarse a ver y juzgar la historia desde otras perspectivas, lo que de verdad duele es ese tono redentor, de personaje predicador, carente de cercanía. Tomar uno de sus fotogramas como una radiografía del doctor supone revelar el dibujo de la denuncia, pero nunca sentimos las heridas de los afectados, el agujero negro del sistema, ni el tumor de la historia pequeña. Más cerca de ‘Tierra prometida’ que de ‘Erin Brockovich’, en ‘La verdad duele’ su cineasta (procedente del periodismo de investigación) que ya prepara otro filme denuncia sobre Garganta profunda, se limita a coser y descoser el cuerpo del delito en un drama legal, ya visto mil veces, carente de ese relámpago que una las respuestas a una serie de muertes súbitas, con un destello de vida cinematográfica y de originalidad. La corrección moral, el patriotismo incluso, dominan el tono de una cinta que se queda más en apenas un tratado de bonhomía que en un relato sobre la lucha titánica de hombre contra corporación. Los lugares comunes del melodrama, especialmente el romance, nunca dejan ilustrar ni la fragilidad humana ni su fortaleza cuando ambas confluyen en el pantanoso terreno de la hipocresía. La letra pequeña, la que advierte que el filme no logra despertar nuestra sensibilidad, queda para otro día.

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Un relato esencial
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Guillermo Balbona | 18-02-2016 | 08:17| 0

La legión invencible

1949 103 min. Estados Unidos

Director: John Ford.

Reparto: John Wayne, Joanne Dru, John Agar, Ben Johnson, Harry Carey Jr., Victor McLaglen, Arthur Shields.

Western. Salas: Bonifaz. Filmoteca. Esta semana.

 

Lo que en otros sería una lujosa postal, en Ford es una impresionante mirada plástica sobre el mundo. Forma parte de una de las trilogías más famosas de la historia del cine, pero ‘La legión invencible’ posee identidad propia y cabalga sobre la poética épica y nostálgica donde lo fordiano atrapa el presente, discurre cercano y anticipa unas gotas de cine crepuscular. Entre la radicalidad y la amargura, este segundo de los títulos de la inmersión del cineasta en la Caballería de los Estado Unidos, filtra ligeras pero contundentes críticas al ejército, por su estamento anclado en un entramado burocrático, encarnadas en el propio capitán Nathan Brittles, interpretado por John Wayne. Pero la lírica fordiana, subrayada en aspectos formales como el tratamiento del color casi impresionista (con la huella latente del pintor Frederic Remington), se despliega en los diálogos del protagonista ante la tumba de su esposa muerta, o en el pasaje de la tormenta en Monument Valley. Tras ‘Fort Apache’, ‘She wore a yellow ribbon’, su título original tomado de una canción tradicional –reflejo de la costumbre de las prometidas a soldados de caballería de adornarse con una cinta amarilla–, está cruzado por el dinamismo y vigor, la pasión vital y la reflexión agridulce. Bajo el microcosmos de la caballería, el retrato cotidiano, ese universo personal transformado en un hogar cinematográfico, exuda las constates vitales, éticas y físicas de lo fordiano envueltas en su tono sentimental, pero también rudo. Carente de ese estallido bélico del estereotipo guerrero y del clímax de batalla, se suceden los rituales de bailes, las peleas regadas por el alcohol y ese sentido del humor que se hace tan necesario. Como en casi toda su obra, y esta no es una excepción, la cinta está habitada por personajes dispuestos a desnudar la leyenda por el bien del colectivo. El milagro de Ford es que cada vez que uno se acerca a un western como este aflora la verdad de sus criaturas en carne y hueso, y el valor, la dignidad, la redención, la reconciliación y la amistad encuentran su mapa, su paisaje y su lugar en el mundo. Ford escapa de los lugares comunes, construye un fresco de civilización y humanismo sin descuidar nunca esa querencia por la composición poética, como si cada plano fuese a ser el último de un rodaje imposible. Revisitar la trilogía es recorrer un tacto reconocible, familiar, pero también supone volver a escarbar bajo la superficie de los uniformes, el territorio ocre, las huellas de la tormenta, el cielo azul e inmenso, el movimiento coreográfico que engarza lo salvaje y lo telúrico, hasta revelar un relato vital. Y nadie mejor que Ford para contar historias.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.