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espectros nostálgicos
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Guillermo Balbona | 29-09-2016 | 08:24| 0

Cazafantasmas

EE UU. 2016. 116 m. (TP). Fantástica.

Director: Paul Feig.

Intérpretes: Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Leslie Jones, Kate McKinnon, Chris Hemsworth.

Salas: Peñacastillo

Aquí el único y verdadero fantasma es el del pasado. Resucitar en femenino plural un fenómeno que cumple más de treinta años puede ser un ejercicio de nostalgia pero también un forzado artefacto de marketing, como es el caso, lleno de autocitas y cameos en busca de una complicidad con el viejo espectador, más que la empatía con el nuevo. ‘Cazafantasmas’, un cuarto milenio del filón comercial y el ectoplasma de taquilla, agita la comedia y la combina con un tramo final más de animación digital que de comicidad fantástica. Si el original estuvo sobrevalorado el falso remake no merece mucha disección crítica. La pegadiza canción y el logo loco de los ‘ghostbusters’ no son suficientes para una nueva invasión planetaria, saludada por cierto con acritud por los puristas de la red cada vez más enredada en la intolerancia y el insulto. El paralelismo basado en la inversión de papeles que plantea el filme es lógico y está logrado pero no es suficiente. Las chicas cazafantasmas, que en la política española tendrían mucho trabajo, se presentan con gracia en el arranque pero el filme deriva hacia la ambigüedad y la desorientación dando bandazos entre el homenaje forzado, cierto infantilismo y trazos gruesos de parodia. Hay también una atmósfera televisiva y las actrices actúan como si tras cada diálogo estuviesen esperando las risas del público. Melissa McCarthy, habitual del director Paul Feig (Espías y Cuerpos especiales) encabeza el reparto que participa tanto del gag verbal monologuista como del Saturday Night Live. Aventura de efecto especial y acción juguetona, la película es una alegre nadería entre artificios, espíritus burlones, persecuciones urbanas y muy, muy poca originalidad. El juego cómplice entre actrices trata de compensar la falta de ingenio. De aire festivo y juguetón todo resulta tan ligero como prescindible. Con Ivan Reitman en la memoria, la iconografía del cine consumista, de platea y hasta función doble, asoma tras cada fotograma en la nueva entrega firmada por el cineasta de ‘La boda de mi mejor amiga’. En realidad la película hubiese salido mejor parada sin la imagen de marca del original, que podría haber quedado relegada a mero sello de cameo y haberse presentado como un blockbuster de acción y pirotecnia tras explotar las dosis de acidez de estas chicas combativas. El fantasma del pasado aflora a cada paso con sus pesadas cadenas arrastrando la sombra de Bill Murray y los suyos y condenando a sus sucesoras a comparsas de una fanfarria que nunca logra encontrar su melodía propia.

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Cuadrigas a la deriva
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Guillermo Balbona | 28-09-2016 | 09:55| 0

Ben-hur

EE UU. 2016. 124 m. (7). Drama.

Director: Timur Bekmambetov.

Intérpretes: Jack Huston, Toby Kebbell, Morgan Freeman, Rodrigo Santoro, Nazanin Boniadi, Pedro Pascal, Olivia Cooke.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Las comparaciones son odiosas. Sí, pero también obligadas y necesarias cuando hablamos de ese artificio hoy tan común y tan superfluo como los remakes. Si no se aporta nada por qué dejar que este ‘volver a hacer’ logre el consentimiento colectivo y se cuele con facilidad en cientos de pantallas. El melodrama histórico ahora retomado está atorado, huele a afectación y sus aspectos religioso políticos suenan a cartón piedra. El cineasta de ‘Abraham Lincoln: Cazador de vampiros’, Timur Bekmambetov, se atreve con lo que podríamos llamar un clásico popular: ‘Ben-Hur’. Ya saben, esa de William Wyler, con Charlton Heston, que forma parte de la iconografía y el imaginario cinéfilo como uno de esos fotogramas aferrados a lo que llamamos memoria visual. El filme incluye ligeros cambios argumentales respecto a la obra de los años cincuenta pero ni siquiera la supuesta ventaja de medios o la parafernalia visual logran superar al precedente. Falta desgarro, utilización del dramatismo, cierta épica que no sea la de la prótesis digital. Incluso los latidos, tempos y el montaje, pese a sintetizar el metraje del filme original, nunca se traducen en sentido del ritmo. Descafeinado, con aire sintético y sin apenas efervescencia, este regreso al no futuro es fácil de explicar: su discurso moral, humano, de dioses y hombres, carece de la más mínima emoción, y es inexistente la empatía interpretativa (el nieto de John Huston demuestra tener más nombres que presencia). Todo simula un envase o decorado donde fracasa hasta la carrera de cuadrigas, considerada la pieza vertebral de una historia de fidelidades, traiciones, devociones, combates, galeras, aquí un entramado que suena grave pero que deja un continuo rastro de vacío, de impotencia, exento de pasión y pulso emocional. El arrebato ha desaparecido o se ha sustituido por meros gestos. Los paralelismos más bien zafios entre el personaje y Jesús de Nazaret resultan forzados y más bien inanes. Una mera coartada que nunca se revela con sutileza. La ‘nueva’ adaptación de la novela de Lee Wallace presenta un dato y una sensación reveladoras: la película en cartelera posee 124 minutos y, sin embargo, resulta mucho más larga que los 212 de la cinta de Wyler. El director de ‘Wanted’ sin intensidad ni imaginación, se limita a contar unos hechos en una crónica debilitada, muy convencido de pisar sobre seguro aunque con una puesta en escena casi patética en su resolución dramática. Este ‘Ben Hur’ incluye esa esperada carrera de cuadrigas Fórmula 1 que no difiere mucho de cualquiera de esas persecuciones de ‘Fast and Furious’. Dispersión y confusión en una postal carente de esa patina de espectacularidad que convierte lo correcto en deslumbrante efecto. Un sermón plano y solemne, no confundir con la emoción, que discurre entre el video clip y el telefilme.

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Del laberinto al treinta
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Guillermo Balbona | 27-09-2016 | 08:48| 0

El hombre de las mil caras

España. 2016. 123 m. (7). ‘Thriller’

Director: Alberto Rodríguez.

Intérpretes: Eduard Fernández, José Coronado, Carlos Santos, Marta Etura, Emilio Gutiérrez Caba.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

La enredadera y lo camaleónico se funden en un episodio de verdades y mentiras incrustado en la historia reciente de la democracia española. Entre Luis Roldán y Francisco Paesa, a la manera de dos zombis muy vivos, asistimos a un auténtico viaje a las profundidades de las cloacas del Estado, la impostura, el engaño, la simulación, la superficialidad dentro de un contundente juego de máscaras y espejos. Entre falsos espías, secretos de Estado conocidos por todos, tramas casi surreales, picaresca y pesadillas de dinero y poder discurre esta atractiva y poderosa tercera vía entre géneros. El cineasta de ‘Grupo 7’ construye con claridad, lucidez, seducción y mirada implacable un thriller que no lo es del todo, un western urbano, entre ciudades, de dos fugitivos que tampoco lo son del todo y que cabalgan con el paisaje de fondo de un país, España, que parece un decorado. ‘El hombre de las mil caras’ es una narración sin fisuras con un equilibrio entre la voz en off y la visualización de los hechos, y una atmósfera que remarca la condición de cuento político. Estructurada de manera circular en un flash back, alimentado por otros cruces, que empieza y concluye en un aeropuerto, el espectador se siente como el invitado a un asiento de primera que viaja de la mano de tres pilotos –espléndidos Eduard Fernández y Carlos Santos– hasta el  corazón de una historia rocambolesca, tan sutil a veces como patética otras. Los Paesa, Roldán, Camoes…componen un mosaico que mezcla el suspense, la intriga, el clima casi morboso, el cinismo, los claroscuros del sistema. Alberto Rodríguez, como en ‘La isla mínima’, deja dudas en la penumbra, logra transmitir las ambigüedades y retrata esos márgenes donde la falacia, el dato oficial, los agujeros negros y esa patina social procuran que la historia se vaya deslizando con facilidad y entregada en bandeja con todas sus respuestas, especulaciones y medias verdades. El estreno del filme ha coincidido con la reaparición de Paesa a través de ‘Vanity fair ‘lo que le da a la historia un toque especial, ese aire de irrealidad, farsa y pantomima política que habita en este enredo de pícaros, oportunistas, burlones, descarados y ladrones que persiguen resquicios, filtros, trampas y juegos sucios. Los intérpretes logran aportar matices psicológicos, detalles humanos que permiten rascar sobre la caricatura y la foto de periódico viejo. Hay precisión, dominio de los tempos, mucha bofetada moral aunque no lo parezca, y la narración, que se parece a los thrillers de espías de los setenta, es como si en cada etapa del periplo de Bourne hubiese dejado una pista política, un rastro de intrigas y criaturas que sobreviven bajo un continuo baile de disfraces. Quizás hay un abuso de los planos ralentizados pero el ritmo y la puesta en escena, con una precisa utilización de los escenarios, dibuja de manera contenida el trayecto de unos impostores profesionales que cambian a cada paso el color del dinero.

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Gorgoritos de irrealidad
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Guillermo Balbona | 26-09-2016 | 09:13| 0

Florence foster jenkins

Reino Unido. 2016. 110 m. (TP). Comedia.

Director: Stephen Frears.

Intérpretes: Meryl Streep, Hugh Grant, Simon Helberg, Nina Arianda, Rebecca Ferguson.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Sólo un combinado de irrealidad e ironía, afrontado por Stephen Frears con la complicidad de Hugh Grant y Meryl Streep, podría sostenerse en pantalla durante dos horas. Esta radiografía de gorgoritos de deseo, entre el cinismo y la persecución de un sueño, se narra con esa mezcla de ligereza y desvelo inherente al cine del director de ‘Mi hermosa lavandería’. El milagro reside en dos hechos: uno logrado con plenitud, y el otro, mero superviviente. El primero es la osadía y entrega, nada nuevo por cierto en este animal interpretativo que es Meryl Streep, que asume con toda la dimensión posible una encarnación patética para hacerla volar hasta el límite humano casi imposible. Lo segundo se refiere a la capacidad del cineasta para dotar de cierto interés una historia muy liviana, con menos sutileza y aristas de las que parece y busca siempre arañar en la anécdota. ‘Florence Foster Jenkins’ es el retrato de un autoengaño, de una impostura vocal y de la falta de talento envuelta en los pliegues sociales de la hipocresía, las apariencias y el juego de voces solapadas por una falacia colectiva. El filme se adentra en el retrato de una mujer que, al heredar la fortuna de su padre, pudo cumplir su sueño de estudiar para ser soprano. Su falta de condiciones se tradujo en una paradoja: la gente acudía a sus recitales para comprobar si de verdad era tan mala cantante como decían los críticos. Una producción francesa, ‘Madame Marguerite’, ya se inspiraba libremente en este personaje real. Frears profundiza en el perfil de Jenkins entre lo pintoresco, la sucesión de anécdotas, la vuelta de tuerca a lo vulgar y lo culto, el diálogo lúdico entre la comicidad y lo patético en un entretenimiento que retuerce lo frívolo y deja asomar los resquicios del melodrama. No hay ‘gallos’ en la narración. El cineasta de ‘Héroe por accidente’ traza un relato ensalzado por el trabajo inconmensurable de Streep, muy bien arropada por Hugh Grant que parece muy cómodo y aporta matices inesperados. Suplantación, juego entre la normalidad y lo convencional y la anomalía asumida con normalidad, la cinta parte de la modestia para mantener una nota aguda de atracción constante, como si invitara a aprender una melodía que nunca acaba de sonar. Entre la sobriedad y la ambigüedad, quizás el filme deja un sentencia simple y sencilla sobre la facilidad con la que se convierte todo en espectáculo y, por ende, las pocas cosas que merecen tal nombre. A medida que Florence Foster Jenkins desafina –cantando en el Carnegie Hall, una especie de ‘Ed Wood’ en femenino y vocal–, el filme ajusta el tempo y el latido de una fragilidad, la de esta criatura que se mueve en terreno agridulce con tanta intensidad como autoengaño.

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Un disfraz trillado y empalagoso
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Guillermo Balbona | 26-09-2016 | 09:11| 0

Bridget jones´baby

Reino Unido/Francia/EE UU. 2016. 122 m. (12). Comedia.

Director: Sharon Maguire.

Intérpretes: Renée Zellweger, Colin Firth, Patrick Dempsey, James Callis, Celia Imrie.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

En ocasiones roza el patetismo y lo ridículo, en otras logra abrir un resquicio de comicidad ingeniosa. Pero Bridget Jones parece desprender una pregunta constante. ¿Para qué una secuela? Un cierto halo de simpatía compite con un velo de correcta incorrección, entre lugares comunes, situaciones cómicas muy trilladas y una superficialidad subrayada en la coartada de lo vulgar y gregario. El conservadurismo y lo políticamente correcto envueltos en una impostura. Ente tópicos y gracietas cualquier sombra de hacer crecer al personaje en su singularidad es mero espejismo. Esta tercera entrega recupera a la directora de la obra fundacional, Sharon Maguire, quien apenas se ha prodigado salvo su fallida ‘Incendiary’. El resto, y en ausencia de Hugh Grant, es una prótesis afectada, de enredo facilón –un trío con la paternidad al fondo- y muchas dosis de patetismo. La realidad le ha ganado la mano esta vez al ansia comercial de exprimir las franquicias. Una buena comedia, quizás ya escrita, sería la resultante de adentrarse en ese encuentro azaroso entre Mourinho y la novia de América, otras más, Jennifer Aniston. Ese ‘por qué’ del ahora entrenador del Manchester United daría más juego que todo el guion de esta trilogía gestual de soltera cuarentona que parece mostrarse incorrecta y provocadora para que todo siga siendo conservador y vulgar. Aunque el juego baby de condones caducados y alma pater, que envuelve el filme, presenta una buena excusa para dar una vuelta de tuerca al personaje, todo desprende aire de estirado oportunismo comercial en torno a su protagonista, Renée Zellweger, una actriz que llevaba seis años sin rodar y que ha sido masacrada en las redes sociales. Los elementos y factores más reconocibles mantienen sus constantes vitales y hay una arista poco aprovechada que aporta diferencia a la comedia: la relación entre los dos hombres que rodean a la protagonista, base paradójicamente de esta forzada secuela. La estructura permanece y el encadenado, al borde del videoclip, lo pone su banda sonora salpicada de temas que pretenden ser una especie de álbum sonoro emocional del personaje pero que suenan más a buscar un supuesto enganche generacional para los no adictos a la Jones. Hay situaciones que rozan una abierta falta de credibilidad, pese a los esfuerzos de los intérpretes y algunos diálogos. Lo poco que merece salvarse quizás está en manos de Emma Thompson que intervino el guión y se reserva un papel de ginecóloga, demasiado corto. Zellweger, entre mohines y móviles, acapara la función. Aquí nadie parece haberse enterado de que la comedia romántica ha cambiado. El personaje parece disecado y la búsqueda de libertad o la necesidad de enfrentarse a la soledad son simples dependencias emocionales para generar una inevitable sensación de cinta forzada que se consume con cierta pesadez y se olvida con enorme facilidad.

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Resacón con artillería
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Guillermo Balbona | 23-09-2016 | 07:48| 0

Juego de armas

EE UU.2016. 114 m. (16). Comedia.

Director: Todd Phillips.

Intérpretes: Miles Teller, Jonah Hill, Ana de Armas, Bradley Cooper, Jeff Pierre, Shaun Toub.rty.

Salas:  Peñacastillo y Cinesa

Señores de la guerra y señoritos de las armas. Y por debajo una red de narco artilleros, mercachifles y oportunistas, en un mercado negro y también de todos los colores con su picaresca y su suciedad. En este barro mete los pies Todd Phillips sin que aún se haya limpiado los restos de tanto resacón. En realidad para contar cómo el Pentágono pagó 300 millones de dólares para armar a los aliados americanos en Afganistán utiliza los mismos métodos que en su ‘Escuela de pringaos’, ‘Resacón en las Vegas’ o ‘Salidos de cuentas’. Es decir una farsa y fábula moral con dosis de cachondeo que retrata con eficacia y acidez los entresijos de ese campo minado que es el negocio de la guerra. Más estilizado, en ‘Juego de armas’ el cineasta, con Jonah Hill como escudo y bandera, se marca una pesadilla a ratos jocosa, en otras kafkiana, sobre la compraventa de material bélico por circuitos no oficiales en una especie de monopoly y bolsa armada al mejor postor. Milles Teller (el batería de ‘Whiplash’), y la actriz Ana de Armas (descubierta por Gutiérrez Aragón en su incursión cubana), que inicia su desembarco en Hollywood, completan el reparto de este cosmos de cinismo y patetismo que rodea un conglomerado explosivo de militarismo, ideología y dinero. con apenas tres o cuatro gestos, un constante guiño homenaje a ‘El precio del poder’ y un tono regular cercano a la parodia ‘Juego de armas’ destila una sutil envoltura de comicidad para desentrañar un drama diseccionado desde la caricatura. La base humana, esa historia de interesada amistad que sustenta el vínculo entre dos jóvenes pardillos jugando ala ruleta rusa del éxito y la muerte, permite equilibrar esta mezcla de irrisorio, delirante, azaroso y agitado sueño americano. El resultado es el de una fusión del icono de Tony Montana y una lúdica y retorcida mirada a los mafiosos de David O. Russell en ‘La gran estafa americana’. Pero además de los subterfugios y subliminales recorridos detrás de las armas, países e intermediarios, el filme nunca descuida el perfil de la codicia y la ambición convertidas en el vale todo de un parque temático de traficantes, en un sube y baja surreal en el que también cabe la acción y los guiños de sátira con malicia. Cuando Phillips se pone en modo Scorsese (desde la focalización de la droga al retrato desaforado de dos lobitos dispuestos a comerse el mundo) todo se derrumba. Cuando exprime el humor negro, sin afectaciones ni pretensiones de estilo, el largo flashback que preside el filme y la utilización eficaz de la voz en off, punteando las situaciones, la historia dispara contra todo a través de la mirilla de dos miserables, a modo de pareja de clowns, cuya supervivencia y patetismo llega a resultar entrañable.

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Más ciencia que ficción
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Guillermo Balbona | 23-09-2016 | 07:46| 0

Criminal

2016 113 min. Reino Unido

Director: Ariel Vromen Douglas Cook, David Weisberg

Reparto: Kevin Costner, Gary Oldman, Tommy Lee Jones, Jordi Molla, Ryan Reynolds, Alice Eve.

Género: Thriller. Salas: Cinesa

Hay dos maneras de enfrentarse a este pseudothriller, pseudoartefacto de ciencia ficción y pseudopelícula. Como si estuviéramos ante un juguete rebosante de guiños, artificios mestizos y prótesis, todo ello envuelto en una capa de deja vu y molde domesticado. O como un capricho comercial al servicio de Kevin Costner, una estrellla estrellada. Lo singular es que ‘Criminal’ sorprende al comprobar cómo el actor y director de ‘Bailando con lobos’ está arropado por una nómina de intérpretes que la cita parece un remake de aquellas películas de catástrofes de los setenta como ‘El coloso en llamas’. A medio camino entre ‘El caso Bourne’ y producciones como  ‘Cara a cara’ une los rostros de Ryan Reynolds, Tommy Lee Jones y Gary Oldman para conformar un thriller de tintes fantacientíficos, hipervigilancia, secretos y espionaje futurista tan poco consistente como en ocasiones ridículo. Ariel Vromen, cineasta de ‘The Iceman (El hombre de hielo)’, pretende con mucho amor propio, o poca vergüenza ajena, dar cierta coherencia a este desaguisado argumental entre conspiraciones, canallas y traidores. A lo John Woo pero sin sofisticación, ‘Criminal’ es un muñeco diabólico manido y, lo que es peor, manoseado para dotar a su protagonista de otra imagen ajena u opuesta a ‘JFK’ o ‘Wyatt Earp’. Entre Frankenstein y Poe, hombre y cuerpo ajeno muestran lados oscuros. La cosa se mueve entre la paranoia, el juego de venganza, la conspiración y la persecución. Pero casi nada tiene la suficiente personalidad para elevar la intención a categoría de sólido relato. Una historia sembrada por caricaturas, actores desmesurados y sucesión de tópicos. Pese a un arranque prometedor, la cinta llega a veces a lo irrisorio. Lugares comunes, un guion repleto de contradicciones y una trama enredadera, que se regodea en el exceso y que pasa por encima de casi todo. Carece de fuerza y de ideas claras con lo que ‘Criminal’ suena anacrónica, y se ve como un entretenimiento superficial que ni siquiera logra un mínimo engarce seductor. Casi dos horas para intentar recobrar la figura de un actor, aquí incluso mutado físicamente, en un trayecto muy movidito pero vacuo. No hay memoria ni alma en la composición y en la ficción de un filme que mezcla pero no agita este particular martini seco en el que se diluyen códigos de misiles nucleares, la amenaza de destrucción del mundo, entre la furia y la violencia, pero sin ingenio. Un filme formato bolsillo para consumo acelerado y trama de usar y tirar.

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Corazón, artificio y familia
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Guillermo Balbona | 23-09-2016 | 07:45| 0

Morgan 
EE UU. 2016. 92 m. (16). Ciencia-Ficción

Director: Luke Scott.

Intérpretes: Kate Mara, Anya Taylor-Joy, Toby Jones, Rose Leslie.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Morgan’ suena a muchas cosas y no acaba de fijarse en una. Hay seriedad en el concepto, excelente planificación y un guión con muchas dobleces al que no se saca el jugo suficiente. La película es, sobre todo, un rostro, el de Kate Mara, y un trayecto de ida y vuelta entre una tímida reflexión sobre la inteligencia artificial y otros terrenos de la creación científica, que se auguran más que próximos, y el thriller de fantasía e intriga hipertecnológica. Es un filme que no puede desprenderse de esa sensación familiar de ya visto que, no obstante, parece haberse realizado con el piloto automático de la seguridad pero también con tanta desidia en su ambición como corrección profesional y artesanal. ‘Morgan’, ópera prima de Luke Scott, hijo del cineasta de ‘Los duelistas’, discurre con tanta eficaz soltura como pereza y es demasiado facilón pensar que papá Ridley sujeta detrás las ansias de liberación del debutante a la vez que le proporciona un colchón. ‘Morgan’ huele a mezcla de ‘Alien’ y  ‘ExMachina’, juega –poco- con el espectador y nunca logra equilibrar la acción y la reflexión en torno a este grupo de científicos reunidos en una finca junto a un lago, para seguir el día a día de su nueva criatura. ¿Les suena? Sí, es como si de nuevo Byron, Polidori, Shelley y compañía, sin metas literarias, hubieran convocado sus particulares noches y días para mimar a un nuevo Frankenstein. Entre otras cosas mestizas y gregarias, sin depurar nunca del todo su personalidad visual, ‘Morgan’ presenta cierto aire de serie B hinchada. Lo mejor reside en su intencionalidad, en esa radiografía inquietante sobre la creación sintética y sus credenciales futuristas que ya son presente. Lo peor es que muchos de sus habitantes, personajes  y, por ende intérpretes, asoman desaprovechados como en un desfile sin alma. Luke Scott, con la lección aprendida, perfila una fábula entre la ciencia ficción, el terreno contenido y la amenaza subliminal. Sí parece que la ópera prima destila ese dominio de los espacios que se presupone el director neófito lleva en sus genes. La desazón y el nihilismo se incluyen en la fórmula de esta inmersión en una comuna científica. ‘Lucy’, ‘Her’, todo ello a lo ‘Diez negritos’, y la propia ‘Blade Runner’ salpican un debut interesante al que se le echa de menos cierta soltura para haber ahondado con valentía por las pantanosas tierras de la moral. Entre esas dos aguas sucias, la de construir un Prometeo de atmósfera opresiva y malsana y lo excesivamente previsible, navega Luke Scot con el cinturón puesto. Paul Giamatti y Jennifer Jason Leigh, en breves pero grandes apariciones, hubiesen merecido más protagonismo del mismo modo que se echa de menos un tono más trascendente. Hay ‘lágrimas en la lluvia’ pero después de tanta perturbación anunciada pocas sutilezas empapan al espectador. El estilo incipiente y cierta tensión enfermiza no bastan para insuflar fuego en el corazón, artificial o no, de esta ficción tatuada con muchas marcas.

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Trago seco
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Guillermo Balbona | 23-09-2016 | 07:39| 0

Blood father

EE UU/Francia. 2016. 88 m. (16). Acción.

Director: Jean-François Richet.

Intérpretes: Mel Gibson, Elisabeth Röhm, William H. Macy, Diego Luna, Thomas Mann, Erin Moriarty.

Salas:  Peñacastillo

Entre la redención de la estrella y la rendición a su presencia discurre este filme granítico, sin recovecos, ceñido a la historia. De nuevo, como esa corriente que atraviesa buena parte del cine del presente, un guión mediatizado por la relación paternofilial. Y un aire de perdición, de destino trágico y de violencia inevitable que envuelve este thriller de trago seco. Jugando con el protagonista y despojando la historia de elementos futuristas, que no caben, cabría hablar de un ‘Mad Dad’ en lugar de un ‘Mad Max’. Esta oscura y violenta danza de venganzas, ‘Blood father’,  busca y persigue en todo momento a un Mel Gibson que parece reivindicarse resurgiendo de esa zona cero en la que parece haber habitado durante mucho tiempo. Como su personaje hay sombras y claroscuros de redención y de rehabilitación en esta también parte de road movie en la que un padre exalcohólico y una hija, que parece viajar sin remisión al lado oscuro, se miran a la cara para restregarse el pasado y limpiar su futuro. No hay resquicios ni tiempos muertos, desde esa caravana varada en el desierto a esa moto que simboliza una época de contracultura – el filme incluye un largo discurso reivindicativo desde cierta autenticidad vital frente a las modas y la sociedad hipertecnificada. ‘Blood father’ es una huida hacia adelante que nunca deja de mirar atrás. El director de ‘Una semana en Córcega’, Jean-François Richet,  nunca baja la guardia y, entre cierta visceralidad y un ritmo ajustado, se marca un western de carretera, metafórico y sin tregua, con gran sentido de la economía narrativa. Gibson, como el John Wayne de última generación se sube a la moto y dispara integridad, ironía y energía a un cinta de intenso aroma a cuidada serie B. No hay nada original ni lo pretende. Quizás por ello este sucio puñetazo en la boca del estómago es más entretenido que melancólicamente redentor. Pero no solo vuelve Gibson con pegada sino el propio Richet regresa al terreno que mejor saber cruzar como ya demostró en ‘Mesrine’ y en ‘Asalto al distrito 13’. Entre el noir y lo pulp, con algo de cinismo y sin fuegos artificiales, el filme certifica su escritura nada amanerada, de montaje acelerado y mirada cortante, que no se anda por las ramas y busca siempre el epicentro argumental. Furia, fiereza, tensión  y adrenalina en un cóctel tan arrugado como el rostro de Gibson que pese a lo previsible, funciona con eficacia y reparte buenos momentos. El actor dijo en una reciente entrevista de promoción que «hay días en que me miro al espejo y veo a un viejo. Y ese es un día bueno».  Con ironía desgarradora y graduación desoladora, intérprete y personaje se miran al espejo y dejan en el espectador un reflejo entre lúdico e interrogante. Cine hay suficiente para evitar el patetismo y la convención, y atravesar este trayecto rabioso que corre a ninguna parte. Un desierto vital plagado de sangre fácil.

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Pegada y doble salto mortal
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Guillermo Balbona | 14-09-2016 | 07:48| 0

No respires

2016 88 min. Estados Unidos 

Director: Fede Álvarez.

Reparto: Jane Levy, Dylan Minnette, Stephen Lang, Daniel Zovatto, Sergej Onopko, Jane May Graves Género
Thriller.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Pánico, posesión y cojonudo son palabras adscritas a los epígrafes de sus filmes precedentes. Y lo cierto es que todas ellas pueden ajustarse al horror ciego, al viaje al fin de la noche y la ceguera con mucha vista que desprende su nueva película. El uruguayo Fede Alvarez es savia nueva que sabe a tradición bien entendida, a lección aprendida, a deuda asumida con sus mayores y a ejercicio pragmático. A la sombra de Sam Raimi, tras dedicarle más que un remake y homenaje en ‘Posesión infernal’, el cineasta firma ahora este contundente hachazo, juguetón y violento, retorcido e implacable, que juega al gato y al ratón, al perseguido y perseguidor en una danza que cambia los papales continuamente, entre giros, vueltas de tuerca y rizos. Lo peor es pensar en etiquetas y encasillar la película en el género de terror –que no lo es– o mirarla como un thriller caprichoso, que tampoco lo es. ‘No respires’ es un inteligente híbrido de robo, caza y venganza, de inmersión en la oscuridad más diáfana, esa que convierte al ser humano en un salvaje depredador. Sin anexos incómodos, exenta de subtextos parásitos para ornamentar, el cineasta de ‘Ataque de panico’ elude la sobreinformación, juega con los silencios, distribuye con acierto puntos ciegos y claroscuros e intercambia golpes de ingenio con la complicidad de los actores cuando la acción requiere detenerse a pensar en diferentes opciones. Peca quizás de cierta frialdad esta química de laboratorio y la visceralidad que se le presupone a esta historia de agresores y víctima (Stephen Lang como un gran capitán de las profundidades morales) que intercambian roles como quien caza pokémons a la puerta de un colegio. Con inventiva y  cierta elegancia formal, sin descuidos, la maquinaria precisa le permite al filme dar varias vueltas de campana y saltos mortales sin que nada se resienta. Sobra ese enésimo guiño final, tan de manual, para dejar abierta la posibilidad de una secuela, que ya se antoja gratuita, pero el resto es puro engranaje de tensión nacido del efecto jaula, el factor claustrofóbico y el caminito visual plagado de trampas. Irónica, ‘No respires’ da protagonismo a los jadeos del protagonista, a los sonidos fortuitos y azarosos y a los gritos inevitables y sólo deja ver los entresijos de un suspense aderezado por violentos golpes a ese modelo tan trillado del intruso o intrusos como sujeto de anormalidad.  Turbia pero sin excesos, concisa, simulando lo limitado de los recursos y con vocación de estilo, la obra de Alvarez es un juguete sádico donde el espacio o su falta asumen el máximo protagonismo de tal modo que el espectador llegue a sentirse como en casa, aunque sea el hogar de un infierno inesperado.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.