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La crisis en danza
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Guillermo Balbona | 20-03-2018 | 08:29| 0
La tribu
2018 90 min. España. Dirección: Fernando Colomo. Guion: Colomo, Yolanda García Serrano, Joaquín Oristrell.
Música: Vicente Ortiz Gimeno. Fotografía: Ángel Iguacel.
Reparto: Carmen Machi,  Paco León,  Luis Bermejo,  Julián López,  Bárbara Santa-Cruz, Manuel Huedo,  Rebeca Sala,  Manel Fuentes,  Horacio Colomé,  Jorge Asín, Marisol Aznar,  Alfonso Lara. Género: Comedia| Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es tan sencilla e ingenua que dan ganas de abrazarla. Parece un aparato lúdico, de club de baile de barrio y catarsis en danza. Musical encubierto, quizás tímido y volatinero, que apela al costumbrismo y lo popular, ‘La tribu’ se basta con el oficio de su director, aquí con más medios, y la solvencia y solidez de sus intérpretes. La exposición pública y el desnudo en las redes, la fuerza social de la reivindicación, el orgullo de la supervivencia subyacen o se revelan tras una historia de mujeres trabajadoras, madres y luchadoras natas que se valen del baile para canalizar su espíritu de complicidad, solidaridad y reconocimiento. Y entre ellas un gag simbólico con la desmemoria como protagonista que ayuda a poner la crisis en danza. Lástima que el guion sea tan endeble, lo que obliga a que la trama avance a trompicones entre cierto aire insustancial y repentinos pasos de talento que dejan entrever la película deseada. Fernando Colomo venía de posar con naturalidad un documento muy personal, ‘Isla bonita’, que tenía mucho de declaración de principios y amor al cine. ‘La tribu’ empapa la realidad con una pareja de actores excelentes, como Carmen Machi y Paco León, y unos buenos secundarios que permiten tapar las fisuras de una historia en la que, entre la danza urbana y el ritmo, se cuelan las caras desajustadas de una sociedad a la intemperie, plena de desperfectos. En este sentido, aunque sin profundizar lo suficiente, el filme se adscribe a esa mezcla de neorrealismo, guiños televisivos, canto social y cinematográficamente, por afinidad, a un espacio construido a lo ‘Full Monty’. Una comedia con algo de neorrealismo estrujado, musical soñado no practicante y pasaje entre lo popular y transparente, y lo oculto, cobarde y anónimo de quienes tiran de la cadena de la crisis. El desempleo, la calle, el paisaje urbano de una Cataluña en la que asoman las esteladas en los balcones contribuyen a que la ficción no solo tenga el maquillaje de género, sino la textura de la actualidad. Pese a ese predominio de lo frívolo, la comedia a veces enseña sus dientes y curiosamente alcanza dos o tres momentos intensos de melodrama que los protagonistas aprovechan para extraer todo el jugo gástrico y ácido de fondo, donde el guion no llega. Hay carisma en la envoltura pero falta cuerpo y densidad a la historia que baila en la superficie, tan pronto en la cuerda floja como en el alféizar de una cinta donde, a veces, la espontaneidad parece descuido y los hallazgos, casualidad. Le sobra simpatía y le falta músculo para levantar las pesas sociales que va dejando en el camino. Una coreografía popular a la que ‘la llamada’ a bailar se le queda corta, pese a su calidez periférica a raudales y su muy buena sintonía.
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Corre, lara, corre
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Guillermo Balbona | 20-03-2018 | 08:28| 0
Tomb  Raider  
2018 122 min.EEUU. Dirección: Roar Uthaug. Guion: Geneva Robertson-Dworet, Alastair Siddons.
Música: Junkie XL. Fotografía: George Richmond. Reparto: Alicia Vikander,  Daniel Wu, Dominic West,  Walton Goggins, Kristin Scott Thomas, Alexandre Willaume.
Género: Aventuras | Salas: Cinesa y Peñacastillo

Apunto de caramelo el  ‘Ready Player One’ de Steven  Spielberg, canto de amor a los videojuegos del cineasta de ‘Tiburón’, que algunos auguran como un antes y un después en la percepción del mundo virtual, se instala en cartelera el regreso de ‘Tom Raider’, una heroína con hechuras y factura que vende su cercanía y una presencia más terrenal. Lo cierto es que Roar Uthaug, cineasta noruego, responsable de ‘La ola’, una incursión en el subgénero de catástrofes, ha realizado un documento nostálgico ochentero con escaso gancho, falto de ritmo y tirando de tópicos. Ante semejante panorama sólo la presencia de Alicia Vikander, excelente actriz que parece dispuesta a dinamitar su carrera interpretando a Lara Croft, aporta un aire de serenidad tanto a la trama como a la definición del personaje. De hecho uno se pregunta qué sentido y justificación tiene, más allá de la lógica apelación a la taquilla, esta vuelta de tuerca al personaje que encarnara en dos ocasiones  Angelina Jolie a principios de la pasada década. No hay furia ni nervio en este continuo viaje adelante y atrás, entre peleas y caídas, zarandeada ella y el resto de criaturas en una acumulación digital con escasa gracia coreográfica. De Londres a una isla de la costa de Japón, el periplo imaginativo y físico se antoja pesado y monótono, muy gris en las soluciones dramáticas a la hora de dotar de calidez y empatía a los perfiles  atrapados en su búsqueda  particular y obsesiva, pero ajenos a transmitir algo de sí mismos. Uthaug se limita a dejar que el rostro de Vikander revele hondura y pausa entre tantas idas y venidas alocadas, de una persecución londinense en bicicleta a unas escenas supuestamente espectaculares en el mar. Además, cuando se trata de reivindicar la esencia de la aventura, el filme se mira demasiado en la saga de Indiana Jones, y en la búsqueda de una tumba misteriosa el vínculo entre Lara Croft y su padre transparenta demasiadas afinidades y deja vu. La actriz es risueña, luminosa y trata de humanizar el personaje despojado de las líneas primarias de su origen audiovisual. Pero el drama familiar parece mera excusa, el motor de la aventura es confuso y el enredo globalizador de fondo apunta a una inevitable continuación de la saga, reinventada aquí con escaso acierto y tono. Si se trataba de cubrir a la joven, heroína a su pesar, de una pátina feminista nada de ello es visible. ‘Wonder Woman’, con menos ruido y el talento de Patty Jenkins y su actriz Gal Gadot, lograba muchos más subrayados y, además, entretenidos. Pero aquí todo es impostura y vacío. Y si es mera pose y etiqueta la película se resiente aún más. Si en el primer tramo se apuntaban maneras de personalidad visual, el filme desemboca en lo convencional y trillado. El humor y la distancia se vuelven carne de género hiperventilado por la grandilocuencia. Mientras, Alicia/Lara corre desesperada hacia ninguna parte.
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Sangre de sátira
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Guillermo Balbona | 16-03-2018 | 08:48| 0

La muerte de Stalin

The Death of Stalin 2017 106 min. Reino Unido.
Dirección: Armando Iannucci.
Guion: Iannucci, David Schneider, Ian Martin, Peter Fellows.
Música: Christopher Willis. Fotografía. Zac Nicholson.
Reparto: Steve Buscemi,  Olga Kurylenko,  Andrea Riseborough,  Jason Isaacs, Paddy Considine, Jeffrey Tambor,  Michael Palin,  Rupert Friend, Simon Russell Beale.
Género: Comedia| Salas: Groucho

Ejercicio de sátira y parodia, juego interpretativo, la agitación en torno a la figura de Josef Stalin domina esta narración a modo de leyenda, farsa y falsete histórico. Con diálogos provocadores, a veces salidas de tono y, en otras ocasiones, rimas antihistóricas para ver más allá de las letras negritas, ‘La muerte de Stalin’ conlleva una mirada lúdica, nada banal ni ociosa, que recrea, a veces con retorcida habilidad, los hechos y situaciones hipotéticas que rodearon la muerte y funeral del dictador sanguinario. El cineasta Armando Iannucci, tras regodearse y fajarse en el medio televisivo durante muchos años, realizó una primera incursión en el cine con la comedia negra, ‘In the loop’, e incide ahora en este terreno siempre pantanoso y fácilmente transgredido con ligereza, en una combinación de humor y disección con estilete fino para desnudar los entresijos del poder. Los microcosmos de la antigua Unión Soviética, entre gabinetes, teatros y salones de los años cincuenta y con un arranque que hubiera firmado el Lubitsch de ‘To be or not be’, constituyen el decorado lógico de la farsa pero el hallazgo de la obra es que busca paralelismos y simbología fácilmente aplicable al presente político. La universalidad reside en ese pulso alrededor del poder, la mirada oportunista corrupta, interesada, sin que en ningún momento lo satírico se vuelva burdo ni chirríe el tono elegido. De este modo el filme agita la historia y propone un mosaico de posibles envuelto en esa capa de humor británico que impregna toda la atmósfera. Además, son excelentes las interpretaciones de una cinta coral en la que destaca la mutación física y entregada de Steve Buscemi. Lo cómico, el esperpento y lo negro cruzan y se intercambian roles y factores humanos que casan con bastante destreza. Ello se debe a que el cineasta huye de lo pomposo, construye una puesta en escena sencilla y evita lo trascendente. Iannucci plantea de manera entretenida la visión sobre el personaje y los hechos oficiales, reinventados, juguetones siempre, en una mezcla de fiesta histórica, juerga y vodevil, aunque la única sombra sea la teatralización de algunos hechos. El filme, en este sentido, tiene algo de teatro de títeres donde asoman y se golpean sin cesar los Beria, Kruschev, Molotov, Zhukov… Una fecha, marzo de 1953, un cuerpo, el de Stalin, y una secta de hienas salivando ansia de cúspide a su alrededor. El Politburó, como podían ser muchos otros círculos de poder, convertido aquí en un ruedo sangriento en el que torea la inteligencia, la provocación y el transformismo popular de todo aquello que nos venden como inamovible y pretencioso.
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Narcoprótesis
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Guillermo Balbona | 16-03-2018 | 08:46| 0
Loving Pablo 
2017 123 min. España. Dirección: Fernando Léon de Aranoa.
Guion: Aranoa (Libro: Virginia Vallejo). Música. Federico Jusid.
Fotografía: Alex Catalán.
Reparto: Javier Bardem,  Penélope Cruz,  Peter Sarsgaard,  Julieth Restrepo,  Óscar Jaenada, David Ojalvo,  David Valencia,  Lillian Blankenship,  Giselle Da Silva,  Nathan Cooper.
Género: Drama Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Quizás sea un problema de indefinición, de saturación o de simple depuración. Pero lo cierto es que ‘Loving Pablo’ nunca encuentra su sitio ni su voz. Es un retrato más, pero podía ser uno menos. Ni el personaje ni su máscara, ni la persona ni la caricatura porque el filme deambula sin lograr detenerse en un perfil claro y en una intención precisa. Es una obra de prótesis y voz en off, de barriga y papada, de narcoanécdotas salpicadas en un extraño diálogo entre la desmesura de la interpretación y un humor extraño que rezuma algunas situaciones. Lo cierto es que en poco tiempo se ha vivido un auténtico exceso de narratividad en torno a Pablo Escobar plasmada en muy diferentes proyectos (algunos frustrados), y uno no acaba de ver tantas aristas que merezcan exprimir más la veta. Fernando León de Aranoa se muestra verdaderamente visible cuando se aparta de la figura del sujeto, ya demasiadas veces zarandeado, y se acerca a situaciones de denuncia y compromiso. El cineasta de ‘Princesas’, que pareció girar su cine con tintes internacionales a partir de ‘Un día perfecto’, dotado de una sensibilidad especial para adentrarse en elementos sociales, quizás debería fijar más el tiro en esta España donde los ricos son mas ricos y los pobres más pobres. Es loable su esfuerzo en ‘Loving Pablo’ para distanciarse de otras incursiones en el personaje, desde la referencia inevitable y el peso que arrastra la serie ‘Narcos’ al rerato de ‘Paradise lost’. Pero el esquematismo al que recurre León de Aranoa, a veces puede confundirse con un desnudo integral biográfico tan sintetizado como endeble. La voz en off de la periodista Virginia Vallejo, su amante y narrativodependiente, la entrega de Javier Bardem que sigue jubiloso en sus explosiones viscerales y el empeño en rastrear la intimidad de Escobar son los factores dominantes de un filme en el que no siempre casan ni adquieren sentido por sí mismos. No obstante, son precisamente los momentos del caos y angustia, con la mirada de Bardem/Escobar de frente y de perfil, en su soledad, los que elevan la cinta y la singularizan: el poderoso final del fanático hombre solo; su carrera desnudo en una de sus fugas; o esas miradas interpretativas rodeado de los suyos, como la que lanza desde una puerta entreabierta mientras son torturados y descuartizados dos de sus colegas. Por contra las apariciones y desapariciones de Penélope Cruz resultan caprichosas; hay personajes como el encarnado por Peter Sarsgaard que parecen pegotes de quita y pon; y lo fragmentario de la cosa acaba en ciertas reiteraciones y un aire cansino. Y el hecho discutible de que el idioma de la cinta sea el inglés, que da lugar a giros y choques expresivos curiosos, se agrava con un doblaje espantoso. Del documento se desprende confusión, devaneos y una continua colisión entre la depurada puesta en escena y ese relleno pesado de barriga, tan voraz como superficial.
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Elogio de la diferencia
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Guillermo Balbona | 12-03-2018 | 11:28| 0
Una mujer fantástica
2017 104 min. Chile. Dirección: Sebastián Lelio. Guion: Lelio y Gonzalo Maza. Música. Mathew Herbert.
Fotografía: Benjamín Echazarreta.Reparto: Daniela Vega,  Francisco Reyes,  Luis Gnecco,  Aline Küppenheim,  Amparo Noguera, Alejandro Goic, Antonia Zegers.
Género: Drama.Salas: Groucho.

Más allá de su hermosa militancia en la diferencia, posee una mirada envolvente, hambre de claridad y ganas de contar. Con cierto magnetismo y mirada cristalina, sobriedad y concisión, ‘Una mujer fantástica’ es un soplo de aire libre que evita las estridencias y se aferra al oficio de vivir. El filme chileno es un fragmento de dignidad frente a la intolerancia, la hipocresía y el triunfo de las apariencias. Reciente ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa, este retrato sencillo pero con hondura, austero aunque con muchas cargas de profundidad y tremendamente amargo eficaz y rotundo, desprende una sinceridad y cercanía inusuales. Como todo combate en solitario frente a un sistema o una barrera colectiva, la película de Sebastián Lelio crece con la complicidad de la justicia y lo hace con sosiego y pausa, dejando que se construya un territorio sobre la identidad en el que todos estamos implicados. En tiempos de imposturas y poses, de superficialidad y etiquetas, este personaje/persona más que nunca representa firmeza y aliento intrépido. Su presencia y, por ende, la película se sustenta en un nervio moral que discurre sin desmayo desde el sufrimiento interior al trayecto emocional más íntimo. En el fondo es una nueva ‘forma del agua’, un perfil de elogio de la diferencia que huye del sensacionalismo y la denuncia espectáculo. El cineasta de ‘Gloria’, su tarjeta de presentación internacional, que ahora ha iniciado el desembarco en la gran industria, perfila el relato de una rebeldía. Daniela Vega encarna a la transexual que colisiona,  batalla, rumia y desnuda su dolor por una pérdida desde el intimismo, al tiempo que combate contra la intolerancia desde la reafirmacion personal de su condición. El cineasta no deja en ningún momento que el filme quede estrangulado en la militancia o en el grito silencioso. Y se muestra narrativamente tan libre como huidizo de lo encorsetado. Guiños al musical, elementos mágicos, documentalismo social, retrato urbano, Lelio construye un cuento libre sobre la identidad, cuya visión debería integrarse en las actividades  de los centros escolares. Una obra de cámara con personaje dentro, el filme desnuda con sencilla puesta en escena y una actriz que transmite verdad con su comunicación hipnótica, entre el naturalismo y el realismo mágico, entre la empatía y la complicidad. Es una defensa de la individualidad, de la personalidad, del soy frente al qué dirán. Sus ráfagas de intensidad subrayan un ejercicio preciso de cine que muerde entre la rabia contenida y los silencios. Una heroína propiamente dicha, a lo Valle-Inclán, que mira de frente a la vergonzosa actitud social para componer una travesía sobre la reivindicación de lo diferente.
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Sustos de repetición
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Guillermo Balbona | 12-03-2018 | 11:27| 0
Winchester: La casa que construyeron los espíritus
2018 99 min. Australia. Dirección: Michael y Peter Spierig. Guion: Spierig Brothers y Tom Vaughan.
Música: Peter Spierig. Fotografía: Ben Nott. Reparto: Helen Mirren, Jason Clarke,  Sarah Snook,  Angus Sampson,  Emily Wiseman, Laura Brent,  Tyler Coppin,  Dawayne Jordan.
Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Fantasmada con muchas puertas de guardar y pocas llamadas de atención. Lo mejor, que está Helen Mirren y eso espanta hasta el aburrimiento, aunque aquí no la han dejado mucho margen para que vuelta a conmovernos. Lo peor, ese estupidizante empeño en convertir el sublime género de terror, que forma parte de nuestro ADN humano, en un campo minado de sustos como si cada entrega fuese una visita guiada a Hacienda. El punto de partida de ‘Winchester’ –esa casa en permanente construcción para ahuyentar y limitar el acceso de los espíritus (muchos lo practicarían con gusto con algunos parientes e invitados inesperados) prometía momentos de ilusión. Pero los hermanos Spiering, autores de tan delicados productos de serie como la octava entrega de ‘Saw’, deciden tras un arranque expectante convertir el relato de tintes victorianos y góticos en un mero documento notarial. Sustos en serie de repetición como el rifle que da nombre al filme; reiteraciones en la puesta en escena y escasa capacidad para generar una atmósfera en una casa con más de 160 habitaciones a la que los directores tratan como si rodaran en un único salón. El laberinto, la amenaza, la claustrofobia, la leyenda, la posesión, el espiritismo como lenguaje se pasean por la casa sin que la película logre administrar ese temor a lo desconocido que discurre invisible pero cargado de texturas sutiles. Los itinerarios intrincados posibles entre habitaciones y dimensiones son tratados como si fuese un folleto de venta de una inmobiliaria. Todo el sentido, los recursos y el dominio del espacio que la historia demandaba son despachados con decisiones funcionariales. Enmarcada en el subgénero de casas encantadas, la cinta no obstante pudiera haberse adscrito con personalidad visual a ese álbum de la arquitectura del terror donde habitan la poética de la memoria de Manderley, la descomposición moral de Usher, el Overlook de ‘El resplandor’, o incluso la mera mención del motel de ‘Psicosis’. Pero Winchester, que solo aterra su epígrafe añadido, ‘la casa que construyeron los espíritus’, nunca exprime la identidad de aquella construcción de 1884 que la viuda del empresario de las armas William Wirt Winchester, ordenó construir  en un continuo proceso de crecimiento. Lo orgánico, los espacios como personajes, el juego de estancias, la circulación de la atmósfera mórbida y corrupta del pasado, la gramática de los no muertos apenas merecen una simple mención de guion. Mirren encorsetada por una pobre dirección hubiera sido nuestra médium letal. Aquí es una anfitriona más de ese cine de manual que visualiza con caligrafía burócrata las voces inquietantes que acechan en las sombras. Uno de esos hotel asépticos donde sólo asusta el precio.
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Colocón Disney
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Guillermo Balbona | 12-03-2018 | 11:26| 0
Un pliegue en el tiempo
A Wrinkle in Time 2018 109 min. EE UU. Dirección: Ava DuVernay.
Guion: Jennifer Lee (Novela: Madeleine L’Engle). Música: Ramin Djawadi.
Fotografía: Tobias A. Schliessler. Reparto: Oprah Winfrey,  Reese Witherspoon,  Mindy Kaling,  Storm Reid,  Zach Galifianakis, Chris Pine,  Gugu Mbatha-Raw,  André Holland,  Levi Miller,  Bellamy Young, Rowan Blanchard,  Will McCormack,  Michael Peña,  Daniel MacPherson.
Género. Fantástico.Salas: Cinesa y Peñacastillo.

El desbordamiento de sus imágenes es desmentido por la vulgaridad de su guion. Este artefacto Disney que podría haber firmado Christopher Nolan en la cuna, es un híbrido de cuento de hadas, videoclip lisérgico y chute de bondades y abrazos. Su innegable despliegue, que no pliegue, de iconografía de salón visual, como una feria de las vanidades desmesurada, entre egos, espejos y colores, carece de sustento sólido y de un fundamento narrativo atractivo. En otro contexto de proyección perfectamente pasaría por ser el documento de presentación de una secta con sus mensajes subliminales de captación y sus seductoras promesas trascendentales. ‘Un pliegue en el tiempo’ es como una dosis de sueño enfebrecido, catálogo de una inmobiliaria celestial y sueño compartido por un matemático y un astrónomo tras una noche de farra. Este resacón entre las galaxias ilustra pero no mancha y se postula como un escaparate de señales y voces en una viaje astral de tarifa plana. Av DuVernay, actriz, productora y cineasta, galardonada en Sundance y primera directora afroamericana en ser nominada al Oscar a la mejor dirección por ‘Selma’, ni agita ni emociona. Es loable que su onírico cóctel de polvo de estrellas parta de la marginación (los niños diferentes a los que nadie quiere) y de una constante apelación a la imaginación, pero sus elecciones y decisiones otorgan una textura que deja en mesurada a ‘Más allá de los sueños’ de Robin Williams, y se encharca en sus excesos de postales pop. Las tres hadas de la historia, por ejemplo, parecen las animadoras de un club de fans, y los tempos de la dramatización están llenos de agujeros negros. La exploración de lo fantástico carece de emoción y todo parece deambular más como ilustración que como experiencia. El centrifugado de trayectos de fantasía entre dimensiones solapadas y formas visuales, supuestamente insólitas, está arropado por una permanente y molesta orquestación que tan pronto subraya innecesariamente las situaciones como convierte un giro argumental en la promoción de un nuevo lanzamiento musical. La adaptación de la novela de Madeleine L’Engle no tiene alma y parece el encargo de una corporación para presentar su catálogo de novedades de temporada. Aplazada la capacidad de asombrar, la directora tira de oficio y convierte un relato a priori atractivo en una fiesta familiar que rebosa fuegos de artificio y una sobredosis cromática que sólo sirve de envolvente para cubrir las apariencias. Entre tanto iconos al final el único entretenimiento es imaginar a la gran Oprah Winfrey descendiendo –como el ser celestial que encarna aquí– sobre el tejado de la Casa Blanca en una fantasía de justicia poética democrática que, esta sí, apele al espíritu de la aventura.
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VERDÚ CONTRA TODO
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Guillermo Balbona | 07-03-2018 | 08:14| 0
Sin rodeos 
2018 España. Dirección: Santiago Segura.
Guion: Marta González de Vega, Benigno López, Segura.
Música. Roque Baños, Tessy Díez.Fotografía: Kiko de la Rica.
Reparto: Maribel Verdú,  Candela Peña,  Diego Martín,  Rafael Spregelburd,  Cristina Pedroche, Santiago Segura, Cristina Castaño,  Bárbara Santa-Cruz,  David Guapo.
Género. Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Precisamente  son los rodeos, los círculos desconcentrados y periféricos, los que diluyen esta comedia de trasfondo amargo, sus intenciones y disparos. Salvo un momento central en el que el personaje interpretado a la perfección –como casi siempre– por Maribel Verdú, toma las riendas, el resto es humo, en ocasiones patetismo, cuando no un deslavazado conjunto vacío de supuestas divertidas escenas en torno al personaje que pasa de víctima inconsciente a zarandear a su entorno. Santiago Segura, que abandona su Torrente y también sus torrenciales desbordamientos de discutible comicidad, firma una comedia que de no haberse distraído con cameos, banalidades y guiños televisivos hubiese sido un revolcón de neorrealismo negro, muy negro, con la mujer como pulso y epicentro. Pero el retrato de la mujer madura que muta su crisis por un bofetón a los tópicos y estereotipos, está subordinado a chanzas jocosamente desperdigadas, algunas interpretaciones lamentables y persones sobrantes. Al igual que el Alex de la Iglesia de ‘Perfectos desconocidos’, Segura lleva a su terreno, a modo de remake entusiasta, una cinta ajena a la filmografía española, en este caso la producción chilena ‘Sin filtro’. La acidez, el bocado de realidad que se zampa el personaje de Maribel Verdú resulta aplacado por una bobería que se esparce como un virus por una cinta que pierde su rumbo y que, no obstante, esconde la patita de muchas cosas que se intuyen muy personales: el tratamiento de los personajes, el aire de vitalidad que se desprende de algunas escenas y ese soltarse la melena que acompaña a los títulos de crédito, cuando ya no hay remedio. Falta mordiente en los diálogos y la presencia de rostros populares, mediáticos o más bien catódicos provoca chirridos en un engranaje que merecía ser engrasado por el ingenio de Segura, sin descuidar la potencia de su personaje, en lugar de irse por las ramas. Con un arranque pésimo y una estructura que parece presentar dos películas en una, ‘Sin rodeos’ apunta esa disección satírica sociológica en direcciones como la dependencia a la nueva tecnología, internet, las redes sociales y los liderazgos construidos entre los likes, Facebook, ‘influencers’ e Instagram; y del otro lado, los golpes que se lleva la mujer, su condición e identidad, por todo tipo de abusos. Pero Segura no profundiza y se queda en la superficie de una comedia resbaladiza en la que Verdú combate a todo y a todos, especialmente a las trabas  que su director pone a su propia película.
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De hielo y fuego
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Guillermo Balbona | 07-03-2018 | 08:12| 0
Gorrión rojo
Red Sparrow 2018 139 min. EE UU.
Dirección: Francis Lawrence. Guion: Justin Haythe.
Música: James Newton Howard. Fotografía: Jo Willems.
Reparto: Jennifer Lawrence,  Joel Edgerton, Jeremy Irons, Charlotte Rampling, Mary-Louise Parker, 
Género: Thriller | Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Su atractivo reside en el desconcierto. Y eso dicho de un filme adscrito en apariencia al género del espionaje, a los rescoldos de la Guerra Fría y al thriller psicológico es un elogio. Más sórdido, mental y extraño que la media, sacrifica la acción directa por un halo de frialdad de fuego donde brilla la empatía director- actriz y resalta la crudeza, el protagonismo del sexo y cierto retorcimiento en el lenguaje del cuerpo como expresión de seducción, engaño y supervivencia incluso. Cercana a películas como ‘El topo’ y  ‘Topaz’, por poner dos extremos, ‘Gorrión rojo’ sortea las estancias comunes del género y aunque la trama mantiene las coordenadas al uso, por ejemplo, de un relato de John Le Carré, desprende un aliento diferente entre el magnetismo y la repulsión con ese juego permanente de frío y caliente, de heladora calentura, de ardiente y níveo paisaje interior. Sin artificios ni esas concesiones habituales al amarillismo y la imagen impactante, con una cadencia y sobriedad singulares, Francis Lawrence va sembrando el campo minado de la joven bailarina de giros, agitaciones y convulsiones sutiles, nunca estridentes, en cuyos resquicios y fronteras entre personajes y situaciones va deslizándose esa otra película inesperada que tiende a la perturbación y la oscuridad. El cineasta de la  excesiva ‘Constantine’, pero también de la melosa pero atractiva postal ‘Agua para elefantes’ y, por supuesto, de la saga de ‘Los juegos del hambre’, se revela coherente, eficaz, preciso en el retrato en femenino singular de un víctima del sistema, que se mueve entre la disciplina, la venganza y el instinto. Desde el potente montaje paralelo inicial que funde escenario y escena, suspense y trama, realidad y metaficción, hasta el desgarro y la dureza de algunos pasajes ligados a la rotura física y moral (los que se desarrollan en la residencia de adiestramiento parecen una pincelada naif del Pasolini de ‘’Saló o los 120 días de Sodoma’), certifican que al filme le interesa más el perfil, las entrañas y la transformación interior de su criatura que la enredadera de traiciones, topos, agentes dobles y adeptos a unas causas u otras, casi ninguna noble. La integridad y la supervivencia son los ejes que tiran de una cuerda floja por donde discurren las tribulaciones de esta Nikita cerebral dispuesta a dinamitar las convenciones. Querencias y sangre, sexo y libertad, hasta la propia historia de amor que asoma inevitable no parece tal. En el interior de ese hielo ardiente late un pulso hiriente sobre el destino, la muerte y lo perverso. Un filme arriesgado y notable al que le sobra metraje (y doblaje, claro) y al que quizás le falta una de esas direcciones más enérgicas. Gran parte de su delicado enjambre donde zumba esa otra película de armas tomar y desde Rusia con horror, reside en el excelente trabajo de Jennifer Lawrence. Descarada y astuta, película y personaje y, por ende, actriz, construyen un juguete absorbente que restriega los pliegues humanos bajo la piel de lo aparente

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La intrahistoria de los afectos
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Guillermo Balbona | 28-02-2018 | 11:00| 0
Lady Bird
2017 94 min. EE UU. Dirección y guion: Greta Gerwig. 
Música: Jon Brion.  Fotografía: Sam Levy.
Reparto: Saoirse Ronan,  Laurie Metcalf,  Lucas Hedges,  John Karna,  Beanie Feldstein, Tracy Letts,  Timothée Chalamet,  Danielle Macdonald,  Bayne Gibby,  Victor Wolf.
Género: Comedia dramática. | Salas: Cinesa y Peñacastillo

 Desprende el encanto de las obras perfumadas con un gesto ácrata y libertador. Es un retrato en femenino singular transformado en mirada vital plural. ‘Lady Bird’ derrama lucidez y acidez a partes iguales y traza una película de apariencias desbordada por sus profundidades. En la superficie es el perfil de una joven que parece a veces demasiado adolescente y otras excesivamente adulta. En lo hondo, un apasionado arrebato de rebeldía e inconformismo, ambos estados y parámetros siempre en busca de lo emocional que, sin embargo, parece discurrir invisible aunque siempre acaba por mostrar sus heridas, cicatrices, desgarros. ‘Lady Bird’ es Saoirse Ronan y con unos cuantos fotogramas y escasos minuto de metraje uno se cerciora de que no podía ser ninguna otra actriz. Hay en su figura, en su manera de desenvolverse algo que va más allá del personaje. Y ello permite crear una atmósfera y un ecosistema propios. Es curioso porque buena parte de las películas de la nueva temporada comparten un juego especial entre el deseo y la realidad como si discurrieran bajo un cielo protector elaborado con materia fina y delicada pero tremendamente resistente. Greta Gerwig, casi debutante, traza una película con escasos medios, tan luminosa, original y singular que causa sorpresa y exige deslumbramiento. A diferencia de buena parte del cine americano del presente, ‘Lady Bird’ trata al espectador pero también a sus propias criaturas con respeto y el filme transparenta inteligencia y una energía especial. Sus distancias, apropiadas y bien medidas, resultan de la ironía y el juego permanente, entre el retazo personal y el sentido común, entre el elogio de la diferencia y la colectividad. Como historia de iniciación se revela extraña, diferente, sutil, fría pero cómplice, como dotada de un tono entrañable, un apasionamiento que nunca desciende a la afectación ni al artificio. Greta Gerwig demuestra que como cineasta posee materia prima a raudales y su dirección de actores es magnífica. Retrato desmayado, contenido y sobrio pero a su vez divertido, existencial y melancólico. Con un arranque deliciosamente prometedor, distinta y muy personal, la cinta es una comedia habitada por muchos agujeros y carencias que persigue la intrahistoria de los afectos. Su atrevimiento, en los  diálogos, por ejemplo, genera siempre un contraste de comicidad y dramatismo con textura mas convencional. Las relaciones de amistad, y, en especial, el vínculo con la madre depara momentos de extrañeza y encanto. Autobiográfica, sin amaneramientos, delicada y muy segura de sí misma, es una obra sobre las identidades, propias y ajenas, dotada de una respiración única y que siempre antepone la sencillez como estilo y declaración de principios.
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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.