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La palabra en la batalla

El instante más oscuro
Darkest Hour 2017 125 min. Reino Unido.
Dirección: Joe Wright. Guion: Anthony McCarten
Música: Dario Marianelli. Fotografía: Bruno Delbonnel.
Reparto: Gary Oldman,  Ben Mendelsohn,  Kristin Scott Thomas,  Lily James,  Stephen Dillane, Richard Lumsden,  Philip Martin Brown,  Brian Pettifer,  Tom Ashley,   cke
Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

No es un biopic. Y sortea con distracciones, atmósferas y virtuosismo, el tono hagiográfico tan frecuente en estos perfiles. Es más bien una vibración, un latido político, un hombre en el laberinto de un agitado mes, que resulta ser una encrucijada decisiva tanto en su biografía particular como en la del mundo que lo rodea. Retrato o excusa, Churchill se mueve entre el látex del maquillaje que esconde al actor Gary Oldman para descubrir al primer ministro británico, y las imágenes sibaritas, entre filigranas y subrayados que imprime a la narración el cineasta Joe Wright. En tiempos de ‘Brexit’ reivindicar la figura del mandatario y rey de la oratoria resulta tan suspicaz como perverso. Si el nivel político actual de los dirigentes del Reino Unido fuera mínimamente cercano al del Primer Ministro británico, su marcha de la UE  sólo podría interpretarse de una manera: el que quedara aislado sería el continente. El director de ‘Expiación’ (últimamente imbuido en la serie ‘Black mirror’) obvia el análisis de actualidad y fija la atención en la superficie del popular político. El suyo es un filme de citas visualizadas a través de esa tendencia de Wright por el álbum de imágenes impecables, elegantes, de planos y movimientos de cámara que parecen buscar lo imposible. Vemos el mundo como una pecera a través del ojo de Churchill mientras transitamos por un tiempo convulso sin saber si llegaremos a la orilla.  Jonathan Teplitzky, con la interpretación de Brian Cox al frente, se acercó al mandatario en pantalla hace apenas unos meses y, de manera colateral,  ‘Dunkerque’ de Christopher Nolan retrataba el reverso: la victoria moral de una masa anónima. Curiosa y paradójicamente ‘El instante más oscuro’, pese a su destreza con las imágenes –las miradas del líder hacia el pueblo desde un vehículo, o el virtuosismo para evitar que tanto despacho y duelo verbal condicionen este thriller político–, alcanza sus momentos más emotivos y auténticos cuando vibra la palabra épica del discurso de Churchill, cuando en una escena afectada pero tremenda en su efectividad el político viaja en el metro con los ciudadanos y ratifica que lo importante es la lucha final contra el fascismo y no cabe la rendición. El resto es superficie, no hay hondura ni en el retrato del personaje ni de quienes le rodean, caso de la desaprovechada figura de su esposa, encarnada por la siempre intensa Kristin Scott Thomas. No obstante, el manierismo del cineasta y la brillantez del discurso, bien macerado por el guión, logran momentos atractivos. Oldman, mas allá de la máscara, consigue transparentar matices tras la piel y la gesticulación. Rabia, fuego, temblor y leyenda. Lo que huele a verdad, lo más necesario al cabo, es ese estremecido elogio de la palabra movilizada en la batalla, que construye la gramática esencial de la supervivencia y la épica de la utopía.

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Leer la vida

La librería 
The Bookshop (La librería) 2017 115 min. España.
Dirección: Isabel Coixet. Guion: Coixet (Novela: Penelope Fitzgerald).
Música: Alfonso de Vilallonga.Fotografía: Jean-Claude Larrieu.
Reparto: Emily Mortimer,  Patricia Clarkson,  Bill Nighy,  Honor Kneafsey,  James Lance, Harvey Bennett,  Michael Fitzgerald,  Jorge Suquet.
Género. Drama  Salas: Peñacastillo. Y Filmoteca (V.O.S.) desde el día 13.

 

Cada uno tenía su pasado encerrado dentro de sí mismo, como las hojas de un libro aprendido por ellos de memoria; y sus amigos podían leer sólo el título». Las palabras de Virginia Woolf, la habitación propia, el eterno femenino, la libertad de escritura y la lectura pueden enmarcar la atmósfera de esta mirada sutil que se posa sobre la vida como se lee una última página de un  gran libro: con algo de placer consumado y melancolía por lo que definitivamente ha concluido. En ese equilibrio de exaltación de vida y sombra de muerte, de libertad y opresión se mueve esta historia en femenino singular enfrentada a una estructura coral cargada de poder, intolerancia y prejuicios. Isabel Coixet, cuyo cine ha venido mutando con aparente facilidad sin que ello haya perjudicado la esencia de una cineasta de caligrafía personal e intensa sobre la que no cabe andarse con medias tintas, ha abordado tras varios cortos y proyectos documentales una adaptación pulcra, meticulosa y compleja bajo la pátina de sencillo y estético retrato. Esa mezcla de naturalismo e impresionismo, su incursión y diálogo con el paisaje, el de la naturaleza y el humano, y la colisión del deseo y el sueño personal frente a los obstáculos de una comunidad instalada en la superficialidad y las etiquetas sociales y morales, conjuga una delicada y hermosa celebración de la libertad y un elogio de la lectura como viaje, descubrimiento y estancia pasional. La directora de ‘Mapa de los sonidos de Tokio’ que, en los últimos tiempos, ha realizado proyectos tan dispares como ‘Ayer no termina nunca’ y ‘Nadie quiere la noche’, despliega en ‘La librería’ una lección de sensibilidad encajada en una puesta en escena que acentúa esa simbiosis entre la apariencia y el mundo interior, la libertaria fuerza de la naturaleza y el ruido de la vulgaridad, la complejidad de las emociones y la defensa del buen gusto o el respeto al otro. La estética british de esta adaptación de la obra de Penelope Fitzgerald se filtra con una mirada sobre el mundo que se expande de lo pequeño -el pueblo- a lo universal, los libros y su invitación permanente. En su tono aparentemente comedido y austero late una vibración emocional que recorre las entrañas de este cuento de mujer con libros, de coraje y deseo de ser libre. Es ese juego de contrastes, la red de afinidades y complicidades entre algunos personajes y esa constante sensación de ir posándose sobre las cosas. El lenguaje de ‘La librería’, con su gramática propia, ofrece sugerencias, construye castillos en el aire que pueden sentirse y abre cínicas defensas frente a la amargura y los enemigos de la libertad. Entre libros anda el juego. Entre ‘Crónicas marcianas y ‘Lolita’, entre miradas, silencios, querencias y vínculos. Una película que es una cartografía humana para leer personas y acceder a los capítulos existenciales, conscientes de que nunca terminaremos la lectura. Sugerencia y conmoción como marcapáginas de instantes donde fluye la vida.

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De espejos y reflejos

El secreto de Marrowbone 
2017 109 min. España
Dirección y guión: Sergio G. Sánchez.
Música: Fernando Velázquez.
Fotografía: Xavi Giménez.
Reparto: George MacKay,  Mia Goth,  Charlie Heaton,  Anya Taylor-Joy,  Matthew Stagg.
Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo

 Es un cine que se mira en otros y en los otros. Una película espejo sobre espejos y reflejos, estancias y no lugares entre el pasado y el presente donde fluye la necesidad de amar, los monstruos interiores y el miedo a crecer. En ‘El secreto de los Marrowbone’ cabe tanto universo referencial, lo cual es bueno y malo, como factura sólida, tanto poder ilusorio, como de caja mágica, como frialdad emocional. A Sergio G. Sánchez le ganan sus ansias de contar, su narratividad, y le pierden sus excesos: cierto manierismo, el postalismo de algunas imágenes y los subrayados musicales. El cineasta debutante, autor del excelente cortometraje ‘7337’, guionista reputado de ‘El orfanato’ y ‘Lo imposible’ de Bayona, se regodea en los límites de su historia y retuerce el guion de tal modo que su mecanismo de relojería acaba sonando con retraso, sin efecto sorpresa y deja vu, como si un reloj de cuco soportara un mecanismo sincronizado, digital y sofisticado. Su filme es otra vuelta de tuerca, Henry James, Peter Pan y una inmersión desde el misterio del pasado en ese miedo primario que arrastramos, el de las pérdidas entre la infancia y la adolescencia, entre el niño y el adulto. El filme se muestra más sugerente cuando se aparta de las obligaciones de género, del thriller que lleva dentro, y retrata con delicadeza esas fronteras inasibles entre lo que perdemos y poseemos para siempre. Un juego sutil entre la fantasía y la realidad, la ensoñación y el deseo, la imaginación y los sueños. El secreto no importa tanto como cruzar entre mundos conocidos y desconocidos, entre alumbramientos y sombras, entre susurros e historias a medio contar y evidencias y pesadillas cotidianas. Hay sustancia, ADN, vocación de estilo y hasta sobran algunas demostraciones de oficio, pero falta sugestión emocional, hondura, como si el filme necesitara desprenderse de una carga que arrastra sin saberlo. Giros sobre sí mismo y ornamentos se entrelazan con una elegancia visual innegable, pero acaba por distraer más que aportar. Entre el drama familiar y el terror psicológico, ‘El secreto de los Marrowbone’ discurre coqueta, elegante, con empaque y apariencia pero se muestra endeble cuando el miedo, la soledad, la mentira y lo ignoto toman el mando de los espacios. La angustia malsana y lo enfermizo, lo sórdido incluso, se anuncian pero no encuentran su sitio. Los fantasmas están más huérfanos que los personajes. El miedo y la culpa habitan en el caserón que acoge la trama pero las trampas, el efectismo, el deseo de transitar entre géneros como para contentar públicos diferentes agota y ahoga las estancias donde realidad y fantasía colisionan cada una con sus armas. Es un filme hermoso en ocasiones, afectado casi siempre, que olvida el equipaje que llevaba dentro: la fragilidad humana, la fortaleza emocional y el combate entre el niño y el adulto que llevamos dentro. Cuando quiere lanzarse al vacío es demasiado tarde y la historia ya está tan sujeta, jibarizada por Hollywood como domesticada por un suspense que se ha dejado por el camino la magia de la extrañeza. Y todo resulta un secreto a voces.

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pliegues familiares

Las hijas de abril
2017 93 min. México. Director y guión: Michel Franco.
Fotografía: Yves Cape.
Reparto: Emma Suárez, Ana Valeria Becerril, Hernán Mendoza, Joanna Larequi, Enrique Arrizon, Iván Cortés, Giovanna Zacarías.
Género: Drama. Salas: Groucho.

Lo sencillo y lo complejo conviven en este drama familiar, cuyos pliegues y matices se solapan de forma irregular y un tanto fría. La verdadera ‘abril’, la primavera narrativa la transparenta Emma Suárez, una actriz siempre capaz de aportar una capa de dulce extrañeza, de atracción melancólica que se posa sobre las películas que interpreta. Este drama familiar mexicano, cargado de intrahistorias, describe un caso de maternidad, un disturbio y una perturbación en torno a una desestructuración mediatizada por un enigma. El cineasta Michel Franco juega con las sombras del pasado, prolonga a lo largo de la obra lo que podría considerarse un prólogo o un preámbulo en busca de una expectante consecuencia. Los personajes y sus motivaciones, las elipsis emocionales vertebran un filme sereno pero inquieto, que se antoja insinuante y que repta entre obsesiones y manipulaciones, en una especie de sórdida psicología que juega con la maternidad, la maldad, lo impulsivo. La paradoja es que pese a todas las emociones implicadas y contenidas, la cinta discurre de una manera un tanto falsamente aséptica, como ajena a lo que se cuenta, miscelánea de melodrama y de intriga que cuaja de verdad cuando la presencia de Emma Suárez se vuelve omnipresente, no por desaforada ni pasional, sino por sutil y poderosa en su destreza para impregnar un perfume especial a lo cotidiano. El director de ‘A los ojos’ y ‘Después de Lucía’ extiende una mirada realista que describe el comportamiento de los personajes pero sin aplicar moralismos facilones ni hipérboles sensacionalistas. Entre cierto minimalismo y una disección de las relaciones maternales,  el filme también se contagia de cierta ambigüedad a la hora de presentar a sus criaturas y en el tono de la apuesta, un psicodrama instalado en lo extraño, atractivo y muy sobrio. Entre la precisión y la frialdad, entre Buñuel y Haneke, el cineasta mexicano se vale de las grandes interpretaciones y asume la coartada de Emma Suárez. ‘Las hijas de Abril’ funciona como un mecano. Su latido interno es el de la catarsis que convive y se desata a modo de gran explosión familiar donde, entre escasas palabras y gestos contenidos, se revela una tela de araña familiar que huye de la complacencia, crea estancias inquietantes y desbroza lo convencional hasta exprimir la naturalidad y la rareza en un diálogo tan incómodo como abierto en el tiempo. Precisamente lo admirable es esa capacidad para mantener una expectación sobre un estado latente, indefinible, pero que se levanta entre la densidad y la levedad, entre la amenaza y la sombra de una duda. Cuando esa atmósfera se muestra inválida, está  Abril/Suárez como un ángel dispuesta a corregir el mundo de la ficción y el que transcurre fuera, aunque sean el mismo.

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El muñeco de nieve

Blanca y pura
The Snowman 2017 125 min. Reino Unido. Director: Tomas Alfredson.
Guion: Hossein Amini, Peter Straughan, Søren Sveistrup (Novela: Jo Nesbø). Música: Marco Beltrami.
Fotografía: Dion Beebe.
Reparto: Michael Fassbender,  Rebecca Ferguson,  Charlotte Gainsbourg,  Jonas Karlsson, J.K. Simmons, Val Kilmer,  James D’Arcy,  Chloë Sevigny,  David Dencik, Michael Yates.
Género: Thriller: Salas: Cinesa y Peñacastilllo

 Cabe hablar de decepción cuando un cineasta ha realizado una joyita como  ‘Déjame entrar’ y una cinta tan sólida y sugerente como ‘El topo’ y desciende después al territorio de los lugares comunes y los tópicos. Es lo que ha sucedido con Tomas Alfredson y su nuevo filme, una plana, sinsorga y aburrida producción aferrada a un distanciamiento tan frío como los lugares noruegos que retrata. A priori su incursión en las novelas de Jo Nesbo y su propuesta negra sobre la nieve blanca contaba con los ingredientes necesarios como un reparto atractivo y un relato seductor desde los horrores primarios a la naturaleza del mal. Pero la desafección, los desequilibrios y la falta de luz emocional convierte ‘El muñeco de nieve’ en un vulgar thriller donde cada paso parece telegrafiado de antemano y las dobleces del guion se tornan monótonas, carentes de las sutilezas y elipsis de sus anteriores filmes. Se ha citado como coartada los problemas de producción y su acelerado tiempo de rodaje pero lo cierto es que el filme se diluye en su falta de credibilidad y sus boquetes a la hora de mostrar los saltos en el tiempo y el encaje de las subtramas. El cineasta se ampara en el paisaje, escudrina en esa normalidad blanca y pura para desvelar la corrupción, los abusos y las bajas pasiones pero la estructura es endeble y no soporta tanto fuego en el cuerpo con tan escasa combustión narrativa. Todo discurre por la superficie pero es sólo la mera intriga, sin hondura ni lenguajes cruzados. Lo importante, los subterfugios, lo subliminal, el pasado lacerante, la culpa y la redención apenas encuentran su sitio entre las pistas de la intriga, las huellas sobre la nieve y la agenda del detective alcohólico y frustrado, que responde a un perfil mil veces visto. Pero lo peor es la ausencia de atmósfera. La insinuación de lo malsano, la sombra del mal, las aristas de personajes públicos que pierden su lugar en el mundo, las dobles y triples vidas, los amores errados…apenas se desmayan sobre la acción. Incluso una actor como Michael Fassbender, siempre intenso y muy pegado a la piel de lo que encarna, se le ve desajustado y falto de sintonía. No hay empatía en un filme que posee una intrahistoria desgarradora pero que resulta convencional y domesticado. Sobre la blancura inane y aséptica la sangre se licua en la insustancialidad de unas imágenes que borran los latidos del corazón del mal.

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Reinventar, replicar, reflexionar

Blade Runner 2049

2017 163 min. Estados Unidos.

Director: Denis Villeneuve. Guion: Hampton Fancher, Michael Green.

Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch. Fotografía: Roger Deakins.

Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford,  Ana de Armas,  Jared Leto,  Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis,  Carla Juri,  Lennie James,  Dave Bautista.

Género: Ciencia ficción | Salas: Cinesa, Peñacastillo y Autocine

El reto imposible es cómo acercarse a esta herrumbrosa, grave, poética y ocre reflexión sobre un futuro que ya es pasado, sin comparar o retomar los márgenes de la original. Solo Denis Villeneuve, el cineasta de ‘Incendies’, aceptaría el desafío de sobrellevar semejante peso. Sin duda se jugaba de antemano con las cartas marcadas: su capacidad para generar un ecosistema visual es casi única en el panorama actual. Desde el primer fotograma (un plano majestuoso de un ojo, el cine) de esta ‘2049’ crece con coherencia e hipnotismo un paisaje sin fisuras, un código de barras que, pese a su tono respetuoso y a sus guiños y homenajes al filme de Ridley Scott, despliega todo su vocabulario y su gramática personales. Este ‘Blade Runner’ meditativo, sombrío y melancólico está hecho de desiertos, vertederos, óxido, huesos, ceniza y nieve. El director de ‘La llegada’ agita sin gestos epatantes ni golpes bajos la materia prima de lo trascendente, se desliza con virtuosismo por los límites entre lo artificial y lo natural y, sobre todo, construye un onírico tiempo, un arquitectura de atmósferas y una sucesión de espacios físicos y virtuales que se comunican, intercambian y solapan con extraña soltura. ‘2049’ es una réplica que reinventa, más que reproduce, habitada no solo por una vuelta de tuerca a su aparente historia noir sino por una retorcida vocación de metamorfosear la mirada, incomodar los lugares comunes, volver los pasos para saltar a otra dimensión y edificar en futuro de indicativo una sociedad imperfecta, decadente, defectuosa que vive atrapada entre una uniforme obediencia y una virtualidad que se antoja enormemente fría y vacía. El director canadiense hurga en las entrañas de la distopía y se acerca más al Orwell de ‘1984’ al mostrar el engranaje de un sistema sin versos libres donde subyacen otras formas vigilantes y otras clases sociales pero con idéntica división entre poderosos y esclavos. Que nadie espere un festival mainstream, un carrusel de acción, que la hay, desenfrenada. El cineasta de ‘Prisioneros’, con sobria espectacularidad, un paisajismo monumental y una metáfora continua de tiempos y espacios construye su propio hábitat poético para los verdaderos replicantes: los espectadores saturados de imágenes dispuestos a dejarnos depurar nuestra contaminada mirada. Todo en ‘2049’ es un ‘rosebud’ del ‘Blade Runner’ original, un paraíso perdido, un juego nocturno, donde parece que estamos condenados a repetir nuestros recuerdos. Villeneuve pone poesía finalista, paradójicamente, para que todo siga discurriendo. Frente al cine dominante que en sí mismo es una réplica con fecha de caducidad, esta secuela impostada (en realidad es otro mundo que sueña con el anterior) se postula como el peregrinaje de un centauro del desierto en busca de su propia identidad, la nuestra, la de todos. Unos fluidos invisibles y emocionales cruzan las arterias de la ficción y de nuestra propia melancolía. Honda e inventiva, reflexiva, juega con los silencios y la tensa quietud de un latido enigmático y una amenaza permanente. Una obra donde belleza y holograma, creador y criatura, clonación y originalidad generan una sinfonía a veces sublime, otras evanescente, antes de despertar bajo la nieve.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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