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Categoría: Cine español

El cuaderno de Sara
2018 115 min. España. | Dirección: Norberto López Amado.
Guión: Jorge Guerricaechevarría. Fotografía: David Omedes.
Reparto: Belén Rueda, Manolo Cardona, Enrico Lo Verso, Marián Álvarez
Género: Aventuras | Salas: Cinesa y Peñacastillo

 Le faltan páginas o le sobra esfuerzo en el formato. A este loable ejercicio de producción, desmesurado y excesivamente plano, le ha vencido lo formal, la envoltura, la dimensión de la apuesta. Su monótona narración, lo deslavazado de algunos personajes de vete y ven y cierta superficialidad mediatizan la incursión honesta en una geografía cinematográfica de denuncia, más cosmopolita y abierta que la media encorsetada del cine más cercano. Pero ‘El cuaderno de Sara’, entre apuntes y notas al margen, no es capaz de mantener un equilibrio y un pulso, y ese periplo indagador de una mujer en busca de su hermana por un territorio convulso –el Congo del coltrán, las guerrillas y tribus dedicadas a asesinar, violar y secuestrar– suena a estereotipo, a encargo de ONG y a ingenuo retrato afectivo. Muchas de las situaciones límite, resueltas de manera burocrática y sin brío, carecen de credibilidad y se muestran encadenadas para extender la acción como un telediario sin noticias, estirado de manera artificial. Sus puntos de apoyo son demasiados y el filme cojea demasiado a menudo: los interrogantes éticos de quienes desempeñan labores humanitarias; el compromiso o su ausencia, en este caso la mirada occidental sobre Africa; la formación de niños-soldado; la explotación minera, la complicidad de gobiernos y dirigentes…y aún hay más. Norberto López Amado, cuya trayectoria está plagada de trabajos para televisión, de ‘El tiempo entre costuras’ a ‘Mar de plástico, cineasta de ‘La decisión de Julia’ y ‘Nos miran’, se enreda en sus propias posibilidades. Con realismo y crudeza imprime las imágenes de la violencia y, sin embargo, la reiteración en el subrayado sufriente del punto de vista de Belén Rueda (pese a su excelente trabajo interpretativo), hacen que la película parezca encarcelada en la omnipresencia del personaje. Por el contrario, el papel de Marián Alvarez está desaprovechado, resulta confuso en sus juegos de presencias y ausencias y los flashbacks aún lo ponen peor. Si la cinta pivota en torno a los enigmas de Sara, al menos en intenciones, también el filme, por contra, pierde identidad al no saber reflejar con consistencia ese vínculo. Superficial, retórica, la película nunca encuentra el tono y vacila entre lo inabarcable de su discurso, la insistencia en algunas imágenes pese a su simpleza y la sensación de que prima la trascendencia de lo que se va a contar sobre la credibilidad de lo que se cuenta. La aventura como género y compartimento, la iniciación de la protagonista en las medidas del horror no conocido u oculto y la fragilidad dramática de muchas situaciones impiden que el cuaderno se abra a todas las voces en toda su justa dimensión humana.

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Postales desde el filo

Thi Mai, rumbo a Vietnam 

2018 90 min. España. Dirección: Patricia Ferreira. Guion: Marta Sánchez.
Fotografía: Sergi Gallardo. Reparto: Carmen Machi,  Adriana Ozores,  Aitana Sánchez-Gijón,  Dani Rovira, Luis Bermejo.
Género: Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Lo cierto es que Hanoi podía esperar. Esta endeble, a veces disparatada ocurrencia argumental, con la adopción de fondo, discurre entre el déjà vu y el sonrojo. Lo malo no es la vulgaridad anecdótica que sostiene, es un decir, el periplo de unos personajes tan pretendidamente simpáticos como vacíos, sino que se haya desaprovechado el talento de unas grandes actrices en semejante cuento artificial. Chantajista en lo emocional, ramplona cuando algunos momentos pedían aliento dramático y absolutamente superficial en su propuesta de viaje con equipajes cargados de razones, ‘Thi Mai, rumbo a Vietnam’ es una historieta de guiños televisivos, sin atisbo de hondura y que sólo busca enganchar desde lo facilón y lo previsible. La restitución emocional, la manipulación sentimental, el toque racista y el exotismo de los contrastes y colisiones culturales para buscar la gracieta, además de ya vistos y exprimidos, resultan muy torpes, en algunos casos molestos. Patricia Ferreira, que nunca ha abandonado una veta de compromiso desde que debutara con la excelente ‘Sé quien eres’, sin renunciar al documental como en ‘Señora de’, y con incursiones comerciales interesantes como ‘El alquimista impaciente’, parece buscar aquí con todas las concesiones posibles, una clara apuesta taquillera que, además de fallida, nunca encuentra ni el tono ni la empatía mínima. De Pamplona a Hanoi como un sanfermín de tres mujeres y un guía accidental, en busca de una niña vietnamita en adopción, la cosa  se mueve entre estereotipos, tira de manual y ritmo funcional y se apoya en unos intérpretes que siempre están en su sitio pese a que el guion no  les permite torcer renglones ni acudir a los márgenes. La paradoja es que la supuesta comedia, siempre en la superficie, vulgar y tontorrona (episodios como el de la pareja gay o el de la comida vietnamita rozan el ridículo) la película escondía un drama nada desdeñable que aflora en dos o tres secuencias sostenidas y sólidas gracias al trabajo de Carmen Machi. Pero este ‘españolas por el mundo’ sin riesgo, tirando de tópicos, desdeña esa vía, la de los afectos para asentarse en un juego de postales vietnamitas desde el filo del exotismo cultural vomitivo, con poca gracia dicho sea de paso. La cineasta de la interesante ‘Los niños salvajes’ deposita todo su talento en dejar que la única verdad que exuda su película resida en sus tres protagonistas, que defienden lo indefendible gracias a su potencial porque a Machi se suma Adriana Ozores y Aitana Sánchez Gijón dando lecciones de saber estar pese al patetismo que, en muchas ocasiones, invade los respectivos ecosistemas de sus personajes encasillados y metidos con calzador, atorados en un perfil acomodaticio. Una lástima porque entre los pliegues de esta pseudocomedia adulterada y vulgar asoma su cabecita un drama femenino sobre la soledad y el dolor que hubiera necesitado de otro viaje y trayectos con un destino que probablemente no está en ningún mapa.

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Pecado mortal

Que baje dios y lo vea  
 2018 España. Dirección y guion: Curro Velázquez.
Música: Fernando Velázquez.
Fotografía: Unax Mendia. Reparto: Karra Elejalde,  Alain Hernández,  J.M. Montilla «El Langui»,  Macarena García, Tito Valverde,  Joel Bosqued,  Paco Rueda,  Txema Blasco.
Género: Comedia Salas: Cinesa y Peñacastillo

Lo malo no es solo su tono de decadencia, sino su anacronismo, su vulgaridad y su comicidad chistosa de andar por casa…, al menos por la casa de Dios. Un argumento sin gancho, simplista, tedioso y rutinario. Si se trataba de levitar desde la comedia, la cosa no da ni para un rezo. Comulgar con este cine de corte televisivo, basado en el chascarrillo y en la gracieta fácil, da grima. ‘Que baje Dios y lo vea’, que se asemeja a uno de aquellos artefactos de la transición entre ‘Las autonosuyas’ o los interpretados por Ozores, Pajares y Esteso, deambula como un zombie con sotana por un supuesto enredo de seminaristas y fútbol. A lo mejor los artífices de este esperpento, encabezados por el guión y la dirección de Curro Velázquez, se lo han pasado celestialmente bien, pero para el espectador este pecado de comedia mortal discurre entre lo insulso y el aburrimiento. Un monasterio en quiebra, una ‘ingeniosa’ Champion Clerum (aunque al parecer la idea ya está explotada) y una congregación muy poco cinematográfica, en definitiva, a la espera de que el espectador otorgue su bendición en taquilla. Como en buena parte de las series y las fuentes televisivas de las que mama este adefesio el reparto es lo único destinado a la salvación pero ni el efecto Karra Elejalde ni una galería de secundarios notable puede redimir mucho la situación. Comedia blanca hasta lo invisible (ni blasfemias ingeniosas ni patadas provocadoras), con personajes vacíos y escasa solidez, el filme deambula sin sentido y cambia su simpatía inicial por un vaivén insustancial de humor grueso, facilón y convencional. Las escenas de los enfrentamientos deportivos y el vínculo de la tentación entre el seminarista dubitativo y la joven atractiva huele a bobería rancia. Con todo, lo más lamentable es la falta de riesgo, la monotonía del relato, su escasa habilidad para la empatía que demuestra el director que no aplica ninguna diferencia entre su largometraje como debutante y su ‘Chiringuito de Pepe’ televisivo. Frailes y fútbol chutando al aire entre provocaciones intrascendentes e intentos de divertimiento, la ópera prima lo único que demuestra es su inconsistencia, cuando no su propia existencia. El costumbrismo sin acidez ni entrega, su voluntariosa pero simplona puesta en escena no logran levantar el vuelo de la sotana en ningún momento. No contentará ni a los comulgantes a los que les vale todo ni a los apóstatas de comedias melifluas. Repasar  todo el catecismo canónico del género sería inútil. La cosa es imposible de enderezar.

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Eclipse de móvil

Perfectos desconocidos

2017 96 min. España. Dirección: Álex de la Iglesia.
Guion: Jorge Guerricaechevarría.
Fotografía: Ángel Amorós.
Reparto: Belén Rueda,  Eduard Fernández,  Ernesto Alterio,  Juana Acosta,  Eduardo Noriega, Dafne Fernández,  Pepón Nieto.
Género: Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Entre las apariencias y los secretos, entre la hipocresía y las vidas acotadas que preservan ciertos territorios. Entre lo social y lo íntimo. Entre watshapps y llamadas anda el juego. ‘Perfectos desconocidos’ es una comedia amarga de engranaje casi perfecto, un juguete perverso de siete bandas anchas humunas en permanente cobertura vital. En esta cena a tumba abierta, en este eclipse de móvil (esta vez sí suena justificadamente en las salas) hay una ácida conexión y sintonía que congela sonrisas, propone carcajadas y riza el rizo de lo público y lo privado con inteligentes diálogos y situaciones jocosas. Vuelta de tuerca de un filme italiano de Paolo Genovese, el tándem Alex de la Iglesia/Jorge Guerricaechevarria regresa con esta bomba de relojería de tiempos ajustados, sutiles miradas y un excelente despliegue interpretativo coral entre siete amigos, tres parejas y un hombre, en una cena casera durante una noche de luna de sangre. Los móviles, el artefacto que ha sustituido a los cigarros y el humo en las películas, son el factor desencadenante, el eje vertebrador y agitador que zarandea el estado de las cosas. Vidas secretas, dobles y triples vidas enseñan aquí sus desnudos integrales entre plato y plato, copa y copa y mensajes inoportunos. El cineasta de ‘Acción mutante’ sacrifica su universo visual más reconocible a cambio de volcarse en una dramedia rotunda de ritmo incisivo y contagioso. Una obra de cámara sin tregua que arranca en lo previsible y prosigue en el desconcierto, siempre con el tono adecuado y una brillante coreografía que elude la teatralidad, burla lo inamovible y, sin apenas exteriores (una calle, el cielo de la noche, un taxi…), logra insertarse en el subgénero de ‘reencuentro de amigos’ (de Kasdan a Branagh) en un ejercicio de catarsis tan divertido unas veces como amargo otras. Un juego de la verdad entre pantallas, tonos y equívocos con el poderoso influjo de un vodevil que transparenta todo el talento de una dirección de actores descomunal. El cineasta bilbaíno se contiene, deja a un lado la desmesura barroca de muchos de sus filmes como en el tramo final de ‘El bar’, su anterior título, y se vuelca en los demonios interiores y las máscaras de ese baile entre lo aparente y lo oculto donde se deslizan pasiones, obsesiones y siempre suena un móvil inoportuno. Esta cita coral, a modo de sexo mentiras y teléfonos, conjuga con destreza la sencillez, el toque fantástico –siempre al borde de lo epatante pero medido y sujeto–, y la tensión. Un ágape emocional 2.0 que sangra por los cuatro costados la superficialidad de un tiempo asentado en el cinismo de las convenciones.

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Un mirón creativo

El autor

2017 112 min. España. Dirección: Manuel Martín Cuenca.
Guion: Martín Cuenca, Alejandro Hernández (Novela: Javier Cercas).
Fotografía: Pau Esteve Birba.
Reparto: Javier Gutiérrez,  Antonio de la Torre,  Adelfa Calvo,  María León,  Adriana Paz, Tenoch Huerta,  Rafael Téllez,  Craig Stevenson.
Salas: Cinesa y Peñacastillo

Sobria, que no austera. Sutilmente ácida. Y químicamente encendida por una metáfora de página en blanco y existencia vacía. En la fusión paralela o solapada del escritor atormentado y del hombre que colisiona con su nihilismo aflora ‘El autor’, la historia de un voyeur que construye su particular 13 rúe del Percebe como un ejercicio de sintaxis sobre la condición humana. Curiosa disección social, parábola amarga con cierto regusto negro, hay algo del cine de Losey en este cuento urbano de patio de vecinos y mirón creativo en busca de personas mutadas en personajes. Puede verse como el retorcido proceso de un manipulador, o como la enfermiza obsesión de un buscador de historias al que ni el sueño ni la realidad le satisfacen. Un acierto visual que escucha conversaciones, genera sombras chinescas y acota un juego de mesa y tablero humano con más deseos que reglas. Manuel Martín Cuenca, como ya dejara claro en ‘El caníbal’,  vuelve a revelar su estilizada mirada y elegancia reflexiva a través de un protagonista, Javier Gutiérrez, que da una lección una vez más de interpretación lúcida pese a su profusa aparición ahora en películas y series. Todo se presenta desnudo, abierto y aparentemente superficial. Pero el filme siembra su argumento con capas de contrastes, contradicciones, miradas introspectivas y una hondura delicada que saca los colores sociales, recorre las heridas y depura las entrañas existenciales. Es cine inteligente, que se mastica, rotundo, sin fisuras. Adaptación de una obra de Javier Cercas, ‘El autor’ despieza la realidad y ofrece una visión poliédrica, un arcoíris sincero y brutal que provoca incomodidad, sospechas, veladuras y cierto estremecimiento. El filme es una pared blanca con fondo negrísimo donde cada criatura es carne de escritura. En escasas semanas hemos pasado de ese sutil extrañamiento sobre la lectura que es ‘La librería’ a este relato desconstruido sobre el oficio de escribir que, al cabo en ambos casos, resulta ecuación de la propia vida. La curiosidad, el mundo cotilla, la intromisión, la otredad, lo ajeno como propio, y viceversa, se suceden en esta enredadera siempre con las cartas boca arriba y las intenciones boca abajo, que se elevan como factores de este rizo nada forzado donde la naturalidad de lo cotidiano es una trampa, un juego, una cómplice búsqueda de un lugar en el mundo. Perturbación, extrañeza, temblor, normalidad y, por tanto, inquietud. Una mirilla para ver el mundo y un espejo donde (re)conocernos.

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Blancanegra de Carabanchel

Abracadabra

2017 96 min. España.

Dirección y guión: Pablo Berger.

Música: Berger, Alfonso de Vilallonga.

Fotografía: Kiko de la Rica.

Reparto: Maribel Verdú,  Antonio de la Torre,  José Mota,  Josep Maria Pou,  Quim
Gutiérrez, Priscilla Delgado.

Género: Comedia

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Otra parada de monstruos cercanos y cotidianos. Un desfile carpetovetónico, costumbrista, a veces esperpéntico, otras incluso cañí y hortera. Pero, sobre todo, un cine muy libre y arriesgado que se enroca en su estado hipnótico y no parece estar sujeto a etiquetas y a rendir cuentas, sino a devociones, guiños y deudas.

Pablo Berger en su tercera obra, espaciada en el tiempo pero plena de coherencia y unidad con respecto a su trayectoria, conecta con su ‘Torremolinos 73’ –uno de los filmes más singulares del cine español– para trazar una radiografía social de memoria y tiempo, disturbio moral y mirada metafórica, una españolada desafiante que edifica toda una barriada de cuento y elocuencia estética. De hecho el cineasta no se aleja de su excelente ‘Blancanieves’ y firma un revés jocoso, sociológico, de colores que parecen pintados con lápices sobre el blanco y negro de aquélla.

‘Abracadabra’ es magia negra de comedia blanca y arrebato de chistera e hipnotismo. Berger muestra e ilustra ante nuestros ojos un número de prestidigitación donde truco y encantamiento son una misma cosa. Y el cineasta no necesita voluntarios. La ficción, en la que cabe desde lo patético y ridículo hasta lo sublime y lo surreal, implica a una troupe
de intérpretes entregados hasta las patas. ‘Abracadabra’ es barrio, machismo, vulgaridad, costumbrismo, bofetada social y muchos números que combinan géneros y reconocibles estancias cinematográficas con malabarismo estético y vuelta de tuerca.

El director toma la sierra del montaje y parte el cuerpo del delito en varios trozos delante del espectador y luego lo recompone sin importar si la cabeza el tronco y las extremidades corresponden a la figura inicial. Antonio de la Torre, José Mota y, especialmente, Maribel Verdú, están espléndidos en este retrato fantasma y negro de boda (uno de los escenarios más recurrentes
del último cine español) y espectro, de reencarnación y supermercado, de baile de salón y grúa con mono. Una mirada hispánica que tan pronto es hipnótica como desconcertante, sutil y burda, agresiva y cotidiana. ‘Los pajaritos’ y las porras, el comecocos y el machismo pegado en todas las esquinas, los maltratadores inherentes a la cosa social, el extrarradio y lo choni, el pasado de ‘transición’ y el presente imperfecto, y sus reversos. El más allá y el más acá de un estado letal, el disparate y la sorpresa, la imaginación y la libertad creativa. Y en ese carrusel que no para de girar una clara soflama femenina de rebeldía y mirada frente al mundo. Uno, dos…tres. El que quiera puede despertar. Y el que no, seguir soñando.

 

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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