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Categoría: Cine americano
Sopa mutante de géneros

Proyecto Rampage
2018 107 min. EE UU. Dirección. Brad Peyton.
Guion. Ryan Engle, Ryan Condal, Carlton Cuse.
Música: Andrew Lockington. Fotografía: Jaron Presant.
Reparto: Dwayne «The Rock» Johnson,  Naomie Harris, Jeffrey Dean Morgan, Malin Akerman.
Género: Acción. | Salas. Cinesa y Peñacastillo

Especie de sopa de géneros con ‘La Roca’ ejerciendo  de master chef. Y ya se sabe, cuando Dwayne Johnson está al frente todas las película se parecen. Aquí se presenta a unos animales que mutan en bestias apocalípticas y exterminadoras y a unos humanos militaristas y con aviesas intenciones de holocausto, lo que los hace aún más bestias. Nada nuevo. La sensación tan pronto es la de estar invitado a una película equivocada como la de haber quedado atrapado en un parque temático revisitado. ‘Proyecto rampage’, algún nombre había que ponerle, responde fielmente a la trayectoria de su director, Brad Peyton, responsable de viajar por segunda vez al centro de la tierra, y de firmar ‘San Andrés’ y ‘El exterminador’ con idéntico espíritu finalista y especial predilección argumental por los helicópteros. El batiburrillo de la casa que se marcan cineasta y actor no tiene sorpresas ni engaña: una dialéctica entre cine de catástrofes, guiños a las metáforas apocalípticas de la guerra y los productos de serie B y un modesto pero efectivo despliegue de fantástico digital con ciudad dentro: en este caso Chicago, que recibe todas las bofetadas digitales imaginables por tierra, mar y aire. La cinta es pelín monótona pero nunca trata de parecerse a lo que no es. Parte de un episodio espacial, se detiene en las grandes corporaciones de la ciencia ficción, fantasea sobre el ADN y acaba homenajeando a King Kong en un consomé de aventuras, acción y terror, entre militares, primatólogos, agentes especiales, pérfidas portadoras del mal y animales mutantes. Y lo que es peor, o mejor, sin que puedan distinguirse unos de otros. The Rock, en modo inmortal, parece un súper héroe de la Marvel pero sin necesidad de atuendo más que la testosterona y los músculos de emprendedor de la cosa física que se gasta el actor, tan limitado como simpático. El arranque, en plan despiste y pastiche a recientes producciones de ciencia ficción, y ese plano cenital del gorila albino gigante zampándose a una criatura permiten explotar la veta lúdica del filme donde la mayor comunicación también es mixta: la de gorila y Roca que podría reproducirse en alguna de las zonas de Cabárceno. Hasta cuatro guionistas ha merecido este festival desconcertante, sopa de géneros o sudoku inspirado en un videojuego, que pasa de superproducción fantástica familiar a juego de tronos animalista y gore con suma facilidad. Si se acepta el experimento genético y el, poco imaginativo, cinematográfico, uno hasta puede acabar intercambiando gestos con el simio protagonista y con el que lleva dentro.

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Cómo hackear el corazón

Ready player one
2018 140 min.EE UU Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Ernest Cline, Zak Penn (Novela: Ernest Cline).
Música: Alan Silvestri. Fotografía: Janusz Kaminski.
Reparto: Tye Sheridan,  Olivia Cooke,  Ben Mendelsohn,  Mark Rylance,  Simon Pegg, T.J. Miller,  Hannah John-Kamen,  Win Morisaki,  Philip Zhao,  Julia Nickson, Kae Alexander.
Género: Ciencia ficción. | Salas: Cinesa y Peñacastillo

Todo en esta película vibrante, elogio del entretenimiento, pulsión lúdico futurista, es un juego. Del acceso al game over, de los lenguajes solapados a la superación de pruebas, del miedo a perder a la locura competitiva. Y en este campo minado el cineasta mezcla, con una planificación extrema, devociones, querencias, guiños, homenajes, lecturas, iconos, gustos, miedos, voces… ‘Ready player one’ es una deuda de infancia y adolescencia del Steven Spielberg que cruza sin pasaporte las fronteras entre el niño y el adulto. Es también un juego distópico con advertencia en sus instrucciones para evitar que realidad y virtualidad no se fundan y confundan en material indefinido y sean ambas equilibradas por la materia de los sueños. Con un arranque deslumbrante y autoridad y contundencia a la hora de describir y narrar dos mundos solapados, engarzados y en permanente colisión, el último Spielberg (que custodia y desnuda el ADN del cineasta de siempre) es un prodigio visual, cazador de subtextos e historias pequeñas que van alimentando la computadora central del espectador/jugador/voyeur/persona real y avatar. El director de ‘Tiburón’ accede al espectador para hackear recuerdos y opera a corazón abierto sin más anestesia que la nostalgia, con la cirugía capaz de generar imágenes hasta la desmesura y con una intensa y permanente invitación a integrarse en lo narrado en una continua imitación a la vida. El preludio ambientado en esa periferia caótica de 2045, no muy diferente de algunas megaurbes de este inicio de milenio; la primera carrera de vehículos; las transiciones y alternativas entre el mundo real y virtual;  el juego de identidades y ese sentido del humor que lima la gravedad pero que no deja huir a la trascendencia, alimentan esta ópera de videojuego que enfatiza la cultura de los ochenta y deja un aria pendiente para que cada uno incluya su propia prueba personal. El mago primerizo de ‘Duel’ y el narrador total de ‘Lincoln’ residen ambos en este aparato nada artificial, lúdico e hiperactivo que se imagina, incluye y sueña a sí mismo y en cuya partida subyace un constante regreso al futuro, fascinante y demoledor en su agigantado pero meticuloso gabinete de curiosidades. Una asombrosa puesta en escena que incluye homenajes geniales como el de ‘El resplandor’ de Kubrick y que somete el filme a una constante agitación de ligereza, de aparente superficialidad, del mensaje obvio al masaje de amor al cine. Cada Alicia de nosotros, fragmentada o no, cruza todos los espejos del amo del calabozo y del mago de la función. Del Delorean al cubo de Rubick, de Alien a Duran Duran, de Freddy Krueger a Fiebre del sábado noche, Spielberg se mira en su propio espejo y nos refleja. Una inteligente fábula infantil que sobrevuela trepidante los márgenes de los epicentros y también lo marginal y periférico de la realidad y la ficción. Un canto real, virtual, vintage, definitivamente incesante, a la imaginación, tan febril y doloroso como sabio y lúcido.

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El robobo perperfecto

Juego de ladrones
Den of Thievesaka . 2018 140 min. EE UU.
Dirección: Christian Gudegast. Guion: Gudegast y Paul Scheuring.
Música: Cliff Martinez. Fotografía: Terry Stacey.
Reparto: Gerard Butler,  Pablo Schreiber,  O’Shea Jackson Jr., Curtis ‘50 Cent’ Jackson, Sonya Balmores,  Maurice Compte,  Evan Jones,  Brian Van Holt, Jordan Bridges.
Género: Acción dia. | Cinesa y Peñacastillo.

Lo del atraco perfecto es un subgénero tan trillado como fértil. El debutante Christian Gudegast ha optado por un acercamiento al relato de robo ambicioso con tanta energía como desidia en el guión y con tanta entrega física como dejadez en lo psicológico. ‘Juego de ladrones’ es un filme de excesos y, en este sentido, puede postularse como paradigma del presente, al menos el de la gran industria: un metraje sobredimensionado e injustificado y una narración desbordada de artificios. Como crónica impulsiva y visceral la película funciona con eficacia pero queda traicionada por esa querencia por la desmesura. Por si el espectador es tonto, algo de lo que siempre parten los distribuidores y otros eslabones de la cosa, a la opera prima le han añadido el subtítulo de ‘atraco perfecto’, lo que ya es obvio y transparente tras el primer golpe de efectismo. Ambientada en Los Angeles, con factores y elementos tan llamativos unos, como escasamente creíbles otros, la cinta discurre rimbombante, urbana, callejera e impactante. Pero su empeño en la reiteración, su discurso competitivo feroz pero, en muchas ocasiones, vacío, provoca chirridos constantes. El filme se asemeja a uno de esos tubos de escape de vehículos preparados hasta minuciosamente pero que luego solo exhibe ardor guerrero. En ‘Juego de ladrones’, con un caricaturesco y desaforado Gerald Butler al frente –que aún cree estar viviendo la epopeya de ‘300’ , toda la trama y sus protagonistas parecen inmersos en una empastillada reunión de dos bandos musculosos y armados. Todo el filme es, en definitiva, una acumulación de masa muscular y anabolizantes donde las palabras son sustituidas por armas y el suspense es una estirada prótesis blindada por un toque de astucia (más bien de engaño) que envuelve un tramo final de nuevo envuelto en la hipérbole. Gana enteros el juego cuando se echa mano de situaciones límite en un montaje paralelo, constrastando planificaciones y hechos entre quienes actúan en nombre de la ley y quienes la transgreden. Un western de camuflaje que algunos han querido irrisoriamente comparar con ‘Heat’. Ni las implicaciones familiares y emocionales transmiten verdad ni la tormenta perfecta de tiroteos con envoltura bélica son suficientes para simular un artefacto que provoca cansancio pese a su chute de proteínas. ‘Den of  Thieves’ es un catálogo de cromos de ritmo monótono y machismo militante, hiperviolento, que llega a confundir la acción con la testosterona.

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El océano del amor

Inmersión

Submergence 2017 111 min. Alemania.
Dirección: Wim Wenders. Guion: Erin Dignam.
Música: Fernando Velázquez. Fotografía: Benoît Debie.
Reparto: James McAvoy,  Alicia Vikander,  Alexander Siddig,  Celyn Jones.
Género: Romance. | Cinesa y Peñacastillo.

Todo es trascendentalmente ligero y profundamente superficial en este trayecto de idas y venidas entre lo liviano y lo hondo. Si no estuviésemos hablando de Wenders, seguramente palabras como ridículo o pretenciosidad saldrían a relucir con naturalidad. Pero en el cineasta alemán hay una tensión y una atmósfera que sostienen, pese a sus contrastes, contradicciones y desequilibrios, la actitud formal y la ambición desmesurada de esta historia rotundamente romántica. Un idilio, enamoramiento y pasión durante una cita azarosa y fugaz frente a la costa atlántica por parte de una pareja que vive la víspera de sendos acontecimientos personales graves, ceremoniosos y fundamentales para sus vidas y las de los demás, es el epicentro de este agitado océano de amor que tiene en el agua a su metáfora y punto de encuentro y desencuentro. Franco Battiato se refería a las estaciones del amor, que van y vienen, pero Wenders como en ‘París Texas’ (aquí el desierto es la profundidad abisal del mar) persigue, pesimista o no, un anclaje, un noray en ese territorio endeble y extremo en el que la intimidad trata de abrirse paso en un ecosistema bajo la amenaza de la destrucción (o el amor). De la ciencia al terrorismo, de la confirmación del futuro de la vida en el planeta, a través de un descubrimiento, a la solución frente al fanatismo, ‘Inmersión’ posee pese a lo fallido de la apuesta una personalidad visual y un arriesgado tour de force estético. Como en toda la filmografía del director de ‘Alicia en las ciudades’ también esta vuelta a la ficción está impregnada de ese perfume de cartografías, tierra y cielo en permanente tensión, paisajes y una mirada existencial envolvente, leve y honda a la vez. Hay momentos de gravedad sutil, tan intensos como cargados de belleza, y otros muchos vacíos e hinchados cuando confluyen en una misma nota disonante las frases metafísicas, y un cierto misticismo doméstico y domesticado, con la música subrayándolo todo, surgida de la hermosa banda sonora del vizcaíno Fernando Velázquez. Wenders, a punto de mostrar su documental sobre el Papa Francisco, ha dado tumbos en la irregular última etapa de su prolífica filmografía, en la que sobresalen sus documentales ‘Pina’ y ‘La sal de la tierra’. El fruto de su regreso parece una obra anacrónica, que hubiera abandonado a su suerte, y que conecta con ‘Más allá de la nubes’, ‘Hasta el fin del mundo’ y ‘Tan lejos, tan cerca’. En este sentido ‘Inmersión’, a la que le falta perspectiva para no ahogarse, es un naufragio de dos criaturas frente a la marejada del mundo. Es un filme tan hermoso en ocasiones como patético cuando se olvida de sus limitaciones. Pero si hay algo que se acerca al desgarro y que provoca islas de autenticidad es la física y química que emergen de la pareja protagonista: James McAvoy y Alicia Vikander. Un fragmento de vida entre el oleaje gracias a la sintonía que surge entre la solidez de uno y la implacable entrega de la otra. A partir de ahí sí se pueden mezclar una teoría biológica matemática sobre el origen de la vida con los versos de John Donne y pensar que las campanas doblan por ti.

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Olfatear imágenes

Peter Rabbit 

2018 95 min.EE UU. Dirección: Will Gluck.
Guion: Will Gluck, Rob Lieber (Libros: Beatrix Potter).
Música: Dominic Lewis. Fotografía: Animation, Peter Menzies Jr.
Reparto: Animation,  Domhnall Gleeson,  Rose Byrne,  Sam Neill,  Sia,  Bernardo Santos, Deborah Rock,  Jill Buchanan,  Vauxhall Jermaine,  Ty Hurley.
Género: Animación. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Cómo husmear en la animación y no caer en el estereotipo. La rebelión conejil en defensa de su territorio, una especie de ‘Rebelión en la granja’ con escasa discusión al liderato de un conejo avispado, enamoradizo y héroe accidental, alcanza en ‘Peter Rabbit’ momentos de perfección técnica tan sublimes como bobalicones y débiles en sus resoluciones sentimentales y blandas. Lo sorprendente de esta adaptación de los libros infantiles de Beatrix Potter está, por supuesto, en el encaje perfecto entre la animación y los personajes reales, pero también en esos arrebatos furibundos de venganza y gamberrismo a lo resacón de zanahorias y sadismo frente al humano. La hilarante intención de introducir una zanahoria en la raja glútea de un humano vecino, el mismo que a continuación va a sufrir un infarto, para dar paso casi sin pausa a una tierna escena de reunión de mamíferos, a modo de ‘Blancanieves y los siete enanitos’,  adorando a su atractiva vecina, resulta verdaderamente chocante. Después habrá descargas eléctricas, trampas y explosivos en un ambiente bélico entre un conejo y un humano recreado con tanta sutilidad técnica y destreza que la película gana en empatía en apenas unas escenas. El problema reside en su guion reiterativo, en su endeble creatividad argumental y en ese sentimentalismo que se desparrama en determinados momentos desequilibrando lo que apuntaba hacia una locura a lo ‘Arizona Baby’ de los Coen. Pero el filme se mantiene en los cánones y márgenes de la corrección y a cada gesto de gamberrismo le sigue una coartada emocional de abrazos y arrepentimientos. En combinación y armonía inevitable con un buen repaso de temas musicales conocidos, ‘Peter Rabbit’ es juguetona y saltarina, como no podía ser menos, y desde luego más atrevida que ‘Paddington’, y mucho más sutil y atractiva que ‘Alvin y sus ardillas’. Will Gluck, responsable de ‘El show de Michael J. Fox’ para televisión y que ya goza de crédito en el plano de las comedias tras rodar cintas como ‘Con derecho a roce’ y ‘Annie’, sustituye aquí cierto encanto e inocencia por golpes impresionantes de efectismo visual. Entre travesuras y una fantástica dialéctica entre humanos y criaturas animadas, el filme se decanta por la fuerza visual de Bugs Bunny y, en ocasiones, el slapstick frente a lo meloso y pastel de los libros originales. La expresividad gestual y facial es imponente y los gags y paradojas con el lenguaje aportan momentos sorprendentes y garantizan el entretenimento. Una especie de ‘Solo en casa’… rural convertido en carne de madriguera ingeniosa.

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Corre, lara, corre

Tomb  Raider  
2018 122 min.EEUU. Dirección: Roar Uthaug. Guion: Geneva Robertson-Dworet, Alastair Siddons.
Música: Junkie XL. Fotografía: George Richmond. Reparto: Alicia Vikander,  Daniel Wu, Dominic West,  Walton Goggins, Kristin Scott Thomas, Alexandre Willaume.
Género: Aventuras | Salas: Cinesa y Peñacastillo

Apunto de caramelo el  ‘Ready Player One’ de Steven  Spielberg, canto de amor a los videojuegos del cineasta de ‘Tiburón’, que algunos auguran como un antes y un después en la percepción del mundo virtual, se instala en cartelera el regreso de ‘Tom Raider’, una heroína con hechuras y factura que vende su cercanía y una presencia más terrenal. Lo cierto es que Roar Uthaug, cineasta noruego, responsable de ‘La ola’, una incursión en el subgénero de catástrofes, ha realizado un documento nostálgico ochentero con escaso gancho, falto de ritmo y tirando de tópicos. Ante semejante panorama sólo la presencia de Alicia Vikander, excelente actriz que parece dispuesta a dinamitar su carrera interpretando a Lara Croft, aporta un aire de serenidad tanto a la trama como a la definición del personaje. De hecho uno se pregunta qué sentido y justificación tiene, más allá de la lógica apelación a la taquilla, esta vuelta de tuerca al personaje que encarnara en dos ocasiones  Angelina Jolie a principios de la pasada década. No hay furia ni nervio en este continuo viaje adelante y atrás, entre peleas y caídas, zarandeada ella y el resto de criaturas en una acumulación digital con escasa gracia coreográfica. De Londres a una isla de la costa de Japón, el periplo imaginativo y físico se antoja pesado y monótono, muy gris en las soluciones dramáticas a la hora de dotar de calidez y empatía a los perfiles  atrapados en su búsqueda  particular y obsesiva, pero ajenos a transmitir algo de sí mismos. Uthaug se limita a dejar que el rostro de Vikander revele hondura y pausa entre tantas idas y venidas alocadas, de una persecución londinense en bicicleta a unas escenas supuestamente espectaculares en el mar. Además, cuando se trata de reivindicar la esencia de la aventura, el filme se mira demasiado en la saga de Indiana Jones, y en la búsqueda de una tumba misteriosa el vínculo entre Lara Croft y su padre transparenta demasiadas afinidades y deja vu. La actriz es risueña, luminosa y trata de humanizar el personaje despojado de las líneas primarias de su origen audiovisual. Pero el drama familiar parece mera excusa, el motor de la aventura es confuso y el enredo globalizador de fondo apunta a una inevitable continuación de la saga, reinventada aquí con escaso acierto y tono. Si se trataba de cubrir a la joven, heroína a su pesar, de una pátina feminista nada de ello es visible. ‘Wonder Woman’, con menos ruido y el talento de Patty Jenkins y su actriz Gal Gadot, lograba muchos más subrayados y, además, entretenidos. Pero aquí todo es impostura y vacío. Y si es mera pose y etiqueta la película se resiente aún más. Si en el primer tramo se apuntaban maneras de personalidad visual, el filme desemboca en lo convencional y trillado. El humor y la distancia se vuelven carne de género hiperventilado por la grandilocuencia. Mientras, Alicia/Lara corre desesperada hacia ninguna parte.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.