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Autor: Guillermo Balbona
‘¡Tun, tun! ¿Quién es?’
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Guillermo Balbona | 20-02-2017 | 11:09| 0

La gran muralla

China. 2017. 104 m. (7). Acción.

Director: Zhang Yimou.

Intérpretes: Matt Damon, Pedro Pascal, Willem Dafoe, Andy Lau, Jing Tian, Zhang Hanyu, Eddie Peng, Lu Han, Kenny Lin, Ryan Zheng, Cheney Chen.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Cabe en este cineasta de altura un vértigo de ligereza que le devuelve epatante y casi irreconocible. El director de ‘Sorgo rojo’ regresa transformado en un zascandil de géneros, muy lúdico eso sí, para firmar esta coreografía entre la extravagancia y el populismo de acción pop. Con ‘La gran muralla’ a veces uno no sabe si está en una verbena con disfraces, en un desfile de moros y cristianos en Alcoy, o en un espectáculo franquicia del Circo del Sol. Como coartada Zhang Yimou se ha buscado al actor Matt Damon, en horas bajas, para firmar este festival aparatoso de bestias insaciables como orcos, una pareja de ladronzuelos que parece un esqueje de ‘Arma letal’ y una parafernalia de efectos y secuencias de acción entre volatines, tambores y guerreros que danzan, todo ello sobre la gran muralla y su entorno. La cosa se queda a medias entre la postal digital, la desmesura colorista y ciertas huellas de sus dagas voladoras, pero sin finura. Como baúl de los recuerdos comercial no tiene precio. El primer filme de Damon en China y primera incursión en inglés del cineasta de obras maestras como ‘Semilla de crisantemo’, ‘La linterna roja’ y ‘El camino a casa’, se inclina aquí por lanzarse a tumba abierta, como las hordas de reptiles que amenazan a los protagonistas, por la ladera del espectáculo visual pero vacío de grandeza y sin llegar tampoco al ejercicio de estilo. La gran muralla es un pastiche de su cine y del de otros, donde todo es apariencia y demostración de capacidad visual peo como en artefacto de feria, sin alma. Yimou abre una mirilla para que nos asomemos a un mundo, entre antiguo, mitológico y posmoderno, y cuando se acaba la moneda nos quedamos ciegos. Dura lo que se prolonga el efecto de turno. Hasta seis guionistas han metido mano en este cóctel de virtuosismo estilístico en el que apenas asoma el cineasta mayor que Yimou lleva dentro. Frente al espectáculo visual que trata de imponerse todo resulta hierático, agarrotado, desde unos personajes acartonados a una trama enquistada que nunca evoluciona y se mantiene aferrada a dos o tres factores humanos y de leyenda sobre los que gira como un bucle interminable. La excelencia militar, cierto elogio de las tradiciones, el canto a la amistad recorren la trama entre desfile de abusos panorámicos y la facilidad del cineasta para manejar el color como un personaje más. Todo es dispar y disperso en este cuento de sentencias pretenciosas que si pretendía mostrarse alternativo se vuelve convencional y monótono. Fantasía algo cansina, los arquetipos sólo tienen vuelo cuando los efectos toma el mando. Producto de alianza comercial entre las civilizaciones del marketing en su fusión todo resulta tan ampuloso como exento de hondura. Con toques de western y guiños a los clásicos de la aventura uno tiene que llamar a las puertas de esta muralla para escuchar el eco de una gran cineasta, muchas veces atado por su país, aquí al servicio de una megaindustria que intenta abrir un boquete en la caja fuerte de las fuerzas dominantes.

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La entraña de Camelot
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Guillermo Balbona | 20-02-2017 | 11:07| 0

Jackie

EE UU. 2016. 95 m. (12). Drama.

Director: Pablo Larrain.

Intérpretes: Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup, John Hurt, Greta Gerwig, John Carroll Lynch y Richard E. Grant.cía.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Todo discurre a flor de piel. Lo sofisticado y lo político, la pose y el poso. ‘Jackie’ es una opción. Arriesgada, cercana y distante a la vez, juega con el interior y el exterior, lo íntimo y lo social, lo icónico y lo mítico, lo azaroso y lo documentado. La cámara, siempre adherida al rostro, a la herida, a las sensaciones no mediáticas, es un caudal de extrañeza y entraña. Que nadie piense en el biopic al uso ni al desuso. No hay vocación de biografía, si acaso retrato de una huella. Una mirada diferente sobre un símbolo del siglo XX del que no se sabe casi nada, se cree saberlo todo y se disfraza el resto. Camelot al fondo, el reino de esta princesa sin príncipe es una pesadilla, a su vez, oscurecida por las sombras de una personalidad que transcurre en la superficialidad y que aquí asoma entre desvelos y confesiones, riesgos y atrevimientos. ‘Jackie’ es un filme inteligente que aparenta ser mainstream y es un soplo de intimismo, dolor y radiografía humana. Es una silueta dramática que obligadamente traza la silueta del mito pero que lo desnuda poco a poco sin pornografía emocional, entre la ansiedad y el vértigo, la determinación y la soledad. Y toda su cartografía física y química tiene un nombre: Natalie Portman. El primer milagro es que no parece ella (la actriz, claro). El segundo su capacidad para sostenerse en largos primeros planos. El tercero su capacidad para encauzar ese juego de contrastes, ese desfile de sensaciones confrontadas, ese diálogo entre el icono y la persona, entre la máscara y el rostro. En realidad, lo que el chileno Pablo Larrain logra es, historiografía documental aparte, filmar un sólido retrato de mujer. El cineasta ha saltado de ‘Neruda’ a Jacqueline Kennedy y lo ha hecho huyendo del tópico y centrándose en una panorámica de miradas, a modo de mosaico, en los cuatro días posteriores al asesinato de JFK, en Dallas, el 22 de noviembre de 1963. El cineasta de la magnífica ‘El club’ se mueve entre la sorpresa y la provocación, ambas ajenas al concepto de lo fácil, y entre la elegancia y la extrañeza. Poliédrico y singular, aparentemente frío, el perfil que firma el  director de ‘Post-morten’ instala sus voces y sus miradas entre la entrevista que un periodista realiza a Jackie, el atentado, el funeral, el diálogo con un sacerdote (el desaparecido John Hurt), el concierto de Pau Casals y un reportaje televisivo sobre las estancias de la Casa Blanca.  Todo resulta denso y el cineasta de ‘No’ maneja con destreza la fragmentación emocional, el rompecabezas de flashbacks y sentencias y rostros sostenidos. Contenido anti biopic, su milagro reside en abrir una brecha entre lo público y lo privado, uno de los territorios más sensibles del presente. La misma distancia que existe entre el vestido rosa de ‘Jackie’ manchado de sangre y esos desconcertantes planos frontales como un ángel negro buscando su cielo perdido.

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Fogonazos fuller
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Guillermo Balbona | 14-02-2017 | 9:14| 0

The Naked Kiss  (Una luz en el hampa)

The Naked Kiss 1964 90 min. Estados Unidos.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Constance Towers, Anthony Eisley, Michael Dante, Virginia Grey, Patsy Kelly, Bill Sampson.

Género: Drama

Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Esta semana.

El momento Fuller es aquí un fogonazo que coincide con un arranque espectacular e intenso. En realidad todo el filme se deriva, e incluso padece, este golpe bajo que el cineasta imprime en la escena inicial de ‘The Naked Kiss’, título estúpidamente reconvertido pese a su clarividencia en ‘La luz en el hampa’. Linealmente, y en apariencia, el filme es una historia de redención y transformación vital pero el cineasta de ‘Yuma’ salpica la trama de sorprendentes bofetadas y giros que mutan cualquier intento de encasillamiento y juega con el concepto de híbrido de géneros, hoy tan manido y en boga. Al melodrama virado en noir, al cine social zarandeado por el espíritu corrosivo le sigue el mensaje moral envuelto en un álbum kitsch de imágenes curiosas. Dado que decide que nada ejemplar hay que mostrar, bajo las apariencias del sueño americano y los personajes instalados en los valores del sistema, subyace la crudeza y el pesimismo donde nada es normal ni emite destellos de honestidad y retazos de humanismo. Constance Towers encarna esa luz engañosa que baña al resto de personajes que salen al paso de la prostituta que encarna en su regreso a la sociedad. Un jefe de policía, el hombre rico y más respetado entre los vecinos…son algunos de los personajes que revelan esa sed de mal disfrazada de falso moralismo. Y es ahí donde el Fuller mas visceral asoma desde esa brutal invitación de partida a su mirada más panfletaria. Entre la sutileza aislada y lo más zafio, burdo y directo, el difícil equilibrio oscila entre la luminosidad femenina del personaje protagonista y la oscuridad latente que atraviesa la trama. Claroscuros e hipocresía son los termómetros del latido que pueden escucharse en esta historia iluminada por Stanley Cortez,  mientras esa agresividad extraña que también manejaba la cámara de Fuller se va deslizando entre los pliegues de una película habitada por escenas impulsivas, impactantes y esa desolación que, poco a poco, se instala en la mirada dominante. ‘The Naked Kiss’, uno de esos referentes obvios del cine de Tarantino, por ejemplo, siempre discurre en lo fronterizo entre géneros, entre lo sublime y lo ridículo, entre cierto rigor social y lo grotesco. Rabia y ternura, frescura y arrebato caben entre lo deslumbrante y lo desconcertante, mientras Fuller retrata este viaje narrativo, sugerente, de mirada sintética. Efervescente y, a veces, extrema, casi delirante y también al borde de lo hortera, sólo Fuller podría salir vivo de semejante miscelánea. Todo es turbadoramente desbordante. Una prosa poética con mucho atrevimiento y lucidez.

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Patética cosmética
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Guillermo Balbona | 14-02-2017 | 9:04| 0

Cincuenta sombras más oscuras

Fifty Shades Dark 2017 115 min. Estados Unidos

Director: James Foley.

Reparto: Dakota Johnson, Jamie Dornan, Bella Heathcote, Kim Basinger, Rita Ora,  Marcia Gay Harden.

Género: Drama romántico.

Salas: Cinesa, Peñacastillo yAutocine

Todo discurre en la epidermis, en la superficie de la superficialidad. Y su argumento, mínimo y nulo, coquetea con lo patético y lo ridículo. No son sombras, sino un cielo negro que encapota cualquier signo de sentido, honestidad y lucidez de este interminable y tedioso ejercicio de cosmética sentimental que convierte las relaciones humanas en un artículo de broma. Como chiste malo no tiene precio. Como tomadura de pelo no hay premios suficientes para reconocerla. James Foley, director de ‘¿Quién es esa chica?’, firma estas ‘Cincuenta sombras más oscuras’, antes de convertirlas en 2018 en ‘liberadas’, en lo que amenaza con ser una saga enquistada en un largo contrato con la mediocridad que actúa a modo de viagra para la taquilla. La secuela de ‘50 sombras de Grey’, el vínculo supuestamente atormentado entre el millonario engreído y la joven Anastasia, es una grotesca nadería envuelta en un videoclip caducado, afectado e infectado de irrisoria gravedad. Las situaciones más dramáticas, que no pasan de discusiones o encuentros desagradables, solo provocan hilaridad. Y su pretencioso por vacuo y tontuno festival erótico, incita e invita a jocosas asociaciones y comparaciones de sex shop de grandes almacenes. Las frases más trascendentes que alcanza a decir la pareja protagonista son ‘qué fuerte’ y ‘qué horror’, mientras se atraen y se repelen en función de su mutuo termostato de placer con mecánica y rutinaria vocación de no saber cómo contar una historia. Las aventuras de este conseguidor chulesco y dolorido millonario, cuyo tormento parece ser el de ponerle precio a todo, es un canto a la posesión y la propiedad cuya transgresión consiste en cómo disfrazar su incapacidad para adentrarse con valor y honestidad en las fronteras de los cuerpos y la emociones. Algo ajeno a este pijo y, en el fondo, conservador, congelado, soporífero y vergonzoso cuentecito de riqueza y mal gusto que se limita a posar sus intenciones y que convierte todo en mera pose. Como consolador de taquilla puede aún servir de reclamo. Como sueño húmedo no resiste una siestecita. Como artefacto narrativo podría recetarse a modo de ejercicio antidepresivo para los que tengan un bajón de autoestima y como prueba cinematográfica no pasaría el examen de ingreso en la escuela de ‘cine exin’. La metáfora más inteligente y profunda que se permite este soso y plano álbum sobre las cosas de la piel es que hay que aprender a andar antes de correr. Para entonces el espectador ya hace lo posible por contener la carcajada ante este objeto erótico que no sería admitido en la prueba de fin de carrera del canal de playboy. Empalagosa y bobalicona, como mucho puede aspirar a ser la película de cabecera de dormitorio de Donald Trump. Cachetes sadomasoquistas de salón de peluquería o lluvia de dólares. Esa es la pregunta más filosófica que esta soporífera anécdota se permite entre la ducha y la cama. Su exploración de la dominación y la sumisión y el abuso de poder nunca se toma en serio. A todo ello, además, se le unta una capa de cremosa ñoñería sentimental para equilibrar el calorcito corporal exento de descaro. Cincuenta sombras…más estúpidas aún. Si las leyes del mercado fueran justas en la publicidad de este filme, que copa centenares de salas de exhibición sin ningún pudor, debería llevar un cartelito de advertencia: ‘Esta película puede provocar impotencia’…visual, claro.

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Apocalipsis caducado
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Guillermo Balbona | 08-02-2017 | 2:11| 0

Resident Evil: Capítulo Final

EE UU. 2017. 106 m. (16). Acción.

Director: Paul W. S. Anderson.

Intérpretes: Milla Jovovich, Ali Larter, Shawn Roberts, Ruby Rose.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Una franquicia que dice adiós oficialmente, entre fuegos de artificio y con el maletín del fin del mundo de la señorita Jovovich bajo el brazo, es una cosa tan rara como escuchar dimitir a alguien en España. Pues bien, ‘Resident Evil’, tan agotada y agotadora como tantas otras sagas, se despide exhausta con cohetería y un desfile de reiterativos gestos de esta Robin Hood cibernética, adalid de un cine clon exprimido hasta lo cansino. El tándem Paul W. S. Anderson/ Milla Jovovich ha durado tanto como lo hace un matrimonio entre amagos de separación, intentos de revitalizar la relación y afectos a costa de lo rutinario. La sexta entrega, retórica y machaconamente repetitiva hasta ese epígrafe de ‘capítulo final’ por si alguien lo dudaba, se aplica el ejercicio de la síntesis y sospechosamente deja la puerta virtual abierta en caso de que algunos tengan nostalgia, o les flaqueen las fuerzas al equipo de guardia de guionistas. Como si se tratase de una cabalgata y un muestrario de género el cineasta de ‘Mortal Kombat’ convierte a su protagonista en una mujer para todo a través de la acción de centrifugado, acumulando todas las sucesivas gesticulaciones efectistas aparecidas durante la saga. Entre el peor Alien y el gigantismo apocalíptico se sitúa, sin ninguna épica ni emoción, esta aventura de supervivencia de Alice y sus proscritos resucitados. El videojuego impone su ley y la heroína nunca adquiere categoría humana ni en cercanía ni en empatía. Todo suena a ejercicio zombi, confundiendo el ritmo frenético con la acumulación, y la velocidad con el tocino. Con espíritu de juego de rol la protagonista, que abandona al espectador en demasiadas ocasiones, va superando pruebas entre retorcidos giros y acciones circenses. Incluso cuando el conjunto vacío no serviría ni para una pizarra matemática, se permite introducir cual parábola distópica cierto mensaje político sobre una futura sociedad de selectos magnates y afortunados elitistas. Una especie de raza aria fundamentada en la riqueza. Para entonces ya es demasiado tarde para revestimientos. La historia que tiene su propio santo grial se deja llevar por la inercia y el final de la saga apunta más a muerte asistida que a celebración. El montaje entre la montaña rusa y un caótico tren de la bruja, solo contribuye a crear distancia, a fomentar la confusión y a que el personaje se antoje una interminable parodia de sí mismo. El director de ‘Pompeya’ busca ornamentos visuales hasta debajo de su tablet. Efectos sí, criaturas también, aunque sean fruto de un mestizaje hipertecnológico. En este epílogo todo es mesiánico como corresponde a la agonía y el gran videojuego llevado a su hipérbole de sofisticación reviste una mirada medieval con metáforas de castillo y fortalezas. Lo cierto es que la saga venía de una quinta entrega más que estimable pero dice adiós con esta carrera cronometrada a ninguna parte. El cineasta, responsable de cuatro de las seis entregas de la saga, mezcla en su particular batidora el terror con las artes marciales y ese cine catastrofista de última hora en busca de un mensaje finalista. Afortunadamente después de ‘Resident’ seguirá habiendo cine y, además, bueno.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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