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Autor: Guillermo Balbona
El tiempo, la mirada, la vida
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Guillermo Balbona | 05-03-2015 | 10:21| 0

Primavera tardía
1949 108 min. Japón Director: Yasujiro Ozu. Reparto: Setsuko Hara, Chishu Ryu, Hohi Aoki, Masao Mishima, Kuniko Miyake, Haruko Sugimura. Drama  Sala: Náutica, Filmoteca UC. Jueves 5 de marzo, a las 20 horas.

Como los grandes, de Tarkovski a Erice, en el cine de Yasujiro Ozu subyace toda una poética del tiempo, una inasible conjura, también invisible, que atrapa el discurrir de la vida entre los fotogramas. El excelente ciclo de cine japonés de la Filmoteca Universitaria recobra la mirada esencial del autor de ‘Primavera tardía’ plasmada en esta historia de Noriko y su padre viudo, este relato de soledades y esperanzas, de una poética cotidiana que se instala en el corazón con la melancolía de quien sale herido por la vida. Esta obra maestra de Ozu –casi todo lo que hizo rozó el asombro y se fundamentó en la coherencia de un poeta visual– revela la perfección de un cineasta cuidadoso en lo formal, más que ambicioso.

Como muchos maestros del neorrealismo, Rossellini a la cabeza, la vida asoma entre las veladuras y la textura de esta historia de una sencillez y, a su vez, profundidad intensas. Sin aspavientos ni efectismos, el cineasta exprime cada fragmento, cada episodio, breve, leve y extrae el zumo de la vida.

El paso entre instantes, la idea del trayecto, el simbolismo de los puntos de fuga, la decadencia,  el tránsito, el vacío, el juego de presencias y ausencias son los  verdaderos planos argumentales de un filme que traza una cartografía de esa vida que a veces parece real, que se escapa o que, simplemente, se pierde entre fisuras incomprensibles. Tradición y resignación, obstinación y rebelión se filtran con una cadencia especial, como solo el ritmo de Ozu sabe impregnar a sus imágenes, pero no hay más voluntad que la de mostrar y acariciar. Todo es ajeno completamente a ese afán de exhibición casi obscena de buena parte del cine de nuestros días. Con una extraña complejidad, bajo la pátina de la tranquila gestualidad, Ozu va salpicando de detalles su lugar en el mundo. Antonio Santos, uno de los máximos especialistas de Ozu, verdadero intérprete de su cine, asegura que «es una celebración continua de lo cotidiano».

El director «invita a contemplar la imagen, a pensarla; y por esto a disfrutarla». Y de su estilo resume: «La simplificación del estilo coincide con la renuncia a lo excepcional para centrarse únicamente en lo cotidiano».  Su cine se asemeja a la respiración. Todo es tenue, dispuesto para captar pero en ese acto, también moral, hay una narración intrínseca, más allá de la propia ficción y sus códigos. Un flujo delicado, con una depuración formal exquisita. Despojado, exento de artificios, cercano a la caligrafía del cine silente, Ozu firma otro poema que es un estado de imágenes, una vida que mira a la otra a través de una cámara que solo vive en la transición y en la poesía. Tras el retrato de la familia japonesa de posguerra se muestra y palpa la esencia de un recoveco, de un rincón donde aflora un rastro de vida entre lo caduco y fugado. Entre el desmayo y la fugacidad Ozu rescata la existencia, sus sucesos, hechos y su extraña sucesión.

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Contundente y tensa
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Guillermo Balbona | 04-03-2015 | 10:27| 0

’71’
2014 100 min. Reino Unido Director: Yann Demange Reparto: Jack O’Connell, Sam Reid, Sean Harris, Charlie Murphy, Sam Hazeldine, Paul Anderso. Drama. Sala: Los Ángeles, desde el miercoles 4 de marzo  hasta el domingo

Contundente y claustrofóbica, ‘71’ adopta envase y formato de thriller, se viste de tenso drama y muestra una textura de cine bélico enclaustrado entre calles, patios y puertas enmarcadas por el ladrillo rojo de un Belfast volcánico. A veces este intenso e irregular filme con algunas fisuras de tono narrativo pero siempre con gancho, parece mostrarse pura crónica. En realidad es pura envoltura, pues el debutante Yann Demange cuenta el corazón de la violencia de la Irlanda del Norte de los setenta desde un fragmento que es radiografía y disección.

La supervivencia, el dolor de las víctimas, falsos culpables y falaces inocentes, y la ultraviolencia ciega asoman en pequeñas dosis que van inoculando una atmósfera cargada de una dureza insoportable no tanto por lo que muestra y visualiza como por lo que sugiere. Y en ese grafiti sordo sobre un barrio en el que confluyen combates, supervivientes, venganzas, duelos, incluso traiciones y ambiguas o confusas situaciones, el filme hace explotar toda su carga emocional. Es precisamente en su recreación, en la puesta en escena de la angustiosa zona cero de una barriada, exponente de uno de los conflictos más largos y enquistados del siglo XX, donde la película revela todas sus virtudes.

El cineasta que procede del mundo televisivo baja a pie de calle y deja que el espectador sienta empatía con ese soldado que, en realidad, pase a ser un náufrago entre tiburones, tempestades y marejadas. Un mosaico de claroscuros, sin salida, con olor a muerte, pleno de sombras y confusión. Unionistas y nacionalistas, militares y pistoleros, comandos terroristas y terrorismo de Estado y, en especial, víctimas componen este pasadizo al horror entre bombas y un caótico paisaje donde la hostilidad y el enemigo a las puertas es la constante vital. Uno evoca casi de modo inevitable el ‘Domingo Sangriento’ de Paul Greengrass, pero ‘71’ no busca tanto el documento histórico, el retrato puntual de una geografía histórica desoladora, el fracaso político, la anécdota cronológica como la persistencia de una peripecia humana dentro de una pesadilla. Cuando el infierno no se encuentra ni en la lógica ni en la colisión del conflicto particular, el filme gana en oscuridad y todo señala hacia un agobiante punto final.

Lo curioso es que el filme, sin tregua ni aliento, gana en claridad y se subraya más diáfano cuanto más oscuro se enseña. No trata de explicar los hechos, ni siquiera de desmenuzarlos con vocación analítica. Por el contrario se postula con ánimo de ambigüedad, con obcecada obsesión por hurgar en las heridas sin fundamentar los orígenes de cada una de ellas. Hacia el tramo final la ficción fuerza las encrucijadas argumentales, recurre al montaje paralelo y todo parece circundar al protagonista. Es un espejismo. No hay nada razonable. La agenda sigue oculta. Solo la muerte de fondo triunfa con desagradable inevitabilidad.
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Parodia fina y desmadre tosco
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Guillermo Balbona | 03-03-2015 | 12:20| 0

Kingsman: servicio secreto
Reino Unido. 2015. 129 m. (16). ‘Thriller’. Director: Matthew Vaughn. Intérpretes: Colin Firth, Taron Egerton, Samuel L. Jackson, Michael Caine. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Un ‘my fair gentleman’ de traje y puntualidad británica, tan pulcro y eficaz como divertimento como fallido en sus ambiciones de estilo. Una de espías entre la mentalidad cachonda y la parodia fina que desemboca en un torbellino de media hora final tan desbordante como excesivo. Adaptación del cómic de Mark Millar y Dave Gibbons, ‘Kingsman’ es un diálogo lúdico entre maestro y pupilo con un caudal de ironía en su primera hora que sube la adrenalina de la elegancia y del humor paródico más sutil con fondo pigmalion.

Los encuentros entre Colin Firth y Michael Caine poseen esa fricción magistral de los intérpretes con clase. Diálogos que dejan huella y subrayados sobre las clases sociales y la marginalidad que echan chispas.

Divertida y juguetona, la cinta de Matthew Vaughn, cineasta de ‘Stardust’ y ‘X-men primera generación’, entre otras, es una miscelánea entre un joven y zarandeado James Bond pasado por el filtro de ‘Kick-Ass, listo para machacar’ y el homenaje a ‘Los vengadores’. Cuando hay equilibrio entre la parodia y el gamberrismo en torno a la seriedad y lo opaco de algunas tramas de espionaje, el filme gana en personalidad y lucidez y es fácil dejarse llevar. Precisamente pierde energía en su tramo final por su desmesura y su obsesiva mirada de captación de los espectadores juveniles. Dos secuencias fracturan el filme en esos otros tantos frutos y emociones: la desenfadada, fresca y sutil parodia de la entrada en acción del personaje de Colin Firth en el pub y, en contraste, su interminable combate sangriento durante la ceremonia de fanatismo religioso. Ambas marcan las distintas atmósferas y pretensiones de una historia que primero busca la excelencia y cierta originalidad y frescura, y después se decanta por contentar a todos desvirtuando la médula espinal de una obra que empezaba a asentarse en la diferencia.

Vaughn evita el infantilismo, se marca incluso algunos guiños referenciales nada banales sobre la cultura popular al hacer hincapié en las virtudes que debe tener un caballero, más allá de la apariencia, pero tira de manual a la hora de las resoluciones, entre Tarantino y el efectismo de película juvenil combinada con un Austin Powers satírico, a veces hasta cruel. Precisamente lo que logra su interesante guión de película comercial arriesgada, con diálogos despiadados y ultraviolencia, lo niegan unas imágenes irritantes y con tendencia a la pirotecnia facilona.

Un Casino Royale a modo de superhéroe a su pesar. Gags divertidos y ocurrentes y, en general, una obra simpática que busca vueltas de tuerca entre los lugares comunes, construyen la ilustración en su trasvase del cómic a la pantalla. Ahora la mirada juzgará ante esta doble visión: la de una comedia ‘british’ de ingenio y paraguazos; o la de una comedia de caballeros de mesa redonda callejera y sastrería, entre la acción y la nobleza, haciendo concesiones al cada vez más superpoblado ecosistema de superhéroes.
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Del Lego Oscar al condón de Iñárritu
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Guillermo Balbona | 23-02-2015 | 12:53| 0

A González Iñárritu le bastaron unos segundos para demostrar que puede haber vida inteligente sobre la alfombra roja: su comentario sobre las fronteras entre el éxito (spoiler) y el fracaso eran como un soplo de frescura frente a las sobadas y manidas sentencias ilusionantes de las estrellas y sus delirios de grandeza. Huérfanos de selfi en el patio de butacas la ceremonia tuvo algo de bucle. De mexicano a mexicano el Oscar pasó del mariachi interestelar de ‘Gravity’ 2014 a la ranchera sobre la identidad actoral de ‘Birdman’ 2015, o sea en un vuelo de trascendencia espacial a otro más telúrico.
La cosa pedía a gritos un guiño facilón: así que Neil Patrick Harris salió en calzoncillos, a lo Michael Keaton en la película del mexicano, mientras más de uno podía pensar que Dani Rovira se había colado directamente desde los Goya. En un año cinematográfico sin clase media, y casi sin espectáculo, la autoría había alzado la cabeza con orgullo. Lástima que ‘Boyhood’, ese poema sobre el tiempo, que es la esencia del cine, se quedara en la gloria de las retinas de miles de admiradores. Tan solo una reivindicativa Patricia Arquette levantó la estatuilla y el ánimo de los admiradores de Linklater.
Salvo la lluvia en Los Angeles todo fue tan previsible en los destinatarios de los galardones como en su ceremonia muy musical y cantarina pero carente de ingenio y de chispa. Habría que hurgar en los discursos para extraer acidez, lucidez y algo de emoción entre tanta vulgaridad. La Lego película de los Oscar siguió el guión sin saltarse un renglón e incluso el francotirador Eastwood parecía estar a punto de disparar al primero que se saltase la letra pequeña. El primero en subir a recoger premio, J. K. Simmons, mejor actor de reparto por ‘Whiplash’, se puso tan didáctico pero mucho menos duro que en su papel de profesor musical obsesivo y perfeccionista en la película: «Decidles a vuestros padres que les queréis y mostraros agradecidos y escuchadles siempre». Aquello parecía ‘Cómo entrenar a tu dragón 2’.
Del alzheimer al ELA, de los derechos de igualdad social y salarial para las mujeres al recuerdo de los hombres negros en los correccionales pasando por la inmigración mexicana, las reivindicaciones fueron la verdadera coreografía de la gala. Hace tiempo que la competición primordial parece haberse trasladado a la moda. Las estrellas, cual estatuillas de lego diseño, de Tom Ford a John Galliano, de Calvin Klein a Hedi Slimane, director creativo de Saint Laurent, desfilaron por la alfombra para someterse a la disección rigurosa de las miradas más puristas.
Entre Sonrisas y lágrimas, con Lady Gaga angelical, y las extravagantes carantoñas de Travolta, las 50 sombras de Grey flotaban como fantasmas de la industria pero el único rastro de erotismo recorría la espalda descubierta de Emma Stone. Entre la nómina de premiados, Julianne Moore y Eddie Redmayne disfrutaron de su justo pasaporte histórico recurriendo al humor. A falta de soluciones salomónicas ‘Birdman’ triunfó con la marcha en punto muerto, mientras en ‘El Gran Hotel Budapest’, del mimado y siempre diferente Wes Anderson, se alojaron los premios técnicos, que llaman menores, y el mundo del glamour se dejó la poética generacional de ‘Boyhood’ en un limbo de sensaciones desvanecidas. El cine intenso, arriesgado, visionario quizás tenga que esperar esos doce años, en los que discurrió el rodaje intermitente de la maravillosa obra maestra de Linklater, para adoptar la gloria.
La reflexión, entra tanto polvo de estrellas y tanta hoguera de vanidades, la volvió a poner Iñárritu: «El miedo es el condón de la vida que no te permite hacer lo que quieres». Probablemente el mismo temor que algunos mostraron al otorgar sus premios sin tener en cuenta que todo, en especial el cine, es un combate contra el paso del tiempo.

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Últimas voluntades, primeros deseos
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Guillermo Balbona | 08-10-2014 | 8:23| 0

Ahí os quedáis

EE UU. 2014. 103 m. Comedia. Director: Shawn Levy. Intérpretes: Jason Bateman, Tina Fey, Adam Driver, Rose Byrne, Corey Stoll, Kathryn Hahn, Connie Britton. Salas: Cinesa y Peñacastillo

En esta comedia de soplidos, más que de suspiros, exagerada en su desmayado planteamiento, sólo breves apuntes amargos desvelan el juego de claroscuros tras un funeral. ‘Ahí os quedáis’ parte de una idea tan buena como agotada: la convulsión, la acotada colisión grupal o tribal tras una celebración o ritual. Recuérdense casos memorables e imitados como el ‘Reencuentro’ de Kasdan, o la casi moda de recurrir a los enlaces matrimoniales en el último cine, como la reciente cita familiar de Daniel Sánchez Arévalo, ya presente en sus cortometrajes. En este caso un funeral sirve para la catarsis, pero también para satirizar los convencionalismos y lugares comunes, caer en algunas parodias, no siempre logradas, y buscar el retrato generacional.

El problema es que  Shawn Levy no maneja con destreza sus recursos ni gestiona los tiempos de un relato coral de historias entrecruzadas y muchas pérdidas y recuerdos bajo la piel de los personajes. El tono de esta congregación en torno al patriarca fallecido pero reunida a los pechos de Jane Fonda –un chiste que se convierte también en un chirrido– no acaba de cuajar. Hay escenas epatantes y pequeños retablos que se asientan en la reiteración. El mosaico de matrimonios rotos, últimas voluntades, primeros y primarios deseos y desmesuras emocionales parece inagotable pero sustentados en el arquetipo. A las irregulares interpretaciones le siguen vaivenes de unos personajes a veces desasistidos, otras náufragos, el filme se resiente de la escasa atención que algunos perfiles merecían y se ahoga en la insistencia en otros.

Entre compulsiones y tensiones, chistes fáciles y salidas de tono, destila a partes iguales simpatía y rechazo. Al embarazo que no llega, la soledad emocional y la oveja negra, le siguen el fracasado y la arrepentida, de modo que  abundan los clichés en el armario familiar. Lo sardónico, satírico y ácido y lo dramático no logran encajar en este guión que a veces parece tender hacia un humor negro que solo se asoma de puntillas cuando pedía ser despiadado con el entorno. El luto de este encuentro familiar disfuncional es, en realidad, el de las miserias, cuentas pendientes y piedras en el camino de cada miembro, pero al cineasta de la saga ‘Noche en el museo’ y de ‘Los becarios’ le falta finura y elegancia y osadía para dibujar un retrato excesivamente superficial, cómodo y convencional. Demasiada complacencia y discreción de tono televisivo. A este velatorio le falta esa tensión incómoda que posee todo espacio marcado por el peso del pasado.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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