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Autor: Guillermo Balbona
Bucle nostágico
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Guillermo Balbona | 06-05-2014 | 12:34| 0

La vida inesperada

España. 2013. 105 m. (7). Comedia-drama. Director: Jorge Torregrossa. Con Javier Cámara, Raúl Arévalo, Carmen Ruiz, Tammy Blanchard. Peñacastillo

Con toneladas de nostalgia y algún kilo de melancolía construye el dúo Torregrossa /Lindo este álbum de desencanto y transfusión vital. Nueva York es el icono urbano, pero sobre todo un/el lugar en el mundo, aunque el corazón y sus latidos es la verdadera rapsodia in blue, a veces in ‘bluf’, de esta comedia emocional que pese a apelar a tanta intensidad solo encuentra textura y sensibilidad en el trabajo de sus actores. Ningún inquilino más inestable que el amor y nada más extranjero que el desamor. Entre ambas ecuaciones y coordenadas, trópicos y tópicos de cáncer y capricornio , se mueven y oscilan las criaturas entrañables pero también ex/estereotipadas de este filme algo afectado, que se deja ver y también pasar, pero que casi nunca logra instalarse en ese territorio de complicidad que reclama. ‘La vida inesperada’ exhibe el músculo de la escritura de Elvira Lindo, en ocasiones con demasiado descaro literario, y también muestra su textura de ligereza trascendente o, mejor dicho, de sentenciosa banalidad. El bucle nostálgico que propone el cineasta de ‘Fin’ tiene sus chirridos. Nunca hay ruido afortunadamente (como sucede en la mayor parte de comedias corales), ni estridencias superficiales, pero a ‘La vida inesperada’ le vence esa casi constante distorsión entre su voz literaria y su puesta en escena. Posee un encanto intrínseco: desde la fotografía de Kiko de la Rica, a modo de afecto más que de efecto, al juego entre lo reconocible y el escapismo, pero a esta historia sobre aceptaciones y rupturas le falta tacto y le sobra piel. Y, sin embargo, qué fácil desde una visión puramente narrativa es contar una historia cuando Javier Cámara, Carmen Ruiz y Raúl Arévalo (secundados por un fugaz rastro coral bien encajado en el cual aparece el cántabro Luis Carlos de la Lombana) forman parte de tus materiales humanos.

Los personajes dudan, vacilan, muestran sus indecisiones y miedos. Hay homenajes a Woody Allen y una huella de ese cine inmensamente cercano, sobre todo en lo que a actores se refiere, que firmara Fernando Fernán Gómez. Y, sin embargo, este relato que siempre acaba por dar un regate previsible para dulcificar la amargura no logra calar en hondura y veracidad. Quién sabe. Podría haber sido un musical latino para dar la vuelta al calcetín del sueño americano. O una comedia muy cinéfila con cierta atmósfera indie. El cuento de desesperanzas y supervivencia se revela insuficiente para convertir lo accidental en un fugaz pero perdurable temblor sobre las segundas oportunidades y las indecisas decisiones que trazan la vida, la propia y la ajena. Una de perdedores ‘españoles en el mundo’ con toque de gente corriente y marca soledad en la camiseta de barrio. Más necesaria que lograda.

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Padre Cantinflas con niña
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Guillermo Balbona | 06-05-2014 | 12:30| 0

No se aceptan  devoluciones  

México. 2013. 115 m. (TP). Comedia. Director: Eugenio Derbez. Intérpretes: Eugenio Derbez, Loreto Peralta, Jessica Lindsey, Daniel Raymont. Sala Cinesa.

Recorre todos los tramos más vomitivos de una impostada comedia familiar: falsa, superficial, amparada en una moralidad fundamentada en la apariencia, y vulgar, zafia y con muchas prótesis emocionales. La película apela al cariño pero no merece ni una caricia. ‘No se aceptan devoluciones’, convertida en un fenómeno taquillero mexicano tan interiorizado en su bandera como la ranchera, el picante y el terremoto, ha logrado ya la etiqueta de cinta latina más taquillera de Estados Unidos. Que todo posea un aire a lo Cantinflas rebautizado, con maquillaje de comedia familiar made in Hollywood, no es bueno ni malo en su esencia pero el filme se regodea en su manida propuesta, se justifica emocionalmente en sus referentes y ejercita el músculo de la superficialidad con sus coartadas más facilonas y su humor de posado. El humorista, actor y ahora director Eugenio Derbez, deja que el argumento del ligón y seductor hipotecado repentinamente por la aparición de un bebé a su cargo, discurra entre lo familiar con todas sus trampas, el trampantojo de un cierto humor crítico muy facilón y el intercambio de cromos repes tuneados como originales. El filme, de metraje tan estirado como exprimido y manipulado, es uno de esos juguetes donde parecen haberse divertido más sus creadores que sus destinatarios potenciales. Con libro de instrucciones ya sabido y todo el catálogo de sentimentalismo y guiños cómplices expuesto hasta el sensacionalismo más rancio, no cabe más medida visual que la que uno como espectador pueda aceptar, antes de las devoluciones, ante el trabajo de la pareja protagonista: Derbez y la niña Loreto Peralta. El universo  de la paternidad, de ‘Kramer contra Kramer’ a la maravillosa ‘Luna de papel’, es un vínculo adherido a la piel del cine pero solo enunciado en este viaje a Los Ángeles que revela toda su obscena simpleza. Lecciones sobre los golpes de la vida, entre un Disney cantinflero y un Benigni de guacamole, el filme se convierte en sí mismo en un cameo, apela a chistes y guiños de comedia televisiva. El ácido despunte inicial, el descaro de su punto de partida, los simulados giros a lo comedia gamberra, y la diversión ocasional, no son sino salsas picantes para decorar y acomodar lo que será un petardo amarillista de emociones prefabricadas que instalan el relato en una boba y simplista sucesión de tópicos. Más cursi y amanerada que naturalista, su salto lacrimógeno al vacío es tan solo esa caja de bombones que en lugar de sabor incluye como envoltorio un simpático manual de autoayuda. Todo por la taquilla.

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Una mirada fundacional
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Guillermo Balbona | 06-05-2014 | 12:28| 0

Te querré siempre (Viaggio in Italia) 

1954 Director: Roberto Rossellini  Italia-Francia. Reparto: Ingrid Bergman,  George Sanders, Maria Mauban, Paul Muller, Anna Proclemer, Leslie Daniels. Sala Bonifaz. Fimoteca de Cantabria. Cine Club. A las 17 horas.

En su mirada límpida pero extraña reside su seducción casi hipnótica. Es un Rossellini que parece un Bergman despojado del sentimiento trágico. Su magia consiste en declararse casi documental, algo intrínseco a la materia y la sustancia creativa del genio italiano y, sin embargo, el filme simula desdecirse, traicionarse para buscar disonancias visuales, rupturas, un alejamiento libertario de cualquier encasillamiento y etiquetado. ‘Viaggio in Italia’ (Te querré siempre) es un paseo existencial, una mirada sostenida que recorre las entrañas del paso del tiempo vertebrado por el errático pasaje/paisaje emocional de un matrimonio. Quizás trasunto psicológico de la relación apasionada que vivieron el cineasta italiano y la actriz Ingrid Bergman, el filme contiene una atmósfera especial, de contrastes y colisiones en ese viaje también interior de un matrimonio inglés para vender una villa que ha heredado cerca de Nápoles. Disección y radiografía sentimental, ni fue una ruptura con el neorrealismo que armó el maestro ni un canto por la ficción más desgarrada. Como ya sucediera con ‘Alemania año cero’ –aquí desde otro extremo– Rossellini parece buscar una mirada fundacional del cine. En su apariencia, todo resulta racional, pero tras los contrastes culturales y sociales desde esa primera ventanilla/ventana de la pareja protagonista en su automóvil, subyace un enigma, un misterioso recorrido que habita en los pasajes y vicisitudes de estas criaturas. ¿Por qué amar, por qué la necesidad de amar?, parece preguntarse Rossellini, si el tiempo es perecedero, si muta las conductas y los gestos, si estamos hipotecados. ‘Viaggio in Italia’ es un documento de experiencia que busca situarse en los márgenes de la pureza y la inocencia. Miramos y no sabemos nada. Aprendemos pero el mundo desmiente nuestra naturaleza. El filme es un fragmento de vida por el que discurren instantes, contemplación y observación, pero las pérdidas van mostrando las capas solapadas de una insensible rendición. Todo es fugaz, banal quizás, insustancial, aunque profundamente complejo. Rossellini mira el entorno desde la madurez y la hondura de un humanismo a través un riguroso periplo visual. La Filmoteca incluye un excelente texto, como todos los suyos, de José Luis Guarner en el que subrayaba: «bastará decir que si Paisà instaura en el cine una nueva forma de realismo, Viaggio in Italia ‘sólo’ siete añsos después impone otra que, por su exigencia ética y estética, anuncia el camino más importante quizás del cine moderno. (…) Todavía hoy aparece como una película de vanguardia».

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Exorcizar el cine
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Guillermo Balbona | 06-05-2014 | 12:18| 0

El heredero del diablo

Estados Unidos. 2014. 89 min. Terror. Directores: Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett. Intérpretes: Zach Gilford, Allison Miller, Robert Belushi, Kurt Krause. Salas: Peñacastillo

Sin semilla no hay diablo. y aquí el anticristo se anuncia mucho pero no llega ni sobre ruedas ni con demora abisal ni recado celestial. Pretender hacer una película – más bien fabricar en este caso– sin aportar una brizna de originalidad es tan absurdo como fatuo y comercialmente pretencioso. ‘El heredero del diablo’ ni siquiera busca la vuelta de tuerca efectista al manido planteamiento de la concepción del mal, al subgénero del malditismo y a la multirecreada llegada del apocalipsis.  Aquí tras este embarazo sorprendente tras una luna del miel olvidadiza, una trama fundacional y un ejercicio gimnástico y desgastado de cámara en mano, el terror viene de la indiferencia, vacío y caligrafía plana que envuelve a la historia de esta pareja con hijo indeseable dentro. Para afrontar el parto literal del filme, como engendro y como creación, es un decir, se necesita una dirección compartida, la de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, empeñados en que todo resulte desangelado. Ni con fórceps la criatura cinematográfica puede llegar a emitir un gemido. Su atmósfera pesada, carente de ideas, convierte lo inesperado y extraordinario, pilares sobrenaturales de todo relato instalado en lo fantástico, en un catálogo de previsible vulgaridad visual. El diablo no se hace visible ni en el susto, tradicional recurso para marcar el terreno acotado del mal y sus sombras. Es tan inocuo su sentido del miedo que el verdadero pánico no aflora de la pantalla sino de la distracción: uno se pone a pensar en gestores austericidas y  gobiernos del recortable y te entra  un temblor absoluto. Visualmente hay vídeos virales en la red de redes sociales y antisociales que dejan a este juguete diabólico en el libreto provisional de su falaz nadería. El denominado docu-terror, término solo apto para totémicos tomos enciclopédicos de cinefilia, es aquí una mera fachada esteticista para practicar el ritual de género y el aire de modernidad que huele a naftalina. Una fórmula tan agotada como el propio aliento del filme. Una maternidad paranormal con marido cabezón y ginecólogo díscolo que no pasaría el examen de oposición de enfermería. Si la función, o disfunción, llega a dar pataditas para que las sienta el espectador se debe a la pareja de protagonistas que hace serios esfuerzos por dar credibilidad a la representación de Lucifer. Una invocación de manual para exorcizar el cine un poco, muy poco, con este plato maligno con ajitos de vieja cocina.

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Hijos de Byron
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Guillermo Balbona | 28-04-2014 | 9:28| 0

Remando al viento
1988 96 min. España Director y guión: Gonzalo Suárez. Reparto: Hugh Grant, Lizzy McInnerny, Valentine Pelka, Elizabeth Hurley, José Luis Gómez, Virginia Mataix, Bibí Andersen. Náutica. Filmoteca Universitaria. A las 20 horas. Jueves 29

Byron, el poeta romántico por excelencia, le dice a Clara: «En el fondo del lago hay líquenes viscosos, pero si miras a la superficie solo ves tu propia mirada». Ese espejo entre lo diáfano y lo sombrío, lo superficial y lo profundo, es una de las esencias que late en un filme hermoso, que supuso un salto cualitativo en el engarce con el público para la carrera de Gonzalo Suárez. La Filmoteca Universitaria, ya en sus últimas citas del curso, revisa esta obra de reparto internacional con intérpretes españoles de hondo perfil teatral, caso de José Luis Gómez y  Josep María Pou. El cineasta asturiano recrea el encuentro nocturno, con toda su mitología y seducción, de Shelley, Mary, Clara, Polidori y el autor de Childe Harold en su mansión suiza, que alumbrara en noviembre de 1816 la creación literaria de Frankenstein. Gonzalo Suárez apuesta por el elogio de la imaginación, reconstruye la línea difusa e inasible entre ficción y realidad, y, sobre todo, logra con energía que lo exquisito, la estética y la atmósfera conformen un paisaje especial. Un cine con personalidad, quizás algo relamido, que se atreve con una producción plenamente europea y con un sentido artístico rotundo. Con el moderno Prometeo de fondo, ‘Remando al viento’ propone una travesía existencial, una vuelta de tuerca a lo trágico, y solo un cierto prurito de esteticismo y pretenciosidad evitan que el vuelo sea más alto y prolongado. El filme a veces parece estar demasiado perplejo, enredado en la grandeza de lo que cuenta y en la seguridad de su elegancia y olvida exprimir el jugo gástrico de unas personalidades y de unas situaciones que propiciaban una marejada de emociones e inquietudes. Late y vive la literatura en su seno y la corriente subterránea de lo romántico permite que la navegación sea más llevadera. Quizás sea esta la ocasión en que mejor confluyeron y se conjugaron la querencia del Suárez escritor y cronista con el creador de imágenes. Lo sensible adopta formas muy diversas entre las sombras de un mundo que se derrumba: palabras, juegos y amores cruzan de una orilla a otra con extraña fluidez. Quizás falta arrebato, cierto sentido de la locura. Además el filme se vio perjudicado por la cercanía en el tiempo y la coincidencia en el retrato de ‘Gothic’ de Ken Russell, desmesurada e histérica propuesta como casi todas las suyas. No obstante, el espíritu romántico, la complejidad de las pasiones discurren entre los fotogramas. «El objeto de nuestra existencia está en la sensación». dijo Lord Byron. Y la escritura del filme de Suárez no lo desdice y lo abraza cómplice.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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