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Autor: Guillermo Balbona
Odisea de gigantes y cabezudos
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Guillermo Balbona | 24-04-2015 | 9:45| 0

Moby Dick
1956 116 min. Reino Unido Director:John Huston Reparto: Gregory Peck, Orson Welles, Richard Basehart, Leo Genn, James Robertson Justice, Harry Andrews, Aventuras. Filmoteca de Cantabria. Sala Bonifaz. Hasta el domingo. 

 

Ahab, el Pequod, Moby Dick. Hoy todo es un gran icono más grande que la fábula que lo contiene, más intenso que la aventura que lo sostiene. Hay otras versiones pero todas están en ésta. El universo de Herman Melville quedó identificado en la alianza de imagen con John Huston y Gregory Peck.

La Filmoteca lo rescata por otra de sus referencias colaterales: la presencia de Orson Welles, evocado ahora en su centenario como actor y cineasta. ‘Moby Dick’, la ballena blanca, es un símbolo. Caben metáforas, mundos, relatos primigenios. Precisamente la voz de Welles (al menos aquí la suya, sin doblaje) lo deja bien claro en su declaración de principios decisiva en un discurso que subraya el espíritu de la adaptación. Hay intensidad y pasión y el combate, colisión y acercamiento entre hombre y naturaleza adquiere momentos ilustrativos y eficaces. Un catálogo donde asoma lo metafísico y lo bíblico, la grandilocuencia y la apasionada lucha del hombre contra sus semejantes. Como película de aventuras Huston sabe imprimir tensión y ese sentido del ritmo y la vitalidad que acompaña con zonas de sombra e intensidad. Drama de mar y muerte, odisea visceral y obsesiva, la iniciación se adentra en el misterio «…alzándose sobre la cresta más allá de la inundación en el Ecuador, lanzará a los cielos el chorro de su desafío espumeante», como escribiera Melville.

Trasladar un libro colosal y  monumental como esta, que requiere una lectura profunda, podría estar condenada al fracaso de antemano. Y esa es la pregunta que Huston se planteaba sobre la clásica obra y su traslación a la pantalla. El cineasta, apoyado en la escritura de Ray Bradbury, abordó el ambicioso reto de elaborar un guión que optó por la depuración y la disección para acudir a los factores esenciales de la historia. Del personaje de Ishmael el filme se va decantando hacia la obsesión de Ahab. Hombre y Dios, destrucción y pasión, lo humano y lo profético conviven en un filme con el personaje del sacerdote encarnado por Welles (precisamente el Cine Club dedica mañana su espacio a la penúltima de sus películas terminadas, la fascinante ‘Fraude’/ ‘F for Fake’).

Quizás chirría en ocasiones la actuación de Gregory Peck, lo cual propició un enorme debate cinéfilo, pero siempre se muestra sólido, sin extravagancias y con una presencia contundente, aunque se pueda discutir sobre sus matices. Viaje y alegoría, travesía hacia el paraíso perdido, ‘Moby Dick’ posee los suficientes poderes atractivos para invitar a desembarcar de nuevo en la obra literaria. A la caza de un lugar en el mundo – «No está en ningún mapa, los sitios de verdad nunca están»– el filme, que vivió parte de su rodaje en Canarias, propone un descenso a los infiernos donde cada uno alimentamos nuestro propio icono de pasión y búsqueda.

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Sobria, crepuscular jungla urbana
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Guillermo Balbona | 23-04-2015 | 12:28| 0

El año más violento
2014 124 min Estados Unidos Director: J.C. Chandor Reparto: Oscar Isaac, Jessica Chastain, Albert Brooks, David Oyelowo, Christopher Abbott, Peter Gerety, Elyes Gabel. Género: Thriller/ Drama Los Ángeles. Hasta el domingo.

En apariencia es fría y torrencialmente contenida. Pero la violencia de este drama de tintes noir, urbano, que coge distancia para asomarse al vértigo de la condición humana, está siempre soterrada. Inteligente, con vocación de eludir el tópico, con perspectiva, genera el perfil de unos personajes que, pese a su ansia de honestidad, de retomar un camino recto, se ven envueltos en un magma dramático, de crimen e imposible restitución.

El retrato de este inmigrante hispano que encauza su ambición, su trayectoria imparable hacia el éxito comercial e industrial, posee connotaciones dramáticas teatrales nada desdeñables. Son criaturas envueltas en una atmósfera insana, marcadas por ‘El año más violento’ en Nueva York –ese 1981 en el que según las estadísticas se cometieron y vivieron más crímenes y atracos de la historia en la ciudad– cuyas conductas, diálogos, acciones e intenciones están siempre mediatizadas por un ensordecedor ruido de temores, amenazas, tentaciones, traiciones y odios, aunque nadie parezca decir una palabra más alta que otra.

El cineasta JC Chandor, de filmografía corta pero contundente (su ‘Margin Call’ es uno de los retratos más eficaces sobre la crisis) se muestra ingenioso a la hora de crear un clima tenso, donde toda acecha, donde la mayor parte de hechos y personas permanecen a la espera y donde la jungla urbana se muestra como un documental de la sabana en el que fieras, naturaleza, salvajismo y ecosistema constituyen un universo tan definido como fragmentado. Que nadie espere uno de esos thrillers de disparos solapados y sangre fácil. Aquí la decadencia, el vértigo, el fracaso, el tiempo límite o la cuenta atrás hacen las veces de persecución y sombra de muerte. El cineasta de ‘Cuando todo está perdido’ depura, lima y disecciona las pulsaciones y  constantes vitales de sus personajes, con Oscar Isaac y Jessica Chastain magistrales, en una historia que sangra luces y sombras a través de un goteo de extrañeza y melancolía.

Estamos ante una especie de Padrino más sutil, subliminal, sin transparencias, con un actor que recuerda a Pacino y una actriz inmensa. Todos son inocentes y culpables, todos se justifican y crecen en la adversidad entre concesiones y flagelaciones. Se ha hablado ya de la influencia de Lumet y quizás de Mamet pero ‘El año más violento’ se alza por un cuidadoso guión y una puesta en escena vigorosa. En realidad el filme narra y refleja un ejercicio de supervivencia dentro de ese engranaje de trampas, ambigüedades, falacia y mentiras del sueño americano. Tras él nace un juego de rol obsesivo donde solo se salva el más fuerte. Chandor con frialdad estudiada, pero sin artificios, deja que algún fogonazo provoque el destello que nos alumbre o nos ciegue entre la espesa niebla de unos seres inmersos, presos de esta historia crepuscular, silenciosamente precisa.

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Algo más que golpes bajos
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Guillermo Balbona | 23-04-2015 | 12:13| 0

Una noche para sobrevivir
EE UU. 2015. 114 m. (18). ‘Thriller’. Director: Jaume Collet-Serra. Intérpretes:Liam Neeson, Joel Kinnaman, Ed Harris, Vincent D’Onofrio. Cinesa y Peñacastillo

Clint Eastwood hubiese exprimido las esencias de redención con las que Jaume Collet-Serra perfuma esta nueva colaboración con Liam Neeson. Quizás Sam Mendes habría teatralizado la contundencia implacable de unos personajes enérgicos. Por su parte, el director español afincado en Hollywood desde hace más de dos décadas no se distrae. Lo suyo es un constante, eficaz y duro ejercicio en el que bajo sucesivos golpes imprime un cuidado trazo de personajes, una seca contundencia emocional y un ritmo frenético. Quizás no hay sorpresas pero el tándem Neeson/Collet Serra es como una apisonadora urbana que aplica solidez narrativa e interpretativa para allanar el camino de un thriller rotundo. El cineasta de ‘Sin identidad’, en su sexta película, tercera de ellas con Neeson como actor fetiche, no deja resquicios ni fisuras.

Sabe que el espectador más adicto al género es exigente y no perdona la transgresión banal y gratuita. Collet-Serra se dedica a contar lo que tiene entre manos y lo hace bien. Mueve con destreza una viscosa trama de mafias, temores, venganzas, puntos de fuga y cuentas pendientes y antes de ser devorado por el tópico, o derrotado por la acumulación, se juega el talento con un arranque que ya no deja que el espectadosr se relaje. Hay vigor en la dirección y la baza interpretativa la agarra por las extremidades y ya no la suelta. Los encuentros entre Neeson y Ed Harris echan chispas. Es cierto que el filme no se aparta de ‘Non Stop (Sin escalas)’ pero tampoco pretende experimentos extraños.

El veterano intérprete decidió hace ya casi una década convertirse en una especie de renovado Charles Bronson interpretando historias de expiación, de perdedores y pesadillas. El guión es  tenso, la textura noir está bien ajustada y el ritmo de la acción nunca decae. Entre la sobriedad y el relato sólido, en ‘Una noche para sobrevivir’ asoman las sombras de tragedia y drama, los temblores de la redención, siempre entre retazos de Sidney Lumet y mucho cine de los setenta en la retina. El relato trepidante está a veces cortado por cierto manierismo de estilo en el que el cineasta se regodea en su suerte. Pero vence el pulso y el sucesivo acercamiento de voces del pasado, el poder de la sangre, la sagrada familia, la lealtad y la traición. El particular viaje al fin de la noche está fundamentado en la claridad de los hechos y en su mezcla equilibrada de sangre, muerte y venganza. La efectividad en la fatalidad casan en este thriller que nunca se abandona ni se va por carreteras secundarias. Entre persecuciones y asesinatos, fluye el celuloide sin pérdidas narrativas irreparables. Es una película solo ajada por alguna precipitación que pese a consumirse como un bebedizo reconocible, uno se empapa con facilidad de su violencia y precisión.Un western urbano que se mueve en la noche como pez en el agua.

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Homo homini lupus
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Guillermo Balbona | 21-04-2015 | 9:01| 0

El último lobo
China. 2015. 121 m. (7). Aventuras. Director: Jean-Jacques Annaud. Intérpretes: Feng Shaofeng, Shawn Dou, Ankhnyam Ragchaa, Yin Zhushengn. Cinesa y Peñacastillo

Entre el naturalismo, la mirada documental y la reivindicación ecologista Jean Jacques Annaud regresa con otra entrega sobre el diálogo hombre naturaleza. En  ‘El último lobo’ los animales actúan mejor que las criaturas humanas. Son las estrellas de un filme al que, en ocasiones, solo bastaría escuchar de fondo la voz de Félix Rodríguez de la Fuente para que nos parezca muy familiar, y en otras se revela una clara indefinición. Como en ‘El oso’ y ‘En busca del fuego’ el cineasta se mueve difuso entre la recreación documental, el canto a lo telúrico y primario y el retrato riguroso, todo ello fruto de uno de esos proyectos ambiciosos y desmesurados rodado en tres dimensiones. El paisaje, el de las estepas de Mongolia, en los años convulsos de la Revolución Cultural china, según una novela de Jiang Rong, es el gran protagonista de este filme hermoso, irregular, quizas endeble y descuidado a la hora de transmitir emoción.

El cineasta de ‘El nombre de la rosa’ invita al espectador a imbuirse de un territorio ilimitado y hostil, y pretende abarcar demasiadas historias que confluyen en la figura omnipresente del lobo: la relación atávica y simbólica entre animales y pastores, las colisiones de civilización entre la vida tradicional y las novedades, o la convivencia entre quienes aprenden de la naturaleza o crecen en los libros.

El director de ‘El amante’ rueda de manera contemplativa y hermosa la inmensidad del paisaje pero el esteticismo carece de intensidad. Hay belleza en muchas ocasiones, a modo de postal, aunque la mirada no logra traspasar la mera fábula ecologista o el perfil de un modo de vida. Muy pocas veces Annaud logra aunar la conjunción y la armonía entre animales y humanos, entre la acción y la contemplación. Las escenas desgarradas que protagonizan los animales constituyen el verdadero latido de este relato, mientras el drama humano de la aparición de la muerte, la mística, las creencias, una forzada historia de amor y los conflictos cotidianos– se diluyen como anécdotas adheridas al catálogo documental que las acoge. El cineasta de ‘Enemigo a las puertas’ logra secuencias impresionantes como la estampida nocturna de caballos acosados por lobos, las bellas escenas en el lago o los retratos cercanos, muy fisicos, con las manadas.

El filme evita caer en el mero exotismo y mantiene un pulso con los espacios abiertos y con la diversidad de lo natural. El pulso entre el animal y el hombre, lo puro y lo contaminado, la observación y la educación tratan de imponerse como materia prima primordial de ‘El último lobo’. Pero de nuevo aflora la ambigüedad, el trayecto insinuado y nunca recorrido del todo. Hay épica pero no desgarradura. Cabe el instinto de un cineasta puro y, sin embargo, asoma lo naif en demasiadas ocasiones. Se echa de menos más intensidad dramática a la hora de abordar el pulso entre lo salvaje y lo racional. Y uno persigue frustrado el equilibrio entre la ficción y el documento. El cine solo aúlla con el lobo.

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Elogio de lo inquietante
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Guillermo Balbona | 20-04-2015 | 8:54| 0

La invasión de los ladrones de cuerpos

1956. 80 min.Estados Unidos Director: Don Siegel. Reparto: Kevin McCarthy, Dana Wynter, Larry Gates, Carolyn Jones, King Donovan, Virginia Christine. Género Ciencia ficción. Ateneo. Lunes 20 de abri a las 19.30.

Subyace en su sencillez y estilizada depuración formal, una atmósfera que subyuga. Título mítico, clásico de la ciencia ficción y algo más, ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’ permite acceder a uno de esos privilegiados territorios creativos dotados por la genialidad. Con simplicidad, inteligencia y contundencia, el filme supera las etiquetas, los límites de los géneros y deja que el espectador viaje por lo extraordinario en apenas ochenta minutos rotundos. Hay mucha más espectacularidad humana en este elogio de lo inquietante, en la extrañeza, en el terror implícito de estas criaturas atrapadas en su ignorante condición, que en la mayor parte de artefactos efectistas y ruidos del mainstream actual. Don Siegel combina, agita y remueve los géneros, del fantástico a la ciencia ficción, del thriller negro al terror, y crea una textura única, sin resquicios ni fisuras, una parábola cargada de símbolos y metáforas que propicia temblores primarios y atávicos temores.

El filme relata un cuento inquietante pero es también una denuncia política, un bucle enredado y enredador de la paranoia anticomunista de los cincuenta. Mucho antes de que Don Siegel dirigiera, por ejemplo, a Elvis Presley, firmara obras magistrales como ‘Código del hampa’ y, por supuesto iniciara ese tándem contundente con Clint Eastwood (Harry el sucio o Dos mulas y una mujer), puso su talento para dirigir casi en el mismo año de producción, 1956, ‘Crimen en las calles’ y esta inquietante obras maestra que evoca hoy el ciclo del Ateneo santanderino. Con sobriedad y una facilidad para provocar ese asombro emocionante, subliminal, de las cosas inexplicables, ‘La invasión…’ es cine en carne viva. A través de flash backs el relato desvela una clonación, un magma de horror e ignorancia, de vértigo ante lo desconocido que empapa y contrasta con ese árido dramatismo que recorre la historia. Décadas después Kauffman realizó con corrección y honestidad un remake quizás superfluo pero nunca desdeñable.

En este siglo XXI no menos paranoico e inquietante, la vulnerabilidad ante un estado vigilante, las amenazas permanentes, el control de la mente inoculado por una fuerza invisible siguen siendo constantes vitales que este clásico transmite con eficacia y emoción, exento de fuegos artificiales. Sombras sobrenaturales para adentrarse en una historia sobre el otro, lo otro como una cotidiana pesadilla. Un filme enérgico, vibrante, directo, donde su director exprime lo esencial y nunca deja que la mirada se relaje. Alegoría o fantasía simbólica, lo cierto es que el filme es un tratado insuperable del desasosiego. Y, por ello, forma parte de todo catálogo que documente nuestros miedos y los de los demás.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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