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Autor: Guillermo Balbona
Vale tronco, vale
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Guillermo Balbona | 11-05-2015 | 4:44| 0

A cambio de nada

España. 2015. 95 m. (12). Drama. Director: Daniel Guzmán. Intérpretes: Miguel Herrán, Antonio Bachiller, Luis Tosar, María Miguel, Antonia Guzmán. Cinesa

De calle y distancias cortas. Todo se mira desde abajo. Y la cosa huele a asfalto, desprende algo de barro y transparenta un realismo próximo que se impone,    más que se mastica. ‘A cambio de nada’ no busca la poética de lo cercano ni pretende redescubrir el neorrealismo. Daniel Guzmán se da un homenaje de barrio, juega en casa y maneja lo familiar, los sonidos, la memoria, la adolescencia, la supervivencia como campos minados pero conscientes de ser pisados una y mil veces. Con actores excelentes su baza es la autenticidad y, más allá de la anécdota, el filme, que triunfó en el reciente festival de Málaga, es tan bienintencionado como eficaz a la hora de desbrozar los tópicos o de driblar los clichés con su sensación de verdad. Se nota que el actor/cineasta está a gusto, en su salsa, y que la suya es una falsa ópera prima construida en casi una década de intentos y clara prolongación de su celebrado cortometraje ‘Sueños’. Pero bajo esa capa de confort narrativo, de buenas intenciones y de retrato nada desdeñable, a su pretendida bofetada le falta denuncia social, mayor frescura y, sobre todo, cierto desgarro para ir más allá de la fibra de unos personajes buscadores/perseguidores a los que se les ve la piel pero nunca la entraña. ‘A cambio de nada’, los 400 golpes de Guzmán, es un filme de colegas en la periferia de casi todo, la de la ciudad, la del sistema, la de la propia vida. Sin llegar a quemar ni a la combustión, su relato juega con material inflamable, se posa sobre la superficie de lo vulnerable, de la fatalidad, de la confusión y con los Herrán, Bachiller y García Vélez invita a un paseo por los márgenes que entre los deseos y los golpes bajos es donde el filme gana en entereza. A cambio de nada es arrabalera, popular que no populista, cercana y se mueve con soltura entre lo generacional y lo sencillo, en busca de emociones directas, sin recreaciones visuales ni tampoco ese cine de autor, sobre todo francés, que retrata los conflictos de la nueva/vieja Europa. Lo de Guzmán es un sincero álbum íntimo pero colectivo, cercano, reconocible, en el que pululan padres separados, abuelas jóvenes, colegas que nunca te traicionarán, deseos y mucha prisa por llegar a ninguna parte. Hay más nostalgia que amargura, y una inteligente combinación de tragedia y comedia, de risas y diálogos muy bien encajados que se alternan con las zonas cero, con las sombras, con el dolor adherido a ese extrarradio que a veces parece el cielo y otras una jaula inevitable. Es un filme honesto y esa es la mejor carta de presentación y su textura de lo cotidiano, sin lirismos relamidos, es palo y zanahoria, fragmento de vida y un sincero despojamiento adolescente. En su modulación de comedia y drama, aflora el equilibrio de un costumbrismo nada impostado, entre intuiciones y revelaciones. Algunos encuentros entre los dos amigos y el paseo en motocarro con la abuela bastan para compartir con complicidad ese territorio de las distancias cortas.

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Inmersión en lo extraordinario
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Guillermo Balbona | 09-05-2015 | 4:25| 0

Aguas tranquilas
2014 110 min. Japón Directora: Naomi Kawase. Reparto: Nijiro Murakami, Jun Yoshinaga, Makiko Watanabe, Hideo Sakaki, Tetta Sugimoto, Miyuki Matsuda, Jun Murakami, Fujio Tokita. Drama. Bonifaz. Filmoteca de Cantabria.
Es una obra de iniciación y construcción de un imaginario sobre lo extraordinario. Un documento estético sobre la fuerza de la naturaleza y visión japonesa que propicia una inmersión seductora. La cineasta Naomi Kawase, cuyas raíces se sitúan en el documental, se mueve entre la fábula, la contemplación y la poética pero elude el mero esteticismo con una apuesta por el misterio de la vida. La directora de ‘Chiri’ –el cineasta Isaki Lacuesta abordó una colaboración con ella– se enreda en una historia de amor y muerte entre la imaginería rural y una extraña hondura que juega con los enigmas y el asombro que discurre por la superficie de las cosas esperando que alguien descubra territorios desconocidos. La directora nipona firma un filme sereno, entre el idealismo y una espiritualidad poética nada artificiosa.

Se ha comparado su historia con ‘El árbol de la vida’ de Malick, pero hay mucha más ambición estética en el director de ‘La delgada línea roja’. Kawase apela a los sentidos, avanza de lo pequeño a la grandeza como si fuese una invidente que debe palpar su entorno hasta encontrarse. Quizás es irregular, algo endeble el guión, pero ‘Aguas tranquilas’ posee muchos remolinos, un profundo respeto en su acercamiento a la naturaleza y cierto manierismo y pomposidad. El paisaje se postula como protagonista pero en realidad lo es el mapa humano, el visible y el invisible, el que revela la verdadera piel de este relato. Ante tanta apelación grandilocuente, el filme se puede ver como una postal emocional, frágil y a veces fascinante. Pero también se puede juzgar como un fragmento de realismo mágico que quizás se regodea demasiado en ese área de confort trascendente como si fuese una coartada para no arriesgar más en lo puramente narrativo. Juventud y experiencia, aprendizaje y dolor, temores y vueltas de tuerca, ‘Aguas tranquilas’, con influencias de  Ozu, busca el equilibrio sin ansiedades.

La directora de ‘El bosque del luto’, tras una experiencia personal dolorosa, se mueve en la frontera y el tránsito entre el sueño y la realidad, entre la vida y la muerte. Delicadeza y sombras interiores se combinan con especial dulzura. El enigma, la naturalidad, la sencillez son factores que con mayor o menor intensidad asoman por los resquicios que dejan las miradas de los jóvenes protagonistas. Puede ser discutible el tempo utilizado, o puede echarse de menos un guión más consistente. Pero la escena de despedida, el adiós coral y poético, eleva la superlativa definición de esta película y gana terreno su textura de la diferencia. La muerte como un relato accidental. Es entonces cuando triunfa este catálogo de afectos.

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Realismo sucio y sombrío
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Guillermo Balbona | 07-05-2015 | 11:32| 0

Calabria, mafia del sur
2014 103 min.Italia Director: Francesco Munzi. Reparto: Marco Leonardi, Peppino Mazzotta, Fabrizio Ferracane, Anna Ferruzzo, Barbora Bobulova. Coproducción Italia-Francia. Drama  Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo.

Hay más ceremonia que intensidad. Un realismo seco, hondo, pero despojado de esos guiños de thriller dramático que ha acompañado todo retrato de la mafia en el cine. En ‘Calabria’, geografía y ciudad, sentimiento y turbiedad, tradición y peso familiar, conviven como parte de la esencia antropológica, paisajística y patrimonial. El filme de Francesco Munzi, ‘almas negras’ es su título original (mucho más coherente), es falsamente austero, una especie de documental del revés donde la autenticidad, el verismo lo proporcionan las colisiones entre unos personajes, profesionales y lugareños sumados al rodaje, que transmiten autenticidad, y el entorno. Más sombría que desgarrada, la obra del cineasta de ‘Saimir’  logra cercanía pero se muestra irregular en el ritmo y no puede evitar ciertos baches. No hay ornamentos en ‘Calabria’.

Tráfico de drogas, ecos y reminiscencias de sangre y familia, devociones y lealtad, miedos y poder. Exento de los modismos de género, busca con insistencia una atmósfera propia, diferenciadora, que se postula alejada de las miradas convencionales o de esa iconografía demoledora de los Scorsese y Coppola. Esta mirada italiana, endógena,  antropológica, arriesgada e introspectiva resalta sobre todo por su valor intrínseco, su vuelta de tuerca interior. Desde el Matteo Garrone que adaptó a Roberto Saviano para lanzar su retrato a tumba abierta sobre la Camorra napolitana, reflejo de ‘Gomorra’, no había vuelto a presentarse otra incursión de tono tan crudo. La ‘Ndrangheta’, bañada en los beneficios de la droga, vertebra de fondo este perfil de clanes, con ovejas negras y alguna blanca, con muchos lobos y pastoreo y postureo humano, entre  el honor , la venganza y la muerte.

Munzi usa el drama pero también se desentiende de él. En realidad concede más importancia a la geografía física, al ritual que a la anécdota. Y el ritmo es el mecanismo comercial que sostiene todo el andamiaje de una familia sostenida en el enredo ordenado de los negocios sucios y criminales. La historia va dejando atrás los mecanismos de defensa acomodaticios y revela los mundos, subterfugios y el ecosistema de un cine hecho de muchos lugares comunes para el contaminado ojo del espectador. Pero como en ‘Los Soprano’, el filme de Munzi crea una envolvente de códigos y evita que exista algo magnético y seductor. Al contrario, el sonido es el del vacío, la vacuidad existencial, la renuncia, lo inevitable, el destino sordo y negro. ‘Calabria’ se resiente  de un latido irregular pero saca la cabeza en su afán por dibujar un mapa geológico de la identidad, las raíces y la entraña de la mafia, su ADN primitivo y atávico.

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Patético videoclip
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Guillermo Balbona | 05-05-2015 | 4:13| 0

Walking on sunshine
 Reino Unido. 2014. 93 m. (TP). Musical. Directores: Max Giwa y Dania Pasquini. Intérpretes: Greg Wise, Joelle Koissi, Leona Lewis, Annabel Scholey. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Es tocarse y empezar a cantar sin ton ni son. Bueno con el ton de tontorrona y el son ochentero como justificación nostálgica y vitalista. Ni parodia, ni riesgo, ni agitación. Una meliflua y patética prótesis que convierte a algunos videoclips en obras maestras. La vulgaridad es la melodía de ‘Walking on Sunshine’, un veranillo musical de quita y ponte camiseta y biquini, con pseuotomatina festiva de por medio, y mucha postal vergonzante. Por si fuera poco lo de tratar al espectador de parvulito ya es norma: al menos se subraya tres o cuatro veces en apenas dos minutos que la acción, es un decir, se desarrolla en Puglia.

El sur, aunque sea el de la Europa de segunda y tercera velocidad, también existe. Sin una buena coreografía que echarse a los ojos y la coartada pop de hits de los 80, reproducida sin más adimento, el filme no es un musical sino un comediscos que traga y expulsa canciones y bailes como quien consume un helado antes de ser derretido por el calor. A su lado ‘Mamma mía’ parece un tratado de musicalidad cinética.  Como todo discurre en la superficie, nada de lo que se cuenta resulta consistente y la textura de una época o el supuesto espíritu que desprenden los temas elegidos es inexistente. Aquí lo único que brilla es la estupidez, la banalidad, bajo el aire empalagoso y ligero.

Tercer largometraje rodado en tándem por Max Giwa y Dania Pasquini, artífices de dos entregas de ‘Street Dance’, este supuesto enredo amoroso de vodevil que sirve de endeble eje está adobado con los mandamientos musicales del pop británico. La justificación de lo juvenil no es suficiente. La puesta en escena colegial, sin credibilidad ni fuerza, desde la primera secuencia en el aeropuerto, certifica la nadería del proyecto que ni siquiera opta por lo paródico ni por exprimir el sentido kitsch que hubiese propiciado una cabalgata jubilosa y colorista. Por el contrario todo resulta anodino, insípido e incluso en algunas ocasiones ridículo. Pese al esfuerzo de Annabel Scholey, la única que pone belleza exterior e interior y algo de talento entre tanta mediocridad, los pretendidos números musicales son pegotes y pastiches. No tienen vida propia y salvo su alma de correcalles de karaoke nunca constituyen un factor narrativo que aporte personalidad y pueda corregir este desafinado proyecto.

Este jolgorio playero de botellón y despedida de soltero y de camisetas mojadas no pasaría el casting de un anuncio de desodorantes, compresas o calzoncillos. Zafia y previsible, da más ganas de gritar que de cantar. Un carrusel de historias mínimas que difícilmente podría dar vida a una promoción de prendas juveniles de grandes almacenes.

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De dimensiones y vitaminas
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Guillermo Balbona | 04-05-2015 | 9:38| 0

Vengadores: La era de Ultrón
EE UU. 2015. 141 m. (7). Fantástica. Director: Joss Whedon. Intérpretes: Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Aquí todo es grande, sobredimensionado hiperacelerado. Pónganse en modo recepción y acumulen imágenes. La secuela de los ‘Vengadores’ gana por acumulación, por exceso bien entendido, por ese juego solapado de dimensiones, vitaminas, coreografías estratosféricas, idas y venidas tan apabullante que zarandea al espectador hasta que se sienta domesticado por este rizo y escorzo de superhéroes. Hay anécdotas familiares, filosofía zen y de la otra, acción a borbotones, del epicentro a la periferia, argumentos cruzados, colisiones entre intrigas parciales y totales y mucho exhibicionismo digital, virtual, de viñeta y ordenador, en una especie de gran caos ordenado.

Joss Whedon sabe lo que maneja y se limita a mover fichas. La Viuda Negra, Ojo de Halcón, Iron Man, Hulk, solo falta la Merkel en este intercambio de naipes que vuelan sobre el tapete con soltura e incesante vitalidad para tratar de salvar al mundo, y a otros, aunque sea a costa de destrozarlo todo. Lo importante es mostrar músculo y no pararse a pensar. Durante más de 140 minutos se solapan los protagonismos y se compite en aventuras que alimentan la aventura central.

‘La era de Ultrón’ es una colmena donde la miel se extrae de lo abultado, de exprimir la marca Marvel hasta zumbar el cielo a través de una historia que son muchas, y donde todo exuda desconcierto, espectacularidad y sobrecarga, entre la ingenuidad, lo oscuro y lo pomposo. Que nadie espere sorpresas. El director de ‘Serenity’, con la lección aprendida, no deja resquicios. Abre su cofre, tras agitarlo, y la invasión está garantizada. Un blockbuster de superhéroes que no solo no reniega de su imperio franquicia, sino que se permite gotas de autoría, sofisticados guiños de fugaz reflexión sobre el presente y el futuro, gotas de humor bien encajado y una complejidad superficial pero eficaz a la hora de envolver la agitada vida de estos profesionales de la acción. En realidad la caligrafía, el trazo y la oferta de estos ‘Vengadores’ se mantiene en el friso del cine de hoy: consumo, exceso y mucho ruido. La ecuación hiperbólica solo tiene un objetivo: aturdir. Uno sale noqueado de tanta exhibición y de ese pulular de épica y mamporro, efecto y triple salto inmortal, de pirueta y combinado de géneros. Del plano secuencia digital a la sensación permanente de estar asistiendo, desde la puerta o como integrante del fenómeno fan, a una gran maquinaria imparable en la que héroes y dioses, casi todos distantes, manipulan la retina hasta dejarte ciego.

Entre tan ego revuelto y tanta demostración de fuerza, la digital y la otra, se cuela alguna lengua afilada, algún diálogo con chispa y ese pasajero cuento de la bella y la bestia que asoma entre la sofisticada fortaleza. Una sombra humana en el paraíso de este desfile de atronadora voracidad efectista, de gigantismo y monstruosidad abrumadora. Y por si hubiese alguna duda, el grafismo de los títulos de crédito finales, a modo de declaración de principios, certifica la sobredimensión.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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