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Autor: Guillermo Balbona
Sabor a ti
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Guillermo Balbona | 12-08-2014 | 9:37| 0

Chef
EEUU. 2014. 115 m. Comedia. Director: Jon Favreau. Intérpretes: Jon Favreau, Sofía Vergara, John Leguizamo, Scarlett Johansson, Oliver Platt, Bobby Cannavale, Dustin Hoffman, Robert Downey. Salas: Peñacastillo y Cinesa.

Ratatouille’ adquiere apariencia humana y acaba encarnándose en Jon Fravreau. El actor y director hace tanto de cocinilla como de restaurador mediático, dentro y fuera de pantalla, pues como un Allen/Ferran Adrià él se lo guisa y se lo come, al apropiarse de todas las funciones de la película, desde la producción al protagonismo interpretativo. ‘#Chef’, al margen de sus guiños a las redes sociales y al nuevo escenario de Internet como gran hermano, podría haber asumido la etiqueta de otro ‘chef’ cinematográfico reciente: ‘la receta de la felicidad’. El nuevo filme del polifacético y singular Favreau, cuya trayectoria entre el caos y el éxito, al menos, es peculiar, se mueve entre la fritanga y la leche eléctrica que hace vibrar los labios, o el bocadillo de falso tartufo y la trufa de pistacho. Es ligera y simpática, a ratos vitalista y perfumada, y reivindica más el bocata familiar, íntimo y cercano que la burbuja sofisticada. No obstante como aderezo que acaba por ser el perejil de todas la salsas, la música de la banda sonora toma el mando de cada escenario y situación. A la hora de la verdad el filme tiene más sabores musicales, a la carta latina, que degustación culinaria. La historia del cocinero de autor herido por una mala crítica es para el cineasta de ‘Iron man’ y ‘Cowboys & aliens’ una excusa para meter con calzador, perdón con cuchara de palo, conflictos sentimentales, ternurismos varios de ternera de la buena y una convulsa relación paternofilial, muy poco hecha, pero que siempre entra bien por los ojos a todo tipo de comensales/espectadores. Favreau firma una obra amable y, pese a ser mucho menos arriesgada, curiosamente comparte complicidad y empatía emocional con ‘Begin again’, ahora también en cartelera. ‘Chef’ es más tapa que plato hondo, menú sin sorpresas que alta cocina. En este sentido, uno saldrá de la sala exento de digestiones pesadas pero sin huella en el paladar. Con inteligente y eficaz reparto, los ingredientes se utilizan sin empacho (una Scarlette Johansson morena, un Dustin Hoffman tan sobrio como fugaz, tres minutos de gloria para el gran Robert Downey Jr., y el toque latino de Sofía Vergara, aunque en el postre es John Leguizamo quien se come a todos) y el fast food hollywoodiense está servido. Del restaurante de moda con pretensiones al camión de bocadillos cubanos que recorre el filme, existe la misma distancia que entre una película de autor y esta comedia familiar aliñada con salsa indie. Mucha guarnición innecesaria y sabor fugaz. ¿Habrá segundo plato?

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Hiperventilación visual
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Guillermo Balbona | 07-07-2014 | 10:02| 0

Open Windows
España. 2014. 100 m. (12). ‘Thriller’. Director: Nacho Vigalondo. Intérpretes: Elijah Wood, Sasha Grey, Neil Maskell, Adam Quintero, Ivan Gonzalez.Cinesa y Peñacastillo.


Todo está hipervigilado, megaconectado y supracomunicado, pero estamos solos. Las multipantallas a las que Nacho Vigalondo invita a asomarnos en un thriller, a veces enérgico, otras vibrante, casi siempre metafórico de esa maravillosa ventana indiscreta que es el cine, supone un ejercicio de hiperventilación visual de gran destreza y pirueta nada frívola. El cineasta cántabro ha educado su mirada en la jungla de la tecnología sofisticada, en los solapados artefactos de una carrera por llegar a la meta de la aplicación interminable y a cual más inesperada. El director de la interesante pero fallida ‘Extraterrestre’ ha regresado con una cuidada y reflexiva ópera cibernética que tiene en el propio lenguaje a su particular macguffing y que, bajo las capas de cebolla de una sucesiva utilización de cámaras paralelas, desnuda la esencia del cine. En ‘Open windows’, todo es mirada: la nuestra, la de los personajes que miran a sus pantallas y, por ende a nosotros, las de móviles, ordenadores, cámaras de seguridad, webcams, y entre todas ellas Elijah Wood como un Frodo en busca del ciberanillo hipertecnificado. Y, por supuesto, la mirada que posee el propio filme como una especie de gran hermano y retina permanente que envuelve, arropa y a su vez amenaza y nos atenaza. El thriller argumental, lineal, el de un joven admirador de actriz –con un arranque deslumbrante que certifica la maestría de Vigalondo para el cortometraje– tiene algo de amor fou, un ‘al final de la escapada’ virtual con pareja imposible, amor idealizado y sexo virtual. Pero ‘Open windows’ es sobre todo un alarde de narración, intriga, búsqueda del punto final e indagación. Al director de Cabezón, como ya sucediera en su excelente ópera prima, ‘Los cronocrímenes’, le interesa la exploración narrativa más que el aparente experimentalismo, y su alma cinéfila, su amor al cine vence cualquier tentación de instalarse en lo acomodaticio. Siempre trata de sortear lo convencional y pese a algún desequilibrio y reiteración en el tramo final, su tercer largo, el primero rodado en inglés, representa en ocasiones un prodigio de lucidez visual en busca de lo que el lenguaje del cine supone en nuestras vidas. ‘Open windows’ es una casa de muñecas que habitamos todos pero que también miramos desde la casa de enfrente como vecinos invitados. Internet, la red mayor y las redes invisibles se enfrentan, colisionan en un desafío narrativo, siempre intenso, cansino en lo físico, estilizado y abigarrado al final. De aparatos y aparatoso. Voyeurs todos. Hay un punto de vista universal: el espectador frente a la pantalla pero en el filme de Vigalondo todo es multipantalla y, a su vez, cada una abre otros puntos de vista en una web que nos convierte a la vez en mirones, espías, hackers, soñadores, vigilantes y vigilados. Audaz y también en ocasiones efectista, travieso y juguetón, tenso y desconcertante, arrebatador y confuso. El ingenio está asegurado, falta cierto poso y consistencia en esa carrera final hacia ninguna parte. Un gran artefacto que obliga a mirarnos. De haber ahondado más en algunas de sus pantallas, que son todas la misma, la vida, hubiese sido una obra maestra.

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El pelo y el grito de Cage
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Guillermo Balbona | 01-07-2014 | 10:27| 0




Ese plano central de Nicolas  Cage, más gritón que desgarrador, ante la impotencia por la muerte de su hija, revela que el actor no tiene límites. Caricaturista de sí mismo, reiterativo y machacón en sus papeles, a buen seguro que su tío, el cineasta Francis Ford Coppola, le hubiese castigado al rincón tras ver su nueva incursión actoral. El thriller de venganza que ha dirigido Paco Cabezas se mueve entre la serie B, el tono grandilocuente y la caricatura visceral. ‘Tokarev’ tiene potencia narrativa pero transmite una sensación de impotencia casi permanente por sus tópicos y contornos demasiado previsibles. Los giros de carácter, la intensidad del director de ‘Carne de neón’ salvan la función con ese aire de decadencia, de destino trágico que incluso se aferra a la propia textura del filme. Cabezas imprime ritmo, dota de potencia a las escenas de acción, pero todo es tan esquemático y vulgar que solo sus salidas de tono ultraviolentas despiertan y rompen el espejo de telefilme. De todo modos, ahí está Cage, omnipresente, sin medida, apostando por sí mismo y rompiendo cualquier ecuación sobre el género. Así las cosas, por un lado, el director español en su salto a Hollywood se empeña, a veces con acierto, en exprimir el thriller y en emerger con energía de manera esporádica con la intención de subrayar una vocación de estilo. En el otro extremo Cage libera toda la carga de sobreactuación y sobredosis gestual y uno no sabe si tomarse a risa o demasiado en serio este perfil de un criminal rehabilitado que se pregunta por las opciones que le depara la fatalidad. En ‘Tokarev’ Cabezas gana en demostración de medios, pero pierde aquel golpe cercano, certero, directo, como un tatuaje de cine que se masticaba y se apoderaba de su documento criminal español. El cineasta de ‘Aparecidos’ cae en la trampa de conceder algunos monólogos y diálogos de excesiva duración y que no aportan ninguna trascendencia al juego de matones y reformadores. El guión no permite sutilezas como las de ‘Una historia de violencia’, de David Cronenberg,  ni siquiera la solidez  argumental de ‘Venganza’. La apuesta reside en saber si el desmesurado protagonista, entre Woo y Tarantino, superará el listón de  sus profusas y recientes entregas  como ‘Bangkok dangerous’, o de ‘Furia ciega’. Con todo, más funcional que coqueto, el filme es una opereta entre el histrionismo y el pelo de Cage y la solemne escritura visual de un director que tendrá mucho que decir en la entrañas de la industria.

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De gárgolas y gárgaras
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Guillermo Balbona | 24-06-2014 | 6:40| 0

Yo, Frankenstein
EE.UU. 2014. 93 min. Fantástico. Director: Stuart Beattie. Intérpretes: Aaron Eckhart, Bill Nighy, Yvonne Strahovski, Jai Courtney, Miranda Otto, Kevin Grevioux, Steve Mouzakis, Aden Young, Deniz Akdeniz, Virgine Le Brun. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

 

Aquí no se libra nadie. La criatura por excelencia surgida de la noche del romanticismo, con Byron al fondo, ha sido zarandeada con mayor o menor acierto y convulsión. Pero la presunta originalidad del último acercamiento al mítico monstruo daña la línea de flotación de su esencia. Entre el cómic mal entendido, una trascendencia sin ironía ni sátira y una sensación de pastiche carente de espíritu el filme deambula herido de muerte por su propio delirio. El cineasta Stuart Beattie abre su fallida y, a veces, irrisoria función con un obligado recuerdo para Mary Shelley pero la grandilocuencia, la falta de carácter y de sutileza convierten al filme en un zombi de corta y pega que pulula con mucha ceremonia, apariencia y alma de puzle. Entre modernos prometeos, mitología de manual, guiños a los ‘inmortales’, reiteraciones y mezclas de géneros varios,  ‘Yo, Frankenstein’ se asemeja a un anuncio de combustión endemoniada con mucho Lucifer de discoteca sulfúrica y gárgaras de ácido entre gárgolas marchosas. Y entre tanta confusión apocalíptica e infernal un buen actor como Aaron Eckhart confunde contención y máscara. No hay latido sufriente ni elogio de la marginalidad. Este monstruo, más prefabricado con parches que nunca, se postula como un superhéroe de acción entre criaturas aladas de fuego y batalla celestial, todo ello con escasa solvencia. El director de ‘Mañana, cuando la guerra empiece’ opta más por los efectos especiales, la levitación y el desmadre a partes iguales. Y aunque todo procura ser aderezado con una pátina de severidad muy sentenciosa, con frases para hacer temblar al mundo, este ‘Underworld’ superficial oscila entre la manipulación genética y la violencia de cinta de artes marciales. Sectas y comunidades autónomas del mal se sitúan y postulan en este litigio territorial festivo y festivalero, de novela gráfica y viñeta sin depurar, pero sin el mínimo atractivo para hallar un matiz que justifique tanta rabieta de modernidad empastada e impostada. Guionista reputado Stuart Beattie precisamente se equivoca a la hora de dar cuerpo a una historia dispersa que busca contentar a todo tipo de públicos con un cajón de sastre que parece el propio cuerpo de la criatura. En este caso un modelo inmortal con mucha cicatriz y escasa psicología. No hay delicadeza en la oscuridad y la supuesta espectacularidad es completamente afectada, de burdo maquillaje. Vence no el mal, sino la tosquedad de una aventura hecha de apropiaciones inapropiadas.

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No somos ni Romeo ni Julieta
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Guillermo Balbona | 22-06-2014 | 9:39| 0

Amanece en Edimburgo
RU. 2013. 100 m. Comedia. Director: Dexter Fletcher. Intérpretes: George MacKay, Kevin Guthrie, Jane Horrocks. Salas: Cinesa

No se puede decir que, a excepción del género documental, las lógicas sorpresas y, por supuesto, el campo más híbrido de la animación, el género musical haya deparado últimamente grandes ficciones. Ahora, paradójicamente, casi en silencio, recala en esta cartelera asfixiada por el capricho de los distribuidores el miedo al mundial y el calor, la atractiva cinta británica ‘Amanece en Edimburgo’. Una curiosa mezcla de guerra, amistad, amor y familia, a modo de partitura dulzona. En este caso, además frente a otros musicales que depositan su inspiración en la banda sonora y su peculiar encaje, aquí son las interpretaciones las que garantizan ese añadido final de personalidad. En el interior de esta comedia musical late algo reconocible y familiar que permite una mayor y más facilona empatía del espectador.
El eje musical es una declaración de amor a la ciudad que preside la historia. Una pegadiza atmósfera es su valor máximo, lo que permite al filme evitar otros terrenos más rigurosos o puristas del género. El filme pierde algo de sintonía visual en su falta de esplendor, como si no acabara de creer en sí mismo. En realidad este ejército de sonidos vuelve a adoptar la fórmula tan recurrente del referente pop de moda para trasladarlo a la pantalla incluyendo a actores no habituados al género. Como ya ha sucedido con Queen o ABBA, o Mecano, ‘Amanece en Edimburgo’ aflora desde las entrañas de un musical de éxito en Gran Bretaña, con el dúo escocés The Proclaimers como fondo.
Tres parejas que representan campos minados generacionales y sentimentales constituyen el eje de esta serie de presencias y ausencias, encuentros y desencuentros entre pubs, escenas familiares, bailes y una vitalidad que rezuman muchas de las secuencias. El cineasta Dexter Fletcher dirige su particular orquesta con bastante equilibrio musical y sentimental en un álbum de tradiciones y nuevas direcciones modernas, de colisiones emocionales y explosiones de vida. No busca el glamour sino la coherencia. Y no deja que lo deslumbrante ataque a lo intimista.
El regreso a la realidad cotidiana de dos soldados, en este caso tras su paso por Afganistán, puede sonar a tópico, pero el filme elude, apoyado en el reparto, con Peter Mullan al frente, y aportando más carne argumental a los hechos, el peligro de lo excesivamente ligero. Una coreografía elegante viste este trayecto sobre la temperatura del amor con una singular estética documental.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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