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Autor: Guillermo Balbona
Sueños de parque temático
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Guillermo Balbona | 04-06-2015 | 7:07| 0

Tomorrowland: El mundo del mañana
EE UU. 2015. 130 m. (7). Ciencia-Ficción. Director: Brad Bird. Intépretes: Britt Robertson, George Clooney, Hugh Laurie, Raffey Cassidy, Judy Greer. Salas: Peñacastillo y Cinesa

Se apela al entretenimiento pero se cae en la confusión. Este juguete de ciencia ficción familiar es un canto Disney a la necesidad de soñar y a la construcción de utopías, pero hacerlo desde la falta de emoción viene a ser como abrir un regalo de envoltorio espectacular y no encontrarse nada. ‘Tomorrowland’ es un azucarillo de puertas en el tiempo, viajes sobredimensionados y estética de parque temático. Un tobogán sin vértigo, con arquitectura de Calatrava al fondo, en el que se desciende a la velocidad del optimismo y se frena deslumbrados por la pereza y una atmósfera plana, en la que es imposible encontrar una sombra de pasión.

El viaje en el tiempo y el espacio posee esplendor visual y su motor es una intriga que pese a su interés inicial acaba por ser abducida por un agujero negro: el de la reiteración, cierta narrativa rutinaria y cansina y un enredo confuso que acumula ideas y deseos (todos buenos) mediatizados por una carga filosófica que huye del pesimismo. A Brad Bird le sobra talento y eficacia para deslumbrar con el juego visual pero las concesiones al formato disney, una mezcla entre la atracción de parque temático y el letrero luminoso constante que dice «el maravilloso mundo de…», acaba por momificar el imaginario personal del cineasta de esa obra maestra que es ‘Ratatouille’. El mensaje aquí está demasiado subrayado y se roza el moralismo y el buenismo de secta. La planificación, las buenas intenciones, la puesta en escena no están sujetas a los lugares comunes de las franquicias pero la película acaba amarrada por su escasa pasión. No hay coherencia sino demostración de poderío visual, de tal modo que este mundo del mañana se enreda en un laberinto de puertas, trayectos atrás y adelante y futurismos de excursión familiar que dinamitan la fantasía.

La colisión entre la imaginación y el tono, entre la inteligencia de la apuesta y la insustancial y monótona narración privan al espectáculo de alzarse a esos parámetros soñadores a los que apela y reivindica. Esta especie de ‘Minority report’ de pasaje luminoso y familiar, antidistopías, se ve también mediatizado por el exceso de ñoñerías sentenciosas que convierten la aventura y el desafío creativo, valiente y elocuente, en letra pequeña de un manual de instrucciones para la ilusión pueril.

El director de ‘Misión imposible: Protocolo Fantasma’ se recrea en el sentido de la maravilla, aporta la experiencia de sus incursiones en la animación y se ampara en Bradbury y Orwell y hasta logra la genialidad con algún hallazgo de ingeniosa perfección, caso del episodio que transcurre en la torre Eiffel. A lo ‘Chitty Chitty Bang Bang’ pero sin coche uno avanza por el camino de los sueños atrapados en un torbellino interminable. La construcción naif fundamentada en el sueño utópico urbanístico de Walt Disney se parece a un recinto ferial cuyo humanismo se diluye en su confusa pátina de spot de tesis.

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Gallo y chillido
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Guillermo Balbona | 04-06-2015 | 8:27| 0

Dando la nota aún más alto
EE UU. 2015. 115 m. (7). Comedia. Directora: Elizabeth Banks. Intérpretes: Anna Kendrick, Brittany Snow, Hailee Steinfeld, Rebel Wilson, Anna Camp, Skylar Astin, Ben Platt, Elizabeth Banks. Salas: Peñacastillo y Cinesa

El juego coral es tan lúdico como superficial. La primera entrega mantuvo el ritmo suficiente para implicar a un público poco exigente que se enganchó a la fórmula competición, música, complicidad y hermandad. Ahora llega la segunda entrega, secuela previsible, revestida de enredo en busca musicalidad propia. En realidad la acumulación de subtramas, solapadas y reiterativas constituyen su trampa. ‘Dando la nota’ desaprovecha personajes, solapa situaciones y todo pasa a ser un gallo o un chillido cinematográfico.

Las Barden Bellas tiene pocas partituras para convertirse en una comunidad de referencia. A excepción de Anna Kendrick, actriz en ascenso que debería escoger mejor sus papeles, y la comicidad innata de Rebel Wilson, los excesos son constantes y la historieta de este coro a capella se postula como un insípido y reiterativo divertimento coral. Escasamente imaginativo a la hora de combinar los números musicales, el humor sarcástico se diluye entre tópicos universitarios.

Elizabeth Banks, una actriz limitada, que aquí se queda con el papel de locutora, se pasa a la dirección tras una serie de breves incursiones, y firma una historia con pulso débil, sustentada en las actuaciones corales, irregulares interpretaciones y sin lograr exprimir la comedia. Su logro reside en esas breves y fugaces muestras efectistas pero eficaces en su comicidad. Su etiqueta de película de chicas como si se tratase de un documental destinado a entretener a un internado femenino, es su propia trampa. Al filme le falta soltarse la melena y respirar algo de mala baba entre tanto lugar común.

El cine fórmula que lleva dentro no lo deja respirar, más bien cantar, sin la coreografía suficiente. Hay más descaro que irreverencia y ello le resta fuerza y credibilidad. Si hubiese sido el episodio piloto de una serie no presentaría dudas. Un argumento manido que solo encuentra melodía cuando precisamente se aparta de lo orquestal. ‘Dando la nota’ explota ese ritmo rotundo entre personajes para perseguir una polifonía que nunca es posible. El humor se fundamenta en la sucesión de chistes escatológicos y pueriles, mientras que el choque argumental competitivo entre lo americano y lo europeo y el toque feminista superficial y básico no ayudan a alzar la voz. Pese a algún esporádico acierto tonal y algún estribillo propicio a la carcajada la consistencia de ‘Dando la nota’ es tan endeble como uno de esos video clips repasados en una lista de éxitos. No hay riesgo y por ello la sintonía se antoja vulgar y reiterativa. Nos sabemos la letra y habrá quien se entregue a corear el competitivo canto. Pero la historia discurre reposada sobre el colchón de la comodidad argumental que le proporciona su precedente y anclada en esa simpatía de rebelión en las aulas y travesura de novatos. Casi todas dan el cante pero muy pocas elevan la voz para dotar de musicalidad a esta ópera pop en femenino plural desafinado.

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Mondar la paz
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Guillermo Balbona | 28-05-2015 | 9:36| 0

Mandarinas
2013 83 min.Estonia Director: Zaza Urushadze Reparto: Lembit Ulfsak, Giorgi Nakashidze, Misha Meskhi, Elmo Nüganen, Raivo Trass. Drama bélico. Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo.

Conciliación, pacifismo y convivencia se aúnan en un filme de mensaje pero nada panfletario ni complaciente. Con inteligente planificación, modestia y lucidez ‘Mandarinas’ elude la declaración de principios, el tono y el ejercicio de manifiesto. Conmoción y luminosidad humanista bastan para dotar al filme de verdad y alumbrar una zona cero de tregua y esperanza. Lo de menos es que se ambienta en el conflicto georgiano y el clima de guerra civil dentro de los países de la ex Unión Soviética, pues lo realmente trascendental es la atmósfera que persigue la universalidad a través de una sana labor de conmoción.

‘Mandarinas’, con una apuesta clara y segura, siendo consciente de sus limitaciones y dimensiones, avanza en clave humana y lo hace con prudencia, sin grandilocuencia gratuita ni ornamentos superfluos, con potencia comunicativa y una concisión valiosa, ya casi ajena a gran parte del cine del presente. Pero es gracias a los actores,  con Lembit Ulfsak a la cabeza, por lo que el filme de Zaza Urushadze adquiere una textura especial, entre la cercanía y el tempo necesario para ahuyentar los fantasmas de la simplicidad y la ingenuidad. Su grandeza pequeña o su leve pero necesario destello reside en el ajuste que transmite entre sus medios y talento y su contenido moral y objetivos. Que su denuncia y reclamo estén fundamentados en la cordura, la sensatez y la calma revela que este es un relato hecho desde la austeridad y la conciencia de sencillez. ‘Mandarinas’ se decanta por ese territorio que es zona de nadie y de todos, esa trinchera humana que elude el conflicto desde la tregua de lo cotidiano, desde el ritmo de esas pequeñas cosas que unen casi sin querer. No hay bandos o si se presienten asoman en un segundo plano.

Al cineasta le interesa desvelar lo humano como se toca la piel del fruto, para abrirlo y extraer el jugo. Genera y propone una zona de nadie que no supone neutralidad inane ni pacifismo de salón, sino un espacio singular en el que confrontar razones y sensaciones, ritmos y voces, miedos y querencias. El hogar no ya como refugio, sino como esa hoguera universal ante la que contar relatos a salvo de verdades absolutas, banderas, reivindicaciones territoriales y estrategias. Un lugar en el mundo cuya medida tiene como parámetro el tiempo que transcurre en mondar una mandarina mientras se escucha al otro.

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El perfume de la aventura
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Guillermo Balbona | 27-05-2015 | 5:28| 0

El jardín del diablo
1954 96 min. Estados Unidos Director: Henry Hathaway. Reparto: Gary Cooper, Susan Hayward, Richard Widmark, Hugh Marlowe, Cameron Mitchell, Rita Moreno.
Western. Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Desde hoy.

Asoma el mar. Como en la nada desdeñable ‘El rostro impenetrable’ de Brando. Y eso en un western son palabras mayores. Decir aventura es sinónimo de Hathaway, y viceversa. Simplicidad y sencillez, que es no contrario ni incompatible con lo complejo, envuelven una trama singular de una mujer entre hombres, un portentoso dominio del paisaje y una banda sonora de  Bernard Herrmann que corta el hipo. Con estos materiales creativos ‘El jardín del diablo’, elogio del cinemascope fundacional, contrapone acción y aventura en una intensa historia protagonizada por Gary Cooper, Susan Hayward y Richard Widmark, que el pasado año cumplió su sesenta aniversario.

Henry Hathaway firma una geografía épica, de sueño dorados al fondo, mundos indómitos y cierta decadencia. De mitologías como la que contiene este western emocional se han servido muchos cineastas. La reciente resurrección de ‘Mad Max’ es buena prueba de ello. La amistad, la coherencia, la fidelidad a una idea, la perspectiva del héroe anónimo son los tatuajes de este cuento donde cada criatura busca su tesoro particular y esconde otro. El calificativo de artesanal suena pequeño cuando la mirada se agiganta ante un filme de tono y factura enormes que posee todo el vigor y el pulso de los grandes relatos. Desde lo iniciático a lo insólito, pasando por los tópicos que arropan el diálogo entre el azar, el destino y la voluntad confluyen en ‘El jardín del diablo’, un fresco sobre los rigores y riesgos del trayecto y las incógnitas de un tránsito a lo desconocido. Hay viaje y avatar, abismo y fragilidad. Una historia de sacrificio y dignidad, ambición y renuncia. El amor contenido y el desbordado, el drama de los aventureros a los que va llegando la muerte inexorable.

Un filme hermoso, desconcertante a veces, con algunas imágenes imborrables e icónicas por el desfiladero y el salto del caballo, o la persecución final. «Si el mundo estuviera hecho de oro, los hombres se dejarían matar por un puñado de tierra». La sentencia pone voz a la desgarradura interior de una obra iluminada por la capacidad del cineasta de ‘Valor de ley’ para alumbrar una atmósfera primitiva y salvaje. Quemados por el ocaso los personajes, y nosotros con ellos, quedan a la intemperie, huérfanos de aventura. Como en buena parte de su filmografía aflora esa extrañeza, ese lirismo que impregna como un perfume atávico las conductas y los hechos. Por eso mismo buena parte de las aventuras del cine de hoy nos parecen afectadas, artificiales y desfallecidas.

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Ecosistema y magisterio
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Guillermo Balbona | 26-05-2015 | 3:40| 0

National gallery
2014 180 min. Estados Unidos Director: Frederick Wiseman. Fotografía: John Davey Documental Coproducción USA-Francia-GB Pintura.Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Esta semana.

Una mirada que pide serenidad en tiempos de celeridad. Una contemplación reflexiva en un presente donde prima la inmediatez. Frederick Wiseman propone una cámara tranquila, exenta de urgencias, que invita a descubrirnos como espectadores, pero no como meros juguetes pasivos sino como activos espejos de nuestra propia condición. ‘National Gallery’ es fruto de la madurez de un cineasta que desde los años sesenta ha frecuentado  series, incursiones televisivas y sobre todo una trayectoria documental intensa, magistral en muchos casos. La última de las aportaciones del veterano director es un paseo reposado pero no menos hondo por las salas  de la National Gallery de Londres. Una vivencia, a modo de itinerario vital, que disecciona y desnuda la forma de enfrentarse a una obra de arte y el reflejo en la pintura de nuestras experiencias. Una pinacoteca con más de 2.400 obras que supone una enciclopedia, un álbum humano que comprende casi siete siglos de esa ingente galería de pasiones, historias y  mundos.

Lo que se ve y lo que subyace traspasa la cámara de Wiseman en esta disección que viaja del detalle a lo general con extraña y contagiosa facilidad. Lo fundamental es que la curiosidad sincera y sin artificios se adentra en el corazón de esta galería global, una wikiconografía humana sin eludir los entresijos del funcionamiento de este espacio museístico entre el rigor y el bisturí incisivo. Al cineasta de ‘Crazy Horse’ y ‘La última carta’ le interesa tanto el modo en el que el visitante se enfrenta a las dimensiones simbólicas de un museo colosal como el funcionamiento de un organismo vivo, sus pulsiones y latidos.

A Wiseman le da igual el escenario como ha demostrado en sus últimas elecciones selectivas. Su cámara, su ojo público revela y desvela por igual los entresijos de una sala de espectáculos, una universidad o un museo, como en este caso. Una indagación e inmersión que es plácida en apariencia, nunca inocente, y que aborda todas las secciones, aristas, espacios y ecosistemas posibles de un órgano palpitante que puede ser visto y analizado a través de muchos puntos de vista. De la restauración a la exhibición, del escaparate a la intimidad de un territorio oculto que funciona como resorte estético. Wiseman, tras cerca de medio centenar de documentales, persigue un retrato colectivo y personal, privado y público. El cineasta de ‘Belfast, Maine’  extiende su análisis durante tres horas de mirada compartida, reflexión y acción visual que plantea la colisión entre lo grave, ceremonioso y monumental y el descubrimiento libre del visitante.

‘National Gallery’ es montaje y encuadre, luz desde el pasado y potencial presente. La propia historia de la institución y la identidad del museo como criatura de futuro atraviesan las luces y sombras de un documento con clase y magisterio.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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