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Autor: Guillermo Balbona
Revoluciones, que no revolucionaria
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Guillermo Balbona | 10-07-2017 | 9:11| 0

Baby driver

Reino Unido. 2017. 115 m. (16). Comedia.

Director y guión: Edgar Wright.

Música: Steven Price. Fotografía. Bill Pope.

Intérpretes: Ansel Elgort,  Lily James,  Jamie Foxx y  Jon Hamm.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Cuando uno llega a la taquilla ya siente el calor del tubo de escape en la espalda. Huele a gasolina y a neumático quemado. El arranque es un espectacular punto muerto convertido en una explosión de adrenalina y en una persecución que no deja señal y limitación vivas, lo que haría las delicias del Pegasus. A su lado, los chicos de ‘Fast and Furious’ parecen los probadores de los coches de choque en las barracas. Pero ‘Baby driver’ aparenta y quiere ser más y, en su pretenciosidad, pierde carburante y velocidad. El filme, con más riesgo y menos ínfulas, podría haber sido el musical de la década. Un ‘La la land’ feroz y desaforado entre canciones, bandas sonoras, mezclas y bailes. En realidad es un western con caballos de cuatro ruedas, un llanero solitario, inadaptado como corresponde, que quiere cabalgar solo y una cuadrilla de cuatreros con sus desavenencias e intereses opuestos. La música es el motor de este thriller que entra por las orejas y sale por los ojos, entre sofisticados giros de tocata y fuga y la percusión de un volante sonoro que gira sobre sí mismo hasta el más difícil todavía. Edgar Wright, el director de ‘Scott Pilgrim contra el mundo’, dirige este artefacto con ruido y explosiones fugaces, que empieza con la quinta marcha puesta en la imaginación, pasa a la tercera con una mirada conservadora, conformista y hasta pedante y termina con el freno de mano puesto. De lo arriesgado a lo aparente, de lo fulgurante al escaparate superficial, vistoso y previsible del concesionario de coches usados. El equilibrio entre acción y música, humor irónico y trasfondo dramático, híbrido de géneros y verso libre, se queda en la carrocería, en la chapa. Tras la primera colisión, cuando es necesario detenerse para cargas pilas o echar gasolina el filme deja ver las costuras y el ritmo se gripa. El cineasta de ‘Arma fatal’ busca un hueco entre el rock y la velocidad que suene a diferente, incluso abusa de una fórmula como es la de generar una coreografía de diálogos (el doblaje no deja apreciarlo) sonoridad y visualización, escenas punteadas a través de las canciones, que empieza con cierta originalidad  y acaba en la monotonía. Cuando el motor del amor trata de zarandear la historia ya es tarde. El filme busca acomodo entre ‘Corazón salvaje’ de Lynch y ‘Drive’ de Nicolas Winding Refn, pero el modelo le viene grande. La carretera mainstream toma el mando y los fuegos de artificio y la pirotecnia tapan hasta la banda sonora narrativa que no deja de ser una emisora de estándares con el volumen alto. De Queen a Eagles, de Beck a T. Rex, y hasta Focus. Como truco a mil revoluciones, el filme es vistoso y entretenido. Lástima que la loca comedia romántica a la que apuntaba se pare, a medio metraje, a repostar convencionalismos y etiquetas en el supermercado global. Las piruetas dejan de valer, oigamos lo que oigamos.

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El amor como arma letal
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Guillermo Balbona | 05-07-2017 | 11:34| 0

Wonder woman

2017 141 min. Estados Unidos. Director: Patty Jenkins.

Guion: Allan Heinberg
Música: Rupert Gregson-Williams.

Fotografía: Matthew Jensen.

Reparto: Gal Gadot,  Chris Pine,  Robin Wright,  Connie Nielsen, David Thewlis,  Dan

Esquemática, sin complejos, con aire retro de mirada primaria y valiente, cuando tiene que elegir entre algunas servidumbres del blockbuster y la recuperación de la aventura y su sentido vital, gana la segunda. ‘Wonder woman’ es una viñeta, un cromo coherente, lúdico y lúcido, que no se engaña a sí mismo y que aprovecha su viaje entre los mitos y la realidad, entre las geografías de la ficción, entre lenguajes y géneros con naturalidad asombrosa. En el filme de Patti Jenkins la mirada de mujer es rotunda, y tras ella caben los universos de superhéroes, el cómic, el espíritu de las franquicias (ya se prepara Wonder woman 2) y ese aire de bucle hiperconcentrado como un turbogenerador de mercadotecnia. Aquí no aflora el artificio de otras ocasiones, la gastada y cansina mirada, aunque sí aparece contaminada por un exceso de metraje, de subrayados de banda sonora y ruidoso combate final, con inevitable cámara lenta, y en busca del éxtasis de lo espectacular. No obstante, del arranque en la isla de las Amazonas, con ese paisaje mitológico de mujeres de leyenda, a la presencia omnipresente de Gal Gadot, una excelente elección, todo rezuma sencillez, declaración de ligereza, que no frivolidad, y divertimento. Lo kistch y lo clásico conviven en esta celebración de héroes accidentales, heroínas con mucha clase y perdedores dispuesto a inmolarse. Hay civilización y barbarie a ritmo de psicodelia, efervescencia y canibalismo de géneros e iconos, pasados por el cedazo de un feminismo y de una mirada femenina que desnudan los convencionalismos y los lugares comunes. Hay reivindicación sin caer en el panfleto, épica y sofisticación pero sin amaneramientos o retórica fácil. Su sencillez radica en que siempre antepone el entretenimiento a posibles alternativas pretenciosas. Hay bullicio, frescura, humor y cierto encanto. Exuda nobleza y eficacia. El sello del productor Zack Snyder, la franquicia de DC inaugurada con ‘Batman v. Superman: El amanecer de la justicia’, está detrás. Pero la mezcla entre caricatura y romanticismo, pintura y efecto digital, intimismo y exaltación de barraca destila pasajes interesantes. Pero frente a símbolos, excesos y texturas efectistas, el filme apuesta por el amor como fuerza invencible frente a la hora de la muerte. Patty Jenkins logra equilibrios entre la psicológica y la física y prima la honestidad al pasar de la luz de la primera parte del filme al lado oscuro de la segunda. El descuido principal viene del poco tacto y hondura que tienen los ‘malos’ de la sesión, como sucedía bajo la espectacularidad de ‘Titanic’, pero ‘Wonder woman’ consigue paliar el déficit con un elogio de la historieta y una limpieza de lo intrépido. Su vocabulario repasa sin gravedad las primeras lecciones de la evasión.

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Un monstruo global viene a verte
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Guillermo Balbona | 05-07-2017 | 11:32| 0

Colossal

EE UU 2016. 109 m. (7). Ciencia ficción.

Dirección y guion: Nacho Vigalondo. Música: Bear McCreary.

Fotografía: Eric Kress

Intérpretes: Anne Hathaway,  Dan Stevens, Jason Sudeikis y Austin Stowell.

Salas: Groucho

Lo íntimo y lo global, lo fugaz y lo perdurable, lo pequeño y lo sobredimensionado. La definición del efecto mariposa podría valer para internet. Nacho Vigalondo remueve los recuerdos que quizás son de su Cabezón natal y genera un monstruo al otro lado del mundo. ‘Colossal’ juega con lo diminuto y lo grande (uno contiene al otro) y los intercambia como figuras simbólicas de un sudoku con mujer dentro.  El cineasta de ‘Los cronocrímenes’, con las ideas muy claras, ha levantado esta vez con mayor serenidad, madurez y proyección, un artefacto que a veces deja ver las costuras del artificio y otras revela destellos de gran cineasta que maneja lo esencial del cine: ilusión, ilusionismo y mirada sobre el mundo. En ‘Colossal’ lo que no se ve (el delirio jugando con registros y géneros), es tan importante como lo que se ve (de nuevo las pantallas como eje de muchas situaciones). Vigalondo deja un amplio margen no tanto a la imaginación del espectador, que también, como a su sombra partícipe de ese otro lado del espejo al que apela su película en muchas ocasiones. Es una cinta de catastróficas intimidades y de sentimientos que se vuelven catástrofes inevitables y hasta necesarias. Su virtud reside en su alocada originalidad y su defecto absolutamente ‘vigalondiano’ estriba en recrearse en esa sensación de dominio transgresor, de fronteras cruzadas aquí y allá, muchas veces de manera fallida y otras innecesaria. Pero el complejo emocional, el territorio de inquietudes que traza ‘Colossal’ desborda esa barroca manera de contruir el fantástico, tan personal como lúcida a la hora de trascender los recuerdos, las querencias, los temores y los objetos más personales. El filme atrae y repele, desconcierta y sorprende. Su tramo final posee un magnetismo y una energía que se antoja el inicio de otra película a punto de inaugurar un nuevo relato. «El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Es curioso y paradójico pero mientras el cineasta cántabro es obsesivamente mediático y muy buen conocedor de las aristas y recovecos de la comunicación, sus películas no parecen preocupadas por el espectador, por el otro que mira. Hay algo libertario en la atmósfera y, al tiempo, nudos que se atan y desatan en torno a eso que llamamos estilo. La pregunta es si ‘Colossal’ sería la misma de  no estar omnipresente una maravillosa y encantadora Anne Hathaway (Gloria). Ella es un hermoso monstruo, alcohólica y dependiente de hombres, que busca su lugar en la vuelta a casa, y del otro lado dos kaijus (criaturas orientales) se pegan en Seúl en busca de la destrucción. Amarga comedia antirromántica, ‘Colossal’ es un carrusel, un tiovivo que muestra los fragmentos de nuestros traumas más íntimos. Nada más monstruoso, parece decirnos, que el fracaso. Vigalondo parte de la extrañeza, pasa por la extravagancia y exprime la diferencia. A Gloria dan ganas de abrazarla aunque ya sepamos que el monstruo habita en nosotros.

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Más sopa que ganso
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Guillermo Balbona | 05-07-2017 | 11:31| 0

Gru 3. mi villano favorito

Despicable Me 3 2017 90 min. Estados Unidos.

Directores: Kyle Balda,  Pierre Coffin,  Eric Guillon.

Guion: Ken Daurio, Cinco Paul. Música: Heitor Pereira.

Género: Animación. Comedia. Salas: Cinesa y Peñaastillo

Muchos tropiezos, mestizaje mal resuelto y cinefilia asumida, más como coartada que como guiño ingenioso y cómplice. Hay más sopa que ganso en ‘Gru 3’. El personaje de la saga y el spin off de ‘Los Minions’ no conviven con la armonía de sabores que se le presupone a una animación deudora de muchas salsas, irreverente y ácida a menudo. ‘Mi villano favorito’ arranca con ritmo, ganas de provocación, coreografía y una cháchara entonada, confundida o solapada con la acción, que parece anticipar el homenaje a los Marx que se plasmará después al ambientar parte de la trama en el reino de Freedonia, allí donde los geniales hermanos situaron su ‘Sopa de ganso’. Pero el filme, recreándose en lo acomodaticio de una saga exitosa, no arriesga ni levanta el vuelo. Acaparador en su punto de vista, disperso en su ficción, nunca logra conjugar sus tres tramas entrecruzadas ni por su desigual nivel de atención ni por lo que cuenta. Cuando los Minions, aquí con menor protagonismo, toman el mando, la cinta cobra locura y parece abierta a lo inesperado. El resto, entre el sentimentalismo y una especie de misión imposible entre globos de chicle y desestructuración familiar resulta pegajoso e hinchado. La carga de profundidad contra la fama fugaz y superficial, contra la televisión y sus programas salpica pero de manera ligera un argumento fragmentado e irregular que se acerca a tres cortometrajes adheridos sin demasiado tino. Cabe también cierta vocación de videoclip ochentero con bailes simpáticos pero que solo provocan ruptura en la acción. Como si los tres cineastas y dos guionistas no se hubieran atrevido a montar su particular musical con Minions, Gru y compañía. El subrayado familiar, las tres niñas y el gemelo desconocido, ahogan la espontaneidad, los homenajes en carteles y gags sobre buena parte de la comedia clásica, y el aire festivo y de celebración que desprenden los Minions queda acogotado por esa maternidad y apelación a la unidad de la familia unida jamás será vencida. No hay clímax y esa libertad creativa que transpira la saga se mantiene como un testigo vigilante del espíritu pero no impregna una aventura que son otras muchas. Ni que decir tiene que el filme, que transcurre entre estancias palaciegas y habitaciones, y cielos e infiernos de la acción más disparatada, abre y cierra puertas a otras posibles secuelas con tanto ímpetu y decisión como desaprovecha la figura del villano ochentero. Y, mientras, los Minions a lo suyo: estorbándose, mascullando, compitiendo en travesuras y dejando huellas de cierto surrealismo amarillo aún no explotado del todo. Hay una corriente de inercia, de dejarse llevar, de conformismo que atraviesa la comedia que acaba en previsible ñoñería. El latigazo inicial, el aire de ‘El guateque’ de Blake Edwards y los cambios de escenarios apenas son más que un leve espejismo donde el verdadero villano parece un extraño invitado de última hora.

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Hacer el boca a bocaza
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Guillermo Balbona | 20-06-2017 | 8:52| 0

Baywatch: Los vigilantes de la playa

EE UU. 2017.  114 min (16). Acción.

Director: Seth Gordon. Música: Christopher Lennertz.

Fotografía: Eric Steelberg.

Intérpretes: Dwayne ‘The Rock’ Johnson,  Zac Efron y  Alexandra Daddario. 

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

Es la versión torácica de ‘Miami vice’ y ‘Hawaii Five-0’. Un desfile de glándulas mamarias, pectorales y brazos como troncos haciendo el boca a bocaza para ver quién es el más gracioso de la playa. ¿Quién vigila al vigilante? ‘Baywatch’ es tan innecesaria como torpe y despistada. Ni llega a parodia de la serie a la que trata de homenajear ni avanza en esa especie de subgénero de baño, cuerpos y riesgo, todo ello aderezado por una brisa de música y fiesta pastillera. La única bandera roja en esta playa de descerebrados la ponen los guionistas con una atrofiada historia de corruptelas, droga, especulación inmobiliaria y enredos sexuales. Eso sí, para adentrarse en la zona cero de esta carrera hacia ninguna parte, sin chaleco salvavidas para el espectador, se suceden los chistes escatológicos, las referencias a erecciones y las náuseas y vómitos como nutritivos ingredientes narrativos. El listón está muy alto. Se trata de saber quién dirá la mayor parida tras dar brazadas, marcarse unas carreras por la orilla y exhibición de cuerpos al sol, entre el sudor, el alcohol y la rave. Los vigilantes de la playa 2.0 en manos de un realizador televisivo como Seth Gordon es un adefesio ilustrado, a modo de suplemento de moda de verano, entre persecuciones que dan grima y coreografías vergonzosas. ‘Baywatch’ pretende salvar el culo en el hecho de que se ríe de la serie pero, en realidad, no sabe reírse de sí misma. Entre mujeres turgentes correteando a cámara lenta, los fluidos corporales y las sinsorgadas sexistas, a su lado algunos programas televisivos parecen reuniones de intelectuales. Dwayne Johnson y Zac Efron encabezan el reparto –más bien el juego de abdominales–, en una competición de bultos y agujeros negros en el cerebro. ‘Baywatch’ es tan burda como inane. No hace daño porque está vacía. Es como si te diera una insolación tras ver una postal de paisaje de costa. ‘Los vigilantes de la playa’ ignora la mitología popular que desprendía la serie televisiva y, por si fuera poco, la utiliza como excusa para construir semejante bodrio, vulgar y tosco. Hay más plástico que piel, pese a todo, y la cansina sucesión de persecuciones alcanza la tortura fina. Dado que no puede tomarse en serio ni como parodia ni como sátira, la ausencia de músculo es de tal calibre que algunos programas televisivos temáticos parecen a su lado tormentas de ideas. Diluida y frágil no vale como chapuzón cinematográfico veraniego. El espectador busca un asidero que le saque de esta temporada de baños y nade desesperado hacia la otra orilla. Entre la estética macarra y la comicidad zafia y plana, solo cabe apagar el cerebro y atisbar un flotador en el horizonte de la cartelera estival.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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