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Autor: Guillermo Balbona
Quebrar el hielo
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Guillermo Balbona | 28-02-2018 | 11:55| 0

Yo, Tonya
2017 121 min. EE UU. Dirección: Craig Gillespie.
Guión: Steven Rogers. Música: Peter Nashel. Fotografía: Nicolas Karakatsanis.
Reparto: Margot Robbie,  Sebastian Stan,  Allison Janney,  Caitlin Carver,  Julianne Nicholson, Bojana Novakovic,  Mckenna Grace,  Paul Walter Hauser,  Bobby Cannavale, Renah Gallagher. Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

El cine, al menos el bueno, lleva de forma intrínseca un cariz de visionario. En un año en el que la mujer y el movimiento #MeToo vertebran buena parte de las convocatorias, desde festivales a programaciones, debates y polémicas, cuotas y presencias, resulta que la temporada cinematográfica depara un paisaje marcado por singulares retratos femeninos: la joven enamorada del monstruo en ‘La forma del agua’; la adolescente adulta de ‘Ladybird’; la madre coraje de ‘Tres anuncios en las afueras’;  la madre y viuda inmersa en el dolor de ‘En la sombra’; la madre y la hija de ‘The Florida project’; y, pese a su limitada calidad, la mujer en busca de su hermana en ‘El cuaderno de Sara’. Ahora, con cierta demora, recala en cartelera un curioso perfil de la patinadora olímpica Tonya Harding que se mueve entre la vuelta de tuerca al biopic, la acidez como columna vertebral y cierto caos narrativo para igualar el carácter de la deportista retratada y de quienes la rodearon. En un continuo y a veces fragmentado flashback, el filme apela a desestructurar la mirada tradicional y mezcla humor y emoción para envolver una atmósfera de vulnerabilidad y fuerza, debilidad e intensidad. La trayectoria vital que aflora en ‘Yo, Tonya’, desde la entraña a la superficie, alternando ambas direcciones, revela un ejercicio tan directo y descarnado a veces como revuelto y desordenado. En ese desequilibrio permanente entre la energía y la frustración, entre la voz propia y las ajenas –a veces mirando a cámara–, y la euforia y la decepción, discurre pegajosa, atractiva, tan enérgica como insistente, esta disección coral y muy musical humanizada por la interpretación de Margot Robbie. El hecho real, mediático y que estigmatizó la mirada de la sociedad estadounidense, está centrado en un escándalo que acapara el último tramo del filme: la agresión que en 1994 sufrió su rival, Nancy Kerrigan, oficialmente orquestada por el exmarido de Harding, y de la que nadie llegará nunca a tener claro en qué media se implicó la protagonista. Antes ‘Yo, Tonya’ monta una radiografía jocosa, irónica, cuando no cínica, e inteligente. La deportista tuvo una vida dura marcada por un madre dominante, los abusos psicológicos pero también físicos y la sumisión y rebeldía a una sociedad que la consideraba vulgar. El cineasta Craig Gillespie diversifica los puntos de vista y las opiniones, nunca impone una visión y elabora un biopic con apariencia de descuido. Vitriólica,  juguetona con ese subgénero que es el de triller criminal basado en hechos reales, la película gana mucho más cuando se aleja de los acontecimientos de reality y se convierte en una pura y dura crónica familiar. El director de ‘La hora decisiva’ logra firmar un catálogo de la América Profunda a través de un nervioso y cáustico deslizamiento tan letal como quebradizo. La cuchilla del dolor ardiente atravesando la médula de una vida siempre en la fragilidad helada.

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Rotunda, negra comedia
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Guillermo Balbona | 22-02-2018 | 11:08| 0

The party 

2017 71 min.Reino Unido. Dirección y Guion: Sally Potter.
Fotografía: Aleksei Rodionov. Reparto: Patricia Clarkson,  Bruno Ganz,  Cherry Jones,  Emily Mortimer,  Cillian Murphy, Kristin Scott Thomas, Timothy Spall.
Género: Comedia dramática | Salas: Groucho.

Posee toda esa carga cáustica, de catarsis mediática y golpes bajos, coral, plural e incisiva. Tiene desde su primer fotograma la contundencia de un discurso demoledor. Pieza de cámara, congrega en un mismo escenario a diferentes perfiles que van desnudando las hipocresías. Comedia negra, ‘The Party’ es vitriólica y destructiva hasta consigo mía. Sin más preocupaciones estéticas que ser fiel a sí misma, el blanco y negro y el metraje de apenas setenta minutos, la convierten en una rareza. La británica Sally Potter, directora de ‘Yes’  y ‘Vidas furtivas’, tan poco pródiga como interesante, despliega en su regreso, a modo de vuelta de tuerca, un sutil juego de espejos, tan agudo como ingenioso. La cineasta de ‘Orlando’, con Tilda Swinton, su obra más prestigiosa, se sumerge ahora en los entresijos de la hipocresía de la burguesía y ahonda en los agujeros negros del compromiso. En su forma, superficie y discurso parece el reverso de ‘Perfectos desconocidos’. Pero la autora de ‘La lección de tango’ diseña un artefacto preciso, agudo, de metraje como bomba de relojería cuya metralla se conjuga para disparar en todas las direcciones. Su reparto casi perfecto, especialmente con Kristin Scott Thomas, Patricia Clarkson, Emily Mortimer y Timothy Spall dando lecciones, contribuye a que esta comedia de sillón y salón en tiempo real, desborde algo contagioso. La suya es una intimidad compartida, que vuela por encima del puro drama y de la comedia que parece acaparalo todo. Con la excusa y coartada de la señora ministra lanza carga de profundidad, juega con la ambigüedad y los giros, las sorpresas y los vuelcos para diseccionar por alusiones desde el feminismo al Brexit. Como en las grandes piezas teatrales destinadas a zarandear y buscar la convulsión, el filme de Potter muta la celebración y lo festivo en un volcán emocional con ataques furibundos a la fragilidad ideológica. Al estilo de ‘Reencuentro’ y sus secuelas o esas obras de cámara que se mueven en el alambre por las implicaciones teatrales, ‘The party’ reúne en una atmósfera doméstica a un grupo que enseguida empieza a dinamitar las convenciones. Secretos y mentiras en carne viva mientras se suceden las referencias a la infidelidad, el fracaso, el ateísmo…hasta la explosión y revolución final. El sentido del humor hace las veces de desencadenante y el resto lo pone la inteligencia, inventiva, buen gusto, el oído, en diálogos y música, de la cineasta a la hora de elevar los momentos intensos de este agitado discurso con muchas ganas y muchas cosas que decir. Un juego mordaz muy serio que se antoja tan necesario como disciplinadamente provocador.

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El aliento de la diferencia
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Guillermo Balbona | 19-02-2018 | 10:09| 0

La forma del agua
The Shape of Water 2017.119 min. EE UU. Dirección. Guillermo del Toro.
Guión: Del Toro, Vanessa Taylor. Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Dan Laustsen.
Reparto: Sally Hawkins,  Doug Jones, Michael Shannon,  Octavia Spencer,  Richard Jenkins, Morgan Kelly.
Género: Fantástico | Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Monstruo que te quiero monstruo. Esta hermosa, melancólica, pero feroz fábula contiene un abrazo húmedo y un grito mudo que apela a la excelencia de la imaginación. El encantamiento, por arte de birlibirloque, reside aquí en que la normalidad asusta, se vuelve amenaza y distancia, y la rareza, la extrañeza son aliadas y cómplices compañeras vitales. En este cuento escurridizo, aparentemente simple, habitado por decenas de icónicos guiños y sutiles presencias familiares (también ausencias y fantasmas interiores) lo leve, sencillo y ligero resulta hondo y trascendente; y lo grave y sustancial asoma llevadero, natural y esencial. En ‘La forma del agua’, ese laberinto del fauno que todos llevamos dentro, cabe ‘La mujer y el monstruo’ de Jack Arnbold, aquel pedazo de serie B, atrevido por limitado, y también todas las criaturas insinuadas, no lugares y dimensiones de Lovecraft, el señor de los Mitos de Cthulhu.  Pero el director mexicano Guillermo del Toro, cinéfilo antes que cineasta, amasa otros muchos mundos, también los propios, y transforma la apropiación, las deudas y los sueños en un relato fascinante donde de algún modo todo lo marginal, silente, líquido, desconocido se postula monstruosamente cercano, apetecible y deseado, comenzando por la propia idea del amor imposible. ‘La forma del agua’ es, este sentido, el aliento de la sombras, el abrazo húmedo de una ensoñación. En tiempos de superficialidad y banalidad convertidas en canon social y en armas de poder, el cineasta de ‘Mimic’ firma un poema que alumbra la imaginación. Una inmersión desnuda en la diferencia, que apela a aliarse con lo diferente frente a la uniformidad. Subyace en muchas de sus imágenes un musical, una pieza de cámara o quizás un ‘La La land’ de tierras oscuras y profundidades ignotas. Lo admirable de ‘La forma del agua’ es esa respiración al límite de la fantasía, la apnea de lo fantástico, la brazada última del asombro abriéndose paso en una historia sobre la guerra fría, entre corazones calientes, mentes calenturientas y medidas heladas. Un cuento donde el amor, siempre un monstruo extraño, y la pérdida, siempre monstruosa, combaten entre aparentes buenos y malos, donde bella y bestia intercambian papeles y fluidos en un relato que reivindica la intimidad sensorial y la necesidad de soñar. Y es también una mirada directa, cristalina, audaz, combativa políticamente, que reivindica a las minorías (en la trama, los explotados, el tema racial, la mujer, la homosexualidad…) a través de la cámara de un virtuoso fabricante de imágenes. También un homenaje al cine desde esta película acuario donde uno nada hacia el abismo o hacia la superficie con extraña naturalidad, de tal modo que perversión y compasión, sexo y afecto, misterio y sentimiento entrecruzan travesías, mareas e inundaciones hasta dar con la temperatura y el hábitat adecuado de la narración que cada uno lleva dentro. En su superficie: un fantástico y romántico cuento. Cuando se sumerge, una metáfora que ilumina las sensaciones y reclama la libertad y la imaginación para erosionar la realidad. Un relato anfibio e hipnótico que hace frente a quienes han puesto fecha de caducidad a la emoción. También al cine.

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afrofuturismo y militancia
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Guillermo Balbona | 19-02-2018 | 10:06| 0

Black Panther  

2018 134 min. EE UU. Dirección. Ryan Coogler. Guion: Joe Robert Cole, Coogler 
Música: Ludwig Göransson.
Fotografía: Rachel Morrison. Reparto: Chadwick Boseman,  Lupita Nyong’o,  Michael B. Jordan,  Andy Serkis, Angela Bassett,  Forest Whitaker,  Danai Gurira.
Género: Acción | Salas: Cinesa y Peñacastillo  

Tan pronto parece ‘En busca del fuego’ con metal precioso deslumbrante como la versión afroamericana de un James Bond despistado, funcional y asexuado, toreado a derecha e izquierda. Habla de una tierra de nadie africana tan oculta que podría ser una versión de El Dorado, pero con connotaciones distópicas que la acercan a un paraíso perdido tan encerrado en sí mismo como egoísta. El hábitat es muy diversificado. Salvo veganos, hay afrofuturistas, militantes de lo natural, tribus, algún corrupto, una monarquía hipertecnificada y varios díscolos. El cineasta Ryan Coogler, que se había acercado a la leyenda de Rocky de una manera honesta y con brío, intensidad e interesantes aportaciones, firma ahora en ‘Black Panther’ el universo negro de la Marvel. Es innegable que posee un embalaje impecable. Esa mezcla entre el diseño de producción, la envoltura y la creación de un lugar deseado que tiene tanto de la Africa ancestral como del futurismo de los visionarios. Como ejercicio más allá del canon que impone la marca Marvel Coogler no desatiende los frentes posibles: los factores raciales, los discursos militantes, las metáforas sobre el poder, las lecturas subliminales antiTrump…Como explosión de entretenimiento sobra metraje (uno de los males del cine actual, doblaje aparte) y chirría ese humor estupidizante de los superhéroes y los excesos digitales del vale todo, aquí de una manera un tanto tosca. En ocasiones la cosa adquiere un aire a lo rey León pasado por algún videoclip de Rihanna. El resto es un diálogo de contrastes entre lo trascendente y lo banal, lo ancestral y el augurio, la preservación de cierta pureza etnonacionalista y la llamada a la revolución, todo ello filtrado por una acumulación de imágenes no siempre imaginativa, un totum delirium que acaba con la posibilidad de haber consolidado una obra radicalmente diferente. El dueto a lo Operación triunfo entre Malcolm X y Luther King que subyace en los discursos, aunque el éxito se lo lleva una estética más publicitaria que propagandística, se queda en mera pose. Además, al contrario que en muchos artefactos de acción con aspiración de saga, aquí fallan los buenos (el protagonista descafeinado no da la talla) y se muestran muy sólidos los villanos. El batiburrillo de Wakanda, más cerca del parque temático que de una sociedad simbólica sobre el poder y su uso, acaba domesticando la apuesta supuestamente arriesgada. Su hondura ideológica y político social acaba convertida en una colección de cromos vistosos y exóticos, que es lo peor que se puede decir de la excepción a la norma. Para los impacientes y apresurados advertirles que se esconde una de esas prótesis entre los títulos de crédito, aunque ya no sirva de redención.

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Parque temático de la tristeza
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Guillermo Balbona | 14-02-2018 | 10:01| 0

The florida project
2017 115 min. EE UU. Dirección: Sean Baker. Guión: Baker, Chris Bergoch.
Fotografí: Alexis Zabé.
Reparto: Willem Dafoe,  Brooklynn Prince,  Bria Vinaite,  Caleb Landry Jones,  Mela Murder, Valeria Cotto,  Christopher Rivera,  Macon Blair,  Sandy Kane, Karren Karagulian.
Género: Drama. Salas: Groucho.

Posee un alegre desprendimiento y una honda tristeza. En realidad, es la espalda de Disneyworld, un paisaje marginal, derrotado, en el que se aúnan y funden criaturas frustradas, vidas rotas, familias fragmentadas, personajes fronterizos, expulsados del sistema…Este no lugar, con alojamiento pasajero pero también como asidero último durante el naufragio de la crisis, relata sus particulares crónicas de motel y muestra el cielo y el infierno de la infancia. ‘The Florida project’ es un subparque temático, un territorio donde han acampado los sueños rotos y las miradas cubiertas de niebla. Sean Baker, uno de los pocos a los que la etiqueta de cineasta independiente se le ajusta como un guante, director que ya sorprendió con filmes como  ‘Tangerine’, crea este cuento de niña traviesa y pícara que a veces se obliga a ser adulta. Al artificio de la fantasía Disney de su parque en Florida se le contrapone esta isla amarga del sueño americano, desnudada por algunos de los excelentes travelling de Baker sobre los niños y el complejo de habitaciones de este antiparaíso de comida basura, de comida recogida en la basura, de gente sin rumbo, de supervivientes sin techo fijo. El microcosmos está elaborado con una fotografía de colores pastel, de chicle de fresa, de anuncios chillones varados en un desierto de ilusiones desmayadas. Es un filme hermoso y profundamente triste en cuyos resquicios se cuela y se pierde la infancia con sus juegos prohibidos, sus límites y ecosistemas en los que la autenticidad, la pérdida frente al patetismo adulto mantienen un extraño diálogo. Una película de tránsitos, con una mirada renovada entre un retorcido neorrealismo, un costumbrismo de detalles y una intención falsamente documental y coral. Hay una constante atmósfera de atracción y repulsión en la descripción de lo cotidiano. La niña, Brooklynn Prince, y el encargado del motel, encarnado por Willem Dafoe, ambos absolutamente magistrales, son los héroes de esta Alicia en el país de las antimaravillas. Ella crea su propio parque temático integrado por pobres y seres marginales, donde se da cita lo residual de una sociedad que esconde bajo la alfombra lo que no quiere ver. Y él, un guardián del orden de la redención, trata de que el caos no devore a su hábitat. Un filme de melocotón y arándanos, de helados y mentiras. El cineasta de ‘Prince of Broadway’ construye, a través de una textura especial, un pequeño reino despojado en el que habitan miedos y princesas sin trono. Es la crisis, idiota, pero es también, y sobre todo, un trozo de vida que se queda pegado en la garganta antes de que se lo trague el tiempo o de que la memoria nos traicione. Un hermoso cuento amargo de verano para corretear detrás de espejismos, sombras y monstruos.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.