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Autor: Guillermo Balbona
Una espada chulesca
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Guillermo Balbona | 14-08-2017 | 9:29| 0

‘Rey Arturo: la leyenda de excálibur’ (2017)

Duración: 120 min.

País: EEUU

Director: Guy Ritchie.

Guion: Joby Harold, Ritchie, Lionel Wigram.

Música: Daniel Pemberton.

Fotografía: John Mathieson.

Reparto: Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey,  Jude Law,  Djimon Hounsou,  Eric Bana.

Género:  Fantástico.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Posee la prepotencia del despliegue digital y la pretenciosidad de creer que se está realizando algo decididamente transgresor. Pero esta enésima vuelta de tuerca a los reinos míticos de la leyenda y el ciclo artúrico no pasa de ser una amanerada acumulación de vicios de estilo, que componen el exponente del artefacto mainstream del cine del presente.

Sin duda que Guy Ritchie puede hacer lo que se le antoje pero su visión de Merlín, el rey Arturo, Excálibur y Camelot tiene más de grotesco retrato y mezcla caprichosa, que de juego de libertad. El cineasta de ‘Snatch. Cerdos y diamantes’ echa mano de toda su parafernalia conocida incluyendo las ya cansinas ralentizaciones en los duelos de espada que, en ocasiones, parece que vayan a terminar con el rótulo de un anuncio de desodorante.

No hay poso atávico ni sufriente y carece de desgarro este Rey Arturo chulesco, macarra, indolente, no muy diferente de los líderes de opinión motorizados que protagonizan las franquicias del cine de acción actual. Sobrado de grasa digital, no encuentra nunca el tono de esa nobleza de la aventura intemporal, del relato fundacional que discurre entre personajes y situaciones. Mecánico en espacio y forma, fuera de algunos hermosos paisajes, el director de ‘Lock&Stock’ se mueve como pez en el agua en su labor de dj de club de moda. Pincha las imágenes cual demiurgo del montaje acelerado, las frases sincopadas y ese recurso ya manido del ‘alguien cuenta algo a alguien’ mediante una autocita de imágenes que se suceden casi solapadas en breves videoclips, a modo de fugaces flash back.

Es un cine barrocamente superficial. Una cosa es trazar una visión libre, incluso epatante, y otra, saber mostrar el ADN libertario de una atmósfera que empape las creaciones con complicidad. En unos pocos minutos del ‘Robin’ de Curtiz hay más júbilo y vitalidad que en este juguete efectista que sobrevuela géneros y mundos como una flecha rota. Ritchie ha transplantado su ‘Sherlock Holmes’ a la geografía de Tristán e Isolda, el Santo Grial y los caballeros de la mesa redonda, y todo es ampuloso, desmesurado, recargado, falsamente irónico y muy afectado.

Un artificio de pirotecnia musculosa en el que la magia de los proscritos ha sido sustituida por un lúdico ejercicio de pandilleros traviesos envueltos en fantasías estiradas y forzadas, con elefantes gigantes y magia negra confusa y alborotada. Pese a que pisamos terrenos muy conocidos Ritchie hace todo lo posible por enredar y confundir, en una demostración ruidosa y crispada, nerviosa y reiterativa. Una fantasía medieval encerrada en una fiesta de discoteca.

El cineasta retrata un hooligan prepotente que se ha buscado unos amigotes para recrear un historia de venganza en el centrifugado de un cine que se mastica, tritura y devora a sí mismo. Alguien debiera decirle que la transgresión se terminó cuando Olivier le dice a Fontaine: «el tiempo de poder ser felices se nos ha acabado. Rebeca ha ganado».

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Festival escatológico
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Guillermo Balbona | 14-08-2017 | 9:12| 0

Descontroladas

Título original: ‘Snatched’ (2017)

Duración: 91 min.

País: Estados Unidos.

Director: Jonathan Levine.

Guion: Kim Caramele, Katie Dippold, Amy Schumer.

Música: Chris Bacon, Theodore Shapiro

Fotografía: Florian Ballhaus.

Reparto: Amy Schumer, Goldie Hawn, Christopher Meloni,  Ike Barinholtz, Randall Park.

Género: Comedia

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Infame producto de comicidad gruesa y vulgaridad sin límites, ‘Descontroladas’ no se detiene en su nadería zafia. Aparente comedia de aventuras con dos cómicas dentro y un guión nulo, el filme es un carrete sin hilo que mezcla la mirada estereotipada del turista accidental/norteamericano sobre los países latinos.

El narcotráfico, el secuestro, lo salvaje e inesperado, más allá del terreno acotado por el resort y la piscina, aparecen en el horizonte de este artefacto muy vulgar, incapaz de generar un rastro de humor inteligente. El cineasta de ‘Memorias de un zombie adolescente’,  Jonathan Levine, se limita a que las dos actrices protagonistas, Goldie Hawn y Amy Schumer, desplieguen sus armas por acumulación, que no por calidad selectiva, y conviertan el filme en un insoportable discurso verborreico en el que se mezcla el desfile escatológico, los tópicos racistas y los gags de tocamientos más manidos de la historia.

Es cine de segunda, manoseado, envuelto en una aseada combinación de personajes sin matices, música de radiofórmula y algunos, pocos, paisajes ecuatorianos y colombianos de fondo por donde asoma la prepotencia imperial del viajero estadounidense. Antipatía, perfiles vagos, griterío y aburrimiento acompañan el itinerario limitado de estas dos mujeres que, a ratos, muestran sus frustraciones.

Una mirada opuesta de contrastes que el cineasta de ‘Los tres reyes malos’ ni sabe ni quiere aprovechar. El discurrir monótono de la comedia, salpicado con alguna mirada feminista muy tímida, se ve envuelto en una capa de sentimentalismo. Schumer encarna el liderazgo de ese aire de provocación tontuna y de salón, ajeno a lo verdaderamente irreverente. Y Hawn, que regresa al cine quince años después, está muy lejos de aquella eficaz actriz de ‘La recluta Benjamin’. No hay juego generacional y sus respectivos papeles no poseen matices como para que la película construya su atractivo en el duelo madre e hija que propone supuestamente la trama de ‘Descontroladas’. Salvo dos o tres gracietas que, por supuesto, ya había desvelado el tráiler (siempre en estos casos, mucho mejor que la película), el resto es un desmayado viaje que no simula su inconsistencia.

Schumer, que ha triunfado en televisión y, con espectáculos muy provocadores, en salas teatrales, pierde aquí su personalidad y, aunque ha intervenido en el guion, se diluye la mala leche y todo se torna una bobalicona comedia. Como curiosidades, nuevo papel de Óscar Jaenada (aunque el tópico satírico del narcosecuestrador ya casi no aporta nada) y la siempre magnífica Joan Cusak, casi invisible, en un papel que da vergüenza ajena.

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Resacón de manual
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Guillermo Balbona | 08-08-2017 | 11:21| 0

Título: Una noche fuera de control (2017)

Duración: 101 min.

País: Estados Unidos

Directora: Lucia Aniello.

Guion: Aniello, Paul W. Downs.

Música: Dominic Lewis.

Fotografía: Sean Porter

Reparto: Scarlett Johansson,  Kate McKinnon,  Zoë Kravitz,  Jillian Bell,  Ilana Glazer, Demi Moore, Ryan Cooper.

Género: Comedia

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Desmadre chillón e histérico. Despedida coral de adultas adolescentes. Resacón de vulgaridad. Todo en una. Es una comedia que podría haber sido muy negra y descarada y se asemeja a una noche febrilmente estúpida de unas maduras descerebradas. Como ejercicio de torpeza no tiene precio. Como provocación no supera ni el divertimento supuestamente salvaje de una fiesta de instituto.

Lucia Aniello, su directora, procedente del terreno televisivo, y en concreto de la serie ‘Broad city’, se propone competir con otros desmadres masculinos y juergas no menos planas. El
juego interpretativo, la buena sintonía y complicidad entre cinco actrices con buen rollo salva la comedia de su inane cúmulo de anécdotas y de su verborrea insaciable.

‘Una noche fuera de control’ el envés femenino de ‘Resacón en Las Vegas’ nunca encuentra el tempo de la comedia y sus vaivenes convierten la farsa en un desfile coral de tonterías costumbristas donde la mayor transgresión de estas criaturas consiste en volver a tener el control de sus vidas. Desde el disparate a la escasa comicidad el filme discurre reiterativo, machaconamente inocente e incapaz de despegarse de modelos nada edificantes a la hora de establecer un canon de la comedia alocada.

Precisamente cinco minutos muy libres, hacia el final del metraje, muestran el sexto sentido imparable en ritmo y equilibrio que la historia demandaba. Pero hasta llegar a ese momento de sinrazón hay que atravesar un  largo calvario de chistes que sonrojan y situaciones que sacan de quicio por su estereotipado catálogo de provocación zafia y risa plana. Lo pretendidamente corrosivo resulta más bien un estiramiento (y no es broma) del chiste sexual manido y contado (mal) una y mil veces.

De ‘Very bad things’ de Berg a ‘Este muerto está muy vivo’, la comedia se mira, pero de manera deforme, en el espejo de sus mayores y compone una estresada y banal inmersión en el fin de la noche atorada en su manual de tópicos  Quizás tiene su gracia el paralelismo que la cineasta traza entre la noche loca de las mujeres y la de los hombres, es sí dibujados en un perfil de tontos como apelativo más cariñoso al que recurrir. Pero ese juego que prometía no parece interesar a Aniello que opta por el desmadre de mal gusto, veborreico y repetitivo. En el fondo cabe hablar de cierta timidez en la puesta en pie de esta noche sin límite a la que nunca parecen interesarle los tabúes ni las fronteras convencionales.

Han pasado ya, sí, dos décadas de ‘Algo pasa con Mary’ de los Farrely y a su lado, ‘Una noche fuera de control’ parece un juego de mesa donde los personajes juegan a decirse cosas escatológicas que solo destacan por su manifiesta vulgaridad. A Aniello le falta ritmo e imaginación y su filme se limita a poner casi en un escenario único una trama, a la que se le ven todas la costuras de enredo con muchos préstamos y escasos arrebatos de talento.

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Muerte con vodka y dos hielos
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Guillermo Balbona | 08-08-2017 | 9:17| 0

Título: Atomic Blonde  2017 115 min. EEUU.

Director: David Leitch.

Guion: Kurt Johnstad.

Música: Tyler Bates.

Fotografía: Jonathan Sela.

Reparto: Charlize Theron,  James McAvoy,  Sofia Boutella,  John Goodman, Eddie Marsan, Toby Jones,  Bill Skarsgård

Género: Acción.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

La cosa va de Guerra Fría y cuerpos calientes. Es un filme seco, con ese punto de fantasía y de fantástico, de pulp y marco de viñeta que le da su origen en la novela gráfica de Antony Johnson y Sam Hart.

En un determinado momento de este hiperviolento thriller vertebrado por las geografías simbólica y física de la ciudad de Berlín y del personaje que encarna Charlize Theron, respectivamente, se escucha desde un televisor una polémica sobre el ‘sample’, ya saben ese muestreo musical tomado de un sonido grabado en cualquier soporte para ser reutilizado posteriormente como instrumento o diferente grabación.

Pues precisamente ‘Atómica’, un irregular, contundente y seco ejercicio de acción es fruto precisamente de ese reciclaje, aquí sofisticado, en ocasiones, y aderezado con ciertas dosis de nostalgia. Un trago de vodka y un par de piedras acompañan la coreografía asesina de esta especie de Nikita y Modesty Blaise, envuelta en una trama confusa, que juega al despiste y a los giros de sospecha y golpes de efecto. ‘Atómica’ –que hace un homenaje a ‘Stalker’, una de las obras maestras de Andrei Tarkovski– es enrevesada, sinuosa y tajante y su enredadera discurre en torno a los momentos en que se está fraguando la caída del muro de Berlín.

Charlize Theron está perfecta en su papel de mujer dura y expeditiva agente secreta, una James Bond pasada por el filtro de Jason Bourne con menos sentido del humor pero mucho más salvaje en su expresión. El director David Leith, corresponsable de la figura en pantalla de ‘John Wick’, hace hincapié en la fisicidad, en la rotundidad de los golpes, en el daño corporal y para ello mantiene, reiterativa y machaconamente, un juego coreográfíco de música (de David Bowie y Nena a Siouxsie & The Banshees), sonido y montaje que exprime la trama mínima para generar una sensación barroca y letal. Como en las películas de espías de los setenta aquí se habla de manera constante de una lista secreta, mientras el filme da permanentes giros concéntricos sobre la corrupción y la traición.

La Furiosa de ‘Mad Max’, ahora con tacones letales y mirada gélida, acapara la atención frente a una trama diluida en su laberíntica y difusa cadena de mentiras e imposturas. Como hilo conductor, un mcguffin y una sucesión de luchas y combates sangrientos, de tono casi gore, que desembocan en un magnífico plano secuencia. Lo dicho: un trago seco de vodka, tan helador como aparente, que no deja mucha huella en la garganta. ‘Under Pressure’, pero menos.

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Blancanegra de Carabanchel
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Guillermo Balbona | 07-08-2017 | 9:05| 0

Abracadabra

2017 96 min. España.

Dirección y guión: Pablo Berger.

Música: Berger, Alfonso de Vilallonga.

Fotografía: Kiko de la Rica.

Reparto: Maribel Verdú,  Antonio de la Torre,  José Mota,  Josep Maria Pou,  Quim
Gutiérrez, Priscilla Delgado.

Género: Comedia

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Otra parada de monstruos cercanos y cotidianos. Un desfile carpetovetónico, costumbrista, a veces esperpéntico, otras incluso cañí y hortera. Pero, sobre todo, un cine muy libre y arriesgado que se enroca en su estado hipnótico y no parece estar sujeto a etiquetas y a rendir cuentas, sino a devociones, guiños y deudas.

Pablo Berger en su tercera obra, espaciada en el tiempo pero plena de coherencia y unidad con respecto a su trayectoria, conecta con su ‘Torremolinos 73’ –uno de los filmes más singulares del cine español– para trazar una radiografía social de memoria y tiempo, disturbio moral y mirada metafórica, una españolada desafiante que edifica toda una barriada de cuento y elocuencia estética. De hecho el cineasta no se aleja de su excelente ‘Blancanieves’ y firma un revés jocoso, sociológico, de colores que parecen pintados con lápices sobre el blanco y negro de aquélla.

‘Abracadabra’ es magia negra de comedia blanca y arrebato de chistera e hipnotismo. Berger muestra e ilustra ante nuestros ojos un número de prestidigitación donde truco y encantamiento son una misma cosa. Y el cineasta no necesita voluntarios. La ficción, en la que cabe desde lo patético y ridículo hasta lo sublime y lo surreal, implica a una troupe
de intérpretes entregados hasta las patas. ‘Abracadabra’ es barrio, machismo, vulgaridad, costumbrismo, bofetada social y muchos números que combinan géneros y reconocibles estancias cinematográficas con malabarismo estético y vuelta de tuerca.

El director toma la sierra del montaje y parte el cuerpo del delito en varios trozos delante del espectador y luego lo recompone sin importar si la cabeza el tronco y las extremidades corresponden a la figura inicial. Antonio de la Torre, José Mota y, especialmente, Maribel Verdú, están espléndidos en este retrato fantasma y negro de boda (uno de los escenarios más recurrentes
del último cine español) y espectro, de reencarnación y supermercado, de baile de salón y grúa con mono. Una mirada hispánica que tan pronto es hipnótica como desconcertante, sutil y burda, agresiva y cotidiana. ‘Los pajaritos’ y las porras, el comecocos y el machismo pegado en todas las esquinas, los maltratadores inherentes a la cosa social, el extrarradio y lo choni, el pasado de ‘transición’ y el presente imperfecto, y sus reversos. El más allá y el más acá de un estado letal, el disparate y la sorpresa, la imaginación y la libertad creativa. Y en ese carrusel que no para de girar una clara soflama femenina de rebeldía y mirada frente al mundo. Uno, dos…tres. El que quiera puede despertar. Y el que no, seguir soñando.

 

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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