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Autor: Guillermo Balbona
Solo falta el Pegasus
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Guillermo Balbona | 21-04-2017 | 8:49| 0

FAST & FURIOUS 8 

EE UU. 2017.  136 min (16). Acción.

Director: F. Gary Gray.

Intérpretes: Vin Diesel,  Dwayne ‘The Rock’ Johnson,  Jason Statham y  Charlize Theronia.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

El humor, casi autoparódico, ha tuneado la última entrega de fuga cinematográfica a ninguna parte y a toda pastilla más taquillera, esta vez más furiosa y visceral que veloz. «De una hostia te voy a cambiar el signo del zodiaco», le espeta Dwayne ‘The Rock’ Johnson a Jason Statham en una de la sentencias con mayor hondura intelectual de este congreso de irreductibles conductores cibernéticos. Es una de las chispas de este desfile de acción, traición, venganza y redención, dirigido con piloto automático, en una demostración de ruido, válvulas de videojuego y motores superficiales. ‘Fast & Furious 8’ es un cruce letal de ‘Misión imposible’ y los Bond más sofisticados, muy, muy viajero y jocosamente autodestructivo. De La Habana a las calles de Nueva York pasando por el Océano Ártico solo hubiera faltado el Pegasus sobrevolando las incidencias de esta familia de autoslocos jugando con las cosas de los mayores. El ritmo verdadero lo pone la banda sonora más que la acumulación caprichosa de escenarios para ponerle motor de inyección a la caza de gato y ratón que preside un filme más agitado que agitador, más activo que vivo. F Gary Gray, el responsable de tanto tráfico –al que debería fichar la DGT–, deja que sus peones se muevan por todas la casillas posibles para firmar un atasco de fraternidad y exterminio de más de dos horas. Director de ‘The Italian job’, ‘Diablo’ y ‘Negociador’, entre otras, dedica su tiempo a firmar un álbum de carreras que lleva un desafío dentro: a ver quién es capaz de arrancarle una sonrisa a Vin Diesel. Con sus superhéroes de chapa y pintura y marcha atrás la nueva entrega se dedica a reciclar la saga, entre giros, supuestas situaciones límite con carburante caro y olor a goma quemada. En el taller quedan pocas piezas. Más ligera en su carrocería, pero con mayor número de hipérboles en su retorcido pero necesario espectáculo, el vehículo cinematográfico compite consigo mismo en busca de un enésimo rizo. Las escenas de la lluvia de coches y la persecución con submarino certifican que el más difícil todavía circense ha sido aplicado en el taller con rigurosa sabiduría mecánica. Pero esta reunión de salvadores del mundo, especie de pandilleros a doscientos por hora, no engaña a nadie. Con vocación adolescente, a modo de olvidable montaña rusa, reserva un asiento en la parte de atrás y no para hasta los títulos de crédito. Sin disfrazarla, toda su honestidad radica en elevar el disparate a la categoría de imparable entretenimiento veloz. Cuando detiene la marcha y pretende dar lecciones de paternidad habría que quitar el carné a actores y director por vergonzoso exceso. Fiesta audiovisual de la testosterona, del automóvil al misil, del avión al tanque, el exceso consiste en desbordarse por todas partes, entre coches zombi y conductores descerebrados. Todo vale. Helen Mirren y Charlize Theron se han puesto el casco. Los demás no se enteran. En la próxima oferta de combustible de Hollywood esperan volver a llenar el depósito.

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Tocamientos sensibleros
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Guillermo Balbona | 11-04-2017 | 8:40| 0

Mañana empieza todo

Francia. 2016. 115 m. (16). Drama.

Director: Hugo Gélin.

Intérpretes: Omar Sy,  Clémence Poésy,  Antoine Bertrand, Gloria Colston, Karl Farrer, Anna Cottis.

Salas: Bonifaz. Filmoteca. Próxima semana.

Actor simpático, el ‘intocable’ Omar Sy, encarna a un hombre que descubre los valores de una entregada paternidad. A él se suma una niña lista, una madre ausente, un ambiente empalagoso –ya saben ¡qué guay es todo!–, y sale la comedia dramática perfecta de manipulación sentimental. Pastiche de buenas intenciones, con conflictos al fondo, ‘Mañana empieza todo’ parece diseñada en un laboratorio de autoayuda y escrita por un gurú de la ‘felicidad, ja, ja ja’ dispuesto a convertir los horrores, los dramas y los injustos azares en piedrecitas de un camino dorado…que ríanse de ‘El mago de Oz’. El filme siembra las peripecias de este vínculo paternofilial de una melosa y nada creíble historieta moral que podría pasar por el manual de una secta que canta la alegría de forjar un melodrama lacrimógeno. Lo peor es que  esta versión francesa de la mexicana ‘No se aceptan devoluciones’ envuelve en blandengue y colorista celofán de ‘ya es primavera en el centro comercial’ bajo el que asoman los más truculentos temas, situaciones y sorpresas del destino. Hay aires taquilleros de ‘Tres solteros y un biberón’ y gestos serios e igual de tópicos a lo ‘Kramer contra Kramer’ salpican este documento irrisorio, nada creíble y tendencioso en lo sentimental. Su escasa originalidad y el ternurismo se añaden a una media hora final cuya solapada manipulación alcanza no ya lo previsible sino lo más zafio del catálogo de tocamientos sensibleros a costa de un sonrojante argumento. Todo es un decorado artificial, entre la chispa de la vida y sus fastidiosas burbujas inesperadas. Salvo unos excelentes títulos de crédito que preludian una comedia vitalista y lúdica que luego el guion desmiente, el filme de Hugo Gélin resulta una sucesión de espejismos, falacias y mentiras revestidas de abusos sentimentaloides. De lo que se trata es de agarrar la taquilla por el lagrimal. Algo así como ‘La vida es bella’ pero en burda postalista con el matasellos de los contrastes culturales como coartada y la familia como el más poderoso pasaporte. Si hubiese sido otro el tono, la fábula o el cuento, el humor amable mezclado con cierta ironía hubiese dado más empaque a un filme que resbala, nunca conmueve y manipula con descaro. Entre ‘Los viajes de Sullivan’ y ‘Mañana empieza todo’ no solo hay casi ochenta años de diferencia sino que ambas miradas pueden servir para trazar un estudio sobre cómo muchas veces la narración cinematográfica de las ilusiones, la radiografía social y la reinvención de una impostura ha avanzado hacia atrás. Los camuflajes de la verdad, la dirección de una película prefabricada y el ‘buenrollismo’ masajean la inmediatez de un filme deliberadamente tramposo.

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Alargamiento de alien
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Guillermo Balbona | 10-04-2017 | 9:36| 0

Life (vida)

EE UU. 2017.  103 min (12). Ciencia Ficción.

Director: Daniel Espinosa.

Intérpretes: Jake Gyllenhaal,  Rebecca Ferguson,  Ryan Reynolds y  Hiroyuki Sanada.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Es una especie de hijo putativo de ‘Alien’. Un esqueje que juega a serie B, lanza guiños a ‘Gravity’ y su creador parece, ante todo, querer demostrar que sabe hacer cine. Impecable en su factura, con excelentes trabajos interpretativos, ‘Life’, sin embargo, carece de vida y deposita todo su pulso y latidos en las situaciones límite. A veces se regodea pretenciosamente en ciertas reflexiones y sentencias sobre las fronteras de la investigación y las barreras proteccionistas de lo humano ante un contacto con extraterrestres, que no sea bienvenido. Es un filme que va del microscopio, la célula y lo ignoto, aunque ínfimo, a la amenaza física, visible y, por supuesto, aterradora. Pero este trayecto es tan previsible y pleno de pastiches y deja vu que la capacidad de seducción, sorpresa y empatía es prácticamente nula. Asistimos a un chequeo de manual de la ciencia ficción como si Nostromo hubiera ido a pasar la ITV. El sueco de origen chileno Daniel Espinosa, cineasta de ‘El niño 44’, rueda con las ideas muy claras pero se deja arrastrar por el tópico, por el peso del clásico de Ridley Scott (que regresa precisamente este verano con su revisitación de ‘Alien’) de tal modo que debemos ir ya por el pasajero número 250. Caben algunos buenos momentos de claustrofobia, fruto de una utilización excelente de la puesta en escena, del espacio (el exterior y el interior) como escenario, de la oposición dentro /fuera tanto en lo físico como en el desarrollo de una metáfora que abarca desde el seno materno hasta la inmensidad de las estrellas. El resto es el ‘aquí te pillo, aquí te mato’ de la criatura y sus presas. Del ectoplasma al monstruo que viene a verme van cien minutos  de un juego de lucha por la supervivencia. La ilustración es atractiva pero carece de narrativa propia que permita aportar algo más que mera recreación a sus raíces fundacionales. O bien por exceso de respeto o por comodidad, no hay riesgo en el filme de Espinosa que se mueve entre la fascinación y el terror con tanta soltura como entre la postal de género, lo ya conocido, y la elegancia y la tecnología al servicio de una escritura tan pulcra como inane. Faltan ironía, distancia, juego. Sobra ese aséptico acercamiento que convierte la devoción y el homenaje en simple insistencia reiterativa. A pesar del reparto aseado no hay hondura en los perfiles psicológicos y, cómo no, la criatura desprende más inteligencia y definición que algunos humanos. A este paso moverse por una estación espacial va a resultar al espectador más fácil y familiar que caminar por las calles de su ciudad. Hasta la presentación del enésimo pasajero asistimos a una atractiva coreografía: un travelling donde la gravedad, el preludio liberado de deudas y el diálogo entre lo humano y lo desconocido aprietan las tuercas de un documento que luego muta en estereotipo marciano. Ahora bien el verdadero alienígena de la función es el doblaje, absurdo e innecesario, que devora nuestros encuentros con los tripulantes de esa ONU espacial que enarbola la bandera de la vida.

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Devoción, homenaje, reinvención y copia
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Guillermo Balbona | 04-04-2017 | 8:28| 0

Fascinación

Obsession 1976 98 min. Estados Unidos

Director: Brian De Palma.

Guión: Paul Schrader.

Música: Bernard Herrmann.

Fotografía: Vilmos Zsigmond

Reparto:
Cliff Robertson,  Geneviève Bujold,  John Lithgow,  Sylvia Williams, Wanda Blackman,  Patrick McNamara.

Género: Intriga. Sala: Bonifaz. Filmoteca. Esta semana.

Es uno de esos casos donde la devoción, la influencia, la empatía y el ejercicio de admiración acaban configurando una obra replicante. A través de un espejo la ficción de Brian de Palma, su novena película y una de las mejores, se convierte en uno de los exponentes que identifican y plasman con mayor intensidad el mundo de Hitchcock. La historia del hombre de negocios de Nueva Orleans que pierde a su mujer  y a su hija responde a una atmósfera en la que el cineasta de ‘Los intocables’ refleja el microcosmos hipnótico de ‘Vértigo’ (De entre los muertos) para subrayar su caligrafía estilizada, su facilidad para contar las claves de una historia. Sucedió después pero en ‘Fascinación’ (Obssesion) De Palma, sin rubor y sí con osada claridad, firma su homenaje al maestro con un filme que también tiene sus deudas con la maravillosa ‘Rebeca’,  ‘La ventana indiscreta’ y  ‘Crimen Perfecto’. La memoria, el peso del pasado, los que se fueron regresando entre las sombras son subtextos que subyacen en un relato de fantasmas muy vivos, con ritmo y lucidez, pero sin ese sexto sentido emocional que desprenden los filmes del cineasta de ‘Los pájaros’. El vínculo con el compositor Bernard Herrmann, santo y seña de Hitchcock, refuerza aún más ese clima de complicidad y aunque cabe hablar de versión libre lo cierto es que asoma a veces la cruel imitación. Otro rasgo ineludible es la firma del guión a cargo del visceral Paul Schrader, antes de que abordara la escritura de ‘Taxi driver’ de Scorsese. Uno de los aciertos máximos radica en la presencia de una joven Geneviève Bujold en el reparto pero ni la fotografía de Vilmos Zsigmond ni la querencia de De Palma por los movimientos de cámara otorgan una personalidad visual. Ese inquietante hábitat de Hitchcock, la fascinante capacidad para fundir tiempos en un diálogo de lo real y lo onírico, aquí se antoja más forzado. El director de ‘Carrie’ echa mano de sus giros de 360º, como en la secuencia del cementerio, y la sucesión de flashbacks en la mente de la protagonista potencian esa sensación del paso del tiempo, entre planos secuencia, ralentización de imágenes y travellings circulares. Lo psicológicamente retorcido es más burdo y descarado en De Palma que se apoya en el trabajo lumínico pero nunca frena su tendencia al exceso. Es difícil quedar indiferente ante el cine del director de ‘Vestida para matar’. Los juegos de imagen, en este caso nunca caprichosos, invitan a elevar sus guiños a la categoría de reinvención. Una historia curiosa, entretenida, que obliga en ocasiones a dudar de las buenas intenciones del cineasta, aunque siempre permite hallar factores y detalles de un sentido definido de concebir el cine. Un cineasta que es capaz de derrapar tanto como de firmar vuelos sorprendentes, aunque sea desde el homenaje entregado como en este caso

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Reino documental
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Guillermo Balbona | 03-04-2017 | 8:38| 0

Cantábrico: los dominios del oso pardo

España. 2017. (TP). Documental.

Director, fotografía y guion: Joaquín Gutiérrez Acha.

Música: Pablo Martín Caminero.

Género: Documental. Cinesa y Peñacastillo.

Un sapo se pone farruco, hincha su cuerpo y planta cara a una culebra. Hay plantas carnívoras, sí, también. Y vemos desovar, cazar y morir. Asoman estrategias de acoso y derribo, rituales de amor y sexo y combates por el espacio mucho más sutiles que los debates parlamentarios. ‘Cantábrico’ es genérico para todo. Es la naturaleza y el documental en estado puro. No hay trampantojo a la vista pero tampoco la engorda. El efectismo lo pone la grandeza de la vida animal en su mayoría. Y el paso de las estaciones es el recurso que vertebra la narración con la voz en off. Es, por supuesto, un filme atractivo pero conservador. No hay riesgos. El hombre es una anécdota y aparece en apenas unos fotogramas como un intruso accidental (junto a las abejas o en alguna tarea en el campo). Los mayores protagonistas son los lobos y los osos que marcan territorios y revelan sus sentidos para proteger a los suyos. El director y naturalista Joaquín Gutiérrez Acha, como en ‘Guadalquivir’ (antes ya se adentró en el lince ibérico y en la lucha contra el fuego) traza un hermoso álbum que no necesita más preciosismo y esteticismo que el que desprenden las imágenes de los animales en exposición ni más caducidad que la curiosidad de cada uno. En este sentido, la potencia visual, la elocuencia de lo salvaje y la intensidad de lo invisible, la miniatura de la larva y los insectos o el instinto de supervivencia dejan muchas notas imprescindibles a pie de fotograma. Es más un documental escaparate, que funciona por acumulación, incluso algo reiterativo, que una creación informativa o narrativa. Por ejemplo su arranque con el guiño al Paleolítico, la prehistoria y las raíces se antoja un tanto caprichoso para luego pasar con brusquedad al reino animal a través de una voz en off a veces cansina y retórica, muchas veces irónica pero prescindible. El deja vu está más bien en lo que se busca remarcar que en las imágenes. Y la fuerza de la naturaleza se impone a los subrayados de la voz. Dado que hay más exhibición que didactismo no sería una prueba superflua visionar ‘Cantábrico’ sin más sonido que el que brota del entorno, del ecosistema y de la propia especie retratada. En los momentos en que se opta por esta mirada más pura el documental gana en revelaciones. Entre imágenes con cámara de lata velocidad, time-lapse y drones se equilibra y enmudece todo cuando la cámara se detiene, por ejemplo, en los mirlos que cruzan una cascada o captura ese thriller salvaje con suspense de la manada de lobos acechando a un ciervo. La fauna y sus códigos se alían con la exquisita fotografía para plasmar los mejores momentos de este mosaico hermoso, siempre interesante, para devolver nuestra mirada contaminada a terrenos minimalistas o panorámicas donde uno puede recrearse tanto en la grandeza de lo pequeño como en el sutil detalle de una escena expansiva y aparentemente inabarcable. ¿Hay aportación especial a un género que remite sin duda a ‘El hombre y la tierra’ o a los documentales de La 2? La respuesta reside en el protagonismo de la belleza que aplaca cualquier debate. El filme es una ventana abierta y mirar a través de ella es el mayor triunfo.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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