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Autor: Guillermo Balbona
Un globo, dos globos, tres globos
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Guillermo Balbona | 13-09-2017 | 7:56| 0

It

2017 135 min. Estados Unidos Director: Andrés Muschietti. Guion: Chase 
Palmer, Gary Dauberman. Música: Benjamin Wallfisch. Fotografía: 
Chung-hoon Chung. Reparto: Bill Skarsgård,  Jaeden Lieberher,  Sophia 
Lillis,  Finn Wolfhard,  Wyatt Oleff, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan 
Grazer. Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo

  Un sótano puede ser un abismo. Y una pérdida infantil, el mayor vértigo de una biografía. Entre estertores de la infancia, temblores de la pubertad y miedos primarios discurre este cuento con payaso y globos rojos. Pero su raíz pertubadora es domada y domesticada por la levedad y superficialidad estereotipadas de esta traslación de la obra de Stephen King  a la pantalla. ‘It’ está habitado por iconos del terror, máscaras, sombras, objetos que se mueven solos y toda la tradición de la muerte y sus fantasmas. Pero en realidad de lo que el popular escritor habla es de esa atmósfera de ansiedades, temores y soledades que envuelven al adolescente. Stephen King es probablemente el autor más adaptado de la historia del cine así que era de esperar que esta historia del payaso asesino Pennywise, que contaba con una miniserie previa, tuviera su reflejo en la pantalla. El cineasta de ‘Mamá’, Andy Muschietti, sacrifica los factores inquietantes, esa fiebre invisible de la infancia y la convierte, a medida que se sumerge en su excesivo metraje, en una mera colección de sustos y en un ejercicio de sugerencias desmayadas. Tras esos papeles pintados infantiles, de familias y correrías, de aventuras y primeros amores (la sombra de ‘Los Goonies’ y de ‘Pesadilla en Elm Street’, homenaje incluido, es alargada) asoman sombras, oscuridad, abusos, hermanos muertos, desapariciones y marginaciones. En esas fronteras de luz y tormento es donde reside el atractivo de ‘It’, eso innombrable que apela a la extrañeza y lo diferente. Y es en ese agujero insondable donde el filme se muestra incapaz para adentrarse en lo inasible. Transcurre tan correcto como insípido, aunque con cierto encanto, cuando la modestia rodea la peripecia de una serie de criaturas, al borde de la adolescencia, empiezan a sentir la excitación juvenil al tiempo que se se desvelan sus primeros infartos emocionales y el descubrimiento de miedos compartidos o ese precipicio del hecho de ser diferente. Lejos de ‘Carrie’, más cerca de ‘Cuenta conmigo’, la película trata de moverse entre lo travieso y lo perturbador, lo iniciático y lo perverso. Cuando todo es intuición y subliminal ‘It’ gana en sutilidad pero el resto es una demostración de excesos y un exhibicionismo del terror explícito que carece de tacto y se vuelve burdo y deja vu. Hasta el punto que todo su tramo final, cuando el despliegue del horror pide ritmo y delicadeza, Muschietti transforma la cinta en un campo de batalla mainstream, en una barraca al estilo de las casas del terror que abunda en ferias y parques temáticos. De la expresión de inocencia y atrevimiento se pasa a un festival de obviedades de arrogancia industrial que ahoga todas las posibilidades de finura. Es indudable que se postula eficaz y taquillera, pero ‘eso’ no equivale a personalidad e intensidad. Salvo los inclinados a fobias, los espectadores sentirán que el globo, frío e hinchado por la banda sonora, se pincha con facilidad. Un susto de película.

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Eclipse adolescente
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Guillermo Balbona | 29-08-2017 | 8:43| 0

Verónica

Verónica 2017 105 min. España

Director: Paco Plaza. Guión: Plaza, Fernando Navarro.

Música: Chucky Namanera. Fotografía: Pablo Rosso.

Reparto: Sandra Escacena,  Bruna González,  Claudia Placer,  Iván Chavero,  Ana Torrent, Consuelo Trujillo.

Género: Terror | Salas: Cinesa y Peñacastillo

L a a desazón que provoca ‘Verónica’ surge en buena parte de ese inquietante discurrir entre su raíz real y su hipérbole fantástica. Pero al tiempo esa es su propia boca del lobo y su trampa. Paco Plaza oscila con ambigüedad y cierta indefinición entre un thriller metafórico que recrea un caso policíaco con connotaciones paranormales y el desembarco radical en el canon del género. Cuando el filme vuela como un verso libre, en especial en su arranque, la atmósfera sutil y la metáfora del miedo a crecer, la pesadilla adolescente y el simbólico eclipse de la sombra que se interpone en la trayectoria vital enuncian una película que luego sufre un apagón. Las concesiones a los estereotipos de género, entre subrayados musicales y efectistas sorpresas diluyen la personalidad de la apuesta. ‘Verónica’, rodada con contundencia y solidez, maneja con soltura a los niños que llevan el peso de este caso Warren español, de barrio madrileño, colegio de monjas, ouija y fascículos de  parapsicología. Es más una España heredera de Jiménez del Oso que de Cuarto milenio. Y es en ese contexto sociológico, metafórico e íntimo donde Verónica muestra más peso y claridad. El resto, pese a su eficacia y su consistencia, es un catálogo una veces riguroso, otras burdo, de los estándares del poltergeist hogareño, entre objetos que adquieren vida propia y visitas del más allá. Hay, en este sentido, personajes demasiado estereotipados como el de la monja que todo lo ve y figuras desaprovechadas, como la de la madre, que encarna Ana Torrent, que hubieran potenciado esa frontera entre lo doméstico y lo desconocido. El cineasta de ‘Romasanta’ y la saga ‘REC’, con banda sonora de Héroes del silencio,se sitúa no muy lejos de la reciente ‘Crudo’, una descarnada y explícita visión sobre el tránsito adolescente hacia lo adulto. Ese estado emocional –los simbolismos cinéfilos con la presencia de Torrent llevan al espectador hasta ‘Cría cuervos’ e incluso ‘El espíritu de la colmena’– es el territorio más atractivo pero menos explorado por ‘Verónica’. En cambio Paco Plaza se empeña en adentrarse, con influencias claras y honestas, en una pesadilla castiza de sobresaltos, entre James Wan y Chicho Ibáñez Serrador, que va minando la metáfora para terminar de encajar en los envases estereotipados del mainstream. Su particular expediente Vallecas contiene factores genuinos y un seductor campo minado para el escalofrío capaz de mostrarse en una barriada obrera exenta de coartadas fantásticas. Lástima que el Plaza poseído por los mandamientos del género, que tan bien sabe, acabe venciendo al Plaza más sutil que en muchos tramos de su propuesta había logrado forjar un imaginario habitado por sombras familiares, tan cercano como profundamente agitado.

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lisérgico juguete galáctico
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Guillermo Balbona | 29-08-2017 | 8:42| 0

Valerian y la ciudad de los mil planetas

2017 137 min. Francia.

Director: Luc Besson. Guión: Luc Besson.

Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Thierry Arbogast

Reparto: Dane DeHaan, Cara Delevingne,  Clive Owen,  Ethan Hawke,  Rihanna.

Género: Ciencia ficción. | Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

T odo es desbordante, barroco, desmesurado y grandilocuente en esta opereta espacial, tan juguetona siempre como delirante y excesiva a menudo. A Luc Besson no se le puede negar que no sea fiel a sí mismo. Desde su excelente ‘El profesional’ hasta ‘Lucy’, desde la vacua ‘El gran azul’ hasta ‘Arthur y Los minimoys’, su trayectoria de autor se asemeja a uno de esos directores de escena que procuran siempre que su detallito, su incursión y su exploración sean más grandes que el propio Wagner. Es indudable la intensidad visual y el desfile de atractivo pastiche neodigital que desprenden las más de dos horas de ‘Valerian y la ciudad los mil planetas’. Tras solapar varios preludios, homenaje incluido a Bowie, el último filme del también prolífico productor es un insaciable y colorista álbum de cromos, teñido de delirio y recargado por imaginarios reconocibles y apropiaciones lúdicas. Al margen de su origen en el cómic de la serie de Jean Claude Mezieres, este Besson abre su particular caja de Pandora para liberar referentes e ilustraciones propias y ajenas. Es como si una mañana el cineasta francés hubiese agitado ‘El quinto elemento’ y tras apelar a un estado alucinógeno hubiese dejado que la cámara volase libre y sin control. El fruto es un desequilibro inevitable y el filme combina y discurre entre la decepción y el hallazgo, el asombro puntual y la monotonía. Hay soluciones imaginativas, muchas, pero también grafitis digitales que sólo sirven para acumular sin carácter ni coherencia. ‘Valerian’ superpone planos y mundos visuales en una especie de ficción de multipantallas que, en ocasiones, parece olvidar la esencia del cine, su lenguaje y su metabolismo emocional. Todo es ilustración, pasaje de videojuego simpático y febril, pero la superficialidad, la evanescencia y la ligereza atraviesan el corazón de este mecanismo virtuoso y excéntrico sin que el pálpito del entretenimiento y el latido de lo trascendente lleguen a tocar a sus criaturas y muchos menos al espectador. A conmover tampoco ayuda la elección del reparto desigual y epatante con una pareja protagonista, Dane DeHaan y Cara Delevingne, con muy pocas luces, donde la afinidad resulta una droga muy cara. El viaje en apariencia alucinante que propone el cineasta de ‘Subway’ (quizás su mejor película) se queda en mera visita astral por la superficie de las cosas. Un combate entre ‘Guardianes de la galaxia’ y las raíces de ‘Star wars’ pero después de haber tomado burundanga y anfetaminas con leche y galletas. El ingenio es obvio, los excesos son marca de la casa. Los subrayados de ópera galáctica en la banda sonora sólo ayudan a hinchar el globo. Falta pasión y esa es la diferencia entre una supercomputadora propicia para parir incesantes imágenes por segundo y un poema vibrante y sutil que se clava en la glándula emocional. Un paisaje cósmico e interestelar que modela con plastilina digital el universo Lucas, el trazo de ‘Avatar’ y la trepanación lisérgica de un bebedizo torrencial de devociones y referentes

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Más altura que vértigo
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Guillermo Balbona | 21-08-2017 | 9:35| 0

La torre oscura

The Dark Tower.  2017. 95 min. Estados Unidos.

Director: Nikolaj Arcel.

Guión: Akiva Goldsman, Arcel, Anders Thomas Jensen.

Música: Junkie XL. Fotografía: Rasmus Videbæk.

Reparto: Idris Elba, Matthew McConaughey,  Tom Taylor,  Katheryn Winnick,  Abbey Lee, Jackie Earle Haley.

Género: Fantástico | Salas: Cinesa y Peñacastillo

La iniciación, la figura del padre, la existencia de planos y dimensiones diferentes y el eterno combate entre la fantasía y la realidad están presentes en esta desordenada, algo caótica, incursión en una saga literaria de Stephen King. El despliegue de mundos, espejos y reflejos de sueños dentro del sueño era lo suficientemente atractivo para crear un estado de júbilo y regocijo en la interminable batalla entre la luz y la oscuridad. Pero siguiendo la metáfora de esa torre que parece encargarse del equilibrio, el filme propone más altura que vértigo. Hay escaso riesgo y emoción en esta mirada de ‘historia interminable’, agitada como western con niño dentro, a lo ‘Raíces profundas’, que poco a poco se postula en clave mainstream como un artefacto de personajes muy planos y escenas de acción encadenadas por la monotonía y cierta desazón. Pese al excelente arranque, que no original, Nikolaj Arcel se ve incapaz de mantener el pulso y la aventura más pura, la que discurre en esa frontera inasible del sueño, se vuelve rutinaria y cansina. El cineasta de ‘La isla de las almas perdidas’ se queda en la superficie y no hay ni rastro de ese mundo retorcido y oscuro que deambula por las entrañas del maestro del terror. ‘Carrie’, ‘El resplandor’, ‘Cujo’, ‘Misery’… son algunas de las adaptaciones que han tenido desembarcos felices en pantalla (muy pronto recalará la sinuosa e inquietante pesadilla de ‘It’) pero ‘La torre oscura’, presunta saga con muchas entregas, no cuaja en este paso fundacional de las ingentes ocho novelas y miles de páginas a un supuesto esquematismo primario. La influencia de Tolkien es notoria y no debería estorbar. Pero Arcel carece de tono y los actores no ayudan demasiado a superar cierto aire de desgana y mirada televisiva. Solo el excelente Tom Taylor, que encarna la mirada del niño en su paso traumático hacia la adolescencia pone algo de verdad en esta piel tatuada por los tópicos. Una vez que el filme abandona esa parte de la criatura primaria y primitiva, y su elogio de la diferencia, la trama se torna insulsa y convencional, es decir, la antítesis de lo fantástico. No hay ni rastro de la supuesta mitología y el esquematismo moral en el duelo entre el bien y el mal, ese maniqueísmo sin hondura, asoma envuelto y transformado en una confusa y mediocre mezcla de géneros y situaciones que demuestran a cada paso que el director de ‘Un asunto real’ no sabe qué hacer con ella. El imaginario, limitado pese a su apariencia de desbordamiento, lo apocalíptico vestido de gesticulación anodina convierten a este niño y su vaquero- pistolero- salvador en una mediocre, escasamente ambiciosa y lánguida explosión de lugares comunes. Ni rastro de ese lado oscuro que nos hace mirar abajo y arriba en busca de nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo.

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De ogros, hadas y setas
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Guillermo Balbona | 21-08-2017 | 9:33| 0

La seducción

The Hum The Beguiled 2017 91 min.

Estados Unidos.

Directora: Sofia Coppola.

Guion: Sofia Coppola (Novela: Thomas Cullinan).

Música: Phoenix. Fotografía: Philippe Le Sourd.

Reparto: Colin Farrell, Nicole Kidman,  Kirsten Dunst,  Elle Fanning, Oona Laurence.

Género: Drama | Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es como una de esas bolas de cristal con paisajes ensoñadores dentro. Al agitarse o ponerse del revés reproducen el fenómeno de la nieve, o un efecto de luz o de colores, aunque todo permanezca inalterable. Sofia Coppola realiza una apuesta esteticista, a veces hermosa, otras vacía, casi siempre indefinida pero interesante. Su historia es rosa sureña, vaporosa, de atmósfera sutil e irreal, como tamizada por una gasa que protegiera la extrañeza. La cineasta de ‘Lost in traslation’ muta al seductor de Don Siegel y Clint Eastwood en ‘La seducción’. Es decir, convierte al macho y el punto de vista masculino en un estado de las cosas en femenino plural. Son sus particulares ‘vírgenes suicidas’ (su mejor película) sureñas, cuya tensión sexual y despertares viven su particular iniciación al recibir la inesperada llegada de un apuesto soldado yanqui a su particular ecosistema de disciplina y complicidad. Hay muchas películas en una y quizá sea este el lastre que arrastra un filme de excelentes interpretaciones, tan desmayado como denso. En ‘La seducción’ hay sombras de cuentos góticos, lecturas políticas, relatos de terror e incluso una mezcla de huella del mundo de Jane Austen escorado hacia el D H Lawrence de ‘El amante de Lady Chatterley’. Coppola, que rueda con delicado pulso, recrea sobre todo un hábitat de mujeres solas, acaso un simbólico bucle representativo de lo que ha sido la historia y, a su vez, narra un cuento con ogros dentro (también la guerra) hadas y setas. La manifestación del deseo enciende los límites, las transgresiones y las formas. Un baile de acción-represión, de territorios más acá o más allá de la verja que delimita el escenario del filme, hasta un hermoso e inquietante plano final. ‘La seducción’ es irregular pero supera el ejercicio de estilo y se tiende por la superficie de la pantalla como si su Maria Antonieta fuesen ahora muchas otras. La elegante morbosidad del filme, las interpretaciones de Nicole Kidman y Kirsten Dunst, especialmente, destacan en una obra, sin embargo, cruzada por una inclinación melancólica, meliflua y fría que domina y controla y, en ocasiones, apaga el volcán de las pasiones. La intensidad visual, la irónica y gaseosa envoltura estrangula en buena manera el epicentro pasional de este melodrama masticado por la intriga, entre los ecos bélicos que discurren a escasos metros de la trama y el estallido de los cuerpos. Estilizada y sobria, juega irónicamente con las imágenes de postal de atardeceres y amaneceres brumosos donde el reinado femenino se preserva de la violencia exterior y construye un círculo cerrado de tonos marfiles, habitaciones abiertas al deseo y detalles de libertad reprimida. Sofia Coppola firma un cuento hermoso pero los revoltosos instintos primarios, la lujuria y el desgarro demandaban más furia y fulgor. A cambio, tenemos destellos y una violencia desparramada y caprichosa como los copos de falsa nieve de las bolas de cristal.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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