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Autor: Guillermo Balbona
Sustos de repetición
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Guillermo Balbona | 12-03-2018 | 12:27| 0

Winchester: La casa que construyeron los espíritus
2018 99 min. Australia. Dirección: Michael y Peter Spierig. Guion: Spierig Brothers y Tom Vaughan.
Música: Peter Spierig. Fotografía: Ben Nott. Reparto: Helen Mirren, Jason Clarke,  Sarah Snook,  Angus Sampson,  Emily Wiseman, Laura Brent,  Tyler Coppin,  Dawayne Jordan.
Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Fantasmada con muchas puertas de guardar y pocas llamadas de atención. Lo mejor, que está Helen Mirren y eso espanta hasta el aburrimiento, aunque aquí no la han dejado mucho margen para que vuelta a conmovernos. Lo peor, ese estupidizante empeño en convertir el sublime género de terror, que forma parte de nuestro ADN humano, en un campo minado de sustos como si cada entrega fuese una visita guiada a Hacienda. El punto de partida de ‘Winchester’ –esa casa en permanente construcción para ahuyentar y limitar el acceso de los espíritus (muchos lo practicarían con gusto con algunos parientes e invitados inesperados) prometía momentos de ilusión. Pero los hermanos Spiering, autores de tan delicados productos de serie como la octava entrega de ‘Saw’, deciden tras un arranque expectante convertir el relato de tintes victorianos y góticos en un mero documento notarial. Sustos en serie de repetición como el rifle que da nombre al filme; reiteraciones en la puesta en escena y escasa capacidad para generar una atmósfera en una casa con más de 160 habitaciones a la que los directores tratan como si rodaran en un único salón. El laberinto, la amenaza, la claustrofobia, la leyenda, la posesión, el espiritismo como lenguaje se pasean por la casa sin que la película logre administrar ese temor a lo desconocido que discurre invisible pero cargado de texturas sutiles. Los itinerarios intrincados posibles entre habitaciones y dimensiones son tratados como si fuese un folleto de venta de una inmobiliaria. Todo el sentido, los recursos y el dominio del espacio que la historia demandaba son despachados con decisiones funcionariales. Enmarcada en el subgénero de casas encantadas, la cinta no obstante pudiera haberse adscrito con personalidad visual a ese álbum de la arquitectura del terror donde habitan la poética de la memoria de Manderley, la descomposición moral de Usher, el Overlook de ‘El resplandor’, o incluso la mera mención del motel de ‘Psicosis’. Pero Winchester, que solo aterra su epígrafe añadido, ‘la casa que construyeron los espíritus’, nunca exprime la identidad de aquella construcción de 1884 que la viuda del empresario de las armas William Wirt Winchester, ordenó construir  en un continuo proceso de crecimiento. Lo orgánico, los espacios como personajes, el juego de estancias, la circulación de la atmósfera mórbida y corrupta del pasado, la gramática de los no muertos apenas merecen una simple mención de guion. Mirren encorsetada por una pobre dirección hubiera sido nuestra médium letal. Aquí es una anfitriona más de ese cine de manual que visualiza con caligrafía burócrata las voces inquietantes que acechan en las sombras. Uno de esos hotel asépticos donde sólo asusta el precio.

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Colocón Disney
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Guillermo Balbona | 12-03-2018 | 12:26| 0

Un pliegue en el tiempo
A Wrinkle in Time 2018 109 min. EE UU. Dirección: Ava DuVernay.
Guion: Jennifer Lee (Novela: Madeleine L’Engle). Música: Ramin Djawadi.
Fotografía: Tobias A. Schliessler. Reparto: Oprah Winfrey,  Reese Witherspoon,  Mindy Kaling,  Storm Reid,  Zach Galifianakis, Chris Pine,  Gugu Mbatha-Raw,  André Holland,  Levi Miller,  Bellamy Young, Rowan Blanchard,  Will McCormack,  Michael Peña,  Daniel MacPherson.
Género. Fantástico.Salas: Cinesa y Peñacastillo.

El desbordamiento de sus imágenes es desmentido por la vulgaridad de su guion. Este artefacto Disney que podría haber firmado Christopher Nolan en la cuna, es un híbrido de cuento de hadas, videoclip lisérgico y chute de bondades y abrazos. Su innegable despliegue, que no pliegue, de iconografía de salón visual, como una feria de las vanidades desmesurada, entre egos, espejos y colores, carece de sustento sólido y de un fundamento narrativo atractivo. En otro contexto de proyección perfectamente pasaría por ser el documento de presentación de una secta con sus mensajes subliminales de captación y sus seductoras promesas trascendentales. ‘Un pliegue en el tiempo’ es como una dosis de sueño enfebrecido, catálogo de una inmobiliaria celestial y sueño compartido por un matemático y un astrónomo tras una noche de farra. Este resacón entre las galaxias ilustra pero no mancha y se postula como un escaparate de señales y voces en una viaje astral de tarifa plana. Av DuVernay, actriz, productora y cineasta, galardonada en Sundance y primera directora afroamericana en ser nominada al Oscar a la mejor dirección por ‘Selma’, ni agita ni emociona. Es loable que su onírico cóctel de polvo de estrellas parta de la marginación (los niños diferentes a los que nadie quiere) y de una constante apelación a la imaginación, pero sus elecciones y decisiones otorgan una textura que deja en mesurada a ‘Más allá de los sueños’ de Robin Williams, y se encharca en sus excesos de postales pop. Las tres hadas de la historia, por ejemplo, parecen las animadoras de un club de fans, y los tempos de la dramatización están llenos de agujeros negros. La exploración de lo fantástico carece de emoción y todo parece deambular más como ilustración que como experiencia. El centrifugado de trayectos de fantasía entre dimensiones solapadas y formas visuales, supuestamente insólitas, está arropado por una permanente y molesta orquestación que tan pronto subraya innecesariamente las situaciones como convierte un giro argumental en la promoción de un nuevo lanzamiento musical. La adaptación de la novela de Madeleine L’Engle no tiene alma y parece el encargo de una corporación para presentar su catálogo de novedades de temporada. Aplazada la capacidad de asombrar, la directora tira de oficio y convierte un relato a priori atractivo en una fiesta familiar que rebosa fuegos de artificio y una sobredosis cromática que sólo sirve de envolvente para cubrir las apariencias. Entre tanto iconos al final el único entretenimiento es imaginar a la gran Oprah Winfrey descendiendo –como el ser celestial que encarna aquí– sobre el tejado de la Casa Blanca en una fantasía de justicia poética democrática que, esta sí, apele al espíritu de la aventura.

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VERDÚ CONTRA TODO
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Guillermo Balbona | 07-03-2018 | 9:14| 0

Sin rodeos 
2018 España. Dirección: Santiago Segura.
Guion: Marta González de Vega, Benigno López, Segura.
Música. Roque Baños, Tessy Díez.Fotografía: Kiko de la Rica.
Reparto: Maribel Verdú,  Candela Peña,  Diego Martín,  Rafael Spregelburd,  Cristina Pedroche, Santiago Segura, Cristina Castaño,  Bárbara Santa-Cruz,  David Guapo.
Género. Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Precisamente  son los rodeos, los círculos desconcentrados y periféricos, los que diluyen esta comedia de trasfondo amargo, sus intenciones y disparos. Salvo un momento central en el que el personaje interpretado a la perfección –como casi siempre– por Maribel Verdú, toma las riendas, el resto es humo, en ocasiones patetismo, cuando no un deslavazado conjunto vacío de supuestas divertidas escenas en torno al personaje que pasa de víctima inconsciente a zarandear a su entorno. Santiago Segura, que abandona su Torrente y también sus torrenciales desbordamientos de discutible comicidad, firma una comedia que de no haberse distraído con cameos, banalidades y guiños televisivos hubiese sido un revolcón de neorrealismo negro, muy negro, con la mujer como pulso y epicentro. Pero el retrato de la mujer madura que muta su crisis por un bofetón a los tópicos y estereotipos, está subordinado a chanzas jocosamente desperdigadas, algunas interpretaciones lamentables y persones sobrantes. Al igual que el Alex de la Iglesia de ‘Perfectos desconocidos’, Segura lleva a su terreno, a modo de remake entusiasta, una cinta ajena a la filmografía española, en este caso la producción chilena ‘Sin filtro’. La acidez, el bocado de realidad que se zampa el personaje de Maribel Verdú resulta aplacado por una bobería que se esparce como un virus por una cinta que pierde su rumbo y que, no obstante, esconde la patita de muchas cosas que se intuyen muy personales: el tratamiento de los personajes, el aire de vitalidad que se desprende de algunas escenas y ese soltarse la melena que acompaña a los títulos de crédito, cuando ya no hay remedio. Falta mordiente en los diálogos y la presencia de rostros populares, mediáticos o más bien catódicos provoca chirridos en un engranaje que merecía ser engrasado por el ingenio de Segura, sin descuidar la potencia de su personaje, en lugar de irse por las ramas. Con un arranque pésimo y una estructura que parece presentar dos películas en una, ‘Sin rodeos’ apunta esa disección satírica sociológica en direcciones como la dependencia a la nueva tecnología, internet, las redes sociales y los liderazgos construidos entre los likes, Facebook, ‘influencers’ e Instagram; y del otro lado, los golpes que se lleva la mujer, su condición e identidad, por todo tipo de abusos. Pero Segura no profundiza y se queda en la superficie de una comedia resbaladiza en la que Verdú combate a todo y a todos, especialmente a las trabas  que su director pone a su propia película.

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De hielo y fuego
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Guillermo Balbona | 07-03-2018 | 9:11| 0

Gorrión rojo
Red Sparrow 2018 139 min. EE UU.
Dirección: Francis Lawrence. Guion: Justin Haythe.
Música: James Newton Howard. Fotografía: Jo Willems.
Reparto: Jennifer Lawrence,  Joel Edgerton, Jeremy Irons, Charlotte Rampling, Mary-Louise Parker, 
Género: Thriller | Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Su atractivo reside en el desconcierto. Y eso dicho de un filme adscrito en apariencia al género del espionaje, a los rescoldos de la Guerra Fría y al thriller psicológico es un elogio. Más sórdido, mental y extraño que la media, sacrifica la acción directa por un halo de frialdad de fuego donde brilla la empatía director- actriz y resalta la crudeza, el protagonismo del sexo y cierto retorcimiento en el lenguaje del cuerpo como expresión de seducción, engaño y supervivencia incluso. Cercana a películas como ‘El topo’ y  ‘Topaz’, por poner dos extremos, ‘Gorrión rojo’ sortea las estancias comunes del género y aunque la trama mantiene las coordenadas al uso, por ejemplo, de un relato de John Le Carré, desprende un aliento diferente entre el magnetismo y la repulsión con ese juego permanente de frío y caliente, de heladora calentura, de ardiente y níveo paisaje interior. Sin artificios ni esas concesiones habituales al amarillismo y la imagen impactante, con una cadencia y sobriedad singulares, Francis Lawrence va sembrando el campo minado de la joven bailarina de giros, agitaciones y convulsiones sutiles, nunca estridentes, en cuyos resquicios y fronteras entre personajes y situaciones va deslizándose esa otra película inesperada que tiende a la perturbación y la oscuridad. El cineasta de la  excesiva ‘Constantine’, pero también de la melosa pero atractiva postal ‘Agua para elefantes’ y, por supuesto, de la saga de ‘Los juegos del hambre’, se revela coherente, eficaz, preciso en el retrato en femenino singular de un víctima del sistema, que se mueve entre la disciplina, la venganza y el instinto. Desde el potente montaje paralelo inicial que funde escenario y escena, suspense y trama, realidad y metaficción, hasta el desgarro y la dureza de algunos pasajes ligados a la rotura física y moral (los que se desarrollan en la residencia de adiestramiento parecen una pincelada naif del Pasolini de ‘’Saló o los 120 días de Sodoma’), certifican que al filme le interesa más el perfil, las entrañas y la transformación interior de su criatura que la enredadera de traiciones, topos, agentes dobles y adeptos a unas causas u otras, casi ninguna noble. La integridad y la supervivencia son los ejes que tiran de una cuerda floja por donde discurren las tribulaciones de esta Nikita cerebral dispuesta a dinamitar las convenciones. Querencias y sangre, sexo y libertad, hasta la propia historia de amor que asoma inevitable no parece tal. En el interior de ese hielo ardiente late un pulso hiriente sobre el destino, la muerte y lo perverso. Un filme arriesgado y notable al que le sobra metraje (y doblaje, claro) y al que quizás le falta una de esas direcciones más enérgicas. Gran parte de su delicado enjambre donde zumba esa otra película de armas tomar y desde Rusia con horror, reside en el excelente trabajo de Jennifer Lawrence. Descarada y astuta, película y personaje y, por ende, actriz, construyen un juguete absorbente que restriega los pliegues humanos bajo la piel de lo aparente

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La intrahistoria de los afectos
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Guillermo Balbona | 28-02-2018 | 11:59| 0

Lady Bird
2017 94 min. EE UU. Dirección y guion: Greta Gerwig. 
Música: Jon Brion.  Fotografía: Sam Levy.
Reparto: Saoirse Ronan,  Laurie Metcalf,  Lucas Hedges,  John Karna,  Beanie Feldstein, Tracy Letts,  Timothée Chalamet,  Danielle Macdonald,  Bayne Gibby,  Victor Wolf.
Género: Comedia dramática. | Salas: Cinesa y Peñacastillo

 Desprende el encanto de las obras perfumadas con un gesto ácrata y libertador. Es un retrato en femenino singular transformado en mirada vital plural. ‘Lady Bird’ derrama lucidez y acidez a partes iguales y traza una película de apariencias desbordada por sus profundidades. En la superficie es el perfil de una joven que parece a veces demasiado adolescente y otras excesivamente adulta. En lo hondo, un apasionado arrebato de rebeldía e inconformismo, ambos estados y parámetros siempre en busca de lo emocional que, sin embargo, parece discurrir invisible aunque siempre acaba por mostrar sus heridas, cicatrices, desgarros. ‘Lady Bird’ es Saoirse Ronan y con unos cuantos fotogramas y escasos minuto de metraje uno se cerciora de que no podía ser ninguna otra actriz. Hay en su figura, en su manera de desenvolverse algo que va más allá del personaje. Y ello permite crear una atmósfera y un ecosistema propios. Es curioso porque buena parte de las películas de la nueva temporada comparten un juego especial entre el deseo y la realidad como si discurrieran bajo un cielo protector elaborado con materia fina y delicada pero tremendamente resistente. Greta Gerwig, casi debutante, traza una película con escasos medios, tan luminosa, original y singular que causa sorpresa y exige deslumbramiento. A diferencia de buena parte del cine americano del presente, ‘Lady Bird’ trata al espectador pero también a sus propias criaturas con respeto y el filme transparenta inteligencia y una energía especial. Sus distancias, apropiadas y bien medidas, resultan de la ironía y el juego permanente, entre el retazo personal y el sentido común, entre el elogio de la diferencia y la colectividad. Como historia de iniciación se revela extraña, diferente, sutil, fría pero cómplice, como dotada de un tono entrañable, un apasionamiento que nunca desciende a la afectación ni al artificio. Greta Gerwig demuestra que como cineasta posee materia prima a raudales y su dirección de actores es magnífica. Retrato desmayado, contenido y sobrio pero a su vez divertido, existencial y melancólico. Con un arranque deliciosamente prometedor, distinta y muy personal, la cinta es una comedia habitada por muchos agujeros y carencias que persigue la intrahistoria de los afectos. Su atrevimiento, en los  diálogos, por ejemplo, genera siempre un contraste de comicidad y dramatismo con textura mas convencional. Las relaciones de amistad, y, en especial, el vínculo con la madre depara momentos de extrañeza y encanto. Autobiográfica, sin amaneramientos, delicada y muy segura de sí misma, es una obra sobre las identidades, propias y ajenas, dotada de una respiración única y que siempre antepone la sencillez como estilo y declaración de principios.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.