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Autor: Guillermo Balbona
A mucho viento, poca vela
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Guillermo Balbona | 29-05-2017 | 8:36| 0

Piratas del caribe: la venganza de salazar

EE UU. 2017.  129 min (12). Terror.

Director: Joachim Rønning, Espen Sandberg.

Intérpretes: Johnny Depp,  Javier Bardem,  Orlando Bloom y Geoffrey Rush.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Al abordaje de la taquilla estos piratas entrenan en el spa digital entre olas artificiales y gestos sumergidos al vacío. Hace mucho tiempo que lo que era franquicia estirada se ha convertido en una travesía reiterativa, sin rumbo e incluso varada en los estereotipos y personajes anclados en su falso tatuaje narrativo. A mucho viento, poca vela. Piratas del Caribe sigue teniendo más del parque temático que la inspiró, que de cuento de corsarios, rebeldes del mar y ácratas ondeando la bandera de los horizontes personales. Aquí el botín codiciado se reparte en muchas salas y el espíritu de la aventura es sacrificado por mor de una infantilización de barraca, videojuego y artefacto de feria al que solo le falta la manida y malentendida excusa de la interacción. En ‘La venganza de Salazar’, estos Piratas del Caribe, que nacieron al mar abierto de la industria sin un claro mapa del tesoro, son ahora los hacedores de la marca. Desde la reiteración y lo cansino,  la nueva entrega derrama la estela de la aventura, cada vez más escasa, y se ampara en la tempestad del fantástico con Johnny Depp como comediante y maestro de ceremonias que hace tiempo que protagoniza su propia película y, quién sabe, franquicia. No estaría mal que algunos de los responsables de esta navegación temática tomaran el timón y se dirigieran a ese territorio donde atracan ‘El temible burlón’ y ‘El capitán Blood’. A falta de un verdadero halcón del mar, la saga se sostiene en las caprichosas veleidades de Depp, y fija su catalejo en un imposible equilibrio entre lo infantil y lo oscuro como si Batman y Harry Potter hubiesen prestado sus cofres particulares para alumbrar nuevos tesoros. Salazar no suelta las amarras suficientes con el pasado, de modo que el filme navega de forma forzada y Jack Sparrow parece el cantante estelar de un karaoke virtual. Repetitiva y agotadora –da la sensación de que el personaje de Bardem debería tener más vuelo en su encarnación de espada de los mares– la trama despliega las velas familiares y entrecruza subtramas de padres e hijos en busca de sus raíces. Entre fantasmas, el filme deambula haciendo guiños a la copia y deteniéndose en determinadas atracciones pasajeras. Los cineastas Joachim Rønning y Espen Sandberg, responsables de ‘Bandidas’, carecen de personalidad y se ponen al servicio de un epílogo muy épico, de fanfarria, que parece desmentir la oscuridad y que sirve para alumbrar una sexta entrega. Salazar y Barbosa podrían competir este verano en la Concha. El ejercicio de la desmesura, el exceso, la combinación fallida del gag visual con el efecto especial y la oscuridad barroca son una constante maldición. El espectador parece tan atrapado en la montaña rusa como la perla negra en su botella. Hay acumulación, que no emoción. A la espera, eso sí, de otra ciaboga en la siguiente atracción.

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Hipnótica y descarnada
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Guillermo Balbona | 22-05-2017 | 9:25| 0

Lady Macbeth

Reino Unido. 2017. 89 min Drama.

Director: William Oldroyd.

Guión: Alice Birch (Novela: Nikolai Leskov).

Música: Dan Jones. Fotografía: Ari Wegner.

Intérpretes: Florence Pugh,  Christopher Fairbank,  Cosmo Jarvis.

Salas: Groucho

Nada es lo que parece. No sirve la asociación fácil del título con Shakespeare, pues en este caso es una traslación de la novela del ruso Nikolai Leskov. Incluso estamos ante una ópera prima de un director teatral que muestra tal madurez que uno llega a pensar que ha estado haciendo cine toda su vida. Además, debuta una actriz que destila textura y pasión, complicidad y una ligazón total con la cámara, como si tuviese un invisible cordón umbilical con la imagen que se desea transmitir en cada momento. ‘Lady Macbeth’ es una composición pictórica del XIX pero moderna; una mirada costumbrista anclada en el pasado pero desbordante de actualidad; un ejercicio de estilo intachable, frío y elegante, aunque hipnótico como uno de esos cuadros de Turner que invitan a un viaje incierto. La singularidad de este retrato en femenino singular, de rebeldía y crueldad, radica en su mirada transgresora, en su reflexión abierta sobre el sexismo. William Oldroyd convierte una tragedia victoriana de sangre, sexo, racismo, dominación, humillación, moral, educación… en un fresco descarnado sobre fuerzas emocionales ocultas que asoman entre los pliegues de lo racial y el género. Formalistas, depuradas, despojadas, las imágenes de ‘Lady Macbeth’ revelan estancias vacías, gabinetes silenciosos, ventanas y puertas que ni están abiertas ni cerradas del todo. Hay una atmósfera gótica que atraviesa todo el filme, entre lo enfermizo y el humor contenido. Las miradas sostenidas de Florence Pugh, su presencia muchas veces como epicentro de elipsis y composiciones equilibradas en las que no parece suceder nada, constituyen una auténtica revelación. Matrimonio, adulterio, pasión, muerte… tras esa fachada convencional se agita un perfil de orgullo y convulsión, de prejuicios y melodrama. Su frialdad y distancia no hacen sino disfrazar un clima inquietante que preside cada misteriosa conducta, cada gesto poderoso por invisible, cada austera y honda inmersión en lo oscuro. Lo opresivo, la moralidad, el fatalismo y lo cruel, la libertad y lo libertino, la maldad y el vértigo existencial asoman, se intuyen, discurren en este cuadro de lo patriarcal, el feminismo y la ironía. La mujer muta la claustrofobia en desafío, lo decorativo en unas acciones que reafirman su presencia. Tras los planos generales y una cámara que parece poseída por rituales compositivos, se intuye una tormenta. Oldroyd mete a su antiheroína en una sala de operaciones. Su disección resulta tan atractiva como silenciosamente brutal. Las hermosas simetrías esconden esa frágil frontera entre la privacidad y la convención, entre la luz y la oscuridad, entre la vida y la muerte.

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Negro sobre blanco
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Guillermo Balbona | 22-05-2017 | 9:23| 0

Déjame salir

EE UU. 2017.  103 min (16). Terror.

Director: Jordan Peele.

Intérpretes: Daniel Kaluuya,  Bradley Whitford,  Allison Williams y  Catherine Keener.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

Es juguetona, lúdica y lúcida, inquietante y agitadora, más que provocadora. Otra ópera prima en cartelera que destaca por su madura mirada. Su encanto reside en querer ser ella misma al pasar por las fidelidades de género, volverse militante, escapar de los estereotipos y poner al terror y lo misterioso al servicio de la crítica social. El nuevo racismo, quizás el de siempre, lo racial, la superioridad, la dominación conforman la entraña de esta píldora ácida que a través de una pareja (ella blanca y él negro) crea un microcosmos de desazón e inquietud. El filme de Jordan Peele que empieza, ya se ha dicho con reiteración en las promociones, haciendo un guiño a ‘Adivina quién viene esta noche’, no se limita a jugar con los géneros y a establecer una inmersión metafórica del racismo latente en la sociedad estadounidense, sino que cuida las composiciones, los movimientos de cámara desde el plano secuencia inicial, los primeros planos, las interpretaciones y texturas de este incidente de joven negro en apuros que a veces tiene un aire a las parábolas estremecedoras de M. Night Shyamalan.  Otra dosis de personalidad y eficacia queda refleja en el inteligente uso del humor (negro, por supuesto) que impregna un trayecto corrosivo, obsesivo y de nuevo juguetón que permite la parodia, evita relajarse y lo convierte en un acicate para molestar. En esta mezcla sutil de factores humanos, entre el instinto, la memoria y la supervivencia, ‘Déjame salir’ instala un artefacto familiar, de apariencias, como si la historia fuese uno de esos trillados escenarios donde jóvenes bobalicones se adentran en el ojo del huracán. A través de la destreza y coherencia del cineasta las anécdotas y perfiles de los personajes, el clima ascendente y la mirada logran tanto aterrar como divertir, sin abandonar nunca una burbuja política que como una pompa de jabón pulula entre los personajes y las situaciones. La hipnosis como simbolismo del discurso, la familia como núcleo protector que concita los legados racistas, lo surreal e incomprensible, todo ello bien canalizado por un puñado de intérpretes a los que se les nota muy libres, potencian la atmósfera singular y la eficacia de la apuesta. Cáustica y sibilina, su retrato aparentemente leve de la sociedad norteamericana actual es incisivo y no es nada artificial ver numerosas señales de la inefable era Trump en las entrañas de esta historia rica en matices. Jordan Peele, un comediante televisivo, firma una simbólica y venenosa metáfora con gestos y aire de ‘La semilla del diablo’ y de ‘La invasión de los ultracuerpos’. Un divertimento astuto que mete el dedo blanco en el agujero negro sobre la colisión de razas, lo políticamente correcto y la integración racial para mostrar que no hay nada que cause mayor pánico que la hipocresía y el ataque a la diferencia, al diferente, al otro en definitiva.

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Una wagneriana rebelión
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Guillermo Balbona | 15-05-2017 | 8:59| 0

Alien: covenant

EE UU. 2017.  123 min (12). Ciencia Ficción.

Director: Ridley Scott.

Intérpretes: Katherine Waterston, Michael Fassbender y Demián Bichir.

Cinesa y Peñacastillo

Es un ‘Alien’ operístico, grandilocuente, manierista, que curiosamente se muestra más atractivo en el exceso. Tiene más de inteligencia artificial, de HAL, el ordenador de ‘2001’, que del ‘octavo pasajero’. Más de apocalíptico que de integrado. ‘Covenant’ es el nuevo metro-bus de este viaje interestelar que nació en una monstruosa figura, en una de las grandes y más intensas creaciones del terror moderno, y concluye de momento en un wagneriano desfile de mutantes, tan viscoso y sangriento como estilizado. Se diría que Ridley Scott, además de practicar el onanismo cinematográfico en un intento de volver a mostrarse estéticamente a sí mismo, ha buscado en este regreso con más polizones que pasajeros, un producto que  busca contentar a todos: puristas, advenedizos, exigentes y fieles. Y en gran parte lo consigue. Aunque es cierto que el equilibrio en la desmesura, que las imágenes opuestas entre el intimismo y lo grandilocuente no siempre funcionan, ‘Alien Covenant’ es un ejercicio visual impecable, elegante, deslumbrante en muchas ocasiones (caso de ese poderoso combate sobre la cubierta  de la nave entre la nueva Ripley y el viscoso e inteligente alien). Y luego el director de ‘Thelma y Louise’ saca su vena de artesano para construir y avanzar sobre la eficacia de una historia habitada por una Pompeya apocalíptica, por mensajes de dioses y monstruos, y una constante invitación a rebelarse. Desde la nitidez expresiva a la conjunción de factores que marcan esta aventura casi existencial, todo en ‘Covenant’ revela al parásito creador que el cineasta lleva dentro. Unas veces aflora con forma de apasionada serie B y en otras como una estilizada manifiestación de franquicia. Todo en esta vuelta de tuerca fundacional, con ‘Prometheus’ al fondo, es dual, doble, géminis, de tal modo que el espectador se mueve entre paralelismos y duelos (de pareja, de poder, de recuerdos, de semejanzas, de complicidades…). Lo sofisticado y lo pulp conviven y dialogan como un fructífero espejo donde vemos el reflejo de esa obra maestra que es el octavo pasajero, y recogemos los fragmentos icónicos del crecimiento de esta pseudosaga. El diseño de los escenarios, abiertos o angostos,  como es norma en el director de ‘Los duelistas’, son impresionantes: desde esa isla apocalíptica e imperial  en medio del espacio a los pasillos de la nave que han generado una de las zonas de terror más icónicas de la historia del cine. Scott reinventa ‘Alien’ para que todo siga igual. Se mimetiza en sus raíces, recoge restos de quienes se atrevieron con las secuelas y exprime toda la parafernalia alien hasta generar un campo minado por la pesadilla, las sombras, el horror, el vértigo de la ciencia ficción, lo inalcanzable y todo ello envuelto en una partitura visual interminable entre citas y nombres. Ahora todo es menos sucio. Lo aséptico y digital, lo inteligente artificial toma el mando. Pero Scott como un compositor, un fantasma de la ópera, interpreta la tensión y protagoniza un recital de nervio desbordante  aunque disfrace todo de un enredo científico, ético y reflexivo. En un estado intermedio, ‘Covenant’ lanza guiños androides, sueña con aliens eléctricos, y respira fuera de la nave con idéntica destreza pero a distancia del espíritu original. La fisicidad total del horror invisible o esa sombra viscosa sobre la espalda…Uno echa de menos Nostromo quizás porque como decía Byron «el objeto de nuestra existencia está en las sensaciones».

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A falta de cuadratura
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Guillermo Balbona | 15-05-2017 | 8:56| 0

El círculo

EE UU. 2017. 110 m. (7). Ciencia Ficción.

Director: James Ponsoldt.

Música: Danny Elfman.

Fotografía: Matthew Libatique.

Intérpretes: Emma Watson, Tom Hanks,  John Boyega,  Karen Gillan y Bill Paxton.

Cinesa y Peñacastillo

Drones son amores. Visionar ‘El círculo’ en la semana que ha acontecido el ciberataque es como echar una siestecita después de hibernar. Parábola distópica, pero con connotaciones que no suenan nada lejanas, esta cinta retrata un bucle de red de redes, a modo de padre mayúsculo y mayestático del ‘gran hermano’. El punto de partida del filme de James Ponsoldt es atractivo: la conversión progresiva de la gran Red en una secta global donde la intimidad, la privacidad, los secretos, los pequeños gabinetes personales están amenazados o dejan de existir. Vaya, nada que no esté pasando a pequeña escala o que no imaginemos en cualquier pesadilla de andar por casa. Pero al director de ‘Tocando fondo’ este rizo cibernético, de multicámaras y multiplicación de ojos le supera. Su punto de vista ni acompaña en intensidad y pulso a la hipérbole globalizadora que retrata, ni logra transmitir ese estado creciente de amenaza que se cuela entre los entresijos del sistema. En ‘El círculo’, a falta de cuadratura en la dirección, solo hay una luz que alumbre posibilidades de vida a la historia: la actriz Emma Watson. Mientras la película discurre fría y online, entre diálogos sonrojantes y actuaciones chirriantes, ella es la verdadera voz global que da algo de sentido a esta distopía ilustrativa sobre la conversión de internet en un monstruo digital que promete ‘un mundo feliz’. Es tan burdo e irritante su discurso que acaba por mutar la posible advertencia o denuncia inicial en un sermón reaccionario. La serie ‘Black Mirror’ podría dar muchas lecciones a esta inmersión en lo oscuro sin tensión ni suspense. El  filme se mira en pantalla su ombligo mientras se va diluyendo su carga política, su trasfondo de control terrorífico. Para presentar a las redes sociales como un campo minado y organizado para atrapar cualquier forma de libre albedrío hace falta mucho más que enunciar una declaración, con mucha verborrea, eso sí, de ciencia ficción comprometida. Peter Weir ya consiguió con talento y lucidez firmar en ‘El show de Truman’ –ya han pasado veinte años- un retrato social donde la tecnología es dios. A ‘El círculo’ le falta atrevimiento, osadía y cuando da un paso decidido parece algo viejuno y superado. Los ojos de la actriz soportan el peso como si ella fuese la madre de todas las cámaras, y Tom Hanks al fondo se prodiga poco en pantalla, algo de lo que también se resiente la ficción. El combate vivo de transparencia u opacidad es el verdadero tour de force político y discursivo que subyace en esta apuesta tímida que nunca baja al barro a foguearse con los miedos sociales y los límites. El Estado usurpado por una empresa, más que a amenaza, suena ya a realidad consumada, y el filme deja desmayada toda la carga de denuncia de la novela de Dave Eggers (pese a que participa en la adaptación) sobre la comunidad virtual engarzada y sometida a un nuevo totalitarismo. Como thriller no funciona y como espejo futurista de una sociedad conspiranoica se queda tan corta que al final parece un comercial de drones.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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