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Autor: Guillermo Balbona
Pandilla detritus, película fundida
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Guillermo Balbona | 08-08-2016 | 9:01| 0

Escuadrón suicida

EE UU. 2016. 130 m. (12). Acción.

Director: David Ayer.

Intérpretes: Will Smith, Jared Leto, Margot Robbie, Jai Courtney, Joel Kinnaman, Viola Davis.

Cinesa y Peñacastillo

Sí Will Smith hace de malo, muy malo. Y Margot Robbie, rubia de moda, demuestra que puede ser una de las actrices de los próximos años, maleable y práctica. Pero ‘Escuadrón suicida’ es plana, ruidosa, afectada y pretenciosa. David Ayer ha vuelto a las calles. Tras ‘Corazones de acero’, una visión bélica con la lección muy aprendida pero también sobrevalorada, el cineasta regresa al combate urbano, callejero que frecuentó en ‘Sin tregua’, aquí con la coartada del thriller fantástico y el cómic de John Ostrander, en una especie de distopía política que mezcla villanos que podían trabajar en ‘Cuarto milenio’, con misiones ultrasecretas y gobiernos sin escrúpulos, o sea como casi todos. La materia prima no es nada desdeñable pero decepciona porque Ayer insustancial y ruidoso, desaprovecha cualquier camino tras un aceptable arranque al presentar la singularidad de cada personaje. Casi todo es postureo en este filme de poses, estereotipado, que combina la ultraviolencia con un tono fantástico festivalero, visualmente manido y con escasa consistencia. Dispersa y tendente al gesto fácil y directo, ‘Escuadrón suicida’ precisamente carece de aliento cuando el trasfondo anárquico de la historia pedía a gritos un soplo fresco de contundencia y personalidad narrativas. Casi todo parece impostado en esta reunión de antihéroes dispuestos a salvar el mundo haciendo un paréntesis en sus estancias carcelarias. Superficial, catalogando los tópicos, usando y manipulando temas musicales como pequeños clips que juegan con la obviedad emocional y la superposición de flashbacks, invita al desencanto, por no citar los diálogos inanes, mal encajados y absurdos de muchas de las situaciones. Aquí todo pretende ser superlativo, desde la maldad a la bofetada, desde el maquillaje y la capa de vulgaridad revestida de profundo mensaje, a la acción y la violencia que pretende tapar con efecto explosivo la falta de coherencia de un argumento más concebido con guiños y complicidades, desde Batman a Gotham City, que a dotar de cordura las idas y venidas de sus personajes. Hay mucha confusión en este batiburrillo feísta y reiterativo. Un baile de máscaras de superhéroes cansinos, muy de diseño y prefabricados, que danzan sin ton ni son. David Ayer se muestra pasivo y rutinario, como si hubiese topado con un álbum de clichés arrugados a lo que hace desfilar. Por si fuera poco tampoco asoma el recurso del humor como un flotador necesario. El toque de redención que atraviesa al personaje de Smith solo es una prueba más de la impotencia de un filme que deambula con su fauna como equipaje en un arca fantástica en busca de un mar de transgresión que aquí es pura olita. Ni subversiva ni anormal.El poder, el del sistema y el de los blockbuster reinventados, dispuestos a convertirse en nuevas franquicias, sigue intacto.

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¿Quién vigila al vigilante?
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Guillermo Balbona | 04-08-2016 | 8:52| 0

Jason Bourne

EE UU. 2016. 123 m.  ‘Thriller’.

Director: Paul Greengrass.

Intérpretes: Matt Damon, Alicia Vikander, Julia Stiles, Tommy Lee Jones, Vincent Cassel.|

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Ni las escenas inmersas en las calles de una Atenas (recreada en Tenerife) sumida en el caos, en un acto reflejo de pura actualidad convulsa. Ni la reflexión sobre la privacidad y la amenaza global de las redes sociales como abono agresivo para control masivo por parte de determinados poderes. Ni tampoco la ecuación lógica pero aquí inofensiva entre seguridad y libertad. Nada de lo política y discursivamente aparente logran dotar de sustancia a ‘Jason Bourne’. El filme es puro catálogo de acción química. Un patrón de cine de armar, montar y desmontar, ikea de acción y persecuciones, de viajes, idas y venidas, para un personaje acartonado que parece varado en su propia falta de vida. A falta de pan buenas son tortas. Y aquí todo se suple con peleas muy físicas y sonoras, asesinatos, francotiradores obsesivos, muertes y más muertes, mientras a Paul Greengrass se le va la fuerza por la boca de la cámara sin que veamos un asidero de personalidad visual al que aferrarse. La zona oscura del personaje, tras casi una década, una trilogía y un spin off, se ha vuelto sencillamente zona cero. El personaje que apenas habla durante el filme se ha transformado en un juguete roto que el cineasta de ‘Domingo sangriento’ maneja a su antojo, zarandeado por tópicos y deja vu, esos trayectos del personaje de la era post Snowden. El territorio tendente a dibujar la identidad de Bourne es un damero de pantallas, documentos virtuales, combates entre ordenadores e informes confidenciales que pasan de mano en mano con facilidad pasmosa y una vuelta de tuerca por insistencia a esa cruda realidad de una sociedad hipervigilada y retransmitida en directo desde cualquier satélite a la pantalla de un móvil que en su segunda aplicación ya ha caducado. Bajo esta capa superficial, como una crema para aliviar la falta de un guión  consistente, sólo está Matt Damon intentando defender el fuerte y una hermosa, pero un tanto hierática, Alicia Vikander justifican un contrapunto. Lo demás es demasiado sabido y resabiado. Ruido, cámara al hombro, nerviosa, y persecuciones exprimidas hasta el colmo de la espectacularidad (caso de ese duelo entre un furgón policial y un vehículo por las calles de Las Vegas). A cambio, el renovado héroe trágico ha perdido peso y se ha vuelto una marioneta  que recibe golpes de un lado a otro de la sofisticada tecnología del espionaje del siglo XXI. Todo es ‘made in Bourne’ pero sin signos de regeneración ni de invención. El cine mayor es tan escurridizo como el personaje viajero que huye una y otra vez, que aparece y desaparece para justificar una escena perfeccionista de acción y fuga como las que suceden en la convulsa capital griega. Lo demás es lo conocido y quizás, por muchos fieles, esperado. El tándem Greengrass /Damon rueda de memoria y no hay fisuras pero tampoco resquicios para el entusiasmo. La adrenalina y la cibernética son los auténticos motores de un guión gripado que funciona por inercia, vigilado por la cámara global de un cine de consumo tan rápido y fácilmente prescindible como un mensaje de texto.

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La mirada de la conciencia social
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Guillermo Balbona | 03-08-2016 | 9:07| 0

Rocco y sus hermanos

1960 170 min. Italia 

Director: Luchino Visconti. Música: Nino Rota.

Fotografía: Giuseppe Rotunno.

Reparto: Alain Delon, Renato Salvatori, Annie Girardot, Katina Paxinou, Claudia Cardinale, Spiros Focas, Max Cartier. Coproducción Italia-Francia.

Género: Melodrama.| Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Esta semana. 

Pocos cineastas han cuidado con tanto mimo a sus criaturas como Visconti. Uno de los exponentes de esta mirada reside en ese melodrama pasional que escapa de encasillamientos, pese a su adscripción como una de la biblias del neorrealismo,  es ‘Rocco y sus Hermanos’, la epopeya de una familia del sur que emigra al norte en busca de un futuro menos sombrío y pesimista. Aunque trazó una de las trayectorias más personales, artísticas, intelectuales y planificadas de la historia del cine, el propio cineasta italiano guardaba en un pedestal personal a este filme icónico en muchos aspectos, con esos personajes encarnados por Alain Delon, Annie Girardot y Claudia Cardinale en una obra de cámara que fundía la mirada social con el drama de la emigración y la disección familiar. La Filmoteca de agosto se adentra en su dedicatoria al cine italiano con este documento magistral sobre la crítica y la conciencia social, la descripción emocional, a modo de fresco, que deja en tres horas uno de los trabajos más exquisitos del cineasta aristócrata milanés. Los contrastes sociales, psicológicos y culturales de la familia siciliana en su adaptación al norte, las colisiones entre microcosmos, los clanes y tribus, lo matriarcal y el refugio familiar se combinan entre el academicismo, la medida grandilocuencia y la composición casi de un retablo personal en el que los nombres de los hermanos encadenan y entrecruzan situaciones y destinos. No obstante, Rocco y  Simone encauzan la narración como adalides de dos forma de ver y representar la vida entre la ingenuidad, la bondad  y la brutalidad, a la postre todas dañinas. «Crecí en un barrio italiano, en el Lower East Side de Nueva York, y los fines de semana la televisión local pasaba películas italianas en versión original y todos nos juntábamos a verlas. Recuerdo que miraba a mis padres admirar aquellas películas sabiendo que era la primera vez que veían en lo que se había convertido su patria», dijo Martin Scorsese, artífice de la reciente restauración del filme de Luchino Visconti de 1960. El pulso y el combate de la vida y el trasfondo pugilístico sirven de metáfora cruel de un filme que subraya en acciones paralelas el tramo final del destino de sus personajes.  Thomas Mann y Dostoiewski asoman como referentes de la historia, aunque Visconti logra llevarlo a su terreno y universalizar el relato de unos emigrantes que luchan por permanecer unidos bajo la complicidad del núcleo familiar, amenazado por otras formas de vida. Un último ejercicio de mirada al realismo crítico. La escena final del pequeño de la familia ante los carteles es una de esas imágenes imperecederas del cine. En este caso símbolo iconográfico de una Europa en transformación, duelo de lo rural y urbano y definitiva fuga de valores.

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De profundis
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Guillermo Balbona | 03-08-2016 | 9:02| 0

La mina

España. 2016. 94 m.  ‘Thriller’.

Director: Miguel Ángel Jiménez Colmenar. Música: Luis Mendo.

Fotografía: Gorka Gómez Andreu.

Intérpretes: Matt Horan, Jimmy Shaw, Kimberley Tell.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

La paradoja y la metáfora presiden esta interesante incursión en las profundidades. Parece una película de la industria de Hollywood con aroma de serie B , pero no lo es. Simula ajustarse al canon del género de terror, pero se escapa y desequilibra con aires de cine indie. Y en sus resultados gana personalidad en lo visual y en la historia cuando la hondura, el temor y el vértigo pasional es familiar y no cuando el filme pretende mantenerse en la superficie del horror. ‘La mina’ explota ese lugar con pasado, enigmático, intemporal y algo atávico. Aunque el no lugar, ese de las pasiones, las tragedias íntimas, los celos, los marginados, ese es el verdadero terror que impregna algo de calor en la cinta. En definitiva y aunque sólo lo logre a medias, ‘The Night Watchman’ es una película de terror que trata de no parecerlo y en la que si aflora no es lo más trascendente. El cineasta Miguel Angel Jiménez, quien también firma el guión, alcanza sus mejores momentos en esas situaciones opresivas, claustrofóbicas, a lo Polanski, y precisamente se vuelve previsible y aséptico cuando el filme se mueve en los parámetros más trillados de la América profunda (aquí más profunda que nunca). El melodrama familiar con intriga es más interesante que las implicaciones religiosas, la periferia morbosa y escabrosa, la falsa moral y el trasfondo fundamentalista de la historia. No obstante hay que destacar la elección casi siempre acertada en su combinación de paisajes y enclaves, teniendo en cuenta que ‘La mina’ localizó sus escenarios en EE UU, País Vasco y Asturias, pero conjuga sus imágenes de decadencia con acierto. Rodada en inglés, con la mayoría de actores extranjeros que viven en España, y con el cantante country Matt Horan, líder de la banda Dead Bronco, al frente, la película posee sus dosis de riesgo, que merecen ser alabadas, aunque a la apuesta le falte fluidez y esa ambigüedad de querer quizás contentar a a todo tipo de públicos cuando se mira una cosa y se piensa otra, en un intento de equilibrio entre la ortodoxia, el mercado internacional y cierto toque personal. Western revestido de historia obsesiva y de pasado oscuro, el director de ‘Chaika’ y ‘Ori’ imprime su mejor sello en el juego de miradas, en las escenas más intimistas entre hermanos y amantes y en todo aquello que dibuja una descomposición insana, las de los lugares industriales abandonados y la de las criaturas inadaptadas. Esa desviación de la mirada, a lo matanza de Texas, no ayuda nada. La locura y la culpa agitan la mina física en la que cada personaje se busca en lo más profundo. Esos miedos instalados en la médula espinal de cada criatura dibujan la verdadera línea sutil de una veta que promete. El resto es esfuerzo, rutina y grasa hacia abajo.

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Precioso valle, amor dorado
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Guillermo Balbona | 31-07-2016 | 8:56| 0

Sunset song (v.o.s.)

Reino Unido. 2015. 135 m. (12). Drama.

Director: Terence Davies.

Música: Gast Waltzing.

Fotografía: Michael McDonough

Intérpretes: Agyness Deyn, Peter Mullan, Kevin Guthrie, Ian Pirie.| Salas: Groucho.

ATerence Davies siempre se le asocia con un cine en el que de pronto una serie de personajes se detienen y empiezan a cantar para compartir en voz alta sus sentimientos y emociones, recursos, deseos y sueños. O con gente que todo el tiempo canta, o bien se le identifica con imágenes preciosistas y un elegante esteticismo formal, entre la contemplación y la serenidad, aunque bajo esa piel exista un desfile y una gangrena de pasiones arrebatadoras. Pues bien, el último Davies, ‘Sunset song’, un poema épico y romántico contiene todo eso y más. Quizás no haya llegado el cineasta a la perfección y rotundidad de sus dos obras cumbres, ‘Voces distantes’ y ‘El largo día acaba’, pero es diáfana la lucidez, coherencia de estilo y claridad del cineasta para abordar este relato épico e intimista sobre la esperanza, la tragedia y el amor ambientado a principios de la Primera Guerra Mundia, fruto de una adaptación de la novela del autor escocés Lewis Grassic Gibbon. En ocasiones el filme parece detenerse en su aire de cuento narrado junto a la lumbre; en otras es un arrebato, nunca desaforado, de pasiones cruzadas perfilado con ese tempo que ha demostrado el cineasta de ‘The Deep Blue Sea’  y ‘La casa de la alegría’. Ese catálogo particular de Davies sigue mostrando todos sus planos secuencia, silencios e himnos entonados, o canciones abiertas en canal como territorios colectivos compartidos y cómplices. A modo de densa balada donde confluyen amor y muerte, susurrados o en un grito casi mudo, ‘Sunset song’ contiene refinamiento y exquisitez y tan pronto destila una visión poética, como se desnuda su prosa de tono clásico. Aunque la interpretación femenina es discutible, la querencia por los personajes que demuestra Davies no presenta fisuras. Belleza y elegancia, la tristeza como cadencia romántica y sensible se clava en la mirada y ya no abandona el ejercicio de mirar y la conciencia de fragilidad y fugacidad. Con un potente arranque y un juego constante de contrastes, medido hasta lo enfermizo, entre el poder y la autoridad, lo iniciático y delicado, lo luminoso y narrativo, el filme va desmayándose, quizás perdiendo fuerza pero sin despojarse de esa belleza visual que es marca de la casa, aquí subrayada por una atmósfera que recuerda al Ford más irlandés. El destino, la construcción y la historia de un pueblo, las heridas de la guerra, la identidad y la supervivencia encuentran su lugar protagonista en este retablo de estampas, a veces pictóricas, otras paradójicamente narrativas. Todo parece sencillo, pero su complejidad estudiada asoma al fondo. Entre la épica, la elegía y lo crespuscular hay miradas que matan y silencios demasiado elocuentes. Sonidos y cuadros en una composición de cine como una partitura visual en femenino singular, entre la naturaleza y la crueldad, lo efímero y lo trágico.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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