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Autor: Guillermo Balbona
Salto de fe virtual
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Guillermo Balbona | 31-12-2016 | 3:21| 0

Assassin´s creed 
EE UU. 2016. 116 m. (12). Acción.

Director: Justin Kurzel.

Intérpretes: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Michael Kenneth Williams, Brendan Gleeson, Ariane Labed, Carlos Bardem. 

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es tan confusa como enérgica, tan desaforada como impulsiva. Y su fruto radica en solapar planos, estancias, mundos, dimensiones y lenguajes. Lo real y lo virtual, los viajes en el tiempo, la fantasía y la leyenda, la historia y la mentira, la vulgaridad y la trascendencia. Es contradictoria en su punto de partida, se regodea en los contrastes y acaba ahogada en una insistente reiteración que además va encaminada obsesivamente a buscar la segunda entrega o, al menos, a tender la sombra de la franquicia. ‘Assassin’s Creed’ es un espectáculo que persigue otorgar un barniz de trascendencia y grandilocuenca a cada situación como si fuese una cinta acomplejada por instalarse en el entretenimiento. El cineasta Justin Kurzel sorprendió al debutar con ‘Snowtown’ y firmar un pasional y contundente ‘Macbeth’. Ahora, de Shakespeare al videojuego, colisiona con su festival de imágenes superpuestas, transiciones entre tiempos y épocas y planea una oscura y barroca, no siempre justificada estética. Como película de género, entre la aventura y el viaje fantástico, y la animación en interminables travellings,  ‘Assassin’s Creed’ es un híbrido irregular que lo mismo hace una demostración de potencia visual que exhibe una machacona puesta en escena de realidades entrelazadas, pero sin que exista una reflexión implícita sobre el lenguaje de la imagen. De la Inquisición a las órdenes secretas, de los Templarios a las diferentes formas de imperios con la España del siglo XV al fondo, de Colón a un presente de poderes más o menos visibles que experimentan a través de la ciencia para jugar a hipertecnología con el libre albedrío. El batiburrillo tiene un eje: el actor Michael Fassbender, aquí también productor entregado, que parece empeñado en desnudar su fuerza interpretativa polivalente aunque ello le cueste la carrera. A su lado, las curiosas y sólidas presencias de Javier Gutiérrez y Hovik Keuchkerian. Kurzel, como si manejara de nuevo intrigas palaciegas, redención y traición, se mueve entre lo pretencioso y la cabalgata visual. Entre frases trascendentes de historia y filosofía y peleas con gotas de aires marciales o persecuciones de gran intensidad y virtuosismo visual. El cineasta no mide bien los tempos. Acelerado en ocasiones, desorientado otras, tan pronto se detiene en un diálogo en el que parece que se va a acabar el mundo como le entran las prisas en una acción acumulada que se repite en un bucle innecesario. Penumbra e infografía, danza digital y pseudoanimación. La narrativa endeble y confusa adrede intercambia anécdotas y microrrelatos en las multipantallas acorde con un presente marcado por un tsunami de imágenes. Quizás lo más valioso del filme se encuentre en la reflexión que no plantea: la del peligro que corren nuestras emociones de quedar atrapadas entre tanta virtualidad.

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Resacón con espumillón
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Guillermo Balbona | 12-12-2016 | 9:26| 0

Fiesta de empresa

EE UU. 2016. 105 m. (16). Comedia.

Directores: Josh Gordon y Will Speck.

Intérpretes: Jennifer Aniston, Jason Bateman, Olivia Munn, T.J. Miller.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Estamos ante un cuento empresarial de Navidad con su ‘milagro’ capitalista y su regalo de gamberrada dentro. Es como un Frank Capra ácido disfrazado de Papa Noel, desmadrado a medias, con fiesta rave exhibiendo sus ganas de romperlo todo. El problema de esta ‘Fiesta de empresa’ es que posee un ritmo desigual, carece de humor inteligente y demoledor y se deja llevar por los tópicos de un resacón de estereotipos con espumillón y polvo de nieve artificial. Todo como adornos de un árbol talado por la falsa provocación con soniquete de estribillo manido. Cine coral donde brillan los secundarios, a ‘Fiesta de empresa’ precisamente se le echa de menos no haberse quitado la careta del todo. Josh Gordon y Will Speck, que ya habían compartido series televisivas, vuelven a recurrir a la pareja Jennifer Aniston/ Jason Bateman a los que dirigieron en ‘Un pequeño cambio’, para situarlos al frente de este juguete explosivo que se queda en petardo, al que le falta ambición y le sobra pose. Todo es previsible y aunque funcionan a golpe de fórceps cómicos, en algunos gags la irreverencia que se insinúa brilla por su ausencia. Enredo escapista con bastante más moralina dentro de lo que parece, esta travesura que simula cierto buenismo, destaca por el afán de sus intérpretes en una de esas comedias en la que los actores parecen habérselo pasado mejor que los espectadores. Una comida de empresa dentro de la propia empresa que juega más con la integración que con el reventón. Entre ‘Resacón en Las Vegas’ y ‘Despedida de soltero’, pero mucho más dispersa que sus referentes, no acaba de soltarse del todo el espumillón de la melena aunque tampoco llega a confundir lo escatológico con lo provocador. Con rostros enraizados en esa factoría del ‘Saturday Night Live’ la comedia avanza hacia un desenlace empaquetado y con poco sentido del clímax. Si gran parte de la acción se desarrolla en la sede de la empresa, la salida a exteriores supone que parte de la gracia queda desactivada. El supuesto desenfreno, con un algarabía un tanto ñoña de alcohol, drogas y sexo, busca el equilibrio entre el exceso y la hipérbole y el enredo que provoca tanta entrega festiva. Un pastiche con el espíritu navideño de cómo salvar a tu empresa sin acabar con el jefe….y sin despedir a nadie. Sin transgresión y estirando una idea revestida por muchas ya vistas, el filme sólo se sostiene en la solidez de buena parte del reparto. A destacar, sin duda, Kate McKinnon, una auténtica roba papeles que saca petróleo de los contrastes que vive su personaje y acaba por merecerse una comedia entera, de la cabeza a los pies, con todo su despliegue, este sí, festivo.

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Apocalypto now
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Guillermo Balbona | 12-12-2016 | 9:22| 0

Hasta el último hombre

EE UU. 2016. 131 m. (16). Bélica.

Director: Mel Gibson.

Intérpretes: Andrew Garfield, Teresa Palmer, Sam Worthington, Vince Vaughn, Hugo Weaving.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Lo mejor para enfrentarse a una obra personal de Mel Gibson es mostrar una cierta actitud esquizoide, asumir doble personalidad y jugar a los heterónimos. Entre contradicciones sinuosas o simplemente evidentes se mueve su regreso una década después de su último trabajo de dirección. El actor y cineasta australiano, responsable de la oscarizada ‘Braveheart’, aborda el retrato de un pacifista en primera línea de combate, que es como padecer agorafobia y dejarte solo en pleno centro de la puerta del Sol. Vaya por delante que ‘Hasta el último hombre’ es un filme vibrante, visceral, intenso, demoledor muchas veces, que visualiza ese juego de contrastes radicales que está en el ADN de un cineasta capaz de lo mejor y lo peor. Al margen de las connotaciones históricas y documentales del personaje –la figura de Desmond Doss, joven médico militar que participó en la Batalla de Okinawa y se convirtió en el primer objetor de conciencia estadounidense en recibir la Medalla de Honor del Congreso– el filme sirve de coartada para que Mel Gibson descargue toda su parafernalia ideológica entre paradojas y golpes de efecto. Si se trataba de provocar el actor, que se iniciara como protagonista en la inmensa ‘Gallipoli’ de Peter Weir, logra poner en pie un documento desaforado que combina el intimismo relamido en algunas fases con el festival de casquería que roza el gore. Son unas escenas bélicas de potencia visual innegable que pueden revolver el estómago del más distraído. Gibson es el único capaz de defender a tiros el derecho a la objección de conciencia. El único que se atreve a igualar en tratamiento moral el mensaje pacifista con la soflama militarista y bélica apelando a unos valores universales e inamovibles. ‘Hasta el último hombre’ que, al igual que ‘El cazador’, se divide claramente entre un preludio iniciático, familiar y el descubrimiento del amor, y las fases de la guerra y sus códigos salvajes, es un tratado visceral de redención. Ese combate personal con la fe como cosmos cómplice y superación , y ese empeño en subrayar que todo es un largo e inevitable vía crucis con paradas en las que uno se pone a prueba constantemente. Con solidez narrativa y brío el cineasta agita durante más de dos horas los obsesivos rizos de violencia de su ‘Pasión de Cristo’ con la desmesura monumental y física de ‘Apocalypto’, a través de un eficaz y contundente realismo sucio y sangriento, exento de cualquier manipulación digital. La toma de Hacksaw Ridge (título original del filme), una colina de Okinawa, es el escenario para salvar al soldado Desmond Doss de sí mismo y de cómo este logra salvar a decenas de heridos él solo. Gibson, en un acto de fe, apoyado en un cuidado diseño artístico y un excelente reparto (a excepción del excesivamente melifluo Andrew Garfield) se recrea en una media hora final agónica.  Un drama sin escrúpulos enredado en lo moral  entre el milagro épico y la oración letal, entre mutilaciones y vísceras, donde lo que se narra puede resultar sublime o ridículo. Entre ambos queda al menos el ángel de la ficción para ascender a los cielos de lo espectacular, lo brutal y lo espantoso. Antibelicismo o patriotismo con biblia dentro. Expiación o muerte. El cine sale ganando.

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De Españas y cines
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Guillermo Balbona | 09-12-2016 | 12:06| 0

La reina de España

España. 2016. 128 m. (7). Comedia.

Director: Fernando Trueba.

Intérpretes: Penélope Cruz, Antonio Resines, Neus Asensi, Ana Belén, Javier Cámara, Chino Darín, Loles León.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Sería una lástima que la polémica desatada por ese grupúsculo ruidoso de cierta santa inquisición de las redes, siempre dispuesto a encender la hoguera, perjudicara la visión de esta comedia coral. Con sus defectos y virtudes, ‘La reina de España’ es sobre todo una demostración de amor al cine y una prueba más, aunque no había dudas al respecto, de que un cineasta como Fernando Trueba ama a a sus criaturas. Con el tono nostálgico y melancólico que le caracteriza el cineasta de ‘Belle epoque’ abre la maleta y retoma el equipaje narrativo, a modo de falsa secuela, los personajes y ambientes que ya alimentaron su estupenda ‘La niña de tus ojos’. Sin su hermano, David, ni por supuesto Rafael Azcona, en el guión, Trueba traza un itinerario de pequeñas historias dentro de la Historia, cruzadas y solapadas que a su vez enfrentan tiempos de España y confrontan cines y su forma de producción y creación. En ese juego de espejos reside lo mejor de un filme que parte de lo oscuro y el oscurantismo y se despide en lo luminoso, en un juego de paradojas, alumbramientos y sombras que ya existía en sentido inverso en su obra de hace dos décadas. Pero frente a la solidez y argamasa compacta de la primera, aquí la irregularidad es un latido constante y un pulso en el que sale perdiendo en su conjunto. Diálogos desafinados y varias anécdotas o microrrelatos superfluos perjudican el flujo y el ritmo interno de este retrato de supervivencia y sueños (casi todos rotos) de unos actores y técnicos que viven entre la fantasía de Hollywood y el cartón piedra de la España del sátrapa que construía su particular mausoleo. En ese trayecto, siempre en paralelo entre las dos ficciones, el cineasta de ‘Calle 54’ pasa del nazismo al franquismo, del rodaje en Alemania a la huella de los rodajes con sello Hollywood en España (el ejemplo podría ser el ‘El Cid’). El arranque de ‘La reina de España’ con ese sombrío regreso del director que encarna el cántabro Antonio Resines y muchos pasajes sobre cine dentro del cine, donde Trueba despliega querencia, elegancia y tacto, son lo mejor de un filme más burdo en sus caricaturas y demasiados ticts. El amor al cine es lo más valioso y a la hora de la verdad es lo que salva un filme deslavazado, desatado a veces, fundido otras, pero siempre cosido por unas interpretaciones excelentes, en especial las de Penélope Cruz, Rosa María Sardá, Loles León, Jorge Sanz y, especialmente, Javier Cámara. Los pasados entrelazados no terminan de casar en la ficción. La reflexión cinéfila, la diatriba entre cine de entretenimiento y cine serio y social; las ideas divertidas colisionando con la caricatura simplista; los escenarios no siempre acertados frente a una cuidada ambientación. Sátira y homenaje, farsa y esperpento político y suspense que no siempre logran generar un territorio de complicidad. Trueba se da un homenaje pero la celebración no acaba de ser compartida.

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Una actriz y un sarao grotesco
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Guillermo Balbona | 07-12-2016 | 9:58| 0

Villaviciosa de al lado

España. 2016. 91 m. (16). Comedia.

Director: Nacho G. Velilla.

Intérpretes: Carmen Machi, Arturo Valls, Belén Cuesta, Macarena García, Leo Harlem, Jon Plazaola, Yolanda Ramos.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es una comedia grotesca con actriz dentro. Un cajón de sastre de lo supuestamente costumbrista que a veces sonroja, otras deja indiferente y la mayor parte de las veces se revela simplemente anodino. Estruja lo pintoresco y busca la empatía y la complicidad a través del chiste de monólogo televisivo, cameo coral y guiño televisivo, todo ello mediante paladas de vulgaridad hasta hacer un montoncito de naderías. Una comedia costumbrista es otra cosa que juntar chistes de siempre aderezados con referencias a la actualidad metida con calzador, como si lo político y lo social fuesen invitados ocasionales o el decorado de una farsa que equivoca en demasiadas ocasiones el punto de mira. Eso sí ‘Villaviciosa de al lado’, que mezcla un reparto desigual, hace frente a un guion de andar por casa. La historia explota esa mística popular prenavideña paternalista que envuelve cada año al anuncio de la lotería. El cineasta de ‘Fuera de carta’, Nacho S. Velilla acompañado de su equipo de guionistas de guardia, Oriol Capel, David S. Olivas y Antonio Sánchez, pone en marcha el engranaje de retratos del presente nada sutiles, una trama en la que cabe el totum revolutum de la corrupción, la picaresca y los estereotipos agitados en un revoltijo vergonzante. No hay ambición, sino banalidad y superficialidad y, desde la anécdota hasta la supuesta radiografía social, el filme apela a la simpatía y familiaridad del espectador como si la película hubiese trazado una prótesis entre lo catódico, el boletín televisivo diario y una ficción doméstica, coyuntural, facilona y monótona. Doble moral, hipocresía, tópicos políticos y una cadena de farsas que se asemeja a los tiempos de ‘Las autonosuyas’. Como caricatura –el desencadenante queda fijado y casi atorado cuando el Gordo de la lotería cae en el lupanar local de una pueblecito y los clientes no se atreven a cobrar las participaciones– no funciona; y como farsa es burda, viejuna y simplona. Los Leo Harlem, Jon Plazaola, Arturo Valls, Yolanda Ramos defienden con empeño y entrega los papelitos adjudicados por el triunfador de ‘7 vidas’ y ‘Aída’ y director de ‘Que se mueran los feos’, dentro de un retrato vulgar de costumbrismo de salón, chascarrillos y lugares comunes. Lo retorcido consiste en acumular un festival de chistes malos sobre todas las categorías imaginables, subrayados en unos diálogos que no pasarían una radiografía de lo cotidiano mínimamente rigurosa. Todo es de vocación orquestal popular, pero desafinan no los intérpretes, sino sus zafios perfiles. A excepción de un preludio con elegantes secuencias de créditos, prima la brocha gorda que hubiese sido más fina si se hubiera lanzado a la piscina del balneario que vertebra la historia de manera más estilizada. De entre las ruinas, una joya. Carmen Machi, a lo ‘cinco horas con Mario’, se marca unos monólogos satíricos ante la tumba de su padre, que marcan el punto de excelencia de una actriz descomunal y dejan el rastro de la comedia que pudo ser.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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