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Autor: Guillermo Balbona
British, que te quiero british
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Guillermo Balbona | 19-05-2016 | 9:02| 0

The Lady in the Van

2015 104 min. Reino Unido Director: Nicholas Hytner.Reparto: Maggie Smith, Alex Jennings, Jim Broadbent, Dominic Cooper, James Corden, Frances de la Tour, Samuel Anderson. Comedia. Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo.

Lo british es la marca, el sello, la envoltura, la anécdota trascendida en vivencia y su contrario. Hay cierto juego de espejos, de dualidad entre invención, ficción y realidad. Durante 15 años, el escritor Alan Bennett tuvo a una anciana vagabunda y su furgoneta, no menos desvencijada, ancladas frente a su casa. De esa experiencia escribió una obra teatral de éxito.

El director Nicholas Hytner, con la complicidad del dramaturgo y guionista –ambos ya habían colaborado en ‘La locura del rey Jorge’ y ‘The History Boys’–, la traslada al cine. La cuestión es que la relación entre el autor y Miss Shepherd tiene menos capacidad motora que el vehículo que sirve de excusa para facilitar el encuentro. Hay sucesión de detalles, mundos marginales que se reconocen, pero no existe conflicto y el resultado es una dramedia o una comedia con trasfondo dramático, irónica y con una especial empatía que está centrada en la interpretación poderosa de Maggie Smith.

El cineasta retrata a la señorita Shepherd con cierto tono de comedia negra y social. Excentricidad, ingenio, divertimento pero todo vaporoso, ligero, exento de hondura. ‘The Lady in the Van’ salva su ligereza con el festival de la actriz que pone y dispone todos los matices de ese territorio british que envuelve la historia mínima de esa extraña convivencia. En Hollywood este vínculo hubiera propiciado una fabulita correctamente política y con el buenismo que domina gran parte de la esfera dominante. Pero en el filme de Hytner cabe la mirada ácida y la diversidad de puntos de vista sociales sin llegar a echar chispas. La fricción y ficción entre la cascarrabias y el intelectual daba casi para un musical. No hay nada rupturista y provocador pero la agudeza y lo psicológico también están presentes. Pero es la actriz inmensa la que sitúa, encaja y rediseña a su antojo el filme cuando se queda a medias o se muestra corto de miras, sinsorgo e insustancial.

Lo autobiográfico ni suma ni resta. La homeless encarna esa vida cotidiana que muchas veces pasa delante de nuestras puertas y se diluye y se fuga. Cuando todo parece destartalado surge una energía que es encanto y seducción. El escritor de ‘La dama de la furgoneta’, entre el gesto hilarante y el retrato costumbrista abre una puerta a los símbolos de la marginaldiad y al sentimiento de culpabsilidad de una comunidad. No es un filme militante, tampoco amable como aparenta. Pero las situaciones ambiguas, el paseo sobre la cuerda floja del conflicto clasista, la mirada compasiva o la identificación pasan todas por la entregada, jubilosa y luminosa interpretación de Maggie Smith, todo el metraje en modo diosa de la escena, de la pantalla y de ese decorado de jardín con furgoneta.

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De heridas y monstruos
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Guillermo Balbona | 18-05-2016 | 9:35| 0

La invitación

 2015 90 min. Estados Unidos. Directora: Karyn Kusama Reparto: Logan Marshall-Green, Michiel Huisman, Tammy Blanchard, John Carroll Lynch, Mike Doyle,

Es juguetona, eficaz y algo tramposa, entusiasmó en Sitges y se ha asomado con cuentagotas por las carteleras. Mezcla la tradición de ese subgénero de reuniones de viejos amigos, el thriller negro y el suspense. Como si al ‘Reencuentro’ de Kasdan o a ‘Los amigos de Peter’ de Kenneth Branagh se les hubiera sumado el picante de ese monstruo mayor que es el pasado con sus heridas abiertas y un clima claustrofóbico in crescendo. ‘La invitación’ es más aparente y resultona que contundente y sutil. Tampoco ayuda una salida un tanto previsible. Lo cierto es que es preferible enfrentarse a ella sin encasillarla en la casa madre del terror y pensar en un territorio más flexible entre la tensión, el juego de apariencias, con modulación y elegancia. La cineasta Karyn Kusama con vocación de estilo, tratando de huir del lugar común, lucha contra un presupuesto limitado y un reparto coral pero casi inevitablemente irregular.

A través del engaño el filme propone un trayecto en el que asoman los traumas, las obsesiones y los miedos y la catarsis emocional está garantizada. Lo oscuro crece en el desconocimiento y en la ambigüedad. No obstante ‘La invitación’ sí plantea aspectos no tan de soslayo que la singularizan: el tratamiento del dolor y las formas de enfrentarnos a él, y la carencia o la necesidad de afectos y consuelo como bálsamo de la tragedia. La insidia, lo enfermizo, lo malsano, la sangre estancada son los relatos que se mueven tras el desencadenante. Sin grandes elevaciones ni sutilezas es una película que habla con inteligencia de vidas contaminadas, que probablemente lo sean todas, y se mueve entre vaivenes proporcionados por las sospechas, la desconfianza y las trampas.

La cineasta de ‘Girlfight’ y ‘Jennifer’s Body’ aunque acude a algunos estereotipos y cede ante ciertos tópicos sí imprime toques personales a la hora de retratar las tragedias interiores, los monstruos cotidianos, ese terreno perturbador que crece como un río de lava y se instala en las vidas propias y ajenas. Mediante el equívoco y la sugestión, con un trasfondo de paranoia y fanatismo, violencia, culpa y desgarro alimentan la película que madura el conflicto entre señales, desde el drama nunca enterrado al reencuentro frustrante. El poder de la comunidad, el consuelo sectario, los gurús, la sectas pululan de forma modulada y a veces subliminal entre la necesidad de creer y la soledad de los corazones huérfanos. Un filme que apunta alto, elige la pista del entretenimiento y aterriza sin motor. Lo que atraviesa su vuelo, la materia prima más atractiva, contiene soplos de talento.
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Vuelo rasante
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Guillermo Balbona | 16-05-2016 | 8:55| 0

Angry birds

 

2016 97 min.Estados Unidos

Director: Clay Kaytis, Fergal Reilly

Guión: Jon Vitti.

Música: Heitor Pereira.

Género: Animación. Comedia.

Salas:  Cinesa y Peñacastillo

 

 

Es ruidosa y desbordante. En sus solapadas tarjetas de presentación la cinta parece acumular por encargo los videojuegos originales y toda la parafernalia de la marca y el emporio construido alrededor de estos pájaros con mala leche. Clay Kaytis y Fergal Reilly, al servicio de la causa, confunden la velocidad con el tocino y el muslo y se pierden en una sucesión de historias cruzadas donde asoma la patita del encargo, y el argumento y la coherencia es lo de menos mientras se siga explotando la gallina de los huevos de oro. De huevos, pájaros que no vuelan y cerdos invasores va este batiburrillo coral, que tan pronto cae en la parodia como en el guiño cinéfilo, en la acidez o, la mayoría de las veces, en un efectismo que trata de esconder muchas carencias. Rutinaria y perezosa, ‘Angry birds’ concentra su mayor atractivo en un prólogo al que no se le extrae el suficiente jugo de humor y seducción. Atados por el valor y la fidelidad a la franquicia, la película aburre por asfixia visual con un diseño bastante casposo y la acumulación de tópicos. A falta de mayor imaginación la historieta presenta al marginado e inadaptado que luego se revela como el héroe de la comunidad. Hay mucho pájaro bobo y el vuelo de ritmo y rima es ensordecedor y muy, muy rasante. Tras los pájaros lanzados con tirachinas y algún gag que apela con acierto a ironizar sobre el destino y la mala suerte, el resto es un pastiche de géneros, tópicos y ensalada de voces e imágenes que solo buscan mantener la marca bien visible. Con la sombra el 3D al fondo y sin el recurso de la interactuación que se le presupone al original como buen videojuego, aquí el espectador se limita a ser zarandeado por una constante sucesión de golpes, armas de todo tipo, caídas y trayectos hacia ninguna parte para transmitir esa sensación de que en el filme caben numerosas cosas y pasan mucha otras. Reiteración, griterío constante y cansina tendencia al tropiezo de protagonistas, de microhistorias y, por ende, de la propia acción, el filme se queda atorado en su vuelo sin claridad. La tecnología desplegada se da por hecho, pero la animación resultante es anodina y sin frescura. Incluso la aceleración mal entendida no permite aprovechar la variedad de aves/personajes que se intuye tras el aburrido catálogo de éxitos del pop y del rock en su banda sonora, suma incesante de chistes verbales muy trillados y una mezcla de comedia de costumbres, sátira y aventura que le viene grande a sus creadores. El metraje excesivo y la repetición de situaciones tampoco ayuda a levantar la apuesta sin aire, con muchas alas rotas y más picos de oro que comicidad. Su alocada agitación hubiera proporcionado atmósfera de libertad y un espacio abierto a la aventura, pero al final todo es un aleteo a ras de tierra, atronador, estridente y estrepitoso, que no deja ver el cielo de la imaginación.

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Una turbadora mirada al mal
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Guillermo Balbona | 15-05-2016 | 10:16| 0

La bruja        

EE UU. 2015. 92 m. (16). Terror. Director: Robert Eggers. Intérpretes: Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw. Salas:  Cinesa y Peñacastillo

Decía Hannah Arendt que «el terror es la esencia de la dominación totalitaria». En ‘La bruja’ no hay terror sino su esencia. No hay sustos, sino turbación. No hay efectismo, sino atmósfera. Esta arriesgada, formalmente osada opera prima basa su atracción en la extrañeza. Es como si de pronto un rastro de Dreyer se hubiese confundido con la crónica oral de lo que hubo de cierto en las brujas de Salem. Como si un aquelarre se hubiera fundido en una de esas leyendas atávicas que traen cenizas de otro tiempo.

El debutante Robert Eggers agita las fronteras de la superstición, mece los cuentos universales, enciende las señales anacrónicas de cuando el mundo era aún más oscuro e incendia toda la cosecha de miedos primarios. El filme se instala en esa zona cero donde el pecado, la tentación, la intolerancia, la intransigencia crean un círculo claustrofóbico, un pozo insondable por el que uno no deja de caer. En ‘La bruja’ lo que genera terror es el hombre. Su tendencia al mal, su capacidad innata para destruir, su errada manera de dar al espalda a la naturaleza para provocar un manto de culpa y falsa redención.

Eggers, que subraya que lo suyo es ‘una historia popular de Nueva Inglaterra’, ilustra con acusada vocación de estilo, mucho talento e imágenes que buscan no la provocación, sino el impacto de lo que subyuga y seduce, del abismo y el horror de lo ignoto, un relato habitado por numerosos referentes y tiempos. En su miscelánea conviven tanto ‘La cinta blanca’ de Haneke como el Shyamalan de ‘El bosque’. Pero el primerizo cineasta se ocupa de poner su propia marca de la casa con una capacidad de síntesis asombrosa, una certera austeridad y un montaje visual y sonoro que golpea incesante creando desazón y un clima acongojante. Sustentado en unos intérpretes magníficos, incluyendo tres niños y una joven que encarnan a la familia protagonista, única presencia humana en este filme en el que dialogan la religión intransigente, el gótico americano y las creencias primitivas, el director mezcla lo puritano con lo siniestro, lo perturbador con lo fantástico. Fascinante, elegante, con pulso y latidos que evocan al primer Herzog, el filme atrapa por su atrevimiento y su fascinante viaje enquistado en el conjuro y en el vértigo que provoca el pasado y su inexplicable enigma.

Lo sobrenatural y antropológico, la magia negra y el mito discurren como lava negra que impregna la historia. Y uno no sabe si adentrarse en el bosque y huir o quedar con esta familia deconstruida, anclada en el horror vacui. Sobria, detallista, reconocible pero extraña, incómoda por su implacable y permanente agitación, ‘La bruja’ es un trayecto contundente por las orillas del fanatismo  Si quieren alquilar una habitación en casa de esta familia de colonos marginados, ya saben. Les espera el embrujo de una obra maestra sombría con huellas pictóricas y el tenebrismo de ese cielo oscuro del mal que también habita en la condición humana y que parece anunciar el fin de todo. Y sin embargo este cine sí está alumbrado por la necesidad vital de contar historias.

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De amores secretos
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Guillermo Balbona | 12-05-2016 | 8:20| 0

El juez

Francia. 2015. 98 m. (7). Comedia.

Director: Christian Vincent.

Intérpretes: Fabrice Luchini, Sidse Babett Knudsen, Miss Ming, Berenice Sand, Claire Assali.

Salas: Groucho

 

Este es un filme sutil que avanza entre dos rostros, un juicio, un tribunal de lo penal y un enamoramiento sostenido en el tiempo, entre un secreto y un despertar. ‘El juez’ no hace ruido y quizás por eso desprende una atmósfera especial. Bajo la trascendencia de un proceso judicial a un joven acusado de matar a su bebé asoma el milagro del amor, la intimidad exenta de espectáculo, el hechizo preservado. Una canción de Georges Brassens, surgida de un poema de Antoine Pol, dedicado a «todas las mujeres que amamos durante unos instantes secretos», subyace en esta cinta en la que discurre con discreción el fascinante  ejercicio de naturalidad entre Luchini –Copa Volpi en Venecia al Mejor actor– y Sidse Babett Knudsen (rostro mágico de la serie ‘Borgen’) que empapa la pantalla de una cómplice manifestación emocional. No hay estrías ni desgarradura, ni una especial vocación de estilo. Si acaso un trazo leve con la pretensión de radiografia del sistema judicial, el peso o la levedad de los jurados populares, la ambigüedad de las fronteras entre el bien y el mal, la inocencia y la culpabilidad y, como una patina de perfume azaroso, el rastro de ese amor incompleto que avanza con muletas y entre cegueras parciales por culpa del destino. Romance de apenas una caricia, unas miradas y una confesión congelada en el tiempo, su hondura reside en que resiste en la superficialidad de todo lo que cuenta. Luchini, que nunca ha dejado de trabajar en pantalla como si Rohmer siguiera vivo, es el alma de este filme de Christian Vincent entre la ceremonia, la fuerza de la costumbre, la caligrafía delicada y el apoyo constante en los intérpretes. El director de ‘La cocinera del presidente’ firma una especie de Chabrol aséptico, que no inane, sin ansias de autor, al margen de todo rizo pasional. Si acaso un toque cómico, de critica social amarga atraviesa la mirada del juez sobre el entorno, el verdadero juicio de la película frente a la anécdota trágica del tribunal y sus deberes. No existen hipérboles. Vincent deja que la ficción discurra instalado en una engañosa desidia provinciana, en un drama comercial en el que no afloran los discursos ni los giros dramáticos. Por ello ‘El juez’ es como tragar saliva, como el retrato de un acto ordinario, el acta notarial de un encuentro de amor sin conocimiento. Aparente sobriedad narrativa y precisión en los rasgos de unos personajes que se mueven bajo un cristal tan opaco como transparente. Un golpe de vida fugaz entre la rutina que supone el aliento rotundo de una sombra de amo.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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