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Autor: Guillermo Balbona
kafka 2.0
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Guillermo Balbona | 12-06-2017 | 8:48| 0

Testigo

Francia. 2016. 88 m. (12). ‘Thriller’.

Director: Thomas Kruithof. Guion: Yann Gozlan,  Kruithof.

Música: Grégoire Auger.

Fotografía: Alex Lamarque.

Intérpretes: François Cluzet, Alba Rohrwacher, Simon Abkarian, Sami Bouajila.

Salas: Peñacastillo.

Hay contención, minimalismo y austeridad. Un poso de amargura recorre este filme de espionaje pero sobre todo de soledad, de profusas escuchas pero escasas conversaciones. Un relato de intriga donde el mayor misterio es la vida metódica de un hombre enquistado en su desesperanza. ‘Testigo’, una ópera prima tan silenciosa como discreta, se ha colado en la cartelera dominada por la invasiva plaga de blockbuster que acaparan salas y horarios. Cinta francesa del debutante Thomas Kruithof, su título original, ‘La mécanique de l’ombre’. responde más  fielmente al aséptico y manido ‘Testigo’, bajo el que se ha comercializado en España. Metódica pero menos, directa y seca, en apenas hora y media la cinta se adentra por uno de esos resquicios del sistema, entre agujeros negros y mecanismos en la sombra, que dibujan las cloacas del poder, la fontanería de los intereses cruzados de los sistemas de gobierno y la utilización, cómo no, de las variantes del ‘Gran hermano’ para establecer sofisticadas,  o austeras, pero implacables formas de vigilancia. Pero, la pregunta sigue siendo ¿quién vigila al vigilante? A medio camino entre una parábola con ribetes distópicos y un drama negro, en la frontera entre la excelente ‘La vida de los otros’, de Florian Henckel von Donnersmarck, y esa obra maestra tantas veces olvidada que es ‘La conversación’ de Coppola, ‘Testigo’ es un sólido e inquietante retrato cuyo valor más intenso reside en su capacidad para crear un clima de tensión y opresión, en ocasiones retorcidamente claustrofóbico, gracias a la empatía que logra transmitir el actor François Cluzet con su sobria indefensión. Quizás a ‘Testigo’ se le puede achacar cierta falta de brío en su recta final, una mayor oscuridad y arrebato para redondear la historia de este ciudadano envuelto en un laberinto kafkiano entre ‘El Castillo’ y ‘El proceso’. El juego de silencios, elipsis, reiteraciones permite generar esa atmósfera elocuente, que sirve tanto para denunciar como para agitar la mirada sobre un enredo que provoca desazón y vértigo. Las fronteras entre lo invisible y lo obvio, lo sugerido y lo transparente alcanzan su mayor contundencia hacia la la mitad del metraje, aunque ‘Testigo’ se va disolviendo cuando pierde el factor del misterio y abandona su personaje para detenerse en una resolución que resulte convincente. De lo desprendido y despojado se pasa a cierta acción explícita que rompe la armonía del filme. No obstante Kruithof se muestra como un alumno aventajado del ‘polar’ y logra sus mejores planos en miradas y composiciones que recuerdan al mejor Melville. La culpa, la soledad y la redención constituyen el verdadero puzle que construye una realidad solapada bajo los mecanismos perversos del poder que busca nuestra ceguera.

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Un mal viaje
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Guillermo Balbona | 05-06-2017 | 10:07| 0

La cara oculta de la luna

 Alemania. 2015.  98  min (16). Thriller.

Director: Stephan Rick. Guion: Catharina Junk, David Marconi, Stephan Rick (Novela: Martin Suter).

Fotografía: Stefan Ciupek, Felix CramerIntérpretes: Moritz Bleibtreu,  Jürgen Prochnow, Nora von Waldstätten y André Hennicke.

Salas: Peñacastillo

Hay más forma que fondo en este thriller alemán que suena a película pequeña y deslocalizada. Un estreno como de fuera de temporada, frío y tan descarado en su aire de fábula existencial, moral y, supuestamente, política como ingenua. ‘La cara oculta de la luna’, una especie de cuento de licantropía capitalista –ya saben el hombre es un lobo para el hombre–, mezcla episodios de psicodelia, con setas alucinógenas incluido, y en el mismo caldero mágico una operación a gran escala de fusión de empresas farmacéuticas. Stephan Rick, cineasta de carrera corta que ha alternado algunos filmes como ‘The good neighbour’ con la televisión, se limita a posar la mirada para potenciar la intriga, más su facilidad para generar elementos que creen suspense, pero exenta de fundamento y con unos personajes que pululan sin rumbo por la trama. Todo parece responder a una idea interesante pero nunca desarrollada, atrapada en la escasa hondura del filme para mostrar precisamente ese otro lado al que se refiere el título. La transformación del abogado de las altas esperas empresariales ambicioso, eficaz y exitoso adalid de fusiones, en asesino espontáneo y azaroso, domado por fuerzas sobrenaturales, llega a caer en el ridículo. El relato carece de factores psicológicos que expongan y desnuden el retrato verdadero del hombre o que aporten humanidad a la sátira elegida como espejo social. Moritz Bleibtreu, un interesante actor que se ha asomado con profunda eficacia por numerosas producciones, padece aquí de sobreactuación debido a la falta de control y a la inexistencia de un objetivo claro. Aunque la base de inspiración y guía es una novela del suizo Martin Suter, la cinta de Rick resulta caprichosa y nunca aprovecha las posibilidades de esa mutación del hombre en bestia, diablo incluido. Entre hermosos paisajes, simbolismos a veces inocentes, escasa fuerza en los retratos de los personajes y un cierto dominio de lo errático, el filme no deja que los árboles nos dejen ver el bosque. El veterano Jürgen Prochnow, encarnación diabólica, sí imprime en cada una de sus apariciones una huella de madurez y de reflexión. Entre Jekyll y Hyde, entre la cordura y el salvajismo, dejan al espectador indefenso como un invitado que llega tarde a una fiesta. El lobo estepario de Hesse, el disco de Pink Floyd, la falta de escrúpulos de las grandes corporaciones y el lobo hombre… en Berlín. Hacen falta más setas para adentrarse en el hechizo. Como Caperucita nos falta información o el cuento está mal contado para llegar a casa de la abuelita.

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Un italiano en noruega
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Guillermo Balbona | 05-06-2017 | 10:05| 0

‘Felicità’

 Quo vado? 2016 85 min. Italia

Director: Gennaro Nunziante.

Guion: Nunziante y Checco Zalone. Música: Zalone.

Fotografía: Francesco Di Giacomo. Reparto: Checco Zalone,  Eleonora Giovanardi,  Sonia Bergamasco.

Comedia. Cinesa y Peñacastillo

El intérprete parece un mal híbrido de laboratorio entre Louis de Funes y Alberto Sordi. Y su película, porque ‘Un italiano en Noruega’ es un traje a su medida, se postula como una sátira, a veces burda y otras descaradamente demencial. ¿Se imaginan a Romina y Al Bano cantando ‘Felicità’ en ‘El rayo verde’ de Eric Rohmer? El filme opone entre la revelación y el cachondeo las costumbres latinas y las nórdicas para entonar un canto de tifossi y nacionalismo italiano en favor de un juego de contrastes culturales que no pasaría el corte de los cientos de comités de subvenciones europeas. El actor, guionista y músico Checco Zalone y el cineasta Gennaro Nunziante conforman un tándem que les ha permitido parir ya cuatro taquilleras películas en su país. En este caso se sirven del retrato del estereotipo de un funcionario cuyo oficio principal reside en la comodidad y en la vida contemplativa mientras estampa el sello del departamento provincial en los papeles de licencias. Y, por supuesto, procurando que el entorno esté a su servicio. Con finura y psicología que no las hay, el personaje podría haber sido un digno heredero de esa familia maravillosa que integraban el hermano de Fellini, Sordi y compañía en ‘Los inútiles’. Pero aquí son otras las miradas. La del comediante, a ritmo de sitcom, que traza, es un decir, la silueta del costumbrismo más tópico en un elogio de las esencias patrias. Actor y director buscan la hilaridad facilona, el trazo grueso sin vergüenza ajena y la extracción lúdica de lo más burdo y trillado. Así que la ración de superficialidad está asegurada. En el saco roto de la comedia cabe todo y se escapa todo. Hay chistes fáciles, algún gag a prueba de tiempo y mucha tontería, especialmente en la relación de pareja. Solo los ataques a los funcionarios poseen algo de acidez y mirada cáustica. El resto, un lost in traslation de tarjeta postal y móvil, es una bobería en favor del dolce far niente. Pero la supuesta comedia a la italiana posee un cargamento de vulgaridades que salpican la vida de este italiano que ve amenazado su status quo. Su taquillazo europeo es el legado de este subgénero impulsado desde la francesa ‘Bienvenidos al norte’, argumentos favorecidos por el populismo rampante. Curiosamente la ambigüedad a veces y la incorrección política moderada –a excepción de dos contundentes y atrevidos chistes ácidos sobre personas con discapacidad–le funcionan al cómico Zalone que logra en este caso adentrarse con eficacia en la picaresca de algunas zonas cero del humor y la crítica social. Divertido muy pocas veces, irritante y cargante casi siempre, el actor/personaje se comporta igual que un gorrón en una fiesta ajena al que nadie puede echar. Y acapara escenas, planos y situaciones hasta lo cansino. Cuando la ficción se detiene en Italia, quizás por empatía o porque la crítica es más contundente y lúcida, el filme muestra que iba por el buen camino, pero su viajera acumulación de tópicos, de Africa a Noruega, solo inmoviliza su costumbrismo en un paquete postal de lugares comunes hasta el patetismo. Y mientras, Zalone y los suyos buscan el espejismo de la felicità vitalicia.

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Aullido de actriz
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Guillermo Balbona | 05-06-2017 | 10:04| 0

El caso sloane

EE UU. 2016.  132 min (12). Drama.

Director: John Madden. Guion: Jonathan Perera.
Música: Max Richter.

Fotografía: Sebastian Blenkov. Intérpretes: Jessica Chas

Cuando la dirección se vuelve rutinaria ahí está ella para solventar el atasco. Si el guion no puede salir del nudo de género, su presencia revela matices y la ficción se adentra en otras sendas inexploradas. Jessica Chastain retrata con precisión, eficacia y contundencia a una loba de esos negocios, siempre turbios, donde lo que empieza en un pantano político desemboca en una ciénaga económica, y viceversa. Encarna a Elizabeth Sloane como si toda su vida hubiese ejercido de implacable y feroz ejecutiva. ‘El caso Sloane’, que plantea el retrato, más que disección honda, de esas fronteras manchadas de dinero, corrupción, barro, sangre y compraventa de dignidades y carreras personales, en las que el último eslabón de la cadena es la supuesta diplomacia y el interés colectivo. La legislación sobre el control de armas, uno de esos juanetes permanentes en los pies de la democracia norteamericana vertebra la acción de de este thriller básicamente de duelos verbales, desmesura locuaz y monólogos políticos. Sloane se resiente de un arranque algo confuso, acelerado y espeso y gana enteros cuando Chastain toma el mando, acapara escenas y pone tempo donde el cineasta John Madden se diluye en un guion que quiere ser un esqueje de la escritura de Aaron Sorkin. El filme es menos inteligente de lo que aparenta, más ambicioso que sutil y más convencional que lo que presupone. El director de ‘Shakespeare in Love’, que ya había trabajado con Chastain en ‘La deuda’, plantea una historia a lo David y Goliat, metáfora politico empresarial de lobbies y corruptos, de hipocresías y falsa moral que nunca logra atravesar la primera capa de la superficialidad. Prueba de sus limitaciones es que ‘El caso Sloane’ avanza a golpe de giros, de vueltas de tuerca tan forzadas que dejan ver las costuras y convierten la trama en un juego de falacias y máscaras, tan endeble como vulgar. Especialmente grave es el tramo final cargado de retorcidas hipérboles para mantener la tensión y traza callejones sin salida y escapes sorprendentes. La actriz, por contra, pone mesura, despliega aristas de un personaje del que extrae intensidad y profundidad. Una mujer compleja, que esconde y disfraza entre imposturas, sus carencias y defectos, y se adentra en el bosque machista del poder con salvaje y maquiavélica actitud. El thriller desnuda la falta de ética pero pierde su convicción y su energía en sucesivos agujeros negros tapados con esas retorcidas ocurrencias y cambios de eje. Al asomarse al abismo de lo predecible en varias ocasiones, el filme busca el cielo en la indómita y entregada pasión de Jessica Chastain, probablemente la actriz del presente y del futuro imperfecto de Hollywood.

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Vivir así es morir de amor
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Guillermo Balbona | 29-05-2017 | 8:39| 0

Me casé con un boludo

Argentina. 2016.  110 min (TP). Romance.

Director: Juan Taratuto. Guion: Pablo Solarz.

Música: Darío Eskenazi.

Fotografía: Julián Apezteguía.

Intérpretes: Adrián Suar,  Valeria Bertuccelli, Gerardo Romano y  Norman Briski.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Vivir, actuar, actuar, vivir. Es una comedia muy, muy argentina. Un vodevil de actores, una vuelta de tuerca a la interpretación dentro de la vida, una catarsis sobre las posibilidades de ser nosotros mismos o de parecerlo. Una de máscaras con el amor como médium y como única dimensión. ‘Me casé con un boludo’ –en los matices de este término puede estar buen parte de las claves del filme de Juan Taratuto– es verborreica, lenguaraz, caudalosa y está acaparada por una pareja de excelentes intérpretes que se montan su particular tango de neurosis, hipérboles, miedos, afectos y desafectos. A veces actúan fuera del filme que ruedan en la ficción y otras se aman y viven su verdad dentro del set de rodaje en el que transcurre buena parte de la película. Es un bucle satírico a veces, de sainete otras, incesante siempre, que no se detiene más que en el verbo de ambos actores. El cineasta de ‘No sos vos, soy yo’ se mueve y diluye también con soltura y obsesión por la guerra de sexos, los límites entre la realidad y el deseo, la ficción y la realidad. Es una comedia romántica simpática, pero menos. Una declaración de amor a la interpretación como un medio de llegar a la vida. Todo es gesto, locura controlada y un despliegue de complicidad entre Adrián Suar y Valeria Vertuccelli, ella inmensa durante la mayor parte del metraje. Falta profundidad y elementos, factores que agiten la trama. Es una comedia de una idea y de una pareja que no parece avanzar nunca, varada en el egocentrismo de él y la fragilidad de ella. En realidad, el director se limita a estirar su propio cine fórmula y a cambiar las tornas de ‘Un novio para mi mujer’, que rodó con la misma pareja de intérpretes. No hay profundidad de campo en el guion que se queda en la superficie. Suar (hubiese sido más acertado elegir a Diego Peretti) y Vertuccelli sacan petróleo al encarnar a este matrimonio en el que, como todos, no se sabe dónde empiezan las poses, la simulación, el dejar de ser uno para ser el otro. A este ‘boludo’ le fallan las costuras. Es una comedia amable en la que, sin embargo, todo debería ser cruelmente ácido. Es previsible cuando se fundamenta en el azaroso y pantanoso campo minado de las relaciones de pareja y buena parte de los diálogos piden a gritos que alguien les zarandeen más allá de la gracieta y del chiste fácil que contienen. Con riesgo hasta podría haber sido un excelente musical. Hay más postureo que talento. Más histrionismo que psicología. Con algo de Pigmalion y otro poco de Cyrano, con deudas  muy lejanas de Allen, la comedia se estira y alarga innecesariamente, casi tanto como el propio ego que está en el latido y la médula de la comedia. Hacia el final el director recurre a Camilo Sesto que asoma como una banda sonora que estuviera dando la hora. «Y ya no puedo más, /Siempre se repite la misma historia/ Y ya no puedo más,/ Estoy harto de rodar como una noria»…

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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