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Autor: Guillermo Balbona
Autoengaño
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Guillermo Balbona | 09-01-2017 | 9:50| 0

Contratiempo

España. 2016. 106 m. (12). ‘Thriller’.

Director: Oriol Paulo.

Intérpretes: Mario Casas, Bárbara Lennie, José Coronado, Ana Wagener, Paco Tous, Francesc Orella.

Salas: Peñacastillo y Cinesa

Si se juega al puzle, a la precisión milimétrica de una ficción de enredos, apariencias y engaños, uno corre el riesgo de enredarse en un bucle anodino de máscaras y superficialidad. A ‘Contratiempo’, nueva incursión del cine español en el thriller, variante negra de perdición, sin discutir su sólida factura, muestra precisamente ese síntoma de la trampa de lo enrevesado. Pese al excelente arranque la trama confunde pliegues y confusión, y ese límite inasible entre lo verosímil, lo creíble y la sensación de verdad se diluye demasiadas veces en un película con muchas trampas, endeble en su camino hacia una resolución que busca a toda costa el efecto sorpresa y que practica el autoengaño, sin que ello suponga arrastrar al espectador. También pese a los esfuerzos se transmite la sensación de que el reparto es fallido o, al menos, no hay química ni intensidad para dotar de atmósfera a la ya de por sí frágil y fracturada trama de los amantes envueltos azarosamente en un destino que puede desvelar las sucesivas capas de sus dobles vidas. El cineasta Oriol Paulo, que ha alternado el medio televisivo con su paso por las pantallas (‘El cuerpo’) se desmarca del thriller más sucio, urbano y de paisajes sociales crudos, el más frecuentado en los últimos años por estos lares, y se decanta por escenarios más sofisticados, personajes que miran desde las alturas –en este caso desde las zonas del triunfo y del éxito y los nuevos capitales de la Barcelona más cool– para mostrar, más que diseccionar, determinados comportamientos de arrogancia y prepotencia. ‘Contratiempo’ parece tan preocupada  en lo formal, en aparentar, en encajar las piezas y en rizar el rizo de una supuesta minuciosidad, que al director se le va la película en ese presunto encaje de bolillos narrativos entre la reconstrucción, el flash back oficial y el juego de espejos sobre hipótesis y realidades. Oriol Paulo, un guionista sólido, no acaba de exprimir todo el jugo emocional que la pasión encarnada por Bárbara Lennie y Mario Casas destilaba a priori, y tampoco logra dotar de fuerza progresiva hacia ese desencadene que hipoteca lo visto anteriormente. El espectador no sabe más ni menos de las criaturas que se le han puesto frente al espejo de la pantalla como quería y hacía Hitchcock, sino que se siente huérfano y se desatiende de las arriesgadas piruetas. Lo que busca ser un laberinto emocional, un cul de sac con espejismos y salidas en falso, acaba en mero juguete artificial exento de empatía y apego. Un Lego al que le sobran fichas y le falta profundidad de campo para correr hasta esa encrucijada donde culpa, venganza, poder, seducción y redención se citan en carne viva sin la coartada de ese interminable trampantojo que devora a sus personajes.

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La vida cum laude
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Guillermo Balbona | 09-01-2017 | 9:47| 0

Los exámenes

Bacalaureataka. 2016 128 min.  Rumanía.

Director: Cristian Mungiu. Fotografía: Tudor Vladimir Panduru.

Reparto: Adrian Titieni, Vlad Ivanov, Maria-Victoria Dragus, Ioachim Ciobanu, Gheorghe Ifrim, Emanuel Parvu, Valeriu Andriuta, Claudia Susanu Morariu.

Género: Drama Sala: Bonifaz. Filmoteca. Esta semana. 

En su aparente austeridad y realismo subyacen fuerzas ocultas, necesidades, miedos, dobles y triples vidas. ‘Los exámenes’ es una película valiente porque carece de imposturas, de pérdidas de tiempo en el sentido de banalidades ornamentales, y además porque no se permite ni un solo disfraz. Un padre, una hija, un suceso de esos que marca un devenir, un objetivo y un destino marcado en una dirección bastan para narrar una serie de estados de ánimo, un sucesivo juego de colisiones entre engaños y temores. El verdadero examen es el de la vida cotidiana, protegida, enmascarada. Tras el retrato puntual se revela toda una radiografía moral de una sociedad, la rumana, aunque la película de Cristian Mungiu destila una mirada plural, reconocible, sin geografías localistas. Como un Haneke domesticado, exento de subrayados de estilo, el cineasta de ‘4 meses, 3 semanas y 2 días’ traza un retrato sombrío, carente de prótesis, sutil, donde lo psicológico y lo moral imponen un ritmo y un paisaje intenso, a veces doloroso, otras turbio, angustioso entre dilemas y actos corruptos, siempre frío pero contundente. El filme en un par de anécdotas y de diálogos entre actos cotidianos muestra su estela accidental. Apenas una ventana rota de manera inesperada se convierte en un agujero negro que violenta la normalidad y marca la frontera entre lo público y lo íntimo. La conversación inicial, fundacional y absolutamente ‘normal’ entre el padre y la hija, en un coche camino de una escuela, transmite sin embargo sensaciones de extrañeza y provoca la impresión de estar asistiendo a la amenaza de un familiar laberinto de detalles y relaciones. Su cine parece fácil, no es agresivo ni infunde el sentimiento de implicación y complicidad. Por contra discurre preciso, implacable, medido, como si fuese un magma que se enreda. Sin juzgar, la disección del cineasta rumano desnuda con equilibrio lo exterior y lo interior, la moral social y la individual, la herencia del pasado y el mal instalado en el presente. La historia, construida en una serie de sucesos enlazadas y encadenados, desvela la corrupción, el amiguismo pero también las cadenas generacionales, la paternidad mal entendida y las frustraciones. El plano secuencia, su despojamiento, el retrato humano, las tensiones entre decadencia y dignidad envuelven esta crónica de una mentira que contiene muchas otras y que edifica el difícil oficio de vivir, casi siempre entre el suspenso y el cum laude.

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Morder la furia
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Guillermo Balbona | 03-01-2017 | 1:25| 0

Comanchería

EE UU. 2016. 102 m. (12). ‘Thriller’.

Director: David Mackenzie.

Guión: Taylor Sheridan.

Música: Nick Cave, Warren Ellis.

Intérpretes: Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster, Gil Birmingham.

Género: Thriller.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es tan resabiada como implacable. Destila palabras como balas y recubre el polvo del camino con una pátina de clase B y neowestern con hálito romántico. En realidad, ‘Comanchería’  -‘Hell or High Water’- (otro de esos títulos horribles en sus distribución comercial) es una magistral balada amarga revestida de thriller con muchos aromas nostálgicos. Pulso, furia y desazón atraviesan la médula espinal de esta geografía desoladora donde el paisajismo, el desencanto, la América profunda (también la de los espejos interiores donde hierve el caldo de Donald Trump), la venganza, la redención y la violencia construyen un retrato de la desesperación. Hay sátira soterrada, mucha mala leche y cargas de profundidad sobre aspectos como el racismo, las identidades, la sensación fronteriza de dejar atrás una época y entrar en otra indefinida y, por supuesto, toda esa atmósfera heredera del western crepuscular.  David Mackenzie, cineasta de ‘Perfect Sense’, combina con destreza y se recrea de forma vigorosa entre factores estéticos y narrativos: el toque estilizado de la fotografía, la seca y contundente soledad de las carreteras interminables con aire existencialista y los perfiles matizados, a veces paralelos otras como juego de contrarios, entre la pareja de hermanos ladrones (excelentes Chris Pine y Ben Foster) y la de sus perseguidores el sheriff (un inmenso Jeff Bridges) y su ayudante. El filme rezuma melancolía, transparenta cine negro, participa de esos dramas morales que han hecho historia y se revela volcánico y sin tregua cuando ahonda en las raíces de lo criminal. El excelente arranque de ‘Comanchería’ ya muestra las claves de un cine maduro y elegante, que equilibra el ruido y los silencios, el gesto y la pose, lo divertido, bufonesco y caricaturesco con la amargura trágica y el aliento poético de dos perdedores que estrujan el destino para cambiar el viento en contra. Clanes, llaneros solitarios, outsiders, marginados se solapan en la historia texana del director de ‘Convicto’ (Starred Up) pero el ojo del huracán es la familia, la fidelidad, lo fraternal y la ligazón también extraña entre criaturas aparentemente opuestas que cabalgan con coches en lugar de caballos por un duro y hermoso paisaje. Hay abrazos y veneno, en esta especie de ‘No es país para viejos’ con perfume beat, exprimiendo el ‘on the road’ de dos forajidos aún sin leyenda que se mueven entre desahucios, pobreza y miseria moral. A veces apunta al delirio y desata sonrisas amargas y otras ocasiones discurre sinuosa y sumergida en lo turbio. Ocre desierto contra viento y marea. Dejen los convencionalismos sobre la silla y monten en esta fuga de épica, furia y fuego con mirada rebelde y alma de proscrito.

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Amores ingrávidos
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Guillermo Balbona | 02-01-2017 | 10:55| 0

Passengers

EE UU. 2016. 116 m. (7). Ciencia Ficción.

Director: Morten Tyldum.

Intérpretes: Jennifer Lawrence, Chris Pratt, Michael Sheen, Inder Kumar.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

La premisa de que la felicidad es accidental fundamenta esta odisea intergaláctica con pareja dentro. ‘Passengers’ es un rasguño emocional sobre ese inmenso e insondable agujero negro que es la condición humana. En su ficción se habla mucho del espacio exterior, de la distancia entre galaxias y de dimensiones infinitas pero, en realidad, sólo cuenta el espacio íntimo, el de la privacidad y el del otro, el que se crea sentimentalmente con querencias, deseos y sueños compartidos. El filme empieza apocalíptico como una incursión en la angustia vital y la soledad, una especie de mezcla entre ‘Soy leyenda’ y la reciente ‘Marte’. Después discurre como un ‘Titanic’ interestelar donde dos náufragos adoptan al amor como salvavidas. Y, finalmente, se reconvierte en crucero mainstream de balseros que dudan sobre el concepto de paraíso. Dos intérpretes con química dan brazadas ingrávidas para lograr que ‘Passengers’ logre superar la travesía con dignidad. Pero la falta de ambición  y de talento de Morten Tyldum impide que ahora estemos hablando de una obra maestra y nos limitemos a certificar la crónica de una aventura frágil, que incurre en convencionalismos cuando colisiona con los meteoritos de la banalidad y que desaprovecha la fuerza motriz de una de las historias de amor más hermosas que se han visto en pantalla en los últimos tiempos. Sin embargo, es muy débil el latido de renuncias y sacrificios, de libre albedrío y azar que destila el encuentro entre dos criaturas en el vacío de un viaje interminable, programado a través de la hibernación de sus pasajeros. La imposible historia de amor accidental está cruzada por la complicidad con algunos títulos clásicos de la ciencia ficción, desde Kubrick hasta la aún caliente ‘Gravity’. El cineasta de ‘The Imitation Game (Descifrando Enigma)’ busca el equilibrio entre una elegante puesta en escena en la que se intuyen algunos pliegues poéticos, tanto en los momentos de soledad del protagonista como en los abrazos entre la supervivencia y el amor como redención aunque, poco a poco, todo se deja mecer por la atmósfera de lo previsible y predecible. La nave Avalon como un Nostromo gigantesco no puede competir con la magnitud de un amor que asoma como el mayor campo de fuerza gravitatorio de la galaxia. Pero el director de ‘Headhunters’ otorga muchas concesiones, se muestra conservador y deja la navegacion a merced de los lugares comunes de tal modo que el filme pasa de ser humano a androide con demasiada autocomplacencia. Tradicional y eficaz, exprime los juegos del hambre galáctico de Jennifer Lawrence y Chris Pratt para generar una burbuja de comedia romántica donde el director noruego marca los asideros donde atracar su apuesta comercial. Por debajo, ya sin oxígeno, discurre esa herida ética, emocional y enigmática de dos seres que miden y se interrogan sobre la dimensión última de la necesidad de amar. Pero esa película perdida se desintegra en el olvido

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Terapia todo a cien
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Guillermo Balbona | 31-12-2016 | 3:25| 0

Belleza oculta

EE UU. 2016. 97 m. (12). Drama.

Director: David Frankel.

Intérpretes: Will Smith, Helen Mirren, Kate Winslet, Keira Knightley, Edward Norton, Naomie Harris, Michael Peña, Jacob Latimore.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Da grima encontrarse con una camada de intérpretes excelentes, de Kate Winslet a Helen Mirren, intentando sacar adelante semejante mamarrachada con ínfulas de mensaje sanador y pretenciosidad de hondura. ‘Belleza oculta’, una especie de manual de autoayuda todo a cien con consolador y libro de instrucciones reparador, es uno de los filmes más estúpidos de los últimos tiempos. En lo puramente cinematográfico la fábula es mediocre y salvo sus actores, como ya se ha subrayado, el resto posee traza de telefilme disfrazado de grandilocuencia cinéfila. Una especie de Capra barnizado de cuento de Navidad. Buscar la manipulación sentimental con la muerte de una hija, hecho que recorre las entrañas del filme desde su arranque, resulta patético. David Frankel, cineasta procedente de la cantera televisiva (artífice de episodios de ‘Sexo en Nueva York’ y ‘Hermanos de sangre’), y director de la taquillera ‘El diablo vista de Prada’, se limita a dejar que un reparto excelso en el que sobresalen Mirren, Edward Norton y Michael Peña, conduzca el destino de un personaje, el que encarna con desgana Will Smith, sobre el que pivotan todos los supuestos sentimientos y el manipulador y vergonzoso latido emocional de la historia. ‘Belleza oculta’ juega con el dolor y la ausencia con descarada soberbia, con diálogos ridículos y esa utilización ya manida, pero burda en este caso, de ángeles dispuestos a masajear la condición humana. El cineterapia que se marca Smith y compañía, una partitura de superación sonrojante, es además reiterativo en ritmo y forma, vulgar en lo explícito del mensaje y siempre con una meta única: alcanzar un éxtasis lacrimógeno decadente. Como melodrama  no funciona ni en su tontorrona vulgaridad, ni en su utilización del sufrimiento, ni en su estructura coral de vidas cruzadas y ángeles sin alas. Cuento bobalicón con toques de realismo mágico metido dentro que parece diseñado por una secta dedicada al postureo sentimentaloide. Patética en su argumento, alcanza lo ñoño y cursi en su desarrollo, y desemboca en el ridículo. ‘Belleza oculta’, que utiliza la metáfora de unas fichas de dominó que edifican construcciones imposibles para luego derrumbarse, refleja con ello sin saberlo la propia esencia de una película cargada de subtramas y subtextos que se desmaya en cada plano ridículo de este desvarío y desastre navideño. Todo el filme es, en fin, un grotesco desfile de gurús con receta que convierte el dolor, la muerte, el tiempo y el amor en sobrecitos de azúcar con mensajes terapéuticos. Como venenoso pseudomelodrama no tiene precio. (Sólo una excepción: el personaje de Mirren lamentándose que cada vez sea más difícil encontrarse alguien que haya visto algo que dure más de ocho segundos. Toda una advertencia ante la falta de educación de la mirada de las nuevas generaciones).

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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