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Autor: Guillermo Balbona
Fe en la contemplación
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Guillermo Balbona | 31-01-2017 | 9:02| 0

Silencio

2016 159 min. Coproducción.

Director: Martin Scorsese.

Fotografía: Rodrigo Prieto

Reparto: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Shin’ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu.

Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Hay mucho sermón tras la contemplación y una agotadora sensación de que fe y belleza, oración y sufrimiento, silencio y distanciamiento dramático no acaban nunca de cuajar. Entre cavilaciones y miradas desde el fondo de una gruta, lo físico y la metafísica colisionan en este filme hermoso muchas veces, excesivamente frío y distante casi siempre que, paradójicamente, destila sus momentos más místicos en el cautiverio y en la tortura más que en los pasajes que potencian la dialéctica piadosa o en la búsqueda y la llamada de Dios. Martin Scorsese, tras la brutal e implacable demostración de estilo que dejó, como un reguero de cine explosivo, en ‘El lobo de Wal Street’ y entre idas y venidas por incursiones televisivas y documentales, ha desempolvado un proyecto muy personal e íntimo, entre la vocación y la devoción, lo piadoso y lo inquieto. ‘Silencio’ tiene un halo de pureza tan discutible como atractivo pero en contra de lo que pudiera parecer, en el agnosticismo y el laicismo, en la espiritualidad artística y humana de Bergman cabe más oración y profunda trascendentalidad que en muchos pasajes de ‘Silencio’. En ‘Como en un espejo’ había más hondura que en este rezo contemplativo del martirio al que asistimos de la mano del director ‘La última tentación de Cristo’. Incluso si la redención es el ADN del cine de Scorsese, en la mayor parte de su cine más físico hay una traslación emocional y potencial más intensa de la fe en lo humano. En Jack la Motta, el boxeador de ‘Toro salvaje’, se transparenta mejor el valor de una fe pura que en este retrato de los jesuitas portugueses que viajan a Japón en busca de un misionero. Adaptación de la novela de Shusaku Endo, Scorsese se atreve con un viaje interminable al fondo de la fe donde desesperación, reflexión e incomprensión visualizan más sentimiento y pasión que en los arrebatos de este drama religioso exento de intensidad dramática, lastrado por algunas equivocaciones de reparto. Cuando este cineasta inmenso parece preguntarse por las posibilidades del cine, sus imágenes adquieren más verdad que en los interrogantes de su épica espiritual. Por momentos el personaje de Liam Neeson asoma como un trasunto del coronel Kurtz de Conrad y Coppola. Al cabo todo es apocalípticamente humano. Belleza y fe en comunión y en colisión. El sufrimiento que conlleva la duda y el silencio de Dios que genera sufrimiento, la apostasía y el martirio, la crueldad y la intolerancia, asoman en esta obra quizás demasiado propensa a adoptar un tono ceremonial que desciende con frecuencia a lo reiterativo. Todo es inevitablemente solemne y cargado de grandeza. Pulcra, austera, ambiciosa, sin concesiones, posee latidos de los grandes cineastas nipones que suenan entre los pliegues evangélicos de un cine que nunca, sin embargo, deja que el tacto de la mirada se adentre en la llaga de la resistencia: de la fe en el cine y de un cine sobre la fe.

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Al final del patetismo
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Guillermo Balbona | 24-01-2017 | 3:19| 0

Los del túnel

España. 2017. 95 m. (12). Comedia.

Director: Pepón Montero.

Intérpretes: Arturo Valls, Natalia de Molina, Neus Asensi, Manolo Solo, Teresa Gimpera, Emma Caballero, Raúl Cimas.

Salas: Peñacastillo y Cinesa

Busca escapar de los estereotipos de la comedia coral costumbrista y se acerca a la tragicomedia. La película llega a atisbar la luz y en algún momento ofrece zonas de deslumbramiento pero no dejan de ser fogonazos esporádicos e insuficientes. Aun así esta historia de supervivientes, de héroes accidentales que logran salvarse tras haber estado quince días atrapados en un túnel, tiene algo de rareza. Personajes, patéticos en su mayoría, que se mueven entre el oportunismo, la fachada social y la hipocresía, o la doble vida, componen esta galería presentada con ribetes de humor negro y melodrama, que a veces deriva al esperpento y otras a lo bufo y grotesco. Es por eso que domina la sonrisa amarga sobre el efecto cómico de gags y diálogos. ‘Los del túnel’ que reúne a una decena de variopintas figuras, casi todas personas con discapacidades emocionales, trata de elevarse pero se estanca y acabar por  presentarse más como el episodio piloto de una sitcom donde cada capítulo permitiría conocer los entresijos de sus respectivas personalidades. El filme del debutante Pepón Montero une azarosamente a personajes con un eslabón común: todos tratan de aparentar, de ser lo que no son, de administrar su patetismo dentro de una sociedad que no admite las diferencias. La marginación, la muerte, la empatía, la exclusión, la marginación son los materiales de esta comedia estrujada que tan pronto se desenvuelve con gracia en lo paródico como se mantiene de forma irregular en el terreno siempre delicado de la farsa. Es una película a contracorriente, y ese es su mayor mérito, pero se muestra endeble la hora de la puesta en escena y es excesivo el peso que tiene Arturo Valls (productor) en el desarrollo de la trama. Hay, no obstante, un pulso entre cierto costumbrismo trasnochado y un guiño neorrealista salpicado por algunas notas de Azcona. El reparto cumple su cometido con eficacia (excelente Nuria Mencía) en un filme que sale adelante a borbotones, entre situaciones demasiado estiradas como la de la estancia en el hospital y un jocoso flash back que reconstruye el pasaje del túnel tras el siniestro. Criaturas enterradas en vida que persiguen sus salidas aunque sea a costa de la dignidad. El cineasta y su guionista de cabecera (la cosa se remonta a ‘Camera café’), Juan Maidagán, no siempre logran convertir la fragilidad en la que se mueven los personajes en agudo estado de las cosas. En muchas ocasiones , la idea original se enquista y la película acaba pareciéndose a ese disco de los Pecos que suena cansina e irremediablemente en un bucle demasiado familiar, que pierde poco a poco el sello diferencial que presagiaba.

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Pudoroso y poderoso drama
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Guillermo Balbona | 23-01-2017 | 10:05| 0

Loving

EE UU. 2016. 123 m. (7). Drama.

Director: Jeff Nichols.

Intérpretes: Joel Edgerton, Ruth Negga, Michael Shannon, Marton Csokas, Nick Kroll, Jon Bass, Bill Camp.

Salas: Peñacastillo

Una caricia, una mirada, un gesto casi terminal bastan para mostrar, que no demostrar, este acto de amor frente a la adversidad. ‘Loving’, contenida y sobria, es un pudoroso y poderoso drama. Esta historia real de una pareja interracial, que construyó su vínculo a través de una serie de batallas por los derechos civiles frente a la segregación, la herencia del esclavismo y el racismo, es un sutil y delicado retrato.

La violencia soterrada, el paso del tiempo, los entresijos judiciales, el mapa sociológico de una época que destilaba signos de cambio se revelan en el filme de Jeff Nichols como apuntes de un fresco mayor en el que el amor permanece como acto de fe. El cineasta de ‘Take Shelter’ convierte en una mesurada pero contundente denuncia, lo que en otros sería un melodrama de evidencias y obviedades. ‘Loving’ nunca subraya ni se excede. Se desliza como una de esas crónicas transparentes que nunca anteponen el estilo o la forma a las ganas de contar y contarlo bien. Un filme hermoso pero exento de  búsqueda de esteticismo (aunque los pintores y fotógrafos de la América profunda están muy presentes) cuya épica, lucha y reivindicación asoman de forma subliminal.
En ‘Loving’ no hay aspavientos. Todo rezuma intimidad, observación. Es una mirada de dos horas cuya distancia nunca implica frialdad. En realidad lo importante es lo esencial: un hombre blanco y una mujer negra están enamorados. Y a la supervivencia del amor dedican su vida, y a ella destina Nichols su esfuerzo narrativo sin más deslumbramiento que esas manos entrelazadas cuando el enemigo está cerca, o esa mirada de complicidad cuando el miedo o el absurdo de las leyes acechan.
Nichols sabe de nuestra mirada contaminada, de la copiosa, torrencial e invasiva inundación de imágenes. Y ‘Loving’, que sitúa su relato en el Estado de Virginia entre finales de los años cincuenta y sesenta, no compite ni con documentales ni con reportajes. Sus coartadas son la belleza y la claridad. Sus valores, la honestidad formal y el rigor de esa mirada sosegada que va sembrando cada plano de una inquieta convicción, de fe en el amor y de un delicado pero firme retablo sobre la necesidad de amar y los fantasmas que lo impiden. A la hora de la verdad el cineasta de ‘Mud’ consigue que cada espectador sea ese fotógrafo de la revista ‘Life’ que visita la casa de los ‘Loving’. En unas maravillosas escenas, el reportero gráfico, sumido en la intimidad del hogar espera paciente para adentrarse en la burbuja emocional de la pareja, ese universo intransferible, y fijar el momento único de lo humano para el que no hay más leyes y límites que la dimensión de los sentimientos. Cuando todo se vuelve grave en torno a esta pareja –el caudaloso y efectista globo mediático; el Tribunal Supremo; la presión social; el peso de la historia…– entonces basta una frase: «Dígale usted al juez que amo a mi mujer».
La actriz Ruth Negga es la gran cómplice de Nichols para edificar esta historia universal fuera de cualquier convencionalismo, burlando los clichés y alumbrando esos resquicios por los que muchas veces se fuga la emoción.
Hay naturalidad, que no naturalismo, verdad visual y un tempo de amor dentro del gran tiempo social. Lo que verdaderamente agita en esta magnífica obra es su quietud en tiempos convulsos, sus inagotables recursos para describir a dos náufragos que no necesitan más asideros que sus brazos para nadar hasta la orilla de su dignidad. La de volver a casa y abrazarse. Con el mundo y al margen de él.

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Luna negra
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Guillermo Balbona | 23-01-2017 | 10:03| 0

Figuras  ocultas

EE UU. 2016. 127 m. (TP). Drama.

Director: Theodore Melfi.

Intérpretes: Octavia Spencer, Taraji P. Henson, Janelle Monáe, Kirsten Dunst, Kevin Costner, Jim Parsons.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Tan melifluo como eficaz este retrato reivindicativo, a modo de biopic histórico de una injusticia, tiene más de blandengue entretenimiento que de rigurosa indagación. ‘Figuras ocultas’ (cifras de talento, más  bien) es una de esas inmersiones del cine en zonas olvidadas o tapadas que rescata con aire solidario, pero sobre todo mirada derevista hagiográfica. En esta ocasión Theodore Melfi reúne los perfiles de tres mujeres negras que trabajaron en la NASA cuando el programa espacial empezaba a enseñar sus dientes y se postulaba como carne de competición política frente a Rusia. La administración del talento colisionaba con el racismo y el machismo. A través de gestos y detalles más que de un cine militante la película, que se sirve de un excelente reparto, muestra como estas mujeres debieron enfrentarse a la marginación, la indiferencia y el entorno viril y abrirse camino mediante su talento. Matemáticas e ingenieras, pero sobre todo mujeres que lucharon contra las circunstancias. No obstante a la sencilla facilidad del relato, más bien convencional y previsible, le sale el sarpullido de cierta indolencia. Asistimos al  camino empedrado de estas heroínas sin que tengamos verdadera constancia de sus pasos, de su dolor, de su fuerza de voluntad. El cineasta de  ‘St. Vincent’, con Bill Murray, se limita a la matemática de la lógica narrativa, sin arriesgar, apoyado en las interpretaciones y en una recreación lineal del triunfo frente a la adversidad. Nunca apreciamos la personalidad ni el carácter de las mujeres, sino que deposita toda su intención en el sentimentalismo y las claves del éxito en torno a ese trayecto con final en la luna. Del sexismo y el racismo, de los momentos truncados, sufrientes, apenas unas pinceladas como si hubiesen sido meras anécdotas y no verdaderas espinas clavadas en su condición. Theodore Melfi pone en órbita los buenos sentimientos y el emotivo ascenso a los cielos, real y metafórico, pero se olvida del laboratorio de dolor y marginación, del barro pisado por las tensiones raciales y los prejuicios de una sociedad con muchas sombras. En ningún momento ‘Figuras ocultas’, tan bonita como acomodaticia, puede obviar su aire de telefilme de calidad. Como tantas historias de superación se solapan los personajes que cambian de dirección, los diálogos didácticos, las ilustraciones tópicas y el mensaje subrayado hasta dar con el resultado exacto. Pero durante el proceso nunca apreciamos las entrañas del problema. Como postal científica metida en el sobre de los derechos civiles la película responde a las expectativas y discurre por ese espacio entre la épica edulcorada y el encanto de la visibilidad. Hay un resplandor de luz de luna tan medido que puede llegar a parecer falso.

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De efectos y afectos
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Guillermo Balbona | 23-01-2017 | 9:43| 0

Toni Erdmann

Alemania. 2016. 162 m. (16). Comedia.

Directora: Maren Ade.

Intérpretes: Peter Simonischek, Sandra Hüller, Lucy Russell, Trystan Pütter, Hadewych Minis, Vlad Ivanov.

Salas: Groucho

“¿Crees que tiene sentido la vida?”, le pregunta la hija a su padre en un instante cotidiano de conversación banal convertido en espejo de gravedad. Así es ‘Toni Erdmann’. Una película que simula ser ligera pero que cobija una ácida, a veces cruel, mirada sobre nuestro tiempo. Una sutil sucesión de cargas de profundidad envueltas en una profunda y amarga cadena de bromas que podría haber firmado Milan Kundera. Un filme jocosamente pausado y lacerante en su disección aparentemente amable de las relaciones humanas. ‘Toni Erdmann’, con estupendos intérpretes y curioso tacto, va envolviendo al espectador en diálogos donde la extrañeza, lo convencional y lo singular se entreveran con una naturalidad existencialista. Su cineasta Maren Ade milita en el absurdo y lo surreal que, al cabo, es lo que da sentido al otro lado del espejo de nuestras vidas. La cineasta de ‘Entre nosotros’ se instala de manera original, arriesgada, en ocasiones cínicamente, en ese territorio trillado pero nunca abonado del todo que se ha convertido en una de las miradas del cine contemporáneo: las relaciones paternofiliales. En este caso una hija y un padre. La primera inmersa, dominada, casi en exclusiva, en las entrañas empresariales y el mundo de las finanzas. Y él, en la periferia de casi todo y distanciado de ese universo ajeno en el que vive su hija. ‘Toni Erdmann’ es una invención dentro de la ficción. Un cuento doble, una parábola que deja sobre la mesa muchas preguntas sobre la felicidad, sobre el sentido de las cosas, sobre esas endebles certezas que se postulan seguras y no son más que convenciones y códigos que disfrazan las incertidumbres. La comedia, con momentos entre el delirio, el esperpento y el realismo estrujado por ese lado confuso de la vida, va dejando actos, ritos y vueltas de tuerca a partir de esa insólita relación entre el viejo profesor de música retirado y la incansable ejecutiva de una empresa alemana establecida en Bucarest. Maren Ade se mueve entre la aparente provocación y ese difícil equilibrio entre tomarse la vida en serio o admitir lo ridícula que puede llegar a ser. Humor y extravagancia, crueldad y ternura se alternan en una obra muchas veces hilarante, jocosa y muy amarga. La cineasta restriega sobre la pantalla los fríos mecanismos y el precio del capitalismo, la dolorosa incomprensión del otro en un juego de efecto, afectos y desafectos tan esperpéntico como conmovedor. Lo familiar y la máscara, lo superficial y lo que subyace, lo que aparentamos y lo que somos asoma entre bromas, conversaciones y situaciones tan divertidas como incómodas, caso de la fiesta nudista de cumpleaños. Una obra inteligente, que sólo se excede en el metraje, y deliciosamente dolorosa como esas bofetadas a las que sigue un beso tierno y sincero.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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