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Autor: Guillermo Balbona
Amazon maternal
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Guillermo Balbona | 17-10-2016 | 9:43| 0

Cigüeñas 

EE UU. 2016. 89 m. (TP). Animación.

Directores: Doug Sweetland y Nicholas Stoller.

Salas: Bonifaz. Filmoteca. Próxima semana

La enérgica, chillona y gamberra tendencia de un nada desdeñable director de comedia, Nicholas Stoller, cineasta de ‘Todo sobre mi desmadre’ y la saga de ‘Malditos vecinos’, se funde desde el guion y la codirección con el debut en el largometraje de Doug Sweetland, responsable del corto de Pixar ‘Presto’. Aquí la animalada de turno, el bebé cabroncete y uno de esos argumentos dron que sobrevuelan casi todo pero a veces no tocan nada se convierte en el alocado mundo de ‘Cigüeñas’. La idea fundacional estriba en una factoría de bebés en paro y en su nuevo reparto, cuya inocencia se envuelve en el celofán moderno de mezclar internet, cubrirlo todo con una capa irónica sobre la reproducción y producción de la maquinaria capitalista y a la postre volver a hacer un canto a la unión familiar con más velocidad que ritmo y mucha apropiación y superposición. Acumular suele ser sinónimo de exceso, no siempre de riqueza, y el batiburrillo visual de ‘Cigüeñas’, sin negar el despliegue técnico que hace ya tiempo ha alcanzado el presente de la animación, se traduce en atropello, en febril carrera hacia ninguna parte. Se busca la gracia más en la aceleración que en las claves argumentales de una especie de elogio de la paternidad que avanza demasiado deprisa sin encontrar un vínculo emocional. Tanto artificio resulta dañino para que salte la chispa de esa magia que poseen en su interior muchas de las cintas de animación, de Pixar a lo tradicional, que se han sucedido en estos años. ‘Cigüeñas’ explota esa veta consistente en solapar los golpes de efecto, en caricaturizar con trazo grueso los personajes y sus representaciones y dotar al engranaje de un motor imparable como de comedia salvaje y resacón. Pero el problema surge cuando se confunde locura animada con ruido, y aquí predomina el ejercicio de gimnasia narrativa que agita pero no convence la sentimentalidad del tramo final, la comicidad sensible y el gamberrismo de voces y situaciones. No ayuda la escasa conjunción entre el debutante y el guionista avezado que siempre busca desatar la acción sin que nada lo justifique. A veces el primero ha metido la quinta marcha y el otro apenas ha mostrado un resquicio de serenidad. Es un relato caótico en el que no acaba de vestir adecuadamente el traje de animación infantil con el gag tomado de las comedias corales juveniles. Este viaje, en modo Amazon, para entregar un bebé alterna las sombras de lo que pudo ser una comedia desatada sobre alumbramientos, maternidades y paternidades, y el festival pirotécnico a veces cargante sobre la distribución acelerada de bebés. La lucha silenciosa con los pingüinos y la transformación de los lobos son dos excepciones brillantes en una historia más preocupada por sobredimensionar y la hipérbole formal que por cuidar esa delgada línea de asociación y empatía que convierte los despliegues técnicos y estéticos en deliciosas narrativas de la emoción.

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Dislate turístico infernal
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Guillermo Balbona | 17-10-2016 | 9:40| 0

Inferno

EE UU. 2016. 121 m. (16). Thriller.

Director: Ron Howard.

Intérpretes: Tom Hanks, Felicity Jones, Ben Foster, Irrfan Khan.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Delirante hoja de ruta hacia ninguna parte, alguien decidió que al batiburrillo superventas de Dan Brown merecía seguir sacándole todo su jugo cinematográfico. Críptica por confusa, desatino y despropósito, ‘Inferno’, tercer descenso a los infiernos del desconcierto de Ron Howard, es una postal de simbologías superpuestas tan absurda y propensa al disparate como alargada y alejada del mero concepto del entretenimiento. Sus personajes, encabezados por ese profesor Robert Langdon, un sabio despistado al que han sacado de la biblioteca con fórceps, se asemeja a una reunión de turistas abandonados por el guía y el autobús que deberían haberles llevado de ruta por los enigmas del patrimonio mundial.  Tom Hanks, en el probablemente único error de su inteligente carrera como actor, se mete en la piel de ese cuerpo sin vida que es el profesor de acertijos, con cara de despistado, aquí acentuada por una pérdida de memoria con la que arranca la película. Pero la amnesia es la del espectador que pronto olvida el interés por seguir las miguitas de este thriller afectado, sin ideas, con diálogos irrisorios y pretenciosos, que trata de cubrir su nadería con un barniz de enigmas cultistas muchas veces ridículo. El retablo itinerante con Dante de ilustrador accidental al fondo suena a vulgaridad y aburrimiento disfrazado de trascendencia. El juego de rol, de Florencia a Venecia y de la ciudad de los canales a Estambul y tiro porque me toca es una peregrinación absurda, falta de garra y que parece la versión cutre de cualquiera de las piezas magistrales de Hitchcock cuando jugaba con misteriosos trucos con el espectador, hipnotizado por una enésima vuelta de tuerca encajada a la perfección. Con espíritu de telefilme y dirección de encargo, el cineasta de ‘Apolo 13’ se toma al pie de la letra lo de dantesco y firma un delirante mosaico  en el que el detective de lo paranormal y su espontánea acompañante no pasarían la entrevista o el debate de Cuarto milenio. No hay tensión ni efervescencia en el suspense metafórico, entre obras maestras e icónicas. Todo tiene más de comedia por exageración, que de divino por gravedad. Nos salva la belleza de los escenarios, aunque sin caer en el paisajismo, y una Felicity Jones en estado de gracia que apunta a monstruo de la interpretación, viene a vernos para dar un poco de coherencia y sencillez creíble a tanta confusión enlatada. Todo posee un aire trasnochado y la paranoica conspiración universal que soporta esta hipérbole desganada resulta patética. Muy convencional y a menudo grotesca, crece anodina y mal estructurada. ‘Inferno’ busca arrastrarnos hasta las llamas del averno y lo único que consigue es que nos tiremos de cabeza al incendio de este código con materiales de derribo e inscripciones con fecha de caducidad en sus tinieblas artificiales.

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Banda sonora emocional
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Guillermo Balbona | 13-10-2016 | 8:27| 0

Sing street

2016 105 min. Irlanda

Director: John Carney

Reparto: Ferdia Walsh-Peelo, Lucy Boynton, Jack Reynor, Aidan Gillen, Maria Doyle Kennedy, Don Wycherley, Kelly Thornton. Coproducción.

Género: Comedia/Drama musical.

Salas: Cinesa

Es un cine pegadizo. Su cualidad está en saber impregnar la textura de la mirada sin que el documento sea devorado por una mera percha sonora o un encadenado de viodeclips. No hay nada nuevo pero todo suena bien en esta nueva entrega de John Carney, quien se ha fabricado una trilogía con idénticos mimbres y un mismo mantra musical que arropa a personaje y hechos, aquí con aire redentor. Primero fue ‘Once’ y después ‘Begin again’ y ahora llega el turno de ‘Sing street’ en la que asoman las costuras y grietas de los ochenta. Adolescencia más música, búsqueda más sonido vital, la ecuación es simple pero suele fallar. Por el contrario la sucesión de canciones, los guiños y los homenajes crean una gran caja de música o jukebox donde se suceden las notas y el ritmo particular de esta cartografía de juventud y nostalgia a través de una banda con mucho criterio emocional. La música no tanto como factor humano de sanación, sino como relato de reafirmación personal y rebeldía, en una mezcla de sentimentalismo, idealismo y romanticismo. ‘Sing street’ suena a algo familiar y cercano que  discurre entre los territorios fronterizos del amor, el destino incierto, la persecución de un triunfo y la mezcla de frescura y gancho a través de un mosaico de perfiles muy variados que rodean al protagonista. No muy alejada de ‘The Commitment’ de  Alan Parker, el cineasta de ‘The Rafters’ traza un itinerario donde el catálogo humano, las canciones, el entretenimiento y el diálogo, entre el encanto y la desazón del primer amor, conviven para crear un territorio cómplice sobre un trayecto de Duran Duran a Depeche Mode y The Cure. Simpatía sin caer en lo meloso, estribillos pop, melodías contagiosas y una guía de educación a través del Dublín de los 80.  Una foto fija en la que posan el personaje encarnado por ese chico de familia trabajadora, sueño de estrella pop, descubrimiento del amor, retrato amable y nostálgico y desfile de modas musicales. Hay empatía y una capa envolvente, superficial pero nunca frívola, donde colisionan los buenos sentimientos y las amenazas más recurrentes. Una dramedia con muchos sonidos que tiene un peligro, el de la reiteración de un modelo y un formato que pueda llegar al agotamiento. Esa postura a lo ‘banda sonora con la música de nuestras vidas’, el cancionero pop, entre el repertorio y la preferencia. Carney agita, sin exprimir nunca el fondo dramático, que se presupone, y deja que discurra el enamoramiento, la tristeza, la creatividad, el refugio y el tono generacional. Una película para tatarear.

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Byron y tortellini
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Guillermo Balbona | 11-10-2016 | 8:14| 0

Viaje a Italia

Reino Unido. 2014. 108 m. (7). Comedia.

Director: Michael Winterbottom.

Intérpretes: Steve Coogan, Rob Brydon, Claire Keelan, Rosie Fellner, Marta Barrio.

Salas: Groucho

Más que un tratado hedonista es un trayecto de búsqueda y aliento vital. Entre mozzarella, tortellini y spaghetti frutte di mare discurre este itinerario sutil y elegante, como desprendido y, sin embargo, con muchos pliegues tras sus hermosas imágenes y su paseo casi documental. No contiene la belleza formal con heridas al fondo de los pasajes, que poseía el cine de David Lean, pero este ‘Viaje a Italia’ con homenaje a Rossellini revela una lluvia fina de referentes, culturalismos sin pedantería y delicado pero contundente humor sobre las relaciones humanas. Entre manteles, paisajes y ciudades, una banda sonora y una conversación constante a modo de sintonía existencial, la segunda entrega de la trilogía viajera del prolífico cineasta británico Michael Winterbottom es un artefacto de la fragmentación, en el que conviven episodios, referencias, pistas, imitaciones, citas, en una especie de melancólica comedia humana. ‘Viaje a Italia’, entre vinos, cartas y grandes hoteles, la secuela de la película de 2010 tiene tanto de periplo cultural-gastronómico como de optimista, alegre, que no banal, disfrute de la vida envuelto en una humorada sobre la necesidad de no darse importancia. Paladar e irreverencia, gusto y distancia, mirada, nunca postal, y apropiaciones (in)debidas. Todo el filme traza una cartografía sensorial, jocosa, fotogénica, vitalista, encendida, entre poemas del romántico Lord Byron que peregrinó en viajes similares, entre charlas, visitas y encuentros. Por supuesto que existen sombras bajo la luz mediterránea pero sin que el desencanto o la incertidumbre de estas, más que personajes, criaturas y trasuntos, que encarnan la pareja Coogan y Brydon, se conviertan en un golpe bajo. Curiosamente el proyecto de trilogía de ‘The trip’ del cineasta de ‘Bienvenido a Sarajevo’ concluía esta semana en España de forma coincidente con el estreno de su  secuela transalpina, que ha recalado en la cartelera con dos años de demora. Hay divertimento y cierto tono seductor que nunca desfallece. Un tour lúdico y cálido bajo el que asoman resquicios de gravedad y de complejidad dramática, aunque siempre prime la envoltura soleada y los juegos de palabras. Otra razón más para que la versión original sea obligada. Del Piamonte a Capri, con el ‘Viaggio in Italia’ del neorrealismo siempre de fondo, la ironía de lo turístico, lo seductor, cierto desencanto y verborrea, muchas veces lúcida y lacerante, domina en esta ruta. Lo mejor es dejarse llevar como si el espectador llevara un guía constante, a veces incómodo, mientras decide qué es lo importante y qué lo superfluo.

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Un monstruo viene a verme
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Guillermo Balbona | 10-10-2016 | 9:25| 0

El árbol de la vida

España. 2016. 108 m. (12). Fantástica.

Director: J.A. Bayona.

Intérpretes: Sigourney Weaver, Felicity Jones, Lewis MacDougall, Liam Neeson, Toby Kebbell, Geraldine Chaplin.

Salas: Cinesa, Peñacastillo y Autocine.

En esta hermosa, fría y precisa ilustración caben un cuento grande –global por ser modernos– unos cuantos más solapados y agazapados, que afloran poco a poco, y tres fábulas reveladoras. Al cabo, lo que importa es narrar. Las historias no curan pero nos arropan. ‘Un monstruo viene a verme’ posee una entraña perfecta pero mantiene un extraño litigio con la conmoción. Es tan pulcra en su diseño visual, en sus ganas de desnudar las metáforas y simbolismos de esta criatura que vive en la frontera de casi todo, que el filme de Bayona se muestra en ocasiones como una historia monumental cuyo afán de perfección transmite fragilidad. Como esas figuras delicadas de porcelana uno no se atreve a tocarla no vaya a ser que se descomponga en mil pedazos. En el interior del filme se besan y colisionan, conviven y chocan, el espejo melodramático y el reflejo de la fantasía. El director de ‘El orfanato’ ilustra una ambiciosa conjugación de serenidad, arrebato, sencillez y barroquismo visual. El niño (excelente Lewis MacDougall) y el monstruo, el hijo y la madre, la bella y la bestia, el deseo y la realidad, la vida y la muerte. Hay más adolescencia en carne viva que infancia, o si se prefiere más pérdidas de inocencia y estancias de dolor que fugas de sueño. Todo el filme, y lo que en él cabe, es una lección de tinieblas, una clase particular ilustrada sobre el árbol de la vida y sus frágiles y quebradizas ramas. Entre la soledad y la pesadilla, el personaje abre la tierra para buscar respuestas, confiesa su miedo, duda de la dimensión de los afectos. Son ‘Los cuatrocientos golpes’ de un niño, entre King-Kong y Spielberg, que empieza a ascender el rascacielos de la vida, entre el miedo a volar solo y el espanto de no saber mirar hacia abajo. Aparatoso e intimista, iniciático siempre, Bayona traza una metáfora sobre las raíces invisibles y necesarias, las ataduras no siempre deseadas. El dolor, ese otro monstruo que te obliga a cerrar los ojos, sangra su lava y se extiende como una sombra en esta historia del escritor Patrick Ness. Bayona, funambulista, busca equilibrios imposibles y combina pesadilla, bucle, animación, sombras góticas, aromas reconocibles, guiños, homenajes, símbolos prestados, pero también un verso libre que impregna de miradas y silencios donde se agolpan las preguntas y la vida se desvanece. El efecto especial (los hay muchos y buenos) y el drama humano; el cine de autor y lo popular; la metáfora y el cuento lineal, la mirada adulta del niño y la inquietante e incierta revelación del subconsciente, y el combate entre la emoción y la turbación. Fantasía y realidad. Cine y vida. En el tránsito casi inasible de crecer discurre esta ficción sobre el descubrimiento de uno mismo y la pérdida, sobre la textura del dolor y la necesidad de hallar asideros. Todo es excesivo y preciso en ‘Un monstruo viene a verme’ y la espectacularidad, a veces, agota por apabullante. En su tramo final vence el subrayado melodramático. Frente a ello, en contraste, la intimidad, la enunciación de lo frágil y pequeño garantizan ese otro paisaje interior. Irregular, brillante que no deslumbrante, la obra de Bayona es una sensible búsqueda y un ejercicio exagerado de espectacularidad. Entre el vértigo y la mano que busca aferrarse a la tierra, las fauces del dolor y el árbol de la vida, el filme apela a la fantasía como ese tronco protector frente al miedo y la penúltima oscuridad. La gran maternidad del cine para seguir contándonos.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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