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Autor: Guillermo Balbona
Devoción, homenaje, reinvención y copia
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Guillermo Balbona | 04-04-2017 | 8:28| 0

Fascinación

Obsession 1976 98 min. Estados Unidos

Director: Brian De Palma.

Guión: Paul Schrader.

Música: Bernard Herrmann.

Fotografía: Vilmos Zsigmond

Reparto:
Cliff Robertson,  Geneviève Bujold,  John Lithgow,  Sylvia Williams, Wanda Blackman,  Patrick McNamara.

Género: Intriga. Sala: Bonifaz. Filmoteca. Esta semana.

Es uno de esos casos donde la devoción, la influencia, la empatía y el ejercicio de admiración acaban configurando una obra replicante. A través de un espejo la ficción de Brian de Palma, su novena película y una de las mejores, se convierte en uno de los exponentes que identifican y plasman con mayor intensidad el mundo de Hitchcock. La historia del hombre de negocios de Nueva Orleans que pierde a su mujer  y a su hija responde a una atmósfera en la que el cineasta de ‘Los intocables’ refleja el microcosmos hipnótico de ‘Vértigo’ (De entre los muertos) para subrayar su caligrafía estilizada, su facilidad para contar las claves de una historia. Sucedió después pero en ‘Fascinación’ (Obssesion) De Palma, sin rubor y sí con osada claridad, firma su homenaje al maestro con un filme que también tiene sus deudas con la maravillosa ‘Rebeca’,  ‘La ventana indiscreta’ y  ‘Crimen Perfecto’. La memoria, el peso del pasado, los que se fueron regresando entre las sombras son subtextos que subyacen en un relato de fantasmas muy vivos, con ritmo y lucidez, pero sin ese sexto sentido emocional que desprenden los filmes del cineasta de ‘Los pájaros’. El vínculo con el compositor Bernard Herrmann, santo y seña de Hitchcock, refuerza aún más ese clima de complicidad y aunque cabe hablar de versión libre lo cierto es que asoma a veces la cruel imitación. Otro rasgo ineludible es la firma del guión a cargo del visceral Paul Schrader, antes de que abordara la escritura de ‘Taxi driver’ de Scorsese. Uno de los aciertos máximos radica en la presencia de una joven Geneviève Bujold en el reparto pero ni la fotografía de Vilmos Zsigmond ni la querencia de De Palma por los movimientos de cámara otorgan una personalidad visual. Ese inquietante hábitat de Hitchcock, la fascinante capacidad para fundir tiempos en un diálogo de lo real y lo onírico, aquí se antoja más forzado. El director de ‘Carrie’ echa mano de sus giros de 360º, como en la secuencia del cementerio, y la sucesión de flashbacks en la mente de la protagonista potencian esa sensación del paso del tiempo, entre planos secuencia, ralentización de imágenes y travellings circulares. Lo psicológicamente retorcido es más burdo y descarado en De Palma que se apoya en el trabajo lumínico pero nunca frena su tendencia al exceso. Es difícil quedar indiferente ante el cine del director de ‘Vestida para matar’. Los juegos de imagen, en este caso nunca caprichosos, invitan a elevar sus guiños a la categoría de reinvención. Una historia curiosa, entretenida, que obliga en ocasiones a dudar de las buenas intenciones del cineasta, aunque siempre permite hallar factores y detalles de un sentido definido de concebir el cine. Un cineasta que es capaz de derrapar tanto como de firmar vuelos sorprendentes, aunque sea desde el homenaje entregado como en este caso

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Reino documental
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Guillermo Balbona | 03-04-2017 | 8:38| 0

Cantábrico: los dominios del oso pardo

España. 2017. (TP). Documental.

Director, fotografía y guion: Joaquín Gutiérrez Acha.

Música: Pablo Martín Caminero.

Género: Documental. Cinesa y Peñacastillo.

Un sapo se pone farruco, hincha su cuerpo y planta cara a una culebra. Hay plantas carnívoras, sí, también. Y vemos desovar, cazar y morir. Asoman estrategias de acoso y derribo, rituales de amor y sexo y combates por el espacio mucho más sutiles que los debates parlamentarios. ‘Cantábrico’ es genérico para todo. Es la naturaleza y el documental en estado puro. No hay trampantojo a la vista pero tampoco la engorda. El efectismo lo pone la grandeza de la vida animal en su mayoría. Y el paso de las estaciones es el recurso que vertebra la narración con la voz en off. Es, por supuesto, un filme atractivo pero conservador. No hay riesgos. El hombre es una anécdota y aparece en apenas unos fotogramas como un intruso accidental (junto a las abejas o en alguna tarea en el campo). Los mayores protagonistas son los lobos y los osos que marcan territorios y revelan sus sentidos para proteger a los suyos. El director y naturalista Joaquín Gutiérrez Acha, como en ‘Guadalquivir’ (antes ya se adentró en el lince ibérico y en la lucha contra el fuego) traza un hermoso álbum que no necesita más preciosismo y esteticismo que el que desprenden las imágenes de los animales en exposición ni más caducidad que la curiosidad de cada uno. En este sentido, la potencia visual, la elocuencia de lo salvaje y la intensidad de lo invisible, la miniatura de la larva y los insectos o el instinto de supervivencia dejan muchas notas imprescindibles a pie de fotograma. Es más un documental escaparate, que funciona por acumulación, incluso algo reiterativo, que una creación informativa o narrativa. Por ejemplo su arranque con el guiño al Paleolítico, la prehistoria y las raíces se antoja un tanto caprichoso para luego pasar con brusquedad al reino animal a través de una voz en off a veces cansina y retórica, muchas veces irónica pero prescindible. El deja vu está más bien en lo que se busca remarcar que en las imágenes. Y la fuerza de la naturaleza se impone a los subrayados de la voz. Dado que hay más exhibición que didactismo no sería una prueba superflua visionar ‘Cantábrico’ sin más sonido que el que brota del entorno, del ecosistema y de la propia especie retratada. En los momentos en que se opta por esta mirada más pura el documental gana en revelaciones. Entre imágenes con cámara de lata velocidad, time-lapse y drones se equilibra y enmudece todo cuando la cámara se detiene, por ejemplo, en los mirlos que cruzan una cascada o captura ese thriller salvaje con suspense de la manada de lobos acechando a un ciervo. La fauna y sus códigos se alían con la exquisita fotografía para plasmar los mejores momentos de este mosaico hermoso, siempre interesante, para devolver nuestra mirada contaminada a terrenos minimalistas o panorámicas donde uno puede recrearse tanto en la grandeza de lo pequeño como en el sutil detalle de una escena expansiva y aparentemente inabarcable. ¿Hay aportación especial a un género que remite sin duda a ‘El hombre y la tierra’ o a los documentales de La 2? La respuesta reside en el protagonismo de la belleza que aplaca cualquier debate. El filme es una ventana abierta y mirar a través de ella es el mayor triunfo.

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automatismos
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Guillermo Balbona | 03-04-2017 | 8:37| 0

Ghost in the shell

EE UU. 2017. 120 m. (16). Ciencia Ficción.

Director: Rupert Sanders.

Intérpretes: Scarlett Johansson,  Michael Pitt,  Juliette Binoche,  Michael Wincott,  Pilou Asbæk y Takeshi Kitano.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Su paradoja reside en que es un filme tan distópico como actual. El debate sobre los límites entre lo cibernético y lo humano, entre las funciones de los robots y de las personas y la reflexión sobre el verdadero poder de las máquinas subyace en ‘Ghost in the Shell’. Por otra parte, esta adaptación de un popular manga de ciencia ficción sobre un híbrido cyborg-humano femenino apunta maneras de cine de autor pero Rupert Sanders parece anteponer otras urgencias mainstream a una visualización que merecía un poso tras su espectacularización; abandonar la zona de confort digital en la que se instala quizá también por respeto a sus mayores. A medio camino entre ‘Nikita’, ‘El quinto elemento’ y ‘Blade Runner’, el cineasta de ‘Blancanieves y la leyenda del cazador’ resbala por la superficie de este aparatoso y algo reiterativo artefacto futurista que nunca logra eludir los tópicos. ‘Ghost in the shell’ (El alma de la máquina) muestra sus intenciones y maneras en un excelente arranque, tanto en ritmo como en sentido esteticista, amén de elevarse a través de un reparto sorprendente donde a la estrella Scarlett Johansson, suma el toque de exquisitez europea con Juliette Binoche y se marca un simpático guiño homenaje con la presencia del gran Takeshi Kitano. Hay que recordar que en lo del huevo y la gallina cibernética y fantástica primero fue el manga de Masamune Shirow, y después dejó su marca indeleble, en doble adaptación en formato anime, Mamoru Oshii, una de ellas considerada un pilar de la narrativa cinematográfica ‘cyberpunk’. Al margen de una serie televisiva en el camino, el salto mortal a Hollywood en imagen real parece haber arrastrado a la pantalla su propio simbolismo: el cuerpo sintético y el cerebro humano, es decir, el artificio y la verdad colisionando en imágenes. La frialdad emocional y el supuesto relámpago digital de algunos hallazgos de ambientación, acción y atmósfera nunca logran convivir en armónica conjugación. Todo es aparente, resultón, pero carente de garra. Sí resulta curiosa esta militancia de la actriz Scarlett Johansson en el terreno digital y en la cultura del cuerpo ( ‘Her’, ‘Lucy’ y ’Under the Skin’). La melancolía, la reflexión, incluso la vocación insinuada de convertir la fuente de la que emana ‘Ghost…’ en un filme noir son destellos favorables de la personalidad a la que apuntaba esta traslación mediática. Luego el drama al fondo fundado en la conciencia y la memoria del personaje (el futurista Frankenstein) –ese espíritu tras el metal–, y las reflexiones filosóficas se diluyen en el ciberespacio del blockbuster. Sus brillantes efectos especiales deslumbran la visión en lo oscuro que proponía ahondar en su poética de la identidad.

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olor a fritanga
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Guillermo Balbona | 28-03-2017 | 8:42| 0

El bar

España. 2017. 102 m. (16). Intriga.

Director: Álex de la Iglesia.

Intérpretes: Mario Casas, Blanca Suárez, Secun de la Rosa, Terele Pávez, Carmen Machi y Jaime Ordóñez.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Entre dos aguas, vecinal y fecal, entre  ‘La comunidad’ y ‘El día de la bestia’, se mueve el último Alex de la Iglesia. Mientras ultima el montaje de su próxima película con Eduardo Noriega, su tour de force coral es un simbólico microcosmos social con sabor a fritanga y disfrazado de cuento apocalíptico. La intolerancia, la delación, la soledad, el miedo al otro y a la diferencia…asoman en este encuentro no tan azaroso de una decena de personajes en ese bar con algo de ‘El ángel exterminador’, pasado por el cedazo de Berlanga. Cuando el filme discurre entre el ingenio y el arrebato, sostenido por una sátira feroz (esa primera parte en la que conocemos los perfiles de los personajes en una situación límite) ‘El bar’ se postula como un fino y demoledor retrato de nuestros miedos y deseos a través de un tratado cotidiano de supervivencia.  Después, sí, ya viene el desmadre. Es un Alex de la Iglesia en estado puro al que la desmesura le hace perder el control de una historia que camina derecha al centro convulso de nuestra identidad. El trayecto del bar a la cloaca, del chupito y el gin tonic a la mierda, también un viaje simbólico, el cineasta de ‘Balada triste de trompeta’ que se ha movido entre brujas, grandes noches y chispas melifluas, concentra ahora mala leche, vinagre y unos cuantos sopapos bien dados para trazar una radiografía muy lúcida sobre la mentira, la oficial y las íntimas, la dignidad y la falta de ella, la hipocresía, las apariencias, el engaño, la impostura… en una coreografía que es uno de esos espejos valle-inclanescos que revelan el ser y el estar. Entre tragaperras, cortaditos y pinchos de tortilla se solapan un conjunto de personajes variopintos entre marginados, ludópatas, pijos, locos, parados…en un mosaico que el cineasta bilbaíno convierte en un elogio del exceso tan revelador como apabullante en su tramo final. La zona cero de ‘El bar’ es una efervescente y gaseosa bofetada entre el esperpento, el vodevil, la comedia negra y el retrato de los miedos más primarios. En equilibrio el filme alcanza momentos magistrales; cuando todo se desboca resulta cansino, quizás confuso, por acumulación. Agresivo, visceral, militante de su propio cine, ente la animación y la violencia desatada, ‘El bar’ muestra la mutación de unas criaturas –cualquiera de nosotros– tras encerrarlas, también a los espectadores, en un bucle decadente sobre el egoísmo, los prejuicios, la desconfianza… Como casi siempre en su cine el reparto es acertado y hay interpretaciones inmensas como las de Machi y Terele Pávez. Entre convulsiones pasa de la delicada pero vibrante revelación subliminal al histerismo. La red social de barra y barro que De la Iglesia dibuja con ardor guerrero sucumbe al exceso, a la hipérbole efectista, a la catarsis, pero cuando saca la cabeza para enseñarnos nuestras miserias su obra adquiere condición de vuelo metafórico, de espejo riguroso sobre la realidad más visible y la de las alcantarillas vergonzantes donde discurre lo mezquino de la condición humana.

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Arritmias, ritmos y rimas
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Guillermo Balbona | 27-03-2017 | 8:40| 0

La bella y la bestia

Estados Unidos . 2017. 123 m. (TP). Fantástico.

Director: Bill Condon.

Intérpretes: Emma Watson, Dan Stevens, Luke Evans, Emma Thompson y Ewan McGregor.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Su acaramelada base se mezcla aquí con un sentido más expresivo de lo gótico y un intento de exprimir decorados y cuidados exteriores. La primera canción/ coreografía en el pueblo de Bella es significativa de lo que pretende esta adaptación, a priori innecesaria, nunca sobrante, que sigue al pie de la letra la versión animada, ya un clásico, y las cancines de Alan Menken. Quizás el tono más adulto, algunos toques de humor más inteligentes y la interpretación de Emma Watson ayudan a dar personalidad a este cuento entre la estilización, el juego de los mitos y la aplicación sin subrayados ni excesos de las nuevas tecnologías. No obstante, la paradoja de esta Bella y Bestia reside en que precisamente su mayor encanto no está en la visión que pueda aportar la utilización de personajes de carne y hueso, sino en la aparición de los objetos animados, del candelabro al armario tocador, del reloj a la taza por su capacidad de ritmo, su perfección técnica y su encanto a la hora de integrarse en la historia. Su director, Bill Condon, que firma una trayectoria con tantas arritmias como su película, desde su debut con ‘Hermanas’, pasando por la prometedora ‘De dioses y monstruos’ y acabando en la saga ‘Crepúsculo’, hasta volver a levantar algo la cabeza con ‘Mr. Holmes’, pues no acaba de dar con la tecla que conjugue las canciones populares con el paisaje visual. Hay nostalgia, zonas esquinadas que parecen aflorar de un musical de Broadway, guiños al Tim Burton de criaturas maléficas y bosques oscuros, aunque nada recuerde ni por asomo al mundo de Jean Cocteau. Condon parece atado por el pasado y aunque lima el posible descenso a la nostalgia, carece de intensidad y se queda en una cuerda floja entre la prudencia dramática, el respeto exagerado y el encanto de su protagonista. Falta delicadeza en las transiciones entre lo dramático y la comedia, parece mostrarse más cómodo cuando el filme está a punto de trasformarse en musical puro y duro y, por supuesto, cabe preguntarse por qué Disney se empeña en volver sobre sus pasos retorciendo y exprimiendo las posibilidades técnicas, más allá de los razonamientos crematísticos y la explotación industrial. Lo del primer personaje ‘oficialmente’ gay de la factoría Disney, el debate sobre una supuesta mirada feminista alentada por la propia Emma Watson son anécdotas de cantina en Los Angeles, fomentadas por un espíritu de mercado, que no merecen una reflexión intelectual y seria. Sin embargo es más interesante debatir si no estamos ante un musical tartamudo, integrado sin rima en una revista deslumbrante en su origen y cargada de ritmos, con lo que era lógico desafinar de vez en cuando. O preguntarse qué queda del tormento del hombre que habita en la bestia, y su contrario, y si hay esperanza aún de nombrar (o cantar) los paisajes de esa belleza interior que el filme enuncia, como una pancarta sobre el tenebroso castillo, aunque nunca acaba de creer en ella. ‘La Bella y la Bestia’ es vistosa y entretenida. Un álbum de hojas agradables con sintonía dentro donde brillan los cachivaches sonoros y objetos parlantes. Pero todo eso es pátina, apariencia, superficie. En el interior la sensibilidad y la desgarradura romántica permanecen encarceladas, secuestradas por esa constante búsqueda del espectáculo, de lujoso diseño sin hechizo.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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