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Autor: Guillermo Balbona
De gatillazos, polvos y cenizas
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Guillermo Balbona | 13-02-2018 | 8:56| 0

Cincuenta sombras liberadas
Wise BlFifty Shades Freedaka  2018 105 min. EE UU. Dirección: James Foley
Guion: Niall Leonard.  Música: Danny Elfman.
Fotografía: John Schwartzman.
Reparto: Dakota Johnson,  Jamie Dornan, Eric Johnson,  Eloise Mumford, Rita Ora, Luke Grimes.
Género: Drama. Salas:Cinesa, Peñacastillo y Autocine

Lo mejor que puede decirse de este telefilme ingenuo, bobalicón y osado por ramplón es que cierra la historieta de esta pareja y nos libera definitivamente. ¿O no? Toda su andadura vulgar y tontorrona ha estado marcada por ver quien la tenía más larga…la cuenta corriente. Y el camino hacia el final no podía ser menos. Cada paso de estas cincuenta sombras se resuelve dramáticamente tirando de la cartera y del cheque. Cada gatillazo…sentimental, muestra de redención y mohín de frustración se compensa y corrige con un avión privado, una mansión señorial y un viaje interminable. La tercera entrega de la pareja parece el catálogo de colorines y papel de brillo de una comunidad de nuevos ricos. La cuestión es que tras esa patina, supuestamente atractiva, de deseo y lujo no hay conflicto ni verdad, ni siquiera un mero engarce dramático que pueda sostener el ejercicio argumental. El factor de thriller e intriga que recorre la trama, es un decir, del universo Anastasia /Grey es irrisorio y sirve para estirar los encuentros afectados de la parejita y para mostrarnos su cuarto de juegos reunidos Geyper y el cajón erótico de la señorita Pepis. A estas alturas, y con poco que defender, el actor Jamie Dorna se pasa toda la película con cara de yogur desnatado y caducado y Dakota Johnson haciendo pucheritos hasta darse cuenta de que esta no es su película. James Foley, que ya se había encargado de la anterior entrega –un veterano con filmes nada desdeñables en su larga trayectoria como ‘Glengarry Glen Ross’ y ‘Confidence’, antes de entregarse a las series de televisión–, evita cualquier amago de profundidad y se desliza por la barandilla que sube y baja las escaleras de esta pareja carente de química y opuesta a cualquier prueba de afinidad. Las dos anécdotas insustanciales que fundamentan la nueva entrega son tan livianas que o se lo toma uno por el lado jocoso, o no sobrevive a tanta superficialidad. Al margen de la premisa de la joven sometida voluntariamente al control afectivo y sexual de su pareja, con toda la violencia moral y social que implica, las fantasías y las connotaciones sadomaso resultan kitsch y apenas pueden eludir la sensación de producto prefabricado. La sensualidad brilla por su ausencia y muchas de las imágenes asociadas a una ilustración de la intimidad no pasarían el examen de un anuncio de perfumes. La conspiración criminal de fondo es simplista y mera excusa. Y la trilogía se funde en una trama ridícula, escapista, que ni siquiera encuentra justificación en el entretenimiento. Falsamente atrevida, su conservadurismo se traduce en unas criaturas domesticadas y domadas por el brillo de la opulencia. Ahora sí de verdad que los polvos, si es que los hubo, son ya ceniza. Una película solo apta para bolsillos con libido y espectadores que nunca se han preguntado qué es un drama romántico. Mientras los protagonistas se embadurnan con helado y conducen fastuosos coches deportivos, el hedonismo y el amor hace tiempo que se ausentaron de este suplemento donde hasta el sexo es una marca.

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Pesada , que no pesadilla
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Guillermo Balbona | 11-02-2018 | 9:08| 0

Amityville: El despertar 

Amityville: The Awakeningaka  2017 85 min. EE UU.
Dirección y guión: Franck Khalfoun.
Música: Robin Coudert. Fotografía: Steven Poster.
Reparto: Bella Thorne,  Cameron Monaghan,  Mckenna Grace, Jennifer Jason Leigh, Jennifer Morrison,  Taylor Spreitler.
Género: Terror. Salas: Peñacastillo.

Hurga en el bucle de la saga. En su identidad y su huella. Pero sin talento ni gracia ni acierto. Lo mejor que tiene esta vuelta de tuerca supuestamente oscura en el legado de una de las casas encantadas más famosas es que su metraje es escaso. Lo peor es su pretenciosa y cargante pretensión de que se revela capaz de ironizar sobre el género con escenas sonrojantes y alusiones directas, dentro de la propia ficción, a las secuelas y precuelas.  Aunque no lo parezca,  ‘Amityville’ es una marca que ha dado algunas producciones dignas pero también ha generado mucha morralla conducida en la pasada década a través del dvd hasta conformar casi una veintena de títulos. En este ‘despertar’, más pesado que de pesadilla, agotado el modelo original, el cineasta Franck Khalfoun, responsable de ‘Maniac’ persigue las autorreferencias, las ironías sobre citas solapadas y mediocres reconversiones como pedantes guiños al género y a esta saga en particular. La cuestión generacional late al fondo con el conflicto entre una madre y una hija, pero tópicos aparte, los sustos siguen mandando y el filme carece de personalidad visual y deambula encantado de sí mismo en busca, en todo momento, de la coartada del origen de la saga: esa cinta de terror que hace casi cuatro décadas abordó el relato de una casa habitada por fenómenos paranormales, vivencias fundamentadas en la muerte y una fragilidad absoluta, todo ello amparado en la etiqueta entonces inquietante de estar ‘basada en hechos reales’. El drama familiar, desencadenante de la turbulenta vivienda, apenas resulta una cortina de humo, mientras discurren las presencias maléficas y los temblores nocturnos. Poseída por lo convencional y lo previsible, la fotografía de Steven Poster y el teabajo de interpretación salvan al filme, estrenado con demora, del naufragio. ‘Terror en Amityville’, la obra de Stuart Rosenberg, en 1979, tuvo algo de aire fresco y originalidad al jugar con la ambigüedad de la ficción y la realidad y mezclar con eficacia los fantasmas con lo paranormal y los agujeros negros. Khalfoun, también guionista, al margen de la autoparodia envuelve la atmósfera con la sombra de la enfermedad terminal, la angustia juvenil y la acumulación de visiones. El clímax de sótano y en rojo, no podía ser de otro modo, llega cuando las visiones del horror se han presentado tan desmayadas que parecen incómodas visitas de vecinos inesperados. Por cierto en los títulos de crédito asoma el nombre de Weinstein con lo que, ante el horror que sugiere, cabe concluir que la secuela está garantizada.

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La destrucción o el amor
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Guillermo Balbona | 06-02-2018 | 11:26| 0

El hilo invisible

Phantom Thread 2017 130 min. EE UU.
Dirección y Guión: Paul Thomas Anderson.
Música: Jonny Greenwood. Fotografía: Anderson.
Reparto: Daniel Day-Lewis,  Vicky Krieps, Lesley Manville,  Richard Graham,  Bern Collaco, Jane Perry,  Camilla Rutherford.
Género: Drama. Salas: Cinesa

 No hay puntada sin hilo en este traje sobre la destrucción o el amor. Una delicada, original, sutil, perfeccionista confección de la mirada en torno a la dependencia, la subordinación, las relaciones de poder, la seducción y ese fuego extraño de la relación sentimental. ‘El hilo invisible’ toma las medidas al otro, usa tejidos de alta calidad, modela las formas del amor, cose las heridas, abotona los detalles y se recrea en los acabados reflejados en primeros planos o fundiendo piel, textura y silencio en un travelling circular definitivo. Paul Thomas Anderson, cineasta de la espléndida ‘Magnolia’ y ‘Pozos de ambición’, es un virtuoso del bordado que busca casi siempre hablar de la pasión desde la mesura. En su regreso con ‘El hilo invisible’, una dura y fría disección de piel, tejido y alta costura emocional, firma un retrato meticuloso y asfixiante del amor y sus expresiones. Lo implacable y vital de este retablo a dos bandas, a modo de obra de cámara, reside en sus contrastes: es fría pero se siente el ardiente ejercicio de la emoción, y parece academicista y clásica pero siempre traza un peligroso trayecto rupturista con una hondura arrebatadora. El filme genera atmósferas sutiles e invita a acceder, desde la ceremonia y el ritual de un gabinete de alta costura, a estancias donde las miradas, los silencios, los gestos despósticos, la ironía, el dolor, la indiferencia o el relámpago pasional construyen un hábitat tan demoledoramente íntimo como familiar y aparente. Hay veces que juega al absurdo, otras riza el rizo y pasa del pliegue al pespunte; en otras ocasiones, es vehemente y provocadora y en otras, simplemente, fugaz y extraña. Drama, gabinete de curiosidades humanas, agria, absorbente y distante, ‘Phantom Thread’ es, sobre todo, una de las películas más elegantes de los  últimos años. Ambientada en los 50 con la moda como decorado y metáfora, la historia de Reynolds (se ha hablado de la inspiración en Balenciaga) y Alma es un combate cuerpo a cuerpo, tejido entre los suyos y los ajenos, también, en el que Thomas Anderson va modelando un encaje bordado con el suspense, el morbo, el deseo y la fragilidad fascinantes del misterio de amar. Daniel Day-Lewis , sea o no su último filme, vuelve a dar un recital de poderosa presencia y Vicky Krieps es una sorpresa inmensa. Sin desdeñar a Lesley Manville, que encarna a una especie de señora Danvers, guardiana de todas las esencias. Porque hay Hicthcock y Kubrick en esta obra sin patrones, de obsesión y humor cáustico, de hilo negro y aguja punzante. «Bésame antes de que me lleguen las náuseas»,  dice el personaje. Grave y ligera, dolorosa y fútil. Un pequeño tratado sobre los límites de amar y las fronteras de la creación. Ya lo escribió Aleixandre: «La realidad que vive/ en el fondo de un beso dormido,/donde las mariposas no se atreven a volar/por no mover el aire tan quieto como el amor».

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Guillermo Balbona | 06-02-2018 | 11:24| 0

El cuaderno de Sara
2018 115 min. España. | Dirección: Norberto López Amado.
Guión: Jorge Guerricaechevarría. Fotografía: David Omedes.
Reparto: Belén Rueda, Manolo Cardona, Enrico Lo Verso, Marián Álvarez
Género: Aventuras | Salas: Cinesa y Peñacastillo

 Le faltan páginas o le sobra esfuerzo en el formato. A este loable ejercicio de producción, desmesurado y excesivamente plano, le ha vencido lo formal, la envoltura, la dimensión de la apuesta. Su monótona narración, lo deslavazado de algunos personajes de vete y ven y cierta superficialidad mediatizan la incursión honesta en una geografía cinematográfica de denuncia, más cosmopolita y abierta que la media encorsetada del cine más cercano. Pero ‘El cuaderno de Sara’, entre apuntes y notas al margen, no es capaz de mantener un equilibrio y un pulso, y ese periplo indagador de una mujer en busca de su hermana por un territorio convulso –el Congo del coltrán, las guerrillas y tribus dedicadas a asesinar, violar y secuestrar– suena a estereotipo, a encargo de ONG y a ingenuo retrato afectivo. Muchas de las situaciones límite, resueltas de manera burocrática y sin brío, carecen de credibilidad y se muestran encadenadas para extender la acción como un telediario sin noticias, estirado de manera artificial. Sus puntos de apoyo son demasiados y el filme cojea demasiado a menudo: los interrogantes éticos de quienes desempeñan labores humanitarias; el compromiso o su ausencia, en este caso la mirada occidental sobre Africa; la formación de niños-soldado; la explotación minera, la complicidad de gobiernos y dirigentes…y aún hay más. Norberto López Amado, cuya trayectoria está plagada de trabajos para televisión, de ‘El tiempo entre costuras’ a ‘Mar de plástico, cineasta de ‘La decisión de Julia’ y ‘Nos miran’, se enreda en sus propias posibilidades. Con realismo y crudeza imprime las imágenes de la violencia y, sin embargo, la reiteración en el subrayado sufriente del punto de vista de Belén Rueda (pese a su excelente trabajo interpretativo), hacen que la película parezca encarcelada en la omnipresencia del personaje. Por el contrario, el papel de Marián Alvarez está desaprovechado, resulta confuso en sus juegos de presencias y ausencias y los flashbacks aún lo ponen peor. Si la cinta pivota en torno a los enigmas de Sara, al menos en intenciones, también el filme, por contra, pierde identidad al no saber reflejar con consistencia ese vínculo. Superficial, retórica, la película nunca encuentra el tono y vacila entre lo inabarcable de su discurso, la insistencia en algunas imágenes pese a su simpleza y la sensación de que prima la trascendencia de lo que se va a contar sobre la credibilidad de lo que se cuenta. La aventura como género y compartimento, la iniciación de la protagonista en las medidas del horror no conocido u oculto y la fragilidad dramática de muchas situaciones impiden que el cuaderno se abra a todas las voces en toda su justa dimensión humana.

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Celebración del deseo
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Guillermo Balbona | 30-01-2018 | 9:39| 0

Call me by your name 
2017 130 min. Italia. Dirección: Luca Guadagnino.
Guion: James Ivory, Guadagnino. Música: Sufjan Stevens.
Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom
Reparto: Timothée Chalamet,  Armie Hammer,  Michael Stuhlbarg,  Amira Casar,  Esther Garrel, Victoire Du Bois.
Género: Romance. Salas: Peñacastillo

Cuando muestra el combate cuerpo a cuerpo en la lucha entre los prejuicios y el deseo el filme de Luca Guadagnino alcanza sus momentos más intensos y personales. Cuando transcurre por las apariencias, la postal, lo social, le vence de algún modo cierta afectación y pedantería, que no pretenciosidad. Pero ‘Call me by your name’ es, no obstante, una atractiva visualización de la celebración del amor y del deseo, más allá de las citas y más acá de algunas poses éticas discursivas. La iniciación, la escuela del deseo, el aprendizaje, la experiencia, la sensualidad, el misterio, incluso, de lo desconocido tienen cabida en un filme que recorre trayectos de Bach a Praxíteles, de Heráclito a Franco Battiato, pero que bajo la pátina de coartada intelectual e isla sensorial de verano, asoma un viaje sutil sobre el placer y el descubrimiento del otro. El cineasta de ‘Melissa P’ de la mano de James Yvory firma su particular (des) habitación con vistas, su ‘Retorno a Brideshead’, su ‘Maurice’, a través de la relación entre un maduro joven adolescente y un seductor americano en uno de esos encuentros azarosos pero destinados a perdurar en el tiempo. El filme encadena detalles, fugaces elipsis y guiños subliminales para transparentar ese preludio de deseo y sexo, todo rezumado por un sentido del humor que empapa el rubor, los temores, la educación sentimental, la moral oficial y el juego de apariencias y estancias. En el vínculo formal de libertad, en la creación de una atmósfera es donde mejor se desenvuelve la identidad de la película: los bañadores colgados tras una erección; las camas desordenadas; los cigarrillos compartidos; los libros, siempre abiertos de forma cálida sobre las hamacas; el melocotón y el cuerpo retorcido buscando su identidad; el piano, la radio o los sonidos de la campanas y ese relato culturalista, de la arqueología al vitalismo de una frase o de una partitura. Una obra, muchas veces contemplativa, exenta de esas urgencias que han convertido muchos géneros en estropajos de usar y tirar y material de reciclaje. Un canto a la vida en cuya aparente sencillez reside y se revela toda su complejidad. Lo importante es mostrar la belleza y su caducidad inevitable, los golpes de vida y su fugacidad. El secreto, la privacidad, los perjuicios e hipocresías ante la homosexualidad subyacen pero no son relevantes. Donde la película hace hincapié y triunfa es en esa reivindicación con levedad, que no superficialidad, sutileza y sensibilidad de un espacio de libertad. El cineasta de ‘Cegados por el sol’ elude el esteticismo facilón y el revestimiento ornamental y se decanta por una honda paciencia visual. Una excelente manera de pronunciar una máxima que debería estar siempre presente «No sentir nada por miedo a sentir algo es un desperdicio». (Una vez más la dictadura del doblaje roba y adultera la visión de un filme. El absurdo y el disparate en este caso alcanzan proporciones surreales. Cuando los personajes hablan en francés e italiano la peícula recurre a los subtítulos; cuando lo hacen en inglés, se dobla).

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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