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Autor: Guillermo Balbona
Frío infierno
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Guillermo Balbona | 21-04-2017 | 8:53| 0

Nieve negra

Argentina. 2017.  90 min (16).

Director: Martín Hodara.

Guión: Horada y Leonel D’Agostino.

Intérpretes: Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia,  Laia Costa,  Dolores Fonzi y  Federico Luppi. Coproducción Argentina-España.

Género; Thriller.

Salas: Cinesa

Arde el dolor caliente del pasado posándose sobre las cosas. Objetos, papeles escondidos, una casa. Pero también, y sobre todo, deudas, secretos, legados emocionales. En ‘Nieve negra’ todo está destinado para que la pira se encienda marcha atrás, pero el drama latente, el interior y el superficial, se queda en un frío infierno. El endeble guión, su inestable sustento, las redundancias innecesarias, el abuso de flashbacks desintegra esta mezcla de thriller psicológico y latido de sombras, sólo sostenido por unos intérpretes fantásticos que defienden con brío perfiles muy planos. Tragedia familiar muy afectada y subrayada, la cinta argentina desaprovecha la ecuación entre paisaje y conflicto en la que sitúa Martín Hodara su primera película como director en solitario tras su colaboración con Ricardo Darín en ‘La señal’. El pulso entre dos hermanos que se repelen y atraen en función de los acontecimientos que evocan, o tratan de disfrazar, es el eje convulso de una trama que busca la complicidad del simbolismo de la naturaleza con más ilustración que hondura: los lobos, el aislamiento, esa violencia profunda y de raíz, lo rural, lo opresivo y acotado de una vida salvaje. Con una excelente fotografía y la coartada de un paisaje como el de la Patagonia el juego de espejos que propone el cineasta entre pasado y presente, entre los hechos acontecidos más de treinta años atrás y el precio del tiempo, resulta muy forzado y con tempos muy desiguales. Tarda mucho Hodara en agitar la materia prima de la rivalidad, de la condena y la redención. Cuando la hace la esencia del dama resulta ya cansina, agotada. El cineasta abusa de las constantes miradas fragmentadas del pasado que diluyen las posibles emociones y desgastan los enigmas. Es verdad que al inicio hay transiciones integradas con elegancia, travellings y miradas que funden el ayer con el hoy entre espacios, estancias, escenarios y actos paralelos, complementarios o simétricos. Pero hasta ahí. El resto es una previsible acumulación de señales, gestos y actitudes que desmienten las tensiones y que solo encuentran cierta argamasa y coherencia en la entrega de Sbaraglia, Darín (pese a encarnar al personaje con más posibilidades pero menos recorrido) y Laia Costa. El veneno licuado por el tiempo que se inocula entre los fotogramas es enunciado pero nunca sentido. Conciencia y culpa asoman al fondo. Pero no hay intensidad y tampoco ayuda la aceleración forzada del tramo final que estrangula el clima y la gravedad trágica e intimista a la que los hechos apuntaban. Una pesadilla de poderosa enmarcación visual que pierde su esencia en un débil y frágil ecosistema criminal.

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Adulta ligereza
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Guillermo Balbona | 21-04-2017 | 8:51| 0

Un golpe con estilo

EE UU. 2017.  96 min (7).

Director: Zach Braff.

Guion: Theodore Melfi.

Música: Rob Simonsen.Intérpretes: Michael Caine,  Morgan Freeman, Alan Arkin,  Joey King,  Matt Dillon,  Ann-Margret.

Género: Comedia. Salas: Peñacastillo.

Comedia ligera, muy ligera, entre el homenaje, la devoción y la ocurrencia, que tiene más de lúdico desfile geriátrico que de acumulación de talento. No se puede negar la simpatía innata, que no originalidad, a este artefacto con trío de estrellas estrelladas jugando a policías y ladrones. Aunque frivoliza su crítica social, da en el clavo a la hora de exponer de manera primaria los engaños, trampas y resortes abusivos del sistema, el económico, financiero, empresarial y bancario, que se suele ir de rositas mientras deja un reguero de cadáveres a su paso. Mucha clase hay reunida en el reparto de este desfile de la mal llamada tercera edad que construye una comedia amable entre guiños, diálogos poco afilados y esa sensación de que los intérpretes se lo han pasado mejor que los espectadores. Es verdad que ‘Un golpe de estilo’, tercera comedia del también actor Zach Braff, ironiza a la hora de mirar de frente a la vejez, la decadencia, lo terminal y lo socialmente enfermizo pero nunca compensa ni logra equilibrar su sucesión de chistes malos. Michael Caine, Morgan Freeman y Alan Arkin, juntos pero no revueltos, lo que hubiera dado más gracia al enredo, garantizaban a priori hora y media de algo con mayúsculas. Pero ni director ni guionista llegaron a esa lección. Desaprovechado el material y cerca del desastre, sólo se salvan alguna pizca de hilaridad, un desenlace que parece intentar corregir la nadería anterior, como si perteneciera a otra película, y alguna excepción que permite abandonar el asilo de tópicos y estereotipos que sustenta esta facilona fábula de quijotes anticapitalistas a la que le falta fuerza para asemejarse al cine de Capra y a la que le sobra su afectada complicidad con cualquiera de esos telefilmes de sobremesa. Una cinta graciosa con fecha de caducidad incorporada –y esto no es un chiste- que deja a un lado la premisa con la que nació: ese retrato de gente cabreada y que tanto necesita expresarse. El cineasta de ‘Algo en común’ pensado quizás más en el contento generalizado y en cierta taquilla se olvida de la acidez de fondo y convierte a los tres jubilados con escaso futuro en una historieta simpática, que avanza a golpe de gracietas. La dignidad la ponen tres actores /leyendas a los que les basta algún gesto y el saber estar para dotar de cierto empaque e impostura a la inexistente dirección. La adulta ligereza, casi coreográfica, que se filtra entre la azucarada parodia, es lo mejor de un filme que pide a gritos ser zarandeado por un ejercicio de madurez cómica. Tres actores mayores, grandes, muy grandes, logran cierta zona de confort nostálgica cuando abandona el curso del río que no lleva a ninguna parte y optan por asentarse en los meandros de la comedia que ellos mismos generan con su química. Estos son, aunque recetados con mesura, los verdaderos golpes de estilo de esta perezosa comedia que naufraga cuando quiere ir de género y adulta y respira cuando deja que sus tripulantes piloten esta historia de amistad compartida que se opone al fracaso social y al desamparo. Una traviesa aventura de chavalotes que merecía otro mapa del tesoro.

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Solo falta el Pegasus
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Guillermo Balbona | 21-04-2017 | 8:49| 0

FAST & FURIOUS 8 

EE UU. 2017.  136 min (16). Acción.

Director: F. Gary Gray.

Intérpretes: Vin Diesel,  Dwayne ‘The Rock’ Johnson,  Jason Statham y  Charlize Theronia.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

El humor, casi autoparódico, ha tuneado la última entrega de fuga cinematográfica a ninguna parte y a toda pastilla más taquillera, esta vez más furiosa y visceral que veloz. «De una hostia te voy a cambiar el signo del zodiaco», le espeta Dwayne ‘The Rock’ Johnson a Jason Statham en una de la sentencias con mayor hondura intelectual de este congreso de irreductibles conductores cibernéticos. Es una de las chispas de este desfile de acción, traición, venganza y redención, dirigido con piloto automático, en una demostración de ruido, válvulas de videojuego y motores superficiales. ‘Fast & Furious 8’ es un cruce letal de ‘Misión imposible’ y los Bond más sofisticados, muy, muy viajero y jocosamente autodestructivo. De La Habana a las calles de Nueva York pasando por el Océano Ártico solo hubiera faltado el Pegasus sobrevolando las incidencias de esta familia de autoslocos jugando con las cosas de los mayores. El ritmo verdadero lo pone la banda sonora más que la acumulación caprichosa de escenarios para ponerle motor de inyección a la caza de gato y ratón que preside un filme más agitado que agitador, más activo que vivo. F Gary Gray, el responsable de tanto tráfico –al que debería fichar la DGT–, deja que sus peones se muevan por todas la casillas posibles para firmar un atasco de fraternidad y exterminio de más de dos horas. Director de ‘The Italian job’, ‘Diablo’ y ‘Negociador’, entre otras, dedica su tiempo a firmar un álbum de carreras que lleva un desafío dentro: a ver quién es capaz de arrancarle una sonrisa a Vin Diesel. Con sus superhéroes de chapa y pintura y marcha atrás la nueva entrega se dedica a reciclar la saga, entre giros, supuestas situaciones límite con carburante caro y olor a goma quemada. En el taller quedan pocas piezas. Más ligera en su carrocería, pero con mayor número de hipérboles en su retorcido pero necesario espectáculo, el vehículo cinematográfico compite consigo mismo en busca de un enésimo rizo. Las escenas de la lluvia de coches y la persecución con submarino certifican que el más difícil todavía circense ha sido aplicado en el taller con rigurosa sabiduría mecánica. Pero esta reunión de salvadores del mundo, especie de pandilleros a doscientos por hora, no engaña a nadie. Con vocación adolescente, a modo de olvidable montaña rusa, reserva un asiento en la parte de atrás y no para hasta los títulos de crédito. Sin disfrazarla, toda su honestidad radica en elevar el disparate a la categoría de imparable entretenimiento veloz. Cuando detiene la marcha y pretende dar lecciones de paternidad habría que quitar el carné a actores y director por vergonzoso exceso. Fiesta audiovisual de la testosterona, del automóvil al misil, del avión al tanque, el exceso consiste en desbordarse por todas partes, entre coches zombi y conductores descerebrados. Todo vale. Helen Mirren y Charlize Theron se han puesto el casco. Los demás no se enteran. En la próxima oferta de combustible de Hollywood esperan volver a llenar el depósito.

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Tocamientos sensibleros
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Guillermo Balbona | 11-04-2017 | 8:40| 0

Mañana empieza todo

Francia. 2016. 115 m. (16). Drama.

Director: Hugo Gélin.

Intérpretes: Omar Sy,  Clémence Poésy,  Antoine Bertrand, Gloria Colston, Karl Farrer, Anna Cottis.

Salas: Bonifaz. Filmoteca. Próxima semana.

Actor simpático, el ‘intocable’ Omar Sy, encarna a un hombre que descubre los valores de una entregada paternidad. A él se suma una niña lista, una madre ausente, un ambiente empalagoso –ya saben ¡qué guay es todo!–, y sale la comedia dramática perfecta de manipulación sentimental. Pastiche de buenas intenciones, con conflictos al fondo, ‘Mañana empieza todo’ parece diseñada en un laboratorio de autoayuda y escrita por un gurú de la ‘felicidad, ja, ja ja’ dispuesto a convertir los horrores, los dramas y los injustos azares en piedrecitas de un camino dorado…que ríanse de ‘El mago de Oz’. El filme siembra las peripecias de este vínculo paternofilial de una melosa y nada creíble historieta moral que podría pasar por el manual de una secta que canta la alegría de forjar un melodrama lacrimógeno. Lo peor es que  esta versión francesa de la mexicana ‘No se aceptan devoluciones’ envuelve en blandengue y colorista celofán de ‘ya es primavera en el centro comercial’ bajo el que asoman los más truculentos temas, situaciones y sorpresas del destino. Hay aires taquilleros de ‘Tres solteros y un biberón’ y gestos serios e igual de tópicos a lo ‘Kramer contra Kramer’ salpican este documento irrisorio, nada creíble y tendencioso en lo sentimental. Su escasa originalidad y el ternurismo se añaden a una media hora final cuya solapada manipulación alcanza no ya lo previsible sino lo más zafio del catálogo de tocamientos sensibleros a costa de un sonrojante argumento. Todo es un decorado artificial, entre la chispa de la vida y sus fastidiosas burbujas inesperadas. Salvo unos excelentes títulos de crédito que preludian una comedia vitalista y lúdica que luego el guion desmiente, el filme de Hugo Gélin resulta una sucesión de espejismos, falacias y mentiras revestidas de abusos sentimentaloides. De lo que se trata es de agarrar la taquilla por el lagrimal. Algo así como ‘La vida es bella’ pero en burda postalista con el matasellos de los contrastes culturales como coartada y la familia como el más poderoso pasaporte. Si hubiese sido otro el tono, la fábula o el cuento, el humor amable mezclado con cierta ironía hubiese dado más empaque a un filme que resbala, nunca conmueve y manipula con descaro. Entre ‘Los viajes de Sullivan’ y ‘Mañana empieza todo’ no solo hay casi ochenta años de diferencia sino que ambas miradas pueden servir para trazar un estudio sobre cómo muchas veces la narración cinematográfica de las ilusiones, la radiografía social y la reinvención de una impostura ha avanzado hacia atrás. Los camuflajes de la verdad, la dirección de una película prefabricada y el ‘buenrollismo’ masajean la inmediatez de un filme deliberadamente tramposo.

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Alargamiento de alien
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Guillermo Balbona | 10-04-2017 | 9:36| 0

Life (vida)

EE UU. 2017.  103 min (12). Ciencia Ficción.

Director: Daniel Espinosa.

Intérpretes: Jake Gyllenhaal,  Rebecca Ferguson,  Ryan Reynolds y  Hiroyuki Sanada.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Es una especie de hijo putativo de ‘Alien’. Un esqueje que juega a serie B, lanza guiños a ‘Gravity’ y su creador parece, ante todo, querer demostrar que sabe hacer cine. Impecable en su factura, con excelentes trabajos interpretativos, ‘Life’, sin embargo, carece de vida y deposita todo su pulso y latidos en las situaciones límite. A veces se regodea pretenciosamente en ciertas reflexiones y sentencias sobre las fronteras de la investigación y las barreras proteccionistas de lo humano ante un contacto con extraterrestres, que no sea bienvenido. Es un filme que va del microscopio, la célula y lo ignoto, aunque ínfimo, a la amenaza física, visible y, por supuesto, aterradora. Pero este trayecto es tan previsible y pleno de pastiches y deja vu que la capacidad de seducción, sorpresa y empatía es prácticamente nula. Asistimos a un chequeo de manual de la ciencia ficción como si Nostromo hubiera ido a pasar la ITV. El sueco de origen chileno Daniel Espinosa, cineasta de ‘El niño 44’, rueda con las ideas muy claras pero se deja arrastrar por el tópico, por el peso del clásico de Ridley Scott (que regresa precisamente este verano con su revisitación de ‘Alien’) de tal modo que debemos ir ya por el pasajero número 250. Caben algunos buenos momentos de claustrofobia, fruto de una utilización excelente de la puesta en escena, del espacio (el exterior y el interior) como escenario, de la oposición dentro /fuera tanto en lo físico como en el desarrollo de una metáfora que abarca desde el seno materno hasta la inmensidad de las estrellas. El resto es el ‘aquí te pillo, aquí te mato’ de la criatura y sus presas. Del ectoplasma al monstruo que viene a verme van cien minutos  de un juego de lucha por la supervivencia. La ilustración es atractiva pero carece de narrativa propia que permita aportar algo más que mera recreación a sus raíces fundacionales. O bien por exceso de respeto o por comodidad, no hay riesgo en el filme de Espinosa que se mueve entre la fascinación y el terror con tanta soltura como entre la postal de género, lo ya conocido, y la elegancia y la tecnología al servicio de una escritura tan pulcra como inane. Faltan ironía, distancia, juego. Sobra ese aséptico acercamiento que convierte la devoción y el homenaje en simple insistencia reiterativa. A pesar del reparto aseado no hay hondura en los perfiles psicológicos y, cómo no, la criatura desprende más inteligencia y definición que algunos humanos. A este paso moverse por una estación espacial va a resultar al espectador más fácil y familiar que caminar por las calles de su ciudad. Hasta la presentación del enésimo pasajero asistimos a una atractiva coreografía: un travelling donde la gravedad, el preludio liberado de deudas y el diálogo entre lo humano y lo desconocido aprietan las tuercas de un documento que luego muta en estereotipo marciano. Ahora bien el verdadero alienígena de la función es el doblaje, absurdo e innecesario, que devora nuestros encuentros con los tripulantes de esa ONU espacial que enarbola la bandera de la vida.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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