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Autor: Guillermo Balbona
depuración de un estilo
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Guillermo Balbona | 09-03-2017 | 9:23| 0

La chica desconocida

Bélgica. 2016. 113 m. (7). Drama.

Directores: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne

Intérpretes: Adèle Haenel, Jérémie Renier, Olivier Gourmet, Thomas Doret, Fabrizio Rongione, Christelle Cornil.

Salas: Groucho

La sencillez como espejo, cóncavo y convexo, de lo social. Una puesta en escena depurada y un sutil bisturí con el que atraviesan le médula espinal de las pequeñas cosas, esas en apariencia sin importancia pero casi siempre trascendentales. Más esenciales pero quizás menos suyos, los hermanos Dardenne han regresado con una sutil capa agria sobre la culpa, el dolor y la crítica social a través de la mirada de un personaje femenino que acapara imagen y atención. Los cineastas belgas de ‘El niño de la bicicleta’ continúan con su martillo implacable, fieles a un estilo, aquí depurado hasta exprimir la gota más sustancial de su mirada sobre el mundo. Su personaje, el que vertebra la historia de ‘La chica desconocida’, es una joven y prometedora doctora que protagoniza una historia pequeña pero sentida, enraizada en un realismo que tiene como asideros la cuestión moral, el compromiso, o la falta de él, y las implicaciones profesionales. Adèle Haenel, una actriz que es pura máscara inerte, es el eje que absorbe cualquier sombra de conmoción y filtra todo conflicto como una mezcla de duda, gesto mínimo, temblor ético e intriga existencial. Menos inspirados que en otras de sus radiografías magistrales –‘ El hijo’, ‘El niño’, ‘Rosetta’– la película juega a ser menor para dar más relevancia a ese microcosmos mayor que subyace en el ir y venir de consultas y atenciones médicas de la protagonista. Un disturbio exterior y ajeno, como en casi todos sus filmes, pero que implica y envuelve al personaje marcará el devenir de una historia que de manera subliminal, colateral o directa, aborda cuestiones como la marginación, la exclusión, la prostitución, la ética… En este falso minimalismo de  ‘La chica desconocida’ asoma el drama de los refugiados e inmigrantes, que vuelve a ser reflejo de la coherencia y la fidelidad a una mirada y a una postura formal que muestran siempre sus directores. Su retrato subraya de nuevo ese pulso, latido y atmósfera cinematográfica del estado de las cosas en la sociedad europea. Es un filme más hondo de lo que parece pues se postula como un trampantojo emocional. La culpa y la conciencia, la ética y la moral pública discurren en este juego criminal que mantiene intacta la identidad de la víctima y que sirve para coser un mosaico global sobre la privacidad, la integridad, la dignidad y ese vacío existencial que cruza la vida de los personajes. Toda su película conlleva una invitación perversa: como si asistiéramos al crecimiento de una pequeña herida que gangrena el pus de un drama latente instalado en las criaturas pero también en la mirada del espectador.

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Garras profundas
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Guillermo Balbona | 09-03-2017 | 9:01| 0

Logan

EE UU. 2017. 135 m. (16). Drama.

Director: James Mangold.

Intérpretes: Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchant y Elizabeth Rodriguez.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Homo homini lupus’, el hombre es un lobo para el hombre, que dijo Hobbes. Y también un lobezno. En el cine mutante de X-Men y los superhéroes la escisión con más personalidad narrativa era esta de garras aferrándose a un relato distópico, conjugado en un cercano futuro imperfecto. En ‘Logan’, despedida y cierre pero con guiño final de franquicia, conviven dos formas de afrontar una saga: esa que revela devoción por la acción y el fantástico, y la que profundiza en el aliento vital de un personaje atormentado. En esta segunda, que no siempre se mueve cómoda con la anterior, asoman las querencias por el desarraigo y la redención que subyacen en buena parte del cine de James Mangold. En la garra especial de Lobezno (al que ya había recurrido en su anterior filme (‘inmortal’), el director de ‘Copland’ instala esta violenta y agria historia donde a cada incisión mortal en el cuerpo ajeno le corresponde una reflexión sobre la muerte, la decadencia y la senectud, el toque generacional y la desesperanza. ‘Logan’ tiene un punto de brillante elocuencia en el hecho de que Hugh Jackman suma su propio desmayo físico (el actor padece cáncer de piel) al de su personaje. Hay una visión oscura que envuelve la lucha del protagonista no tanto por sobrevivir como por preservar la privacidad y la intimidad de su identidad. Esta cuestión, junto a la de la relaciones paternofiliales –ambas inherentes a la respiración de este siglo XXI–, cruza un filme irregular que cojea a veces por la falta de un enemigo con clase y no tan estereotipado como la banda de macarras que se opone en el argumento a los superpoderes, entre interrogantes y cuchillas. El duelo de villanos descafeinados pero gobernantes resulta mediatizado, afortunadamente, por una muy atractiva capa crepuscular. Hipérboles, humor ácido y guiños continuos al western alimentan y aderezan el universo del trío protagonista–Lobezno enfermo y yonqui como chófer de limusinas, el profesor Charles Xavier entre la demencia senil y el deslumbramiento ocasional, y Calibán como una especie de lúcido Gollum– a modo de extraña familia. El envejecimiento y la debilidad están compensados en la búsqueda de referencias y en una tristeza sutil y redentora. Un filme inteligente que adquiere más personalidad cuando se aferra a lo oscuro. El cineasta de ‘Inocencia interrumpida’ cercena cuerpos con tanta facilidad como siembra el campo minado de una futura sociedad, gestionada por una banda de Trumps, con gotas de redención y miradas al pasado. Entre el escéptico y huraño ‘Logan’, que pervive al fondo, y la atmósfera fronteriza nos queda seguir viendo en el televisor, melancólicamente, algunas de las secuencias de ‘Raíces profundas’.

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Sin alma, sin desgarro
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Guillermo Balbona | 09-03-2017 | 8:57| 0

El guardián invisible

Irán. 2017. 129 m. (16). Thriller.

Director: Fernando González Molina.

Intérpretes: Javier Botet, Marta Etura, Colin McFarlane, Elvira Mínguez y Miquel Fernández.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Cuentan que en el XIX cuando irrumpe la fotografía las tribus indias rechazaban la cámara porque pensaban que cualquier retrato robaba sus almas. El peligro de ese expolio no existe en esta adaptación tan correcta como insípida, tan impersonal como rutinaria. ‘El guardián invisible’, un ‘Seven’ de bosques, lluvia incesante y adolescentes asesinadas entre forzados guiños de mitología euskaldún y dulces y harinas autóctonas, carece de alma y de desgarradura. Es innegable el oficio de Fernando González Molina para plasmar en pantalla el libro de Dolores Redondo, ese superventas que tiene como escenario las tierras navarras del Baztán con su vuelta de tuerca al lado oscuro del matriarcado. Pero su película, innecesariamente larga, con aire de querer postularse en serie televisiva, no logra certificar un sello de personalidad visual e intensidad formal, más allá de su posicionamiento pulcro en lo convencional. El cineasta de ‘Palmeras en la nieve’ gana en los detalles y  en su elección de intérpretes secundarios, aunque descuida por excesos el conjunto. Como el río que alimenta las sombras de Elizondo y las propias brumas dolorosas del pasado de la inspectora Amaia Salazar, el filme oscila irregular y entre vaivenes, deambulando entre algunos flashback oportunos y otras apelaciones mágicas forzadas que van en detrimento de generar una atmósfera tan necesaria como elemental. Thriller criminal con el pasado y las raíces ejerciendo de poderosos demiurgos del azar y del destino, en pantalla ‘El guardián invisible’ busca esa entraña, la del inquietante disturbio, sólo a través de la acumulación y la reiteración y ello no basta. El director de ‘Tres metros sobre el cielo’, sólido en lo narrativo pero ausente cuando el filme requiere trazos de aliento creativo, nunca pretende salpicar con rasgos de autoría este relato que pide a gritos un golpe bajo que agite su cuaderno de caligrafía de academia. No estamos ante el examen de final de curso y la película se resiente de su adscripción a un tono convencional donde cualquier línea torcida puede ser mal interpretada. Las apariciones de Elvira Mínguez son impagables, como si viniesen prestadas de otra historia y otro cine. Marta Etura, una especie de Clarice Starling familiar y cercana, va de menos a más y el protagonismo omnipresente al que está obligada acaba domado por la actriz, siempre profesional y entregada. Lástima de ese tono tendente al subrayado en la declamación y dicción que asoma en demasiadas ocasiones en el filme, lo que resta naturalismo y saca al espectador de la historia.El filme, por ello, tiene más de envoltura que de hondura. Intriga, misterio, corrección, recreación de ese magma folclórico y mitológico…todo como ingredientes de un prospecto medicinal recomendable para una mirada de ficción que debe tomarse con las dosis adecuadas. Todo es digno pero también cargado de una solemnidad de pose como sin fuese una lección repetida de memoria. El atormentado temblor que subyace en el paisaje y en el pasado de los protagonistas es sólo un invisible invitado enunciado con pudoroso cuidado. Hay saga. luego habrá Salazares. Cabe esperar que las próximas adaptaciones exploren las almas amenazadas.

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Trayecto moral sobre la cuerda floja
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Guillermo Balbona | 05-03-2017 | 2:40| 0

El viajante

Irán. 2016. 125 m. (7). Drama.

Director: Asghar Farhadi.

Intérpretes: Shahab Hosseini, Taraneh Alidoosti, Babak Karimi y Mina Sadati.

Salas: Groucho

Uno se asoma y se asombra de estar enredado y en el epicentro de las estancias paralelas, y a veces simétricas, de este doble relato. El de la ficción dentro de la ficción, el del teatro dentro del cine y el de ambos dentro de la vida. Lo fascinante es la coherencia de forma y fondo de ‘El viajante’. Un filme que recorre un trayecto moral sobre una cuerda floja constante: la amenaza de lo teatral que ni siquiera llega a ser sombra y el desequilibrio de una historia que insinúa más que muestra, que se detiene en los detalles aparentemente nimios y que conforma un bucle ficcional fundamentado en la extrañeza. Los protagonistas son actores y ambos representan la fatalidad universal de ‘La muerte de un viajante’, mientras crece en ellos su propia tragedia personal. Donde empieza la representación de una, probablemente arranca la realidad de la otra. El oscarizado Asghar Farhadi, que vuelve a situarse en el corazón de Teherán, también juega con los aspectos narrativos de Occidente y la mirada adherida al ADN de su civilización. Los resortes que mueven y conmueven en torno a esta pareja sólida, que ve desvanecerse su estabilidad hasta un final melancólicamente pensante pero también demoledor, residen en la colisión entre un suave tono de thriller desmayado y la emoción contenida y medida de un melodrama incipiente. Sin ese componente social de su magnífica ‘Nader y Simin, una separación’, que también supuso el Oscar a este director inteligente, cuyo gesto siempre discurre al detalle, firma una historia tersa y tensa, que puede parecer fría pero que disecciona como un bisturí invisible las brumas del drama interior, las contradicciones y los miedos, entre el suspense minimalista y sutil y la emoción sujeta. A la crisis de pareja suma un estado latente social, moral, extraño. Si no fuese por el distanciamiento cultural podríamos decir que la película comparte algunas miradas con el último tramo creativo de Claude Chabrol. El director de ‘La separación’ se mueve por los escabrosos y delicados territorios de la venganza, de la dubitación moral, de las apariencias y los espacios cerrados (el último tramo de habitaciones, ventanales y escaleras es revelador) entre dilemas y complejas insinuaciones. Es un cineasta que tiene la virtud de crear un naturalismo engañoso, un neorrealismo contenido y aparentar que pasa mucho donde no ha pasado nada, y viceversa. Las dos historias, la de la escena con el drama de Arthur Miller, y la de la película de Farhadi, se entrecruzan sin solaparse ni estorbarse. Y, a su vez, entre ambos cauces discurre la vida cotidiana con sus propios fracasos y miserias. La furia interior, casi invisible, la humillación y la rabia asoman como un magma existencial que emana de todas las heridas.

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El brillo de la inteligencia
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Guillermo Balbona | 01-03-2017 | 9:48| 0

Luna nueva

His Girl Friday 1940 92 min. Estados Unidos.

Director: Howard Hawks. Guion Charles Lederer.

Música: Morris Stoloff. Fotografía: Joseph Walker.

Reparto: Cary Grant, Rosalind Russell, Ralph Bellamy, Gene Lockhart, Porter Hall Género
Comedia. Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Esta semana.

Encanto y noticia. Romance y pasión. Todo muy deprisa. Frente la posverdad, periodismo auténtico. Ritmo y acidez. Antes de que la rotativa cierre cualquier resquicio que permita burlar al tiempo. La obra de teatro de Ben Hecht y MacArthur exprimida con talento y lucidez. Antes lo había hecho Lewis Milestone en 1931, y en 1974 el gran Billy Wilder también haría otra versión en ‘Primera Plana’. Pero ‘Luna nueva’ de Howard Hawks, destila esa alquimia de lo sublime, donde transparencia, cinismo, brillantez, dialéctica y sentido crítico se funden con un elogio intenso de la comedia. Frenética y sutil los encuentros, roces y fricciones entre Hildy Johnson, la mejor reportera del periódico ‘Morning Post’ y Walter Burns, el editor del periódico y exmarido de Hildy, componen un eficaz tejido de vínculos humanos que sirve para diseccionar con descaro la sociedad y su radiografía moral. ‘His girl friday, Mi chica Viernes’, título original, en alusión al personaje de Robinson Crusoe, incide en denunciar la corrupción, desnudar a los políticos oportunistas y desbrozar el mundo de la prensa sensacionalista. «Esta historia se desarrolla en la época oscura del periodismo, cuando un reportero a la caza de la noticia era capaz de hasta justificar un asesinato», la frase que abre ‘Luna nueva’, es una de las sentencias más populares de la historia del cine. El tú a tú entre Cary Grant y Rosalind Russell, los diálogos solapados, el ritmo vertiginoso, el aire de comedia enloquecida se conjugan en ‘Luna nueva’ con tanta intensidad como en ‘La fiera de mi niña’. Hay contrastes entre la comedia y los hechos trágicos de fondo, la caricatura y la sátira, lo femenino y lo masculino, el egoísmo y la visión solidaria, lo despiadado y lo sutil. Una armónica caja de sorpresas. Y la fundamental, esa de convertir la relación de los dos hombres de la obra original en un vínculo de pareja que propiciaba la guerra de sexos, colisionando lo profesional con lo sentimental. La canallesca periodística del Chicago de los años 30, la intensidad de los intérpretes, la exclusiva y lo emocional en un duelo a muerte, desnudo y descarnado, son los pilares de esta comedia inmortal que transpira inteligencia y elegancia irónica. Hawks muestra los dientes pero a través de un fino humor sarcástico y crítico, apoyado en la pareja protagonista y en los secundarios. Adrenalina, tensión sexual y cambio de mentalidad en una explosión de ingeniosa mirada. Una de esas ocasiones para educar la mirada sobre la vida.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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