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Autor: Guillermo Balbona
La elegancia del perdón
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Guillermo Balbona | 01-02-2017 | 10:00| 0

Frantz 
Francia. 2016. 113 m. (7). Drama.

Director: François Ozon.

Música: Philippe Rombi. Fotografía: Pascal Marti.

Intérpretes: Pierre Niney, Paula Beer, Cyrielle Clair, Johann von Bülow, Marie Gruber.

Salas: Groucho.

El paseo por el amor y la muerte que contiene ‘Frantz’ es como esas estelas que dejan los aviones en el cielo. Una huella del subrayado al desvanecimiento que nunca parece borrarse del todo. Esta historia de perdón, redención, remordimiento –como el título original de Lubitsch– es un elegante, sutil y delicado trayecto que el prolífico cineasta François Ozon deja sobre la pantalla. A veces la posa, otras la desgarra. Rodada con pulcritud y ceremoniosamente desprendida, este relato nacido de las cenizas de la I Guerra Mundial –podría serlo de cualquier guerra– es fruto de la madurez de un estilo que en apariencia se fundamenta en no tenerlo. Probablemente Ozon sea el cineasta actual con mayor capacidad poliédrica, diversificada y plural, de modo que temas, miradas, desde la más delicada a la más delirante y disparatada, asoman en una filmografía que desde ‘8 mujeres’ ha crecido en cantidad y calidad. ‘Una nueva amiga’, ‘Joven y bonita’ y, sobre todo, la excelente ‘En la casa’ han precedido a ‘Frantz’, en la que vuelve a adentrarse y a sugerir inquietantes zonas oscuras, fronteras difusas, atmósferas extrañas y un duelo entre la levedad y la trascendencia que caracteriza buena parte de su copiosa filmografía. La ambigüedad, la redención, el antibelicismo cruzan esta historia, a modo de remake de la obra de los años treinta de Lubitsch, en la que un soldado francés viaja hasta el pueblo en el que están las huellas, y viven las personas, del soldado alemán al que mató en las trincheras. Culpa y mentira, oportunismo y destino se combinan, asoman y se ocultan en un juego entre realidad y representación. ‘Frantz’ es un filme elegante, que abre un resquicio y una mirilla entre los pliegues para introducir sus agujas en una especie de acupuntura sobre la piel más fina de la realidad. En este sentido lo que en otro sería un recurso epatante y forzado, resulta en Ozon una maravillosa invitación: la utilización de un hermoso blanco y negro, sólo roto por fugaces incursiones en el color cuando el pasado se instala en la trama, o en determinadas pinceladas que nunca se antojan caprichosas, caso de los planos del pueblo en blanco y negro y de los árboles en color. En el cineasta de ‘La petit mort’ siempre hay algo viscoso, sinuoso, sugerente y en este relato de fronteras emocionales, de melodrama romántico sin enérgicas colisiones, esas insinuaciones adquieren categoría de estilo seductor. Sobre la obra original de Maurice Rostand, Ozon imprime una caligrafía visual de excelencia donde recuerdos y sentimientos encontrados se funden en un esteticismo delicado de contemplación y paseo pero nunca cómodo. Intensidad, ironía y sensibilidad, con la música como factor narrativo, afloran entre la fragilidad y el encanto, la evocación y el dolor. Todo tan extraño y atractivo como la bella presencia de la actriz Paula Beer

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Fragmentos de vida
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Guillermo Balbona | 31-01-2017 | 9:22| 0

Lion

Australia. 2016. 120 m. (12). Drama.

Director: Garth Davis.

Intérpretes: Dev Patel, Nicole Kidman, Rooney Mara, David Wenham, Nawazuddin Siddiqui.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

La comunión global es Google Earth. El nuevo mapa de los tesoros que funde las geografías, no así las fronteras ni los muros, cobra especial protagonismo en este trayecto fragmentado que oscila entre el retrato errante existencial y la ONG. Entre la excelencia del camino, Itaca al fondo, frente a la meta, y el melodrama varado en una esquina del mundo. En ‘Lion’, una película amable pese a las cargas de profundidad que contiene y que nunca acaban de explotar, se revela un continuo combate entre la superficialidad y la hondura, entre el telefilme bienintencionado y el mensaje desgarrador, entre la postal y ese viaje interior inmenso a prueba de satélites y exento de cámaras. También estructura y ajada por dos partes bien diferentes, esta crónica de niño perdido y adoptado y joven que busca reencontrarse, se debate entre el perfil del vacío y las pérdidas y lo convencional y casi lacrimógeno. También oscila entre ese honesto y sincero retrato moral de la pobreza en la India, en ese caso en los años ochenta, y el salto a la pose cuando la trama se centra en la Australia de la pasada década. El silencio y la mirada del niño encarnado de forma extraordinaria por Sunny Pawar otorgan verdad al filme. Después este se torna afectado, emocionalmente burdo en ocasiones y con un moralismo de discurso fácil y sin empatía en torno a la familia y la adopción. De Calcuta a Melbourne el filme, que a veces irrumpe con aires de ‘Slumdog Millionaire’ pero sin ese toque colorista y turístico, adopta en otras ocasiones la apariencia de gran melodrama manipulador. Por separado Dev Patel y Nicole Kidman dan solidez a la narración, especialmente ella capaz de sostener arriesgados primeros planos, pero cuando el guion exige juntarles no existe conmoción alguna. Por contra Rooney Mara –que repetirá a las órdenes del cineasta Garth Davis al encarnar a María Magdalena– deja huella de su cómplice relación con la cámara en un papel fugaz. Con la etiqueta de ‘basada en un hecho real’ (rubricado en los títulos de crédito finales con la aparición de las personas reales de estas vivencias) ‘Lion’ pasa con demasiada facilidad de la mirada de denuncia a un drama personal, del riesgo al telefilme, de la belleza a la rutina visual. Garth Davis, que se ha movido entre las series televisivas y la publicidad, debuta dubitativo. Esta producción australiana que se ha colado en los Oscar se eleva y crece cuando la mirada es la del cruce de vías hacia ninguna parte, y se desmaya con su vulgar búsqueda de la identidad entre tópicos y lugares comunes. De la odisea personal y auténtica a la navegación con ratón y GPS en busca del artificio que fundamente una estatuilla.

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Vigilar a los vigilantes
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Guillermo Balbona | 31-01-2017 | 9:05| 0

XXX: Reactivado

EE UU. 2017. 107 m. (12). Acción.

Director: D.J. Caruso.

Intérpretes: Vin Diesel, Deepika Padukone, Donnie Yen, Samuel L. Jackson, Nina Dobrev, Ice Cube.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es probablemente uno de los estereotipos más prefabricados del último cine. La fórmula es tan sencilla y primaria como vulgar, pero no hay gato por liebre. Fanfarrón, tatuado hasta las cejas, ejerce junto a unos cuantos colegas de Robin Hood de la globalización. ‘xXx reactivado’, como un yogur caducado, funde satélites asesinos, músculos menos en el cerebro, anatomía femenina expuesta con generosidad, gente guapa, pijos metidos a espías y acción de videojuego pasada por la licuadora de las leyes de la animación. Como si el Coyote y ‘Arizona baby’ hubiesen sido los invitados de lujo de un alocado ‘Fast and Furious’. El epicentro de este juguete es Vin Diesel, quien de la mano del también actor  D.J. Caruso, director de ‘Disturbia’, ha decidido meter a su personaje y franquicia en un juego paródico con todo el combustible incendiario posible. La trama, si es que cabe hablar aquí con cierta rigurosidad de canon, se desenvuelve entre saltos, acrobacia y piruetas  imposibles, chutes de adrenalina descontrolada y frases de supuesto ADN irónico que lanzan dardos sobre la frontera difusa entre buenos y malos. La hipervigilancia, la información es poder, la tecnología sofisticada y unos cuantos tontorrones metidos a inteligentes hacen el resto. Pero la acción, entendida como un continuo truco de extravagancias y situaciones límite de reality televisivo, es la reina de la función y la verdadera marca de la casa. La pseudodiversión que desprende nace de valorar hasta qué límite es capaz Diesel de exprimir a su personaje para desafiar a ese ridículo armario que encarna como un Anacleto, agente secreto de sí mismo.  Este Triple X macarra, chulesco y extremo, se mueve entre diálogos y todo es tan extremo e incoherente que es imposible que no regrese otro año con idénticas ínfulas y más barroco en su vacío efectista. El reactivado calvito se dedica a construir una cinta que pasa por artesanal pero que está forrada de pasta y de impostura. El director de ‘La conspiración del pánico’ se pone al servicio de su majestad golpe bajo y lengua suelta, y el filme toma el rumbo disparatado y el ritmo delirante de un James Bond friki y tuneado. En esta noria y montaña rusa de persecuciones y paradas para tomar un refresco en alguna fiesta, entre ibicenca y caribeña, la ‘peli’ se permite incluir desde un doble cameo del futbolista Neymar hasta una ruleta rusa con granadas, que es algo así como si los protagonista de ‘El cazador’ hubiesen entrado en un casino de la Costa Azul. Viril fantasmada que juega a vigilar a los vigilantes desde el cielo de la vulgaridad, en una ruidosa sucesión de enemigos invisibles que juegan a destruir el mundo. Y, mientras, la cinta pone en marcha la cuenta atrás de una explosión de espectáculo adquirido en una tienda de artículos de broma. En serio.

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Lo ves, no lo ves
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Guillermo Balbona | 31-01-2017 | 9:04| 0

Múltiple 

EE UU. 2016. 116 m. (16). ‘Thriller’.

Director: M. Night Shyamalan. Intérpretes: James McAvoy, Anya Taylor-Joy, Betty Buckley, Brad William Henke, Sterling K. Brown, Haley Lu Richardson.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Discurre en un alféizar imposible entre dos mundos. El azar y el destino. Las redes y la privacidad. El ejercicio de estilo y la depuración formal. La pesadilla y el absurdo. Lo que se intuye y lo que se oculta. M. Night Shyamalan, como un Lovecraft orfebre ha regresado para abrir y cerrar puertas  y se revela juguetón y desafiante. Pero no lo hace, como el magistral escritor, sobre dimensiones fantásticas y planos solapados de la realidad, sino desde el interior del cerebro de cada uno de nosotros. ‘Múltiple’ es una falaz clase de psiquiatría convertida en un envolvente trayecto sin retorno al miedo a nosotros mismos. Un personaje que son muchos, encarnado por el excelente y siempre en el alero James McAvoy, y otras cuatro actrices, le bastan al cineasta de ‘El bosque’ para contar un cuento de sótano y ostracismo, de pasados oscuros y de integración y marginación. Y lo hace con una película en apariencia austera, muy inteligente, contenida, que juega con el espectador –tan pronto le arrastra como le deja abandonado–, mientras genera una atmósfera sutil a través de elipsis y sugerencias. Ahora lo ves, ahora no lo ves, parece deshojar el cineasta de ‘El protegido’ que, tras sucesivos fracasos y decepciones, vuelve a demostrar su capacidad para la destreza visual, su lucidez y facilidad para moverse entre los pliegues de la realidad y la ficción, tan camaleónico como su protagonista. En su concepción ‘Múltiple’ es un thriller de secuestro y terror, de angustia y falta de respuestas. Y es ahí en los interrogantes, en las puertas entreabiertas, en las voces, en la indecisión donde se mueven las diversas personalidades del cineasta que ya dejó una metáfora visionaria de nuestro tiempo en la injustamente infravalorada ‘El incidente’. El encaje delicado pero perfecto de los flashback que revelan el pasado de uno de los personajes y la variedad de trucos sin que todo parezca una manipulación de trilero elevan la estilización de un filme psicótico que juega con la intriga, también cierta sátira negra sobre cómo esta sociedad encasilla, margina y desestructura. En su manejo grandioso del suspense, obviando o restando información, es clara la influencia del Hitchcock de ‘Psicosis’. El director y guionista de origen indio, siempre arriesgado, abre su filme a tumba abierta y ya no hay marcha atrás. Pero que nadie espere un desfile de efectismos y sustos, macabras revelaciones, recreaciones explícitas. ‘Múltiple’ es un retablo de sugerencias en el que se da la vuelta al subgénero de jóvenes metidos en líos y donde lo claustrofóbico, lo invisible, lo sugerente y lo inquietante toman el mando y marcan los tempos, la caligrafía y los límites. Después cada uno decide hasta dónde quiere llegar sobre su imaginación y la dimensión de sus  propios miedos. Es un Shyamalan más lúdico e irónico, pero aún más exigente. Su original arranque y un asesinato simbólico certifican su pulso visual. Al margen de una autocita final, lo cierto es que ‘Múltiple’ crece en esa apelación constante a hurgar en las heridas de nuestra soledad y temores atávicos. Lástima que una vez más la imposición del doblaje haya generado otra personalidad distinta a las concebidas por su autor.

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Fe en la contemplación
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Guillermo Balbona | 31-01-2017 | 9:02| 0

Silencio

2016 159 min. Coproducción.

Director: Martin Scorsese.

Fotografía: Rodrigo Prieto

Reparto: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Shin’ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu.

Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Hay mucho sermón tras la contemplación y una agotadora sensación de que fe y belleza, oración y sufrimiento, silencio y distanciamiento dramático no acaban nunca de cuajar. Entre cavilaciones y miradas desde el fondo de una gruta, lo físico y la metafísica colisionan en este filme hermoso muchas veces, excesivamente frío y distante casi siempre que, paradójicamente, destila sus momentos más místicos en el cautiverio y en la tortura más que en los pasajes que potencian la dialéctica piadosa o en la búsqueda y la llamada de Dios. Martin Scorsese, tras la brutal e implacable demostración de estilo que dejó, como un reguero de cine explosivo, en ‘El lobo de Wal Street’ y entre idas y venidas por incursiones televisivas y documentales, ha desempolvado un proyecto muy personal e íntimo, entre la vocación y la devoción, lo piadoso y lo inquieto. ‘Silencio’ tiene un halo de pureza tan discutible como atractivo pero en contra de lo que pudiera parecer, en el agnosticismo y el laicismo, en la espiritualidad artística y humana de Bergman cabe más oración y profunda trascendentalidad que en muchos pasajes de ‘Silencio’. En ‘Como en un espejo’ había más hondura que en este rezo contemplativo del martirio al que asistimos de la mano del director ‘La última tentación de Cristo’. Incluso si la redención es el ADN del cine de Scorsese, en la mayor parte de su cine más físico hay una traslación emocional y potencial más intensa de la fe en lo humano. En Jack la Motta, el boxeador de ‘Toro salvaje’, se transparenta mejor el valor de una fe pura que en este retrato de los jesuitas portugueses que viajan a Japón en busca de un misionero. Adaptación de la novela de Shusaku Endo, Scorsese se atreve con un viaje interminable al fondo de la fe donde desesperación, reflexión e incomprensión visualizan más sentimiento y pasión que en los arrebatos de este drama religioso exento de intensidad dramática, lastrado por algunas equivocaciones de reparto. Cuando este cineasta inmenso parece preguntarse por las posibilidades del cine, sus imágenes adquieren más verdad que en los interrogantes de su épica espiritual. Por momentos el personaje de Liam Neeson asoma como un trasunto del coronel Kurtz de Conrad y Coppola. Al cabo todo es apocalípticamente humano. Belleza y fe en comunión y en colisión. El sufrimiento que conlleva la duda y el silencio de Dios que genera sufrimiento, la apostasía y el martirio, la crueldad y la intolerancia, asoman en esta obra quizás demasiado propensa a adoptar un tono ceremonial que desciende con frecuencia a lo reiterativo. Todo es inevitablemente solemne y cargado de grandeza. Pulcra, austera, ambiciosa, sin concesiones, posee latidos de los grandes cineastas nipones que suenan entre los pliegues evangélicos de un cine que nunca, sin embargo, deja que el tacto de la mirada se adentre en la llaga de la resistencia: de la fe en el cine y de un cine sobre la fe.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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