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Autor: Guillermo Balbona
El triunfo moral del lenguaje
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Guillermo Balbona | 18-07-2017 | 10:57| 0

La Guerra del Planeta de los Simios

War for the Planet of the Apes 2017 – 142 min. Estados Unidos.

Director: Matt Reeves

Guion: Mark Bomback, Matt Reeves . Música: Michael Giacchino.

Fotografía: Michael Seresin.

Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Steve Zahn, Judy Greer,  Gabriel Chavarria, Max Lloyd-Jones.

Género: Ciencia ficción.

Salas: Cinesa  y Peñacastillo

Tras dejarse impregnar por la perfección tecnológica que emana de este  inmenso poema sobre la importancia del lenguaje, bueno es rendir  homenaje a la obra icónica de Schaffer que inauguró el territorio visual  de ‘El planeta de los simios’ sobre la obra de Pierre Boulle. La desesperación de Charlton Heston arrodillado en la playa, la figura de Cornelius/Aurelio…forman parte de ese imaginario que traspasa la
pantalla para crear un campo sembrado de relatos fundacionales. Tras la fallida y desganada incursión de Tim Burton en el planetario simiesco, paradójicamente, a modo de precuela, ha amanecido un tiempo de
revitalización de esta simbólica y fantástica reflexión sobre la identidad humana. Matt Reeves, el cineasta de ‘Monstruoso’, firma un grandioso espectáculo en esta tercera entrega de la nueva vida otorgada a esta ficción. Entre el visionario y metafórico despliegue  exento de artificio, y el intimismo más sutil, ‘La guerra del planea de los simios’ construye un arriesgado, lúcido y hermoso documento sobre el poder de la palabra y de la comunicación y la necesidad de poseer un lenguaje como  herramienta de libertad. A la naturalidad técnica de los efectos especiales –la captura de movimiento en todo su esplendor–, el cineasta de ‘Déjame entrar’ incorpora una particular miscelánea mitológica y cinéfila donde cabe el viaje fordiano de ‘Centauros del desierto’, el descenso a los infiernos y al corazón de las tinieblas, con más que guiños explícitos  a ‘Apocalypse now’ de Coppola, o el itinerario antropológico de hombre y naturaleza de ‘Las aventuras de Jeremiah Johnson’. Cómo reinventar, entre apropiaciones y homenajes una saga que no es tal y parecer casi fundacional. Cómo servirse hasta el límite de lo artificial de la parafernalia tecnológica y no caer en lo amanerado e impostado. Cómo adentrarse en la redención, en la lectura política (el líder ególatra seguido por la masa seducida, la construcción del muro, la fe ciega en la violencia y en el castigo…)  y evitar la retórica y el mensaje burdo. Todo está expuesto de manera diáfana en esta dulce combinación de paisaje y hombre, de naturalismo y expresión digital. Sombrío y audaz, sereno pero lleno de arrebatos, este thriller con muchos exilios interiores, a caballo entre el western de su predecesora y el rizo bélico, adopta la forma de una odisea en busca de los límites de la identidad y la humanidad. Rotunda, simbólica, arrebatadora, mezcla con sabiduría y sin afectación la ansiedad de gran espectáculo y la complejidad dramática. Agua, fuego y nieve enmarcan los primeros planos de los primates, los signos, las miradas entre la niña y el adalid simio.., entre símbolos primarios y primitivos de esta grave y ceremoniosa distopía, no por ello emocionante, inquieto y enérgico manifiesto de agitación. De la épica a la aventura carcelaria, del
discurso abiertamente político a la redención. Un relámpago crepuscular en busca de una palabra fundacional.

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Lo inevitable
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Guillermo Balbona | 10-07-2017 | 9:12| 0

Llega de noche

It Comes at Night  2017 97 min. Estados Unidos

Director: Trey Edward Shults. Música: Brian McOmber.

Fotografía: Drew Daniels.

Reparto: Joel Edgerton,  Riley Keough,  Christopher Abbott, Carmen Ejogo,  Kelvin Harrison Jr., Griffin Robert Faulkner.

Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Es contenida, opresiva y ceremoniosa. Huye del latiguillo sorpresivo y del golpe de efecto. Juega con los silencios y las sombras. E incluso posee una afinidad y complicidad con esas atmósferas ignotas de la extrañeza inevitable que, como un magma, crecen en las páginas de Lovecraft. Lo diferente, el miedo al otro, la civilización y la barbarie, el instinto, lo salvaje y la supervivencia pululan en los resortes de este filme honesto, fiel al terror psicológico y con unas notas de distopía y metáfora apocalíptica. ‘Llega de noche’ podría ser un retablo simbólico de la enfermedad (el cáncer) como trasunto del mal y enemigo a vencer. Con dureza, pero siempre jugando más con el fuera de campo y la imaginación del espectador, el filme arranca en el propio epicentro de una pesadilla que sentimos pero que nunca explicita su origen. El miedo, la alerta, los mecanismos de defensa, la brutalidad, la defensa de la tribu y el techo como lugar en el mundo, frente a lo que hay ahí fuera, son las variables que sustentan la trama. Una familia y la constante amenaza de muerte constituyen el eje de este estado de sitio con plaga al fondo. Una inevitable vuelta a las cavernas donde las nuevas tecnologías, indefensas, han perdido su papel protagonista. Triunfa lo primitivo, la fuerza de la naturaleza humana y el ingenio y la solidaridad de clan. En el filme el más fuerte, determinante y animal, cuando la ocasión lo requiere, es precisamente el que se le presupone más humanista. Trey Edward Shults, que ya había sorprendido con ‘Krisha’, juega de manera equilibrada con el malditismo, los bajos instintos, el temor primario, el sentimiento de culpa y el propio miedo que nos habita. A la austeridad y contención, el filme suma su inteligente sentido de la tensión para aparentar más de lo que es y para evitar hacer visible la forma, el cuerpo, la dimensión y la textura del enemigo. Un adolescente canaliza metafóricamente todas las posibles estancias de lo desconocido. Es el médium con el espectador. Una obra de cámara que discurre en constante pulsión. El director consigue que nunca bajemos la guardia. Aquí no hay vísceras, ni sustos, ni espectacularidad. Los sacrificios, la vigilancia, lo ajeno, los otros…Aquí el gore es la ausencia de serenidad. Ese otro lado marca la frontera. Todo resulta claustrofóbico e incómodo. Lo enfermizo, el verdadero terror, toma el mando e inocula su contagio de vacío y sentido finalista. Salvo cierto aire de pomposidad y pretenciosidad que perjudica y choca con el tono minimalista, el filme conduce con sutil intensidad a las puertas de lo inquietante: quizás el virus habite entre nosotros.

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Revoluciones, que no revolucionaria
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Guillermo Balbona | 10-07-2017 | 9:11| 0

Baby driver

Reino Unido. 2017. 115 m. (16). Comedia.

Director y guión: Edgar Wright.

Música: Steven Price. Fotografía. Bill Pope.

Intérpretes: Ansel Elgort,  Lily James,  Jamie Foxx y  Jon Hamm.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Cuando uno llega a la taquilla ya siente el calor del tubo de escape en la espalda. Huele a gasolina y a neumático quemado. El arranque es un espectacular punto muerto convertido en una explosión de adrenalina y en una persecución que no deja señal y limitación vivas, lo que haría las delicias del Pegasus. A su lado, los chicos de ‘Fast and Furious’ parecen los probadores de los coches de choque en las barracas. Pero ‘Baby driver’ aparenta y quiere ser más y, en su pretenciosidad, pierde carburante y velocidad. El filme, con más riesgo y menos ínfulas, podría haber sido el musical de la década. Un ‘La la land’ feroz y desaforado entre canciones, bandas sonoras, mezclas y bailes. En realidad es un western con caballos de cuatro ruedas, un llanero solitario, inadaptado como corresponde, que quiere cabalgar solo y una cuadrilla de cuatreros con sus desavenencias e intereses opuestos. La música es el motor de este thriller que entra por las orejas y sale por los ojos, entre sofisticados giros de tocata y fuga y la percusión de un volante sonoro que gira sobre sí mismo hasta el más difícil todavía. Edgar Wright, el director de ‘Scott Pilgrim contra el mundo’, dirige este artefacto con ruido y explosiones fugaces, que empieza con la quinta marcha puesta en la imaginación, pasa a la tercera con una mirada conservadora, conformista y hasta pedante y termina con el freno de mano puesto. De lo arriesgado a lo aparente, de lo fulgurante al escaparate superficial, vistoso y previsible del concesionario de coches usados. El equilibrio entre acción y música, humor irónico y trasfondo dramático, híbrido de géneros y verso libre, se queda en la carrocería, en la chapa. Tras la primera colisión, cuando es necesario detenerse para cargas pilas o echar gasolina el filme deja ver las costuras y el ritmo se gripa. El cineasta de ‘Arma fatal’ busca un hueco entre el rock y la velocidad que suene a diferente, incluso abusa de una fórmula como es la de generar una coreografía de diálogos (el doblaje no deja apreciarlo) sonoridad y visualización, escenas punteadas a través de las canciones, que empieza con cierta originalidad  y acaba en la monotonía. Cuando el motor del amor trata de zarandear la historia ya es tarde. El filme busca acomodo entre ‘Corazón salvaje’ de Lynch y ‘Drive’ de Nicolas Winding Refn, pero el modelo le viene grande. La carretera mainstream toma el mando y los fuegos de artificio y la pirotecnia tapan hasta la banda sonora narrativa que no deja de ser una emisora de estándares con el volumen alto. De Queen a Eagles, de Beck a T. Rex, y hasta Focus. Como truco a mil revoluciones, el filme es vistoso y entretenido. Lástima que la loca comedia romántica a la que apuntaba se pare, a medio metraje, a repostar convencionalismos y etiquetas en el supermercado global. Las piruetas dejan de valer, oigamos lo que oigamos.

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El amor como arma letal
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Guillermo Balbona | 05-07-2017 | 11:34| 0

Wonder woman

2017 141 min. Estados Unidos. Director: Patty Jenkins.

Guion: Allan Heinberg
Música: Rupert Gregson-Williams.

Fotografía: Matthew Jensen.

Reparto: Gal Gadot,  Chris Pine,  Robin Wright,  Connie Nielsen, David Thewlis,  Dan

Esquemática, sin complejos, con aire retro de mirada primaria y valiente, cuando tiene que elegir entre algunas servidumbres del blockbuster y la recuperación de la aventura y su sentido vital, gana la segunda. ‘Wonder woman’ es una viñeta, un cromo coherente, lúdico y lúcido, que no se engaña a sí mismo y que aprovecha su viaje entre los mitos y la realidad, entre las geografías de la ficción, entre lenguajes y géneros con naturalidad asombrosa. En el filme de Patti Jenkins la mirada de mujer es rotunda, y tras ella caben los universos de superhéroes, el cómic, el espíritu de las franquicias (ya se prepara Wonder woman 2) y ese aire de bucle hiperconcentrado como un turbogenerador de mercadotecnia. Aquí no aflora el artificio de otras ocasiones, la gastada y cansina mirada, aunque sí aparece contaminada por un exceso de metraje, de subrayados de banda sonora y ruidoso combate final, con inevitable cámara lenta, y en busca del éxtasis de lo espectacular. No obstante, del arranque en la isla de las Amazonas, con ese paisaje mitológico de mujeres de leyenda, a la presencia omnipresente de Gal Gadot, una excelente elección, todo rezuma sencillez, declaración de ligereza, que no frivolidad, y divertimento. Lo kistch y lo clásico conviven en esta celebración de héroes accidentales, heroínas con mucha clase y perdedores dispuesto a inmolarse. Hay civilización y barbarie a ritmo de psicodelia, efervescencia y canibalismo de géneros e iconos, pasados por el cedazo de un feminismo y de una mirada femenina que desnudan los convencionalismos y los lugares comunes. Hay reivindicación sin caer en el panfleto, épica y sofisticación pero sin amaneramientos o retórica fácil. Su sencillez radica en que siempre antepone el entretenimiento a posibles alternativas pretenciosas. Hay bullicio, frescura, humor y cierto encanto. Exuda nobleza y eficacia. El sello del productor Zack Snyder, la franquicia de DC inaugurada con ‘Batman v. Superman: El amanecer de la justicia’, está detrás. Pero la mezcla entre caricatura y romanticismo, pintura y efecto digital, intimismo y exaltación de barraca destila pasajes interesantes. Pero frente a símbolos, excesos y texturas efectistas, el filme apuesta por el amor como fuerza invencible frente a la hora de la muerte. Patty Jenkins logra equilibrios entre la psicológica y la física y prima la honestidad al pasar de la luz de la primera parte del filme al lado oscuro de la segunda. El descuido principal viene del poco tacto y hondura que tienen los ‘malos’ de la sesión, como sucedía bajo la espectacularidad de ‘Titanic’, pero ‘Wonder woman’ consigue paliar el déficit con un elogio de la historieta y una limpieza de lo intrépido. Su vocabulario repasa sin gravedad las primeras lecciones de la evasión.

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Un monstruo global viene a verte
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Guillermo Balbona | 05-07-2017 | 11:32| 0

Colossal

EE UU 2016. 109 m. (7). Ciencia ficción.

Dirección y guion: Nacho Vigalondo. Música: Bear McCreary.

Fotografía: Eric Kress

Intérpretes: Anne Hathaway,  Dan Stevens, Jason Sudeikis y Austin Stowell.

Salas: Groucho

Lo íntimo y lo global, lo fugaz y lo perdurable, lo pequeño y lo sobredimensionado. La definición del efecto mariposa podría valer para internet. Nacho Vigalondo remueve los recuerdos que quizás son de su Cabezón natal y genera un monstruo al otro lado del mundo. ‘Colossal’ juega con lo diminuto y lo grande (uno contiene al otro) y los intercambia como figuras simbólicas de un sudoku con mujer dentro.  El cineasta de ‘Los cronocrímenes’, con las ideas muy claras, ha levantado esta vez con mayor serenidad, madurez y proyección, un artefacto que a veces deja ver las costuras del artificio y otras revela destellos de gran cineasta que maneja lo esencial del cine: ilusión, ilusionismo y mirada sobre el mundo. En ‘Colossal’ lo que no se ve (el delirio jugando con registros y géneros), es tan importante como lo que se ve (de nuevo las pantallas como eje de muchas situaciones). Vigalondo deja un amplio margen no tanto a la imaginación del espectador, que también, como a su sombra partícipe de ese otro lado del espejo al que apela su película en muchas ocasiones. Es una cinta de catastróficas intimidades y de sentimientos que se vuelven catástrofes inevitables y hasta necesarias. Su virtud reside en su alocada originalidad y su defecto absolutamente ‘vigalondiano’ estriba en recrearse en esa sensación de dominio transgresor, de fronteras cruzadas aquí y allá, muchas veces de manera fallida y otras innecesaria. Pero el complejo emocional, el territorio de inquietudes que traza ‘Colossal’ desborda esa barroca manera de contruir el fantástico, tan personal como lúcida a la hora de trascender los recuerdos, las querencias, los temores y los objetos más personales. El filme atrae y repele, desconcierta y sorprende. Su tramo final posee un magnetismo y una energía que se antoja el inicio de otra película a punto de inaugurar un nuevo relato. «El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Es curioso y paradójico pero mientras el cineasta cántabro es obsesivamente mediático y muy buen conocedor de las aristas y recovecos de la comunicación, sus películas no parecen preocupadas por el espectador, por el otro que mira. Hay algo libertario en la atmósfera y, al tiempo, nudos que se atan y desatan en torno a eso que llamamos estilo. La pregunta es si ‘Colossal’ sería la misma de  no estar omnipresente una maravillosa y encantadora Anne Hathaway (Gloria). Ella es un hermoso monstruo, alcohólica y dependiente de hombres, que busca su lugar en la vuelta a casa, y del otro lado dos kaijus (criaturas orientales) se pegan en Seúl en busca de la destrucción. Amarga comedia antirromántica, ‘Colossal’ es un carrusel, un tiovivo que muestra los fragmentos de nuestros traumas más íntimos. Nada más monstruoso, parece decirnos, que el fracaso. Vigalondo parte de la extrañeza, pasa por la extravagancia y exprime la diferencia. A Gloria dan ganas de abrazarla aunque ya sepamos que el monstruo habita en nosotros.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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