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Autor: Guillermo Balbona
Un primer plano del infierno
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Guillermo Balbona | 18-09-2017 | 8:33| 0

Detroit

 

 

Tensa, enérgica, brutal. No hay posverdad ni falsas verdades, ni mentiras, ni cosas dichas a media. Ni ambigüedad ni sombras. En ‘Detroit’, su cineasta despoja los discursos oficiales, las siluetas de la Historia y retrata un golpe seco, claustrofóbico y letal, desde y sobre la mirada. Es un primer plano del infierno. Arida y sin tregua, lo que hace esta obra maestra contundente y honda es volar hasta el epicentro de una desgarradura, exenta de tópicos y limpia de estadísticas. No interesan tanto los hechos conocidos –los abusos policiales y ataques racistas que provocaron violentas revueltas que sacudieron el Estado de Michigan en1967- como esa esencia desgarradora del dolor, de la sombra, de la oscuridad, de la redención. En ‘Detroit’ hay tres planos en otros tantos tiempos de esta mirada implacable que ilustran el significado de una película valiente que se adentra en las llagas del tiempo, escarba en las cicatrices y sirve de llamada de alerta para un presente que está jugando con la llama de los derechos civiles. El primero es un plano de fondo, fugaz pero de ida y vuelta: el de una brutal paliza policial en una calle mientras la cámara presenta otros hechos paralelos como si fuesen los importantes. El segundo es un vómito físico a la salida de un juzgado, aunque en realidad es una náusea moral que también siente ya cualquiera de los espectadores. El tercero, ya como telón, es simplemente un mirada, un gesto que supone, a su vez, una amarga y desazonadora interrogante final, un porqué grabado en las fauces de la historia. Kathryn Bigelow estructura su magistral bofetada de lo colectivo a lo individual, de la categoría a la anécdota, en círculos concéntricos que se van cerrando de manera laberíntica, angustiosa, ansiosa, siempre convulsa. No hay un protagonista absoluto, tampoco actores estrellas, pero sí excepcionales y entregadas interpretaciones. La cineasta de ‘En tierra hostil’ nunca baja la guardia y deja que el espectador acorralado por esa violencia latente pero contenida, en un juego de elipsis pero también de planos sostenidos al límite, de clímax y de temores, de miedos físicos y de tortura emocional elija su foco para profundizar en la historia o para buscar, muy pocas, sus propias salidas. Bigelow, que certifica aquí que es uno de los grandes nombres del cine actual, viaja del preludio histórico relatado a través de la animación, a la cámara nerviosa que expresa la crónica callejera casi periodística, pasando por el tono semidocumental que a través de pantallas de televisión y sonidos se cuela entre los resquicios de la brutalidad humana y el sinsentido racista. La directora de ‘El peso del agua’, que ha alternado la ficción con el documental durante estos años, invita a un viaje al corazón de la indignación con poderosa caligrafía, sin efectismos, adherida a la piel negra y blanca de todos nosotros. Es docudrama, sí, reportaje, también; pero sobre todo es una diáfana incursión en ese doloroso campo minado donde ya no valen las preguntas y donde el temblor telúrico, primario y físico pasa a ser la geografía primordial. Triste y sufriente, implacable y apasionante, este trayecto al fin de la noche es una experiencia física que retrata con ardorosa eficacia la esencia de la maldad. Su pase en los institutos como pedagogía histórica y humana diría mucho de la evolución educativa. Bigelow transparenta la mirada y deja sobre la pantalla un mosaico de furia, fuego y miedo. Un horror tan auténtico como, desgraciadamente, actual, que recorre el nervio del horror e inocula el odio y la rabia a la intemperie.

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Traficar con el ego
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Guillermo Balbona | 14-09-2017 | 1:12| 0

Barry Seal: el traficante

American Made 2017 114 min. EEUU

Director: Doug Liman. Guion: Gary Spinelli.

Música: Christophe Beck. Fotografía: César Charlone.

Reparto: Tom Cruise,  Domhnall Gleeson,  Jayma Mays, Sarah Wright.

Género: Thriller. Salas: Cinesa y Peñacastillo

En  su intento de fuga del biopic, ‘Barry Seal’ queda atrapada a veces en el retrato esquemático, superficial y deja vu. Esta incursión en el perfil de Adler Berriman Seal, un piloto estadounidense, primer mercenario de la Agencia Central de Inteligencia, traficante de droga e informante de la Administración para el Control de Drogas, se traduce en una ligera y entretenida levitación sobre las diversas mutaciones del capitalismo. En realidad, desde un ego descomunal y la desideologización más aséptica, el piloto convierte sus pericias en el aire en una pista interminable para que la riqueza personal aterrice sobre países, intereses, grupúsculos de patriotas, oportunistas y todo tipo de mediocres dirigentes. A Doug Liman, cineasta de ‘The wall’, no le interesa tanto la figura de este mercenario de sí mismo, granuja, juguetón antihéroe, ingenuo en ocasiones –con muchos matices gracias a una interpretación arrolladora de Tom Cruise–, como dejar en evidencia ese cruce de caminos que conducen todos ellos a esa zona de confort hipócrita donde se acomoda el poder. Lo bueno de ‘Barry Seal’ es ese ritmo subyugante, entre cambios de texturas y visualizaciones contrastadas, como si viajáramos en el tiempo, gracias a una estructura vertebrada por los atrevidos encargos del protagonista y las geografías y sistemas políticos y paisajes del ecosistema que los acoge o fomenta. Lo malo es esa sensación de que la ilustración de este híbrido ya nos la han contado demasiadas veces. Liman estira y estrecha los márgenes entre el thriller, el filme de espionaje, muchas veces al borde de la caricatura y jugando peligrosamente con las hipérboles. Incluso el retrato, sobre todo cuando mezcla dinero, sexo y ambición, se asemeja, aunque a años luz de distancia, a ‘El lobo de Wall Street’ y a ‘Uno de los nuestros’, aunque casi siempre acaba por parecerse a una de esas cintas de los setenta donde la acción estaba perfumada con resabio político. Noriega, Escobar, los sandinistas, el congreso, la CIA, la Contra, la cocaína, el cartel de Medellín, el hombre hecho a sí mismo y destruido por sí mismo. Todo cabe en esta casa de muñecas con una sola figura y muchas habitaciones. Cruise, en las antípodas de su reciente y mediocre ‘Momia’, se convierte en un perfecto maestro de ceremonias, que conduce al espectador más como guía que como verdadero artífice de esta farsa muy verdadera. Un vuelo bajo, casi rasante, que acaba atrapado en su reiterativa insistencia. Sin hondura psicológica pero cargado al menos con la suficiente mala leche, ‘Barry Seal’ propone un cierto meneo al sueño americano y permite traficar con las falacias de un sistema que ha elevado a los altares a mercenarios de la mentira como su actual presidente. La América moral de las oportunidades.

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Una de picoletos
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Guillermo Balbona | 13-09-2017 | 8:31| 0

La niebla y la doncella

2017104 min. España.

Director y guión: Andrés M. Koppel.

Fotografía: Álvaro Gutiérrez.

Reparto: Quim Gutiérrez,  Verónica Echegui,  Aura Garrido,  Roberto Álamo,  Marian Álvarez, Paola Bontempi.

Género: Thriller. Salas: Cinesa y Peñacastillo

En este expediente X de picoletos listillos, isla con brumas y enredadas truculencias, subyace un chirrido permanente: la falta de aliento/talento para conjugar paisaje y personajes. La atmósfera, eso tan trillado pero tan difícil, es a lo que apela sin conseguirlo este thriller con estética atresmedia de serie televisiva, que se mueve entre la excesiva planificación –más bien un cálculo estático de los ingredientes–, la eficacia y los renglones torcidos pese a lo enrevesado de la apuesta. Al igual que algunos de los actores, el filme parece envarado en su artificiosa postura, escasamente natural. El resorte literario que proporciona Lorenzo Silva, con las historias de la pareja uniformada, pero no tanto, de Chamorro y Bevilacqua, es tomado aquí demasiado al pie de la letra y ‘La niebla y la doncella’ no fluye ni influye. Es fría, pesada que no densa, y no cuaja pese al empeño machacón en mostrar una enredadera de pasiones turbias e intereses ocultos que discurren como un arroyo subterráneo, ajeno al océano, y amparado por esa niebla cómplice. Andrés M. Koppel debuta para adentrarse en la tercera adaptación literaria de la obra prolífica (ya son ocho las novelas de la pareja) y siempre eficaz de Silva, tras ‘La flaqueza del bolchevique’ y ‘El alquimista impaciente’.  El desfile de arquetipos es constante y el filme nunca logra desprenderse de un traje de buena factura, excelente ambientación, pero que desfila con la etiqueta puesta, embozado en  cierta pretenciosidad y pomposidad. Como thriller funciona cuando se postula como el episodio piloto de una futura serie de expedientes y guardias civiles en busca de asesinos díscolos que se empeñan en esconderse en las tinieblas de sus turbulentas y poco nítidas convivencias. El resto es un quiero y no puedo de círculos concéntricos que se alejan, en lugar de cercar la materia prima de esa sucesión de disturbios que el relato propone y el escritor dispone. Traiciones, narcos, chaperos, asesinatos viscerales y arrebatos. Pero el filme prosigue monocorde y sólo al final aflora esa conexión entre corrupción política, degradación moral y cáncer invisible que adquiere algunas texturas transparentes y sólidas que provocan cierta inquietud escoltada por el paisaje de La Gomera. Quim Gutiérrez y Aura Garrido, hieráticos y helados, Verónica Echegui, algo más entonada, y Roberto Alamo, siempre interesante, componen las desiguales figuras humanas que habitan en este retablo desangelado y casi sin pulso pese a que todo late con taquicardias convulsas y agitadas. El misterio entre helechos, sangre y agua estancada es difuso, más confuso que extraño, casi siempre plano, y el fatalismo y lo sombrío, el desasosiego nunca crecen en la espesura del mal.

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Un globo, dos globos, tres globos
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Guillermo Balbona | 13-09-2017 | 7:56| 0

It

2017 135 min. Estados Unidos Director: Andrés Muschietti. Guion: Chase 
Palmer, Gary Dauberman. Música: Benjamin Wallfisch. Fotografía: 
Chung-hoon Chung. Reparto: Bill Skarsgård,  Jaeden Lieberher,  Sophia 
Lillis,  Finn Wolfhard,  Wyatt Oleff, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan 
Grazer. Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo

  Un sótano puede ser un abismo. Y una pérdida infantil, el mayor vértigo de una biografía. Entre estertores de la infancia, temblores de la pubertad y miedos primarios discurre este cuento con payaso y globos rojos. Pero su raíz pertubadora es domada y domesticada por la levedad y superficialidad estereotipadas de esta traslación de la obra de Stephen King  a la pantalla. ‘It’ está habitado por iconos del terror, máscaras, sombras, objetos que se mueven solos y toda la tradición de la muerte y sus fantasmas. Pero en realidad de lo que el popular escritor habla es de esa atmósfera de ansiedades, temores y soledades que envuelven al adolescente. Stephen King es probablemente el autor más adaptado de la historia del cine así que era de esperar que esta historia del payaso asesino Pennywise, que contaba con una miniserie previa, tuviera su reflejo en la pantalla. El cineasta de ‘Mamá’, Andy Muschietti, sacrifica los factores inquietantes, esa fiebre invisible de la infancia y la convierte, a medida que se sumerge en su excesivo metraje, en una mera colección de sustos y en un ejercicio de sugerencias desmayadas. Tras esos papeles pintados infantiles, de familias y correrías, de aventuras y primeros amores (la sombra de ‘Los Goonies’ y de ‘Pesadilla en Elm Street’, homenaje incluido, es alargada) asoman sombras, oscuridad, abusos, hermanos muertos, desapariciones y marginaciones. En esas fronteras de luz y tormento es donde reside el atractivo de ‘It’, eso innombrable que apela a la extrañeza y lo diferente. Y es en ese agujero insondable donde el filme se muestra incapaz para adentrarse en lo inasible. Transcurre tan correcto como insípido, aunque con cierto encanto, cuando la modestia rodea la peripecia de una serie de criaturas, al borde de la adolescencia, empiezan a sentir la excitación juvenil al tiempo que se se desvelan sus primeros infartos emocionales y el descubrimiento de miedos compartidos o ese precipicio del hecho de ser diferente. Lejos de ‘Carrie’, más cerca de ‘Cuenta conmigo’, la película trata de moverse entre lo travieso y lo perturbador, lo iniciático y lo perverso. Cuando todo es intuición y subliminal ‘It’ gana en sutilidad pero el resto es una demostración de excesos y un exhibicionismo del terror explícito que carece de tacto y se vuelve burdo y deja vu. Hasta el punto que todo su tramo final, cuando el despliegue del horror pide ritmo y delicadeza, Muschietti transforma la cinta en un campo de batalla mainstream, en una barraca al estilo de las casas del terror que abunda en ferias y parques temáticos. De la expresión de inocencia y atrevimiento se pasa a un festival de obviedades de arrogancia industrial que ahoga todas las posibilidades de finura. Es indudable que se postula eficaz y taquillera, pero ‘eso’ no equivale a personalidad e intensidad. Salvo los inclinados a fobias, los espectadores sentirán que el globo, frío e hinchado por la banda sonora, se pincha con facilidad. Un susto de película.

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Eclipse adolescente
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Guillermo Balbona | 29-08-2017 | 8:43| 0

Verónica

Verónica 2017 105 min. España

Director: Paco Plaza. Guión: Plaza, Fernando Navarro.

Música: Chucky Namanera. Fotografía: Pablo Rosso.

Reparto: Sandra Escacena,  Bruna González,  Claudia Placer,  Iván Chavero,  Ana Torrent, Consuelo Trujillo.

Género: Terror | Salas: Cinesa y Peñacastillo

L a a desazón que provoca ‘Verónica’ surge en buena parte de ese inquietante discurrir entre su raíz real y su hipérbole fantástica. Pero al tiempo esa es su propia boca del lobo y su trampa. Paco Plaza oscila con ambigüedad y cierta indefinición entre un thriller metafórico que recrea un caso policíaco con connotaciones paranormales y el desembarco radical en el canon del género. Cuando el filme vuela como un verso libre, en especial en su arranque, la atmósfera sutil y la metáfora del miedo a crecer, la pesadilla adolescente y el simbólico eclipse de la sombra que se interpone en la trayectoria vital enuncian una película que luego sufre un apagón. Las concesiones a los estereotipos de género, entre subrayados musicales y efectistas sorpresas diluyen la personalidad de la apuesta. ‘Verónica’, rodada con contundencia y solidez, maneja con soltura a los niños que llevan el peso de este caso Warren español, de barrio madrileño, colegio de monjas, ouija y fascículos de  parapsicología. Es más una España heredera de Jiménez del Oso que de Cuarto milenio. Y es en ese contexto sociológico, metafórico e íntimo donde Verónica muestra más peso y claridad. El resto, pese a su eficacia y su consistencia, es un catálogo una veces riguroso, otras burdo, de los estándares del poltergeist hogareño, entre objetos que adquieren vida propia y visitas del más allá. Hay, en este sentido, personajes demasiado estereotipados como el de la monja que todo lo ve y figuras desaprovechadas, como la de la madre, que encarna Ana Torrent, que hubieran potenciado esa frontera entre lo doméstico y lo desconocido. El cineasta de ‘Romasanta’ y la saga ‘REC’, con banda sonora de Héroes del silencio,se sitúa no muy lejos de la reciente ‘Crudo’, una descarnada y explícita visión sobre el tránsito adolescente hacia lo adulto. Ese estado emocional –los simbolismos cinéfilos con la presencia de Torrent llevan al espectador hasta ‘Cría cuervos’ e incluso ‘El espíritu de la colmena’– es el territorio más atractivo pero menos explorado por ‘Verónica’. En cambio Paco Plaza se empeña en adentrarse, con influencias claras y honestas, en una pesadilla castiza de sobresaltos, entre James Wan y Chicho Ibáñez Serrador, que va minando la metáfora para terminar de encajar en los envases estereotipados del mainstream. Su particular expediente Vallecas contiene factores genuinos y un seductor campo minado para el escalofrío capaz de mostrarse en una barriada obrera exenta de coartadas fantásticas. Lástima que el Plaza poseído por los mandamientos del género, que tan bien sabe, acabe venciendo al Plaza más sutil que en muchos tramos de su propuesta había logrado forjar un imaginario habitado por sombras familiares, tan cercano como profundamente agitado.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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