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Autor: Guillermo Balbona
De espejos y reflejos
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Guillermo Balbona | 02-11-2017 | 10:40| 0

El secreto de Marrowbone 
2017 109 min. España
Dirección y guión: Sergio G. Sánchez.
Música: Fernando Velázquez.
Fotografía: Xavi Giménez.
Reparto: George MacKay,  Mia Goth,  Charlie Heaton,  Anya Taylor-Joy,  Matthew Stagg.
Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo

 Es un cine que se mira en otros y en los otros. Una película espejo sobre espejos y reflejos, estancias y no lugares entre el pasado y el presente donde fluye la necesidad de amar, los monstruos interiores y el miedo a crecer. En ‘El secreto de los Marrowbone’ cabe tanto universo referencial, lo cual es bueno y malo, como factura sólida, tanto poder ilusorio, como de caja mágica, como frialdad emocional. A Sergio G. Sánchez le ganan sus ansias de contar, su narratividad, y le pierden sus excesos: cierto manierismo, el postalismo de algunas imágenes y los subrayados musicales. El cineasta debutante, autor del excelente cortometraje ‘7337’, guionista reputado de ‘El orfanato’ y ‘Lo imposible’ de Bayona, se regodea en los límites de su historia y retuerce el guion de tal modo que su mecanismo de relojería acaba sonando con retraso, sin efecto sorpresa y deja vu, como si un reloj de cuco soportara un mecanismo sincronizado, digital y sofisticado. Su filme es otra vuelta de tuerca, Henry James, Peter Pan y una inmersión desde el misterio del pasado en ese miedo primario que arrastramos, el de las pérdidas entre la infancia y la adolescencia, entre el niño y el adulto. El filme se muestra más sugerente cuando se aparta de las obligaciones de género, del thriller que lleva dentro, y retrata con delicadeza esas fronteras inasibles entre lo que perdemos y poseemos para siempre. Un juego sutil entre la fantasía y la realidad, la ensoñación y el deseo, la imaginación y los sueños. El secreto no importa tanto como cruzar entre mundos conocidos y desconocidos, entre alumbramientos y sombras, entre susurros e historias a medio contar y evidencias y pesadillas cotidianas. Hay sustancia, ADN, vocación de estilo y hasta sobran algunas demostraciones de oficio, pero falta sugestión emocional, hondura, como si el filme necesitara desprenderse de una carga que arrastra sin saberlo. Giros sobre sí mismo y ornamentos se entrelazan con una elegancia visual innegable, pero acaba por distraer más que aportar. Entre el drama familiar y el terror psicológico, ‘El secreto de los Marrowbone’ discurre coqueta, elegante, con empaque y apariencia pero se muestra endeble cuando el miedo, la soledad, la mentira y lo ignoto toman el mando de los espacios. La angustia malsana y lo enfermizo, lo sórdido incluso, se anuncian pero no encuentran su sitio. Los fantasmas están más huérfanos que los personajes. El miedo y la culpa habitan en el caserón que acoge la trama pero las trampas, el efectismo, el deseo de transitar entre géneros como para contentar públicos diferentes agota y ahoga las estancias donde realidad y fantasía colisionan cada una con sus armas. Es un filme hermoso en ocasiones, afectado casi siempre, que olvida el equipaje que llevaba dentro: la fragilidad humana, la fortaleza emocional y el combate entre el niño y el adulto que llevamos dentro. Cuando quiere lanzarse al vacío es demasiado tarde y la historia ya está tan sujeta, jibarizada por Hollywood como domesticada por un suspense que se ha dejado por el camino la magia de la extrañeza. Y todo resulta un secreto a voces.

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pliegues familiares
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Guillermo Balbona | 02-11-2017 | 10:09| 0

Las hijas de abril
2017 93 min. México. Director y guión: Michel Franco.
Fotografía: Yves Cape.
Reparto: Emma Suárez, Ana Valeria Becerril, Hernán Mendoza, Joanna Larequi, Enrique Arrizon, Iván Cortés, Giovanna Zacarías.
Género: Drama. Salas: Groucho.

Lo sencillo y lo complejo conviven en este drama familiar, cuyos pliegues y matices se solapan de forma irregular y un tanto fría. La verdadera ‘abril’, la primavera narrativa la transparenta Emma Suárez, una actriz siempre capaz de aportar una capa de dulce extrañeza, de atracción melancólica que se posa sobre las películas que interpreta. Este drama familiar mexicano, cargado de intrahistorias, describe un caso de maternidad, un disturbio y una perturbación en torno a una desestructuración mediatizada por un enigma. El cineasta Michel Franco juega con las sombras del pasado, prolonga a lo largo de la obra lo que podría considerarse un prólogo o un preámbulo en busca de una expectante consecuencia. Los personajes y sus motivaciones, las elipsis emocionales vertebran un filme sereno pero inquieto, que se antoja insinuante y que repta entre obsesiones y manipulaciones, en una especie de sórdida psicología que juega con la maternidad, la maldad, lo impulsivo. La paradoja es que pese a todas las emociones implicadas y contenidas, la cinta discurre de una manera un tanto falsamente aséptica, como ajena a lo que se cuenta, miscelánea de melodrama y de intriga que cuaja de verdad cuando la presencia de Emma Suárez se vuelve omnipresente, no por desaforada ni pasional, sino por sutil y poderosa en su destreza para impregnar un perfume especial a lo cotidiano. El director de ‘A los ojos’ y ‘Después de Lucía’ extiende una mirada realista que describe el comportamiento de los personajes pero sin aplicar moralismos facilones ni hipérboles sensacionalistas. Entre cierto minimalismo y una disección de las relaciones maternales,  el filme también se contagia de cierta ambigüedad a la hora de presentar a sus criaturas y en el tono de la apuesta, un psicodrama instalado en lo extraño, atractivo y muy sobrio. Entre la precisión y la frialdad, entre Buñuel y Haneke, el cineasta mexicano se vale de las grandes interpretaciones y asume la coartada de Emma Suárez. ‘Las hijas de Abril’ funciona como un mecano. Su latido interno es el de la catarsis que convive y se desata a modo de gran explosión familiar donde, entre escasas palabras y gestos contenidos, se revela una tela de araña familiar que huye de la complacencia, crea estancias inquietantes y desbroza lo convencional hasta exprimir la naturalidad y la rareza en un diálogo tan incómodo como abierto en el tiempo. Precisamente lo admirable es esa capacidad para mantener una expectación sobre un estado latente, indefinible, pero que se levanta entre la densidad y la levedad, entre la amenaza y la sombra de una duda. Cuando esa atmósfera se muestra inválida, está  Abril/Suárez como un ángel dispuesta a corregir el mundo de la ficción y el que transcurre fuera, aunque sean el mismo.

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El muñeco de nieve
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Guillermo Balbona | 02-11-2017 | 8:21| 0

Blanca y pura
The Snowman 2017 125 min. Reino Unido. Director: Tomas Alfredson.
Guion: Hossein Amini, Peter Straughan, Søren Sveistrup (Novela: Jo Nesbø). Música: Marco Beltrami.
Fotografía: Dion Beebe.
Reparto: Michael Fassbender,  Rebecca Ferguson,  Charlotte Gainsbourg,  Jonas Karlsson, J.K. Simmons, Val Kilmer,  James D’Arcy,  Chloë Sevigny,  David Dencik, Michael Yates.
Género: Thriller: Salas: Cinesa y Peñacastilllo

 Cabe hablar de decepción cuando un cineasta ha realizado una joyita como  ‘Déjame entrar’ y una cinta tan sólida y sugerente como ‘El topo’ y desciende después al territorio de los lugares comunes y los tópicos. Es lo que ha sucedido con Tomas Alfredson y su nuevo filme, una plana, sinsorga y aburrida producción aferrada a un distanciamiento tan frío como los lugares noruegos que retrata. A priori su incursión en las novelas de Jo Nesbo y su propuesta negra sobre la nieve blanca contaba con los ingredientes necesarios como un reparto atractivo y un relato seductor desde los horrores primarios a la naturaleza del mal. Pero la desafección, los desequilibrios y la falta de luz emocional convierte ‘El muñeco de nieve’ en un vulgar thriller donde cada paso parece telegrafiado de antemano y las dobleces del guion se tornan monótonas, carentes de las sutilezas y elipsis de sus anteriores filmes. Se ha citado como coartada los problemas de producción y su acelerado tiempo de rodaje pero lo cierto es que el filme se diluye en su falta de credibilidad y sus boquetes a la hora de mostrar los saltos en el tiempo y el encaje de las subtramas. El cineasta se ampara en el paisaje, escudrina en esa normalidad blanca y pura para desvelar la corrupción, los abusos y las bajas pasiones pero la estructura es endeble y no soporta tanto fuego en el cuerpo con tan escasa combustión narrativa. Todo discurre por la superficie pero es sólo la mera intriga, sin hondura ni lenguajes cruzados. Lo importante, los subterfugios, lo subliminal, el pasado lacerante, la culpa y la redención apenas encuentran su sitio entre las pistas de la intriga, las huellas sobre la nieve y la agenda del detective alcohólico y frustrado, que responde a un perfil mil veces visto. Pero lo peor es la ausencia de atmósfera. La insinuación de lo malsano, la sombra del mal, las aristas de personajes públicos que pierden su lugar en el mundo, las dobles y triples vidas, los amores errados…apenas se desmayan sobre la acción. Incluso una actor como Michael Fassbender, siempre intenso y muy pegado a la piel de lo que encarna, se le ve desajustado y falto de sintonía. No hay empatía en un filme que posee una intrahistoria desgarradora pero que resulta convencional y domesticado. Sobre la blancura inane y aséptica la sangre se licua en la insustancialidad de unas imágenes que borran los latidos del corazón del mal.

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Apaga y enciende
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Guillermo Balbona | 24-10-2017 | 9:21| 0

Geostorm

2017 109 min. Estados Unidos. Director: Dean Devlin.

Guion: Devlin, Paul Guyot. Música: Lorne Balfe. Fotografía: Roberto Schaefer.

Reparto: Gerard Butler, Jim Sturgess, Abbie Cornish, Ed Harris, Andy Garcia, Zazie Beetz, Robert Sheehan.

Género. Acción. Salas: Cinesa y Peñacastillo


Más que adscribirse al género de catástrofes es una catástrofe de película. Su discurso, es un decir, pulula entre referencias claras y terrenos pantanosos: la visualización más que chapucera de lo apocalíptico, el cambio climático, la ciencia ficción doméstica, una metáfora política y un enredo conspiranoico tan irrisorio como vulgar, todo ello envuelto en un sentido del humor que amenaza la esencia identitaria de la condición humana. ‘Geostorm’, una especie de tormenta perfecta de la estupidez, ópera prima de David Devlin, responde a una supuesta y maquiavélica intriga criminal espacial que convierte a los satélites en altaneros ‘armageddones’ del desorden y la debacle planetaria. La cosa va de un acelerado caos informático, un apaga y enciende global y atmosférico, a modo de cuenta atrás. No hace falta ser un experto en texturas para darse de bruces con la huella de Roland Emmerich, dado que Devlin es uno de sus colaboradores habituales. La digitalización de la destrucción, las enésimas imágenes replicantes de la desaparición de urbes y megalópolis, el sentido de parábola trascendente en torno al futuro de la humanidad se funden en un cine superficial, un trasunto del cartón piedra de la infografía, con personajes patéticos y un tono dramático que resulta chistoso. Todo es hipérbole, mensaje para consumidores de parábolas finalistas escritas en el reverso de un calendario editado por alguna secta y su estridencia, de pura simpleza, resulta cachondo festiva. Una ‘Independence day’ cruzada por ‘El día de mañana’ y otras lindezas como ‘2012’, reconvertidas en un tosco y aburrido mecanismo fallido de tramas superficiales y engranajes familiares cerca lo patético. Para dotar de vida a su artefacto –aunque sea incapaz de insuflar hasta la meramente artificial–, el filme recurre a referencias paternofiliales y a conflictos entre hermanos con tanta credibilidad que parecen reinventar el concepto familiar. Huérfanos de espectacularidad hipnótica y exentos de un mínimo de empatía dramática queda afrontar el desastre como si todo fuese una paródica e iluminada asnada al servicio de ese cine que acapara pantallas con sus banales y vacías estridencias. Que esta película, cual arma letal de los ‘blockbuster’, haya estado precedida de numerosos problemas de producción y correcciones que se arrastran desde hace tres años, agrava aún más su condición de virus anticinematográfico, surgido de los propios ordenadores del sistema de Hollywood. Eso sí, no se pierdan la granizada asesina. Si es que antes superan el sentimentalismo epidérmico y ese aire de denuncia entre norteamericanos egoístas y buenos. Y Trump con esos pelos jugando a contaminar de peligrosa estupidez el planeta.

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De cimas y precipicios
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Guillermo Balbona | 10-10-2017 | 8:38| 0

La cordillera

2017 114 min. Argentina. Director y guion: Santiago Mitre.

Música: Alberto Iglesias. Fotografía: Javier Juliá.

Reparto: Ricardo Darín,  Dolores Fonzi,  Érica Rivas,  Gerardo Romano, Paulina García, Daniel Giménez Cacho,  Elena Anaya, Christian Slater. 

Género: Intriga política | Salas: Cinesa y Peñacastillo

Ponga un Darín en su película y la pantalla vibrará con intensas promesas. Esta fábula política entre dos aguas, las que separa un guion interesante pero fallido, encuentra su tabla de salvación en la presencia e interpretación –acaso no es lo mismo– de ese monstruo actoral que es la estrella argentina. Las texturas, el tono, las posibles lecturas empiezan a ser diferentes y a tener sus subtextos y dobleces cuando el intérprete asoma o la trama lo presiente. ‘La cordillera’, un cuento político entre montañas y presidentes, cúspides, cimas, ambiciones y sueños, pesadillas y miserias, se vale de Ricardo Darín para agitar una historia que apunta a demasiados sitios sin llegar a alcanzar ninguno. Una cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, en donde se definen las estrategias y alianzas geopolíticas de la región, sirve de escenario para navegar entre la moral política y los demonios personales. El chileno Santiago Mitre, a veces más preocupado por imprimir un sello de superproducción y una atmósfera de intriga metafórica a su guion, nunca encuentra el sitio sugerente donde acomodar ambos tonos. El discurso sobre el poder, el liderazgo, la locura y esa tierra de nadie con trasfondo fantástico no cuaja ni genera empatía. Hay encrucijadas y derivas, simbolismo y presagios. Pero el factor humano solo desprende cierta verdad cuando Darín juega con un personaje envenenado, al encarnar a un presidente argentino, entre matices, ironías e insinuaciones. En ‘La cordillera’ todo va demasiado acelerado y solapado o demasiado lento. Entre parlamentos y giros no deja de ser sorprendente que la historia tenga su mejor baza cuando se vuelve silente y revela esas imágenes de trayectos hacia ninguna parte, metáfora de una enredadera desorientada y del vértigo de la inmensidad, pese a su discutible trabajo de fotografía. Está claro que los juegos políticos de Paolo Sorrentino como ‘Il divo’ y  ‘La juventud’ (con la que tiene alguna conexión en la utilización metafórica del paisaje) o el ejercicio reflexivo de la atractiva ‘House of Cards’ influyen en ‘La cordillera’. Entre lo sombrío y la ensoñación, el drama familiar y el thriller intrigante, el cineasta de ‘El estudiante’ y ‘Paulina’, se desmaya en secuencias clave como las de la hipnosis y el tempo y la medida de los acontecimientos íntimos y colectivos, políticos y familiares falla en sus transiciones. Tan sobrecargada de subliminales matices sobre el azar como dispersa, la ficción logra comenzar su ascenso, con la cima muy lejos, gracias a Darín que sin piolets ni oxígeno es capaz de transparentar el mal de altura que acecha a cada instante.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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